Leyenda josefina
Era una tarde del mes de marzo. Pero aquel año la primavera, asustada quizá del crudo invierno que la precediera, parecía querer retrasarse más de la cuenta. Hacía frío, mucho frío, tanto que en la calle se quedaban ateridos los miembros y en las casas se hacía precisa la acogedora caricia del brasero encendido en el hogar.
Alrededor de la chimenea, donde lentamente se consumía gigantesco leño, una anciana, acompañada de sus nietecillos, se entretenía haciendo calceta, al par que los niños, se despachaban a su gusto lanzándose proyectiles de papel, dándose pellizcos o tirándole del rabo al gato...
—¿Queréis que os cuente una cosa muy bonita?—, preguntó la anciana tratando de cortar la algarabía.
—Sí, sí, abuelita—, respondieron al unísono los diablillos, al par que adoptaban serias composturas.
—Pues allá voy...
Y mientras limpiaba sus lentes con un pliegue del delantal...
«Érase una vez un hombre tan vago, tan vago, que se consideraba incapaz hasta de molestarse para levantar una silla. Y lo peor del caso era que le gustaba de lo lindo "empinar el codo", y todas las perras que recogía se las gastaba luego en vino.
»Sin embargo, en medio de su relajación moral poseía una gran virtud: la de ser devotísimo del glorioso Patriarca San José. Continuamente le rezaba, y no había noche que antes de acostarse dejara de encomendársele, rogando, sobre todo, no le dejara morir sin antes haber hecho una buena confesión.
»Pero resultó que el hombre ele nuestra historia cayó malucho, malucho, y de sus resultas, sin tiempo para ajustar sus cuentas con Dios nuestro Señor, falleció el pobrecito.
»Y ya tenemos a Manuel —que así se llamaba el desdichado— caminando apresuradamente buscando como loco el camino que conducía al cielo. Encuéntralo al fin, y ya bien entrada la noche alcanza a percibir la puerta de tan grandiosa e inigualable mansión. Con temblorosa mano golpea el picaporte; aguarda unos momentos y en seguida San Pedro que aparece...
»—¿Quién eres tú y qué quieres a estas horas?—, preguntó el portero celestial.
"—Soy Manuel... ¿No me conoce?—, responde casi sin voz nuestro hombre.
»—A ver..., a ver..., Manuel...., Manuel... ¿Cómo te atreves a venir aquí con semejante historial? ¡Al infierno! ¡Al infierno es donde vas a ir inmediatamente! ¡Habrase visto!...—. Y dando un portazo San Pedro cerró nuevamente la puerta.
»El pobre Manuel, que no sabía qué partido tomar, oye entonces a sus espaldas estridentes carcajadas, mucho más destempladas que las de todas las brujas habidas y por haber. Se vuelve asustado y junto a sí ve a un demonio con unos cuernos larguísimos y oliendo terriblemente a azufre...
»—¡San José, váleme! ¡Bendito San José, ampárame! —grita el desdichado limpiándose desaforadamente el frío sudor que baña su cuerpo—. ¡Acuérdate de lo mucho que en vida te rezara! ¡Acuérdate! ¡Acuérdate!...
»—¿Quién me llama?—, se oye dentro del cielo una voz a cuyo conjuro se espanta el poder infernal.
»—Soy yo, Manuel...
»—¡Ah! ¿Eres tú? ¡Espera, espera un poquito!...
»Y segundos después:
»—¡Pero hombre! ¿Tú por aquí? ¡Qué alegría me proporcionas!... ¡Aguarda, aguarda un segundo que yo trataré de convencer a San Pedro. Porque me imagino...
»—Escucha, Pedro —dirigiéndose San José al primero de los apóstoles—. Este hombre confió en mí y no tiene culpa de que a última hora yo me olvidé de él, ¿comprendes?
»—Sí, sí, comprendo ; pero hazte cargo, José, de que nada puedo hacer yo. El Señor me dio una orden tajante y tengo que cumplirla. De manera...— haciendo ademán, de cerrar.
»Al menos deja de momento entornada la puerta para que este desgraciado pueda asirse de ella; mientras tanto yo recurriré al Padre...
»—Si no es más que eso...
»Y San José, todo humildad pero lleno de decisión, se postra a los pies del Altísimo.
»—Sé a qué vienes, mi querido José, y cree lamento no poder complacerte...
»—Vos sois omnipotente, Señor.
»—Sí, sí pero debes comprender que no voy a transgredir mi propia Ley.
"»—Entonces os ruego, Señor, me permitáis hacer compañía a ese desdichado. El confió en mí y justo es que ahora pague mi olvido.
»—¿Cuándo agradecerá el humano lo que por él hago? Antes sacrifiqué a mi Hijo; hoy voy a perderte a ti...
»Pero viendo San José el mal cariz que tomaban las cosas, ideó una pequeña treta:
»—Señor —dijo—, según la Ley, si yo me marcho deberá acompañarme María, la dulce esposa que tuviste a bien confiarme...
»—¡Ejem! ¡Ejem!
»—Y a su Reina seguirán los ángeles, patriarcas y profetas...
"—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!
»—Y los apóstoles, mártires y vírgenes...
»—¡Está bien, José! —suavizó el Señor ante tal argumentación—. Esas dichosas criaturas saben muy bien lo que hacen tomándote como intercesor... En fin, arreglaremos esta cuestión...
»—¿Permitiréis que mi protegido pase a gozar de la mansión celestial?—, preguntó seguidamente San José exultante de agradecimiento su corazón.
"—Tal como se encuentra, no.
»—¿Entonces?...
»—Muy sencillo. Resucitaré a ese hombre y en cuanto se vea de nuevo en la tierra creerá haber soñado. Mas con el miedo que está pasando tiempo le faltará para ajustar bien todas su cuentas. Y en el momento que quede limpio... ¿Qué te parece?
»—Gracias, Señor, gracias...»
—Como todo ocurrió tal como se conviniera —agregó la abuela— hoy es la fecha en que el bendito Manuel está allá, junto a las estrellas, alabando y reverenciando a Dios nuestro Señor por toda una eternidad.
Y colorín colorao... ¿Os ha gustado?
—Mucho, abuelita, mucho.
—Pues mirad, hijitos; lo dicho en cuento queda, pero lo que no deja de ser una verdad como un templo de grande es que el glorioso Patriarca San José goza de muchísima influencia ante el Señor y nos servirá extraordinariamente, sobre todo en la hora de nuestra muerte, haber sido fervientes devotos suyos. En consecuencia... ¡ya sabéis lo que os toca hacer !... Y por hoy nada más, hijitos míos; otro día os contaré alguna nueva cosilla...
Emilio S. Camardiel
Seis puntos de doctrina pontificia sobre el mundo mejor
Responsabilidad de la Iglesia
XV. La Iglesia es la única institución que, respetando la libertad humana, es capaz de ponerse a la cabeza de la gigantesca empresa de reconstrucción. En ella ponen sus ojos millones de hombres que piden un cambio de ruta e imploran su guía.
XVI. Un sobrenaturalismo que intente apartar la religión de las necesidades terrenas, aun de las económicas y políticas, como si no tuviera que ver con el cristiano, es malsano y ajeno al pensamiento de la Iglesia.
XVII. Esto no quita nada para que se reconozca el primado de los valores espirituales, y en ellos pone siempre la Iglesia de algún modo sus miras, aun cuando se roza con los poderes terrenos.
XVIII. El mundo diverso v mejor que hay que edificar es una sociedad que ha de tener por fundamento a Jesucristo, con su doctrina, sus ejemplos, su redención. Se impone una transformación radical en sentido cristiano, reconociendo al Evangelio el papel de fermentar íntegramente el pensamiento de la humanidad, y aun cualquier forma de. actividad teórica y práctica.
XIX. Están en un error los que, empujados por un ansia desmedida de novedades, lesión; n la inmutabilidad de la Iglesia; pero no es menos cierto que se equivocan los que la quieren momificar en una estéril inmovilidad.
XX. Como organismo viviente, la Iglesia no puede ser segregada del mundo que la rodea: es siempre de su siglo; avanza con él de día en día, y debe adaptar continuamente su comportamiento al de la sociedad en que actúa.
Pío XII
¡Temed a Dios y dadle honor!
Valencia en los días de la Gran Misión Vicentina, como actos de férvidos homenajes en el V Centenario de la Canonización del insigne misionero de Europa San Vicente Ferrer.
Como debido preliminar a la gran efemérides del 29 de junio próximo, día en que culminarán los grandiosos actos centenarios en honor y obsequio al Ángel del Apocalipsis: misionero, dominico y santo, la ciudad de Valencia se ha manifestado como población católica por excelencia, desde el día 6 del mes de febrero al 20 inclusive, días especialmente dedicados a la Magna Misión Vicentina.
Valencia, la que bajo la égida de su celestial Patrona la Virgen Santísima de los Desamparados y con el patronazgo de los dos Vicentes: el Mártir Levita, en los primeros siglos del cristianismo, y el Confesor, que en pleno siglo XV recorre todos los ámbitos de España y posteriormente Europa misionando pueblos, villas y ciudades con su imponente y clamoroso lema: «Temed a Dios y dadle honor...», ha puesto de manifiesto la urbe valenciana los días de la Gran Misión ser digna de poder llamarse hija fidelísima de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, pues para su bien espiritual y ejemplo del mundo cristiano Valencia revivió las magnas jornadas misioneras del año 1949.
Fue un acto simpático el pregón de las motos. Cerca de trescientas motocicletas recorrieron la ciudad anunciando los actos penitenciales, y en la tarde del 6 una grandiosa multitud se congregó en la antigua plaza de Santo Domingo, hoy de Tetuán, para recibir a los misioneros, los Padres de la Orden Dominicana, que procedían de todas las partes de España, juntamente con sacerdotes diocesanos, para marchar seguidamente á los doce grupos y centros misionales en que se dividió la población, en un total de ochenta templos.
Previamente fue llevada procesionalmente a la gran plaza la Virgen de los Desamparados, juntamente con la venerada imagen de San Vicente Ferrer. El Rdo. Prelado doctor Olaechea Loyzaga, acompañado del Arzobispo de Methymna y el Obispo Auxiliar de Valencia, dieron realce al grandioso acto de recepción de los misioneros, entre cánticos y plegarias y flamear de pañuelos blancos.
La primera semana de la Santa Misión transcurrió emocionalmente, llenándose por completo templos, parroquias e iglesias conventuales. A medida que avanzaban los ejercicios el entusiasmo y el fervor iban en aumento, como se puso de manifiesto el viernes 11 al comenzar en todos los centros los Rosarios de la Aurora.
Fecha memorable destaca el acto final de la misión de los niños, que a tal efecto se congregaron en la plaza de Tetuán, presididos por el Rmo. Sr. Arzobispo. Fue un espléndido homenaje a San Vicente Niño, cuya nota destacada la dieron, como era de rigor, los niños huérfanos del Colegio Imperial de San Vicente Ferrer. Pancartas, banderas, cánticos infantiles. Miles y miles de niños, algunos vestidos de dominico y montados en mansa mulilla o paciente borriquillo. Un acto verdaderamente admirable.
Todos los Padres dominicos y clero contribuyeron con su celo apostólico a las tareas misionales. Por haber sido radiados los sermones de la Catedral preferentemente, destacó la oratoria vehemente, profunda y elocuentísima del P. Royo. Si la Santa Misión, mirada dentro del templo catedralicio, era imponente por el número de asistentes, vista desde las calles y plazas de Valencia fue también extraordinaria. Cafés, bares, casinos y centros de recreo, casas particulares y allí donde había un altavoz, era digno de ser contemplado con verdadera satisfacción cómo grupos numerosos escuchaban al orador sagrado con silencio profundo y señales reiteradas de asentimiento.
Otro acto grandioso lo fue las procesiones de penitencia, en las que cada centro misional llevaba venerandas imágenes del Señor Crucificado, siendo presididas por la antiquísima y también veneradísima imagen del Santísimo Cristo del Salvador. Estos cortejos religiosos se concentraron en la tarde y noche del miércoles día 16 en la plaza del Caudillo, presididas, a su vez, por los reverendos prelados, Padres misioneros y clero, con el grandioso concurso de fieles misionados de toda la ciudad.
Digno de ser recordado fue el Día Sacerdotal. Primero, en la iglesia de San Esteban, donde el P. Sauras, O. P., dirigió la palabra a los venerables sacerdotes, saliendo procesionalmente para la Catedral y Basílica de la Virgen de los Desamparados, donde se cantó una Salve Regina. Este cortejo religioso por las calles de Valencia fue un emocionante acto que el Padre y Pastor de la grey presidió.
A medida que se acercaba el domingo 20 las calles de Valencia eran como prolongación de las Casas de Dios. El fervor de los misionados iba en aumento, particularmente las dos noches últimas, las del 15 y el 19 de febrero, que hubo predicación especial para hombres en la Catedral a las once de la noche. Estos sermones no fueron radiados, y el P. Royo tuvo la satisfacción de ver como misionero apostólico cómo se congregó en el templo metropolitano miles de hombres y jóvenes de todas las clases social es para oír la sagrada palabra: Doctrina Cristiana, las Tablas de la Ley, los Mandamientos eternos del monte Sacro que recibiera Moisés y son el Decálogo Antiguo y siempre Nuevo. El Testamento Viejo y la ley de Gracia, que todos debemos acatar y cumplir rigurosamente si nos preciamos de ser buenos cristianos. Estos dos actos culminaron la noche del sábado 19 con la Santa Misa y vigilia de la Adoración Nocturna, comulgando una inmensa multitud de hombres.
El viernes 18, día señalado para la práctica devotísima del Vía Crucis, salieron de los ochenta centros misionales sendas procesiones en memoria de la Pasión del Señor. Plegarias fervorosas, cantos de clemencia y perdón; emoción profunda, compunción ejemplar y el reiterado clamor por todos los ámbitos de la populosa Valencia: «Perdona a tu pueblo, Señor...»
La mañana del sábado fue dedicada a la Comunión de los enfermos e impedidos. El Rmo. Sr. Arzobispo celebró en la capilla de su Palacio la Santa Misa, que fue radiada para que fuera seguida de los doloridos impedidos. Seguidamente salieron de los respectivos centros misionales los Padres misioneros que llevaban a Su Divina Majestad, el consuelo espiritual, y fue de ver por las calles y plazas los diferentes cortejos donde numerosísimos fieles acompañaron al Señor.
Al amanecer del domingo 20, fecha señalada para la solemne clausura de la Gran Misión Vicentina, todos los centros celebraron misas de Comunión. Al medio día se reunieron en la Plaza de Toros más de veinte mil almas para escuchar al P. Royo. El Sr. Arzobispo, emocionadísimo, correspondía a las aclamaciones de los valencianos, y por la tarde, a las seis y media, se celebró el imponente acto final en la plaza de América, sirviendo de altar el puente del Mar, con su grandiosa escalera. Allí fue llevada procesionalmente Nuestra Señora de los Desamparados, juntamente con la imagen de San Vicente Ferrer. Fue una jornada apoteósica, fervorosísima y bella dicha concentración final.
Colocada la sagrada y celestial Patrona de Valencia en el centro y a su lado San Vicente Ferrer, ocuparon sitios destacados los Rdos. Prelados y Autoridades. En lugar de honor los Padres dominicos y clero, juntamente con la gran multitud de misionados, que pasarían de trescientas mil almas. El P. Royo, con palabras llenas de emoción, dio su último consejo: el rezo del Santo Rosario como recuerdo de la Misión, y el P. Riera, profundamente conmovido, dio el ¡adiós! de los misioneros.
En este momento se suceden los vivas atronadores a los misioneros, y por último el Arzobispo de Valencia, como un misionero más, insistió en las consignas de la Gran Misión y a practicar y perseverar, reiterando por fin en la loable práctica del Santo Rosario en familia. Rezadas las preces preliminares, impartió a la multitud solemnemente la bendición papal.
Seguidamente desfilan los centros misionales a sus respectivos templos y una ingente multitud acompaña a la Virgen de los Desamparados a su Basílica y al templo catedralicio la imagen de San Vicente Ferrer. Este recorrido último de la Gran Misión Vicentina fue, igual que los precedentes, un exponente de la fe de un pueblo poseído de gran fervor penitencial. Les Padres dominicos llevaron sobre los hombros en andas de plata a la Patrona de Valencia y también a su Hermano de hábito el Apóstol de Europa, en cuyo honor han comenzado los grandiosos actos del V Centenario de la Canonización de San Vicente Ferrer por el Pontífice valenciano Calixto III, el cual, siendo niño, le predijo a San Vicente que le canonizaría, como así fue.
Dignas de esculpirse en letras de oro han sido cada uno y, en general, todos los actos de esta memorable Santa Misión de Valencia.
Enrique Moya Casals
Palabras del Papa
La obra del Mundo mejor puede empezar ya sin más en el plano parroquial; y como en todas las cosas, también aquí un buen ejemplo de aplicación del programa podrá convencer a los que dudan, reanimar a los desconfiados y arrastrarlos por el mismo camino. (Pío XII.)
La Sagrada Familia y la familia cristiana
Espejo de la familia cristiana y modelo perfecto de todas las prerrogativas que la constituyen verdaderamente tal, es la Sagrada Familia de Nazaret, constituida por Jesús, María y José, las tres personas más perfectas que han existido en esta tierra. En una humilde casa de artesanos pasaron juntos allí alrededor de treinta años en el trabajo más humilde, en la oración continua, en la más ilimitada confianza en la divina Providencia, proporcionando al mundo un ejemplo incomparable de mutuo amor y de todas las virtudes familiares.
Los padres de familia encuentran en San José un modelo admirable de vigilancia y solicitud paternal; las madres tienen en la Virgen, Madre de Dios, un ejemplo insigne de amor, de respeto modesto y de perfecta sumisión; los hijos de familia pueden contemplar en Jesús su modelo perfecto de sumisión, obediencia y amor filial que deben a sus padres. Todos, en fin, podemos contemplar allí el espectáculo del más perfecto ejemplar de la sociedad doméstica, como asimismo de toda virtud y santidad.
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En la familia cristiana se debe notar el sello del cristianismo en todo: en el adorno de las habitaciones, en las que no ha de faltar el crucifijo y algunos cuadros religiosos; en el lenguaje y en toda su conducta. En ella todos llevarán una vida ordenada y edificante, conforme con los divinos preceptos y las enseñanzas de la Iglesia ; guardarán perfecta armonía en la familia, evitando las discordias y altercados tumultuosos, como cosa impropia de la caridad cristiana; santificarán los domingos y fiestas, asistiendo a la Santa Misa y a otros actos del culto divino; todos los días rezarán algo en familia para pedir a Dios sus gracias y bendiciones, especialmente por la mañana y por la noche y antes y después de las comidas, cuando en casa hay alguna necesidad o tribulación, como un enfermo grave, una defunción; leerán algún libro piadoso, como los Santos Evangelios, la Vida de Jesucristo, la Imitación de Cristo, la vida de los santos o de algún santo en particular, etc.; es decir, algo que recuerde los deberes religiosos y ayude a vivir cristianamente.
¡Qué parecida a la familia de Nazaret sería semejante familia, y qué dichosos serían sus moradores!
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