El sacrificio de un monaguillo
(Cuento)
Soñoliento y perezoso se levanta el nuevo día. El cielo cubierto de nubes parece amenazar con fuerte lluvia. A lo lejos, y por encima de espesos nubarrones, asoman recortadas las crestas del monte Bernia. Sopla un viento fuerte del Noroeste que hace crujir y doblarse los altos laureles y demás arboleda que circunda la vetusta casona de la rancia e hidalga familia de los Feliu. Son las cinco de la mañana. Con dirección a «Pinos» doblan la verja en estos momentos dos personajes que temiendo la inminente tormenta caminan deprisa y en silencio.
Uno de ellos es un hombre de unos cuarenta y cinco años de edad. Va envuelto en una raída blusa negra y cubre su cabeza con una boina calada hasta las orejas. Su rostro es de labriego rudo dado a la bebida y al juego... Le sigue una mujer vestida de negro y pañuelo a la cabeza. Camina con aires de sencilla campesina, de formas corporales poco esbeltas, de toscas y agrietadas manos, en una de las cuales lleva un canastillo con comida para la jornada. Su rostro, dentro de su rudeza, es dulce y apacible y su mirada serena y clara como una noche de luna...
De pronto el «Tío Juan» —así llaman al personaje antes descrito— se detiene bruscamente y con voz cavernosa dice a su mujer:
—Este chico me va a perder. El que mal anda mal acaba y no puede andar, bien quien anda con curas y frailes. ¿No te dije que no quería que fuese monacillo? ¿Ni que se acercara por la iglesia? ¡Maldito cura...! ¿Qué le importa a él lo que pasa en mi casa? Si vuelve a entrar otra vez por la puerta de mi casa... yo te aseguro que no vuelve a poner los pies en ella... Me case en...
—¡Por Dios, Juan, no seas animal! Si nuestro chico quiere ir a misa, ¿por qué no ha de ir?
—Porque no me da la gana—, responde Juan indignado.
—Pero no seas bruto, hombre. ¿No van todos los chicos del pueblo? Además, si el señor cura vino a nuestra casa fue por nuestro bien. Tú ya sabes que no estamos casados. Cuando se acabó la guerra debíamos habernos presentado al señor cura. ¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Si somos el único caso del pueblo! ¿Por qué en vez de ir todos los días a la taberna para venir borracho a casa no te acercas por la iglesia...? De seguro no nos faltaría la cena como muchos días nos falta.
—Si no mirara Dios... —responde Juan con voz temblorosa— te partía ahora mismo la cara...
Y empieza a andar a grandes zancadas mientras las primeras gotas de agua, redondas y gruesas, comienzan a caer mezclándose con las no menos gruesas lágrimas que de los ojos azules de Amparo brotan muy abundantes mientras se ahogan los sollozos en su garganta...
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El reloj de la torre de la monumental iglesia de Benisa da tres campanadas, mientras sus saetas señalan las seis menos cuarto. En este mismo momento se abre la pequeña puerta del recoleto convento de los Padres Franciscanos y un fraile joven, de estatura media, enjuto de carnes y de aspecto demacrado, aparece en el umbral; atraviesa con paso lento la plazoleta y empieza a bajar la calle con dirección a la parroquia. Lleva la capucha puesta y las manos cruzadas y metidas en las amplias mangas. Tan abstraído va el joven fraile que ni siquiera saluda a la poca gente con que tropieza: mujeres de edad, cubiertas con la mantilla, que se dirigen a oír la misa en el convento.
—Es un santo el P. Andrés—, dicen al contemplar el recogimiento del fraile...
Nosotros vamos a abrir —con libertad de escritor— la conciencia del joven franciscano para ver qué pasa en su interior.
—¡Dios mío, qué misterio! —piensa el religioso, alma nacida para meditar en los eternos problemas...— ¿Por qué no veré algún día con mis propios ojos siquiera una gota de sangre en Jesús eucaristía...? Señor, no quiero tentaros, pero iluminad mi mente que es muy oscuro el misterio del Sacrificio Eucarístico...
Y tentaciones tremendas contra la fe se ciernen sobre su mente; y torturado por ellas el pobre fraile, con angustia horrible en su pecho, llega a la parroquia momentos antes de que suenen en el reloj de la torre las seis de la mañana. Apenas entra en la sacristía le sale al encuentro un pequeño acólito de rostro angelical, de mirada pura y leve sonrisa en los labios. Debe contar nueve años de edad y ya en sus facciones se notan las señales del sufrimiento...
—Buenos días, Padre, ¿cómo ha pasado la noche?
—¡Hola, Juanito! Claro que la he pasado bien. Pero no digamos tú... De seguro que la has pasado de un tirón; y aun hubieras estado unas horitas más en la cama... No me digas que no. Te lo noto en los ojos. Si los tienes todavía hinchados...
—Pues no, Padre, no me hubiera quedado ni un minuto más en la cama; aunque sueño... sí tenía al levantarme... Pero ya son las seis, Padre, y la gente espera la misa.
—Vamos allá con la gracia del Señor —responde el P. Andrés. Y unos momentos después, revestido con los ornamentos sagrados, con paso grave, con dignidad y modestia, se dirige hacia el altar, mientras los fieles, de rodillas bajo las amplias naves del templo, hacen la señal de la cruz...
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—Mira, Juan, somos muy desgraciados, y pudiéramos ser felices. ¿Por qué pasado mañana que es domingo no me acompañas a la iglesia? Sé comprensivo. El señor cura no quiere darme la Comunión porque vivo contigo sin legitimar el matrimonio; pero porque te quiero y quiero a nuestros hijos he de vivir en constante pecado y condenada en esta vida. Todo por ti; y tú cada vez más ingrato. ¡Por amor de Dios, Juan, confiésate mañana y comulga el próximo domingo, y arreglemos nuestro matrimonio que yo quiero vivir en paz con Dios!
—¿Pero crees tú —contesta Juan, que en estos momentos descansa junto al umbral de su casita— que lo que predican los curas es verdad? ¡Calla, mujer!, que esas cosas son todo mentiras para sacar dinero.
—¡Jesús, qué horror! —clama Amparo—. Tú estás loco, Juan. Más te valiera pensar que padeces del corazón y que puedes morir en cualquier momento...
—Pues bien, si te empeñas... el domingo comulgaré, pero sin confesarme, ¿me entiendes?, que no tengo por qué decirle mis cosas al cura.
—Juan, por Dios, no cometas Un sacrilegio... Será mejor que no vayas.
—Lo dicho, dicho —responde Juan bruscamente— ; y ahora a callar.
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Comienza a anochecer. Hay mucha animación en la plaza cuando suena el tercer toque para el Rosario. Es sábado y la gente se dirige al templo para hacer la visita al Santísimo y hablar con su Madre la Purísima Xiqueta... La capilla de la Comunión, iluminada débilmente por la lámpara, del Sagrario, invita al recogimiento y a la oración. En uno de los confesonarios, torturado por las tentaciones contra la fe sacrosanta y por las tinieblas que envuelven su alma, el fraile joven, de ojos lánguidos y rostro demacrado, perdona pecados, consuela almas, ilumina mentes... A sus pies cae de rodillas Juanito el monaguillo.
—Pare —le dice cándidamente—, m'acuse de que ha fet anquetar a mon pare, a ma mare, a m'agüelo, a m'agüela, a mon tío...
Y aquella alma angelical, que todavía conserva intacta la inocencia del bautismo, se da golpes de pecho arrepentido de sus faltas. El P. Andrés lo abraza tiernamente, mientras pronuncia palabras de aliento en sus oídos, y después de darle la absolución le dice con voz conmovida:
—Juanito, ahora irás al Sagrario y pedirás a Jesús por el P. Andrés, que lo necesita..., y por tu padre, que lo necesita más todavía...
Por la mente de Juanito pasan escenas familiares: golpes de su padre a su madre querida..., lágrimas, sollozos de ésta y de su hermanita... Por eso cuando cae ante Jesús los sollozos afloran a su garganta. Por su mente pasa una idea... Sí, hará penitencia... Se levanta decidido y con paso firme cruza las naves del templo y empieza a subir las escaleras del campanario. En la oscuridad más completa penetra en las bóvedas del templo, mientras sus piernas empiezan a flaquear por el miedo... De pronto siente unos ruidos y gritos extraños y algo misterioso roza su cara... Juanito, sobrecogido de espanto, da un grito y cae desmayado...
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Son las seis de la mañana del domingo. Las campanas del templo anuncian el tercer toque para la misa primera. Juanito, que ha pasado soñando con ángeles, despierta de su dulce sueño. Al levantarse del duro suelo un enorme murciélago roza su rostro produciéndole un profundo arañazo... Juanito da un grito de dolor y de espanto y empieza a bajar corriendo las escaleras de la torre. Ya en el templo se siente tranquilo al ver a la gente, y puede entrar ya en la sacristía con la sonrisa en los labios, ofreciendo en silencio a Dios su sacrificio por el P. Andrés y por la conversión de su padre. El P. Andrés está ya revestido. Juanito le besa la mano y se reviste rápidamente para ayudar al Padre en el Santo Sacrificio... Las naves del templo están repletas de fieles cuando el sacerdote sale al altar. Recogimiento..., oración..., místicos suspiros por doquier...
«In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Amen...» Y los fieles se signan con respeto y siguen con atención las ceremonias de la misa, mientras fervorosos rezan sus oraciones. El pan eucarístico es elevado por las manos temblorosas del frailecito franciscano que queda meditando en el profundo misterio que se está realizando... Se acerca la hora de la Comunión. Juanito, encendiendo una palmatoria, se acerca al celebrante y aprovecha la ocasión para mirar a Jesús Eucaristía..., y al mover bruscamente la cabeza una gota de sangre del profundo arañazo que lleva en su frente se desprende para caer en el pan eucarístico..., uniéndose el sacrificio del acólito al sacrificio de Jesús... Nadie se dio cuenta de lo sucedido, y la misa continúa su cursó... El sacerdote, después de hacer la genuflexión ritual, se dispone a tomar la eucaristía para comulgar, y al verla manchada de sangre se impresiona profundamente. Le tiemblan las manos al cogerla, y gruesas lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas...
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En una nave lateral del templo el tío Juan, conmovido por la gravedad de las ceremonias, por el ambiente de recogimiento del templo, piensa en sus adentros:
—Si todo esto es verdad y yo voy a cometer un sacrilegio, ¿por qué el fraile no se da cuenta? Si yo viera que el fraile llora al darme la comunión... creería...
Las gentes, con paso lento, con las manos juntas en el pecho y en profundo recogimiento interno, van cayendo de rodillas ante el reclinatorio y van recibiendo a Jesús en sus corazones. También el tío Juan, con paso tembloroso y vacilante, se acerca al reclinatorio. Cae de rodillas y con las manos juntas en la espalda se dispone a cometer el tremendo sacrilegio... Sus ojos no se fijan en la blanca eucaristía, sino en el rostro macilento del fraile franciscano, y al verlo bañado en lágrimas un profundo sollozo se escapa de su garganta, se da un golpe de pecho y cae sin sentido en el suelo...
Los fieles se apiñan a su alrededor, y el sacerdote, dejando al Señor en el altar, se abre paso entre los fieles para dar la absolución a aquel hombre que agoniza. Juan se encuentra en los brazos de Amparo, y Juanito llora con su madre los últimos momentos del ser más querido. El sacerdote, después de absolver a aquella alma unge la frente del moribundo con el óleo santo que borra en estos momentos las últimas reliquias del pecado. Unos instantes después un nuevo «buen ladrón» arrebata el cielo. Fruto hermoso del sacrificio de un niño, unido a otros frutos no menos hermosos: la paz de un sacerdote torturado por mil tentaciones y la vocación sacerdotal del mismo Juanito que podrá un día ofrecer al Eterno Padre el Sacrificio de la Misa por el eterno descanso del alma de su padre.
No hables de lo que no entiendes
Tres indígenas del Transvaal decidieron abandonar su pueblo para buscar trabajo en la ciudad de Joanesburgo.
—Pero, ¿cómo encontraremos trabajo —se decían por el camino— si no sabemos pedirlo? No sabemos ni palabra de inglés.
Siguiendo su ruta se encuentran de pronto con tres ingleses que discuten acaloradamente.
—¡Magnífico! ¡Qué ocasión más estupenda para ¡aprender inglés!
Se ponen inmediatamente de acuerdo: uno en pos de otro irán a escuchar la conversación.
Se acerca el primero sigilosamente para que no le vean. Aguza el oído y percibe esta frase: «Nosotros tres».
Vuelve gozoso:
—He aprendido: «Nosotros tres». No sé lo que quiere decir; pero, bueno, es inglés y basta.
El segundo repite la operación y oye: «Queríamos dinero». Vuelve riéndose, enseñando dos blanquísimas hileras de dientes, repitiendo su frasecita, pero sin entenderla.
Hace otro tanto el tercero y aprende: «Cuanto antes mejor».
Con un vocabulario inglés tan abundante prosiguen su camino más alegres que unas castañuelas; ahora sí que van a encontrar trabajo.
Para que no se les olvide lo aprendido lo van repitiendo durante todo el resto del viaje:
—Nosotros tres.
—Queríamos dinero.
—Cuanto antes mejor.
Al llegar a los arrabales de Joanesburgo encuentran un cadáver en la calle y se acercan a curiosear. Llegan los policías y les preguntan:
—¿Quién mató a ese hombre?
—Nosotros tres—, responde el primero.
—¿Por qué lo matasteis?
—Queríamos dinero—, replica el segundo.
—¡Asesinos! Seréis condenados a muerte.
—Cuanto antes mejor—, dice tranquilamente el tercero.
Al verle maniatar, comprendieron que algo grave les ocurría; protestaron con gritos, gestos, palabras..., todo fue inútil.
Después de pasar varios días en la cárcel los llevan al juez.
—¿Sois vosotros los que disteis muerte a aquel hombre?
—Nosotros tres.
—¿Por qué lo matasteis?
—Queríamos dinero.
—¡Infames! Os condeno a ser empalados.
—Cuanto antes mejor—, dice alegremente el tercero.
Parecían perdidos. Afortunadamente el juez, al ver lo alegremente que aceptaban la sentencia, sospechó que allí había alguna equivocación. Llamó a un intérprete que puso en claro todo el embrollo y salvó a los tres alumnos de la academia Berlitz.
Amigo lector: ¿Has visto a alguno que sin saber inglés se ponga a hablar en inglés? Seguro que no. Pero tal vez hayas visto a alguno que sin saber palabra de religión se pone a hablar de la Iglesia o del Papa y a ridiculizar la fe para dárselas de sabio y de hombre moderno. Cuéntale la historia de nuestros amigos del Transvaal.
Carlos González-Cutre, S. I.
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