Índice del número 317

Junio-julio de 1955. Año 29. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

El Santo de todo el mundo

Con su inmensa popularidad, ganada a fuerza de repartir favores a sus devotos, San Antonio de Padua se ha colocado a la cabeza de los grandes benefactores del género humano.

Pocos años vivió en este valle de lágrimas, y los más de ellos permaneció oculto, con exquisita humildad, entregado a la oración y a la obediencia; mas cuando por uno de esos vaivenes providenciales de esta virtud se vio obligado a descubrir el fulgor clarísimo de su sabiduría y asomó a sus labios el dardo inflamado de su palabra, el celo de la gloria de Dios ya no le abandonó jamás, y las rosas de su caridad para con los necesitados se multiplicaron prodigiosamente, hasta cubrir con su regalado perfume toda la redondez de la tierra.

La razón de aquella portentosa actividad del apostolado antoniano, que comenzó nueve años antes de su muerte y continúa a lo largo de más de siete siglos de su vida gloriosa en el cielo, es muy sencilla.
¿No veis en los brazos del Santo al pequeño Rey del cielo y de la tierra?... ¿No admiráis la blancura del lirio embelleciendo invariablemente las imágenes del taumaturgo de Padua?...

Pues ahí están los secretos de su mágico poder.

Con aquella inocencia santísima de su vida, con aquella preclara y contagiosa pureza de su alma, arrebató al cielo su tesoro, conquistó la predilección dulcísima del Niño Jesús, y al recibir en sus brazos la adorable Personita del Príncipe de la Paz recibió también San Antonio el poder de Jesucristo para ahuyentar demonios, sanar enfermos, resucitar muertos, pacificar espíritus y socorrer con mano amplia y generosa a cuantos a él acuden en sus calamidades y apuros.

Esta acción benéfica de San Antonio se desarrolla de una manera tan constante y tan universal que en todos los rincones de la tierra se le venera y se le ama.

Por eso el inmortal Pontífice León XIII lo llamó con toda justicia el Santo de todo el mundo.

Nosotros, que tenemos a gran honor aportar nuestro granito de arena a la obra grandiosa del apostolado antoniano, deseamos ardientemente que la mano bendita del Santo haga florecer en los corazones de sus devotos las semillas de la caridad y la pureza que él tanto amó para que, libre el mundo de la opresión del odio y rotas las garras del sensualismo abrasador, respiremos en paz las auras primaverales de la justicia en un clima de amable concordia y de puro y delicioso amor...

Huellas de San Antonio en Portugal

(Conclusión)

En San Antonio dos Olivais. — El conventito que sirvió como de noviciado franciscano a Fr. Antonio está situado en la parte alta de Coimbra. En aquel tiempo quedaba fuera de la ciudad. Hoy existe allí una iglesita encantadora, a la que se llega por una escalinata defendida por anchos torreones. Desde dicha altura se domina la ciudad, mecida por el río Mondego.

En este retirado y encantador paraje halló el alma juvenil de Antonio un ambiente de recogimiento muy a propósito para alentar sus ideales y muy en consonancia con sus fervores. En el silencio y la soledad iba fortaleciendo su espíritu con la meditación de las cosas celestiales y acrecentando sus ansias de convertir el mundo para Cristo.

Iglesia de San Antonio dos Olivais en Coimbra

San Antonio dos Olivais

Aun se conserva la celda que habitó el santo y que fue testigo de sus penitencias, vigilias, largas horas de oración y combates fortísimos con el tentador. Hoy día está convertida en capilla, a la que se llega por la sacristía.

Interior de la iglesia de San Antonio dos Olivais

Interior de la iglesia de San Antonio dos Olivais

Artísticos cuadros de azulejos representando escenas de la vida del Taumaturgo hablan al peregrino de la gloria principal de aquella iglesita, que en recuerdo de quien allí hiciera su noviciado franciscano lleva el nombre de San Antonio. En realidad, es éste uno de los «monumentos antonianos» que dejan más grata impresión en el visitante. Allí se respira franciscanismo, aun cuando la iglesia no esté hoy día regida por franciscanos.

Los padres de Antonio. — Desde el conventito dos Olivais Antonio abandonó para siempre su patria. La Providencia le llamaba a una vasta e importantísima empresa, in-imaginada aun por el propio protagonista. El soñaba en ser mártir de Cristo en ¡Marruecos, y el Señor le deparaba un ministerio apostólico fecundísimo en tierras italianas.

La divina ilusión que llenaba el corazón del joven franciscano al zarpar, tal vez desde Oporto, para tierras marroquíes, no apagaría sin duda los gritos del corazón, obligado a romper lazos muy sagrados y a separarse de la tierra que le vio nacer.

Pero más dolorosa que para el que partía debió ser la despedida para los que quedaban. Involuntariamente nuestro pensamiento vuela a la casa paterna, donde quedaban llorosos un padre y una madre que amaban con locura al hijo de tan raras prendas. Acaso el dolor de la separación llegara a mitigarse un tanto por el poder misterioso del presentimiento de grandezas futuras. Es muy posible. Los portentosos hechos de la niñez de Antonio pudieron despertar seguramente en sus progenitores, pero particularmente en la madre, ilusiones análogas a las qué sintiera pocos años antes la madre de Francisco acerca del porvenir del Poverello.

Una comprensible curiosidad nos lleva a desear conocer estos pormenores y más aún ciertas reacciones psicológicas en el corazón, de los felices padres de nuestro santo. Pero la historia es parca en datos. Parece que fueron testigos del esplendor de su fama y gloria. Antonio debió intervenir en cierta ocasión a favor de su padre con su poder taumatúrgico.

La tradición nos ha conservado, además, otro recuerdo. En nuestra peregrinación en pos de las huellas de Antonio en Portugal hemos encontrado algo referente a su madre.

En la capilla del Santo en San Vicente de Lisboa, a la parte derecha de la entrada de la misma, está el sepulcro de la madre de Antonio. Una sencilla inscripción lo delata.

Dice así: "Aoui eao os ossos da mai de S. Antonio". Se siente emoción al verse frente a los despojos mortales de la que alumbró una luz tan esplendente. Bien está que descansen donde el hijo consagró a Dios la vida que recibiera de tan feliz madre.

El retrato de San Antonio. — Parece que Antonio murió de hidropesía. Esto hace suponer que fuese algo corpulento. ¿No poseemos otros datos acerca del físico de San Antonio que el que se deduce de esta suposición?

En nuestra excursión antoniana por tierras de Portugal encontramos dos lienzos que pretenden ser el "verdadero retrato de San Antonio". El uno en la iglesia de San Antonio, de Lisboa; el otro en la sacristía de San Antonio dos Oliváis, de Coimbra.

El lienzo de Lisboa representa a nuestro Santo de cuerpo entero y de tamaño algo más que natural. Preside un altar. Tiene a su favor ser copia de un cuadro de Giotto en la Basílica de Padua. Giotto pudo pintar al Taumaturgo sirviéndose de descripciones de quienes le conocieron personalmente. San Antonio aparece más bien corpulento que delgado, pero de contextura más bien fina que recia.

El lienzo de Coimbra reproduce el rostro de Antonio y la parte superior del busto.

Sobre la cabeza hay una leyenda que dice: "Verdadeiro retrato de San Antonio de Lisboa".

Verdadero retrato de San Antonio

Este rostro tiene dependencia del anterior. El cerquillo es abundante y poblado por la parte posterior de la cabeza en ambos cuadros; los rasgos, igualmente finos. Pero el pintor de Coimbra parece que quiso reproducir al Santo en los años en que moró en San Antonio dos Oliváis. El rostro es más juvenil; la expresión de los labios, más dulce; el continente, más recatado.

Del estudio de uno y otro cuadro podemos deducir que no andan descarriados los artistas cuando representan a Antonio radiante de lozana juventud, iluminado por resplandores virginales, de formas agraciadas, digno trono del «más hermosos de los hijos de los hombres», que descansa en sus
brazos. En realidad, no nos podemos figurar al Santo del Niño Jesús más que así: agraciado con hermosura de alma y de cuerpo.

La historia de Antonio no termina en Portugal. Por eso, si disponemos de tiempo, continuaremos un día nuestra excursión espiritual, aunque sea muy «a la ligera», siguiendo al Santo por tierras de Italia, hasta pararnos ante su sepulcro en Padua.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm