La Asunción de María

No ha muerto, no ha muerto,
solamente quedóse dormida...
como duermen de noche las rosas
en sus tallos de espinas;
como duermen las flores
cuando el sol se reclina...
No ha muerto, no ha muerto...
solamente quedóse dormida...

La forjó el Hacedor de los cielos
en un sueño de vida,
con las carnes de todos los lirios,
con la lumbre purísima
de las auroras todas;
y puso en ella sublimes sonrisas
y miradas angélicas,
porque fuera su Madre Santísima

la más bella de todas las madres,
la más dulce y divina...

Y fue un cáliz de amor rebosante,
y fue un sueño de amor en la vida;
y soñando de amor por su Hijo
sobre el valle quedóse dormida,
como duermen las flores
cuando el sol se reclina...

Ya vinieron en coro los ángeles
y en sus alas purísimas
recogiendo la flor de los valles
la llevaron al cielo dormida...
Y las brisas, volando en los campos
como un salmo de fe, repetían:
No ha muerto, no ha muerto,
solamente quedóse dormida...

Luis J. Actis

Asunción de María

Assumpta est Maria

«¡Alegrémonos todos en el Señor al celebrar la festividad de la Bienaventurada Virgen María, de cuya Asunción se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios!» Compartiendo el júbilo inmenso que en este día goza toda la corte celestial, hemos de tributar a nuestra amada Madre del cielo el culto ferviente de nuestras plegarias y el amor ardiente de nuestros corazones.

La muerte de María no fue efecto de ninguna enfermedad o debilidad de la naturaleza, ni menos castigo del pecado, puesto que la Virgen no pecó jamás; fue puro efecto del amor que abrasaba su corazón. Desde el día de la Ascensión de su Hijo a los cielos no hacía más que languidecer en esta vida. Suspiraba con ardor por reunirse con él y cada uno de los instantes de la separación era para Ella un martirio. En fin, la fuerza de su amor llegó a romper los lazos que unían su alma a su cuerpo y entonces voló al cielo sobre una nube de santos deseos.

¡Felices las almas que, desprendidas de la tierra, no tienen otros anhelos ni deseos que morir para ver y poseer a Dios eternamente! Esos eran los deseos de los patriarcas, que tenían las miradas de su corazón fijas sin cesar en la patria celestial; los deseos de David, que considerándose como peregrino suspiraba por el cielo continuamente; los deseos de San Pablo, que escribía a los Filipenses: "¡Oh cuánto deseo que mi cuerpo se disuelva para que mi alma, saliendo de su prisión, vaya a reunirse con Jesucristo!»; los deseos del mártir San Ignacio, que escribía a los romanos: «Sólo aspiro a gozar de Jesucristo»; del gran doctor San Agustín, que decía: «El que no gime como viajero en esta vida no se regocijará en el cielo como ciudadano»; de San Francisco de Asís, que era llamado el .hombre que mira al cielo; de San Ignacio, que durante noches enteras, a la vista de un cielo hermoso, lanzaba este grito de amor: «¡Cuán vil me parece la tierra cuando miro al cielo!» Los que no desean el cielo y no darían gozosos por él los bienes y honores del mundo, no son cristianos, como tampoco lo son los que sólo desean la muerte por despecho, desesperación, aburrimiento y disgustos de la vida. ¡Oh!, si aceptaran cristianamente las penas de la vida, así podrían desear el fin, con tal que fuera con sumisión a la voluntad de Dios. Examinemos nuestras disposiciones sobre este punto.

El amor divino había despojado a María de su vestidura mortal y la santa pureza la revistió con el manto real de la inmortalidad. No convenía que un cuerpo tan puro pasara por la corrupción del sepulcro, castigo reservado a la carne de pecado. Por esto Jesucristo resucitó a su Madre a una gloria inmortal que la cubrió de un brillo que el Espíritu Santo compara, ya con el sol, ya con astro brillante de la noche. Admiremos cuánto ama Dios a las almas castas, a los cuerpos puros. Cuán bien comprenden el amor a su cuerpo los que lo conservan en la inocencia, y cómo, al contrario, no lo aman los que por groseras satisfacciones, indignas de un alma inmortal, le privan de tanta gloria y le llevan a eternos suplicios. ¡Oh santa pureza! ¡Con qué esplendor revestís el cuerpo de María! ¡Qué bien merecéis nuestra estimación y nuestro amor! Y ¡con qué celo debemos conservaros como el más precioso de todos los tesoros!

Es la Ley de Dios, que mientras nos humillemos en la tierra más exaltados seremos en el cielo. María se humilló más que todas las criaturas ; Ella, que por su título de Madre de Dios era reina, se hace sierva; Ella, más pura que todos los ángeles, se mezcla con las mujeres manchadas el día de su purificación en el templo; Ella, hija de reyes, se abate hasta pasar por pobre obrera y mujer del pueblo. Debía, pues, ser más ensalzada que ninguna criatura, puesto que se colocó bajo de todas; y esto es lo que hace Dios el día de su Asunción: la resucita gloriosamente y la eleva triunfante en cuerpo y alma en las nubes los ángeles salen a encontrarla y cantan su gloria exclamando: «¿Quién es Esta que sube del desierto?» Los patriarcas y los profetas la acogen transportados de alegría ; Moisés la aclama como la estrella de Jacob que él había anunciado; Isaías, como la Virgen Madre, objeto de sus profecías; Ezequiel, la Puerta del Oriente; David, la Reina sentada a la derecha del supremo Rey; y en medio de estos cantos de alegría, María repite su divino cántico: «Mi alma glorifica al Señor». Pero esto no es más que el principio. Dios, conduciendo a María a un trono de gloria que le había preparado, ciñe su frente con corona real para proclamar ante los ángeles y los santos que María es la Reina del cielo y de la tierra.

¡Oh María, Madre mía, mi Reina y mi Señora!: Os saludo en ese océano de gloria en que aparecíais en este día. Sed verdaderamente nuestra Patrona y nuestra Madre; y pues que tu triunfo y tu Asunción en cuerpo y alma a los cielos son prendas de nuestra futura gloria, haced que, imitando en la tierra vuestras virtudes, podamos un día alabaros en compañía de los ángeles en la mansión de los bienaventurados.