Un nuevo capítulo de "Las florecillas"

Marcelino Pan y Vino

En toda España se habla hoy de Marcelino pan y vino, la maravillosa superproducción cinematográfica estrenada en Madrid el 24 del pasado mes de febrero. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que se trata de la mejor película que se ha rodado en España. La crítica unánimemente así lo ha reconocido y el público lo ha ratificado al obligar a fijar en las principales ciudades donde se ha proyectado semanas y semanas el elocuente cartelito de «No hay billetes». Esta gran película es motivo de orgullo para todos los españoles. Pero existe otra faceta en este film: su espiritualidad franciscana. La productora y distribuidora Chamartín, que ha sido la que ha rodado la película, recabó la presencia de un franciscano como asesor religioso. Y tuve el honor de desempeñar ese cometido, circunstancia que me ha brindado la oportunidad de vivir las principales etapas de su plasmación en el celuloide.

La película se basa fundamentalmente en el maravilloso cuento del laureado escritor José María Sánchez Silva, pequeña narración que ha obtenido un éxito editorial sin precedentes dentro y fuera de España, como lo corroboran sus repetidas y numerosas ediciones en un solo año. El cuento, que viene a ser como un capítulo nuevo de Las Florecillas, ha conservado en la cinta toda su frescura, encanto y amenidad. Todo lo sencillo es grande. Nada más sencillo, por otra parte, que el argumento de esta película. Unos frailes franciscanos encuentran un niño recién nacido en la puerta de su conventito campestre. ¡Lo bautizan y le prodigan todos los cuidados y mimos que les sugiere su corazón seráfico. El P. Guardián ordena a sus frailes investiguen por todos los alrededores el paradero de los padres del recién bautizado Marcelino. No dan con ellos. Otra tentativa. Encontrar una familia cristiana que se encargue del pequeñito para su crianza y educación. Nueva negativa, lo que alegra el corazón sencillo de los frailes, que ya se han encariñado con el pequeño. Queda en casa como un conventual más.

Crece el niño rodeado del amor de sus buenos patronos. A la edad de cinco años el niño se entera de la existencia de las madres, pero ya la suya está en el cielo. Llevado de su inocencia y candor, entabla relación con Dios por medio de una imagen del Crucificado que los frailes tienen en el desván del convento por no caber en la diminuta capilla. El niño, a la vista de aquella figura del Redentor, siente compasión y socorre a Dios con pan y vino, símbolo admirable del misterio de la tnansubstanciación. De ahí le vendrá el nombre de Marcelino pan y vino, impuesto por la voz milagrosa del Crucifijo. Y Marcelino sostiene un diálogo tierno y amoroso con el Señor que, agradecido por el comportamiento del nuevo frailecito, recompensa su buen corazón, accediendo a su deseo de ir al cielo para ver a su madre y a la Madre de Jesús, muriendo dulcemente en los brazos del mismo Dios.

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En el éxito rotundo de la película han concurrido diversos factores, entre los cuales queremos destacar los principales. El cuento, donde brilla siempre el aliento espiritual, la ternura, el contenido espiritual, la amenidad y la simpatía. La narración y el diálogo son un modelo acabado de finura, rico en matices, de extraña penetración en la intimidad de los sentimientos humanos e infantiles. Los actores viven todos su papel y están a la altura del tema. No vamos a destacar nombres, ya que todos ellos son primerísimas figuras del cine español. Pero entre todos los actores, merece especial mención —y así lo ha proclamado la crítica en general— el intérprete del simpático niño Marcelino, que providencialmente ha recaído en un niño de cinco años y medio llamado Pablito Calvo, hoy ya popular en toda España, hijo de una familia humilde que vive en el suburbio madrileño. Fue seleccionado la nueva «estrellita» en un concurso organizado por la productora al cual se presentaron más de 3.500 niños.

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La elección de Pablito ha supuesto un verdadero hallazgo. Se trata de un niño todo expresividad, naturalidad, soltura, docilidad y gracia, virtudes que han hecho el milagro, al decir de un crítico, de que deje pequeñitos a todos los grandes que trabajan en la película. Es una verdadera revelación como artista de la pantalla y el éxito que le ha acompañado en su primera salida delante de la cámara supera a todos aquellos que a su edad triunfaron en el cine dentro y fuera de España. A todos estos factores que han contribuido al logro completo del film, cabe añadir la fotografía, los decorados y exteriores, la música, todo ello magistralmente dirigido por la mano maestra y artística del director de la película el húngaro españolizado Ladislao Vajda.

Marcelino pan y vino constituye un bello y fervoroso mensaje de amor y de ternura y brinda a chicos y grandes todo un magnífico programa educativo de fe y espiritualidad. Durante hora y media el espectador vive sumido en la devota meditación de este relato delicioso que hace sonreír y, a la vez, llorar tiernamente, dejando en el alma una huella profunda de emoción. Sus realizadores han sabido soslayar todo aquello que pudiera siquiera rozar lo más mínimo con los principios sobrenaturales de la fe y del respeto a Dios y con la vida sencilla, apostólica y alegre de los hijos del Poverello de Asís.

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El P. Ibáñez, asesor religioso de la película Marcelino pan y vino, después del rodaje de una escena.

Se han cumplido con creces en la película los nobles fines que movieron la pluma cristiana, a fuer de franciscana, de nuestro buen amigo Sánchez Silva y que quedaron estampados en el prólogo de su primoroso cuento: «Me parece necesario oponer a este mundo de puñetazos y de tiros, de besos lascivos y turbias intrigas, una narración sencilla y pura, ni antigua ni moderna, con la cual se pueda poner a prueba si aun queda una lágrima en alguna parte que brindar como homenaje al amor de Dios, descrito aquí por uno que no es ni cura ni fraile, ni siquiera monaguillo».

P. Esteban Ibáñez, ofm.
Madrid, San Francisco el Grande, 1955.

La ciudad de Valencia ha tributado a su glorioso compatricio San Vicente Ferrer solemnes actos con motivo del V centenario de su Canonización por el Sumo Pontífice Calixto III

San Vicente Ferrer y Valencia

Del 22 de enero al 29 de junio del presente año 1955 ha vibrado la ciudad del Turia de encendido fervor y entusiasmo para festejar a su ínclito Padre y Patrono San Vicente Ferrer.

Como se recordará, comenzaron los actos centenarios con una charla del ilustre académico señor García Sanchiz, en la propia Santa Iglesia Catedral y en presencia del señor Arzobispo y Autoridades valentinas. Fue el pregón anunciador de las grandes solemnidades que se avecinaban, y efectivamente, siguió aquella Gran Misión Vicentina, que ya reseñamos oportunamente, y en la cual los Padres predicadores llegados a Valencia de diversos lugares de España y del extranjero, en unión de venerables sacerdotes del clero secular de la diócesis, se mostraron infatigables en su sagrado ministerio.

Las fiestas de la anual solemnidad a San Vicente Ferrer, en el primer lunes después de Pascua de Resurrección, revistieron mayor esplendor, y desde los diversos altares públicos que se levantan en las calles y plazas de Valencia los pequeños actores representaron, según una tradicional y loable costumbre, la vida y milagros del gran Taumaturgo valenciano.

Notable fue la apertura de la Exposición Vicentina en su marco bien adecuado: el antiguo Real Convento de Predicadores, donde moró San Vicente Ferrer, en cuyo claustro bellísimo y recientemente restaurado, el que fue refectorio, Sala Capitular (llamada salón de las Palmeras) y otras dependencias, se instalaron preciosos objetos de arte relacionados con el insigne dominico: imágenes, cuadros, la magnífica custodia de los dominicos, los celebrados Bultos, o sea la representación en figuras del bautizo de San Vicente, etc. Pero donde se desbordó Valencia ha sido en la última semana de junio y de una manera bien patente en el acto final el día 29 del mismo mes, festividad de los Santos Pedro y Pablo y fecha señera en que el Pontífice Calixto III canonizó a San Vicente.

No podían faltar los actos deportivos como preludio de las solemnidades religiosas. Fue un homenaje de las juventudes valencianas a su Santo Patrón. Siguió el Congreso del Apostolado de la Palabra, cuyo discurso inaugural pronunció el Rmo. Sr. Arzobispo Dr. Olaechea y Loizaga; un Certamen Literario Vicentino, representaciones populares de Mira cíes en el Colegio Imperial de los Niños de San Vicente Ferrer y en los altares, que se volvieron alzar en honra y homenaje al Santo ; conciertos de bandas de música, militares y civiles; inauguración de la lápida rotuladora de la calle que lleva el nombre del Papa valenciano Calixto III; solemne apertura del Congreso Nacional de la Tercera Orden de Santo Domingo de Guzmán; solemnes misas cantadas en los templos de evocación vicentina: parroquia de San Esteban, donde fue bautizado; el famoso pouet, o sea la Casa Natalicia, convertida, como se sabe, en primoroso santuario; en la capilla majestuosa, plena de mármoles, jaspes, pinturas y otras bellezas, con que la ciudad de Valencia honró a su compatricio, en el propio recinto del que fue convento de dominicos. En todos estos actos se asoció, como era de rigor, Capitanía General, Diputación, Ayuntamiento, Colegio Notarial, la Universidad, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y otras entidades, mereciendo unánimes plácemes la Junta Central Vicentina, organizadora de las fiestas centenarias.

El día 26 de junio comenzaron realmente las grandiosas solemnidades. Fue precisamente el día que transponía la frontera y llegaba a nuestra España la santa Reliquia: su sagrada Cabeza, de la que era portador el propio señor Obispo de Vannes, en cuya Catedral se guarda, como no se ignora, el cuerpo del Santo dominico. En ese mismo día y en la suntuosa Basílica de San Vicente Ferrer se celebraron Ordenes Sagradas, apadrinadas por el Ayuntamiento de Valencia.

Debemos anotar como acto grandioso, edificante y digno de admiración, como lo fue para la mayoría de los valencianos, el de la asistencia a la Santa Misa y recepción de la Sagrada Comunión de cerca de un millar de marinos de la escuadra norteamericana anclada en el puerto de Valencia.

Celebró el Santo Sacrificio el prelado doctor D. Marcelino Olaechea y Loizaga, en el altar mayor de la Santa iglesia Catedral, donde a su llegada le rindieron honores las fuerzas de la Marina, y fue de ver los altos jefes, oficiales y tropas marineras con sus blancos e impecables uniformes. Momentos de emoción fueron cuando con gran reverencia y fervor, las manos juntas y plenos de verdadera unción religiosa, varios marinos (oficiales y tropa) se acercaron al altar y uno a uno iban recogiendo los sagrados ornamentos : el amito, el alba, la estola, el manípulo, la casulla... y los llevaban al trono del señor Arzobispo. En el grandioso instante de alzar a Dios el órgano catedralicio entonó la Marcha Real española y luego el Himno de Estados Unidos. Acto magnífico, hermoso y, repetiremos, edificante y ejemplar. Los marinos católicos junto a sus hermanos católicos. España y Norteamérica. Ayer, 1898, enemigos en Santiago de Cuba; hoy, 1955, amigos. Ese acto religioso y bellísimo marca un hito en nuestra historia.

El día 27 fue un día de inmensa alegría para la ciudad. A las siete en punto de la tarde las salvas de artillería resonaban en el baluarte y las campanas del Miguelete y de todos los templos comenzaron a voltear. El estrépito de las tracas, los clamores de las bandas de música y el griterío ensordecedor de la multitud en la plaza de Santo Domingo o Tetuán eran los motivos de júbilo y alegría incontenida: la sagrada Reliquia de San Vicente Ferrer entraba en Valencia y era portada por el Rmo. Sr. Nuncio de Su Santidad Mons. Antuniutti, acompañado del prelado valentino, Cabildo, clero y los Padres predicadores, Hermanos de hábito de San Vicente Ferrer.

La sagrada Cabeza fue llevada al antiguo convento de Predicadores, donde profesó San Vicente, a su santa celda, convertida en capilla; a la Casa Natalicia, a la iglesia de San Esteban y depositada la Reliquia en la propia pila bautismal, que aun se conserva; a la Catedral, y finalmente al nuevo convento de Dominicos, en cuyo templo quedó en su altar mayor toda la noche, y desde la una de la madrugada comenzaron sin interrupción las misas, mientras desfilaban los fieles —toda Valencia en este caso— para besar la sagrada Reliquia del Apóstol de Europa, Ángel de la Paz y del Apocalipsis.

El día 28 fue la gran procesión de las santas Reliquias de San Vicente Ferrer. La ciudad se vistió de gala como los días anteriores, y una gran multitud llenaba la carrera por donde había de pasar el cortejo religioso, compuesto por los cleros parroquiales seguían todas las cruces de la diócesis valentina, por disposición del Rmo. Sr. Arzobispo; diversas bandas de música con la Municipal de Valencia; timbaleros y dulzaineros del Ayuntamiento entonaban la famosa Marcha de la Ciudad; las tres basílicas, con sus campanillas de plata o tintinabulum y sus quitasoles rojo y gualda; la de la Patrona, la de los dominicos y la catedralicia. Seguían las siguientes reliquias del Santo Taumaturgo. El Santísimo Cristo de Graus, llevado por su propio señor cura Párroco; un dedo, su bastón, el birrete, su sombrero; la biblia que usó San Vicente, y finalmente su sagrada Cabeza, encerrada dentro de un busto de bronce, en ricas andas de plata. Ofició el Rmo. Sr. Obispo de Vannes, y a continuación los Rmos, Sres. Prelados de Valencia, Segorbe, Albacete, Barbastro, Coria, Ciudad Real, Mityline, Salamanca, Obispo Auxiliar y el Ministro General de los Dominicos, presididos por el excelentísimo Sr. Nuncio de Su Santidad.

El día 29 fue la gran solemnidad de las solemnidades. Por la mañana, Santa Misa Pontifical, celebrada por el señor Nuncio, que impartió al final la Bendición Papal, y por la tarde, en la plaza del Caudillo, el acto de la ofrenda del reino de Valencia a San Vicente Ferrer, consistente en flores, frutos y aportación generosa en metálico, que como acto de caridad, pasó luego a los centros benéficos.

Concurrieron todas las asociaciones de San Vicente, que previamente habían descendido el Santo de sus respectivos altares. Sobre una amplia tribuna frente al Ayuntamiento fue colocada la sagrada Cabeza, que llegó procesionalmente desde la Catedral. Terminado el acto de la ofrenda, el señor Alcalde marqués del Turia hizo la consagración de la ciudad y reino de Valencia a San Vicente Ferrer, cuya dedicación solemne terminó con las siguientes palabras: «... Sé, pues, que todas las voluntades valencianas refrendarán mi resolución y aceptan mi promesa de que Valencia y todo su Padre amado San Vicente. Valencianos: Ratificad este sagrado compromiso contestando con toda vuestra alma a esta exclamación: ¡Viva nuestro Padre, Patrono y Señor San Vicente Ferrer!» Viva que fue entusiásticamente contestado por la inmensa multitud que llenaba la plaza del Caudillo. Seguidamente el señor Arzobispo dio las más expresivas gracias al pueblo valenciano y sus Autoridades, finalizando tan apoteósico acto dando la bendición con la sagrada Cabeza de San Vicente.

La noche del día de San Pedro finalizaron los actos, como era de rigor en nuestra dilecta Valencia, con una apoteosis de pólvora. Ya los días precedentes hubo tracas y despertaes, disparos de bombas reales y cohetes, pero el día conmemorativo de la Canonización de su gran Santo y Compatricio un fantástico y monumental castillo de fuegos artificiales, con sus doradas palmeras y juegos de luces multicolores, dio conclusión al V Centenario de San Vicente Ferrer.

Enrique Moya Casals