La escuela de los franciscanos en Cocentaina

La fundación de la escuela que los franciscanos regentan en Cocentaina data del año 1650, en que el entonces Provincial P. Juan Ynza pidió a la comunidad ejercieran el magisterio de las primeras letras, abriendo una escuela, como así se hizo. Desde entonces se han ido sucediendo ininterrumpidamente (salvo en los períodos de trastornos políticos) una serie interminable de abnegados y santos religiosos que guiados por la obediencia y siguiendo el consejo de Cristo le han ido acercando los pequeñuelos, instruyéndoles en la ciencia del saber divino y humano.

Después de tres siglos de continuo contacto con el hábito franciscano era preciso que éste influyera en la formación y moldeamiento del espíritu contestano; y por ello el amor al hábito y a todo lo franciscano lo llevamos ya encamado en nuestra naturaleza. No cabe duda que esta gran influencia es debida, ante todo, al funcionamiento de la escuela, ya nocturna, ya diurna, así como a la Catequesis, V. O. T. y Juventud Antoniana establecidas en el convento.

Uno de los mejores y óptimos frutos de esta escuela ha sido, sin duda, la continua floración de vocaciones franciscanos que de ella han salido. Haciendo un recuento de las vocaciones salidas en esta primera mitad del siglo xx vemos que se acercan a las cincuenta, cifra alentadora que nos revela la gran influencia de los franciscanos en la juventud contestana. No menos alentadora es la cifra de los Antiguos Alumnos que, ocupados en fábricas, talleres, campos y en los primeros puestos de oficinas y dependencias, pululan por doquier, calculándose en 1.500 los actualmente existentes.

Después de los luctuosos años de guerra, a causa de las muchas bajas sufridas en la Orden Franciscana ha sido imposible atender debidamente a la escuela.

Mas poco a poco, según lo iban permitiendo las circunstancias, ha vuelto de nuevo a florecer con vida pujante y floreciente como antaño. Según nos informa su actual Director y Guardián del convento P. Francisco Agulló, la matrícula de este año alcanza a los 132 alumnos, no pudiéndose admitir a más por falta de local y profesorado. La escuela está graduada en cuatro grados. Se da una completa formación intelectual según los planes del Ministerio, habiendo algunos alumnos muy aventajados. Mas en lo que más se ha distinguido esta escuela ha sido en la formación moral y del carácter. A ella atienden preferentemente los Padres profesores en sus conferencias diarias de moral y urbanidad. Asisten colegialmente uniformados a la misa diaria, a las misas dominical y Catequesis. Toman parte en las veladas literario-musicales que se realizan durante el año.

Se hacen paseos semanales, deportes y excursiones a la montaña y al mar. Nuestra más cumplida enhorabuena al Rdo. P. Director y demás Padres profesores por la buena organización y disciplina que hemos visto en nuestra visita.

Escuela de Cocentaina

Alumnos de la escuela del convento de Cocentaina con sus profesores, Hnos Eloy de Prado, Francisco Agulló y ___

A pesar de esta gran labor que realizan los franciscanos en Cocentaina, creemos que aun les queda un gran vacío que llenar. Dada la importancia y progresos que de día en día van adquiriendo los estudios, se hace imprescindible la creación de un Centro donde se puedan perfeccionar los estudios con clases de Peritaje Mercantil, Contabilidad, Bachillerato elemental, etc. Actualmente son más de cincuenta alumnos los que realizan estos estudios en academias particulares, a disgusto de los padres, porque la parte moral y formativa queda descuidada. Además, los alumnos fuera de las horas de clase no hay quien les controle, engañando fácilmente a sus padres.

¡Ojalá llegue pronto ese día en que veamos cumplido este sueño que tantos padres deseamos, y entonces sí que la influencia franciscana en el pueblo contestano marcará un nuevo jalón que llenará de gloria a la Orden Franciscana y cambiará la faz de Cocentaina.

R. B. A.
Antiguo Alumno

Algunos aspectos de las fiestas de 1787 en honor de Nicolás Factor y Gaspar Bono

«Tiene la gente de esta ciudad en solemnizar fiestas gran ventaja a todas las otras.»
Lucio Marineo Sículo

Su Santidad Pío VI concedió a nuestros paisanos Nicolás Factor y Gaspar Bono el título de Beatos por Breves de 18 y 22 de agosto de 1786. El júbilo de aquella nuestra Valencia dieciochesca no es para describir. Desde el momento en que se supo la noticia en la ciudad se encendieron luminarias vistosísimas. De entre todas sabemos que destacaron las del convento de Mínimos. Gaspar Bono había sido de esta Orden.

Bto Nicolás Factor Beato Gaspar Bono
Beato Nicolás Factor. Lienzo del Beato, obra de José Vergara (1788). Capella de la Sapiència, La Nau (antigua Universitad de Valencia), Valencia Bto. Gaspar Bono. Lienzo de José Camarón Donat. En la capilla e la Universidad de Valencia

 

En ambas beatificaciones puso empeño Valencia y la misma Corona. Carlos III —que aunque expulsó a los jesuítas se inclinaba a la devoción— ayudó al coste de ambos procesos con 32.000 libras.

Las fiestas fueron populares. Y lo fueron porque el pueblo participó plenamente, y con entusiasmo, en las mismas. También fué el pueblo quien se benefició de algunas mercedes. Por ejemplo, el Arzobispo (a la sazón don Francisco Fabián y Fuero) dotó a varias doncellas pobres, y numerosas personas se ahijaron huérfanas distribuidas por el Ayuntamiento. Una de éstas, de la parroquia de San Nicolás, tocó en suerte a Manuela Pons y Romeu, vecina de Sedaví, que pidió al Alcalde de Valencia ratificación de esponsales para poder ahijarse a dicha huérfana.

iLa índole de este artículo exige que prescindamos, bien a nuestro pesar, del sinfín de sesiones capitulares, cartas cruzadas entre las Autoridades, bandos, disposiciones, etc., para llegar a los días de la fiesta de cada Beato. No debemos silenciar, empero, las medidas tomadas, por don Francisco Tomás Camarasa y Sala, fiscal civil de la Real Audiencia, que las hizo presentes al Real Acuerdo. Entre ellas se ordenaba que los labradores no llevasen mantas, ni capotes al cuello, ni palos. Y que nadie llevara capa doblada al hombro, o alborotara, o empujara «metiendo bulla», como dijo luego Serrano Belezar, autor de una relación de tales fiestas. Que por las dos carreras de las procesiones sólo fuesen las gentes «a una mano», tanto de día como de noche. Que extramuros se encendiesen hogueras o hachones; que no se lanzaran fuegos de artificio, ni siquiera por los conventos; que no se permitieran vendedores ambulantes en los trayectos, ni la colocación de sillas o bancos, etc. El señor fiscal, como vemos, estaba en todos los detalles.

En honor de Factor

El 11 de agosto, por la noche, se encendieron luminarias y las campanas voltearon jubilosamente. Valencia, incluso sus arrabales, ardía como un ascua. Las casas de los Escoto y los Oriol (en la plaza de San Agustín y calle de las Barcas, respectivamente) llamaban la atención. Y entre las calles destacaba 1a Bajada de San Francisco. De los conventos relacionados con ambos valencianos beatificados huelga hablar; el lector puede sospechar cómo iluminarían sus fachadas.

Era tanta la multitud de valencianos y forasteros en esa noche por las calles que la animación, precisamente por lo desusada, cautivaba más. La gente pensó que era algo que quizá no se repetiría en mucho tiempo y no dudó en sumarse al concurso. Además, el calor era considerable y se servían refrescos por vendedores ambulantes.

Los gremios, por otra parte, levantaban apresuradamente las últimas piezas de los altares que jalonaban los itinerarios procesionales, o los retocaban convenientemente. Imaginémonos la noche del 11 de agosto de 1787 como una nit de plantá de fallas. Así debió ser el bullicio en aquellas horas.

Omitimos los pormenores de la procesión en gracia a la brevedad, y transcribamos las composiciones poéticas con que los gremios sazonaron alegremente la seriedad de los festejos. Respetamos la ortografía de la época:

«Quanta fusta hiá en Valencia
sabrá el Fustér desbastar,
i en inventives, es cert,
ningú li pot igualar.»

(Gremio de Carpinteros.)

En este terceto justifican los carpinteros su ánimo de honrar a los Beatos:

«Unidos los Carpinteros
se esmeran en festejar
a Nicolás y a Gaspar.»

Y en esta quintilla se alaban:

«Razón es que en este día
los Carpinteros se alegren,
y con plausible alegría
a Bono y Factor celebren,
mostrando su gallardía.»

También aparece la devoción y el amor al oficio que ennoblecieron el Señor y San José:

«Con razón se gloría
qualquiera de este exercicio
haber sido de su oficio
Jesús, Joseph y María.»

Los molineros poetizaron igualmente y cooperaron al esplendor de las fiestas con una carroza que celebran en estos versos:

«Este Carro que miráis
Con la Muela, o Estrangeros,
Del Gremio es de Molineros;
Veis la Harina y preguntáis?»

No exentos de fanfarronería, pregonan en estos otros:

«En honor de los Beatos
Un Molino el Molinero
Presenta, porque en su esmero
Adviertan los mentecatos
Que gastar sabe el dinero.»

Estas y otras poesías se lanzaron en ambas procesiones desde las carrozas a los espectadores. Muchas fueron impresas en casa de la viuda de Agustín Laborda.

En honor de Bono

En la procesión en honor de Gaspar Bono sacaron los carpinteros un voluminoso elefante dotado de movimiento. No es para decir la diversión que procuró a aquellos espectadores. Como quiera que los que se ocultaban en su panza eran demasiado guasones, muchos sombreros y mantillas fueron derribados a golpes de trompa y entre los niños cundió el pánico.

En esta redondilla el elefante se muestra agresivo:

"Aixi com vach per mon peu,
Aixi meneche la trompa,
Y os tiraré, sens que es rompa,
Al Micalét de la Sen."

En esta otra sigue confiando en la fuerza de su apéndice:

«Perqué puga en ayre y pompa
lluir en esta fundó,
be era podeu jer lloc, sino,
ya mel faré yo en la trompa.»

Los tenderos también prodigaron versos; en éstos pobretean:

«No entre el curios a notar
si al altar li falta res,
pues els Tenders, sabút es,
que no es poden allargar;
els be volgueren gastar
un patrimoni sancér;
y millor per qui es pot fer,
que per els dos valencians
Beatos, que sent paysans,
protectors nos han de ser?»

Los festejos habían terminado. Unas fiestas en honor de dos santos religiosos valencianos en la Valencia del setecientos. En ellas destaca el apoyo oficial, la devoción, el esplendor de los actos, la plena participación del pueblo a través de gremios, corporaciones o colegios y la sabia mezcla de lo humorístico con lo grave; en esto último el pueblo valenciano es maestro indiscutible, como también lo es en el campo de las artes. Y Valencia es y será «ciudad de la alegría», como ya dijeron los árabes.

Mariano Vila-Cervantes

El leguito

(Leyenda)

Había una vez una pobre viuda que tenía un hijo único a quien amaba sobre todo en este mundo.

Era el niño inocente, bueno, sumiso, pero al mismo tiempo muy limitado de alcances. Su madre lo puso en la escuela, pero nada aprendió. Quiso ponerle a un oficio, pero sucedió otro tanto. Entonces suplicó le recibieran de lego en un monasterio. Allí trataron de instruirle, pero jamás pudieron hacerle aprender de memoria, sino esta expresión cristianísima: «Creo en Dios, espero en Dios, amo a Dios».

Cuando terminó el año de noviciado determinaron desahuciarlo por inepto. Pero como era tan servicial, dulce y humilde, acordaron que se quedase en el convento para trabajar la huerta.

Después de largas y penosas tareas que le imponía el Hermano hortelano, se le vía, en vez de dormir y descansar, ir a la iglesia y arrodillarse en ella horas enteras.

— ¿Qué hará allí? —decían los frailes—. No sabe leer, ni rezar, ni comprende el rito ni las oraciones de la Iglesia.

Llenos de impertinente curiosidad, se ocultaron un día para ver y oír en qué pasaba el tiempo. Y vieron que no hacía más que repetir incesantemente con gran fervor: «Creo en Dios, espero en Dios, amo a Dios».

Al cabo de algunos años murió el leguito con la misma tranquilidad con que había vivido. Lo enterraron como a inocente, sin oficio y sin que doblasen las campanas. Pronto desapareció hasta la señal de su sepultura, la que su madre fué regando con sus ardientes lágrimas mientras vivió.

Pero algún tiempo después notaron los frailes que espontáneamente había nacido sobre la antigua sepultura del leguito una hermosa azucena. Acercáronse y vieron con admiración que sus blancos pétalos tenían un letrero con caracteres de oro que decían: «Creo en Dios, espero en Dios, amo a Dios».

Escarbaron la tierra y vieron, que la flor tenía su raíz en el corazón del hijo de la pobre viuda.