Consultorio religioso

Dios sabe por anticipado si me salvaré o condenaré. Así, pues, haga lo que haga...

Efectivamente que Dios sabe por anticipado si usted se ha de salvar o condenar. Pero de ahí no se deduce que usted, haga lo que haga, se salve o se condene por el conocimiento anticipado que Dios tiene de su salvación o de su condenación. Usted se salvará si vive como Dios manda, y se condenará haciendo lo contrario.

Si Dios predestina a unos y reprueba a otros es porque sabe por anticipado que han de vivir bien o mal.

Cuando un juez condena a un criminal según la Ley, no es el juez ni la Ley la causa de su condena, sino el crimen cometido. El conocimiento futuro que tiene Dios de nuestros actos no es la causa de los acontecimientos.

Las cosas que dependen de nuestra libre voluntad no suceden porque Dios las haya previsto; las ha previsto porque han de suceder.

Arrepintiéndose debidamente ¿puede uno pagar de algún modo la deuda de la pena temporal contraída con la justicia divina?

Sí, y consta en varios lugares de la Escritura. El profeta Daniel dijo al rey Nabucodonosor: «¡Oh rey!, recibe mi consejo: rescata la iniquidad de tus pecados con obras de misericordia» (Dn 4, 24).

Las limosnas que se hacen en pecado mortal, ¿agradan al Señor o no?

Todo lo que es bueno agrada al Señor. Otra cosa distinta es que esas limosnas tengan mérito y merezcan premio sobrenatural.

¿Cuándo es Santa Eduvigis?

Santa Eduvigis, duquesa de Polonia y viuda, es el día 17 de octubre.

Si se llega a misa cuando están leyendo el Evangelio, ¿hay que oír de nuevo otra misa?

La misa hay que oírla entera, desde que aparece el sacerdote en el altar hasta que se retira. Sin necesidad no puede omitirse parte alguna de la misa, y cuando se ha omitido alguna parte notable de la misma hay obligación grave de suplirla oyendo de otra misa la parte omitida. Si no se ha estado presente a una parte menor, la obligación será leve; por tanto, si hay alguna dificultad para suplir desaparece la obligación, porque, según dicen los moralistas, lo poco se reputa como no existente.

Son partes notables: a) desde el principio hasta el Ofertorio inclusive, o sea hasta que el sacerdote dice el Dominus vobiscum, después del Credo; b) desde terminado el Sanctus hasta la Consagración; c) las oraciones que se dicen desde la Consagración hasta el Pater noster; d) la Consagración de ambas especies, y e) todo lo que precede al Evangelio, unido a lo que se dice después de la Comunión.

Con estos principios su consulta se soluciona de esta manera: el llegar a misa en un día de fiesta cuando están leyendo el Evangelio no lleva consigo obligación grave de suplir la parte omitida oyéndola de otra misa; mucho menos lleva consigo obligación de oír de nuevo otra misa entera. Sólo tendrá obligación leve de suplir lo omitido. Pero yo le invito a ser generosa con Dios y no escatimarle esos minutos.

Noticias

Santa Visita canónico-regular en la Provincia Seráfica de San José, de Valencia

El P. Pascual Menero, de la Provincia Franciscana de Cataluña, de San Salvador de Horta, Lector de Teología y ex Ministro Provincial, nombrado Visitador de la Provincia Seráfica de Valencia y Aragón por el P. General de la Orden de los Frailes Menores, ha practicado recientemente la Santa Visita canónico-regular a todos los conventos de la mencionada Provincia Seráfica, como preparación al Capítulo Provincial que tendrá lugar a mediados de este mes de agosto.

La Acción Antoniana felicita de corazón al M. R. P. Pascual Menero por su merecido y honroso nombramiento y le desea gran acierto en el desempeño de su delicada misión.

El famoso ingeniero alemán doctor Adler se hace franciscano

De manos del Obispo Auxiliar de Milán ha recibido órdenes menores el famoso constructor e ingeniero alemán Leonardo Adler, que fue asesor de la milicia en Berlín y que se vio obligado a emigrar a Italia al ser duramente perseguido por el nazismo.

El doctor Adler, que cuenta sesenta y tres años, tiene fama mundial y es autor del grandioso plan de regulación de la ciudad de Berlín y la construcción de su aeródromo, que en su tiempo era el mayor del mundo. Como técnico de tráfico desarrolló sus actividades en Viena, Buenos Aires, Trípoli y otras ciudades de diferentes países.

Con permiso del Padre Santo el doctor Adler se retiró de la vida pública e ingresó en la Orden de San Francisco, y por último, ha recibido las órdenes menores.

¡Hacia los altares!

Designado Vicepostulador pro causis Sanctorum, ha llegado de Roma el P. Camilo Jordá para iniciar las Causas del P. Pedro Esteve (de Denia), Fr. Pascual Nadal (de Pego) y de los mártires de la pasada revolución marxista. Al desearle éxito en tan santa labor, rogamos a todos cuantos puedan ayudarle le presten la máxima cooperación.

Santuario de Cullera. Nuevo altar

El 12 de junio, por la tarde, tuvimos la dicha de bendecir solemnemente un nuevo altar, de mármoles y talla dorada, en honor de San Antonio de Padua. En tan solemne acto fueron padrinos los devotos consortes don Emilio Cabanilles Carreres y doña Antonia Vercher Chulio. El sermón estuvo a cargo del P. David Cervera. Como el altar se ha costeado por los devotos del Santo, damos a todos sinceramente las gracias y deseamos que cada día le invoquen más y acompañen sus plegarias con limosnas al Pan de los Pobres.
El día 13 los niños de la Escolanía obsequiaron a San Antonio con misa cantada y luego una veladita, a la que se asociaron algunas niñas de los Jardincitos del Niño Jesús. Terminó la fiesta con el regalo de una espléndida y abundante comida.

Solemnes cultos a San Antonio de Padua en Caspe

La Pía Unión de San Antonio de Padua honró a su Santo Patrono el pasado mes de junio con los cultos que indicamos a continuación.

El día 13, fiesta litúrgica del Santo, a las diez de la mañana, misa solemne con sermón.

Los días del 18 al 26 solemne novenario, en el que los ocho primeros días hubo: por la mañana, a las ocho y media, misa armonizada y ejercicio de la novena, y por la tarde, a las ocho y cuarto, exposición del Santísimo, ejercicio de la novena, sermón, bendición eucarística y canto del responsorio al Santo, dándose a besar su reliquia.

El día 21, martes, hubo reparto a domicilio, por la Junta y Celadoras, de alimentos a un centenar de familias pobres de la localidad.

El día 26, último del novenario y gran fiesta, hubo: por la mañana, a las ocho y media, misa de Comunión general; a las diez, misa solemne con sermón, y por la tarde, a las siete, exposición del Santísimo, ejercicio de la novena, sermón, bendición eucarística, bendición de los niños y lirios de San Antonio y solemne procesión.

La moneda de otro mundo

El tío Bufetas era un labradorazo riquísimo que tenía 10.000 duros de renta; trabajaba veinte fincas por su cuenta, uncía cada día cien pares de labor y tenía en su casa tal balumba de criados que cuando amasaba había que llevar el pan al horno con una carreta de bueyes. Pero con todo eso, era tan avaro, tan miserable, tan atagatos y tan duro de corazón, que la gente le había puesto Bufetas, porque al punto que venía hacia él un pobre a pedirle dinero, abría los ojos como un mochuelo, inflaba los carrillos y soplaba fuertemente sobre la cara del suplicante para despedirle con viento fresco; lo malo era que a veces salía caliente.

En cambio, si para los demás era duro y miserable, para él era de lo más piadoso y caritativo que podía darse.

Cuando salía al campo montado en su mula torda lo primero que echaba en la alforja era una imagen de San Antonio Abad, abogado de los animales, para que lo librase de todo accidente.

En seguida echaba la escopeta de dos cañones, una bota de lo tinto, media vara de salchichón, una buena tortilla y una hogaza de pan tierno.

Luego, al montar, aun solía decirle su mujer:

—Juanico, ¿por qué no llevas un bizcocho para media tarde? Mira, hijo mío, que tienes el estómago muy delicado.

—Déjame —contestaba el tío Bufetas—, eso son golosinas—, y picando espuelas salía disparado por aquellos plantíos en donde tenía puestos todos los amores de su codicioso corazón.

—¡Qué hermoso! —exclamaba él cierto día mientras la torda le llevaba como una flecha a través de sus viñedos—. Y que tenga uno que morirse y dejar todo esto... ¡Cuando pienso en la muerte se me caen las alas del sombrero! ¡Si pudiese precaverme contra la muerte!, pero, ¡cá! Imposible.

—Mas, ¡ah, qué idea! —exclamó de repente—. ¿No dicen que la carne ha de resucitar? Pues si la carne ha de resucitar, también resucitarán los carneros que tengo en el monte, mi pares de labranza, mis cochinos gordos y hasta mi mula torda, y claro es que como Dios ha de mantener ese ganado, resucitarán mis huertas, y mis prados, y mis viñas y olivares, y volveré a ser el más rico del lugar, y entonces, ¿quién me tose a mí por eternidad de eternidades?

Al llegar a este punto de su meditación el tío Bufetas sintió tal alegría que dio un salto en la mula y tuvo que agarrarse a las orejas para no caerse. Tal era el regocijo que le infundió el diablo, que hacía muchos años le predicaba en el oído cursos completos de teología infernal, excitando su codicia y haciéndole creer que en este mundo, como en el otro, oros son triunfos y lo demás es grilla.

Pero un día, con todos sus triunfos y sus oros, sopló un mal aire, se le enfrió el cogote, estornudó y, dando con la cabeza en el pezón de un carro en que estaba cargado un cochino de veintidós arrobas, se quedó en el sitio.

—¡Lástima de padre!—, exclamaron sus hijos llorando a coro. Y tenían razón para llorar, porque si vive diez años más les deja en herencia las pocas tierras que les quedaban a los vecinos de aquel lugar, a quienes chupaba el estambre haciéndoles obras de misericordia al 15 por 100 con hipoteca y dogal.

Inmediatamente se abrió el testamento del avaro y se leyó en él la cláusula siguiente:

«Mando que después de cumplida mi obra pía (la obra pía consistía en un quintal de cáñamo repartido entre los pobres para que se ahorcasen), al colocarme en la sepultura se pongan al alcance de mi mano 2.000 pesetas en billetes chicos, una regular cantidad en oro, otra ídem en plata y otra en perros de todos los tamaños para embestirlos en la eternidad cuando me pidan gratificaciones.

«También mando se me coloque en mi ataúd mi nombramiento de Alcalde mayor y el bastón con borlas, signo de mi constante y dina autoridad. La razón de estos mandatos es porque teniendo fe en la resurrección de la carne no quiero que al resucitar la mía me coja desprevenido.»

Los herederos al leer aquello se mordieron los puños, pero cumplieron puntualmente el encargo del difunto, no por respeto a su memoria, sino porque había desheredado en tercio y quinto al que tratase de desobedecerle.

Terminadas las exequias y gimoteos, el tío Bufetas fue conducido a su última morada a hombros de sus arrendatarios, que por el camino fueron rezándole de esta forma:

—Era un pillo.
—Ahora se esquila.
—Fue un gran avaro.
—Maldito sea.
—Era un tío gandul.
—Permita Dios que se lo lleven los diablos.

Cuando llegaron al cementerio dejaron al tío Bufetas en el suelo. Parecía un atún. En su cara inflada llevaba aún impresas las señales de su excesivo amor al prójimo. Aun parecía que trataba de tomar aire para echárselo al primero que fuese a pedirle los perros que le rodaban por la caja.

Inmediatamente abrieron la sepultura, le echaron las últimas maldiciones y después de cerrar el féretro con todos los adminículos testamentarios, los afligidos hijos, hijos políticos, tíos, primos y demás parientes y amigos se volvieron por donde habían venido, calculando cuánto les tocaría por barba en el reparto del caudal.

Por supuesto, antes de marcharse procuraron que la sepultura quedase bien cerrada para que una mano impía no intentase sacar el dinero que habían colocado al alcance de las uñas del tío Bufetas para el día de la resurrección de la carne.

Pero, ¿quién había de sospechar que la carne resucitase tan pronto? No bien habían tapiado el panteón, cerrado la verja y se hubieron marchado todos, cuando el tío Bufetas, que no estaba muerto, sino desmayado, dio un suspiro, abrió sus ojos de mochuelo y volviendo en sí empezó a palpar a un lado y a otro para ver dónde se encontraba.

Al pronto creyó que estaba soñando, mas no bien tocó los cuartos y el bastón con borlas, se acordó del testamento y su horror no tuvo límites.

—Me han enterrado vivo —gruñó agarrándose los pelos—. ¡Infames! ¡Me han enterrado vivo!—. Y con los cabellos erizados trató de incorporarse, mas no le fue posible; daba con la cabeza en la tapa del cajón.

—¡ Dios mío! —gritó dando un ¡ay! desgarrador—. ¡Yo quiero salir de aquí! ¡Yo quiero salir de aquí!—, y se retorcía forcejeando por salirse, pero no podía; estaba muy bien tapado.

—¡Socorro! ¡Socorro!—, gritó aún durante dos horas mortales, pero su voz, aprisionada entre aquellas marmóreas paredes, caía sobre sus orejas sordas tantos años a la voz de los pobres, sonando estridente y amenazadora como la trompeta del juicio.

Durante su vida él no había oído a nadie y en aquel momento nadie le había oído a él.

Hasta hubiese dado un ojo de la cara porque hubiesen venido ladrones a robarle pero allí no había un ladrón para un remedio.

Entonces, derramando lágrimas de tristeza y resignándose con su terrible suerte, se dispuso a morir de hambre. ¡De hambre teniendo al lado un capitalazo en billetes de banco, oro y calderilla! ¡Y el nombramiento de Alcalde mayo ! ¡Y su bastón con borlas, signo de su dina autoridad!

¡De esto sirven las grandezas de la tierra!

Sin embargo, se consoló pensando que pronto cerraría el ojo y llegaría la resurrección de la carne y podría aprovecharle.

Pero también se acordó de haber oído una vez predicar al cura que aunque toda carne ha de resucitar, una resucitará para vida eterna y otra para eterna condenación.

Este pensamiento, que jamás se le había ocurrido, se le clavó entonces en la mente como un puñal y le hizo estremecerse de pies a cabeza.

—¡ Dios mío! —exclamó levantando los ojos al cielo—, no quiero condenarme, no; no quiero perderos para siempre ¡tened misericordia de mí. Soy la más asquerosa de todas vuestras criaturas. No soy digno de perdón; soy un malvado; pero Vos moristeis en la cruz por mí. En este momento no puedo reparar mis injusticias; pero puedo arrepentirme y Vos habéis prometido el perdón al que de veras se arrepiente. Tened misericordia de mí.

En aquel momento Dios, que desde el cielo ve todas las cosas, vio el arrepentimiento del tío Bufetas, tuvo compasión de él y recibiendo su contrición en pago de sus culpas, le dio el ósculo de paz sin perjuicio de liquidar con él las cuentas atrasadas.

* * *

No bien el tío Bufetas cayó de patas en los abismos de la eternidad su ángel de la guarda, dando gracias a Dios por su ingrata tarea de acompañarle durante su vida, lo cogió del pescuezo con unas tenazas y lo presentó en las oficinas del purgatorio.

—Ahí queda eso—, dijo.

Los ángeles encargados del establecimiento le recibieron con cariño.

—Pase usted, señor Bufetas —le dijeron—. Tome usted asiento, que dentro de poco saldrá el primer tren para la gloria.

—¡Tan pronto!—, exclamó el tío Bufetas embargado por la alegría.

—Sí, amigo mío; aquí desde el momento en que se entra se toma el camino del cielo.

—¡Oh Dios mío! ¡Pecador de mí! Yo no merezco tanto. Y... diga usted, señor ángel, ¿cuánto tardaré en llegar?

El ángel abrió un libro y leyó en voz baja: «Usurero, avaro, codicioso, falto de caridad, salvado a última hora por un acto de contrición».

—Unos dos millones de años.

—¡Ave María purísima! —exclamó el viejo, sintiendo caérsele del hombro las alforjas con el nombramiento de Alcalde mayor—. Yo que creía tocar el cielo con las manos.

—Hijo mío, ¡si no las llevase usted tan manchadas!

—Pero, señor, ¿no habrá manera de arreglar el negocio?

—Sí, hijo mío; todo puede arreglarse, pero sin perder de vista que de aquí nadie sale sin pagar hasta el último cuadrante.

—Bueno, eso quiere decir que aquí habrá indultos y que habrá que pagarlos.

—Justamente.

—¡Qué tal —pensó el tío Bufetas—, qué tal si no me traigo las alforjas!

En esto se oyó un silbido y el ángel dijo:

—¡Al tren!

El exavaro se agarró al pasamano de su coche, abrió la portezuela y se colocó dentro. Pero aun no había entrado y dio un chillido que se oyó en siete leguas a la redonda.

—¡Que me quemo! —gritó corriendo a la ventanilla para sacar la cabeza—. ¡Que me quemo! ¡Que me quemo!—, gritaban por todas partes los compañeros de viaje.

Y tenían razón. La atmósfera ardía. El viento abrasaba. El coche echaba fuego. Parecía que atravesaban las entrañas de un volcán.

Fue necesario que un ángel calmase al tío Bufetas, haciéndole un poco de aire con las alas y anunciándole la llegada a la próxima estación.

—¿Habrá allí agua?—, decía el viejo. —Sí.

—¿Y refrescos?

—También.

—¿Y sorbetes?

—Sí, hombre, allí hay de todo; pero tenga usted en cuenta, hijo mío, que aquí todo se paga hasta el último cuadrante.

—¡Dale con el cuadrante! —exclamó el tío Bufetas—. ¿Pero eso del cuadrante qué es?

—El cuadrante, hijo mío, es la moneda con que en este mundo se ajustan las cuentas pendientes en el otro. Es una moneda de oro muy pequeña, pero de mucho peso. Porque aquí todo hay que pagarlo a peso de oro.

—¡ Vaya —pensó al tío Bufetas—, por oro no me asusto yo!

—¡La Esperanza, veinte minutos!—, gritó una voz.

Las almas se precipitaron todas al andén gritando:

—¡Agua! ¡Agua! ¡Agua!

Un ángel hermoso como la aurora repartía con un jarro de cristal un elixir delicioso que los espíritus bebían con fruición. Pero antes de entregar el refresco el ángel lo ponía en uno de los platillos de un peso; el alma lo pagaba echando moneditas en el otro hasta que la balanza estaba en el fiel.

El tío Bufetas se acercó también a beber y el ángel le alargó la mano.

El tío Bufetas comprendió la indirecta y echó mano a las alforjas.

—Tome usted—, dijo sacando una moneda de perro.

El ángel sonrió con bondad y bajó los ojos. El tío Bufetas comprendió la pifia y sacó una peseta.

El ángel volvió a sonreír.

El tío Bufetas sacó un duro.

El ángel sonrió por tercera vez.

—¡Canastos! —pensó el tío Bufetas—, ¡qué cara es esta gente!—, y echando las alforjas al suelo sacó de ellas una pelucona que brillaba como el sol al punto de ponerse.

—¡Amigo mío! —dijo entonces el ángel—, no se moleste usted; esas monedas aquí no pasan.

—¡Que no pasan!, pero, señor, ¡si son de oro legítimo!

—Pues no pasa ese oro.

—¿Y los billetes?

—Tampoco.

—¡El dulcísimo nombre de Jesús ! —exclamó el viejo con la lengua seca como un palo—. Pero, ¿por qué razón no pasan estos valores?

—Porque no pesan—, contestó el ángel.

—¿ Que no pesan?

—No, hijo mío, no pesan. Haga usted la prueba si gusta.

El tío Bufetas, con los ojos desencajados por la sed, sacó un puñado de monedas, las echó en la balanza de la gloria y el platillo no se movió.

El tío Bufetas se quedó estupefacto. Aguijoneado por la sed volvió a abrir la alforja, metiendo, no una, sino las dos manos, y las vació en el platillo sin lograr mejor fortuna.

Entonces, fuera ya de sí, cogió las alforjas, y con bastón de borlas y todo las echó en el peso, llevándose el tercer chasco.

—¡¡Dios mío!! —gritó al ver aquello—. ¿Qué es esto que me pasa a mí? ¿Voy a estar en el purgatorio doscientos millones de años hecho un perro rabioso, sin poder beber agua con tanto dinero como llevo en las alforjas? ¡Misericordia, Señor, misericordia!

—Hijo mío, tranquilícese usted —exclamaba el ángel—. ¿Quién sabe si alguna buena alma se acordará de usted y le girará un cuadrantito?

—¡Ca!, no, señor. ¿Quién me va a girar a mí cuadrantes, si en el mundo no hice más que pillerías?

—Hijo, la caridad es muy grande; usted tendrá amigos.

—Sí, pero los dejé sin camisa.

—Tendrá usted hijos.

—Eran peores que yo.

—Tendrá usted esposa rica.

—Pero más dura que un bronce. Sin embargo —continuó limpiándose una lágrima—, ¿me deja usted que baje en un vuelo a la tierra a ver si mi Facorra me deja recoger todo lo que me quedó por allá abajo para echarlo en el peso y hacer romana?

—No hay inconveniente—, contestó el espíritu sonriendo.

El tío Bufetas pegó en seguida un aletazo, y ardiendo por los cuatro costados, cayó a la tierra, se fue a su casa y se metió por la ventana de la alcoba donde dormía su mujer.

—¡Facorra!—, dijo llamándola.

—¡El dulcísimo nombre de Jesús! —gritó la tía Facorra al ver a su marido vestido de llamas—. ¡De parte de Dios te pido que me digas quién eres!

—¿Quién he de ser? No te asustes, mujer, que soy yo, que vengo por la llave del arcón.

La viuda del avaro, que dormía con ella en el seno, dio un grito y quedó desmayada. El tío Bufetas agarró la llave, abrió el arcón, cargó con todo el oro que había en él, se lo llevó en un vuelo al purgatorio y lo echó en el peso, pero el peso tampoco se movió.

—¡Dios mío! —gruñó el tío Bufetas—, pero ¿qué ley mecánica rige en estas tierras que lo que allí pesa tanto aquí no pesa un ochavo de cominos? No, pues yo no me entrego tan facilmente—. Y diciendo esto, pegó otro aletazo, se bajó a la tierra y pocos momentos después subía, trayendo de una pata un cochino que pesaba veinticinco arrobas.

El ángel se puso serio al ver aquel abuso, pero otro ángel le dijo:

—¡Déjalo, pobrecillo!, que él se convenza por sí mismo de lo que son los bienes de la tierra.

Detrás de aquel cochino subió otro cochino, y después otro, y después subió un borrego, y después otro borrego, y después una mula, y después otra, y así fue subiendo todos los animales que había en su casa, que no eran pocos si se cuenta a su mujer y a sus hijos, a los que también se hubiera subido de las orejas si el ángel se lo hubiera permitido.

El montón de carne que el tío Bufetas echó en el peso llegaba a la luna y el peso no se movía. Entonces el viejo avaro, cansado de subir al cielo riquezas de la tierra, que no pesaban una paja, ni servían siquiera para pagar un vaso de horchata celestial, después de dar mil vueltas por el pueblo sin saber qué hacer, se sentó en la puerta de la iglesia y se puso a llorar.

Era de madrugada y empezaba a rayar la aurora. El sacristán, después de tocar a misa, acababa de abrir la iglesia y andaba espabilando las lámparas.

Por la esquina de la calle se vio venir un bulto negro que avanzaba lentamente. Al verlo, el tío Bufetas dio un salto y escapó como si le hubiese picado un escorpión.

—¡La Pelacha!—, gritó ocultándose entre las sombras.

La Pelacha era la viuda del hombre a quien el viejo usurero había hecho más daño durante su vida de gavilán. El marido de aquella infeliz era un labrador acomodado; el tío Bufetas le hizo un préstamo, y con aquél tuvo bastante para arruinarse y perder no sólo la hacienda, sino la paz, la salud, los hijos y la vida, pues los disgustos y los pleitos, sumándose con la miseria, acabaron con aquella familia, dejándola reducida a un solo individuo, la tía Pelacha, momia de pergamino, que sólo conservaba los ojos para llorar, el alma para sufrir y él corazón para perdonar.

Desde la sombra del pórtico contempló el tío Bufetas a su víctima, y al verla llorar sintió que le subía a la garganta un caldo por el estilo del que hierve en el centro del sol, donde el diablo llena todas las mañanas la cafetera para hacerles el desayuno a sus parroquianos.

La tía Pelacha pasó por delante del tío Bufetas sonando las cuentas de su gastado rosario, entró en la iglesia, se dirigió a un altar en el que había un cuadro de las ánimas benditas pintado con almagre, y después de orar por su mayor enemigo, dejó caer en un cepillo desvencijado una moneda de cobre, diciendo:

—¡ Señor!, por el alma de aquel desgraciado que tanto daño me hizo, para que Vos le perdonéis, como por amor vuestro le perdono yo.

Oír el tío Bufetas el ruido del metal, lanzarse al cepillo, abrirlo con los dientes, tomar el ochavo y subirse al purgatorio, fue todo un relámpago.

* * *

Al llegar, todo había cambiado: los ángeles cantaban, los serafines sonreían, los querubines revoloteaban a su derredor, rozándole el rostro con sus alas.

—Pero, ¿qué es esto?—, preguntó el tío Bufetas lleno de admiración.

—Hijo mío —contestó un ángel—, es que traes en la mano el oro de Dios, el oro del amor y de la abnegación, que es la única moneda que pasa en este mundo. Échalo, échalo en el peso y verás lo que vale.

El tío Bufetas echó en el peso el ochavo de la tía Pelacha, y en el acto, inclinándose el platillo, no sólo quedó pagado el refresco, sino que el alma del infeliz avaro pudo subir ya al cielo a gozar de Dios por eternidad de eternidades, dejando; rotas en la tierra todas las cadenas que habían aprisionado su codicioso corazón.

Adolfo Clavarana

Nuestros difuntos

En Madrid. — Falleció no ha mucho, confortado con los Santos Sacramentos, don Amador Olmo, padre natural de nuestro querido Hermano en religión P. Ricardo, ofm. A éste y demás familiares nuestro pésame y promesa de oraciones.

En Santo Espíritu del Monte (Gilet).— El día 9 de julio entregó su alma al Señor el ejemplar Hermano lego franciscano fray Salvador Alemany Alemany, a los ochenta y dos años de edad. Nació en Benirrama el día 13 de enero de 1873; hizo su profesión religiosa el día 11 de junio de 1905, en el Monasterio de Santo Espíritu del Monte, y cumplió admirablemente cuantos oficios le confió la Santa Obediencia, principalmente el de portero, en la Argentina, en Carcagente (Valencia), en San Francisco el Grande, de Madrid; en San Lorenzo, de Valencia, y últimamente en Santo Espíritu del Monte.

Ténganlo presente nuestros lectores en sus oraciones para que Dios le pague con creces en la gloria la caridad practicada con sus Hermanos durante los cincuenta años de su vida religiosa.