Capítulo provincial

Tuvo lugar en el convento de Santo Espíritu del Monte del 11 al 13 de agosto pasado. Los franciscanos lo tienen cada tres años. El capítulo nombra a los Hnos Provincial, Vicario provincial y a los Definidores, nombre que toman entre nosotros los consejeros del Provincial.

Tras el capítulo, los hermanos elegidos en capítulo nombran a los hermanos Guardianes (Superiores) de las distintas casas, los Vicarios conventuales (el segundo en el convento), los administradores y muchos más cargos.

En el apartado Noticias de esta revista se puede leer los que fueron nombrados para varios cargos para el próximo trienio.

P. José Antonio Arnau

 

 

 

 

En ese capítulo fue reelegido para el cargo de Ministro Provincial el P. José Antonio Arnau.

La Acción Antoniana le expresa su satisfacción al verle ocupar nuevamente tan elevado cargo, le manifiesta su adhesión y respeto más profundo.

P. Pascual Menero

 

 

El P. Pascual Menero, ofm fue el Visitador general de la Provincia franciscana de Valencia. Presidió todos los actos capitulares.

 

La Acción Antoniana le envía, desde estas líneas, la más cumplida enhorabuena por tan honroso nombramiento y por el acierto en el cumplimiento de su delicada misión.

 

capitulares

Los Padres Vocales que celebraron el Capítulo Provincial, presididos por P. Visitador Pascual Menero. Sentados, de izquierda a derecha: PP. Gonzalo Valls, José Antonio Arnau, Visitador General Pascual Menero y Luis Colomer. De pie: PP. Rafael Reig, Juan Nadal, Leonardo Mira, Joaquín Ivars, León Amorós, Francisco Agulló, Eusebio Arbona, Pacífico Sendra, Bernardino Cervera, Conrado Ángel, Luis Mª Torres, Severino González, Joaquín Ribes, Vicente Martínez, Serafín Pérez y Juan Font

Definitorio

El P. Provincial con su nuevo Definitorio. Sentados, de izquierda a derecha: PP. Gonzalo Valls, José Antonio Arnau y Bernardino Cervera. De pie: PP. Juan Nadal, Rafael Reig y Pacífico Sendra. (Fotos P. Gil Sendra)

Horizontes juveniles

Cristo es mi amor

«El que no ama, no vive.» Este es el lema de todas las andanzas, de todas las soledades, de todas las predicaciones y de todos los libros del Beato Raimundo Lulio, el universal enamorado.

Doctor iluminado, según él mismo se creía, por aquellas cinco apariciones de Cristo Crucificado «mientras escribía versos a su amada». Pero más iluminado aún por esta genial intuición amar es vivir; vivir es amar; no amar es morir.

Expliquémoslo. No es vida la del endurecido por el sufrir o el trabajar; no lo es la del despechado porque las cosas le huyen; no lo es la del acorchado ni la del inconsciente, ni la del divertido, ni la del egoísta. Todos ésos se han suicidado a medias. Sí. Porque la vida está en el corazón y ellos no poseen todo su corazón. En el vivir quizá no usan para nada el corazón muertos que respiran.

Cierto que todos tenemos una llaga honda y ancha y en mitad del pecho, como Jesucristo es la lanzada que nos han dado los hombres, ciegos.

Pero triste de aquel que por esa abertura del alma no vuelca, como Cristo sobre los mismos hombres, la sangre más íntima de su corazón. Ese no resucitará jamás.

Corazones que cesan de amar porque los hieren. ¡Cuántos! Esos se matan a sí mismos; no los mata la traición ajena se encierran en sí como la tortuga entre sus dos conchas, como el erizo dentro de sus púas.
Por defenderse de los demás ya no son para nadie. ¡Amargo error! Están en carne viva y hasta el aire limpio los abrasa como un cauterio.

A encerrarse, a encerrarse. Pero entonces viene algo peor la asfixia del egoísmo...

¡Oh, no! No debe ser así. Jesucristo dejó abierto su pecho y abierto su Corazón.

¡Abierto para siempre y para todos!

Por eso ese Corazón es la fuente de la vida. No sólo para El, sino para todos.

Por fin aprendí mi oración «Señor, dame corazón. Señor, ten siempre abierto mi corazón.»

Ya sé que en esta breve frase lo pido todo la vida, el heroísmo, la dicha, la santidad.

¡Quiero, sí, quiero tener sensibilidad! Ante los ojos confiados del niño quiero sonreír generoso y bueno para que siga inocente y risueño entre sus rosas. Quiero, aunque no sea joven, sostener ilusionado el optimismo y la alegría de los que empiezan a triunfar. Ruin y manchado por dentro, quiero reconocer y sostener la nobleza y pureza de los buenos.

Olvidado y pisado, quiero amar todo lo bueno, aunque no sea para mí.

¿Por qué el oro del amanecer no ha de enternecer mi espíritu? ¿Por qué la santidad del ocaso no ha de moverme a rezar? ¿Por qué no he de temblar de frío con esos niños que piden limosna acurrucados?

¿Cómo no se me irá el alma en lágrimas ante el ahogo de esa madre viuda?

¡Señor, sí, quiero tener corazón! No me niegues la emoción de lo pequeño ni de lo sublime.

Pero pido más ¡ábreme para todos esta víscera minúscula! Yo exultaré con los triunfos ajenos. No envidiaré a quien me ganó en el concurso; no mancharé con mis palabras la luz de una alegría justa.

No negaré mi apoyo a quien me pueda superar.

Cristo dio la sangre a sus enemigos; yo no negaré a los míos ni la sonrisa ni el amor.

Pablo, preso en cadenas bajo el suelo de Roma, siente sobre sí un peso mayor «Hay quien anuncia a Cristo por envidia de mí... No sinceramente; pensando que hacen más pesadas mis cadenas... Pero, ¿qué me importa? Yo me alegro, y me alegraré siempre, de que Cristo sea anunciado. Con buena o mala intención.» Eso es secundario.

Por eso dijo San Juan Crisóstomo ¡que el corazón de Pablo era el mismo Corazón de Cristo! Ante el Corazón roto y patente de Jesucristo, ante el Corazón perdonador de 1a Virgen, yo pediré solamente: «Dadme un buen corazón».

Un corazón tan bueno como el del jesuita P. Leoncio de Grandmaison, que rezaba cada día así:

«Santa María, Madre de Dios, concédeme un corazón de niño, puro y cristalino como el agua que brota de un manantial.

«Un corazón sencillo, que no saboree la tristeza.

»Un corazón magnánimo para la entrega; sensible a la compasión.

»Un corazón fiel y generoso, que no olvide beneficio alguno y no guarde rencor por ningún mal.

»Crea en mí un corazón dulce, humilde, amante sin exigir ser amado contento de ocultarse en otro corazón en la presencia de vuestro Hijo divino; un corazón grande e indomable, al que ninguna ingratitud sea capaz de encoger, ni indiferencia alguna paralizar; un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo y herido por su amor, con llaga tan profunda que no se cierre hasta el cielo.»

Así sea.

Francisco Javier Lucas, S. J.