Consultorio religioso
¿El hipnotismo es fenómeno sobrenatural o diabólico?
Hipnotismo es el arte de producir en otro un sueño artificial o un estado letárgico parecido al sueño. El hipnotizador se sirve de gestos, de contactos bien estudiados, de miradas fijas, para excitar vivamente los sentidos del hipnotizando y provocar el sueño; pero aun así, por lo menos la primera vez, sólo lo consigue si consiente el interesado. Mucho depende también de la sugestibilidad o constitución nerviosa del que ha de ser hipnotizado.
Es cierto que éste queda durante ese sueño bajo el imperio del hipnotizador, de manera que ve, oye, habla y obra según las ideas que le sugiere, sin darse cuenta de todo eso. Y hasta puede sugerirle ideas y mandatos que ha de realizar después de pasado el sueño hipnótico; aunque no está claro hasta dónde puede llegar ese influjo y dominio del hipnotizador en la realización de esas ideas y mandatos, ni qué responsabilidad tiene el hipnotizado en ello.
El hipnotismo se emplea para diversos fines, por ejemplo: los médicos, en las operaciones para la anestesia, o también para curar enfermedades especialmente nerviosas; los artistas, para obtener modelos que conserven mucho tiempo la misma posición del cuerpo, de los ojos, del rostro y de todo el organismo; los jueces, para conseguir la confesión del reo y de los testigos; los educadores, para sugerir ideas de bien y de virtud para amarlo y de maldad para rechazarla, cuando haya pasado el estado hipnótico; y hay quienes pueden emplearlo simplemente por diversión.
Según esto el hipnotismo no es ninguna cosa sobrenatural ni diabólica, sino que se explica y se debe a causas naturales, principalmente a la habilidad del hipnotizante y a la sugestionabilidad o debilidad nerviosa del hipnotizando.
Si se hace con fines científicos, artísticos, curativos, educativos, nada tiene de reprobable, con tal de que el hipnotizado lo consienta y se empleen medios honestos.
Si se emplea por mera curiosidad o diversión o para enterarse de secretos de conciencia, o para arrancar una confesión al reo o a los testigos, contra lo que manda la ley, o por otros fines malos, claro está que no es lícito.
¿Se puede comulgar habiendo bebido sifón o limonada después de media noche?
En el primer caso, sí; en el segundo, no. A no ser que haya causa justificada y permiso de un confesor.
In memoriam
P. Conrado Ángel Roig
Ha muerto el P. Conrado Ángel Roig, el bueno y afable Guardián de Pego
El día 23 del pasado mes nos dejó, para volar a la celestial Sión, el P. Conrado. Así nada más: el P. Conrado, porque hay religiosos que les basta el enunciado del nombre. El P. Conrado, todos lo sabemos, fue un fraile franciscano de la Seráfica Provincia de Valencia, inteligente, activo, afable con todos, muy popular por esos bellos pueblos de la huerta de Gandía, de donde era oriundo, pues nació en Fuente Encarroz, donde estuvo pocos días antes de su fallecimiento, y sobre todo, el P. Conrado era un franciscano de cuerpo entero, pleno de virtud, de ciencia y santidad: supo llevar con noble prestancia el tosco sayal y el Santo Cordón del Heraldo del Gran Rey Francisco de Asís.
Nació, como ya queda dicho, en Fuente Encarroz el día 28 de abril del año 1883; profesó en el convento de Santo Espíritu el 14 de mayo de 1899, donde el 13 de septiembre del año anterior había tomado el hábito. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1907. Fue también Lector General de Sagrada Teología y obtuvo su título de estudios especiales en el Colegio Internacional de San Antonio, de Roma.
El P. Conrado ejerció con notable acierto diversos cargos en la Orden de los Padres Franciscanos: Maestro de coristas, Secretario Provincial, el alto cometido de Definidor y el de Cronista igualmente de la Provincia Seráfica. Versado escritor y autor de Notas Históricas sobre la Santa Provincia de Valencia, trabajo hasta el presente inédito. Era este venerable religioso muy amante de nuestra querida Valencia, y en sus aspectos históricos, monumentales y artísticos poseía curiosas notas, con datos muy ajustados. El autor, que se honró con su parentesco, tuvo el honor de consultarle diferentes veces, y puede dar fe de su erudición y valía, cosa bien probada y conocida entre sus Superiores y compañeros de hábito.
Una de sus satisfacciones fue el haber sido nombrado primer Párroco de la Sagrada Familia, de Pego, y en su nuevo cargo supo dar cima a una doble aspiración: el peculiar de su misión franciscana y el importantísimo de la cura de almas.
Otra misión llevaba con celo y suma inteligencia, el destacado cometido especial de Delegado de la Sacra Congregación de Ritos. Esta misión de Roma tiene por fines la preparación de la Federación de los Monasterios de Religiosas Clarisas de la Seráfica Provincia de Valencia con arreglo a las nuevas normas dictadas por la Santa Sede sobre los conventos de clausura. Asimismo ejerció, como es sabido, los cometidos de Guardián de los conventos de Cocentaina y el de Pego.
Ya en el campo santo de esta última villa reposan los restos de los dos hermanos: Fr. Luis Ángel y Fr. Conrado. Como ocurrió con el entierro del primero, el religioso-poeta, se repitió igualmente con el segundo: todo el pueblo de Pego testimonió su cariño al extinto, y desde Benisa, de Cocentaina y otros lugares, sin olvidar los compatricios de Fuente Encarroz, mostraron paladinamente su último tributo de afecto, respeto y admiración al P. Conrado.
Y la paz de los justos.
Enrique Moya Casals
Fruta de Aragón
«¡¡Un piazo é pan!!»
I
Cuando el tío Perico llegaba a la balseta roya, vio que le salían al paso unos calandrinos, y confiadamente los dejó llegar. Ni la hora mañanera, ni el sitio despoblado le dieron entonces motivos de prevención alguna.
—Siñor Perico —le dijeron muy compungidos—, aun no himos probao bocao.
—¡Ah!, güeno —respondió el tío Perico, dándose cuenta de que era víctima de un amable atraco—, tomad una pesetica—. Y les entregó una a cada uno.
—Dios se lo pague, siñor Perico, y que el triguico de la masada le crezca por varas...
Era el siñor Perico un labrador del bajo Aragón, rico por sus haciendas, noble por el abolengo, que traía de los defensores de Zaragoza en los memorables sitios.
Como persona particular, todo eran alabanzas lo que le llovía de parte de sus compueblerinos. «Es un güenazo —decían—, un alma é Dios, un piazo é pan, y lo que más vale, un buen cristiano. Que nenguno le quite su misa tempranico, ni su visita al hospital, ni su Rosario en la cocina con la servidumbre, porque quítale to eso, es quítale la niñica de sus ojos.»
Así era en efecto; porque el tío Perico, después que había cumplido con sus deberes de buen cristiano, salía a dar una vuelta por sus posesiones, porque sabía bien que el pie del amo es abono para los campos.
—¡Pobrecitos! —se dijo después de entregarles la peseta—, ¿cómo van a trebajar si este año no ha llovido?
Por eso, conociendo su buen corazón los calandrinos, resolvieron repetir la operación saliéndole otra vez al encuentro.
—¡Güenos días, siñor Perico!...
—Güenos nos los dé Dios... Pero, ridiez, ¿otra vez por aquí?
—A dale a usté las gracias por la pesetica que ayer nos mató el hambre atrasao—, le dijeron para verle de tocar el corazón.
—Me gusta que os haya matao el hambre, pero...
—Es que, siñor Perico...
—Güeno, güeno, to sea por Dios; ahí tenéis otra pesetica, pero cuidiau de volver otra vez, porque entonces...
—Quiá, no siñor; ahora nos vamos pa la Puebla, ande buscaremos una miagica de trebajo pa que tengamos que mandar algún mendrugo de pan a los chicos.
Mas al día siguiente, otra vez al pasar por la balseta roya, le salieron al encuentro los calandrinos.
—Pero chicos, no dijisteis que...
—Sí, siñor; tié usté mucha razón, pero es que el hambre hace faltar muchas veces a la palabra.
—Güeno, pues hoy no hay nada, porque esto, chicos, es abusar; a más sois güenos mozos y tenéis güenos brazos pa trebajar. Si queréis tomad un azadón y a escardar mi trigo; después bocao y vino.
—Es que, mi usté, que ya nos vamos pa la Puebla y no tenemos ná...
El tío Perico hizo un gesto olímpico, como si reflexionara, cuando en realidad para ejercer la caridad no reflexionaba nunca, y dijo:
—Güeno, chicos, me mantengo en lo dicho. Hoy no hay nada; pero ahí tenéis un pesetón pa cada uno. Y ahora pa la Puebla y que no os vea más por aquí.
II
Al día siguiente era domingo. El tío Perico, fiel guardador de los días que manda santificar la Iglesia, marchó aquella misma noche para el pueblo, no sin antes mandar a toda su gente que bajaran al pueblo a santificar el día...
Cuando, muy de mañana, bajados al pueblo los criados, el tío Perico les preguntaba por el estado de la masada, el criado más antiguo le respondió:
—Todo ha quedado como cielo estrellao; a las caballerías les himos dao pienso, lo menos, pa tres días.
—Güeno, pues ahora a dejar los esportones en la pajera, después a mudase y pa misa, que la ice Mosén Narciso, con sermón.
—Pero el caso, siñor amo, que nos han preguntao por usté.
—¿Por mí?
—Sí, siñor; dos calandrinos.
—¡Ah!, ridiez, ¿con que me esperaban hoy también?—. Y contó a los criados lo de los días anteriores.
—Pus no sea usté tonto —le respondieron—. Quial que se hace de miel las moscas se lo comen. Además que San Sebastián sabe la intención que puén traer.
III
El domingo transcurrió en algazara y fiestas, que la tía Juaquina había preparado para los criados que habían venido del monte. Pero el lunes, ya muy de mañana, todos estaban dedicados a las faenas de los días anteriores. También el tío Perico, después de cumplir con sus acostumbrados deberes, marchó al monte, dispuesto a cortar por lo sano si los calandrinos le salían al paso.
—Quial que si hace de miel las moscas se lo comen —se decía entre sí, recordando las frases del criado—; quid, esto no pué suceder.
Y dicho esto se dirigió a la cocina donde estaba la tía Juaquina y sacando de su ancha faja la bolsa de seda torzal, descorrió las dos anillas de plata que sujetaban las monedas, vació éstas en un cajón y la dijo:
—Chica, ahí ties toa la plata—. Y sin más, volvió a meter la bolsa en la faltriquera, diciendo satisfecho de su precaución: —Así no m'ablandaré.
Ya en la calle, reflexionó:
—Es que esto pué ser que no sea bastante. «San Sebastián sabe las intenciones que puén traer».
Se tornó a casa y, dirigiéndose a un armario, se armó de un pistolón de dos cañones, la mejor arma que había en aquellos tiempos, y con tan buen compañero se echó a la calle.
Cerca ya de la balseta roya vio aparecer a los dos calandrinos, tal y como se lo había figurado.
—Venid, venid —les dijo con satisfacción—, que lo ques hoy... Ahora veréis que también yo tengo mis agallas en el cuerpo y que cuando se abusa del tío Perico las sé sacar.
—Siñor Perico—, dijeron los calandrinos aparentando compunción.
—No hay siñor Perico que valga. Se acabaron las pesetas—. Y mostrándoles la exhausta bolsa añadió: —Ya lo veis.
Los calandrinos se retiraron murmurando.
—Otra vez será.
Al oír esto el fiero del tío Perico sintió conmovérsele las- entrañas y dando un patadón en el suelo exclamó:
—¡Maldita precaución! ¿Quién me mandaba a mí dejar los dineros en casa? Esto ni es de cristianos ni de mi pueblo.
Pero de repente gritó:
—¡Eh, eh! ¡Muchachos, venid acá.
Se acercaron los calandrinos y agregó:
—Tomad esto—, y les entregó la magnífica bolsa de seda con las anillas de plata...
Los calandrinos echaron a andar. El tío Perico ni siquiera oyó las gracias. ¡Les llamó otra vez y les entregó la pistola, diciéndoles:
—Tomad esto también, algo os darán por ella; que lo que es a mí maldita la falta que m'hace...
—Si ya te decía yo —se dijeron el uno al otro al alejarse—. Un piazo é pan.
Rafael Valero
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