La pregunta de Feliciano
Se hallaba don Apolinar en aquel pueblecito de serranía usando como de domicilio del antiguo caserón del señor del lugar (el Doncel), que ostentaba su escudo nobiliario sobre el dintel de la puerta principal, labrado en medio relieve en una gran piedra gris del país. Su habitación airosa, amplia y soleada, ocupaba un tercer piso, al que se entraba a pie llano por una puerta abierta al nivel de la plaza de la Iglesia. En él pasaba sus horas de día y de noche en sus quehaceres de oficina y archivo y cuando se entregaba al bien ganado descanso. De él sólo salía, o para los ministerios propios del templo, o para las visitas de caridad a los enfermos y a las familias, o para comer y cenar, porque, a falta de la compañía de familiares, siempre organizó su vida de manera que se obligaba a hacer la comida y la cena en casa ajena por aliviarse de problemas domésticos. Procuraba para estos menesteres elegir caseros ejemplares, cuya moral no ofreciera duda y cuya adhesión a la Santa Madre Iglesia fuera evidente por sus prácticas religiosas y por su respetuoso afecto al sacerdote.
En el pueblecito en cuestión tuvo la suerte de encontrar un matrimonio asaz hospitalario para con toda clase de funcionarios, y hasta para con los agentes de la Autoridad que, a falta de fonda, pedían alojamiento. Su domicilio era generalmente conocido por «casa de la Pulquería», por ser éste el nombre de la mujer. Y a él acudía a sus horas don Apolinar para comer y cenar.
La Pulqueria, con mucha decencia en presentación y trato, procuraba servir al cura como quien servía al Señor en persona y con la delicadeza propia de una Hermana de la Caridad.
El cura, ordenado en sus cosas, aparecía parco y educado en la mesa no sólo cuando le acompañaba algún otro huésped, sino aún cuando se hallaba solo. Y muchas veces, Pulqueria, achacándolo a inapetencia o a cortedad de genio de don Apolinar, trataba de excitarle el apetito y de abrirle el pecho a la confianza con frases adecuadas llenas de naturalidad pueblerina.
—Don Apolinar, coma con toda confianza, que usted aquí está en su casa.
—Don Apolinar, coma mucho, que lleva un trabajo agotador y se puede enfermar.
—Don Apolinar, no tome aprensión a nuestra cocina y despensa, que todo lo que le doy es de casa. En mi mesa no hay nada falsificado. Aquí no tenemos los melindres de la capital, pero nuestro corazón es grande y cuanto hay en casa es para los demás.
El matrimonio por único familiar directo tenía un hijo de cuatro años llamado Feliciano. Era rollizo y francote tratando con sus padres; de salidas montaraces cuando dialogaba en confianza; con acento de interés por las cosas de casa si se trataba de bancales o del ganado; de aspecto externo digno de comparación con los ángeles de los cuadros de Murillo o con los chicuelos que aparecen en algunas producciones del famoso Sorolla. Ya hacía presagiar su celo por la hacienda cuando llegara a edad mayor y su coraje en la defensa de las causas de razón. Pues era impetuoso en el exigir las cosas de justicia y hasta intruso en los tratos de sus padres que llevaban consigo el desprendimiento de algún producto del patrimonio familiar.
A don Apolinar le miraba Feliciano con mucho respeto, pero con ojos de misterio. El modo de vestir el cura causaba extrañeza al rapazuelo. Y un día, mientras aquél comía en su presencia, se aupó el niño en los brazos de su madre y con cierto sigilo, para no ser oído más que por ella, poniendo su boca pegada al oído derecho de Pulqueria le preguntó con ansiedad de saber:
—¿Qué es el cura, madre?
La salida de Feliciano llegó al oído de don Apolinar sin querer aquél, y le hizo sonreír comprendiendo su duda. La mujer lanzó una carcajada batiente atribuyendo certeramente al uso del hábito talar aquella inesperada pregunta.
—¿Por qué preguntas eso, Feliciano?—, interrogó a su hijo Pulqueria intentando ofrecerle solución.
—Es que no va vestido como las demás personas—, afirmó Feliciano.
—Es natural; el Papa, es decir, la Iglesia le obliga a ir así.
—Pero, ¿es hombre o mujer?—, insistió Feliciano.
—¡Vaya qué salida! ¿No ves que es hombre?
—Pues, ¿por qué no lleva pantalones como los demás hombres?
—Los lleva, pero no se ven, Feliciano.
—Y eso ¿por qué?
—Te diré: su alta representación, hijo mío, exige que lo puramente humano desaparezca para tomar aspecto de persona enteramente sobrenatural, que con espíritu de Dios cumpla su misión.
—Yo no entiendo esas cosas—, arguyó Feliciano.
—Te quiero decir que los curas renuncian al modo de ser y vivir de los demás hombres para llevar otra vida más propia de seres superiores, porque Dios los ha situado entre El y los demás hombres para ejercer sus sagrados oficios.
—¿Oficios? ¿Pues no son hombres de carrera?
—Los oficios de un cura no creas, Feliciano, que son como los de zapatero, sastre o carpintero; son oficios espirituales, o servicios que nos prestan a los que somos católicos para salvarnos. Tú, Feliciano, un día, siendo muy chiquitín (y tanto que cabías en una cesta) fuiste bautizado por don Apolinar, y cuando te bautizó ejerció un oficio propio de cura. Todos los días dice la misa, y los domingos, además, predica. Y cuando dice misa y predica también ejerce oficio de cura. Y así, cuando ejecuta alguna acción de las que tiene mandadas por la ley de la Iglesia para procurar nuestro bien espiritual y salvarnos. Al señor cura, Feliciano, le has de respetar siempre como al padre. Porque, en realidad, es nuestro Padre espiritual que nos acompaña durante toda nuestra vida guiando nuestros pasos en dirección al cielo.
—Y al cielo, ¿quién irá? ¿Todos iremos?—, preguntó a su madre de nuevo Feliciano.
—Sólo los inocentes y los que, aunque pecaron, se arrepintieron y recibieron la absolución del sacerdote, si pudieron, o al menos murieron con el deseo de ella. El señor cura es nuestro sacerdote y él puesto por Dios a nuestro alcance para perdonarnos los pecados. A la abuelita le ayudó don Apolinar a ir al cielo. El oyó su última confesión y le dio la absolución en sus últimos momentos y él le hizo el entierro.
Don Apolinar oía con respeto toda aquella instrucción dialogada dada por Pulqueria a su hijo Feliciano que, por primera vez en su vida, pensaba, sin pretenderlo, muy en serio en la verdadera personalidad del cura ayudado del método más natural. El amor materno es el mejor inspirador de los más eficaces procedimientos para instruir al hombre en su niñez. Todo lo que hace pensar él es lo que más profundamente se graba en las conciencias infantiles. Convencido de esto, agradeció el cura en su corazón el que Pulqueria aprovechara la coyuntura para infundir a Feliciano un gran aprecio a don Apolinar como cura, y éste prosiguió la obra acariciando piadosamente al niño, a quien, a la vez, decía:
—Tú, Feliciano, debes querer ser siempre bueno y que sean muchas las almas que se aprovechen, en orden a su salvación, de mis oficios. Aunque niño, sepas que también en tu pueblo hay almas que no hacen caso de mí en ese sentido y se obstinan en condenarse. Dios ha hecho el cielo para todos, pero sólo el que quiere salvarse se salva.
—Yo siempre he querido ser bueno para ir al cielo—, intercaló naturalote, sin asomo de turbación, el pequeñuelo.
Don Apolinar se metió la mano al bolsillo de la sotana y mostró a Feliciano un mayúsculo caramelo, diciéndole:
—¿Ves esto? ¿Te gusta? Tuyo es. Te lo has ganado hoy por tu conocimiento, mostrado a través de tu último deseo. Como tú quisiera fueran todos los niños. Han de ser amigos de preguntar cuando no saben, si es que los mayores no les mandan guardar silencio. Como hombre en ciernes, tienes derecho a saber muchas cosas. Y preguntando, se saben. Veo que necesitas venir al Catecismo, y por tu modo de ser creo lo aprenderás bien todo, pues tienes afán de saber. ¿Me prometes que harás una cosa?
—¿Qué cosa?—, preguntó seguidamente Feliciano, al mismo tiempo que con un ademán rápido entraba en posesión del tentador caramelo.
—Rogar por El Judas de nuestro pueblo.
—¿Por El Judas? Déjelo que vaya al infierno—, interrumpió, sin poderse dominar, Pulqueria.
—Sí, Feliciano, debes rogar por El Judas para que vuelva a Dios cuanto antes.
—Lo haré, señor cura. Pero, ¿qué habré de rezar para eso?
—Tú reza con fe el Padrenuestro y el Avemaria por él a Dios y a la Virgen.
El Judas era el mandamás del pueblo de Feliciano en aquel tiempo, recién proclamada la última infausta República; el que se prestó a arrancar del cementerio y de la escuela y de la Casa Consistorial del Municipio él crucifijo, sabiendo todo el mundo que había sido uno de los primeros cantores de la parroquia anteriormente y que cierto día, durante una gravísima enfermedad de su mujer (la augusta Tecla), fue sorprendido en la iglesia arrodillado, con los brazos en cruz, ante la imagen del Cristo, pidiendo a gritos su curación por vía de milagro.
El desgraciado Judas tuvo el premio que merecía aun en vida, ya que en la masa no halló eco su afán antirreligioso, y la mujer que le sucedió en el cargo de Alcalde clavó por sus propias manos la cruz monumental en el centro del campo santo y aun no se han borrado las protestas que se alzaron con amenazas de muerte cuando, por aparecer laico, quiso que ni la dulzaina se tocara en la fiesta de San Antón. En vano se empeñó en iniciar el período republicano queriendo que se tocara la Marsellesa, antes que en ningún sitio, en la puerta de don Apolinar, mientras se exhibían las banderas revolucionarias recostadas en el macizo de la casa Abadía.
* * *
Don Apolinar sobrevive y también Feliciano y el célebre Judas. El segundo a sus años (pues es tan mozo que rebasa, y mucho, los veinte) se explica ya por qué el cura lleva sotana sin dejar de vestir los pantalones. Pero El Judas está lleno de confusión pensando que el Diputado a Cortes (que le dio el mando y fue proclamado en las primeras elecciones republicanas, después de hacer su propaganda con promesas llenas de irreverencias a la Religión y hasta prometiendo deshollar vivos y enterrar a los curas) fuera una de las primeras víctimas del marxismo, recién llegada la última revolución, y que muriera (reconciliado con Dios y besando el crucifijo) a manos de sus camaradas con quienes triunfó en coalición antaño preparando la derrota del catolicismo en la región.
—¡ Caminos de Dios !—, exclama don Apolinar cuando piensa en estas cosas.
Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)
La pena del poeta
(Villancico)
Cual si estuviera tan cerca
—mas ¡qué pena! sin tocarle—
como los labios del beso
junto a Jesús y su Madre.
O mis ojos tropezaran
—mas ¡qué pena! sin mirarle—,
con los ojos de Jesús,
dos aljibes de agua suave.
Mi voz era caracola
—mas ¡qué pena! no cantarle—
que amplificaba del mar
su acorde mayor de oleaje.
O mi aliento le agradara
—mas ¡qué pena! no llegarle—
como brasero ideal
para de aquel frío guardarse.
O hasta mi miseria amara
—mas ¡qué pena! ni eso darle—
que es como un juguete inútil
que da pena en todas partes.
¡Ah!, si lo soñé tan sólo
—mas ¡qué pena! despertarse—.
Sólo así se llega a Belén
junto a Jesús y su Madre.
Murillo interpretó al pueblo español
«Todas las cosas, mirándose en este bello ejemplar, se componen.»
Fr. Luis de León
Es la teología del pincel comentando con el poder de los colores el vaticinio del Génesis y la visión del Apocalipsis; «Ella quebrantará tu cabeza. Un gran prodigio apareció en los cielos, una mujer vestida del sol y la luna a sus pies.» Es la Inmaculada de Murillo. Dejemos a los técnicos ponderar la obra del Apeles sevillano. Digan ellos la armonía de las partes, la firmeza de la ornamentación, con tanta soltura y garbo ejecutada; la suavidad del ambiente clareado con aire que circula jugueteando, llevando en sus alas esencias de cielo; la armonía de los tonos en atrayentes tintas concertados... Nosotros celebramos la intuición feliz del mundo sobrenatural, que abarca la hecatombe de nuestra caída y la epopeya de nuestra Redención, simbolizadas en el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.

María Inmaculada. Murillo [de la web Solo con amor]
Cómo se posa la mirada, se recrea el corazón y goza la piedad al encontrar en ese panorama de cielo en que aletea el amor un objetivo de portentosa plasticidad, interpretación acertada del ideal desde siglos presentido. Es la Virgen en hora de visión, de serenidad, de endiosamiento, bañada en luz de eternidad, orlada de ángeles en cuyo rostro florece el alborozo. Todo tan puesto a tono con el dogma, tan ricamente embalsamado de gloria que, guiado el espíritu por el centelleo de la fe, ve en aquella figura el Toda Hermosa con que la Iglesia la galantea: la azucena que en esplendor de pureza perenne florece en la roca firme del privilegio, como en isla entronizada en la planicie del mar de la corrupción universal.
La aparición del cuadro fue verdadera explosión de júbilo en España, porque era la versión del sentimiento nacional que desde los tiempos primeros del cristianismo venia lanzado con el ímpetu poderoso de la tradición. Era, más que el triunfo de la paleta del maestro, la victoria de la piedad del pueblo visitado por la Virgen, del pueblo teólogo, en frase de Menéndez y Pelayo.
Oh, válgame Dios, y cómo me acuerdo yo ahora de tesis de doctores que lucían su ingenio afirmando la singularidad de la Virgen. Cómo me acuerdo yo ahora de rimares de poetas que salían al palenque del gay decir, en rivalidad de concurso, a conquistar con preciosismos líricos el lauro de poeta de la Inmaculada. Cómo me acuerdo yo ahora de las exquisiteces del arte de los sonidos: es Conancio de Patencia, con los ritornelos de sus tonadillas. Es Salinas, el que con su música extremada despertaba los sentidos al bien divino. Es Vitoria, el de ideas espesas y frases amplias en grandiosa arquitectura entrelazadas. Cómo me acuerdo yo ahora de súplicas de reyes a Papas pidiendo la declaración del dogma, porque los pueblos urgían. Si se tenía por mal nacido a quien no creyera en la pureza inmaculada de la Virgen. Si Tercio hubo de Flandes, según cuentan viejas crónicas, que quiso dirimir a bote de lanza la contienda. Cómo me acuerdo yo ahora de libros que traen costumbres que aquestas tierra florecían; juramento de defender la creencia, rezos fervientes, letrillas encantadoras, típicos festejos con antorchas y "pegotes", que en mi fantasía hilvano con las hogueras que los primeros cristianos de Éfeso encendieran al saber que el Concilio había definido la Maternidad divina.
Que la sugestión producida en el espíritu por las rápidas resonancias históricas evocadas en mi soliloquio nos mueva a exhibir con ufanía y verdad nuestro alto abolengo de nación de la Inmaculada. Nosotros, distanciados de este mundo apóstata de ahora, con el alma aleteando de cima en cima, siempre por las altas cumbres de la moral cristiana, sedientos de eternidad, sin desfallecimientos, volando sobre lo transitorio, en vibración de entusiasmo por lo sobrenatural, cantando los himnos azules de la esperanza cristiana, hasta que divisemos los esplendores de la aurora del Amor eterno. Que nunca las rebeldías de la carne destronen la supremacía del espíritu; que tiñamos con matices de virtud la decoración de nuestra vida. Seguros de que nuestras esperanzas no desembocarán en la nada, pues servimos al Dios omnipotente y bueno en cuya presencia evolucionan todos los seres, desfilan las naciones y mueren las centurias. Por encima de todas las contingencias humanas, refugiados en los brazos consoladores de la cruz o arrimados a la Custodia donde está el Pan que da la vida eterna, definitivamente conquistados por la Sangre redentora de Cristo y la belleza singular de la Virgen, sigamos preparándonos para la Vigilia eterna de los cielos, entre torrentes de luz y cascadas de armonías.
Vicente Monroy Alaguero
Redentorista
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