La Virgen sigue apareciéndose

Dejando varios casos recientes como el de Inés Vitale, de Mezzolombardo, que tiene un cuadro de la Virgen de las Lágrimas, y que, según ella, llora y le habla, y el de Anna Van Hoof, de Necedah, donde se han llegado a reunir más de 100.000 personas para asistir a sus coloquios con la Virgen, que le dice: «Reza, reza mucho; aun queda un poco de tiempo», comentaremos sólo el de Rosa Soncini, de Reggio Emilia, por su regular repetición y por los diversos fenómenos que se dice han sido observados por los presentes.

El origen del caso de Reggio Emilia es absolutamente serio y de carácter sobrenatural.

El 6 de junio de 1952 había llegado a Loreto en estado desesperado. Desde hacía doce años padecía una forma particular de peritonitis que le producía una gran hinchazón en el vientre, con terribles dolores, náuseas e inapetencia total, que le habían reducido a estado cadavérico, atormentada por una artritis agudísima, no pudiéndose ya valer.

Pues bien, una tarde, postrada en su camilla en el santuario de Loreto, se le apareció la Virgen y le dijo:

—Levántate, que estás curada.

Se levantó completamente sana, sin que, desde entonces, haya estado otra vez enferma.

A fin de enero del pasado año de 1954 la señora Itala Bononcini, dueña de la casa donde vive Rosina, notó un fortísimo olor de violetas. Igual perfume sintieron su marido y la señora Giovanna Biasotti y Daefne Vermero, que abrieron de par en par todas las ventanas de la habitación, no bastando cuatro días enteros para hacerlo desaparecer.

La primera visión pública la tuvo, al parecer, el 2 de julio de 1954. Se hizo acompañar de sólo cuatro amigas hasta delante de la Catedral, lugar de las apariciones. Al terminar la visión y volverse vio con desagrado que casi un centenar de personas habían estado presentes.

Nada de particular, sin embargo, acaeció ese día.

La segunda aparición tuvo lugar el 10 de diciembre, y se pudieron anotar las siguientes irregularidades: la temperatura, que el día anterior había bajado a cinco bajo cero, subió repentinamente a 18 sobre cero. Además, la vidente había anunciado que la aparición tendría lugar a las tres en punto de la tarde. Habiendo adelantado secretamente siete minutos el reloj de la Catedral para sorprender a Rosina, ésta no dio señal alguna de habérsele aparecido la Virgen hasta que transcurrieron los siete minutos adelantados.

La siguiente aparición fue anunciada para el 30 del pasado abril.

Ya a las seis de la mañana la plaza de la Catedral estaba invadida por centenares de personas llegadas de todas partes y por todos los medios de locomoción.

Cerca de las tres de la tarde llegó la vidente a la plaza por el pasillo abierto entre la enorme multitud por los policías de la Célere.

La visión empezó cuando el reloj de la Catedral marcaba las tres menos cinco minutos, aunque de verdad eran las tres en punto. Tampoco esta vez les valió el truco de cambiar la hora del reloj. Téngase presente que Rosina no tiene reloj, y que, a propósito, se le ocultó la hora que era.

Entre las gracias que Rosina Soncini pide a la Virgen ahora es la de un milagro que atestigüe la verdad de las apariciones.

En esta ocasión se dice haber acaecido cosas realmente extraordinarias. Rosina Soncini durante toda la aparición estuvo mirando sin parpadear el sol en un día claro y magnífico de luz.

Además los millares de personas presentes vieron cómo el sol fue amortiguando su luz, hasta formar un color verde esmeralda, empezando a girar sobre sí mismo y aumentando de volumen, amenazando precipitarse sobre el público, que empezó a gritar consternado.

Al mismo tiempo el cielo parecía estar en llamas, mientras las nubes tomaban un color de oro que se comunicaba a todas las cosas.

De en medio de las nubes partió un brillante rayo de sol que iluminó directamente a Rosa y a sus acompañantes.

De pronto estalló un grito ensordecedor:

—¡Un crucifijo!

Efectivamente, en el sol aparecía un enorme crucifijo de color negro, mientras se difundía un intenso olor a claveles y violetas, como en la aparición de febrero.

Además un cojo recuperó el uso de sus piernas, lanzando las muletas alborozado, y una mujer enferma y llena de aflicciones, que había venido con la perversa intención de blasfemar contra la Providencia, cayó de rodillas, gritando fuertemente: «¡Creo, creo!»

La aparición duró diecisiete minutos, anunciando Rosa la próxima visión para el siguiente 30 de julio.

El nuevo Mensaje de la Virgen

Llegó el 30 de julio último. La expectación era enorme. Desde la vigilia, los trenes y autocares llegaban abarrotados de devotos y curiosos.

El día de la cita, a las tres de la tarde, el espectáculo de la plaza de la Catedral de Reggio Emilia era imponente.

No bajaban de treinta mil las personas allí reunidas.

Fuerzas del Ejército en jeeps ponían orden defendiendo el estrecho pasillo por donde iba a pasar la "evidente".

Rosa Soncini llegó puntual, como todos los días, y también puntualmente, a las tres de la tarde, empezó su «coloquio» con la Virgen, tomado por fotógrafos y cinematografistas.

Rosa rezó como otras veces el Credo y la Salve, teniendo enlazado en sus manos el Santo Rosario de gruesas cuentas blancas.

En esta «visión» la Soncini se mostró muy tranquila y sonriente. Así estuvo veintitrés largos minutos.
Vuelta en sí, recomendó, como siempre, el rezo del Rosario y el de los cien requiems para las almas del purgatorio, y además la huida del pecado, en especial de los de blasfemia y deshonestidad y de la falta de caridad.

Pero esta vez ha añadido:

—La Virgen de Loreto me ha dicho que una gran guerra se acerca. Sólo la Virgen puede detenerla. Para ello pide el rezo del Santo Rosario, la práctica de los primeros sábados y la consagración a su Corazón Inmaculado.

Aunque esta vez Rosa no había anunciado ningún milagro, el 40 por 100 de los allí presentes aseguran haber visto los fenómenos solares del 30 de abril, y algunas personas dijeron haber visto a la Virgen.

Rosa Soncini ha manifestado que la próxima aparición de la Virgen tendrá lugar el día 5 de noviembre de este mismo año.

De la vidente sólo cosas buenas pueden decirse: es piadosa, humilde, sencilla, retirada, no acepta limosna alguna para sí misma, dedicando los donativos que le fuerzan a admitir a misas por las almas del purgatorio.
Como es de suponer, la autoridad eclesiástica se reserva la opinión ante unos hechos que, por otra parte, han removido la conciencia religiosa de Reggio Emilia, antes feudo absoluto e inconmovible del comunismo, el que ha tenido su primera derrota en las últimas elecciones sindicales italianas. Caso parecido a la derrota del comunismo en Sicilia, gracias al ambiente creado por los hechos de Siracusa.

«Camino del cielo»

Con el título Camino del cielo se ha recogido en un volumen una serie de artículos que el P. Luis Mestre, franciscano, fallecido el pasado año en Benisa, había publicado sobre el espíritu y alcance de la Venerable Orden Tercera de Penitencia en revistas franciscanas de nuestra ciudad. La muerte le sorprendió al ilustre religioso franciscano cuando acababa de levantar la mano de la tarea de seleccionar y ordenar sus artículos para darles un sentido de continuidad, indispensable en todo libro, pero difícil de obtener y de conservar en trabajos destinados en su intención primera a publicaciones periódicas.

P. Luis MestreEl libro se ha publicado, y a su valor intrínseco, muy considerable, une ahora el de haberse constituido, tras la muerte de su autor, en un espléndido y acuciante testamento espiritual de cuyas cláusulas todos podemos beneficiamos.

Es necesario saludar con alborozo la aparición de libros como el que comentamos. No hay en él una vacilación, un desmayo, ninguna clase de concesión a la hora de señalar el camino que ha de seguirse para llegar hasta Dios: el camino de la penitencia. En realidad, no es problema discernir si tal camino resulta duro o suave, si se adapta o no a los gustos de nuestro tiempo, si retraerá con su aspereza a las almas o las alentará con su nobleza.

Todo ello son cuestiones marginales si verdaderamente no hay otro camino para llegar al cielo, sino el que inicialmente está marcado por el ejercicio, sincero y esforzado, de la penitencia. En el intento, no tan generoso como se supone, de hacerles asequibles a los hombres los caminos de Dios, se corre el peligro de desvirtuar la tradicional e imprescriptible acecéis cristiana.

A la vida cristiana no se la aligera descargándola habilidosamente de peso, sino poniendo vigor nuevo en los hombros de quienes han de llevarla. Y esto es todo. Lo demás nos llevaría insensiblemente por la pendiente resbaladiza de las concesiones, a desmedular la llamada espiritualidad cristiana. Si hay un plano donde lo «nuevo» ha de sugerirnos la mayor cautela, es precisamente en este de la ascética. El Evangelio es palabra de Dios y no necesita ponerse al día. A la hora de recortar hemos de ser nosotros los que nos cercenemos y disminuyamos y no la Ley de Dios. Y para ello no hay otro medio que el de la penitencia cristiana.

En el libro del P. Luis Mestre no es perceptible otro afán que el del aprovechamiento de las almas, a las que va dirigido. Es un libro sencillo, claro, correctamente escrito, pero sin afeites ni adobes literarios para parecer brillante. Un libro ascético, sin elucubraciones ni problemas que no pueden interesar, y sí, en cambio, desorientar a la masa común de los fieles, para cuyo aprovechamiento espiritual se concibieron y escribieron a su tiempo los artículos que ahora aparecen recogidos en. el libro.

Es verdad que los destinatarios directos de este libro son los componentes de la Venerable Orden Tercera de Penitencia de San Francisco. Pero la espiritualidad franciscana es, naturalmente, calco auténtico de la evangélica y ha de aprovechar a todo cristiano que aspire a serlo con plenitud y sinceridad.

José María Belarte