La pistola de Fr. Ambrosio
Siempre ofrece un convento lecciones de virtud. Bajo los sayales de los religiosos es la cosa más natural ver palpitar corazones generosos. Los votos suelen atar a la gracia la voluntad del profeso con vínculos tan estrechos que se ve a simple vista el contraste de su pensar y ser con el gran mundo de los seglares. Dios llena la parte total de su herencia; la desnudez espiritual de todo lo que no sea El se hace barniz transparente que le inmuniza la vida de manchones irremediables. El religioso, ante el mundo de hoy, ofrece tono de anormalidad por el poco lastre de cosas materiales de su vida. Discurre por el camino de la simplicidad frente al ambiente nauseabundo de la doblez; es con su ejemplaridad, poniéndose en plan de tomar sólo la inquietud del día, el antídoto de la vida de preocupación.

San Pedro de Alcántara (Blog de Editorial Cántico)
Para los comprensivos de la espiritualidad el convento es mirado como un oasis en el camino de las resecas arideces de la vida de mundo, donde las almas viven agostadas por fuerza de los calores agotadores del vicio, al que empuja el afán de placer. Es como una estación de reposo del espíritu para pensar en serio sobre la eternidad y asegurarla bienaventurada, libre de las tentaciones que agitan la paz de los mundanos.
Convento es antagónico a mundo, como cristianismo a paganismo, como sinceridad a mentira, como bien a mal.
Un rato de convento solidifica el ánimo y lo vigoriza con la admiración de la vida heroica de los frailes, niños en el obedecer, fuertes en toda clase de trabajos, siempre en plan de sumisión, de abnegación, de sacrificio, sonrientes de alegría, en ambiente de perenne renunciación a lo suyo.
Los claustros y las celdas siempre se han hecho para ser reductos de vida social e individual santa y han puesto ambiente de preservación contra la vida de pecado y de disipación; ríen de satisfacción al contemplar en sus estrecheces ¡os muchos ejemplares de perfección que han cobijado.
Son razones todas estas que explican la devoción de las almas elegidas a los conventos. Estas son las únicas capaces de explicar su existencia y de no hostilizar su paz, que tanto adorna y beneficia a la sociedad moderna, tan esquinada en dolores por hinchada de ambición materialista.
Así pensaba don Apolinar cuando visitaba algún convento. Y Dios le dio a gozar dulces mieles espirituales en contacto con ellos. Las pobres celdas, el pobre yantar de los frailes, le atraían con más fuerza que a las personas de mundo el confort de las estancias elegantes y las regaladas mesas.
Siempre recordaba lo que vio y oyó en ellos como aguijón de la sencillez, del celo apostólico, de la entrega total a los planes de Dios. Apreció que con poco se puede ser feliz; que vinculado al yugo de Dios se es más libre; que abandonándolo todo en manos de la divina Providencia se es más señor. Porque no hay peor tiranía que la de las cosas cuando son amadas sin límite, locamente, ni más infeliz señor que el corazón libertino, ni más esclavo que el que posee mucho.
En una visita a uno de tantos conventos franciscanos en el año fatal, conocido en España por el de la quema de conventos, acababa de celebrar la Santa Misa en la iglesia aneja. Fr. Ambrosio le ayudó en este ministerio. Sus muchos años de edad y de profesión de éste no fueron causa atenuante del fervor, y daba muestras, a juzgar por su recogimiento y devota pronunciación en las respuestas de ritual, que su espíritu de perfección jamás mermó desde que ingresó en la Orden. Se mantenía en la línea del más ejemplar novicio. Ayudarse en la misa de Fr. Ambrosio era crecer en devoción. Cual un ángel adorador se "comportaba en el caso, con las manos juntas fuera de los tiempos en los que se santiguaba, o trasladaba el misal, o servía el lavabo, o empuñaba la campanilla. Sus ojos incluso se entornaban como exigiendo a sus facultades concentración para atender tan sólo al divino sacrificio. ¡Qué figura más atrayente la de aquel Hermano lego durante la Santa Misa! Su corta talla física no eclipsaba la belleza ascética de su comportamiento en el altar; más bien ayudaba ella a compararlo con los serafines en la presencia de Dios. Su humilde naturalidad no impedía que sus mejillas rubicundas delataran fuego de amor sobrenatural ardiendo en su pecho; éste tuvo su escape impetuoso en un diálogo mantenido por el mismo Fr. Ambrosio con don Apolinar después de la acción de gracias.
Don Apolinar gozó de hablar con Fr. Ambrosio mientras éste le servía amablemente el desayuno en el sencillo comedor de huéspedes, en el que los utensilios de sobremesa aparecían marcados con el brazo de San Francisco de Asís cruzado con el del Redentor a guisa de marchamo de nobleza del franciscanismo, del que hablaban las desnudas paredes lisamente pintadas de color claro, el torno de enlace con la cocina, los pilares de mampostería de la mesa y las hondas arcaicas escudillas.
No aminoró el ardor de Fr. Ambrosio el detalle de un baúl abierto mostrando su contenido en desorden, perteneciente a unos frailecitos escolares dispuestos para partir a tierras alemanas, donde pensaban poder proseguir sus estudios en ambiente tranquilo, puesto que en nuestra patria comenzaba a manifestarse incendiario y sangriento el plan marxista de la persecución a la Iglesia.
Don Apolinar se atrevió en aquellas circunstancias a explorar al veterano lego, esperando recibir respuestas candorosas, como salidas de la boca del que pensaba (erróneamente) que no había conocido más mundo exterior que las palomas que anidaban bajo las bóvedas del claustro exterior y que hacían sus vuelos juguetones por el jardín y las plantaciones de un huerto muy productivo, situado no muy lejos del modesto convento.
—¡Qué feliz es usted, Fr. Ambrosio, siempre dentro del convento, al resguardo de sus muros!
—Mi sayal es testigo de mis correrías. Sin dejarlo han trotado mis piernas por lejanas tierras, por parajes de ensueño.
—¿Es usted propenso a delirar?
—Tranquilo duermo todas las noches de un tirón. Mi complexión, a la altura de mis años, es la misma que cuando estaba en la selva entre fieras y demonios.
—¡Qué me dice! ¿Entre fieras y demonios?
—Como lo oye. Estuve en una misión de ultramar, por las Américas. Allí las fieras andaban por todas partes como Pedro por su casa. Pero el demonio andaba más suelto que ellas.
—¡Qué preocupación la vida allí con tanto peligro!
—Puedo asegurarle, don Apolinar, que de las fieras nunca me preocupé; pero el demonio sí que me tomó horror a mí.
Don Apolinar rió a placer contemplando a Fr. Ambrosio, que se crecía y hasta hacía pinitos apoyando sus pies sobre los dedos de las mismas extremidades, con el consiguiente ruido de rasgueo producido al doblar las sandalias de cuero, enardecido y en camino de hacer historia. Después insistió de nuevo:
—¿A usted, tan pequeñín?
—A mí; sí, señor.
—¡Si hubiera sido usted trabucaire...! Pero ¿a un humilde fraile como usted?
—Pero es que yo empuñaba al menor asomo la pistola.
—¿Pistola un fraile franciscano? No bromee, Hermano.
—Sí, y cargada con cinco balas. Nada ni nadie se me resistió. Verá usted: mi pistola era el crucifijo; las balas, las cinco llagas del Señor. Con él en alto me presenté en medio de los espectáculos inmorales. ¡Mostrándolo alejé al demonio más de una vez, y cuando veía que la gente aun se obstinaba en ofender a Dios, me bajaba la parte superior del hábito hasta la cintura y me azotaba yo mismo las espaldas desnudas en público hasta sangrar.
Fr. Ambrosio reía beatífico cuando relataba esto con cierto patetismo hijo de la seguridad de haber sido el causante de conversiones con este estilo misionero. Aseguró que la gente se compungía cuando procedía así.
—Es usted muy feliz—, acabó diciendo don Apolinar.
—Puede decirlo —encargó Fr. Ambrosio—. Por más que los endemoniados de ahora nos quieren robar la paz no lo conseguirán, pues, aunque nos quemen los conventos, ésta es fruto de la unión con Dios.
Y a Dios no le podrán arrancar de nosotros.
Fray Ambrosio acababa de regresar a su convento después de pasar fuera de él unos días a fuerza de los vandálicos sucesos de las quemas. Se mostraba valeroso y esforzado en la prueba, dispuesto a plantar cara a quien fuera menester, amando y sin ofender. Su temple franciscano, de absoluta confianza en Dios, se traslucía en sus palabras, en sus ademanes, en sus ojos. Ante nueva exploración, don Apolinar exclamó:
—¡Qué crimen echarnos del convento a nosotros, que no pensamos más que en rezar para que se conviertan los pecadores y en trabajar por ser perfectos con la gracia de Dios!
—El comité, al querer que usted dejara la casa, tengo entendido que, más que de violencias, usó de buenos modos.
—Por demás, a base de conseguir que huyéramos de nuestro convento, testigo de nuestras acciones altruistas, santas y en nada ofensivas para el pueblo del que somos hijos dignos.
—¿Fue usted dócil a sus ruegos?
—Fue preciso que me aconsejara la salida el P. Luis, y por obediencia a mi Superior dejé con lágrimas el convento después de estar dispuesto a mezclar mis cenizas con las de la imagen de mi P. San Francisco si las quemaban. Aun querían que gritara yo un ¡viva la República!
—Y ¿gritó?
—¡Cómo poder yo gritar eso! Antes ésta, les dije a los del comité.
Fray Ambrosio unió a sus últimas palabras una acción muy expresiva describiendo con el índice alargado de su mano derecha, sobre el cuello, una raya horizontal.
Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Esplendores del cristianismo
San Francisco de Asís,
Patriarca y Fundador de las tres Ordenes Seráficas
Son los franciscanos, los capuchinos y la Venerable Orden Tercera tres ramas frondosas del árbol genealógico que un día plantó, en la bella Italia, el mínimo y dulce Francisco de Asís. El Heraldo del Gran Rey vio florecer y multiplicarse sus frailes menores observantes y los seglares que, a imitación de los religiosos, cumplen los preceptos del Poverello y ciñen igualmente el Santo Cordón. En cuanto a las clarisas, no podía faltar en la entonces incipiente Orden la mujer, y Clara de Asís surge como Capitana mística en el ejército franciscano acompañando a sus Hermanos de hábito, que en los tiempos posteriores a la Gran Fundación Seráfica sabido es se extendieron por todo el orbe.
En nobles ansias de superación florecen dentro de la familia franciscana, después de la muerte del Santo Fundador, los cesarianos, claustrales, celestinos, claranos, narbonenses, los gentilitas (del Venerable P. Gentil de Espoleto), los coletanos, en la que otra mística mujer, Santa Coleta, reformó no sólo a las monjas clarisas, sino también a los religiosos franciscanos; reforma que fue aprobada por el Papa Benedicto XII.
Como la pura observancia de la Santa Regla era deseada unánimemente, dio gran impulso en España a esta reforma de observantes el insigne Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, eximio Cardenal y Regente del Reino. Prosigue el fervor y la superación: los amadeístas en Italia, que aprueba el Pontífice Sixto IV en el año 1460; los alcantarinos, llamados también los frailes del capucho, descalzos y reformados, pero las rivalidades de estas santas emulaciones dieron motivo a que el Papa León X, reuniendo a todos los franciscanos en Capítulo General, que se celebró en Roma el día de la Pascua de Pentecostés del año 1517, dio origen a la llamada bula de la Unión, por la cual se ordena que todos los religiosos, cualquiera que fuese su nombre, prescindiesen en adelante del apelativo y se llamasen solamente frailes menores o de la regular observancia y vivieran siempre sometidos al Ministro General.
Por la grandeza de la observancia de los religiosos, un hijo ilustre de los franciscanos, llamado el P. Mateo Basio, dio principio, con aprobación del Santo Padre Clemente VII, a la reforma de los capuchinos; la más rápida y de mayores progresos que tuvo la Orden Seráfica al través de los siglos. Solamente tres años tardó en implantarse esta reforma, en regirse por sí misma y elegir un Vicario General de su propio seno, «de modo —nos ilustra el P. Ambrosio de Valencina en su libro Reseña histórica de la Provincia Capuchina de Andalucía— que lo que apenas pudieron conseguir los observantes en casi medio siglo lo obtuvieron los capuchinos en sólo tres años que duró la infancia de su Congregación».
Tiene Valencia una tradición franciscana bien extraordinaria. Aun se encontraba la ciudad del Turia sometida al yugo de los dominadores árabes cuando llegaron de Teruel dos apóstoles de la fe: San Juan de Perusa y San Pedro de Sassoferrato, que por predicar el Evangelio entre los muslimes recibieron la palma del martirio. Una calle junto al convento de San Francisco recordaba a los valencianos, hasta hace medio siglo, este hecho. No es necesario decir que ya no existe el referido convento, que sabido es se alzaba en lo que hoy es plaza del Ayuntamiento, y cuyo historial bien merece un libro, pues los franciscanos, como los dominicos y los mercedarios, guardan entre sí gran relación desde los momentos álgidos de la reconquista. En la actualidad los frailes menores observantes tienen su iglesia y convento en lo que fue parroquia de San Lorenzo Mártir, y las religiosas sus monasterios de la Puridad (procedente de su antiguo convento, que se hallaba en el Tros Alt), y el de la Santísima Trinidad, igualmente de extraordinaria prestancia histórica otro convento en Ruzafa: el de Nuestra Señora de los Ángeles, y hubo otro ya desaparecido: el de monjas clarisas de Jerusalén, monasterio de excelente tradición histórica. También existen en Valencia las terciarias franciscanas, dedicadas a la enseñanza.
En cuanto a los capuchinos, fue la de Valencia la segunda fundación; la primera Barcelona, la tercera Aragón y la cuarta Andalucía, llamada Castelo-Bética.
Fue el fundador de la Provincia Capuchina de la Preciosísima Sangre el por tantos títulos eximio Arzobispo, Virrey y Capitán general de Valencia, el hoy Beato y futuro Santo don Juan Enríquez de Ribera, el cual protegió a estos religiosos edificando el convento que se hallaba en la calle de Alboraya, ya muy cerca de los Padres carmelitas. En este convento, igualmente de raigambre histórica, pues allí recibió en despedida el Patriarca Ribera a los principales moros y moriscos que debían ausentarse de España. También se alojó en este cenobio capuchino el Beato Diego José de Cádiz, el Apóstol de España, cuando llegó a Valencia, en 1787, para sus famosas Santas Misiones. Hoy los franciscanos capuchinos tienen su hermosa iglesia y convento en la calle de Cirilo Amorós, y las religiosas capuchinas pasaron desde su antiguo convento de la calle de Ruzafa, hoy Calvo Sotelo, al camino de Tránsitos, en lo que fue la Olivera de Valencia, cantada por Cervantes.
Y en la tarde primaveral de la Octava del Santísimo Corpus Christi, en el magnífico patio claustral, de signo y belleza sevillana; bañado de sol ya hacia el ocaso, mientras desfila pausadamente el Divino Misterio Eucarístico con ofrendas de flores y nubes de mirra entre clamorosos cánticos litúrgicos, no faltan, amable lector, los venerables hijos de San Francisco de Asís, que un día acogiera como Padre y Pastor aquel Prelado egregio.
Enrique Moya Casals
Imagen de San Francisco de la web de la OFS de México
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