Franciscanos españoles en la China del siglo XVIII
Ha sido siempre característica distintiva del espíritu franciscano su preocupación por el desheredado y por el infiel —necesitado espiritual—, siguiendo la pauta que el humilde Francisco, hermano de todos los débiles y pobrecillos, marcara allá en Asís. Ese desvelo hacia las almas ha impulsado en todos los tiempos la creación de misiones, y en los lugares más apartados y remotos se ha hallado siempre un misionero franciscano llevando a cabo, con infinito amor, su ingente labor por encima de todo egoísmo humano.
Estallada la guerra de Siete Años, Francia e Inglaterra, seculares enemigas, portaestandartes máximos del civilizado Occidente, debatían su preeminencia política en el mundo. Mientras tanto, España, cual remanso de paz en un torbellino, se preocupaba de la honda misión espiritual que desde siglos a ella se encomendara, y que esta vez en un sector del mundo llevaba a cabo un misionero franciscano: Fr. Matías de Santa Teresa y Alcázar.
Enclavada en el territorio del Imperio de la Gran China existía la seráfica misión española de Xan Tung, perteneciente a la Santa y Apostólica Provincia de San Gregorio, en las islas Filipinas, de la que dependía. Periódicamente un misionero franciscano partía de las islas al continente para recorrer y atender los enclaves cristianos en él existentes y tratar de aumentar su número.
En el año 1756 fue Fr. Matías, ex misionero apostólico de Cochinchina, el designado, y en 29 de noviembre partía de Chi-nán-Fü, iniciando así su apostólico recorrido, que iba a durar cerca de un año, hasta 5 de septiembre de 1757, según él mismo declara en su Diario de visita (1).
Las distancias de un pueblo a otro, dentro de cada distrito, eran largas y los caminos siempre difíciles, por lo que no exageramos al contar las penalidades que sufrió el misionero en su largo peregrinaje, penalidades que no hubiese podido resistir de no habérsele hecho patente en más de una ocasión la ayuda divina. Desgraciadamente poca compensación encontró a su constante sacrificio, ya que tan sólo pudo añadir, a lo largo de su visita, doce nombres más al número de cristianos existentes, por el temor de los posibles conversos a soportar la enemistad de sus convecinos paganos; sin embargo, le quedó el gran consuelo de haber confesado a 1188 personas y distribuido 1087 Comuniones entre los cristianos existentes, algunos desde tiempos de San Francisco Javier.
Después de haber recorrido 130 leguas, regresaba Fr. Matías a la capital de la Seráfica Provincia de San Gregorio, de Filipinas, dejando constancia escrita de su viaje y dando cuenta de su actuación, así como de algunas notas típicas de los indígenas recién visitados.
La penuria material y espiritual de estos hombres era bastante notoria, particularmente la segunda, puesto que las visitas apostólicas habían de hacerse con intervalos prolongados, debido a la carencia de misioneros que no podían humanamente cubrir en pocas jornadas etapas geográficas de las proporciones que el mundo oriental posee.
Sin embargo, aquellos que conservaban bien arraigada la fe servían de ejemplo entre sus convecinos, a pesar de la repetida oposición pagana, cayendo la presencia de este misionero franciscano como un bálsamo de esperanza y amor que les ayudaría a sobrellevar su posterior etapa de soledad.
Algún tiempo después pudo ser conocida, para estímulo de las gentes y honra de la Orden, esta relación del viaje de Fr. Matías de Santa Teresa, como solicitara el Custodio y Procurador de la citada Provincia de San Gregorio Fr. Esteban Gadea, mediante la licencia que, en 19 de enero de 1760, otorgara desde Madrid el Supremo Consejo de las Indias por mano de don Pedro de la Vega, Secretario en lo tocante a las provincias de la Nueva España y miembro del Consejo de Su Majestad, el entonces reinante Carlos III, elevado al Trono español en 1759.
Estos territorios, avanzada de la ínclita Orden Franciscana, nos hablan, con la elocuencia del dato histórico, de la actividad misionera de los hijos del Poverello, pobres, sí, en dones materiales, pero infinitamente ricos en amor a los hombres para llevarlos al Corazón de Cristo.
Mª Patrocinio Nácher Miret
(1) Biblioteca Universitaria de Valencia: Varios, t. 14, n. 2.
La Virgen sigue llorando
El caso de la criada de Frignano Angelina Ronza, en el Aversano, que hablaba con la Virgen, alcanzó una difusión enorme cuando su escapulario, que contenía algodón empapado en lágrimas de la Virgen de Siracusa, empezó a trasudar.
El grito de «¡la Virgen llora!» salió de los confines del Aversano para trasponer las fronteras de Italia y resonar por el mundo entero.
Como el pueblo de Frignano era regido por un Alcalde socialista y dominaban en la región los comunistas, viendo el movimiento religioso que se despertaba alrededor del pretendido milagro decidieron desenmascarar a Angelina.
El profesor Mazzeo se dirigió armado de pipetas capilares tipo Pasteur a la casa del terrateniente Francesco D'Arnove, en la que la vidente Angelina servía de criada. (Llenaron la pipeta del humor que salía del escapulario que contenía algodón de Siracusa y lo sujetaron a un escrupuloso análisis bioquímico. El resultado dio tratarse de un líquido que contenía la misma proporción de cloruro de sodio que las lágrimas humanas, dotado, además, de proteínas, aunque en menor cantidad de la normal.
Camuflados de peregrinos, los camaradas comunistas llegaron a la casa del milagro y rodearon a Angelina. Con grandes muestras de devoción pidieron les enseñase el escapulario. Lo tocaron, palparon, lo manosearon, lo arrugaron... estaba seco. Pero... ¡no! De repente empezó a humedecerse y a gotear lágrimas. Vicenzino, el jefe de aquella banda de falsos peregrinos, cae de rodillas haciendo trizas el carnet comunista, gritando: «He pagado treinta y cuatro recibos a Marx. El treinta y cinco será ya para Jesucristo.»
La autoridad civil y religiosa tomaron cartas decididamente en el asunto y llamaron a médicos especialistas. El profesor Aníbal Puga, para la electroencefalografía; los doctores Pietro Cassoli y Luciano Carpi, para la investigación metapsíquica, y el cardiólogo profesor Soccorso Tecce. El resultado ha sido completamente favorable, según comunicación hecha al Obispo de Aversa. Además, Angelina, que es incapaz de decir una frase larga sin trabucarse, durante las apariciones habla con una perfección gramatical extraordinaria, tomándose su conversación en magnetófono, como se ve en el grabado.
El mismo Alcalde socialista ha declarado por su cuenta: "La trasudación del algodón milagroso ha tenido lugar en mi misma presencia. Para alejar toda clase de sospecha he querido tocar el escapulario. Mis dedos han quedado mojados. Ahora espero la resolución de la autoridad eclesiástica."
Entretanto la Iglesia no hable, lo que no es fácil, Angelina, por consejo del P. Pío de Pietralcine, se ha encerrado en un convento.
Cuando dejó Frignano, todo el pueblo estaba en la calle viendo marchar a la «santa». Ángela partió con los ojos bajos. Llegando a las afueras del pueblo, Ángela lloró silenciosamente. Pero no volvió la cabeza.
Luigi Forni
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