Mártir sin clavos
La figura de Pío XII, el gran Pontífice al que con razón se le ha llamado «Pastor Angélico» por sus constantes desvelos en pro de la paz, se puede glosar bajo diversos matices. Voy a hacerlo bajo uno aprovechando unas palabras que en su niñez dijo Eugenio Paccelli, su nombre de pila, que al ser llegado a la suprema dignidad de la Iglesia trocó por el de Pío XII.
Eugenio Paccelli, Paccellino como le llamaban cariñosamente sus amigos y familiares, llevado seguramente por las lecturas de libros de mártires, dijo en cierta ocasión: «Me gustaría ser mártir»; mas horrorizado por los sufrimientos de éstos, añadió ingenuamente... «pero sin clavos».
Acaso entonces esta rectificación hizo sonreír. Hoy, después de los acontecimientos que han atormentado al mundo, tiene el valor de una profecía cumplida.
Si analizamos, aunque sea brevemente, su vida, en pro del reducido espacio de que disponemos, veremos que la inconsciente profecía que pronunció Pío XII en su niñez comenzó a cumplirse cuando en plena guerra mundial, el año 1917, fue nombrado Nuncio en Baviera. Antes de partir para tomar posesión de su cargo quiso el entonces Sumo Pontífice Benedicto XV consagrarle Obispo.
El 13 de mayo de 1917, exactamente el mismo día que se aparecía en Fátima la Santísima Virgen del Rosario pidiendo a tres inocentes pastorcitos la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón, en Roma un joven sacerdote se preparaba en humilde y sincera oración para ascender al episcopado, primer peldaño que le había de llevar a ascender hasta el trono de San Pedro y desde donde cumpliría aquellos deseos de la Reina del cielo, realizando la pedida consagración del mundo a su Corazón Inmaculado.
Esta misión la realizaría en 1942, al cumplirse los veinticinco años de los dos acontecimientos unidos en los planes de Dios: las apariciones de Fátima y la consagración episcopal de Eugenio Paccelli, que a la sazón en esta fecha era ya Pío XII, ya que fue elegido Papa el año 1939.
La ceremonia de su consagración episcopal se desarrolló en la misma Capilla Sixtina, donde veintidós años más tarde el nuevo Obispo había de ser elegido Vicario de Jesucristo.
Vencida Alemania en la guerra, la ciudad de Munich, sede de la Nunciatura, quedó en manos de las hordas del bolchevismo.
El Gobierno y Autoridades habían huido. Uno de los pocos que quedó en su puesto fue el Nuncio de Su Santidad Mons. Paccelli.
Las turbas se agolpaban muchas veces ante las puertas de la nunciatura, muchas veces emplazaron las ametralladoras en la plaza en que estaba situado el edificio y no pocos cristales y puertas cayeron bajo sus ráfagas.
Sin embargo, Mons. Paccelli apaciguaba a la multitud y la bendecía, pagando así las afrentas que de ellos recibía. La ciudad en aquel período era un infierno; solamente la alta y ascética figura de Mons. Paccelli imponía un signo de paz en aquel hervidero de pasiones humanas.
Pasemos por alto, sólo mencionemos su nunciatura ante el Reich alemán, su elevación al Solio Cardenalicio por Pío XI, que había sucedido a Benedicto XV, y situémonos cuando Pío XI le otorga el puesto de Secretario de Estado de la Santa Sede.
Como Secretario de Estado fue el Cardenal Paccelli legado pontificio varias veces: en el gran Congreso Eucarístico de Buenos Aires, en Lisieux, Lourdes, enviado especial a Norteamérica, etc. Cuando he aquí que muere Pío XI. Había que elegir nuevo Papa, y la leyenda que fácilmente florece en torno a los hombres grandes narra lo siguiente: Estando ya Pío XI. en el lecho de muerte, rodeado de varios Cardenales, entre ellos el Cardenal Paccelli, dijo: «Veo entre vosotros al nuevo Papa», y todos pudieron ver que el Pontífice posaba su mirada en el rostro de su Secretario de Estado. En efecto, reunido en Conclave todo el Sacro Colegio Cardenalicio, en número de setenta y dos Cardenales, era elegido Papa Eugenio Paccelli, que trocó su nombre de pila por el de Pío XII.
A la muerte de Pío XI, el Cardenal de París habla dicho: «Nos acercamos a tiempos tan difíciles que el sucesor de San Pedro deberá ser un héroe o un santo.» Y he aquí que el nuevo Pontífice designado por la Providencia para regir a la Iglesia Católica tiene verdaderamente temple de santo y héroe a la vez.
La elevación de Pío XII, a la cátedra de San Pedro coincidió con el principio de la conflagración mundial que ha azotado y devastado recientemente a Europa.
Pío XII intentó apaciguar los ánimos y evitar una guerra que por fuerza había de tener resultados tan funestos como tuvo, pero las naciones beligerantes hicieron caso omiso de sus consejos.
Su ascética y blanca figura quedó sumida en penetrante dolor a la vista de tanta desolación y derramamiento de sangre, y la frase que pronunció cuando todavía era un niño vemos que ha venido a ser una profecía cumplida.
El martirio del Papa ha sido y es un martirio incruento, sin derramamiento de sangre, pero doloroso en extremo. Los mártires sufrían horrendos suplicios, pero era un sufrimiento individual. El martirio de nuestro amado Padre es el acarreo constante de las desgracias y miserias de sus hijos, de los que él, digámoslo así, es depositario.
No queda sino patentizar nuestra gratitud y sumisión a la egregia figura de Pío XII, la cual debemos manifestarla con nuestras oraciones para así aliviarle en cuanto sea posible la pesada carga que sobre él gravita, así como para implorar el restablecimiento de su quebrantada salud por este constante martirio sin clavos.
José Alba
Viliavieja, 1955.

El Santo Padre siente predilección por los animales.
Un sueño del Niño Jesús
A limpiar unas ropitas fue la Virgen galilea;
sola lava, sola tuerce, sola tiende en el rosal,
y en la arena de la playa, mientras tanto, juguetea
un lindísimo Angelito de hermosura celestial.
Sus cabellos ondulantes brillan limpios como el oro;
sus ojitos seductores refulguran como el sol;
su boquita, si habla, suena como címbalo sonoro,
y rodea su cabeza como un nimbo de arrebol.
El, mirándola unas veces, la sonríe de contento.
Ella, loca de ternura, le contempla con afán,
y le dice: "Hijito mío, juega, juega en un momento
mientras lavo tus ropitas en las aguas del Jordán.
Juega ahora mientras lavo tus vestidos de azucenas,
que, ¡ay!, un día, Hijito mío, cuando seas Tú mayor,
han de verse purpurados con la sangre de tus venas
caminito del Calvario con la cruz de Redentor...»
Mientras Ella está diciendo mil ternezas de su alma,
los ojitos de aquel Niño van cerrándose a la luz,
a los cantos de su Madre, y a la sombra de una palma
sueña ya el Nazarenito los enigmas de la cruz.
Sueña ver una montaña, y en la cima un árbol verde,
y un nevado corderillo descansando bajo de él,
y que un lobo, de improviso, se lanza, le agarra y muerde,
rematando al corderillo con la muerte más cruel.
Ve la sangre palpitante de la victima..., y en tanto
que ve en sueños esta escena con espanto y con afán,
trae el viento a sus oídos una estrofa de aquel canto
que la Virgen galilea canta a orillas del Jordán:
«Juega ahora, mientras lavo tus vestidos de azucenas,
que, ¡ay!, un día, Hijito mío, cuando seas Tú mayor,
han de verse enrojecidos con la sangre de tus venas
en la cumbre del Calvario con la cruz de Redentor.»
Tercer centenario del Pintor Antonio Palomino

Bóveda de la Basílica de la Virgen de los Desamparados, por Palominio. De la web Pregunta santoral

Fragmento de la bóveda de la Basílica de la Virgen de los Desamparados. De la web J. Díez Arnal
Se ha celebrado en Valencia, por la Real Academia de San Carios, el III Centenario del nacimiento del famoso pintor Antonio Palomino, el gran artista que pintó el magnífico fresco de la bóveda de la Parroquial de los Santos Juanes (desaparecido en el incendio de las turbas en 1936) y el fresco de la bóveda de nuestra Basílica Mariana de la capital. Es un gran pintor de final del siglo XVII y principios del XVIII que culminó en este difícil género como nadie. Córdoba, su patria, y Valencia le han rendido brillantes homenajes recientemente.
José Mª Bayarri
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