Caminos de gloria

El que carece de carácter no es un hombre, es una cosa. Eso afirma el célebre costumbrista Chamfort. Y Jouffroy, filósofo: «Ya no hay hombres». Y Michelet, historiador: «Si hay un hecho que no pueda desconocerse es que, en medio de tantos progresos materiales e intelectuales, ha descendido de un modo aterrador el sentido moral.»

Ya no hay hombres, hay veletas a todo viento de pasión. Ya no hay mujeres, hay muñecas lucetrapos. El pensamiento no rebasa el nivel de la materia. Manda el momento con sus ofertas. Escribe Benavente en La fuerza bruta: «Hay barros groseros, hay cristales transparentes». Hay mucho barro; comedia barro, película barro, novela barro... allá van en tropel. Y no seguimos porque nos repugna naturalmente. Nos gustan más, por amor a la limpieza, las flores perfumadas, las aguas cristalinas, las avecillas cantoras, los cisnes de estanque, los valles amenos, las montañas gigantes, las águilas imperiales. Nos place mucho la poesía del Heraldo de Cristo, Francisco de Asís, el del himno al sol, el de la hermana ovejita, el del canto al agua, y luego en el monte Alvernia, el del abrazo a Cristo. Humilla mucho el hombre-cosa.

Escribió Leonardo de Vinci: «Oh pintor, continúa lo que Dios ha empezado. Procura acrecentar las obras de las manos de Dios.» Continúa, hombre, lo que Dios empezara en el Paraíso al crearte semejante a El. Acuérdate de aquel consejo de Virgilio, que Dios le mandó al hombre alzar la mirada a las estrellas. Como si el Artista supremo nos hubiera dicho: «Ahí tenéis el bronce, la madera; ahora ejecutad vosotros.» Y unos... hacen vasos de ignominia. Otros, con mucha inspiración y buen pulso, labran estatuas que merecen los honores de la exposición para admiración y modelo de los demás. Son los genios inspirados que con el cincel de la gracia trabajan su vida para hacer de ella la estatua gallarda del deber cumplido, la estatua graciosa de la pureza, la estatua simpática de la humildad, la estatua elegante de la generosidad, la estatua espléndida del apostolado. Estos sí continúan la obra de Dios y elegantizan su vida.

Alguien dijo: «El genio sabe los caminos de la gloria». Los hombres-cristales, los que no son barro, saben ese camino porque miran al cielo y escuchan la voz de su conciencia. Son los que tienen una filosofía como la que tenía la madre de San Agustín, el cual escribe en el libro de Ordine: "Philosophia tua mihi plurimum placet": madre, tu filosofía me agrada muchísimo. Y aun añadía el santo que con mucho gusto se constituía en discípulo suyo, ¡y era el sol de los Doctores! Qué filosofía era la de aquella mujer. Oh, muy sencillo: oración y temor a Dios. Fórmula soberana para no ser barro y ser cristal transparente que deje ver al Espíritu Santo inhabitando en el alma, alma que en su despliegue nos hace ver la presencia de Dios, quien asiste iluminando y fortaleciendo.

No ha mucho me decía un gran amigo: "Padre, sabemos demasiado...". El tono, el gesto... quería decir que si todo estuviera en saber..., sabemos mucho..., lo que es que no obramos en consecuencia y proporción. Que es lo mío. Oración y temor de Dios. Que es lo de la filosofía de Santa Mónica, tan ponderada por su hijo San Agustín. A mí también me agrada muchísimo esa filosofía. Es la inspiradora de la vida noble, de la vida digna, de la vida hermosa. La que nos aleja del barro y nos hace transparentes para que los rayos de la gracia penetren en el alma e iluminen la inteligencia, y fortalezcan la voluntad, y purifiquen el corazón, y le enciendan en el amor de Dios. ¡Que es todo! Porque leed la historia de la Santa Iglesia y veréis cuántas veces han realizado maravillas hombres que precisamente no brillaban por su talento ni por otras cualidades, pero iban en nombre de Dios, confiados en Dios... ¿Os acordáis de Pedro el Ermitaño? No había brillado en ningún centro científico el que removió toda Europa viendo sus deseos realizados en el Concilio de Clermont, 1095, marchando luego con Gualtero Sans-Avoir y el sacerdote Gottschalk al frente de sus bandas a reconquistar el sepulcro de Cristo. Entre los robles y encinas de Claraval se forjó el gran San Bernardo, el de actividad proteica que hace frente a la herejía, al cisma y al islamismo, y tiene tiempo para predicar y promover la segunda Cruzada lanzando a la empresa a Luis VII y Conrado III. Y se nos declara en aquella frase: «Saber a Jesús crucificado, esa es mi filosofía».

El genio sabe los caminos de la gloria. El temor a Dios es el principio de la sabiduría. En esa postura el espíritu, se abre la flor de sus emociones como el capullo de la rosa a los besos del sol, y el alma sube ansiosa cruzando los espacios espolvoreados de luz hasta dar con Dios. Porque eran cristales transparentes y los rayos de la gracia llegaban al alma y la fecundaban de cielo.

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista

Los unos y los otros

Acerca de Dios

«Los unos» son los que afirman, «los otros» son los que niegan. Pero también «los otros» afirman lo que «los unos» niegan.

Y existen «los unos» y «los otros» sin previo acuerdo, por la mera razón de que cada inteligencia lleva un instinto inquisidor autónomo que prolífica las soluciones y las teorías, planteando los problemas. ¿Cuántas podrían ser las creencias y los útiles de las ideas que se las pudiera desprender de estos contrarios pareceres? Opino que no habría ninguna.

Hoy es Dios. Suma palabra del más levantado concepto. Como un enorme pisapapeles, Dios ha tomado plaza en la mesa y laboratorio de todos los hombres científicos; Dios ha ahincado para «los unos» todas las soluciones; para «los otros» ha motivado todos los problemas.

¿No creen ustedes que tanto «los unos» como «los otros» nos cumplen sus servicios?

¡Ah!, el primero a quien hay que saludar es a Dios, cuando se intente salirse del pequeño coto de la propia propiedad («propia propiedad» tan sólo por la presunción de creerla tal). Y en esta postura de indagar hacia afuera hay sus más y sus menos, como en el hecho de la visión hay los miopes, los daltónicos, los astigmáticos...

Como pequeña muestra y prueba de que Dios ha mediado siempre en las inquisiciones de la inteligencia y ha pesado decididamente aun cuando todo el esfuerzo del hombre haya sido para desplazarle de su vista, intento dar un reducido puñado de opiniones de los que han sido de «los unos» y de «los otros».

* * *

«Cuanto más pienso en Dios tanto más dificultoso hallo el conocimiento de Él.» Se nos dice que es de Simónides esto. Ya está bien la aserción tratándose de ser de los primeros que arriesgaba su opinión. Nos afirma el hecho de la existencia, pero no sabe su esencia ni conoce sus atributos. Un centelleo de luz de la Revelación le hubiera diluido su angustia y premiado su voluntad.

<(Nada en este mundo se' oculta a los ojos de Dios; su providencia se extiende a todo y por todo.» Debía de ser de algún poeta esta intuición profética, y lo es, ciertamente, del tebano Píndaro. Aunque contemporáneos y poetas los dos, esta frase de Píndaro ha ido más lejos y ha apuntado una de las verdades de la apologética cristiana: el concurso divino.

"Dios nos ha dado dos alas para volar hasta El: el amor y la razón." Del magnífico troquel de Platón salió esta frase que vale como contenido y como horma. Sobre la existencia de Dios, que se presupone, entrevé el fin del hombre. Y luego aun concreta la manera como lo ha descubierto, con el vuelo efectuado por la inteligencia y el corazón. No es la única vez que Platón se remonta, ve y luego habla el lenguaje angélico para sus correligionarios.

"Nada hay en Dios fuera del alma. Dios es inteligencia." Séneca, el hombre probo de los romanos, ha cambiado la apreciación frente a los griegos y sus antecesores. No los ha mejorado, pero ha asentido y vivirá noblemente como romano y religiosamente como filósofo.

Más tarde Cicerón se sentirá apologista a su usanza, y con énfasis retórico dirá: «¡No hay pueblo tan salvaje y tan bárbaro que, aun ignorando lo que deba pensar acerca de Dios, no sepa que debe creer en su existencia, y la idea de Dios es para el hombre como un recuerdo y un reconocimiento de su origen. La belleza de la creación, el orden majestuoso de los cuerpos celestes nos obligan a confesar que existe un Ser eterno y poderoso, y nos obligan a reconocerle y adorarle.» Este convencimiento del elocuente orador romano haría bien a muchos otros 'científicos que con mejores medios y más facilidad no llegaron a tanto. Para hacerle un buen católico después de lo oído, sólo hubiera hecho falta que hubiera tenido la ocasión de serlo.

Punto y aparte de todas las opiniones que he citado es San Pablo, pero viene como a medida su palabra apostólica, como punto final. El dirá, en traducción insuperable, todos los agrisados conceptos de estos gentiles. Frase de troquel, acuñada por inspiración de Dios: "En Dios vivimos, nos movemos y somos". Ya después de esto tan definitivamente remachado son aspectos lo que dan los escritores sagrados, los sabios y los santos de todos los tiempos.

¿Por cuál de las afirmaciones están ustedes? Mi opinión la he expuesto expontáneamente, sin pretenderlo.
Pero por cuenta propia afirmaría que Dios no es para pensarlo, ni hacerlo comprimido de inteligencia, ni materia para redondear frases, sino para amarlo arrancados por el tirón en potencia de criaturas, que es el amor, y prolongarlo en vida de Amor.

Fr. David Cervera Bañuls, ofm