Otro que se fue

Otro año, lector amigo, que se nos ha escapado de las manos, dejándonos el consuelo del tiempo perdido o mal aprovechado. Otro año que se ha ido tras de habernos arrebatado algo que queríamos muy hondamente o que necesitábamos con la más imperiosa de las necesidades. Otro año más que se fue, guardando en sus pliegues cuantos secretos le hemos entregado; pozo insondable de donde sólo saldrán las cosas para rendir las debidas cuentas al Señor, para quien ni los años pasan, porque es eterno e infinito, ante quien los tiempos son siempre presentes. Se fue Murió.

Año viejoBien es verdad que cabe preguntarse si quien se va es el año que muere, o somos nosotros los quienes nos vamos muriendo a poquito, siendo el tiempo sólo la medida de esas pequeñitas muertes que nosotros vamos sufriendo. Pero, en fin, dejemos ese punto, que con el miedo cerval que a la muerte le tenemos bien podríamos temer si se repitiera lo de la peste y el peregrino de la leyenda, cuando, para defenderse de que el peregrino le reprochara que le había engañado diciendo que tenía que matar a 4.000 personas, siendo así que después murieron de resultas de la misma 40.000, la peste se lavó las manos diciendo: «Yo tan sólo maté 4.000 personas; todas las demás se murieron de miedo». Muérase el año, o muramos nosotros a poquito, segundo a segundo, es lo cierto que esa medida del tiempo que llamamos año se agotó de manera fatal.

Pero al irse este viejo gruñón, aunque otros quieran creer lo contrario, amargó a algunos las delicias de su fresca tranquilidad, haciéndoles una pregunta que es gotita de acíbar en medio de sus más grandes o más pequeñas trivialidades y olvidos.

—¡Acabóse ya el año! Y ¿qué has hecho en él? Porque si el mortal

es un peregrino
que al correr de los tiempos
va haciendo su camino,

unas veces renqueando y otras rendido ante el peso de sus fracasos, justo es que al acabar cada una de las etapas en que este peregrinar se divide ajuste sus cuentas y piense si hay algo que enmendar respecto de la marcha realizada, o de la orientación sostenida, o del fruto habido.

¿Qué has hecho, lector, en este año que pasó?

Has pensado mucho; has hablado mucho; has hecho múltiples cosas. Pero pasa por el tamiz de un severo juicio, sin perdonarte una sola vez, pensamientos, palabras y actos, los de todo el año 1955, y vas a ver lo que en tus manos queda. Haz que se vaya lo que sólo es hojarasca que el viento se lleva; quédate con sólo el grano valioso de las buenas obras bien realizadas, de los buenos pensamientos, de las buenas palabras en que Dios se ha complacido. Y ¿qué tienes?

Placeres, diversiones, farras ruidosas, éxitos ante el mundo, vanidad, lucimientos, prosperidad, reputación; hojarasca, humo, nada. ¡Mal negociante aquel que al concluir su balance halla en su favor pesetas O'OO. Debe cambiar su sistema o cerrar el negocio. Pero como el negocio de la vida no se puede cerrar, porque simplemente somos administradores y todo depende de nuestro Señor, no nos cabe otra solución que activar, poner en ejercicio todas nuestras facultades y tratar, mediante un reajuse, de que el saldo favorable sea mejor, la hojarasca menos y el negocio más eficaz en la liquidación oportuna del año 1956.
Caminante que al compulsar tu reloj encuentras que vas a llegar tarde por haber perdido lamentablemente tu tiempo en naderías que a nada venían con tus asuntos, corre en esta parte de tu camino que Dios te concede y repara el descuido anterior.

De nada sirve el tardío lamento; es siempre preferible un silencioso remedio oportuno. Estamos a tiempo.

Cristo y nosotros

Al P. Fr. Eduardo Camallonga Rico, ofm, con toda amistad.

1. Cristo entrevisto por la Antigua Ley

Abramos el libro que contiene la historia de la creación de las cosas. No hay dolo en el Génesis. Lo escribió la pluma de Moisés, pero el Espíritu Santo inspiraba aquellas páginas magistrales que entusiasmaban a nuestro Donoso Cortés.

Después del primer pecado del hombre leemos que el castigo divino a la gran desobediencia no se hace esperar. El Señor juzga a cada una de las partes que han intervenido. Primero sanciona al demonio —la serpiente— por haber inducido a Eva a pecar, y le advierte: "Yo pondré enemistades entre ti y la mujer y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza y tú andarás acechando a su calcañar» (Gn 3, 15). Esa mujer a que alude el Señor es María y su descendencia Cristo. Estamos ante la gran promesa divina: un Redentor que nos había de lavar de la culpa contraída por nuestros padres. Ahora sigamos adelante por los perfumados senderos de ese gran jardín de Dios que son las Sagradas Escrituras.

Hasta que lleguemos al Nuevo Testamento, a la Nueva Ley, todo son figuras del Hijo de Dios, todo alusiones, todo visiones referentes a El, todo profecías. Cada vez se perfila con más nitidez, más concretamente. Así, pues, el hombre de la Antigua ¡Ley no estuvo ignorante de nuestra salvación. Cristo, desde la cima del Calvario, dejó fluir generosamente su sangre para que lavara a todos. A los que estaban comprendidos desde el Paraíso hasta El y a los que están y estarán desde El hasta la consumación de los siglos.

El justo antiguo creía y esperaba en su Salvador. Así, Job —aquel varón «sencillo, y recto, y temeroso de Dios, y que se apartaba del mal»— clamaba: «Porque yo sé que vive mi Redentor...» (Job, 19, 25). E
Isaías: «He aquí que Dios es el Salvador mío...» (Is., 12, 2), añadiendo más adelante expresiones tan concretas como éstas: «Es verdad que El mismo tomó sobre Sí nuestras dolencias y pecados y cargó con nuestras penalidades...» (53, 4); «fue ofrecido en sacrificio porque El mismo lo quiso; y no abrió su boca para quejarse...» (53, 7).

Y David le ve en sus Salmos en todo momento. ¿Para qué seguir? Cristo entrevisto por aquellos varones de Dios. Y creyendo (creyendo y practicando) que vendría y nos salvaría se salvaron. Pues su sangre, preciosa como un rubí celestial, les lavó.

Y nosotros, que le hemos visto históricamente, y que vemos su obra, y que le vemos en la Eucaristía, ¿creemos en El o no creemos?

2. Cristo entre nosotros

¿Quién negará que la figura de Jesucristo es histórica? Tenemos todos los testimonios imaginables: Evangelios, Hechos, Epístolas, Apocalipsis, la Iglesia por El fundada, la tradición, el testimonio de sus enemigos que aseguraron su existencia, muerte y resurrección... ¿A qué seguir?

Pero Cristo no vino solamente a lavarnos de nuestros pecados. Vino también para que todos creyésemos en El. Le dice Jesús a Nicodemo: «Pues amó tanto Dios al mundo que no paró hasta dar a su Hijo unigénito: a fin de que todos los que creen en El no perezcan, sino que vivan vida eterna» (Jn 3, 16).
Y vino asimismo 'para que por su medio el mundo se salve.

Su vida entera, mientras vivió entre nosotros, fue una purísima lección de humildad, de pobreza, de amor y abnegación para con el prójimo, de oración, de mortificación, de obediencia al Padre, de perdón. Así sabía que su doctrina no sería estéril. Predicó también con el ejemplo para que pudiéramos seguir sus huellas. Así no hay excusa: si no le imitamos es porque no queremos, que poder sí podemos.

Unos se doblegaron ante su magisterio y su grandeza y otros no le quisieron reconocer como Hijo de Dios. Estos eran raza de víboras, hipócritas, sepulcros de bella apariencia, orgullosos.

3. Cristo en nosotros

Cristo murió, ciertamente; pero no es menos cierto que al día tercero resucitó. Ese es nuestro consuelo, ese nuestro gozo, esa nuestra esperanza: su resurrección.

Cristo vive y reina y Cristo resucitado vendrá nuevamente al final de los días mortales para ser como el peldaño que lleve a los días eternos. Pero en esa venida no será Cristo el Niño inocente y desamparadito que se acoge a un portal y a un pesebre, o el Cordero sin mancilla que va al sacrificio sin una queja. El Cristo de la segunda vez será un Cristo lleno de majestad («con toda su majestad») y poder. Vendrá como Rey, según se lee en Mt, 25, 34. Sus sentencias serán inapelables.. Discernirá para siempre buenos de malos y esto no será más que una confirmación pública y universal del fallo emitido en cada juicio particular.

Pero Cristo Jesús vive también para nosotros; no tenemos más que recibirle. En un rasgo de exquisito amor instituyó la Eucaristía. Después de esto ya no puede hacer más por nosotros, pues lo hizo todo. ¿iLe incorporamos libre y amorosamente a nuestra alma? ¿Nos incorporamos a Cristo? ¿Hacemos que more en nosotros y moramos nosotros en El? Ese es el secreto de nuestra felicidad y de nuestro triunfo sobre el mundo y de nuestra inmortalidad dichosa: Cristo en nosotros y nosotros en Cristo.

Para tener vida en nosotros hemos de recibirle. El mismo Jesús es explícito en extremo: «En verdad, en verdad os digo que sino comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6, 54-55).

Teniendo a Cristo tenemos la luz del mundo en nosotros. Y nuestras obras serán luminosas. Teniéndole vamos por el camino verdadero que conduce al reino de Dios. Poseyéndole poseemos la Verdad y la Vida. Aquella Vida que triunfa de la muerte; aquella agua vivífica que salta en nuestras entrañas sin cesar, fecundándolas de gracia santificante hasta llegar a la vida eterna.

Su Corazón renueva el nuestro; su Alma santísima santifica la nuestra; su Cuerpo apaga las impurezas del nuestro. Somos renovados, al recibirle sacramentado, por El, en El y para El. Y para todas estas maravillas sólo nos pide que digamos libremente: «Quiero, Señor», y que estemos en gracia. Lo demás lo hace El dulcemente y con grandísimo amor.

Mariano Vila-Cervantes

Señor, un crujido...

Como un crujido, Señor,
—¿lo soñaré ?— he sentido
junto a mi, como en mi cuerpo,
y aseguraría que he oído
tu voz. Señor, ¿lo recuerdas?

Me reconté cuanto es mío:
mis pies, mis manos, cada una
de mis venas. En su sitio
todo estaba y faltaba algo.
Ni el fondo, altura percibo;
mi ser es como un milagro
de un almendro florecido
entre pedregal hirsuto.

Y fue porque sus delitos
el corazón a la boca
arrastró humilde y contrito.
No me preguntes, Señor,
por qué tu voz yo he sabido,
por qué fue aquel perdón tuyo.
¿ Los de Emaús, acaso, han dicho
cómo, al fin, te conocieron?

Estabas sólo conmigo;
nadie había y yo a nadie
mi voz mi secreto fío.

Quizá no fuera un crujido,
más bien un temblor de carnes,
un amanecer de lirios,
una voz que regocija,
«algo que cuesta decirlo».

Fr. David Cervera, ofm

La estrella de Balaam y los Magos de la choza

Juanín. — Mamá, ¿ya vienen los Reyes Magos?
Mamá. — Sí, hijo mío. ¿Qué quieres que te traigan los Reyes Magos?
Juanín. — A mí eso no me interesa.
Mamá. — ¿ Pues qué pide tu corazón ?
Juanín. —Ya sabes tú, mamá, que yo he entregado mi corazón al Niño Jesús en la cuevecita de Belén.
Mamá.— ¿Pues qué quieres?
Juanín. —Quiero ser como los Reyes Magos.
Mamá. — ¿De veras? ¿Lo has pensado bien ?
Juanín. — Sí; pero quiero conocer cómo son los Reyes Magos y por qué fueron a adorarle al Niño Jesús en el portal.
Mamá. —Bien, hijo, yo te contaré lo que sé de esa gloriosa historia. Se apareció una estrella grande en el cielo de Oriente.
Juanín. — ¿Y de dónde salió la estrella?

Mamá. — Pues, verás. En tiempo muy antiguo existía un pueblo que se llamaba el pueblo de Dios, que era el pueblo de Israel; y otro rey llamado Balac, rey de los maobitas, que era contrario, les hacía la guerra; y como no podía vencerlos, llamó a un profeta llamado Balaam y ofreciéndole muchos regalos le pidió que fuera con él para echar la maldición sobre los soldados de Israel. El profeta no quería ir, pero tanto se lo rogaba el rey Balac que por fin el profeta accedió, y sacando su borrica subió en ella y se fue a darle gusto al rey Balac. Pero al llegar a un camino la borrica comenzó a retroceder y apartarse del camino. Por varias veces hizo lo mismo, y el profeta comenzó a darle de palos, hasta que la burra se cayó en tierra. Entonces, como aun le daba palos el profeta todo enfurecido, la burra, por permisión de Dios, comenzó a hablar y le dijo: «¿Qué te he hecho yo y por qué me pegas ya por tercera vez?» Y respondió Balaam: «Porque lo tienes merecido y has hecho burla de mí; ojalá tuviera una espada para clavártela.» Y dijo la burra: "¿Pues no soy yo tu pollina sobre la cual has ido siempre montado hasta el día de hoy? Dime si jamás te he hecho yo una tal cosa.» «Jamás», le respondió él.

Balaam y el ángel

Balaam y el ángel

Al momento abrió el Señor los ojos de Balaam y vio delante de sí al ángel parado en el camino, con la espada desnuda, y postrándose en tierra Balaam le adoró; y el ángel le dijo: «¿Por qué das de palos por tercera vez a la borrica? Yo he venido por oponerme a ti, porque tu idea es perversa y contraria a mí, que si tu burra no se hubiera desviado del camino cediéndome lugar cuando me oponía a su paso, a ti te hubiera yo dado muerte y la borrica viviera.» Entonces el profeta le dijo: «He pecado, no sabiendo que tú estabas contra mí; todavía si no gustas que vaya, me volveré.» Respondió el ángel: ¡Vete con ellos, pero guárdate de decir otra cosa que no sea lo que yo te ordenaré.»

Siguió, pues, el profeta, y al ordenarle el rey Balac que maldijera al pueblo de Israel el profeta los bendijo según le ordenaba Dios. Entonces fue cuando el profeta Balaam bendecía al pueblo de Israel y les dijo: "Esta es la visión del Omnipotente que vaticinó Balaam diciendo: "Yo le veré, mas no ahora; le contemplaré, mas no de cerca. De Jacob nacerá una estrella y brotará de Israel un cetro que herirá a los caudillos de Moab: es el Mesías, que será llamado Hijo de la Estrella, resplandeciente estrella de la mañana."»
Cuando nació el Niño Jesús apareció esta estrella en Oriente, que la vieron los Magos en sus diferentes regiones.

Juanín. — ¿Y dónde estaban los Magos cuando vieron la estrella?

Mamá. — Uno estaba en la región de Ophir, que era descendiente de Sem. El otro en Magog, desciente de Jafet, y otro en Regma, descendiente de Can, los tres hijos de Noé.

Estos tres grandes hombres descendientes de los tres hijos de Noé eran príncipes o reyes, no de naciones, sino de grandes y poderosas tribus errantes. Estudiaban todas las noches el cielo y anotaban en sus anales los fenómenos extraños que observaban. Eran astrólogos y al mismo tiempo conocían las propiedades curativas de las plantas, y eran los médicos a quienes todos acudían en sus enfermedades; eran los sabios entre ellos y eran muy respetados. Los tres, aunque en diferentes y muy distantes lugares, vieron la misma estrella; y conocieron que era la estrella del nuevo Rey de Israel que esperaban como Salvador del mundo.

Juanín. — ¿Y cómo conocieron ellos que esa estrella anunciaba la venida al mundo del Niño Jesús?

Mamá. — Porque entre sus tribus había muchos judíos que negociaban con ellos y hablaban de las tradiciones del pueblo de Israel, y se había esparcido esa profecía que cuando naciera el gran Rey que todos esperaban como Mesías Salvador, aparecería la estrella de Jacob, anunciada por el profeta Balaam, para que se dieran cuenta de su nacimiento, y como ellos lo sabían, al ver la estrella se resolvieron a venir a adorarle y ofrecerle sus dones.

Juanín. — ¿Y cómo se juntaron los tres?

Mamá. — Eran de diferentes regiones, pero como la estrella los guiaba igualmente a todos, vinieron por fin a reunirse en el desierto; y todos juntos, con grande acompañamiento de soldados de sus tribus y con elefantes y camellos, emprendieron desde allí el viaje hacia Belén después de haber entrado en Jerusalén, donde les indicaron el lugar de su nacimiento.

Lo demás ya lo sabes, hijo mío.

Ahora a ver, ¿qué plan llevas para ser tú otro Rey Mago?

Juanín. — Pues, verás: los Reyes Magos fueron a adorar al Niño y le ofrecieron sus dones: oro, mirra e incienso. Tú sabes que, como dice Jesús, todo lo que hacemos con los pobres es como si lo hiciéramos con El. Pues bien, como al Niño Jesús no le faltan regalos, y obsequios, y pasteles, y caramelos, y demás... yo he pensado que allá cerca de la montaña hay una pobre choza y en ella vive un niño pobre y además enfermo. No tiene regalos, ni tendrá pasteles, ni caramelos, ni turrón y hasta tendrá falta de repita para abrigarse. Nos reuniremos los amigos, recogeremos entre todos nuestros aguinaldos, cada uno cederá de su turrón y pasteles una parte, buscaremos ropa para que se abrigue y dinero para sus medicinas, si le hacen falta.

Formaremos entre todos una caravana; nos vestiremos tres de Reyes Magos, otros de soldados, otros con flautas y tambores para hacer ruido, y como no tenemos camellos ni elefantes, buscaremos una borrica, como la del profeta Balaam, y le cargaremos los bultos, y si le pesa mucho que hable como la burra de Balaam, y luego le daremos un buen pienso. De este modo, como lo hacemos por un pobrecito, es como si lo hiciéramos por el Niño Jesús, y Jesús aun estará más contento que si se lo lleváramos a su cuevecita de Belén.

¿Te parece bien el plan? Así yo haré de uno de los Reyes Magos. Delante de la caravana irá la estrella refulgente que nos guiará a esa pobre choza, como si fuéramos a Belén.

¿Te gusta el plan, mamá?

Mamá. — ¡Oh! muchísimo, hijo mío, como si fueras un ángel del cielo.

Estrella que marca el sitio donde nació Jesús

Juanín. — Sí, pero no como el ángel que le salió al camino al profeta Balaam y a su burra, sino como uno de los ángeles que le cantaron al Niño el «Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad».

Mamá. — Dios te bendiga, hijo mío, y el Niño Jesús te colme de sus gracias y dones del cielo.

Fr. Manuel Balaguer, ofm