Los unos... y los otros

Acerca de la naturaleza

Después de Dios quien más ha acaparado la mirada de los filósofos y de los hombres de ciencia es la naturaleza, la fecunda madre de los vivientes. Me parece obligado el no echarla en olvido ni privar a los lectores de este glosario de pensamientos que hoy puedo presentar, y muy posiblemente no lo lograra mañana.

Tales de Mileto, uno de los siete sabios de Grecia, se preguntó y contestó a sí mismo: «¿Qué cosa es la más bella? El mundo, porque es obra de Dios.» Tan breve como es la frase, parece que lo haya dicho todo, aunque otros quedemos coartados y como sujetados por lo de que «es obra de Dios».

Aristóteles nos previene y nos amilana con su frase, que tiene su lado de enfoque y de verdad. «Tan capaz es nuestro entendimiento para entender las cosas altísimas y clarísimas de la naturaleza como los ojos de la lechuza para ver el sol.» En fin, cegatos o poco menos. Ya quisiera yo ver a Aristóteles ante estos hombres de la conquista de hoy con el atomismo. Posiblemente se mantuviera en lo mismo y no sin razón, porque si es maravilloso el descubrimiento, nadie nos dice que sea esto lo último y nadie nos traza los límites de la naturaleza.

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«En la naturaleza nada hay superfluo.» No sé si ustedes supondrían de quién es la frase. Yo la anoté como de Averroes. Y a mí me gusta mucho y me parece buena. Eso de que no haya sobrantes, ni para el desperdicio, sino que se comporta como a medida siempre, es descubrir y decir lo suficiente para que se suponga una mente ordenadora y creadora muy superior a la mente humana, que tiene superfluidad y equivocaciones.

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por lo parecida a la citada va la apreciación que hace Vives:"¡Mira bien que no hay cosa en todo el universo, grande ni pequeña, que si miras su principio, su naturaleza y propiedad y fuerza no te ponga en camino para considerar las maravillas de Dios."

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Esta agudeza es digna de Lope de Vega: «Prestado lo da todo la naturaleza.» Hay que pagar intereses, pues, en este nuevo banco de la naturaleza, y hay que devolver.

Y claro está que si presta, puede también no prestar y quitar lo prestado. Bien valdría como explicación la frase de Frenchterleben: «La naturaleza es una especie de tribunal secreto, cuyos juicios, no por ser silenciosos y lentos, son menos inevitables».

Newton dijo también lo suyo referente a la naturaleza inmensa, suma, inimitable, no parece a sí propia.» Sólo se parece a sí y a nadie más porque ella abarca toda la obra dé Dios. Buena mente la de Newton para poder decir tan breves afirmaciones. Esta puede hacer época. ¿No les parece a ustedes aceptable?

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"He visto en los pintores y poetas la bella y tal vez la simple naturaleza; pero la naturaleza inmensa, suma, inimitable, no la he visto pintada jamás." Fóscolo. Espíritu sincero el de Fóscolo, pero de verdad que pedía un poco demasiado a los poetas y a los pintores, ¡caramba! Las ediciones de Dios son muy propias, y si es plausible el imitarlas, no es prudente el reeditarlas. La vida no está hecha para las dos dimensiones, sino para las tres y para la cuarta dimensión de «viva», que no cabe en los cuadros.

Para que no se nos enfade Pascal, y sólo por eso, traigo una cita de él, que también ha dicho cosas muy bellas y no en vano es lo que es: «La naturaleza confunde a los escépticos y da la razón a los dogmáticos.» Me permito aclarar a los escépticos como los eternamente condenados a la duda —si es que se dan en esa calidad de teóricos—, y estando en ese estado de duda se inutilizan para todo conocimiento. Los dogmáticos son los que afirman y reconocen el poder de la inteligencia. En estos podemos figurar los lectores y un servidor.

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Y para que haya de todo, lean ahora la frase de Flammarion: "Una ley absoluta y primordial rige la creación, la ley del progreso. Todo se eleva en el infinito, y las faltas son caídas." De tener el contexto y la página de donde se ha desglosado esta frase sería interesante saber las consecuencias que lleva la misma; pero de todos modos la frase vale.

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Y para terminar que hable Maupertuis: «Los espectáculos que ofrece la naturaleza son más animados que cuantos pueden ofrecer e inventar los hombres, con la diferencia de que los unos se dan de balde y para todos los hombres, y los otros cuestan dinero.» Sí, señor. Los de los hombres caros y malos y los de la naturaleza imponentes y baratos.

Ahora será más fácil que ustedes opinen sobre cosas tan graves y abultadas como son "Dios", "la naturaleza» y otras cositas que tenemos intención de proponer para que los lectores comprendan que las ideas surgen de la inteligencia cuando se la arrima al eslabón de las cosas.

Fr. David Cervera,ofm.

San Lucas escribiendo el evangelio al dictado de la VirgenSan Lucas escribiendo su evangelio
al dictado de la Virgen.

De actualidad litúrgica y siempre de actualidad artística, esta bella tabla que existe en la sala XIX del Museo de San Pío V de Valencia muestra la devoción y la gracia de arte de aquellos artistas nuestros valencianos, los «primitivos» del XIV, que pintaban sobre tabla inspiradamente.

Habían de pasar más de dos siglos para que Ribalta nos diera su versión conocida del mismo tema.

Pero este anónimo cuatrocentista inició el tema así entre nosotros; tabla que integraba el retablo de la ermita de San Bartolomé, de Villahermosa, y que es ahora joya preciada de nuestro Museo, con sus dimensiones de 0'70 x 0'44.

Una delicia de amor mariano y de arte.

[Imagen de la web Pilar Aguilar]

José Mª Bayarri

«El Cristianismo colocó al hombre en un pedestal espiritual.» Berdiaeff.

Gozamos fuero de hidalguía

A mi gran amigo Fr. Pacífico Torres, genuino hijo de San Francisco.

En el hervor de una conferencia solemne un gran tribuno católico exclamó: "Señores, yo siento orgullo de ser católico». Concuerda con lo del antiguo Discite superbiam sanctam. Y con lo del Papa: «Nosotros los católicos, por nuestro número y significación, tenemos derecho a que se nos respete».

Es que es grande nuestro Credo. Lo confieso: lo substancial para mí, lo que es norte de mis aspiraciones y cumbre de mis anhelos, es eso que revolotea en derredor de una Cruz, o se posa en tranquilidad de adoración en el cáliz de una flor que derrite sus aromas en las cercanías de la urna del Sagrario. Que la Cruz y la Eucaristía son el Credo de mi inteligencia y el arrullo de mi corazón. Porque cuando desde la cima del Calvario veo desfilar por la llanada de los siglos a la aristocracia de la humanidad, la del arte, la de la ciencia, la del cetro, en gesto de reverencia ante el Labarum santo, recitando loas y besando el signo que es nuestra bandera, me invade una oleada de pensamientos grandes.

Porque cuando veo a las muchedumbres a la sombra de una catedral rendidas en gesto de adoración ante la refulgente Custodia, y oigo rumor de rezos, y escucho cantos en grandiosa armonía desarrollando temas de exaltación, y siento que o el cielo ha bajado a la tierra, o la tierra se ha sublimado hasta los cielos, ¡ah!, entonces yo, admitido a la comunicación con Dios, redimido con su sangre, alimentado con su carne y esperanzado con su gloria... siento el orgullo de ser cristiano. Porque soy hermano de los ángeles, y es la virtud mi blasón, y llamo Madre a la que fue tan bella que al mismo Dios le enamoró. Y queda entonces tan pequeño el mundo de las sedas y el oro, de los salones y palacios, que no me digno parar la atención en lo efímero como alas de mariposa y tornadizo como nube de aurora.

¡Soy cristiano!

Yo canto la exquisitez del banquete de la Eucaristía en los autos de Calderón con raudales de versos de majestad sonora y grandilocuencia soberana. Yo digo el dolor supremo del Mártir del Gólgota con el poderoso pincel de Velázquez, y robo con Murillo un pedazo de cielo para regalárselo a la Inmaculada. Yo burilo Dolorosas con Mora, Cristos con Mena, San Franciscos con Cano, San Brunos con Pereira y ángeles de singular hermosura con Salzillo. Yo escribo poemas polifónicos con Vitoria, músicas bien acordadas con Salinas, villancicos graciosos de sabor pastoril con los clásicos de viejas centurias. ¡Yo siento orgullo de ser cristiano!

Rezo con Teresa de Jesús preces aprendidas en el castillo interior, recito una canción de Fr. Juan de la Cruz de factura bíblica, aquella con aroma de manzanas de huerto, de amores tan hondos y tan divinos que recuerda las del libro sagrado. Canciones la noche oscura con luces de aurora sostenida. Yo tengo una bandera que es la Cruz, un escudo que es la Hostia y una espada que es el Rosario. A la sombra de esa bandera soñaré, con ese escudo pararé los golpes y con esa espada me abriré campo hasta llegar a los lindes de la gloria, donde entraré bajo arcos de palmas que gentiles gallardean. Y se desplegará ante mí una inmensa aurora abierta a los horizontes de Dios, bajo un eterno azul, en un delirante emocional, sintiendo avidez de contemplar la belleza sobrehumana de la Virgen y sumergirme después en las olas de la inmensidad de Dios.

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista

Del budismo al catolicismo

Episodio narrado por el P. Gerard Huher, misionero alemán en el Japón.
(De la revista franciscana «Antonius Bote». Enero de 1956).

Después de transcurrida una hora dirigí mis pasos a la casa del médico, que pude hallar fácilmente, pues se halla junto a un grande y hermoso edificio hospital, cuyo dueño era el mismo médico. Este debía estar esperándome, puesto que vino hacia mí desde la puerta donde estaba y me invitó a ser su huésped.

Después del saludo me presentó a su mujer, quien tras algunas palabras de cortesía a lo japonés se alejó otra vez, para aparecer sólo a servirnos la cena silenciosamente. Duró la cena bastante, entreteniéndonos hablando sobre diversas cosas. Con gusto hubiera llevado yo la conversación sobre asunto de religión, pero no me atreví en esta primera visita por no parecer pesado, pues yo tenía la impresión de que él expresamente lo evitaba.

Jarín japonés

Jardín japonés. (de Nuestro mundo)

Sin embargo, me parecía que en esos momentos le intranquilizaba alguna cosa. Después de la cena nos sentamos junto al fuego, y mientras la mujer preparaba el té estaba el médico hojeando un libro, que me alargó rogándome le aclarase algún lugar que él había subrayado. Tomé el libro y miré primeramente el título. Resultaba ser un libro de Medicina en alemán. Invenciblemente me pareció en seguida que por esto buscaba él mi amistad, para perfeccionarse en el idioma. Así y todo, me alegré, esperando tener ocasión de hablarle de religión, relacionándolo con alguna de las materias tratadas en el libro.

Comencé, pues, mis explicaciones; pero bien poco después me tomó de repente el libro de las manos, lo dejó junto a si, tomando la expresión de su rostro un aspecto muy serio, y después de algún titubeo dijo:

—El motivo por qué le he invitado es muy otro. Cuando le vi ayer usted orar en la montaña me persuadí que usted puede sacarme del tormento que sufre mi corazón. Hace un mes murió mi hijo, que tenía once años de edad. El era la alegría de la casa. No ahorré medios para salvarle. Día y noche pasaba junto a él; pero no pudo ser. Murió, y con él la tranquilidad y la alegría mía. Hasta ahora jamás había yo pensado en la otra vida. Pero yo no puedo soportar que mi hijo haya desaparecido como si fuera una pompa de jabón; ¡¡en tanto como lo quería, que no quede de él otra cosa que un poco de ceniza y que nunca más lo pueda yo volver a ver!! No lo puedo soportar. Yo he corrido de un templo de Buda a otro, preguntando a sus sacerdotes: ¿Dónde está mi hijo? Pero ninguno de ellos me dio respuesta que me satisfaciese. Detrás de todas sus respuestas he encontrado el Nirvana, la nada. Ayer todavía, antes que yo le encontrase a usted en la montaña, me dijo uno de esos sacerdotes de Buda. «Si llueve como si nieva, cuando se disuelve, toda el agua va a parar al mismo río. Yo y tú llegamos a ser uno; este mundo es la única realidad.» Pero pregunto yo —dijo el médico—, ¿de qué me sirve a mí semejante doctrina? Si después de la muerte no existe nada, las obras buenas se pierden y el hombre malo queda triunfante. Confieso que no puedo continuar creyendo semejantes afirmaciones.

Quedó el médico en silencio unos momentos mirando hacia delante de sí, como si no viese nada. Yo rogaba en silencio al Espíritu Santo para que iluminase a aquella pobre alma que hasta entonces había vivido entre los errores del budismo materialista y absurdo. Por fin me miró y dijo:

—Yo he visto que usted oraba en donde usted no veía a nadie, por eso comprendo que hacía eso por verdadero convencimiento. Y si usted ora por convencimiento, usted cree en alguna fuerza que está muy sobre nosotros. Para usted este mundo no es la única realidad. Para usted la muerte no representa el aniquilamiento. ¿Podría usted orientarme y consolarme en esta situación tremenda de mi corazón y de mi inteligencia?

Esforzándome, pues yo no conozco todavía a la perfección el japonés, ya que estoy poco tiempo todavía en el Japón, le hablé de la existencia y espiritualidad de Dios, de la inmortalidad de nuestra alma, del pecado y de la redención, de Jesucristo, de su Pasión redentora, de la bienaventuranza, de los que mueren en Cristo, etc.

Una hora completa estuvo el médico oyéndome sin pestañear. Cuando terminé se inclinó hacia mí y dijo:

—Yo le doy rendidas gracias por su bondad. Comprendo que sólo he oído lo más esencial de su doctrina, y por ello vislumbro un fin muy noble y excelente que puede el hombre alcanzar más allá de la tumba. Yo estoy en este mundo para prepararme a una manera de ser muy superior en el otro. Yo he llegado a ser lo que soy, pero nunca dejaré de existir. Esto supone responsabilidad; y si yo soy responsable ha de ser ante Alguien que es mayor en dignidad que yo. ¡¡Oh, cuán agradecido le estoy!! Usted me ha mostrado un camino que yo puedo seguir y debo seguir y quiero seguir, camino que me señala un fin que yo desconocía, y veo a mi niño en ese destino que también a mí me espera.

Fujiyama al fondo

Fujiyama al fondo

¡Cuánto me alegré de oír estas palabras! Aquí obraba la gracia de un modo maravilloso, y yo rogué al Espíritu Santo que terminase su obra.

Pero todavía me esperaba una sorpresa mayor. Apenas terminó el médico de hablar cuando dando dos palmadas y llamando por su nombre a su mujer, apareció ésta a la puerta del aposento arrodillada, esperando la orden de su marido, que le dijo:

—Ven a mi lado.

Ella obedeció admirada, sentándose a su lado, preguntando:

—¿Qué se ofrece?

—Se ofrece —dijo él— que deseo comunicarte una cosa: tú sabes que nosotros no teníamos hasta ahora religión ninguna. Yo mismo creía que religión y alma eran cosas de las que no debía preocuparse un hombre culto. Pero al morir nuestro hijo toda esta oscuridad desaparece. El miedo de perder para siempre a mi hijo casi me ha llevado a la desesperación. Contra ello se rebelaba toda mi naturaleza. ¿Para qué tengo sino mi entendimiento si sólo me ofrece oscuridad sobre lo que tanto he amado y lo he perdido irremisiblemente? He recorrido todos los templos de Buda buscando luz y consuelo, pero inútilmente. Por suerte he encontrado a este sacerdote católico que me ha iluminado y consolado extraordinariamente. Por eso es que he decidido estudiar el cristianismo y abrazarlo, comenzando una nueva vida.

Cuando oyó esto la mujer dejó caer la cabeza sobre el pecho y vimos correr abundantes lágrimas por sus mejillas y sus trémulas manos.

Admirado la contemplaba el médico, y preguntó:

—¿Sientes quizá tú aversión contra el cristianismo?

—Oh no, mis lágrimas son lágrimas de alegría.

—¿Cómo es eso?

—Óyeme. Cuando yo era joven frecuentaba el colegio de las Hermanas de Yoko-hama. Constantemente veía yo la vida de sacrificio y renunciamiento de estas religiosas y también su felicidad y alegría, por eso decidí estudiar su religión. Cuando yo ya estaba preparada para recibir el Bautismo me lo impidieron resueltamente mis padres.

La Madre Superiora me consoló cuando me despedía de ella diciéndome: «Permanece siempre buena y no des motivo de queja a tus padres. No dejes nunca la oración y Dios llenará seguramente tu deseo.» Así lo he hecho hasta ahora, pero no he tenido nunca el valor de comunicarte el deseo de mi corazón. Ahora veo que mi hijo está en el cielo y apoya mi deseo ante Dios. Pues te comunico que yo antes de morir el niño le he bautizado.

El médico y yo nos miramos sorprendidos ante semejante noticia y confesión. Con cierto miedo miraba yo la expresión del rostro de él, por si la mujer se hubiese precipitado en darle semejante noticia. Fueron momentos de inquietud y de silencio. Por fin apartó él la vista de su mujer para dirigirla a mí y como leyendo mi preocupación dijo sonriendo:

—Ahora veo yo que la oración siempre es escuchada y nunca carece de valor, pues hay un Dios que la oye. Yo creo en Dios y su providencia sobre nosotros.

Por la traducción, Fr. Lorenzo Cervera, ofm

A san Juan Bosco

Con su franca sonrisa acogedora
Dom Bosco atrae muchos rapazuelos,
les enseña el camino de los cielos
y el amor de María Auxiliadora...

Es dulce su virtud y arrolladora
su inmensa caridad... Son sus anhelos
salvar con el afán de sus desvelos
la pobre humanidad, que sufre y llora...

Humilde y pobre, compasivo y bueno,
este gran, adalid del Nazareno
a todos nos infunde amor y paz...

Y desde el pedestal de su ventura
nos repite con plácida ternura:
«Dadme almas; llevaos lo demás...»

Jesús Galbis

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