Índice del número 324

Febrero de 1956. Año 30. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

El gran mandamiento

Ya lo sabéis, caros lectores, el gran mandamiento de Jesucristo, el precepto del Nuevo y eterno Testamento, es el del amor; pero los hombres vivimos tan alejados de los caminos de la verdadera caridad que nunca se insistirá bastante sobre el tema. para estimular un retorno universal de todas las almas a, los dulces y luminosos senderos del amor cristiano.

Este es mi precepto, les dice Jesús a los apóstoles en la noche de su última cena: "Que os améis los unos a los otros como Yo os he amado...»

Unas horas después rubricaba el divino Cordero con su Sangre preciosísima, sobre el ara de la Cruz, este precepto para ratificar solemnemente lo que poco antes había dicho a sus discípulos: «Nadie tiene mayor caridad que aquel que da su vida por sus amigos.»

Cierto ¡es que entregarnos al amor con la plenitud de la generosidad que Jesucristo nos manda requiere a veces renunciamientos sublimes, sacrificios heroicos, desgarraduras tremendas de nuestro desmesurado egoísmo; pero también es verdad que nada hay comparable a las delicias de la divina caridad, que nos hace semejantes a Dios...

Felices de nosotros si nos dejáramos arrebatar por la caridad de Cristo, como San Pablo, su más valiente y fogoso adalid como N. S. P. San Francisco, su más fiel imitador y perfecto dechado...

Pero, por otra parte, es el mismo San Pablo quien con sus palabras, tan precisas y tan bellas, nos asegura que si no tenemos caridad de nada nos valdrá todo lo demás, por muchas y muy grandes que sean nuestras obras y nuestros méritos en cualquier otro sentido.

Así que, amigos queridos, a amarnos tocan, no de cualquier manera, sino como Jesucristo nos ha amado, si queremos dar feliz cumplimiento a lo que El nos manda y ratificar con las obras nuestra fe de cristianos.
Pidámosle a nuestro divino y amable Redentor el don preciosísimo de su santa caridad al acercarnos al Calvario en estos días conmemorativos de su Pasión y Muerte; y quiera el buen Jesús que nuestras almas queden para siempre abrasadas con ese fuego del amor que El vino a traer a la tierra v que no desea sino que arda...

Los unos y los otros

Acerca de la vida

De Píndaro es aquello de «La vida es el sueño de una sombra». Lo admirable de la frase no es ella misma, ni la sugestión que imprime su expresividad, sino el cómo pudo lograrla el poeta heleno, cómo la vivía él, porque sentirla como un sueño (tan frágil, tan impersonal, tan irresponsable como las horas de sueño) es amortajarse en vida y renunciar a la vida. ¿Cabe que dijera esto por lo sensacional del "sueño de sombra"?
Y entonces..., salvando su mejor intención, nos quedaríamos con la frase.

No es menos afortunada la frase de Sócrates: «El hombre que no piensa sino en vivir, no vive.» Para mí es de las que hacen época con ese abrillantado fulgor de la antítesis que revuelve a uno sobre sí mismo y obliga a repetir la frase para que deje su jugo, algo así como la fruta que se manosea. Pero no, lectores, ¡que si quieres! Planteada en diferente forma, desdoblada de su curvatura negativa, sería; El hombre que quiera vivir no ha de querer vivir. ¿Su jugo? Que la vida es un hecho primario y circunstanciado al que es inútil forzar para vivir más.

Séneca: "Trabajo es comenzar la vida cuando ella se acaba." Sabia es esta frase, como de sabio era el que la pronunció. Si se tratara de un cristiano no tendría el mayor interés, porque sobre el hecho de experiencia de que la vida es limitada se superpone la garantía de la fe, que la define pasadizo para la eterna. Pero Séneca ya dijo lo suyo.

Y la de Quevedo es frase terapéutica, de seguros resultados para muchos dolientes; óiganla y por esta vez tan sólo (pues les delataría como infractor del derecho privado), cópienla para tenerla más a mano: "El que quiera en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos."

Lo que ustedes quisieran saber es el por qué, pero eso ya no tendría gracia. Ya es bastante con que detecte un buen remedio, porque pudo muy bien ser el resultado de muchos disgustos.

Por lo de frase tan sólo y no como granito de filosofía, vaya la frase de Ros de Olano: «La vida es una enfermedad mortal.»

Y para que se animen a vivir, pero sin prisa, porque para «vivir» no hace falta querer vivir, oigan a La Bruyére: «Los más de los hombres emplean media vida en prepararse la infelicidad de la otra media.» Si no se tratara de sujeto tan serio y grave como el referido pensaría que era frase de folletín y para esos recetarios de revistas mal trazadas, con la que se caricaturiza el matrimonio y se le quiere hacer risible. No siendo así, y no lo creo de La Bruyére, adivinen ustedes lo que es.

Y de cara a una misma perspectiva de la vida humana, elijan las desiguales, pero las semejantes frases: «Menos trabajo hay en vivir bien que mal», de Quintiliano.

«Debe desear vivir todo hombre para saber; y saber para bien vivir», de Alemán.

«Ni vive más el que más vive, sino el que mejor vive; porque no mide el tiempo la vida, sino el empleo», de Saavedra Fajardo.

«La mejor vida no es la más larga, sino la mejor en buenas acciones», de Waller.

Me congratulo de haber podido ofrecer este último ramillete, porque como nos proponemos con la mejor voluntad oír a los «unos... y a los otros», no siempre se logra ponerse de acuerdo y se obliga a exponerse en la elección.

Por hoy puedo asegurarme que mis lectores serán ganados por la fuerza, de este último haz de frases, dignas y expresivas.

Y entonces podremos estar de acuerdo en algo respecto a la vida humana, como sería, que ante todo la vida es para vivirla bien.

Fr. David Cervera, ofm

La muerte de Jesús

Ninguna religión, ninguna filosofía puede presentar un espécimen que se aproxime a Jesús. Esos sencillos relatos que se llaman los Evangelios, escritos por hombres rústicos y sin pretensiones literarias, nos lo presentan de cuerpo entero. La pintura que de El nos ofrecen está hecha a brochazos, y es preciso colocarse a distancia para poder percibir de lleno la figura gigantesca del Maestro. Y quienquiera que, libre de prejuicios, lea esas páginas escritas en el lenguaje simple y sin retoques de la verdad no podrá por menos que exclamar, doblada la rodilla e inclinada la frente hasta el polvo de la tierra «¡Quien así vivió y murió no pudo ser simplemente un hombre; lo que hizo Cristo sólo pudo haberlo hecho un Dios!»

El mundo romano se encontraba en plena decadencia moral y con él todos los pueblos sometidos a su yugo. El politeísmo con todos sus absurdos, la esclavitud hasta el extremo de admitirse que el hombre libre era de distinta especie que el esclavo, el envilecimiento de la mujer, el culto de la fuerza, el desconocimiento de los más elementales derechos para el vencido, las aberraciones más grandes en el terreno de las costumbres, todo hacía que la humanidad hubiese llegado al extremo de la más abyecta decadencia.

Había un pueblo, el judío, que, aunque sometido a Roma, conservaba el monoteísmo y con él un acervo de preceptos morales que lo distinguían de todos los demás, Pero ¡en qué estado de corrupción se encontraba también el pueblo de Dios!

Un sacerdocio intolerante y engreído, una magistratura venal y prevaricadora, fariseos egoístas e hipócritas, escribas ensoberbecidos, saduceos descreídos y una plebe taimada y brutal, corroída por la avaricia, la ignorancia y el orgullo de ser ellos la porción elegida del Señor.

Y en medio de esta podredumbre moral nació Jesús.

Y en aquel mundo en que habían desaparecido los valores todos del espíritu levantó un día su voz y dijo de esta manera:

El hombre que así se expresaba, subvirtiendo todos los valores morales de su época, forzosamente tenía que ser considerado como un perturbador del orden establecido; la reacción contra El no se hizo esperar, una reacción solapada, capciosa, reptante.

Un día le envían los fariseos a unos herodianos; quienes, confundidos entre sus discípulos, le dicen hipócritamente:

—Maestro, sabemos que eres recto y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad pura. Esto supuesto, dinos ¿es o no es lícito pagar el tributo al César?

El lazo estaba bien tendido si contestaba afirmativamente, lo desprestigiarían ante el pueblo presentándolo como enemigo de su independencia, ya que pagar el impuesto era reconocer la usurpación. Si decía que no, le acusarían ante los romanos como instigador de la plebe contra la autoridad constituida.

—¿Por qué me tentáis, hipócritas? —les contestó Jesús—. Enseñadme la moneda con qué se paga el tributo.

La moneda corriente en Judea era la romana, y ellos le mostraron un denario.

—¿De quién es esta imagen y cuya esta inscripción?—, les preguntó.

—Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Esta prudente respuesta los dejó atónitos y llenos de confusión; no la esperaban, y mohínos y cabizbajos se retiraron al acecho de otra oportunidad para insistir.

Jesús y la samaritanaUna mujer acababa de ser sorprendida en un delito que según las leyes del país merece una pena horrible la muerte por lapidación. Los enemigos de Jesús se la presentan para que la juzgue. Arduo es el problema si ordena que se cumpla la ley será acusado de crueldad y todo su prestigio basado en la dulzura de sus doctrinas y en la mansedumbre de sus actos se vendrá abajo como un castillo de naipes. Si, por el contrario, decide que no se le aplique, la pena, como burlador de tía ley y enemigo de la tradición. Jesús no cae ni en uno ni en otro extremo. «Aquél de vosotros que estuviese sin pecado que le arroje la primera piedra», fue la sabia contestación a tan insidiosa pregunta. Y como todos se retiraran, Jesús pregunta a la mujer:

—¿Dónde están los que te condenaban?

—Se han ido, Señor.

—Pues bien, yo tampoco te condenaré. Vete y no vuelvas a pecar.

Pero la suerte de Jesús estaba echada. El hombre que predicaba una doctrina tan opuesta a las costumbres de aquella sociedad depravada, el que con la austeridad de su vida era un reproche mudo a la corrupción ambiente, el que había desenmascarado a los sacerdotes soberbios, a los jueces venales, a los fariseos hipócritas y a los farsantes de toda laya que vivían encaramados en las gradas del templo, tenía que morir y no con una muerte cualquiera, sino en el más afrentoso de los suplicios, aunque para ello tuvieran que inclinar las duras cervices ante los aborrecidos romanos.

No faltó el «entregador». Esta vez lo fue Judas el Iscariote, uno de los discípulos más allegados a Jesús, pues pertenecía al grupo de los «doce». Treinta miserables monedas de plata, sacadas del tesoro del templo, fueron, tras largos regateos, el precio de la traición. ¡En qué pobre concepto debía tener aquel desdichado al Maestro!

Rodeado por la turbamulta de los que habían ido a prenderle, Jesús es conducido a la presencia del Sumo Pontífice de los judíos, quien dada la urgencia del caso se digna abrir tribunal a horas avanzadas de la noche.

Anás le interroga acerca de su doctrina.

—Yo he predicado delante de todo el mundo —contesta Jesús—. Siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo a donde concurren todos los judíos y nada he hablado en secreto. ¿Qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído lo que yo les he enseñado, pues esos saben lo que haya dicho yo.

Y entonces uno de los criados de Anás, con el servilismo propio de los de su condición, le dio una bofetada, diciendo:

—Del César.

—¿Así respondes al Pontífice?

Jesús no se inmuta por la afrenta. Se vuelve al ruin y clavando en él sus ojos plenos de dulzura le reprocha con suavidad:

—Si he hablado mal manifiesta lo malo que he dicho, pero si bien, ¿por qué me hieres?

¡Desdichado el pueblo que tenía a su cabeza un magistrado de la categoría de Anás!

Este fue el principio del drama cumbre de la historia, la epopeya sublime de la Redención.

Drama de dolor, de abnegación, de sacrificio. Epopeya del amor más grande que ha conocido la humanidad, ya que, como el mismo Cristo dijo «No hay amor más grande que el dar la vida por aquellos a quienes amamos».

No hubo dolor que no sufriera, desde el dolor físico de sentir su cuerpo flagelado, A su cabeza traspasada por durísimas espinas, sus miembros perforados, hasta el moral de ver lo inútil que para muchos había de ser su sacrificio. ¡Ah el dolor de la crucifixión, el tormento más cruel que el hombre ha inventado para saciar sus instintos de fiera! ¡Ah el dolor de la ingratitud, que sólo aquellos que han amado mucho, como Jesús, tienen capacidad para sentir en toda su amplitud! ¿Cuál de ellos es el mayor? ¿Cuál de ellos ahondó más en el alma del Maestro? Sólo un espíritu dotado de sensibilidad muy delicada podría dar la respuesta, pero no podemos dudar que la ingratitud desgarra el alma más hondamente que el dolor físico por intenso, por lacerante que éste sea.

Y cuando sentía próxima la muerte, cuando su cuerpo se extremecía en los espasmos de la agonía, cuando sus heridas se dilataban con el peso del cuerpo, y sus músculos se desgarraban, y la sed atenaceaba sus fauces, y la vista se le nublaba, aun encontró fuerzas para alzar la cabeza y dirigir al cielo una mirada suplicante mientras brotaba de sus labios aquel ruego sublime:

—Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.

Rousseau, que nada tenía de piadoso, escribió un día al comparar la muerte de Sócrates con la de Jesús:

«Si el fin de Sócrates es el de un justo, la muerte de Cristo es la de un Dios.»

A. Llamera del Rey