Santuario de la Virgen del Castillo de Cullera
Hermosa imagen de San Antonio de Padua, con los devotos consortes don Romualdo Grau Ferrer y doña Patrocinio Grau Colubi que la han costeado (el Niño Jesús y el angelito son retrato de dos nietecitos).

Habiendo vuelto a este santuario, en 1944, los religiosos franciscanos, empezaron, con la ayuda de todos los del pueblo, la restauración de altares, imágenes y la construcción de una capilla de Comunión con su precioso Sagrario. Entonces los devotos de San Antonio antes citados ofrecieron regalar la imagen por su cuenta. En el día 3 de julio de 1956 se celebró la bendición, que si no fue con la alegría y solemnidad que se preparaba por el luto del hijo mayor, sin embargo, estuvo hermoseada con lágrimas de cariño y devoción al Santo.
Los religiosos franciscanos les dan sinceramente las gracias por este valioso regalo al santuario y piden la protección del cielo en todos los asuntos de esta familia y a la vez ofrecen sus oraciones por el eterno descanso del consorte don Romualdo Grau Ferrer, que pocos días ha dejó la presente vida. El Santo de los Milagros, que tanto protege a sus devotos, habrá llevado su alma a la gloria. Así sea.
Lejano recuerdo
He cumplido ya los noventa y cinco años... La edad permite ver lejos y comparar ¡o que fue el pasado con lo que ha llegado a ser el presente. Es entonces posible hacerse una idea acerca de la fragilidad o de la importancia de un acontecimiento. El tiempo es un gran mensurador.
Si se aplica esta indicación al hecho de Lourdes, uno se sorprende del largo camino hecho por los espíritus leales acerca de las Apariciones de la Santa Virgen en nuestra tierra de Francia.
El año 1958 verá millones de peregrinos yendo a Lourdes desde todos los puntos del globo para celebrar el centésimo aniversario de dichas Apariciones. Las fiestas serán espléndidas. Los predicadores más reputados hablarán y en todas las lenguas glorificarán a la Virgen. ¡Será algo viviente, magnífico, triunfal!...
Qué contraste con el Lourdes tan humilde que yo conocí en otro tiempo. Es lo que deseo destacar hoy, el largo camino recorrido.
* * *
Era a principios de 1889. Yo acababa de ser nombrado Vicario en Clichy-la-Rouge. De salud endeble, escupiendo sangre, yo era mirado con ironía por los habitantes, trabajados a fondo por el comunismo. Decían:
—Ese cura... viene para la calle «des Cailloux»...
Esta calle era la del cementerio... La atmósfera anticlerical va acentuándose en esta parroquia, que fue la de San Vicente de Paúl. Donde todo el mundo practicaba entonces, el sacerdote era ahora insultado, aún por los niños.
Mi cura Párroco, poco contento de que se le haya enviado un Vicario tan débil, me recibe fríamente. Sin embargo, poco a poco se ablanda hasta el punto de enviarme a Lourdes con la Peregrinación Nacional. Imaginaos el placer con que yo acepté.
Era, creo, en 1892. Yo comenzaba ya a escribir algunos artículos bajo la dirección de aquel periodista de raza que fue el P. Vincent de Paúl Bailly. En la estación, a la salida del tren, ¡una sorpresa! Reconozco la silueta de Emile Zola.
¡No es posible!... ¡El autor de L'Assommoir entre los peregrinos de Lourdes!... ¡Esto sí que es novedoso!... Tomo aparte a uno de los directores de la peregrinación y, mostrándole a un señor de anteojos, muy rodeado, le pregunto:
—¿Es Emile Zola?
—El mismo.
—¿Y va a Lourdes?
—Evidentemente.
—¿A convertirse?
—Con la Virgen ¡todo es posible! Pero, sobre todo, quiere ir a ver... hablar con los enfermos... presenciar milagros. Luego desea escribir un libro.
Enterado, subo a mi compartimiento.
* * *
Al día siguiente, por la tarde, estoy en la Oficina de comprobaciones médicas. No se parecía en nada a la oficina de hoy. Era simplemente una casa sin ningún confort. Un tabique había sido derribado para hacer una gran habitación.
El Presidente doctor Boissarie recibe cortésmente a todos sus colegas. La mayor parte de ellos, no creyentes. Ante ellos, Emile Zola.
De pronto se produce un movimiento en la sala... Es la primera enferma que llega curada en 1891. Compadecía desde el fondo de mi corazón a aquella pobrecita: muy jovencita —apenas si tenía catorce años—, ojos azules, cara abierta e inteligente, bajo unos cabellos rubios que se obstinaban en poner una aureola de oro alrededor de su pequeña toca blanca de campesina. Se llama Clementina Trouvé, creo...
Explica su caso... Cuenta su historia con voz conmovida, y dice tener su talón completamente podrido, por lo cual no podía andar. Confiesa ingenuamente las miradas de envidia que lanzaba a sus compañeras más favorecidas que ella por la Providencia y la ferviente oración que hacía a la Santísima Virgen para que un día ella también pudiera ponerse sus botines para ir a misa.
Al marcharse de su casa había cogido muchas vendas, pero su infección supuraba tanto que tuvo que emplear el primer día todo lo que había llevado. Y sonriendo, nos dijo que Nuestra Señora de Lourdes había tenido la delicadeza de curarla el primer día... porque de lo contrario los vendajes hubieran llegado a faltarle.
Los médicos parecen endurecerse contra el milagro. Apretaban, masajeaban, pellizcaban la pierna curada.
—¡Me hacéis daño!—, se quejaba la joven.
—Señal de que no os halláis curada...
—No, porque si me pellizcarais la otra pierna sería igual...
* * *
Yo observaba a Zola. Me parecía muy conmovido. Yo le vi dos veces secar sus lentes, como si la alegría de la joven le hubiera hecho subir las lágrimas a los ojos.
Los médicos conferenciaban entre ellos. Zola se dirige al doctor Boissarie:
—Es de lamentar que el doctor Doyen, o el doctor Poirier, u otros médicos eminentes no se hallen aquí para apreciar este hecho.
—Pero si ellos quieren venir —responde el doctor Boissarie— la Oficina de comprobaciones se halla siempre abierta.
* * *
Esta es la escena que ha quedado grabada en mi memoria de joven sacerdote y que hoy, a más de medio siglo de distancia, trato de reconstruir en toda su integridad. Porque en medio de otros milagros, el de la señora Lebranchu, por ejemplo, aquel pasó desapercibido.
En mi ingenuo candor yo estaba entonces convencido que Zola era sincero y que si hubiera escrito inmediatamente su libro, después de su contacto con el milagro, ese libro hubiera sido completamente distinto de lo que fue Pero no era sincero... ¿Tal vez no podía serlo por causa de sus amigos?...
Lo demostró particularmente en el milagro de Marie Lebranchu, la Grivotte, donde, a sabiendas, falsificó la verdad. Como el doctor Boissarie le reprochara la mentira de su relato, Zola le envió esta respuesta sorprendente:
—«Doctor, he hecho una novela. Yo soy el dueño absoluto de mis personajes. Yo puedo, a mi gusto, hacerlos vivir o morir. ¡La señora Lebranchu no tiene motivos para quejarse, puesto que está curada!...»
Zola la había representado volviendo a París agonizante, para morir muy pronto en el hospital... (1).
* * *
Hoy una clasificación de ese estilo sería imposible. Para evitarlo se ha constituido un gran Comité Internacional cuya finalidad es estudiar y controlar la verdad de cada caso presentado como milagroso.
Nosotros, cristianos, emprendamos el vuelo...
Despojémonos de todas estas contingencias de la razón.
Estas son necesarias para la discusión con los que no creen o con aquellos que tratan de hacer perder la fe a los demás.
Nosotros, que creemos..., que sabemos que el corazón tiene razones que la razón no entiende..., amemos simplemente a la Virgen que ha venido.
Admiremos la Providencia que deja a un lado a las potencias de la tierra y elige a los pequeños, a los humildes, a los puros... a las Genovevas... las Juanas de Arco... las Bernadette... los niños de la Salette... las Teresitas... los niños de Fátima...
¡Qué Magníficat viviente toda esta historia de la Iglesia!...
Depósuit poténtes de sede et exaltávit húmiles.
Que en este aniversario de un siglo de milagros la Virgen nos dé otro aún más brillante: el de detener a las naciones que abusando de la ciencia se miran con odio, prestas a aniquilarse.
Que Ella recuerde a todos los humanos que no hay sino un mandamiento: Amarás a tu Dios y a tu prójimo...
Y que fuera de este amor, todo es vanidad y miseria...
Pierre L'Ermite
(1) El novelista Emile Zola (nació el 12 de abril de 1840 y murió el 29 de septiembre de 1902) se sintió muy conmovido por todo lo que vio en Lourdes en 1892. El hijo del doctor Boissarie, que ha sido el primer Presidente efectivo de la Oficina Médica, nos contaba muy recientemente algo acerca de él. Recordaba haber visto llorar de emoción a Zola durante la procesión del Santísimo Sacramento ante la fe y el valor de los enfermos.
Zola dijo al doctor Boissarie: «Si viera de pronto surgir una pierna, creería...» Pero Boissarie le contestó: «Aun si viera usted surgir dos, quizá tampoco creería...» La fe no se halla al cabo de un razonamiento, y exige normalmente ciertas disposiciones morales.
En su novela Lourdes, Zola ponía en escena tres enfermas que no se curan; una de ellas (La Grivotte) muere. Así, pues, La Grivotte (Marie Lebranchu, de treinta y cinco años) se curó instantáneamente en la piscina, donde, tuberculosa, Se la veía agonizar; Sofía Couteau (Clementina Trouvé, catorce años) se curó al instante de una osteoperiostitis del pie derecho; Elisa Rouquet (María Lemarchand, dieciocho años) se curó de úlceras en la cara (lupus) y pantorrilla izquierda después de inmersión en la piscina.
P. Luis María Torres Parra, ofm, in memoriam
En la actualidad ejercía el cargo de Secretario Provincial, de tanta responsabilidad y trascendencia.
Nació en Biar (Alicante) el día 5 de agosto de 1901; en 1914, sintiéndose llamado por Dios al estado religioso, en la Orden Franciscana, entró en el Colegio Seráfico de Benisa, donde cursó las Humanidades con notable aprovechamiento. El día 8 de septiembre de 1918, después de pasado el noviciado, hizo su profesión religiosa en el convento de Santo Espíritu del Monte.
En los conventos de Benigánim, Onteniente y Cocentaina cursó la Filosofía y la Teología, y el 1.° de enero de 1925 celebraba solemnemente su primera misa en Biar, su pueblo natal.
A partir de esa fecha su carácter activo, ordenado y tenaz le hizo acreedor a la estima y admiración de cuantos le trataron. Los conventos de Benisa, en donde, entre otros menesteres, fue director de la banda de música del Colegio Seráfico; Teruel, en donde fue profesor y alma del Colegio, director de música de los niños y encargado de la Juventud Antoniana; Carcagente, en donde fue Guardián y Rector del Colegio, y Valencia, en donde desempeñó varios cargos, en el transcurso de sus treinta y un años de sacerdocio, guardan grato recuerdo de su actuación.
Los Superiores le confiaron cargos de responsabilidad, tales como Superior del convento de Valencia, Delegado Provincial de la Tercera Orden Franciscana, Definidor Provincial y Secretario de Provincia. El Centro Instructivo Antoniano, con las Asociaciones Antonianas de San Lorenzo, le deben los años de su mayor esplendor.
El día 13 de octubre, a las siete y media de la tarde, un ataque al corazón cortó su preciosa vida al mundo y la trasplantó al cielo.
Descanse en paz nuestro Hermano. Y mientras damos nuestro sentido pésame a sus familiares, especialmente a su hermano el P. Pacífico Torres, O. F. M., pedimos a los lectores de La Acción Antoniana una oración en caridad por el alma de quien consagró su vida al servicio de Dios en la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón.
R. I. P.
Cuento de Nochebuena
La campana del bosque
Había nevado mucho y el bosque estaba inmensamente blanco. Luego se marcharon ligeras las nubes, y las estrellas parecían los últimos copos en el aire, fríos y brillantes. De todas las casitas de la aldea salía una columna de humo oscuro y un rayo de luz por las ventanitas. En todas ardía el fuego, y en torno las familias de los leñadores hablaban de lo mismo, mientras tomaban la cena caliente de Nochebuena: aquella noche no habría «campana», es decir, que la vieja campana de la torre no echaría a volar por el bosque blanco su canto de Navidad a las doce..., y las cigüeñas no podrían dirigir su ruta hacia la iglesia...
Porque hacía ya muchos años (los más viejos ya lo habían oído contar a sus abuelos) cada año la noche de Navidad, exactamente a las doce, en el momento en que nació Jesús, la campana volteaba su gloria, que resonando en el silencio nocturno de los barrancos y de los bosques, daba la señal a las cigüeñas. Entonces de todos los rincones del bosque, de todos los árboles, dejaban ellas sus nidos, y con nieve o con luna y estrellas marchaban hacia la aldea llevando en su pico una ramita tierna. Entraban en silencio por los ventanales de la iglesia y dejaban una a una su carga en la cuna del Niño, hasta hacerle un nido, un perfecto y abrigado nido de cigüeñas, caliente y blando. Cómo empezó esta costumbre tal vez os lo cuente otro día.
En el pueblecíto era algo que siempre había ocurrido como la cosa más natural, de modo que unas Navidades sin la campana y las cigüeñas serían tristes como una Navidad sin hogar, o un hogar sin pan y sin calor.
Pues bien, lo que nunca había pasado pasaría sin duda aquella vez. La gran borrasca de nieve de los últimos días había acabado por hundir aquella misma tarde el empinado tejadillo de la torre, desgarrando al caer parte del muro musgoso y cegando con nieve y piedras la escalerilla de madera. Los hombres acudieron pronto al remedio, pero aquella noche era ya imposible la reparación. No podría sonar la campana y no vendrían las cigüeñas...
Todos hablaban bajito y sin mirarse, como cuando hay un enfermo muy grave en casa. Los niños tenían ganas de llorar y los mayores se quedaban pensativos ante la cena caliente sin probar...
Llegaba la hora de la misa del Gallo. Las puertecitas se iban abriendo y salían las familias con sus grandes faroles amarillos, camino de la iglesia, por encima de un sendero de nieve. Todos, infaliblemente, levantaban los ojos hacia la torre en cuanto llegaban a la plaza: allí estaba truncada, árbol herido y desmochado, con grandes bloques de piedra cubiertos de nieve y a punto de caer... Los pobres aldeanos entraban en la iglesia, ornada, iluminada para la misa de Navidad. Pero los cirios tenían un color pálido, como en los funerales. Los monaguillos andaban de puntillas y no hablaban.
Llegaba la hora. Todas las lucecitas del pueblo se han apagado. Sólo por los ventanales de la iglesia abiertos como otros años —aunque esta vez inútilmente— sale una claridad rojiza y tibia. Todo el pueblo está en misa.
Fuera gruñe el viento, se arrastra por los tejados, arranca carámbanos de nieve helada y va empujando en remolinos el polvillo gélido de harina fría. Los pajarillos, en la torre, desde su nido, acurrucados y juntitos para calentarse, vieron entrar la última familia en la iglesia. Ellos también estaban muy tristes. Levantaban sus piquitos hacia la campana inmóvil. ¿Quién podría mover aquel badajo de hierro? Luego miraban otra vez al pueblecito: los tejados enfundados en espesas mantas de lana blanca..., las conocidas chimeneas con su negro túnel, las callejuelas blanquísimas, el camino hacia el bosque inmenso... ¿Y no podría ir algún gorrión volando, volando, hasta encontrar el primer nido de cigüeñas y avisarlas de que había llegado la Nochebuena, que eran casi las doce, que la campana no sonaría...? ¡Imposible! No podría volar tanta distancia, caería en la nieve muerto de frío sin conseguir nada... ¡Pero había que hacer algo...! Con el corazón lleno de inquietud un gorrión saltó del nido... ¡Qué frío hacía!... Revoloteó un instante y se acercó a la campana húmeda, oscura...
Hasta allí llegaban los ecos de la iglesia cuando callaba el viento; estaban cantando los Kyries. Muy pronto llegaría el «Gloria», un «Gloria» callado, como el grito imponente de un niño perdido entre montañas...
Y allí en los bosques algunas cigüeñas antiguas, las que tantas veces habían repetido aquel viaje navideño, presentían vagamente que era aquella la Nochebuena, y el curso de los astros estaba casi señalando la media noche... Todo estaba preparado para el vuelo: tenían en el pico sus hebras blandas finas más que algodón. Las cigüeñas jóvenes que aun no habían hecho nunca aquel viaje preguntaban a sus padres cómo era el Niño, si no lloraba al verlas acercarse con sus largos picos, si las aves nocturnas de rapiña no les habían atacado nunca...
Eran las doce en punto... Y en el bosque había un silencio mortal. Las cigüeñas sentían una angustia inexplicable... El cielo era blanco de estrellas, frío como si también estuviera nevado de luces...
En la iglesia de la aldea comenzaba el «Gloria»... Los niños y los mayores lloraban...
Gloria in excelsis Deo...
En esto sonoras, claras, más triunfales que nunca comenzaban a sonar las campanadas en la torre... Hubo un grito alborozado en el templo... Y el sonido corría como la luz sobre las copas nevadas de los árboles, y en cada nido de cigüeñas se levantaba un rumor de alas rumbo a la aldea...
De todo el bosque iban saliendo cigüeñas y más cigüeñas, blancas como la nieve, lentas y seguras como el curso de los astros...
La campana seguía dando sus campanadas. Las últimas fueron tan débiles que casi ni las oían los vecinos gorriones de la torre, extrañamente alborozados también ante aquel caso inesperado... Aunque estaban inquietos; ¿por qué no volvía aquel curioso y atrevido gorrión que había salido del nido...?
... Ya llegaban las cigüeñas, rozaban los salientes de la nieve con sus alas y entraban en la iglesia llevando el aroma fresco de los bosques y su ofrenda al Niño.
¡Gracias a Dios, en aquella milagrosa Nochebuena habían sonado también las campanadas!
¿Fue tal vez un ángel... o una estrella errante que golpeó el bronce de la campana...? Eso era lo menos. Había sonado la campana, habían venido las cigüeñas como siempre...
Se acabó la misa. Las cigüeñas estaban de regreso en sus nidos. Los gorriones veían salir de la iglesia a los aldeanos: todos hablaban y reían iluminados tenuemente por sus grandes faroles. Las luces se iban encendiendo en las ventanitas de las casas. Los niños no tenían ganas de dormir y preguntaban tenazmente a sus padres quién había tocado la campana...
Una hora después se habían extinguido en el pueblo todas las luces. Sólo quedaba ardiendo la lucecita del Sagrario iluminando el nido de cigüeñas del Niño Jesús.
Y el gorrión imprudente aun no había regresado a su nido... ¿Se habría extraviado..., habría muerto de frío...? La inquietud aumentaba. Convenía averiguar algo, ayudarle si era preciso... Y tres gorriones saltaron de su hogar caliente.
Un poco arriba, muy cerca, bajo la campana, estaba tendido, yerto, un hermoso gorrión sobre un reguero helado de gotitas de sangre... Al instante comprendieron los tres lo que había pasado: su hermano había sacrificado la vida por la Nochebuena.
Cuando vio el gorrión que todo estaba perdido y que empezaba el «Gloria» silencioso, pensó en hacer mover el badajo pendular de la campana. Era la última solución posible. Y con su frágil cuerpecito se precipitó sobre el hierro del péndulo. Al golpe cayó aturdido, dislocada un ala, con un calor doloroso por todo su cuerpo. Pero el badajo oscilaba libremente, aunque sin alcanzar el bronce. Era preciso rápidamente un esfuerzo mayor, más doloroso. Él gorrión se incorporó sobre la nieve helada y repitió el golpe. El péndulo llegó casi al extremo. Una nube rojiza cubría la vista del pajarillo, y menudas gotas de sangre caían desde su piquito y de sus ojos... Un dolor de martillazos casi no le dejaba levantarse. Y aun no había bastante. Se necesitaba un sacrificio todavía más grande. El gorrión comprendió... Al fin, ¿qué valía una pequeña vida de pajarillo ordinario si con ella podía salvar aquella Nochebuena, avisar a las cigüeñas, devolver la alegría a los aldeanos...? ¿La vida de un gorrión no estaba bien empleada a fin de que Jesús tuviera como todos los años su nido de cigüeñas...? Consiguió levantarse, y con toda la furia de que fue capaz se echó contra el péndulo que aun oscilaba... Y esta vez llegó, sí, seguro, claro, al bronce y explotó el sonido de un lado al otro de la campana...
Aunque tal vez ni siquiera llegó a oírlo el gorrión; había caído sin sentido, con los ojos abiertos hacia unas estrellas rojas como cerezas. De su piquito salía un hilo de sangre que se helaba en seguida. Su corazón de pajarito dejó de latir mientras se iba apagando el sonido de la campana y las cigüeñas pasaban volando... Y allí lo encontraron sus compañeros...
La nevada del día siguiente cubrió como una madre, con cuidado exquisito, su cuerpo magullado.
En la aldea nadie supo nunca cómo había sonado la campana. Había sido un milagro...
Y desde entonces todos los años, en la Nochebuena, se cuenta en los hogares del pueblecito el «milagro de la campana del bosque».
P. José L. Mico Buchón, S. J.
Noticias
Roma. Nuevo panteón español. — En el cementerio Verano, el día 9 de noviembre, fue bendecido solemnemente el nuevo mausoleo de los españoles fallecidos en la Ciudad Eterna por el Obispo de Teruel Fr. León Villuendas Polo, O. F. M., que se hallaba en la capital del mundo católico con motivo de la visita ad limina. Asistieron a la ceremonia litúrgica los miembros de las dos Embajadas de España y de la colonia española, bajo la presidencia del Sr. Embajador cerca de la Santa Sede don Francisco Gómez de Llano.
El monumento —del que son autores el arquitecto señor García de Paredes y el escultor señor García Donaire, españoles— está formado por una gran explanada de mármol, limitada por un muro de cemento y piedra; una mesa de altar, de granito negro pulimentado, con un fondo a manera de retablo y una gran reja de hierro forjado; ha merecido el elogio de los técnicos de Roma, que han agradecido esta nueva aportación a la riqueza ornamental de su cementerio.
Dos valencianos honran el hábito franciscano en Zaragoza. — La magnífica sala de exposiciones de la Diputación de Zaragoza, la mejor sala de la ciudad del Pilar, inauguró su temporada de otoño con una interesante muestra de veintisiete óleos del P. Gil Sendra, O. F. M., que mantuvo el prestigio conquistado por esta sala en las temporadas anteriores. Es la segunda exposición que hace el P. Gil. Hace seis años expuso veintiocho cuadros en Valencia, de los cuales se vendieron veinticinco. Esta segunda exposición, patrocinada por el Gobernador civil de Zaragoza D. José Manuel Pardo de Santayana, constituyó también un completo éxito desde su apertura.
El P. Gil es un notable paisajista y retratista: luces, ambiente, reflejos, perspectivas y lejanías, son verdaderos aciertos. Cultiva, además, con acierto y buen gusto el bodegón y las flores; tiene bodegones bien compuestos, ricos de calidades, conseguidos sin esfuerzo aparente, y floreros de espléndido cromatismo. El P. Gil lleva pintados hasta el presente unos ciento cincuenta cuadros; aprendió a pintar en una de las escuelas que dio artistas más gloriosos a España: la de San Carlos, de Valencia.
En el I Salón de Inventores de la Feria de Muestras de Zaragoza fue premiado el P. Alejandro Calbo, O. F. M., que presentó varios de sus inventos:
- 1.°, una llave automática, patentada, para tuercas, con la modalidad de que se abre y se cierra instantáneamente con sólo accionar una tuerca móvil que corre dentro de una canal a lo largo del mango;
- 2.°, unos interruptores eléctricos, patentados también, que por su originalidad, sencillez, economía y larga duración pueden calificarse eternos, no fallan nunca ni jamás se descomponen;
- 3.°, unas sandalias termoeléctricas, patentadas igualmente, que alumbran y calientan los pies aprovechando el peso del cuerpo al andar o el movimiento de los pies al estar sentado; se trata de un invento que puede ser muy útil en las minas por la ausencia de todo peligro.
El P. Calbo lleva en su cabeza privilegiada otros varios inventos más que espera presentar muy pronto Dios mediante.
Peregrinación de l T. O. F. a Lourdes. En el Congreso Nacional de Dirigentes celebrado en Madrid los días 21 y 22 de septiembre, se decidió que la T. O. F. de España acuda en peregrinación a Lourdes el primer domingo de mayo del próximo año 1958, centenario de la aparición.
He aquí el proyecto de la peregrinación valenciana, con la colaboración técnica de Viajes Meliá, por el precio de 1.495 pesetas cada peregrino:
- Viernes día 2 de mayo: Salida de Valencia en autopullman, almuerzo en Teruel, cena y alojamiento en Zaragoza.
- Sábado día 3: Desayuno en Zaragoza, almuerzo en Jaca y cena y alojamiento en Lourdes.
- Domingo día 4: Pensión completa en el hotel. Día libre para asistir a todos los actos junto con todos los terciarios de España.
- Lunes día 5: Desayuno en Lourdes, almuerzo en Canfranc y cena y alojamiento en Zaragoza.
- Martes día 6: Desayuno en Zaragoza, almuerzo en el Monasterio de Piedra y llegada a Valencia por la noche.
De Roma. — Ha llegado el Padre Camilo Jordá después de haber conseguido el diploma de Archivero en la Escuela Vaticana de Archiveros y el grado de Doctor en Misionología en la Pontificia Universidad Gregoriana y ha sido nombrado Secretario Provincial, Comisario Provincial de la Tercera Orden Franciscana y profesor de Misionología en el Instituto Sedes Sapientiae, agregado al Instituto Pontificio de Ciencias Sagradas Regina Mundi, de Roma.
A Roma. — A últimos de septiembre marcharon los PP. Jorge Sanchis y Raimundo Domínguez a ampliar estudios teológicos y escriturísticos en nuestro Ateneo Pontificio Antoniano, y los PP. Antonio Álvarez y Adyuto Chang para graduarse en Pedagogía en el Colegio Internacional de Grottaferrata.
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