Espigas y amapolas

El pan de la Eucaristía

Sueños blancos de hostia pura
las espigas van soñando.
De los altos oteros y del monte
el soplo del Señor baja a los valles;
soplo divino y ardiente
que remueve los trigales,
dormeciendo a las espigas,
tritura de candeales.
Sueño de hostias, sueño de panes
van soñando las espigas,
tritura de candeales.
El soplo del amor del Dios eterno
ha descendido a los valles;
va escogiendo las espigas
para los sagrados panes.
En medio del sol ardiente
mece el aura los trigales,
y las espigas repletas,
heridas del soplo suave
del amor de Eucaristía
que en todos sus granos arde,
se adormecen y se inclinan
soñando sueños de panes,
porque ansían ser las hostias
que al Cuerpo de Dios aguarden.
Sueños blancos de pureza
sueñan todos los trigales,
porque quieren ser las hostias
que Jesús busca en los valles,
Dichosas y felices las espigas
que al Dios de amores le agraden!
En medio del sol ardiente
mece el aura los trigales
y adormecidas las blancas espigas
van soñando ser los panes,
panes de la Eucaristía,
Cuerpo de Dios, Pan de los ángeles,
alimento de las almas,
Hostia pura de divinos candeales.
Sueños dorados y encendidos del amor
tienen los flores del valle,
y sueñan las amapolas
que crecen en los trigales
ser la sangre de Jesús
que vive ardiente en los panes,
en los panes eucarísticos
que de aquel trigo se hacen.
Sueños de dulce armonía
tienen cantando las aves,
que allí fabrican sus nidos
en los dorados trigales,
para que lleguen sus ecos
a la Hostia sagrada de los altares.
Sueñan las frescas fontanas
canciones dulces y suaves,
que al mecerse las espigas
con sus anhelos de panes
contribuyen a la masa
con sus linfas virginales
para dar a la hostia pura
su blancura y claridades.
Sueña la natura toda
la dicha de los trigales,
que de sus blancas espigas
nace el Dios de los altares.
Sueños blancos de hostia pura,
sueños de dorados panes,
panes de la Eucaristía
de los dorados trigales,
que dan Cuerpo al Dios de amores
que reside en los altares.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

a

Donde se vea. Iglesia de Saint-Michel d'Aiguilhe. Se encuentra en Le Puy-en Velay, Francia. Realizada en lo alto de una formación volcánica de 85 metros de alto. (De Nukleoblog)

Donde se vea

Mirad lo que se ordena en nuestras leyes de Indias: «Que la iglesia mayor esté aislada, sin edificios anejos que la estorben. Si se trata de ciudad marítima, el templo ha de levantarse en lugar alto, para que se le vea desde larga distancia, y así los navegantes se alegren con su vista y bendigan la cruz que se alza en el campanario.» Cuánto sabían de las cosas de Dios... y de los hombres nuestros reyes de los tiempos florecidos.

Así, así, la iglesia donde se vea. En una eminencia del terreno desde la cual el templo domine los horizontes y todos le puedan ver, para que les recuerde a Dios. Para que en los trances dé la vida, como por un dichoso instinto, imploren la ayuda del cielo. Para que nunca se borre de su mente la idea de lo sobrenatural.

Primero Dios, porque es muy de lamentar aquello que Fr. Coppée lamentaba: «Empiezan a ser muy pocos los hijos del pueblo que buscan consuelo en la oración». Y se explica. Es que hay muchas cosas en la vida de hoy que no hablan de Dios. Es un desbordamiento de la materia, y hoy el templo del hombre está en la banca. No recuerdo quién dijo que el mundo era una tribu de esclavos. Y tempestades de odio que estallan hacinando cadáveres, convirtiendo en cementerios regiones enteras.

Y es por eso, porque se han olvidado de lo que siempre debían tener a la vista.

Donde se vea. Ah, volvieran los hombres a Dios, entraran en la casa de Dios y se tornaría el mundo habitable. Por instinto, cuando el corazón busca alivio se va a tiempos que ya fueron, en los que se veía bien la iglesia desde todas partes, desde el centro de gobierno, de las ciencias, de las artes, del hogar. Recorriendo hace unos días las andanas de una biblioteca copiosa, cuánto libro..., al fin en un rincón unos libritos de religión. (Parecía como si estuvieran avergonzados). Y sin embargo, es la asignatura principal, la que sanea y orienta la vida. Hazañas de santos que pasaron por la vida tremolando el estandarte de la virtud; es Agustín de Hipona cantando el himno de la verdad hallada; es Crisóstomo de Constantinopla vertiendo raudales de elocuencia desde el púlpito de Santa Sofía; es Gregorio VII deteniendo la audacia de Enrique IV ante los muros de Canosa; es Vicente de Paúl aromando con el perfume de sus virtudes la corte de Francia; es Teresa de Jesús que desde su castillo enfervoriza a España entera con lenguaje de ángeles.

Y es nuestro mundo literario clásico, cuando los hombres escribían galanuras bajo el signo de la fe. Y me llaman las estrofas rozagantes de Fr. Luis de León cantando la noche serena, y los períodos rotundos y opulentos de Fr. Luis de Granada diciendo las dulzuras de la oración, y Fr. Juan de los Ángeles dialogando del Amor divino, y Ribadeneira descubriendo los beneficios de la tribulación, y las perfumadas con perfume de cantar de cantares, estrofas inefables del fraile carmelitano. Y si entro en el teatro, oigo al Alcalde de Zalamea dando una lección suprema de vida al proclamar muy alto que la hacienda y la vida para el rey, el honor para el alma y el alma para Dios. O escucho líricas inflamadas diciendo del Amor de los amores, disfrazado bajo las especies eucarísticas, en aquellos autos que son honor de las letras españolas. Y aun si me vierto hacia los novelistas, si sigo un trecho al Hidalgo por las llanuras de La Mancha, al fin le veo al bueno de Alonso Quijano muriendo como buen cristiano.

Con cuánta complacencia leo en la historia de Hernán Cortés, escrita por mi compaisano Bernal Díaz del Castillo, que cuando el conquistador entraba en una ciudad lo primero que hacía era derribar los ídolos, mandar se limpiara el templo y que se pusiera la imagen de Santa María. Con cuánta complacencia asisto en fantasía a aquella escena emocionante: Vasco Núñez de Balboa, tomando posesión del Pacífico, metido en el agua hasta las rodillas, en una mano el crucifijo y en la otra el pendón de Castilla, tomando posesión, digo, en nombre de Dios y del emperador. Y veo a aquellas nobles damas que formaban la corte de Isabel la Católica educando a sus hijos en el temor de Dios, haciendo labores para el ornato del templo y dando ánimos a los forjadores de la patria que pusieron el pendón de Castilla en la torre de la Vela y dieron tanta gloria a Dios. Y veo a la majestad de Felipe II en el coro de El Escorial cantando con los monjes de San Jerónimo un tedéum por el comunicado que le enviaba el duque Filiberto de Saboya de la derrota de los franceses en San Quintín.

Gentes buenas de ahora, ante esta historia tan grande escrita por los hombres que alzaban la iglesia donde se viera, lanzad el grito de ¡sigue el texto! Enlazando con aquellos, mirad siempre la iglesia como casa de Dios, lugar sagrado en el que adoráis a Dios y leáis a Santa María. He dicho.

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista

Salmo 9

Se implora la ayuda de Dios
contra gente despiadada y orgullosa

1. ¿Por qué,Señor, te mantienes lejos, te ocultas durante la adversidad?
2. Al tiempo que el impío se enorgullece, se abate el pobre; ¡se ve aquél preso en las tramas contra éste urdidas!
3. Pues se jacta el impío en su ambición y se engríe el ladrón provocando al Señor.
4. Piensa en su altivez el impío: «No se le han de pedir cuentas».,
«No hay Dios», es todo su insensato pensar.
5. Prosperan siempre en su proceder, alejados como están sus designios de Ti; resuellan contra todos sus adversarios.
6. Piensan para sí: «No se me moverá. Feliz he de ser por siempre que no malhadado».
7. Llena está su boca de execración, fraude y asechanzas; en su lengua anida violencia y maldad.
8. Se esconde para espiar en los poblados, asesina al inocente; sus ojos van tras el pobre.
9. Acecha cual león en su cubil para cazar al miserable; para atraparlo atrayéndole a su red.
10. Se arquea y se pega al suelo, y caen los débiles en su poder.
11. Y en la embriaguez del éxito dice para sí: «Se ha olvidado Dios, tiene velada su faz, nada ha advertido jamás».
12. ¡Levántate, Señor!; ¡alza, oh Dios, tu mano!; ¡no eches en olvido a los pobres!
13. ¿Por qué ha de menospreciar a Dios el impío? Pues dice para sí: «No se le han de pedir cuentas».
14. Lo has visto Tú mismo, que observas la vejación y malicia para cuando caigan en tus manos.
Mas el desvalido se abandona en Ti. Del huérfano Tú eres protector.
15. Quiebra el brazo del malvado e inicuo. Tú inquirirás ciertamente su maldad, hasta que no quede de ella rastro.
16. El Señor ha de reinar por siempre y eternamente; mas desaparecerán los impíos de la tierra.
17. Captaste al fin, Señor, el anhelo de los afligidos; Tú has reconfortado su corazón;
tienes puestos tus oídos en ellos,
18. a fin de hacer justicia al huérfano y oprimido.
Que no vuelva, Señor, a causar turbación,
¡hombre formado de la tierra!

Comentario

Este salmo formaba originalmente una sola composición, unido al anterior. Mas así como en el salmo 9 campea la acción de gracias a Dios por su protección dispensada al pobre, injustamente oprimido, en éste va más insistentemente expuesta la parte de los impíos cuyos perversos instintos y nefandos planes aparecen al descubierto.

Llama poderosamente la atención del salmista, de una parte, la paciencia de Dios en aguantar al soberbio impío, y de otra, la maldad de éste que crece de punto al par que la misericordia de Dios se muestra con él más patente.

Desde el punto de vista psicológico es este salmo de un valor insuperable en la descripción viva de los planes del impío. Este va progresando paulatinamente en su maldad; de suerte que en un principio obra el mal con cierto recelo de la presencia de Dios y del castigo que merece su inicuo proceder. Un paso más y trata de sugestionarse de que Dios no se ha enterado. De ahí a su total incredulidad no hay más que un paso, y lo da automáticamente al esforzarse por crear en sí la convicción de que Dios no existe y, por tanto, que ha de quedar impune su actuación.

Sin embargo, la felicidad indefinida que se promete el impío en su maldad tiene un término, el plazo señalado por Dios a su misericordia. Las súplicas humildes y persistentes del desvalido mueven, al fin, a Dios, que se manifiesta de manera sorprendente en su favor, al tiempo que desbarata y echa por tierra los castillos fantásticos fabricados por el soberbio impío.

La súplica final del salmista es del todo igual a la del anterior. Pide a Dios que pare por siempre los pies al hombre malvado a fin de que reine eternamente la paz en el mundo.

* * *

He ahí descrita en pocas pinceladas de tonos muy subidos la realidad del mundo en cualquier momento de su historia. El salmista pinta el suyo de manera acabada, pero su descripción vale para cualquier momento anterior o posterior. La actitud de los impíos e incrédulos es la misma en todo tiempo e idéntica la del humilde creyente, aunque diametralmente opuesta a la de aquéllos. Igualmente es manifiesta la intervención habitual de Dios en su Providencia ordinaria. Esta Providencia de Dios que es el gran signo de su misericordia, alumbrando el sol a buenos y malos, puede manifestarse en cualquier momento de manera extraordinaria para consuelo de unos y humillación de otros. ¡Cuántos quisieran ver en nuestros días una manera insólita de esta Providencia divina! Los que tal anhelan ver vuelvan los ojos a Lourdes y Fátima donde se ha manifestado y continúa manifestándose Dios al los hombres de modo sorprendente.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm.

La promesa de Lolita

Narrador. — Se llamaba Lolita. Todos la tenían por un ángel y lo era en verdad. De ello se percataron aquel día de su primera Comunión, cuando llena de inocencia angelical dijo a su mamá:

Lolita.—He hablado con Jesús y he visto a la Virgen.
Madre. — ¿Eso es posible, cariño?
Lolita. — Sí, mamá, es cierto, tú sabes que yo no miento.
Madre. — ¿Y qué te ha dicho, ángel mío?
Lolita — Que sea buena.
Madre. — Ya lo eres.
Lolita. — Sí, pero Jesús me quiere ¡muy buena!
Madre. — ¿Y qué más te ha dicho Jesús?
Lolita.—Que no haga nunca pecados.
Madre.—Bien, y tú ¿qué le has respondido?
Lolita. — Yo le he dicho: Jesusín, antes morir que pecar. El ha aceptado mi promesa. He besado el crucifijo y entonces... he visto a la Virgen llorar...
Madre. — Ven, dame un beso, hija mía, cariño mío, vida mía.

(Música)

Narrador. — Nadie hubiera podido entonces descubrir la relación que había entre su promesa y las lágrimas de la Virgen.

Pero pasaron los años. Lolita fue creciendo. Crecía en estatura, crecía en simpatía, crecía en belleza y hasta en bondad iba creciendo. Sus manos finas, su cara ovalada, sus ojos grandes, negros y hechizadores, eran la expresión acabada de su alma buena llena de inocencia. Sus mismas amigas la admiraban y la querían.

Rosita. — ¿Has notado qué ojos tiene Lolita?
Consuelo. — Parecen dos luceros.
Rosita.—Es una chica guapa.
Consuelo. — Es simpática, graciosa.
Rosita.— Sí, todo lo tiene, hasta es buena de verdad. ¡La quiero tanto!
Consuelo. — Gracias a ella yo soy un poco mejor. ¡Me ha hecho tanto bien!

(Música)

Narrador. — Lolita crecía, crecía... Cumplió los dieciocho años y la vistieron de largo. Tuvo que buscarse otras amigas. Estas no eran como aquellas de la infancia. Sus conversaciones se deslizaban por escabrosidades dudosas.

Lolita.—Oye, Mari, ¿qué te parece Luis? ¿Verdad que es un buen chico?
Mari. — Sí, pero es más seco y frío que el aire de Teruel.
Lolita.—Y tú, ¿qué quieres?
Mari — A mí me gustan más vivitos...
Lolita.— Pero...
Mari.— Lo que te digo, los prefiero atreviditos, zalameros, decididos y valientes.

Narrador. — Insensiblemete, sin percatarse de ello, iba deslizándose por una pendiente peligrosa. Hasta entonces se había mantenido firme, pero ella misma notaba que era otra, se sentía fría y temía. No sabía a punto fijo a qué atribuir su inquietud, pero no estaba satisfecha de su vida. Se olvidó de aquella promesa de la infancia y la Virgen se la iba a recordar.

(Música)

Narrador. — Fue en el pasado verano. Padres, hermanos, amigas y amigos, conocidos todos, casi familiares, pasaron aquella semana de San Jaime en la playa. Era. el último día, la despedida, decían con tono tristón.

María. — Hay que pasarlo bien, tenemos que divertirnos.
Luisa — Esta noche hay que tirar el resto.
María. — Vamos a hacer una de las nuestras.
Luisa. — ¿Tenéis preparados los faroles?
María. — Los faroles sobran, y no lo digo por ti, José; al reflejo de la luna se danza mejor.
Luisa. — Prepara el acordeón, Andrés.

Narrador. — Mal se presentaba el panorama para Lolita. Estas frases entrecortadas, a medio terminar, la paralizaban. Empezó a sentir frío. Se retiró sola a la sombra de un naranjo. Tenía fiebre, la cabeza le hervía y el pulso latía aceleradamente.

Lolita.—¿Qué me pasa? ¿Qué tendré, Dios mío? No me encuentro bien.

Narrador. — Sintió miedo por un momento. Iba a gritar. De pronto entre las ramas del naranjo vio la imagen dolorida de María: seria, triste, silenciosa. En sus manos flotaba un velo blanco con esta inscripción: «Primera Comunión. Promesa.» Y algo emborronado se leía con más dificultad: «Antes morir que pecar».

Santa Rita

Santa Rita. (Santa Rita High School)

Oración a Santa Rita

La morenaza del entrepiso de la esquina, Chuchi —perdón, no llamo a la foxterrier—, aunque con asomos de chatita, es una moza de miedo. ¿Bestial, como parecen calificarlo ahora? Pues así. Pero...

Precisamente en estos días —la «muy vieja» y amargada, que de todo se duele— le ha dado por rondar el altar de Santa Rita, la abogada de los imposibles. Cómo estará de devota ante el Sagrario no lo sé, pero lo que es ante la Santa se pasa de ejemplar. Con un fervor de lanzas rosientes hasta le grita a la Santa, sin pensar en la amiga que a su lado se postra.

Por eso sabemos de su oración ejemplar, de antología.

De pie, Chuchi, pero recostadita graciosamente sobre una pilastra, y hasta con gitanería, nerviosilla, con los ojos muy brillantes, mira de fijo la sagrada imagen y va hablando, hablando...

«Rita santa, escogida de mi alma, aquí me tienes otra vez. Ya sabes que de verdad te quiero y que eres el refugio única en mi desolación. ¿A qué vengo? Recuérdalo, que no te voy a dejar hasta que sonrías a mi petición.

«Pero hazme caso, que parece estás sorda.

»En mi dura aflicción —¡qué desgraciadita Chuchi!—, desahuciada de todos, aborrecida como nadie, sólo a Santa Rita tengo.

»De sobra sabes, porque te lo repetí hartas veces, que no quiero quedarme para vestir santos. Eso no me tira. Yo sólo aprovecho para casada. Para casada, ¿sabes? Sueño a todas horas en un hombre que me haga feliz y me adore. Mírame, que no creo tenga nada de fea, ni de tipo vulgar, como tantas otras que ya se echaron su novio.

»Yo no lo tengo aún, y eso no está nada de bien. Mándame un novio, querida Santa, que poco me da sea guapo o feo. Ahora, me gustaría de cuadradas espaldas, buena estatura..., un verdadero macho. Pero que fuera cariñoso y trajera su carterita al matrimonio. Ya ves cómo te soy de franca. A nadie se lo diría.

»Atiéndeme, Santa Rita amada. No cuento más que contigo.

»Yo pongo cuanto de mi parte está y los egoistones de los chicos, que ¡nanay! Aun parece que se burlen. Y eso que por mí no queda. Les sonrío con regaladas mieles, les castigo con miradas de fuego, les hablo con pedazos del corazón, les soy condescendiente en sus bromas...

»Para descargar mi conciencia frecuento las piscinas y las pistas de baile, como no hacen tantas ñoñas, mostrándome con la desenvoltura de la muchacha moderna que no guarda secretos para nadie. Hasta uso de la moda al margen de toda prevención moral, porque todo es lícito con tal de encontrar novio. Al fin y al cabo, si se cumple con Dios lo demás no tiene importancia.

»Ya ves, pongo todo cuanto está de mi parte.

»Los chicos no pican, no quieren comprometerse..., ¡tienen miedo!

»Esto es horroroso, Rita mía, pues ya soy muy vieja. Tengo ya mis dieciocho años a punto de cumplir y... ¡aún sin novio!

»Esto me hace llorar de rabia. Mamá también llora.

»Tú que eres abogada de los imposibles, dame un novio.

»Te prometo traerte una velita. En serio. No sabes tú lo que me va a costar para arrancarle esos céntimos a mamá, que de esto nada sabe.

»Bueno, y si el chico es elegante, simpático, guapo, de tipo de boxeador, todo un macho, te traeré dos.

»Todo antes que quedarme soltera. Eso nunca. Ponerme monja como tú, ¡horror!, antes morirme. Por encima de todo quiero casarme. ¡Es mi ilusión! Por esto vengo a ti, abogada de los imposibles. Envíame un hombre que me adore y esté dispuesto a todo sacrificio por darme gusto. Para algo seré su mujer, ¿no te parece? ¡Conseguir una mujer como yo...!»

Y yo me imagino que la pobre Santa Rita se estaría carcajeando de Chuchi la infeliz, la vieja, la chatita. Era mejor esa postura que la de tener que bajar del cielo a cachetearla y decirle:

—Mocosa, en vez de perder el tiempo así y tratar como a un guiñapo a tu alma, más valiera que estudiaras y trabajaras para prepararte a ser una digna esposa y una madre ejemplar. O al menos, para ser una mujer de provecho para la sociedad. ¡Vaya la mocosa, qué recomendaciones se trae!

Amón