Comisario de Tierra Santa
Hace tres siglos, el 3 de noviembre de 1658, pasaba a gozar de la paz de los justos un santo religioso que con su cálida palabra y admirable ejemplo evangelizó nuestra región levantina, al tiempo que estimulaba la caridad de los fieles recolectando limosnas para los Santos Lugares, cuya conservación es de tanto interés para la Iglesia Católica. ¿Quién era este humilde y santo religioso?
Corriendo el año 1582, en la ciudad mediterránea e histórica de Denia vio la primera luz Pedro Esteve. Su cuna se meció al compás de las espumosas y azules olas del Mare Nostrum.
A los dieciocho años decide abandonar la casa paterna y vestir el sayal franciscano en el convento de San Francisco, de Valencia.
Cursados los estudios requeridos, es ordenado sacerdote y destinado por la obediencia al cenobio de Chelva, testigo de los ejemplos de santidad que dejaron allí los beatos mártires Pedro de Dueñas y Juan de Cetina.
Retirado del mundanal ruido, no pudo permanecer por mucho tiempo en su amada soledad, ya que así como la luz no puede permanecer oculta entre tinieblas, tampoco su santidad y sabiduría podía pasar inadvertida a los Superiores, que no encontraron otro más digno que él a la hora de nombrar nuevo Comisario de Tierra Santa, porción geográfica entregada en herencia por Cristo a San Francisco y sus frailes.
En efecto, estando Francisco en Santa María de los Ángeles, el Señor le manifestó cómo los Santos Lugares, santificados por su presencia durante su misión en este mundo y por su sangre redentora, se hallaban bajo el dominio de los secuaces de Mahoma; Francisco aceptó intrépido la súplica de Cristo, y lo que los cruzados no pudieron conseguir ni conservar con sus armas, lo consiguió Francisco con las suyas, que a través de los siglos han demostrado ser las mejores; estas armas son: la verdad, el desprecio de lo mundano y el santo amor de Dios. Las armas del Rey Jesús, que se forjaron en las fraguas de la infinita caridad. Estas armas son invencibles, ya que de ellas se sirvió para librar sus combates y salir siempre invicto el Fuerte por excelencia, el Hijo de Dios.
Francisco, precisamente cuando los mahometanos acaban de destrozar a nuestros cruzados, se dispone a acometer él solo la empresa y salió victorioso. El mismo va al encuentro del Sultán de Egipto, suprema autoridad, para anunciarle la verdad evangélica, consiguiendo convencerle, ya que concedió a Francisco y a los suyos libre tránsito por todos sus dominios.
Francisco permaneció poco tiempo entre los sarracenos, pero vuelto a Asís, no olvidó la advertencia que le hiciera el Señor en la Porciúncula, y así fue mandando a sus hijos a aquellas tierras, despidiéndolos con estas cariñosas palabras, como refiere Jórgensen: «Hijos míos, me ha ordenado el Señor que os envíe al país de los sarracenos para que anunciéis y confeséis su fe. A fin de que podáis realizar mejor los mandatos de Dios, cuidad que la paz, la unión y el inquebrantable amor habiten siempre entre vosotros... Sed pacíficos en las adversidades y humildes en los triunfos; copiad de Cristo la pobreza, obediencia y castidad...» Y los misioneros, inclinando la frente, respondían: «Padre, estamos dispuestos a obedecerte en todas las cosas» (1).
Los sucesores del Serafín, fieles a su consigna, no apartaron nunca su mirada de aquella porción tan querida por la cristiandad, y así fueron sustituyendo a los frailes caídos bajo la cimitarra musulmana por otros pletóricos de vitalidad y deseosos de derramar también su sangre por Aquel que en el mismo lugar la derramó para rescatarnos de las garras de Luzbel.
Si repasamos la historia de los Papas, veremos cómo a partir de Gregorio IX siempre se han servido de los Frailes Menores como intermediarios entre la Iglesia Católica y el Oriente Medio; y esto no solamente en lo religioso, sino que muchos monarcas también les encomendaron la solución de problemas políticos.
La custodia de estos venerandos lugares ha sido para la Orden Franciscana campo de rojas amapolas donde ha florecido la sangre de muchos de sus hijos, pues cualquier percance ocurrido entre Europa y Oriente, ya en el campo político, ya en el religioso, ha terminado con una brutal venganza del fanatismo musulmán, que se ceba en aquellos que impiden la profanación de los Lugares Santos.
Mas la sangre de mártires franciscanos es semilla de nuevos misioneros que, intrépidos, están dispuestos a luchar por la conservación de aquella tierra santificada por las huellas divinas de Cristo.
«En un ambiente de impiedad y de odio contra el catolicismo, el franciscanismo sabe luchar para mantener enhiesta la bandera de los derechos católicos, y ni es afirmar nada excesivo decir que, sin ellos, a los católicos no nos fuera dado ni siquiera venerar en privado tan Santos Lugares» (2). Esta es la labor que realizan los franciscanos en la Tierra que fue testigo de la misión evangelizadora más grande de los siglos.
Los que no alcanzan tal dicha demuestran su amor a Tierra Santa desde su patria.
Tal es el caso de nuestro P. Esteve, que deseoso de servir a la Santa Custodia no regateó sacrificio alguno, recorriendo sin descanso toda la región levantina para mover los corazones de los fieles en socorro material de los religiosos que custodiaban los Santos Lugares.
En premio a esta solicitud por la Santa Custodia, el Señor le concedió la gracia de que, sin salir de la región levantina, pudiera venerar aquellos Santos Lugares y percibir las necesidades y sufrimientos que allí padecían los religiosos. Esto no lo hubiéramos sabido si cierta devota dama, a quien el Venerable llamaba madre, no le hubiera advertido que en sus achaques no debía peregrinar con tanto interés, y que ya había sido bastante útil a los Santos Lugares; a lo que Fr. Pedro le contestó que no era lo mismo oír que ver; y como él, además de oír, había visto, no cejaría en su empeño de recaudar cuantas limosnas estuviesen a su alcance, aún a costa de sus mayores sacrificios.
Tal era su amor y veneración a los lugares santos, que en cada línea de sus escritos aparece plasmada esta inquietud que preocupó toda su vida.
Así, en la descripción que hace del Montgó, él, que, como hemos dicho, vio los Santos Lugares sin salir de la patria, afirma que difícilmente se hallará otro monte tan parecido al Calvario como éste. Y esto no sólo en cuanto a su etimología ya que Montgó significa monte de la agonía, según unos, o monte de la gentilidad según otros, sino también en cuanto a su configuración geográfica, viniendo a coincidir ambos en los principales puntos y pormenores.
Otras comparaciones hacía también, siempre llevado de su amor hacia la tierra bendita en la que Cristo lucró nuestra salvación, entre los lugares de Tierra Santa y los tan conocidos por él de su querida Denia.
Por ello Denia, al cumplirse el tercer centenario del tránsito a la celestial Jerusalén del más preclaro de sus hijos, supo cubrirse de las mejores galas para festejar a nuestro Venerable P. Pedro Esteve, al que toda la región levantina apellidó cariñosamente el Padre Comisario de Tierra Santa.
(1) Jórgensen: San Francisco de Asís. Libro III, cap. VI.
(2) Enciclopedia de la Religión Católica, t. III. pág. 1166.
«Frare Pere», capitán de Tercios
El hagiógrafo P. Mercader, refiriéndose a las andanzas bélicas del Venerable P. Esteve, dice esta frase lapidaria en su lenguaje a lo «culto»: «Cuando la defensa natural insta, le ha de gustar tanto al sacerdote el olor y el humo de la pólvora como los vapores del sagrado incienso en el altar.»
Corrían los angustiosos años de mediado el siglo XVII, y partidas sueltas del Principado vecino iban capitaneadas por malsines, cuya catadura el mismo Siervo de Dios así describe:
«Chermá Joan Fuster
Tens molt mala fama
Per los mals que fas
Per tota la plana,
Que maltrates frares
y chent reformada,
y a ningú perdones
hasta el chic que mama
olvidat de ser
alló que Deu mana.»
Como el terror que sembraban por doquier y su audacia los iba acercando a la propia Valencia, a la que llegaron a aproximarse unas 14 ó 15 leguas, y poniendo en aprieto grave a Tortosa, para socorrer a esta ciudad el virrey juntó a toda prisa un tercio de infantería formado por valencianos, y como tal virrey lo era a la sazón Fr. Pedro de Urbina —Arzobispo, honra de la religión seráfica—, nombró Maestre de Campo de la fuerza militar a su Hermano en hábito nuestro Venerable Frare Pere.
No era esta la vez primera que el P. Esteve se prestaba voluntario a fines militares, pues con motivo de los frecuentes desmanes que la piratería argelina hacía objeto a las costas del virreinato, llegando incluso a intentar un golpe de sorpresa en la propia Denia, patria chica del Venerable Esteve, no sólo contribuyó con su decisión y esfuerzo personal en las faenas de rechazar a los atacantes y después en las obras de fortificación para la defensa de la plaza, sino que en sus predicaciones y peregrinaciones excitaba por todos los medios a una acción bélica definitiva, que conquistando Argel —lo cau deis lladres— borrase la pesadilla y deshonra que era para los cristianos, y de una vez para siempre.
Y como medio más eficaz para alzar los entusiasmos, como su homónimo el Ermitaño Cruzado, compuso una letrilla que cantaba en los pueblos de sus andanzas, que decía: «La lladriola es Alcher... — y ara es hora, ara es hora,— de trencar la lladriola.»
En la ocasión citada se maridaban su espíritu cristiano con su coraje español y orgullo valenciano, pero en el grave conflicto del separatismo catalán ponía de manifiesto su patriotismo y con negras tintas describía el fanatismo suicida de los que per voler manar — a la chent granada — arruinaban el Principado:
«Plora Barcelona
Lo que antes cantaba
De próspera y rica
Famosa y ufana
Per que está ya pobra
y molt trasquilada
Com tot lo mon sap
y corre la fama
Que el francés procura
Tots traurels de casa.»
Su sentimiento por las angustias del Principado, tan agobiado y denigrado bajo la férula del invasor, le hace exclamar estas penosas endechas:
Qui tal may pensara
Que los catalans
Lleons braus de España
Se hachen tornat polls
De los galls de França.
Y contestando al seudo señorío de los franceses en el Principado, se lamenta de este modo:
Dius que lo françés
ya es Señor de España
perque Cataluña
la té ya ganada.
Digues-li perduda
y tiranisada
per que chent menuda.
la han entregada
per voler manar
a la chent granada.
En su flamante cargo de Maestre de Campo el buen Pare Pere no mostró menos entusiasmo ni menos decisión que en sus otras empresas. Bien es de notar que su cargo militar no fue, como pudiera suponerse, una mesnada que se alzó para solucionar un momento de angustia, como en Denia. El Maestre de Campo no sólo fue reconocido por «el Rey Católico», sino que éste ordenó a su pagador «le diesen sueldo de el Rey como a todos los demás soldados que militaban debajo de su bandera».
Decir las hazañas del Pare Pere en esta ocasión sería prolijo, pero ya él nos da una ligera idea en esas sus composiciones poéticas tan sencillas y sentidas, cuya ternura nos arrebata a los cantares de gesta.
En esta alta ocasión no sólo llenó cumplidamente sus deberes como capellán y médico, ya confesándoles, ya predicándoles, ya sirviendo a los heridos y enfermos, ya ayudándoles a bien morir, sino que cumplió a la perfección sus deberes militares, «trabajando el primero en los ataques y fajinas, con notable ejemplo de los que le miraban», siendo el resultado de todo ello obligar al enemigo a levantar el cerco de Tortosa y emprender la fuga, quedando el virreinato levantino libre de tales correrías.
Como pago de los relevantes servicios de su tercio, el buen Maestre les dedica una composición poética, con trazas de «román paladino»:
Mort haveu com a cristians
Servint al Católic Rey
Per la patria y per la Lley
Y yo com a bon vasall
Per pagaros el traball
os envíe este remey.
Con su natural sencillez les recuerda sus servicios como jefe, como compañero, como médico y especialmente como sacerdote, y al cerrar su remey, pues no podía olvidar su franciscanismo humilde, dice:
Atres fasen invencions
Y compren sa vanagloria
Que yo en misses la victoria
Celebre y en oracions.
Para los flacos de memoria, bueno es cerrar estas líneas recordatorias de la valía militar, amor patrio y afán de la santa gloria de España de nuestro Venerable, con las andanzas oranesas de Fr. Francisco Ximénez de Cisneros, cabalgando en mula, y con las no menos heroicas del recientemente fallecido P. Estanislao de Algimia, en nuestra guerra de Liberación, y todos tres porque, al procurar por medio de las armas el engrandecimiento de España, o el quebrar las cadenas de extrañas servidumbres, contribuyen de manera directa a la exaltación de la fe católica, que desde Covadonga hasta la derrota y cautiverio del ejército rojo el 1.° de abril del 39, es el único lazo de verdadera unión entre los hombres y las tierras de España, y los hechos, distintos en fechas y en formas, todos son como único quehacer en el «españolear», como pregona el valencianísimo García Sanchiz en sus inquietos andariegos caminares por el universo mundo.
Antonio Cózar
Fr. Pedro Esteve, luz de Denia
Se conmemora en este año del Señor de 1958 el III centenario del tránsito del Venerable Fr. Pedro Esteve, gloria de la Orden Franciscana y la mayor figura de la ciudad de Denia donde vio la luz de este mundo.
La Acción Antoniana, que es una revista franciscana, quiere ocuparse en este número del gran hijo de San Francisco. En el concierto de artículos que componen este ejemplar panegírico, y que reviven los perfiles del Venerable, preferimos dejar el aspecto biográfico para decir otras cosas.
Si en las riberas del Mediterráneo hay una ciudad luminosa, esa es Denia. Dios la ha enriquecido de luz y de color, de paisajes sin par y de belleza. El Señor ha sido generoso con Denia. Y los hijos de la ciudad más que bimilenaria (pues su fundación data de los griegos focenses, aunque ya existía poblado ibérico) lo saben y aman entrañablemente el castillo, el mar, la costa, los campos, el Montgó, el cielo azul...
Denia ha brillado a lo largo de la historia con luz cultural propia, hasta el punto que su nombre gentil salpica las páginas de los libros que enriquecen nuestras bibliotecas. Ha dado hijos ilustres, ha participado en los ya lejanísimos Concilios de Toledo, ha obsequiado a los reyes y, modelo de ciudad tolerante, en su seno han florecido figuras tanto cristianas como musulmanas. Pero Denia es madre de Fr. Pedro Esteve. De esto sí que está orgullosa la patria del Venerable! Me atrevería a decir que Denia no puede sobrevivir sin nutrírse con el dulce recuerdo del buen franciscano que conmovió las tierras valencianas con sus ejemplos edificantes y con su santa palabra.
Ahí tenéis, lectores, el poder del cristianismo: un hombre que renuncia a todo, se ciñe el cordón del glorioso P. San Francisco y vive de oración, penitencia, predicación y limosna ese se ha hecho para su ciudad natal más famoso que los validos de los Austrias. Los que no saben quién fue don Francisco de Sandoval y de Rojas, sí que saben quién fue el Pare Pere. Están enterados, desde niños, que este hijo del Santo de Asís es luz de Denia. Pero luz espiritual. Saben que su noble cabeza se inclina ante la imagen de la Santísima Sangre que sus sandalias pisan siempre senderos de Dios, que su dedo señala el Tabernáculo y que su lengua proclama diez mandamientos divinos necesarios para salvarse eternamente.
Denia no se puede descristianizar, no. Si mira a un lado, allí está la iglesia de San Antonio (el Convent); allí, la Virgen de los Desamparados, donde es casi seguro que acudía ( la primitiva ermita) el joven Pedro Esteve a orar. Si mira al Montgó, ve la casita penitencial del Pare Pere con un antiguo crucifijo sobre la puerta. Si vuelve su mirada al Norte, la iglesia parroquial, con el cuerpo incorrupto del Venerable. Si Denia vuelve su rostro a Occidente, el Real Monasterio de las Agustinas, en cuya iglesia está la imagen de la Santísima Sangre. Los cuatro puntos cardinales respiran cristianismo y franciscanismo. Nuestra ciudad no puede descristianizarse jamás. Son cuatro lámparas de óleo santísimo alimentadas constantemente por nuestro Venerable.
El día que veamos a Fr. Pedro Esteve en los altares será una fecha más gloriosa aún para Denia que este glorioso III centenario de la hora feliz en que su alma ejemplar llego al reino de Dios para velar por su amada ciudad y por sus dianenses.
Las asperezas del Montgó saben cuán esforzados son los hombres y mujeres de Denia que ascienden descalzos hasta la célebre casita en que él moraba en soledad. Que las calles anchas y luminosas de la población vean pasar a las gentes hasta el monumento que se alza en la plaza de la parroquia de San Antonio y allí, a los pies del gran dianense, aprender a amar a la ciudad que nos ha visto nacer. Él nos enseñará cómo la hemos de engrandecer: con el trabajo, con el tesón, sin miras propias, con el ejercicio de todas las virtudes morales y cívicas.
Mariano Vila-Cervantes
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Castillo de Denia (Wikipedia)
A la ciudad de Denia
Un pueblo que mira al cielo
¡Nació del mar! Igual que las sirenas.
Y al pie de su castillo, reclinada,
Se deleita y contempla embelesada
el gastado perfil de sus almenas.»
Antonio Lorente
Sí, de cara al mar azul con mirada al infinito. Con un pie en la tierra y otro en el mar sin medida, se alza una ciudad: la noble Denia. Desde las piedras milenarias de su castillo se confunden el cielo azul levantino y el no menos azul Mediterráneo.
Una nube de inmensidad te envuelve, Denia. De ahí tus virtudes. Por el ambiente de grandiosidad que te rodea, por la belleza natural de tu geografía. Porque has nacido entre las flores de tus campos, entre la música de romper de olas, entre la luz de tu cielo sin nubes, eres hermosa.
«Eres bella ciudad, canto y amores;
y en esa verde alfombra de tu suelo
se parcelan las viñas con las flores» (1).
Y entre cantos, suspiros y azahares, germinó tu poesía, nació tu arte, se forjó tu espíritu.
Y las gentes vislumbran tu hermosura,
y los pueblos codician tus amores,
y el mundo ansia lo bello de tus flores
y gozar de tu mar y tu alma pura.
Pero tú te alzas altiva y risueña. No te dejas dominar por ningún extraño. Al contrario, sabes libar de cada uno una nueva virtud para engrandecerte, para ennoblecerte, para espiritualizarte más. Porque esos conquistadores que te codiciaron,
«ni enturbiaron el aire que respiras,
ni borraron la nácar de tu cielo,
ni rompieron las cuerdas de tu lira» (2).
Y para que no fuese turbado tu espíritu, para que no fuese eclipsado tu cielo, para que no se rompiesen las cuerdas de tu lira y de tu fe, Dios te envió un hombre, un hijo tuyo, un franciscano, que fuese como crisol purificador de tu espíritu religioso. Y nació el P. Fr. Pedro Esteve Puig, el Pare Pere.
Ese es el hombre que ha sabido sublimar tu espíritu. Ese es el santo que te acerca siempre a Dios. Ese es el sabio que, en el transcurso de tres siglos, te ha llevado por los senderos de la fe.
El Pare Pere, pobre y sencillo, como perfecto franciscano, te miraba a ti y miraba a Dios.
Y como broche que engarzaba a ambos, pasaba su tiempo de oración en la soledad.
«Una vieja chabola en la montaña
dio cobijo al piadoso franciscano.
Labró su tosca cruz por propia mano
y tuvo al Redentor en su cabaña» (3).
Pero no se contentó con tener a Cristo en su celda y en su alma. Como sacerdote, consciente de su misión, proyectó su amor a Dios en las almas de sus hermanos y te propuso un lema:
«Deixem fer a Deu
i fassam lo que Deu mana» (4).
Y a su paso por tus calles dejó una estela de cristianismo profundo. Y desde entonces, en el Pare Pere tienes tú, Denia, «un predicador continuo que, en forma misteriosa, pero muy real, te mantiene en la pureza de la fe católica» (5). La caseta del Pare Pere, el pa beneit... y tantas y tantas cosas que constantemente te recuerdan a tu hijo ilustre, son el calor que mantiene viva la llama de tu fe.
Hoy que tú miras al cielo y elevas tu canción y tu plegaria; hoy que suspiras por dar gloria a tu Pare Pere; hoy que suplicas su beatificación, me uno a tu oración.
Sí, Denia, sí. También nosotros los franciscanos miramos al cielo; también nosotros elevamos nuestra canción y nuestra plegaria; también nosotros suspiramos por dar gloria a tu hijo y Hermano nuestro; también nosotros pedimos su beatificación.
Poco podemos hacer, es cierto. Pero unimos nuestra oración a la tuya, nuestros deseos a los tuyos. Es cuanto podemos hacer, Denia. Nuestros Superiores harán el resto. Tú y nosotros, Denia y los franciscanos, unidos en la plegaria. Dios nos escuchará y el Pare Pere será pronto Beato Pere.
Fr. José-Miguel Barrachina Lapiedra, ofm
(1) Antonio Lorente: Denia, soneto, III centenario de la muerte del Venerable Fr. Pedro Esteve, pág 9. Denia, 1958.
(2) Idem.
(3) Antonio Lorente: A la memoria del Venerable Fr. Pedro Esteve, ídem, pág. 7.
(4) P. Pedro Esteve.
(5) Fr. José Antonio Arnau: Presencia del P. Pedro Esteve, ídem, pág. 24.
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