Al Siervo de Dios Fr. Pedro Esteve

«Io soc el àguila parda del mateix Apocalipsis»

Era apóstol a la antigua,
de metal de pura ley,
Io soc el águila parda...,
declaró en sinceridad.

Y en andanzas misioneras,
recorriendo las ciudades,
llevó siempre el estandarte
de la auténtica verdad.

Los misterios de los cielos,
las grandezas de la Iglesia,
los deberes del cristiano
y esplendores de la fe,

con sus páginas brillantes,
con sus férvidas plegarias,
con promesas y castigos,
tal su tema siempre fue.

Y las gentes se rendían
ante su elocuencia sacra,
que en riadas de fervores
con poder se desbordó.

Por doquiera que avanzaba
su palabra soberana
arrollaba muchedumbres
acercándolas a Dios.

Cuántas veces los espíritus,
dominados de soberbia,
en oyendo su palabra
se rendían a su voz.

Cuántas veces corazones,
empapados de lascivia,
ante el verbo del apóstol
suplicaron el perdón.

Y los cielos confirmaban
la virtud del gran apóstol
con innúmeros portentos
otorgándole poder,

el poder que Dios les presta
a los que hablan en su nombre
y perfume de virtudes
van dejando por doquier.

Son columnas de la Iglesia
esos hombres que los cielos
a las gentes les regala
para su edificación.

Por doquiera que pasaba
iba dejando oleadas
de perfume de virtudes
del jardín del corazón.

Estas son glorias excelsas
de la eximia franciscana
Familia, la que camina
de Francisco siempre en pos.

Que las gentes del cordón,
siempre por buenos caminos,
vienen siguiendo las huellas
del divino Redentor.

Con su ciencia de Doctores,
con su amor de querubines,
humildad de poverellos,
desbordante caridad,

fueron siempre tan loados
de las gentes que creían,
de las gentes que rezaban
y que amaban la verdad.

Loor al águila parda
del mateix Apocalipsis,
el del verbo poderoso
y la virtud singular.

¡Padre Esteve, Padre Esteve,
doctor en ciencia de amores,
enseñadnos a nosotros
la ciencia del buen amor!

Vicente Monroy Alaguero, Redentorista

Monumento al Pare Pere

El Pare Pere de Denia

Con motivo del tercer centenario de la muerte de este santo varón —tal vez el más extraordinario nacido en la seductora ciudad de Denia— se celebraron varios actos y festejos conmemorativos. El Ayuntamiento de esta encantadora ciudad organizó una serie de fiestas muy apropiadas para honrar la gran figura de aquel pobrecito y pequeño hombre, el fraile franciscano Pare Pere, así conocido por toda la población con este nombre familiar.

El recordar y dignificar a hijo tan preclaro es obra que honra al Ayuntamiento y, por lo tanto, a toda la ciudad.

¿Quién era el Pare Pere? Sencillamente un pobrecillo fraile franciscano que nada material poseyó ni buscó nunca; hasta su cuerpo, pequeño y débil y muy flaco, tenía únicamente la materia precisa para llevar un espíritu de gigante. ¿Y por qué se le recuerda con admiración al cabo de tres siglos? La mayoría de los dianenses conocen muy poco la vida portentosa de ese conciudadano enamorado de la pobreza. Saben de él que vivía en una cueva del Montgó haciendo vida de ermitaño en esa soberbia montaña que se ha adueñado de los corazones de dianenses y javieros y de cuantos la han visto y recorrido. Esa cueva se ha conservado con el nombre de Cóva del Pare Pere, y todos los años se organizan excursiones para visitarla y recordar al Pare. Esto y casi nada más saben los dianenses de esta figura admirable, y por esto yo felicito al Ayuntamiento, que ha querido dar a conocerla en todas sus facetas al pueblo de Denia organizando los actos y festejos de esta conmemoración.

El Pare Pere no sólo era un ermitaño que se pasaba los días y los años contemplando la maravillosa belleza del monte y gozando en la paz y en la soledad de los encantos de su ambiente limpio, perfumado por los aromas de tomillos y romeros, y lavandas y cantuesos, y salvias y mejoranas, y oréganos y toda clase de matas olorosas, y contemplando desde las alturas la inmensidad del mar. No; no pasó su vida entera, ni mucho menos, en ese ambiente tibio, diáfano y perfumado, dedicado por completo a la contemplación y a la unión íntima con Dios.

El Pare Pere vivió casi siempre fuera de Denia, su ciudad natal, a la que adoraba; residió la mayoría de sus años en Valencia, en el convento de San Francisco, que entonces estaba a donde ahora está la plaza del Caudillo. Y en ese convento tan célebre y renombrado tampoco estaba mucho tiempo quieto, porque sus dos cargos se lo impedían. Esos dos cargos eran: Comisario de Jerusalén y predicador apostólico, cuya misión consistía en recoger las limosnas que daban todos los cristianos para reunir el tributo que todos los años se pagaba al gran señor de los turcos, dueños de Jerusalén, para que ese gran señor permitiese a los cristianos tener sus conventos para venerar y adorar los lugares santos de Jerusalén. El tributo que para esto exigía el gran señor turco era exorbitante y, por lo tanto, el trabajo que pesaba sobre el Comisario de Jerusalén era abrumador. Corría todas las provincias cristianas predicando, como predicador apostólico, sin dar punto de reposo a su miserable y endeble cuerpo.

¡Con cuánto placer hubiese elegido la vida retirada, apacible y serena en su cueva del Montgó! Por esto siempre que podía iba a su cueva a hacer vida contemplativa de ermitaño. Y a veces, aún sin poder, cuando sabía que en Denia brotaba algún daño grave, o general, o particular, allí, a» su ciudad natal, la deliciosa Denia, volaba a remediar con sus actos o con sus trabajos, y siempre con sus oraciones y sus súplicas a Dios, aquellos males.

El eremitorio de Jesús Pobre lo fundó en el Montgó por creer que este monte es muy parecido al monte Calvario, alto y solitario. ¡Qué feliz nombre este de Jesús Pobre para un eremitorio de un hombre lleno de espiritualidad! Y también para todos los cristianos. ¿Qué nombre más apropiado podemos dar a Jesús que Jesús Pobre?

Creo que desarrollando o poniendo en práctica las ideas del Pare Pere sobre el Montgó, llegaríamos a tener en este monte privilegiado un lugar como centro de atracción para peregrinaciones y turistas católicos aislados. La idea del Pare Pere es genial y digna de estudiarse para tratar de ponerla en marcha, y de ella voy a hablar.

Pero antes tenemos que reconocer que sólo el recuerdo de su vida portentosa y de sus milagros magníficos sería suficiente para convertir la célebre Cóva en lugar permamente de peregrinación para recordar los hechos grandiosos y las costumbres simples y la existencia pobrísima y la vida humilde del ermitaño místico y asceta. Para conseguir esto es lo primero dar a conocer la vida y milagros del Pare Pere, para que, llenos de admiración, sientan ganas de venir los fieles creyentes y devotos del ermitaño hijo de Denia. Pero esto, aun siendo un gran trabajo, no es suficiente. A eso había que añadir otra cosa esencial: hacer fácil y cómodo el acceso a la cueva. Toda esta tarea incumbe no sólo al Ayuntamiento, sino también a la Iglesia y, en general, a toda la ciudad, puesto que se trata de honrar y recordar las virtudes de uno de sus hijos más eminentes y convertir esa cueva, siempre solitaria y la mayoría de los días olvidada, que fue el cobijo más amado del santo ermitaño, en punto de reunión frecuente de los cristianos de todas partes. Esto sería meritísimo para fomentar el turismo en esta ciudad.

Y vamos con la idea genial del Pare Pere en favor del Montgó y, por consiguiente, de Denia, su ciudad natal, a la que tanto amó. Es una idea muy ambiciosa que, de haberse realizado, habría convertido a Denia en un centro turístico de los más concurridos de Europa. Deseaba el santo ermitaño hallar un monte parecido al santo monte Calvario, y se puso a buscarlo. Para ello recorrió todo el reino de Valencia, a pie descalzo, y después de conocer todos los lugares que le parecieron más semejantes, lo encontró, por fin, en un monte llamado Montgó, en Denia.

Dicen sus biógrafos que lo halló con particular inspiración; yo diría por instinto de hijo de Denia. Podía haber encontrado otro en todo el reino; pero éste le pareció el que más semejanza tenía con el monte Calvario, pues es un «monte muy alto y solitario y con muy lindas aguas, aunque pocas en lo alto, pues por debajo del Montgó pasan ríos y salen al mar, como muchos y yo hemos visto». Esto decía el Pare Pere, y además añadía que «sólo en la falda del Montgó se hallan doce santuarios de devoción o ermitas», y entre ellas cita la ermita del P. San Jerónimo, primera fundación en España de esa religión; San Nicolás, que fue convento de Benitos; Santa Paula, de las primeras parroquias no sólo de la Marina, sino de todo el reino; San Bartolomé, la primera parroquia del distrito y partido; San Antonio Abad, más antiguo que San Antonio de Valencia.

Con toda esta hermosa y mística tradición, que guarda en secreto el monte Montgó, hay materia suficiente para declararlo monte santo y lugar predilecto de peregrinación. Todas aquellas ermitas citadas fueron la preparación para que se estableciese el eremitorio de Jesús Pobre, ermita y santuario. Sería un trabajo sano y noble para cristianos jóvenes ir determinando aproximadamente el lugar en que cada ermita y santuario se encontraban en el monte misterioso y devoto Montgó en la época del Pare Pere. Y dejar constancia de su recuerdo en unas grandes piedras talladas, en las que figurase escrito el nombre de cada ermita desaparecida o santuario extinguido o convento desaparecido.

Pinta el santo ermitaño, con muchos detalles, el parecido que tiene este monte nuestro con el Calvario, y lo apropiado de la ermita suya para rememorar en ella el Santo Sepulcro por la semejanza que con él tiene. Y pretendía que acudiesen al monte Montgó para recordar la Muerte y Pasión del Señor a todos aquellos que en su época no podían ir a Jerusalén y Tierra Santa, por lo incómodo y peligroso del viaje. Hoy no es incómodo, sino fácil, el viaje; lo incómodo hoy es lo caro que resulta hacer un viaje a aquellos Santos Lugares.

Creo que es una idea o un proyecto genial, que si se realiza podría convertir a Denia en una de las. ciudades turísticas y de peregrinación de primer orden.

Francisco Alcayde Vilar

Lápida del Pare Pere

El P. Pedro Esteve, misionero apostólico

DENIA. — Actual fachada de la Iglesia del Convento de Jesús Pobre.

Entre las muchas actividades que desarrolló el P. Esteve debemos destacar, con carácter predominante en su vida, la predicación, puesto que ella encuadra perfectamente en el espacioso marco de su existencia y enlaza todas las demás actividades que en beneficio de las almas realizó este «hombre de Dios».

Ante uno de los cuadros que representa al Siervo de Dios, poderosamente me ha llamado la atención su venerable rostro, mirada profunda e introspectiva, nimbada de luz apacible, reveladora del acierto en la solución al problema capital que le preocupó toda su vida: la conquista de sus hermanos para Dios por medio de la palabra.

Nota característica en el prólogo del IV Evangelio es el uso del Logos, Verbum, apelativo empleado por San Juan para designar la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, destacando su divinidad, personalidad y encarnación.

La posición en el plan universal del Verbo es la de mediador; ocupa el lugar medio entre la naturaleza humana y Dios Padre, presentándole nuestras necesidades y comunicándonos sus gracias.

San Juan, el discípulo amado, en los intensos momentos que vivió recostado en el pecho de Jesús, aprendió y gustó la teología del amor, y de ahí el acierto en designar a Jesús con el nombre de Logos (Verbum), ya que por la palabra se nos manifiesta, se presenta al mundo, anunciando su doctrina y haciéndonos partícipes de su amor.

La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, sabedora, como Dios que es, del alcance y valor del lenguaje entre los hombres, adoptó por medio de San Juan el nombre de Logos (Verbum), cuya traducción literal del griego y del latín a nuestra lengua equivale a palabra.

Cristo es la palabra del Padre, en nombre del cual habla. El sacerdote es la palabra de Cristo, en nombre del cual y por cuyo mandato obra.

No hay misión más digna y elevada que la que desempeñó Cristo y aún hoy continúan sus sacerdotes. De aquí que la predicación de la divina palabra requiera preparación especial para no deleitar únicamente el oído de los que nos escuchan y continuar después éstos siendo miembros muertos en el Cuerpo místico de Jesucristo.

A semejanza de los grandes apóstoles, con una misión que cumplir, el P. Esteve busca la soledad para prepararse a la predicación. El santo retiro de Chelva contempla a nuestro misionero en su preparación inmediata, y nos refiere con pormenores cómo se formaban los santos.

En el huerto, no contento con la soledad claustral, aislado por las distancias del ruido del mundo, se retira a la cueva donde nuestros mártires, beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, estuvieron dedicados por entero a la contemplación de las cosas celestiales.

Comía parcamente; el suelo por lecho y una Biblia era todo el caudal de recursos humanos que poseía. En la intimidad de la oración su alma sufría un continuo metabolismo a los golpes del cincel con los que la mano experta y laboriosa del celestial escultor iba modelando su espíritu.

La meditación de las Sagradas Escrituras suplía muy a menudo a los alimentos, y la fortaleza y robustecimiento del alma sostenían las débiles fuerzas de su cuerpo. Así, forjada su alma en el retiro de Chelva, fragua de temples heroicos, y contando con la obediencia de sus superiores, fue nombrado Predicador Apostólico en virtud de rescripto de Paulo V.

Metido de lleno en su espacioso campo de acción, recorrió infatigable los pueblos de la región levantina, destacándose entre ellos Denia, su ciudad natal, y la capital del reino, Valencia, escenario donde se desenvolvió la mayor parte de su vida.

Usó de continuo en la predicación su lengua valenciana, cosechando cuantiosos frutos. Son indecibles los cambios que operó en las conciencias de los que le oían. Los prodigios sobrenaturales con que Dios sellaba su predicación defendían, unas veces, su autoridad de apóstol; otras acrecentaban en él la dignidad que algún mal intencionado pretendió manchar, y todo ello contribuía poderosamente a hacer del P. Esteve un imán de atracción para las almas que iban fuera de camino.

Los conocimientos teológico-bíblicos contribuyeron poderosamente al éxito de sus correrías, y en la exposición de estas materias admiraba a hombres de carrera y gentes humildes. Poseía admirablemente la facultad de adaptación, que él supo explotar cuando las circunstancias así lo exigían.

Además, el P. Esteve contaba, por otra parte, con cualidades innatas en él que le disponían para ser un gran apóstol, cualidades que él cultivó y con las que supo ganarse la popularidad entre las gentes de nuestra región, que le llamaban familiarmente el Pare Pere, apelativo de cariño con el que era conocido por todos. Esto mismo nos aseguran los que le oyeron predicar: «era en él la gesticulación grave, la articulación entera, la pronunciación cortada, el tono de su corpulenta voz claro y su accionar significativo y apropiado».

Convencido de la necesidad absoluta de la oración, no se olvida de este ejercicio por muchas que fuesen sus ocupaciones ministeriales; y en sus correrías huye del tropel de gentes para retirarse a los eremitorios: Santa Magdalena y la del «Agua», situadas en el norte y sur del Montgó (Denia), respectivamente, entre otras muchas, le sirvieron de fuentes donde el Venerable Padre se embebía del espíritu divino, fertilizante de toda su acción. Su espíritu, preso en la angosta cárcel del cuerpo, burla toda vigilancia y queda en varias ocasiones extasiado... Vuelto en sí, reanuda su ministerio, haciendo caso omiso de sus fuerzas físicas. Como varón seráfico, «llevaba en su corazón el amor de Dios, en su mente la eternidad y en sus plantas al mundo», que le sirve de peldaño para remontarse sobre el pedestal de la santidad. Con certeza podemos augurar, después de leídas las páginas en las que alienta aún el espíritu del P. Esteve, que fue en su ministerio un nuevo Cristo.

De toda su vida consagrada íntegramente al ministerio de la predicación, una única conclusión dimana del rasgo generoso y bondadoso de su fisonomía netamente franciscana: el P. Esteve poseía allá, muy dentro de su alma, un profundo sentimiento de paternidad espiritual hacia las almas. De aquí que con toda propiedad le podamos aplicar aquellas frases que el Apóstol de las gentes, bien percatado de los sufrimientos padecidos por las almas en el desempeño de su misión, escribió a los corintios: «Pues aún cuando diez mil pedagogos tuvierais en Cristo, no, empero, muchos padres; porque en Cristo Jesús, por medio del Evangelio, yo os engendré» (1 Cor 4,15). Y más adelante, dirigiéndose a los gálatas, esclarece aún más este sentimiento de paternidad espiritual: «Hijuelos míos por quienes siento de nuevo los dolores del parto hasta que se forme Cristo en vosotros» (Gal 4, 19).

Nuestro P. Esteve fue un San Pablo trabajando infatigable para imprimir en las almas el sello de Dios.
Todas las actividades misioneras y todo cuanto hizo el Pare Pere entre las gentes de nuestra región hacen de él un auténtico misionero.

Fr. Juan José Sáez, ofm