Un franciscano amante de su tierra

Con un somero repaso a las admirables gestas de la Iglesia andariega: apóstoles, predicadores, misioneros, podremos constatar que entre otras cosas corren parejas, en el mayor número de veces, el hombre apostólico y el lugar, paraje o región donde ejercitó su misión al servicio de Dios.

Es un hecho que no necesita de casos concretos ni de mayor aclaración para que nos convenzamos de ello.

Al tener que recordar en su III centenario al Venerable P. Pedro Esteve, franciscano, y vernos obligados a encasillarlo en determinada faceta de su vida, una vez leídas sus biografías salta a la vista la predilección especial que tuvo siempre por su región, Valencia.

Quizá a primera vista pudiera parecer cosa de poca importancia el dedicar unas líneas a recordar el amor y la compenetración que existió entre el alma seráfica de este andariego fraile valenciano y la región que fue durante cuarenta años testigo de sus rutas. El tópico ya tan manido de «yo soy yo y mis circunstancias» adquiere relieve en lo que tiene de verdad cuando se trata de un franciscano, al que las criaturas le hablan a voces del Padre amoroso que está en los cielos, y de Valencia, en donde la naturaleza entera es un mimo cariñoso de vida, colores y luz que regaló generosamente a esta tierra privilegiada de España.

Todo esto sin que mengüe nada los méritos personales del P. Pedro ni se le pueda imputar un regionalismo bobalicón.

Para ello tiene naturalmente un óptimo antecedente: es valenciano.

Denia, la antigua Diana, es su cuna. Recostada a los pies de su ciclópeo vigía el Montgó y mirándose en el azul de las aguas del Mare Nostrum, se nos presenta cual acicalada estampa de luz y color llena de gracia y armonía.

Podemos decir que el amor del valenciano hacia su huerta es sentimiento natural que nace con el mismo sujeto el día en que ve por vez primera la luz en cualquier lugar de esta región española. Sí, esto es lo ordinario. Pero ¿cómo el Pare Pere nos manifiesta este amor hacia su tierra? Siguiendo la pauta que nos da el dicho popular «Obras son amores y no buenas razones», vamos a analizar las actividades apostólicas llevadas a cabo por el P. Esteve en pro de su región valenciana, a la que llevaba muy dentro de su alma y en beneficio de la cual consumió toda su vida.

Predicación. — Cada individuo realiza actividades que le califican y definen entre los demás; al buscarlas en el Pare Pere sobresale entre todas las que realizó durante su vida la de su predicación.
Posee para ello un tríptico ideal para ser efectivo en frutos: «caudal dogmático»; su presencia física: «carácter enérgico y decir persuasivo, cuerpo alto y fuerte capaz de resistir toda fatiga» (1), y por último, el espíritu que anima su predicación, el alma del apostolado: una gran vida de unión con Dios.
Con esto realiza caminatas para dejar oír su voz en todos los rincones de la geografía valenciana. Para él no hay distancias: con sus pies desnudos puede llegar a todas partes. No hay dificultades: lo vemos incluso pasando noches tirado sobre las junqueras de las márgenes del Júcar. Busca almas para Dios y eso le impulsa al trabajo y lo dulcifica.

Su predicación perfilada a lo franciscano, por los argumentos y desarrollo de los temas resultaba eminentemente popular, moralizadora y acompañada siempre por el ejemplo de su intachable vida. Impelido por el espíritu divino, parapetado en su humildad y celo por las almas, exhortaba en son de aliento a los buenos, de zarandeo a los indiferentes y de valiente invectiva a los refractarios a toda idea religiosa.

Valencia, capital, fue la más beneficiada por el apostolado del Pare Pere. A diario predica en púlpitos y plazas. Es lugar preferido de su predicación la cátedra que improvisa subido en una piedra situada en la calle Ramilleters, porque así le oyen todos los que van al mercado, muy cerca de este lugar.

La ambición divina de su espíritu de conquistador le espolea para llevar a cabo las fundaciones piadosas que extiende por toda la región y que son una prueba más del íntimo amor que él sentía hacia su patria chica. Erige cofradías del Santo Cristo del Rescate, Llagas y Montaña de la piedad, Jesús Pobre... Es muy destacable el incremento que da a la antiquísima devoción de la Santísima Sangre de Cristo, hasta el punto de ser aún hoy para Denia esta devoción, junto con la que el pueblo profesa al Pare Pere, la esperanza y el remedio en cuantas adversidades espirituales o materiales se ciernen sobre la ciudad.

Caridad. — Es esta virtud muy franciscana y ha hecho prodigios en la vida del Pare Pere. El Venerable lo aprende de su Seráfico Padre, que enseñaba a sus Hijos a salvar al pueblo de las desgracias que le afligen en el alma y en el cuerpo amándole con sinceridad, dándole pruebas de ello con obras que exijan sacrificios, vivir sus necesidades y agotar las invenciones de la caridad para dulcificar sus amarguras y devolverles la confianza en Dios.

A este respecto tenemos gran riqueza de datos en el Pare Pere. Sólo nos limitaremos a algunos.

En el año 1647 Valencia sufre una gran epidemia. Son muchos los franciscanos que mueren de contagio. Por algo son llamados «héroes de la peste». El Venerable hace honor a este título. Se multiplica por toda la ciudad oyendo confesiones de enfermos, dándoles alimentos, ayudándoles a bien morir, amortajando los cadáveres. No le rinde el cansancio; también para él «es dulzura del alma y del cuerpo». Por eso realiza heroísmos. Se dirige un día el P. Esteve al barrio de Cuarte, el rincón más pobre de la ciudad. De una de aquellas mansiones, hediondas y oscuras, oye una voz apagada que le llama. Encuentra en lóbrega habitación, echados por tierra, una mujer atacada de peste; cerca de ella está el cadáver de su marido y dos pequeñuelos luchando entre la vida y la muerte. Es algo para poner a prueba su caridad. Pero puede más su espíritu. Saca al marido y a uno de los niños ya cadáver; asea toda la mansión, da lo necesario a la enferma, la confiesa y paulatinamente recobra la salud.

Denia le debe también mucho a su hijo franciscano en este aspecto. En 1633 diezma la peste a sus habitantes. El P. Esteve organiza solemnísimas fiestas a la Santísima Sangre de Cristo y milagrosamente vuelve la normalidad y salud en la vida de la población.

Patriotismo. — También es ésta otra virtud que enaltece al Venerable. Recordemos un pasaje evangélico. Jesús, en una de tantas ocasiones, está frente a la falsedad de los sepulcros blanqueados y sentencia: «Dad al César lo que es del César...» (Mt 22, 21). Cumplimiento con Dios y con los hombres. El católico, el hombre de Dios, el santo, no están exentos de ello. Junto a las virtudes de católico, que son de hombres de Dios y de santos, presenta sin grandilocuencia esta virtud social que muchos no quieren reconocer. En el Pare Pere, un humilde franciscano, podemos cerciorarnos de ello.

Con este pequeño esbozo creemos haber dado un título al Venerable P. Pedro Esteve. Es un recuerdo de su vida: huella de amor y simpatía por su tierra. No e partidismo egoísta. Donde la Providencia, le destinó allí gastó sus energías para e bien espiritual de su tierra. Alma grande y desinteresada que supo llenar los día de su existencia de todo lo que Dios, si Orden y la tierra que le vio nacer le exigieron.

Es gloria suya el haber dejado a su paisanos el lema: Deixem fer a Deu fassarn lo que Deu mana esculpido en cada corazón para que hoy, después d tres siglos, siga haciendo apostolado entre los suyos, que ven en él a su paisano, si protector y su Santo.

Deixem fer a Deu y fassam lo que Deu mana, para que dejando obrar a Dios en nuestras almas haga de nosotros lo que hizo del Venerable P. Esteve: unos auténticos valencianos que entregan a su región toda la gloria y la grandeza de su vid; concretizada en la santidad.

Fr. Juan José Pellicer, ofm.

(1) Chabás, Roque: Vida del Venerable P. Pedro Esteve, pág. 21 Denia, 1880. .

Algunos milagros del Venerable P. Fray Pedro Esteve

El Venerable P. Fr. Pedro Esteve, hijo ilustre de Denia y religioso benemérito de la Seráfica Provincia de Valencia, no sólo fue célebre y conocidísimo durante el tiempo de su carrera mortal por la santidad de su vida, por su predicación apostólica y por su extraordinario amor a España, sino también por los muchos y grandes milagros que hizo, como lo prueban los que a continuación relatamos, tal como los cuenta el P. Mercader en su obra Vida admirable del Siervo de Dios Fr. Pedro Esteve, Predicador Apostólico.

** Sucedió al Comisario de Jerusalén caminando en el rigor del invierno por las montañas de Morella, tierra quebrada y desierta, que en el cumplimiento de su obediencia hubo de hacer jornada un día bien desapacible y lluvioso, con las pocas comodidades que solía, a pie, sin prevención ni reparo alguno; corría un vientecillo demasiado fresco, que a breve rato remató en nieve; caían los copos muy espesos; no tenía el Siervo de Dios a donde guarecerse y fue de fuerza proseguir su camino con aquella destemplanza del tiempo; se valió de su rosario, como solía en semejantes ocasiones; caminó así más de una legua sin nunca cesar la nieve, que bastaba a aterir sujeto más robusto; y llegando así a la primera población que encontró en aquel camino, admiráronse los vecinos de ella de que en día tan áspero hubiera hecho viaje, y acudiendo a toda prisa a refocilarle y enjugarle el hábito, vieron que estaba muy enjuto y el Siervo de Dios muy sereno, y preguntándole aquellos aldeanos cómo venía sin mojarse en tiempo de tanta nieve, respondió con la llaneza que solía hablar, que en todo el camino no se le había acercado la nieve ni había padecido frío ninguno ni otra molestia, y así se había venido encomendando a Dios. Replicaron aquellos aldeanos que cómo era posible en tan áspero tiempo no haber padecido la inclemencia en lo descubierto, cuando ellos dentro de sus casas y con sus abrigos hacían harto de resistir; respondió el Comisario de Jerusalén: Chermans, Deu dona el fret segóns la roba, y com veu que yo en porte poca no me envía fret, y com sap que no tinc atre hábit pera posarme no ha volgut que se me bañara este que porte damunt.

** Venía el Comisario de Jerusalén en cierta ocasión de la ciudad de Denia hacia la ciudad de Valencia; había de pasar por el estanque de Corbera; en él estaban pescando tres hombres dos días había y no podían prender pescado alguno; refirieron al Siervo de Dios su frustrada fatiga y cómo eran pobres, y que en los lances y aventuras de la pesquería tenían librada toda su vivienda. Se compadeció de ellos el piadoso varón y les dijo que enviasen a la villa de Cullera, vecina al lago, y mandasen traer tres mulos con aparejo para llevar el pescado que sacarían; lo tuvieron a los principios aquellos pescadores por chanza; pero el Comisario de Jerusalén se lo adveró de suerte que los hombres, persuadidos, enviaron por los bagajes, y traídos, hizo el Predicador Apostólico sobre el lago la señal de la cruz, y tirando las redes aquellos pobres sacaron en ellas tanta copia de pescados que cargaron muy bien las tres acémilas...

Se despidió de estos pescadores beneficiados el Comisario de Jerusalén y les dijo: Chermans, Deu es bon pare y a totes les necesitats remedia; així, serviu-lo y amau-lo y voreu com vos acudirá en tots vostres treballs...

** Caminaba en cierta ocasión el Comisario de Jerusalén, llegó a las márgenes de un río harto crecido, que no tenía puente por aquel paraje; aguardó si acaso vendría algún pasajero con algún caballo que le pudiera vadear y transportarle a las márgenes opuestas. Sacó su breviario, rezó lo que faltaba de su oficio, cumplió con sus devociones e hizo tiempo para que algún caminante viniese, pero ninguno pareció; entraba la noche harto desapacible. Era el tiempo rígido del invierno, y viéndose en esta angustia el pobre religioso, inspirado del cielo (como después dijo) hizo sobre sí la señal de la cruz y se determinó poco a poco de pasar el río; entró en él, y fueron sujetando las aguas a sus plantas sin atreverse a humedecerle los pies; prosiguió su pasaje por el caudaloso río, llegó a la orilla opuesta y se halló tan enjuto como antes de entrar en las aguas. A poco tramo prosiguiendo su viaje encontró con unos pasajeros de a caballo que le preguntaron quién le había pasado aquel río. Y respondió el Comisario de Jerusalén que Dios le había pasado...

** Un día, celebrando el Siervo de Dios en una capilla que hay en la calle del Mar, de la ciudad de Valencia, en la casa que era de los padres de San Vicente Ferrer, a donde muchas veces solía. Le ministraba un joven albañil muy aficionado a la virtud del Comisario de Jerusalén, el cual, como llegase en la misa a decir las palabras divinas de la consagración, vio con la cercanía del acólito que estaban en el aire, fijas y sin menearse, otras dos hostias semejantes a la que trataba el sacerdote celebrante. Se asombró el joven, y pasando a mayor averiguación de su duda, se puso en pie y vio estar sobre los corporales la hostia del sacrificio; pero las dos otras siempre se estuvieron fijas en el aire hasta tanto que el devoto sacerdote sumió, que entonces se desaparecieron las dos. Acabó de celebrar el Predicador Apostólico, se despidió de él el acólito, refirió a muchos el caso, se divulgó y fue notorio entre algunos y todos quedaron admirados de tan grande maravilla.

** Parió una mujer de la ciudad de Valencia, casada con un hidalgo del arte de la notaría, un niño, tan confusos y complicados los miembros entre sí, que más parecía pedazo de carne animada que hombre, de quien no tenía perfecta semejanza. Era el parto deseado, y viendo la que asistía a él semejante animado en embrión, no se atrevió a decirlo a la madre, sino con todo secreto y con un cuerdo disimulo le sacaron a otra pieza a donde le vieron muchos.

Pasó por la calle el Siervo de Dios, le llamaron de la posada de la parida; entró en ella y le dijeron la aflicción en que se hallaban; pidió el varón devoto que le mostrasen aquel efecto del parto; se entró con él en otro aposento, y puesto de rodillas, teniéndole entre las manos, comenzó con la lengua suavemente a lamerle y formarle. Se estuvo así algún tiempo, y teniéndole perfecto al niño, salió a grandes voces diciendo a los circunstantes: Qué vos aflichiu pensant que había parit la señora un tros de carn? Un chic ha parit molt bonico, mireu-lo. Y así puesto en sus manos lo entró y se lo dio a la madre.

Quedaron maravillados y atónitos todos los que habían visto este efecto del parto disforme...
El hijo creció y llegó a ser sacerdote beneficiado de una de las iglesias parroquiales de la ciudad de Valencia.

** En la villa de Madrid estaba el Predicador Apostólico, y pasando por una calle no lejos de su paternidad, cayó una maceta que estaba puesta en una ventana y le dio a un muchacho en la cabeza, rompiéndosela gravemente y dejando aturdido al paciente con el grande golpe; se llegó a él el Siervo de Dios, y compadecido de la grande herida que había hecho en la cabeza de aquel muchacho aquella desgracia, puso sus manos sobre la rotura reciente y las tuvo así no más de en tanto que dio los Evangelios; las quitó luego y quedó aquel muchacho bueno y sano, con grande admiración de muchos que se hallaron presentes al acaecimiento...

** Atestigua un prelado de la santa Provincia de San Francisco de Valencia, que pasando el Comisario de Jerusalén por la santa y religiosa provincia de los Ángeles, en Extremadura, llegó a un convento en el cual moraba cierto religioso que le pidió que le acompañase, porque iba a visitar un cuñado suyo que estaba muy enfermo; fue en su compañía el Siervo de Dios, llegaron a la posada del doliente, rogó el religioso morador al compañero huésped que dijese los Evangelios o alguna santa oración sobre el enfermo; lo hizo así el Predicador Apostólico, se llegó a la cama, hizo la señal de la cruz sobre el doliente y luego fue conocida la mejoría; poco después cobró enteramente la salud.

** En la ciudad de Valencia una mujer de un oficial del oficio de los sastres parió un niño muerto, de lo cual quedó muy afligida y estaba con notable desconsuelo y singular tristeza; y sabiendo que el Comisario de Jerusalén pasaba por la calle, hizo con los domésticos que le llamasen, y entrando en el cuarto dijo la parida su desconsuelo al Siervo de Dios, que la hacía mayor no haber parido otra vez. Pidió el Predicador Apostólico por el niño difunto, se lo mostraron, y tomándole entre sus manos se fue con él hacia la cama de la parida, diciéndole: No está mort lo chic, es que dormía, mireu-lo com está viu; y le recibió vivo la madre con grande gusto suyo y admiración de los circunstantes, y conocieron todos la misericordia singular que había usado la Omnipotencia divina con aquella criatura suya, que en realidad de verdad era muerta, y por los méritos y ruegos del Siervo de Dios cobró la vida.

** Cierta mujer de un pescador, se clavó una espina en un dedo, a resultas de ello se le hinchó y entumeció toda la mano y parte del brazo, y como rogase al Siervo de Dios hiciese sobre el dedo herido la señal de la cruz, el piadoso varón mandó descubrir la punzada; hizo sobre el dedo la señal de la cruz, y aplicando sus labios a la herida le chupó grande cantidad de podre, envolviéndole después el dedo enfermo y dio buenas esperanzas de salud a la doliente; se fue de allí el Predicador Apostólico, pasó la noche, y al día siguiente llegaron a desfajar el dedo para curarle; le quitaron las ligaduras y le hallaron sano y sin lesión alguna; atribuyeron todos los que supieron el caso a la virtud y gracia de curación que tenía el Siervo de Dios, el cual había aplicado ambos remedios: la señal de la cruz y el contacto salutífero de sus labios.

En alabanza de Cristo y de su Siervo Fr. Pedro Esteve. Amén.

Crónica de los actos celebrados en Denia

con motivo del III centenario de la muerte del «Pare Pere»

La hidalga ciudad de Denia, tan vinculada en el pasado a la obra franciscana, ha sabido celebrar dignamente el III centenario de la muerte del Venerable P. Fr. Pedro Esteve, ilustre franciscano hijo de la ciudad, de quien damos unas notas biográficas en otro lugar de esta Revista.

A pesar de los trescientos años transcurridos desde su gloriosa muerte, el Pare Pere es algo vivo en el espíritu dianense. Sus paisanos le hacen objeto de una veneración constante y es invocado de continuo. Buena prueba de la pervivencia de la figura del Pare Pere han sido la serie de actos cívicorreligiosos que con ocasión del centenario tuvieron lugar en Denia el pasado mes de julio.

Comenzaron dichos actos con un solemne novenario, que predicó con mucho fruto y elocuencia el P. Leonardo M." Bernabeu, ofm. El día 5 fue el Pregón oficial de Fiestas, y al día siguiente tuvo lugar una gran peregrinación al santuario de Jesús Pobre que el Venerable fundara. Dicha peregrinación se vio muy concurrida y fue presidida por el limo. D. Juan Hervás, Obispo Prior de las Ordenes Militares.

El día 8, miércoles, se celebraron los Juegos Florales extraordinarios, en que la casi totalidad de los temas propuestos eran relacionados con el Pare Pere y su obra social y religiosa. Estos Juegos Florales, que resultaron brillantes, se celebraron al aire libre, teniendo por marco la plaza del Convento de San Antonio, en donde fue emplazado el monumento que la ciudad dedicó a su ilustre hijo y que fue inaugurado al día siguiente, así como una lápida en su casa natalicia. Estos actos fueron presididos por el Excmo. Sr. Gobernador civil de Alicante y por el limo. Sr. Obispo Auxiliar de Valencia Dr. González Moralejo y el P. Oltra, misacantano franciscano hijo de Denia.

El día 9 —último día del novenario— celebró su primera misa solemne el P. Buenaventura Oltra, franciscano, en la que actuó el coro polifónico del Seminario Menor de los PP. Franciscanos de Benisa y cantó las excelencias del sacerdocio el P. Miguel Oltra, tío del misacantano.

El día 11 tuvo lugar una gran batalla de flores, brillante festejo que llenó de luz y colorido la vistosa cabalgata presidida por la carroza del M. I. Ayuntamiento.

Junto a las solemnidades religiosas anteriormente apuntadas y que culminaron con una lucida procesión, se celebraron otros festejos cívicos que dieron realce al programa, tales como carreras de motos y bicicletas, campeonato de pesca, cucañas, castillos de fuegos artificiales, concursos de música, conciertos y exposiciones de pintura, con todo lo cual la ciudad vivió unas jornadas de intensa exaltación ciudadana en recuerdo del humilde franciscano, cuya memoria perdura en el corazón de todos los dianenses, el Pare Pere.

F. P.