Sociedad se escribe con «u»

En mis tiempos de traje de marinero y canicas en los bolsillos, tenía una tía que me quería mucho. Era la clásica solterona que, al faltarle los hijos propios, adoraba extraordinariamente a su sobrino. Con la mejor voluntad pertenecía a ese grupo de personas que enseñan a los niños mil cosas para hacerlos repelentes en vez de criarse como unos seres normales.

—Vamos, precioso; di ese versito tan mono que la tiíta te ha enseñado.

La cara de bobos que ponían los que me escuchaban servía de estímulo para que recitara todas las cosas repipis que, a fuerza de caramelos, me había aprendido. Y lo grave es que lo decía todo seguido... y sin equivocarme. El colmo. Si no hubiera sido por los pasteles y algún que otro besito de señora estupenda, ¡cualquiera aguanta el papel de niño monísimo! Mas solo por contemplar como se le caía la baba a mi profesora en monadas estaban justificados todos mis sacrificios. Lo de tirar piedras a los perros y arrancar la cola a las lagartijas venía luego, cuando salía de su control.

Durante su vida me hizo muchos regalos; pero hay uno que todavía conservo y lo guardo como una reliquia. Se trata de un Diario para hacer anotaciones. Ella misma lo rotuló con la palabra «Sociedad» y a modo de dedicatoria escribió en su primera página: «Anota todo lo que te llame la atención en la conducta de tus semejantes para que por su estudio puedas trazarte una norma de vida y hacerte digno de pertenecer a esa gran familia denominada "Sociedad".»

Como pueden suponer, mis primeros garabatos fueron guiados por la mano de mi maestra en artes sociales. «Seré bueno, obediente y aplicado.» «Cederé el asiento a las señoras...»

Unas páginas más adelante ya me independicé de toda influencia extraña y trazaba mis apuntes con los casi indescifrables signos personales: «Juanito se hurga la nariz y se pone muy feo»; «Vicente me debe seis cromos».

Pasaron algunos años y entonces empezaron los buenos propósitos: «Estudiaré mucho para ganar montones de dinero y comprarme un coche como el que tiene don Fulano». Mi época de colegial también quedó reflejada en el Diario. Unas páginas con pensamientos filosóficos (?), otras llenas de romanticismo y algún que otro nombre escrito en clave...

Y así, poco a poco fui ensuciando cuartillas y más cuartillas. Pensamientos, ideas, observaciones, críticas; todo cuanto influyó en mi espíritu quedó plasmado en forma de escritura.

Pero últimamente, sin darme cuenta, he cambiado de forma y de estilo. Hojeo lo escrito desde unos meses hasta ahora y observo que mis «Memorias» se han convertido en un folletón de chismes y de sucesos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde fueron a parar aquellos pensamientos profundos o aquella visión juvenil y alegre de la vida? Está clarísimo. Me he dado cuenta, entre otras cosas, cómo don Fulano consiguió ese coche tan lujoso que exhibe con mucho orgullo y que causa la admiración de quienes lo ven. ¡Y pensar que de pequeño hice el propósito de ser estudioso, honrado y trabajador para imitar a este señor y conseguir un coche como el suyo...! ¡Lo que hacen los pocos años! ; porque muchas cosas que ahora tengo anotadas ni siquiera pasaron entonces por mi imaginación. Pero a pesar de ello no me arrepiento en este cambio en mi forma de pensar, ni siquiera de haber tomado ciertos apuntes en mi libreta; ellos me han enseñado a ver tal y como es la vida; por ellos he aprendido a valorar debidamente a las personas, a distinguir quienes pertenecen a la sociedad y quienes a la suciedad. No culpen al cajista, pues he sido yo quien colocó esa «u» en la palabra.

A medida que fui creciendo la palabra sociedad ha tenido para mí distintos significados. Al principio la constituían todos los que aguantaban mis monadas de niño repelente; luego, cuando supe leer, cambié de idea y la consideré formada por quienes asistían a ciertas fiestas en las cuales a una adolescente le ponían sus «primeras galas de mujer», se bailaba y todos aplaudían a la que se había puesto de largo; aunque tengo todavía mis dudas de si esos aplausos no van dirigidos a quienes pagan la merienda.
También llamaba mi atención esas crónicas en las que se hablaba de don Fulanito con la encantadora señorita..., y del vestido tul ilusión..., con el consiguiente viaje a Mallorca, etc.

Y así, paulatinamente, he ido interpretando el verdadero sentido de la palabra, aun cuando hasta hace poco, influenciado por ciertas personas, la subdividía en distintas clases o escalas.

Actualmente creo que tengo ya bien claro el concepto preciso; aunque una duda surge en mí: muchas veces me pregunto si deben formar parte de esa sociedad algunas personas que tengo en mis notas.
El «señor don», con aspiraciones a ilustrísimo, mimado por todos cuantos le tratan, agasajado por donde va y rodeado de personas que hacen de sus chaquetas... abrigos. Inmensamente rico y admirado por sus semejantes. ¿Cómo ha conseguido esto? En mi cuaderno lo he consignado; el pobre ha confundido lo de «ganarás el pan con el sudor de tu frente», por «ganarás el pan con el sudor del de enfrente» y, ¡claro!, actúa según su ingenua confusión. Salarios de hambre para sus obreros, trato despectivo para con sus subordinados, manga excesivamente ancha para toda clase de negocios, soberbio, egoísta...

También anoté el reverso de esta medalla; la de algunos obreros, siempre hablando de los derechos sociales, del trato inhumano de sus patronos. ¡ ¡ Justicia! ! Cualquiera que les oiga creerá que su jefe tiene el corazón de hiena. Tengo anotada igualmente su jornada «laboral». Podrían hacer el trabajo bien en un día, mas... ¿para qué correr tanto? ¿Qué importa la rápida y buena ejecución de la obra si van a cobrar igual? Total, ese trabajo lo prolongan hasta el máximo y por colofón mal terminado. Para ellos eso de arrimar el hombro, trabajar, producir, son ideas capitalistas.

¿Y qué diremos de ciertas jovencitas a quienes sus padres trataron de darles una esmerada educación? Distinguidas, elegantes, admiradas por ellos y envidiadas por ellas, qué pronto pierden esas cualidades, tan hermosas en la mujer, ante la conducta observada en determinados casos, impropia de su condición!
Tampoco escapan a mi observación estos graves y sesudos padres de familia que se desenvuelven pero que muy requetebién en horas «extra»...

No continúo, pues el estudio de ciertos sujetos a quienes no arredra practicar el soborno, el chanchullo, estafa y demás, me está produciendo cierto asquito, y por lo tanto voy a poner punto final.

Mi querida tía, ¡gracias por tu valioso regalo. Por él sé apreciar y respetar a los que verdaderamente son dignos de ello. He aprendido a valorar a las personas por su conducta y forma de ser. En tu regalo sólo hay un «pero», y éste es la dedicatoria que pusiste a continuación del rótulo. Creo no debes clasificar a todas las personas bajo una palabra común, pues si unos pertenecen a la sociedad hay otras que forman parte integrante de una suciedad en la que existen todas las gamas.

Con tu permiso abro un nuevo libro para reflejar fielmente y como debe ser lo que tú quisiste expresar en un principio, pues afortunadamente existen aún muchas personas que se hacen acreedoras de formar parte de esa gran familia que tú llamas «sociedad».

José Mª Gimeno Tichell

El Beato Nicolás Factor, confesor de las Descalzas Reales

Yo me refiero a la estancia del Beato en la capital de España, que fue bastante larga, lo suficiente para formar un capítulo en su hermosa vida, que hay que reconstituir para contemplar al hombre entero y recibir sus lecciones.

El capítulo de «El Beato Nicolás en Cataluña» ha sido modernamente reforzado por el hallazgo del Proceso auténtico y original sobre las virtudes y méritos de Nicolás Factor (1); pero «El Beato Nicolás Factor en Madrid» no sé que se haya escrito, y este pequeño artículo tiende a aportar una fuente indirecta literaria que suscite la cuestión de las variantes en los relatos anecdóticos respecto al santo.

«Le quiso meter en escrúpulos y le contó luego aquel ejemplo de humildad y desengaño que refieren las historias del P. Fr. Nicolás Factor, el primer confesor que tuvo aquel gran convento [Diálogo de la abadesa de las Descalzas Reales con su confesor el Venerable Fr. Andrés de Guadalupe]. Y fue el caso... que no pudiendo llevar la vida de la Corte y el hallarse sin el retiro de su Provincia, se huyó de las Descalzas para irse a ella. Entró por el convento de Atocha a despedirse de aquella santa imagen, y estando de rodillas delante de ella, cuenta la historia (2), que sintió un gran temblor en sus carnes y oyó que le dijo la misma imagen: "¿Por qué te vas y dejas solas las Esposas de mi Hijo?" Después de esta narración dijo luego la Madre Abadesa: "Ésta reprensión de Nuestra Señora tuvo el Santo Fray Nicolás Factor, porque nos dejaba. Pues, ¿cómo osa Vuestra Paternidad hacer lo mismo? Y ¿cómo no teme la indignación de la Virgen, estimando tanto a estas Esposas de su Hijo?"

«Había leído el Venerable Padre la historia y pudo responder con facilidad con el mismo ejemplo: Doy por verdadero el caso, dijo el Venerable Padre y satisfago con el mismo: Lea Vuestra Reverencia más abajo y verá que dice la historia que, quedando el Santo Padre temblando, dijo a la santa imagen: Quid me vis fácere? Y entonces respondió Nuestra Señora: Vete en buen hora. Luego prosigue el autor diciendo, y con esta licencia partió a su Provincia de Valencia y desde esta ciudad con una preciosa muerte partió al cielo» (3).

La cronología del caso, el P. Rubi (o. c.) dice que el Beato fue nombrado, en 1571, confesor de las Descalzas. El P. Jaime Sala (cit. al Barón de Alcahalí, Los artistas valencianos, pág. 234, 1893, dice que fue el año 70 y que el Beato no ejerció el oficio más de cinco años. Ya tiene campo mi simpático lector, en cinco años de Madrid, de investigar sobre el Sócrates valenciano de amor seráfico (4).

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Ms. s. 16 y 17, Archivo Histórico del Colegio de Notarios de Barcelona, o c. p. el P. B. de Rubi, Estudios Franciscanos, vol. 54, núm. 286, p. 27.
(2) Gil González de Ávila: Teatro de las grandezas de Madrid, pág. 286.
(3) Juan Luengo: Vida de Fr. Andrés de Guadalupe, Madrid, 1680, pág. 224.
(4) Bil. de AA. españoles de M. Pelayo, 20. Introd. VIII.


Johni

Por fin al cabo de ocho años la señora Berni volvía a recibir carta de su hijo Elicier. Un destello de felicidad brilló en sus ojos y corrió en busca de alguien a quien comunicar tan grata noticia, y fue a su hija Paula, la más pequeña de sus seis hijos, la primera en recibir la noticia de labios de su madre.

—Paula, hija, carta de tu hermano Elicier—, dijo la señora Berni rasgando el sobre con mano temblorosa y leyendo rápidamente sin descanso.

Su hija permanecía atenta, mirando a su madre y esperando alguna palabra. Por fin la señora Berni, apretando la carta contra su pecho, dijo emocionada:

—Elicier viene, hija mía, y muy pronto, muy pronto. ¡Dios Santo! Tú me lo devuelves después de treinta años de ausencia.

—Vamos, mamá, no te hagas tantas ilusiones. Recuerda que hace ocho años también escribió diciendo que venía, y más aún, envió dinero para que compraras esta regia mansión y ordenó incluso cómo quería que la decoraras y la amueblaran, y después de cumplir sus órdenes, de la noche a la mañana no supimos nada más de él.

Este recuerdo arrancó algunas lágrimas de los ojos de la señora Berni.

—Sí, pero ahora es cierto que viene, me lo dice el corazón, hija mía, y el corazón de una madre rara vez se equivoca.

—¡Oh!, mamá, qué crédula eres —repuso Paula sonriendo, a la vez que leía la carta que su madre le entregó—. Veremos si es cierto, pronto lo veremos, faltan sólo veinte días—, dijo Paula con ironía.
Su madre, profundamente indignada, dijo:

—Hablando así no das muestra de ser una buena hermana; debías de estar más alegre y veo en ti más que alegría frialdad.

—Yo no conozco a Elicier, mamá, y hasta hace diez años que murió papá no había oído pronunciar su nombre, que estaba prohibido en nuestra casa. Al poco de morir papá y cuando Elicier escribió entonces conocí su historia y supe que tenía otro hermano.

—¡Pobre hijo mío...! —exclamó con tristeza la señora Berni—. Ya sé que para tu padre fue muy dolorosa aquella huida, aquella desaparición de Elicier de casa sin explicación alguna. Pero tu hermano llevaba en su pensamiento esta idea; yo desde que él era un niño conocía sus ilusiones. Era ambicioso, quería conocer mundo y hacer fortuna. ¡Cuántas noches me levanté de mi lecho y fui junto a su cama a ver si aún estaba allí! Tenía miedo, algo así como un presentimiento, y no me equivoqué. Un día Elicier desapareció. Tu padre, el pobre, le buscó sin descanso, pero todo inútil, no supimos más de él. Yo lloraba amargamente en silencio y me consideraba su cómplice. Debí advertir a tu padre de mis temores, pero yo creía que Elicier jamás haría aquella locura.

Paula, que la miraba con atención, en silencio, dijo:

—Quién sabe si el que viene ahora es tu hijo o un impostor. ¿No te parece muy extraño, mamá, su proceder... todo este misterio? Ya sabes que escribimos a la Embajada en Australia y allí no sabían nada de su paradero.

—Paula, no hables esos disparates, pues me asustan, hija. ¿Cómo te atreves a concebir semejante idea? ¿Es que no conoces su letra? Es la misma de otras cartas. ¿No lo ves...?

—¡Bah!, mamá, no hagas caso de eso, puede ser algún amigo o enemigo que conociendo su secreto se aproveche de él. Después de todo Elicier es un aventurero, un hombre que vive o ha vivido una vida misteriosa.

—Paula, te prohibo que hables así de tu hermano, ¿lo oyes...? Si es que le odias debes de marcharte inmediatamente de esta casa con tu esposo y con tu hijo. Elicier es tu hermano mayor y debes de respetarlo—, dijo su madre con energía y en tono tan firme que no admitía réplica.

—Bien, mamá, perdóname y no te enfades—, dijo Paula con humildad.

La señora Berni tomó la carta de las manos de su hija, la metió en el sobre y la guardó cuidadosamente en el bolsillo de su vestido.

—Mañana —dijo con energía— empezaremos a arreglar la casa. Pondremos las cortinas, las alfombras y, sobre todo, el dormitorio de Elicier yo me encargaré de él. Todos los días llevaré a su alcoba un ramo de claveles para que impregne el ambiente con su perfume.

Cuando concluyó de hablar sintió miedo, un miedo atroz. Las palabras de Paula hicieron mella en su corazón.

—¡Si fuera cierto, Dios mío, que Elicier hubiera muerto y el que llegara era un impostor! —pensó temblando de miedo—. ¡Dios Santo, acaso no voy yo a reconocer a mi hijo...!

La casa de los Berni estaba completamente transformada. Los muebles habían sido desenfundados, los cuadros desempapelados y las porcelanas ocupaban sus lugares de adorno. Aquella transformación daba a la casa suntuosidad y confort. señora Berni se sentía dichosa y feliz. Todo había sido ejecutado según órdenes dadas por Elicier desde Australia hacía ocho años. Ella iba y venía, agitada, dando las últimas órdenes. Elicier llegaba al día siguiente. Sus cinco hijos, asustados, observaban a su madre en silencio, sin atreverse a pronunciar una sola palabra que pudiera desanimarla o zaherirla en sus sentimientos. Hacía ocho años que se habían hecho aquellos mismos preparativos y tal vez con más ilusión y alegría que ahora, y Elicier no llegó.

—¿Qué ocurrirá mañana...?—, se preguntaban todos movidos por la ansiedad.

Olga Bauzá de Lloréns

(Continuará)

750 aniversario de la Regla franciscana

Todos los años el 16 de abril conmemoramos los franciscanos el fausto acontecimiento de la aprobación de la Regla. Pero este año no era como los demás. La fecha era en cifras redondas: 750 años desde la primera aprobación, siete siglos y medio exactamente. Se conmemoraba en San Juan de Letrán, donde San Francisco obtuvo la aprobación de Inocencio III en 1209. Se hacía en presencia del Papa Juan XXIII, quien con toda su autoridad apostólica tenía que prometernos —como Inocencio III a San Francisco— la vida eterna en premio de la observancia de aquella Regla. Reafirmaríamos allí la voluntad de conducirnos siempre por sus normas y preceptos todos los franciscanos juntos para patentizar que, bajo la diversidad de hábitos, existe unidad de espíritu. Nada tiene, pues, de extraño que esperáramos en Roma con inédita ansiedad el 16 del mes y año que corremos.

Y el día llegó. Las dieciocho era la hora señalada para la solemne ceremonia, mucho más solemne de cuanto pudiera haberse esperado. Desde las primeras horas de la tarde, por delante de nuestro Ateneo Antoniano en Via Merulana, era un constante desfilar de hábitos en dirección a la Basílica lateranense.
Cuando llegué con algunos compañeros, tres cuartos antes de la hora fijada, ya habían invadido el templo centenares de religiosos de las cuatro ramas franciscanas, representanzas de más de cincuenta Institutos y Congregaciones femeninas con regla de inspiración franciscana, y multitud de seglares de la V. O. T. y Asociaciones Antonianas.

Realzaban el acto con su presencia diecinueve Emmos. Cardenales. Concretamente los Cardenales Tisserant, Micara (Protector de los franciscanos, de los capuchinos y de los terciarios regulares), Pizzardo, Aloisi Masella, Tedeschini, Fumasoni Biondi, Agagianian, Gaetano Cicognani, Valeri, Giobbe, Fietta, Chiarlo, Amleto Juan Cicognani, Confalonieri, Tardini, Canali (Protector de los conventuales), Di Jorio, Roberti y Jullien. Igualmente estaban presentes gran número de obispos pertenecientes a las familias franciscanas.

Entre las numerosas representaciones, no es lícito omitir al Abad General de los benedictinos y al Maestro General de los dominicos. El primero ocupaba allí merecidamente su lugar en memoria que la protección que su Orden supo dispensar a San Francisco y a la naciente familia por él fundada. Y el segundo, por la fraternidad que desde sus comienzos unió a las dos Ordenes gemelas.

Poco antes de las dieciocho llegaba el Papa a la Basílica de Letrán. Entrando por la nave central, se dirigió, entre las aclamaciones de los religiosos y terciarios, al altar de San Francisco a adorar a Jesús Sacramentado y venerar la imagen del Seráfico Patriarca.

Mientras después ascendía al ábside y se sentaba en la Cátedra, fue saludado, con viva emoción de todos, con el Tu es Petrus, de Refice, ejecutado por un potente coro compuesto de jóvenes religiosos estudiantes de las distintas familias franciscanas y dirigido por el maestro de Coro de nuestro Ateneo Antoniano P. Santini.

Terminado el Tu es Petrus, nuestro P. General Agustín Sépinski, en nombre de todos los franciscanos, dirigió al Padre Santo breves palabras de agradecimiento y filial adhesión.

A continuación, cantado el Salve, Sancte Pater, del P. Santini, en honor de San Francisco, renovaron la profesión, en nombre de todos los hijos del Seráfico Patriarca, los Ministros Generales de los franciscanos P. Agustín Sépinski, de los conventuales P. Victorio Constantini, de los capuchinos P. Clemente de Wilwaukee y el Vicario General de la Tercera Orden Regular P. Lorenzo Hrzic.

Terminada la renovación de los votos, contestó el Papa al saludo del P. General con un discurso que podría calificarse de «una encantadora página más de las Florecillas». Pues es simplemente el canto de un franciscano, extasiado en la contemplación de siete siglos y medio de gloriosa historia y agradecido por la paz y benéfico influjo que en su alma produjo el franciscanismo durante los sesenta y tres años que van del 1 de marzo de 1896, fecha en que él se inscribió en la V. O. T., hasta el presente año.

Siguió sólo una breve función eucarística, y al final el Canto de las criaturas, de Alaleona. Y el Papa desapareció. Le vimos marchar por Via S. Giovani in Laterano en el coche iluminado por dentro, pues ya oscurecía, y en actitud bendiciente. En nuestra alma quedó un profundo agradecimiento y un renovado propósito de vivir siempre «súbditos y sujetos a los pies de la Santa Iglesia, firmes en la fe católica, observando la pobreza y humildad, y el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo».

Fr. Jorge Sanchis, ofm
Roma, abril de 1959.

Noticias

Renuevan sus votos ante el Papa los franciscanos.— Por tercera vez desde el comienzo de su pontificado. Su Santidad Juan XXIII se ha trasladado esta tarde —16 de abril— a su Catedral lateranense. El objeto de esta nueva visita pontificia a la Basílica de San Juan de Letrán ha sido el de presidir una singular y emotiva ceremonia. La gran familia seráfica ha renovado en las manos del Vicario de Cristo sus votos y las promesas de obediencia a la Regla franciscana, como hicieran tal día como hoy hace siete siglos y medio ante Inocencio III San Francisco de Asís y sus once primeros compañeros.

Como narran las crónicas de la época, el «Poverello», después de un año de predicación, se trasladó a Roma con un grupo de «penitentes de Asís», como les llamaba el pueblo, para exponer a Inocencio III su «dura intención» (breve regla o «fórmula vital»), recibiendo la aprobación oral pontificia seguramente en el palacio lateranense, entonces sede de los Papas, precisamente el 16 de abril de 1209. Este acto fundacional de la gran familia franciscana, ramificada hoy en una vastísima floración de órdenes y congregaciones masculinas y femeninas, además de los terciarios, ha sido conmemorado esta tarde con esa solemne función religiosa celebrada en la Basílica de San Juan de Letrán, ante cuyos jardines se yergue una mística y; bella estatua orante de San Francisco.

Después de la renovación de los votos, el Padre Santo ha pronunciado un importante discurso seguido de un Tedéum y del Cántico de las Criaturas, compuesto por el Seráfico Patriarca. Día, pues, de júbilo ha sido el de hoy para la gran familia franciscana, que tantos santos ha dado a la Iglesia y, para gloria de España, al Cardenal Jiménez de Cisneros. — (De Ya.)

Una campesina, curada milagrosamente por el Beato franciscano Cario da Sezze, asiste a su canonización. — Ciudad del Vaticano. 12-IV-59. — Una joven campesina, vestida con un sencillo abrigo verde, se ha acercado a la gran puerta de la Basílica de San Pedro manifestando que debía asistir a la canonización del Beato franciscano Cario da Sezze.

—¿Trae usted invitación?—, le preguntó el Maestro de ceremonias.

El sacerdote que acompañaba a la visitante confesó que no la tenía. Explicó que había recibido una invitación, pero que se había extraviado posteriormente.

—Entonces no puede entrar—, decidió el Maestro de ceremonias.

—Pero es que yo —insistió la mujer— he sido una de las curadas milagrosamente.

El Maestro de ceremonias lanzó una mirada hacia el tapiz colocado sobre el altar pontificio y reconoció que la mujer allí retratada era la misma con la que estaba hablando en aquel momento.

La campesina era Ida Passamonti, de treinta años de edad, de la localidad de Mintuno, que fue curada milagrosamente de peritonitis por mediación del Beato Cario da Sezze. Su caso fue uno de los dos milagros en que se basa dicha canonización.

Inmediatamente el Maestro de ceremonias permitió que la campesina entrara en la Basílica.

Representación franciscana.— Con motivo de la canonización del Beato franciscano Cario da Sezze, el día 12 de abril se reunieron en la Basílica de San Pedro los miembros de la Curia Generalicia de los Padres Franciscanos, presidida por el Superior General P. Agustín Sepinski y delegaciones de la Orden de Austria, Bélgica, Francia, Italia, España y otros países, así como parientes del nuevo Santa

Vicariato Apostólico de San Raimundo en Perú.— En este Vicariato Apostólico, encargado a la Seráfica Provincia de San Francisco Solano, hay 76.000 habitantes, de los cuales 70.000 son católicos, 1.000 catecúmenos y cerca de 5.000 paganos que habitan en selvas impenetrables.

La superficie es de 90.000 km2. Allí misionan doce Padres franciscanos y seis sacerdotes seculares, los cuales regentan doce cuasi-parroquias, 40 centros secundarios, 7 escuelas elementales con 1.236] niños —en las que también se les enseña agricultura y artes manuales— y 3 orfanatorios para niños: abandonados. Los Padres franciscanos editan cuatro Hojas parroquiales: 1.400 ejemplares que cada domingo distribuyen gratuitamente. El año 1958 el P. Dionisio Ortiz, O. F. M., publicó la Historia de Chanchamayo y Reseña.

Con los misioneros franciscanos colaboran 60 religiosas que atienden a la educación de las niñas en 10 colegios y 2 orfanatos y un hospital.

Hsin Ying (Formosa). — El distrito de Hsin Ying (Formosa) está encomendado a los Padres franciscanos alemanes de la Provincia de Colonia. Allí misionan siete Padres y dos sacerdotes indígenas, en tres centros principales y 20 secundarios. Hay 1.595 católicos y 650 catecúmenos. El año pasado fueron bautizados 444 adultos, 87 niños y 17 en peligro de muerte, y edificaron un nuevo convento, una iglesia grande y tres pequeñas. Nuestros misioneros regentan 9 parroquias, 33 cristiandades y un jardín de infantes.

El libro más vendido.— Según un comunicado de la Embajada alemana, la Biblia ha tenido gran difusión en África en el año 1958. Se han vendido 374.000 biblias en diferentes idiomas, y de ellas unas 150.000 en «afrikaans». Por la relación entre la difusión de la Biblia y la población total, África está en primer lugar.

Profesiones solemnes en la Orden Franciscana.— En manos del P. Fr. Juan Nadal Moltó, Guardián-Rector de Benisa, hicieron sus votos solemnes los Hermanos legos franciscanos Fr. Luis Sandoval Camderá y Fr. Jesús Cerveró Sebastián, el día 19 del pasado abril.

¡Que el Señor les haga dignos émulos de tantos santos Hermanos legos como cuenta la Orden Franciscana!

Fausto acontecimiento.— El P. Santiago Miró, Superior de nuestro convento-parroquia de Pego, nos comunica lo siguiente: «En fecha 6 del actual (marzo del 1959) hemos recibido un oficio del Arzobispado en el que se nos comunica que nuestra Emisora Parroquial "Paz y Bien" ha sido reconocida y legalizada por el Estado, correspondiéndole la frecuencia de 1.322 kc.»

Al dar esta grata noticia a nuestros lectores felicitamos cordialmente al P. Santiago Miró por tan fausto acontecimiento.

Nuevo Administrador Apostólico de la Orden Franciscana.— El Rdo. P. Angélico Melotto, de la Provincia de San Antonio de Padua, de Venecia, expulsado del Vicariato Apostólico de Hankow por los comunistas y que actualmente estaba en el Comisariato provincial de Guatemala y San Salvádor, encomendado a la mencionada Provincia de Venecia, ha sido nombrado Administrador Apostólico de la diócesis Sololense en Guatemala por la suprema autoridad de la Iglesia.

Esta diócesis abarca tres provincias civiles: El Quiché, Sololá y Suchitepéquez, con una extensión de 12.000 km2., 490.000 habitantes —de las cuales 483.000 son católicos—, 18 parroquias, 170 capillas
o iglesias también abiertas al culto divinos, 5 sacerdotes diocesanos, 17 sacerdotes religiosos extranjeros y 4 seminaristas.

Nuevos sacerdotes franciscanos.— El día 21 de febrero del año en curso se ordenó sacerdote por el Excmo. Sr. Obispo de Salamanca el P. Joaquín Beltrán Sellés, O. F. M., quien cantó su primera misa solemne en Callosa de Ensarriá el día 31 de marzo.

También el 21 de febrero fue ordenado sacerdote por el Sr. Obispo de Teruel el Fr. Pascual Montaner Gregori, O. F. M., quien cantó su primera misa solemne en su pueblo natal, Real de Gandía, el día 5 de abril. Y el 19 de marzo, el mismo Obispo de Teruel Fr. León Villuendas Polo, O. F. M., ordenó de presbítero al P. Fr. Jesús Martín Prieto Santamaría, O. F. M., quien cantó su primera misa solemne en Santa María de los Oteros (León), su pueblo natal.

Nuestra más sincera enhorabuena a los tres nuevos ministros del Altísimo.