San Sebastián, Mártir
Soldado del ejército romano, en el que ingresó en el año 269, y fue tenido en gran estima por los emperadores Diocleciano y Maximiano, tanto que le confiaron el mando de la primera cohorte y le agregaron a su cuarto militar. Sebastián, que ya era cristiano, se aprovechó de este valimiento en servicio de la Iglesia, habiéndole el Papa San Cayo distinguido con el título de Defensor de la Iglesia, según consta en el capítulo XIX de las actas del santo mártir.
La actuación de Sebastián en este sentido consistía principalmente en confortar a los cristianos que eran perseguidos, y especialmente a los que padecían el martirio; esto hizo con los santos Marco y Marcelino, prisioneros en casa de Nicóstrato, oficial del juez Cromacio, a quien convirtió a la fe, junto con su mujer Zoé, a la que, además, devolvió el habla después de seis años de mudez. En casa de Nicóstrato convirtió también al cristianismo a Claudio, alcaide de la cárcel, y a sus dos hijas; a Tranquilo, padre de Marco y Marcelino, y a su esposa Marcia, además de seis amigos de Tranquilo y a otros.

Martirio de San Sebastián. El Greco. (Centro virtual Cervantes)
Sabedor Diocleciano de estos actos de Sebastián e indignado al ver que el hombre en quien había puesto su confianza era un cristiano, y cristiano de acción, lo condenó a ser asaetado en campo abierto por los arqueros de Mauritania, sus soldados. Así se hizo y le dejaron allí por muerto; por la noche, al ir a recoger el cadáver una piadosa viuda, por nombre Irene, le halló vivo, y llevándolo a su casa le curó las heridas y el santo sanó en pocos días. Entonces se presentó ante Diocleciano en la gradería del templo de Heliogábalo (en el Palentino), exhortándolo a dejar el culto de los falsos dioses. Estupefacto Diocleciano al ver en su presencia al que creía muerto, mandó apalearlo hasta que expirase, y, en efecto, dio su vida al Señor en manos de los sayones de Diocleciano, en el hipódromo del palacio imperial, en el sitio donde hoy se halla la iglesia llamada San Sebastiano alla Polveriera, o también Santa María in Pallara.
Los verdugos del santo mártir, para impedir que los cristianos hiciesen honor a sus sagrados despojos, echaron el cadáver a la cloaca Máxima, pero a la misma hora que esto hacían —que era de noche— se apareció el Santo a Lucina, mujer muy religiosa, y le reveló dónde estaba su cuerpo y cómo había quedado pendiente de un gancho de un madero y no había caído en aquel lugar hediondo e infame, y le mandó que le enterrase en las catacumbas a la entrada de la cueva y a los pies de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Así lo hizo la piadosa mujer, y aún hoy se reconoce en las catacumbas la cripta donde se colocó el cuerpo del santo, cuyo sepulcro, en el pontificado de San Inocencio I, se adornó con mármoles, según consta en una lápida que allí se colocó y se halla actualmente en el Museo Lateranense.
Apenas hay iglesia importante en Roma que no posea alguna reliquia de San Sebastián, obtenida en alguna de las ocasiones en que fue abierto su sepulcro, o sea en su primera restauración en tiempo del Papa Inocencio I (402); en la segunda en el pontificado de Adriano I (772); cuando la traslación de sus reliquias a la abadía de San Medardo (Soissons, Francia), en el pontificado de Eugenio II (826); en la tercera restauración y traslación a un sepulcro de mármol en tiempo de Honorio III (1212), o, finalmente, a principios del siglo XVII, en que el Cardenal Escipión Borghese hizo trasladar el cuerpo del santo mártir al sepulcro construido al pie del altar donde hoy se venera.
La imagen más antigua que se conoce de San Sebastián es la de la iglesia de San Pedro ad Vincula, del año 680; es un mosaico que representa al santo en traje de palacio, con barba, manto y una diadema en la mano, y alrededor de la cabeza un nimbo resplandeciente. Posteriormente se le ha representado a menudo en figura de un joven atado a un árbol y con flechas clavadas en su cuerpo.
Los autores señalan unánimes el 20 de enero como fecha del martirio de San Sebastián, pero difieren en cuanto al año; unos dicen que el 288, otros que el 304. La primera fecha parece más probable, teniendo en cuenta las fechas del martirio de los santos a quienes Sebastián sirvió de sostén en sus últimos días.
La fama de San Sebastián se esparció por el mundo entero y adquirió popularidad. Se le invoca contra toda clase de epidemias, según reza la inscripción grabada sobre su tumba. Su fiesta litúrgica se celebra el día 20 de enero.
Familia y educación
Hoy vamos a intentar atraer la atención de los padres hacia consideraciones derivadas de este hecho en el que quizá no se han detenido a pensar: el niño tan sólo está en la escuela cinco o seis horas diarias. El resto, el largo resto del día, lo pasa en la calle y en casa. Por lo tanto son más las horas de calle y casa que las de escuela, y si el ambiente general de estos sitios no tiende, por lo menos, a conservar y mantener la formación recibida en la escuela; si, por el contrario, tiende a neutralizarla y anularla, fácilmente comprenderemos el escaso éxito que a veces se observa en la labor educadora.
Lo explicaré más claramente mediante un par de ejemplos: en la escuela se le prohíben al niño decir palabras soeces; ahora bien, si en casa no sólo se le permiten, sino que le son familiares por oirías decir a sus padres..., el niño aprenderá las palabras soeces oídas en casa y pasarán a formar parte de su vocabulario, a pesar de la pasajera restricción que representa la escuela. Y no me he referido a la calle, sino tan sólo a casa.
Al niño en la escuela se le enseña a decir la verdad y a no mentir, pero si ve en casa y calle la mentira, el disimulo y la hipocresía imperar sin trabas... el niño acabará mintiendo.
Otro ejemplo: en la escuela se les obliga a realizar trabajos apropiados durante toda la duración de la sesión escolar, bien sea estudio de lecciones, escritura, lectura, etc. Si en casa se muestra interés por estos trabajos, se les pregunta, se le repasa, estimula e inquiere, el niño los valora más, se aficiona más a ellos y el resultado no se hace esperar. En cambio, si en sus casas no se preocupan absolutamente de si hace o no los deberes, de si estudia o no estudia y, como sucede en muchos casos, el niño no toca un libro ni abre la cartera para nada fuera de las horas de clase..., las cinco o seis horas del hacer escolar se verán neutralizadas por otras tantas en que no hará absolutamente nada formativo y que, a lo mejor, emplea en ocupaciones, juegos, cine, radio, más bien deformativas
Quisiera llevar a los padres la idea de que si la moderna escuela, siguiendo las últimas directrices pedagógicas, tiende a ser una continuación del hogar, con trato amable y cariñoso, con una preparación no para la Escuela, sino para la vida; si hemos conseguido desterrar aquel concepto arcaico del maestro de contar, leer y escribir y hoy se enseña el comportamiento en la mesa, a manejar herramientas y redactar solicitudes, quisiera que los padres, conscientes de su calidad y condición de maestros primeros y naturales de sus hijos, hiciesen del hogar una continuación de la escuela. Que en su comportamiento, especialmente por aquello de que Fr. Ejemplo es el mejor predicador, procurasen enseñar a sus hijos normas de sociabilidad, de corrección, de buen comportamiento. Que vigilasen las lecturas, las compañías, los espectáculos, los juegos de sus hijos, que se preocupasen un poco más de su educación y no sólo de su instrucción (es más importante que el niño ceda el asiento o la acera a una persona de edad que no que sepa la definición de adverbio).
Si los padres colaborasen de este modo en la obra educativa de la escuela no neutralizándola con su apatía e indiferencia, fácilmente veríamos cómo florecía con mayor pujanza la labor de los maestros y cómo fructificaba de un modo palpable redundando en una mejor educación de los hijos.
Felipe G. Perles Martí
La mujer
No es fácil dar brillante solución a un ruego insistente que me hizo una mujer; mujer joven y pudiéramos decir agraciada, pero muy ofendida por un importuno y desagradable desprecio: «Escriba algo en honra de la mujer.» Eso me pide, pero de momento no sabe uno por dónde empezar. Hojeo libros, recuerdo episodios, rebusco en la vida de las heroínas del pueblo de Dios. ¿Pero por dónde empezamos?
Cuando he aquí que cae en mis manos o, mejor dicho, llega a mi recuerdo un proverbio persa que dice: «No hieras a la mujer ni con el pétalo de una rosa», y ahora yo digo: No la hieras ni con el pensamiento, sea joven o vieja, fea o bella, frívola o austera, mala o buena, porque como dijo un sabio, «la mujer sabe siempre el secreto de Dios». Si el universo tiene un fin claro, evidente, innegable, que está al margen de las filosofías, ese fin es la vida, la vida, única doctora que explicará el misterio, y el misterio está en la perpetuación de la vida, que fue confiada por el ser supremo a la mujer. La mujer es la sola colaboradora efectiva de Dios. Su carne y sangre no es como nuestra sangre y carne; en la más vil de las mujeres hay algo divino. Dios mismo ha encendido las estrellas de sus ojos irresistibles. El destino encarna en su voluntad, y si el amor de Dios se parece a algo en este mundo, es sin duda semejante al amor de las mujeres madres. Su destino y su existencia en la vida es cooperar a la obra de Dios creador.
En ella está la fuente de la vida, y a ese su manantial llega el soplo de Dios para dar paso a la vida de la humanidad. Dios nos da el ser, pero nos deja confiados al corazón de una mujer, que al reconocer su destino siente la necesidad de levantar el trono del amor, que son sus brazos, para sumir al nuevo ser en los albores de la vida, en el piélago de la ternura y amor que ha puesto Dios en su corazón.
Pues si, como dice Boussueht, al crear Dios el corazón del hombre lo primero que puso en él es la bondad, al crear el corazón de la mujer hemos de convenir que junto con la bondad puso en él la ternura y el amor como base y sostén de la nueva criatura que confía Dios a su cuidado desde el momento en que se ve la mujer sublimada a la altura de su mayor destino, que es la maternidad.
Por eso es la mujer para la vida del hombre la segunda providencia. Sostiene primeramente al ser que Dios le confía con el néctar de su pecho; durante la niñez es la primera maestra; ella enseña diariamente a sus hijos a alzar las manos al cielo y bendecir a Dios por sus beneficios; de ella aprende el hijo los primeros vocablos, que son las palabras más tiernas de nuestras primeras oraciones, que son los himnos que el alma eleva a la Reina de los cielos. En la adolescencia marca a sus hijos los senderos de la virtud, nos previene sus peligros y precipicios o consuela nuestras amarguras, perdona los extravíos y es la única amiga que no nos engaña.
¿Quién hay en el mundo que si tiene una llamita de luz en su mente no reconozca la sublimidad de la mujer en la vida humana? ¿Qué ser humano podrá olvidar, si la maldad no ha embrutecido su corazón, la ternura de la mujer a la que llamó su madre? Nadie olvida aquellas horas tranquilas en que libre el alma de pesares y el corazón de inquietudes dejaba reposar su cabeza en el regazo de una mujer. No olvidemos la ternura con que aquella mujer nos acariciaba e imprimía sus labios, sin ruborizarse, en nuestra frente candorosa, enjugaba solícita nuestro llanto y nos adormecía dulcemente al eco blando de una balada de amor. Si lo recordáis no dejéis de evocarla con cariño a toda hora. Su nombre está escrito en el corazón, es el nombre más tierno de cuantos existen en todo lenguaje.
Es la madre, y el solo nombre de madre nos representa aquella mujer en cuyo seno bebíamos el dulce néctar de la vida; aquella mujer que nos acariciaba, que besaba nuestra frente y en cuyo regazo dejábamos reposar nuestra cabeza. Ante estos recuerdos, ¿es concebible que haya un hombre capaz de denigrar a una mujer? Toda mujer lleva el reflejo de nuestra Madre, su presencia debe evocar la imagen de nuestra madre y debe avivar los sentimientos de nuestra gratitud y de nuestro amor y, al propio tiempo, el respeto y veneración a la mujer.
Misioneras de retaguardia
En el formidable ejército misionero de la Iglesia viene ahora a sumarse una falange de valerosas señoritas que, desde la retaguardia de la patria, prestan una valiosa cooperación a los batallones misioneros de la vanguardia.
Son las Auxiliares de las Misiones Franciscanas. Señoritas ansiosas de entregarse con todas sus fuerzas a una colaboración intensa en el campo sin límites de las Misiones franciscanas ofreciendo sus valores personales y posibilidades económicas en utilidad de aquéllas. Su vida es sencilla y familiar y sus trabajos abarcan todo cuanto es honestamente permitido a la mujer, desde las ocupaciones más ordinarias de la casa hasta la más brillante profesión en la vida social. Puede ser Auxiliar una sencilla muchacha de servicio lo mismo que una excelente profesora de Universidad. Basta tener conciencia del deber apostólico, vivir y actuar con esta conciencia y admitir, aunque parezca sorprendente, que Dios reclama su ayuda en orden a la aplicación plena de la redención hecha por Jesucristo, pero sin necesidad de trasladarse personalmente a las tierras de evangelización.
Para hacer efectiva esta vocación de la Auxiliar, para estimularla constantemente y no degenere en un individualismo con disgregación de fuerzas, se ha fundado la Pía Unión de Auxiliares de las Misiones Franciscanas. Así, la Auxiliar, bajo las normas de una vida religiosa-secular, se consagra con todo el ardor de su alma a las tareas del apostolado misionero a que Dios la ha invitado. Es una forma organizada de responder a los ardientes deseos de S. S. Pío XII, expresados en su encíclica Perlibenti quidem animo, dirigida al Cardenal Prefecto de Propaganda Fide con ocasión del Congreso Misional Internacional celebrado en Roma el 9 de agosto de 1950, cuando exhorta a todos los fieles a la colaboración misionera diciéndoles que multipliquen sus iniciativas en pro de las Misiones, eleven insistentes súplicas al Señor y ayuden a cuantos son llamados a las tareas del apostolado misionero proporcionándoles los auxilios necesarios según las posibilidades de cada uno.
Se pretende que la Pía Unión de las Auxiliares de las Misiones Franciscanas llegue, después de una prudente madurez, a erigirse en instituto secular y a una actividad que salga del radio limitado que tiene al presente y alcance a todas las necesidades urgentes y apremiantes en que se encuentra envuelto el portador de Cristo en tierras paganas. El año pasado contaba la Pía Unión con sólo diez miembros, y esta tan diminuta falange de almas, indudablemente capaces y llenas de entusiasmo, distribuyó el fruto de su trabajo anual entre varios misioneros del Japón y Sudamérica en cantidad de más de 100.000 pesetas.
Los rasgos más prometedores y simpáticos de esa institución son la participación y la responsabilidad de sus miembros en la vida del apostolado misionero de la Iglesia en tierras infieles, haciendo sentir su presencia en la propia patria por articular su acción al servicio de la misma en escuelas, hospitales, dispensarios, despachos, en una palabra, en toda clase de oficios y profesiones.
La Auxiliar, valiente misionera de retaguardia, se emplea a fondo en todas partes, consciente de su sagrado deber de irradiar de su fe viva y operante el espíritu misionero y el amor de Jesucristo de que se siente animada.
Convocamos a todas aquellas jóvenes que sienten la urgencia, el frenesí, por el Reino de Dios y por las almas, y que no hayan comprometido su vida en otras instituciones, a esa empresa de cooperación misionera de las Auxiliares.
Para informes: Calle Calaf, 13. Barcelona (S. G.), o Barrio de la Concepción, calle Virgen de los Beyes, 6, 1.°, 2.°. Madrid.
La retaguardia misionera de la Iglesia necesita miembros selectos con entusiasmo de apóstoles y temple de mártires, almas desinteresadas y prontas al sacrificio que no rehúyan, sino ejemplaricen en sus tareas sociales, familiares y profesionales, despertando la atención y las simpatías de los demás. Almas que reflejen y transparenten en su actuar y vivir el interés por las necesidades universales de la Iglesia misionera.
Los actos del Congreso Eucarístico
Internacional en Munich
Domingo 31 de julio de 1960.— Inauguración del Congreso por Su Eminencia el Cardenal Joseph Wendel.
Emisión de los 20.000 auxiliares del Congreso.
Lunes 1 de agosto y martes 2. — Las mañanas y tardes de los tres primeros días se dedicarán a sesiones de trabajo de las asociaciones católicas, reuniones internacionales, visitas a las exposiciones e iglesias. Sólo en las horas avanzadas de la tarde del lunes y martes habrá solemnes oficios en las iglesias de la ciudad.
Miércoles 3. — A última hora de la tarde, en el campo Theresienwiese, tendrá lugar la solemne constitución litúrgica del Congreso Eucarístico como statio orbis por el Legado Apostólico.
Los siguientes días del Congreso se celebrarán según el modelo de la liturgia de la Semana Santa y las Pascuas de Resurrección, en la que el misterio de la Eucaristía se revela de un modo más obvio y claro que en la misma celebración de la Santa Misa.
Jueves 4. — Por la mañana, misas pontificales en las iglesias de la ciudad, bajo la idea fundamental de «Eucaristía y Caridad Cristiana».
A última hora de la tarde, en el campo Theresienwiese, misa con el tema «Eucaristía y Sacerdocio».
Viernes 5. — Por la mañana, misas en las iglesias, con sermones sobre «La Eucaristía y la Virgen».
A medio día, oraciones eucarísticas de expiación en el que antes fue campo de concentración de Dachau.
En la tarde avanzada, en Theresienwiese, Veneración de la Cruz.
Sábado 6. — Por la mañana, misas en las parroquias, con sermones sobre el tema «Fin de semana. Domingo».
En la tarde avanzada, en Theresienwiese, solemne oficio pontifical en rito bizantino.
Domingo 7. — Por la mañana, en Theresienwiese, oficio de la misa principal del Congreso, con mensaje de Su Santidad el Papa. Esta misa se celebra bajo la idea fundamental de «La Eucaristía y las postrimerías del mundo».
Terminará con una gran procesión eucarística hasta la iglesia de San Pablo.
La tarde estará dedicada a reuniones nacionales y regionales, etc.
En las tardes de los días céntricos se organizarán conferencias y discursos en los seis idiomas oficiales del Congreso. Estas conferencias tendrán por objeto un estudio a fondo de las ideas fundamentales del Congreso.
Además de los actos oficiales tendrán lugar gran número de actos y reuniones especiales organizados para grupos determinados (Asociaciones, Congregaciones, etc.)
Medalla, sello postal y moneda conmemorativa
Con el fin de crear una medalla emblema para el Congreso Eucarístico Internacional de 1960, la Comisión de Arte convocó un concurso público entre los artistas de toda Alemania, en el cual participaron 135 artistas presentando en total 310 modelos. El primer premio se concedió a Frank Hoffmann, de veinticuatro años de edad, estudiante de la Academia de Bellas Artes de Munich. La medalla propuesta por él presenta un cordero con la bandera del triunfo. Frente a él brilla una piedra compuesta incrustada en vidrio de plomo rojizo, como símbolo de una gota de sangre del Redentor. Más arriba lleva una leyenda, lema del Congreso: Pro mundi vita. El reverso de la medalla presenta las torres características de la Catedral de Nuestra Señora de Munich, con la leyenda «Congreso Eucarístico Internacional de 1960, Munich».
Del mismo concurso salió también una idea para la creación de un sello conmemorativo. Presenta, en estampación de relieve, una paloma bebiendo del cáliz del que se destaca la cruz. El modelo de este sello postal es original de Max Faller, de Munich. Ya ha quedado aprobado por el Consejo Artístico del Correo Federal, que ha autorizado la ejecución en tres colores para distintos valores. Figurará como novedad en la exposición internacional de sellos de motivos religiosos que durante el Congreso Eucarístico Internacional de 1960 se celebrará en Munich con el título «Sellos hablan de Cristo».
Además se acuñará, como recuerdo duradero del Congreso, una moneda de oro o de plata, respectivamente, según el modelo de otro artista de Munich, Wilhelm Müller. En el anverso de la moneda aparece una representación de la Cena del Señor bajo una cruz, llevando el reverso el blasón municipal de Munich junto el blasón del Arzobispo de la diócesis de Munich y Freising Cardenal Joseph Wendel.
Noticias
El Papa entrega el crucifijo a 500 misioneros. — Muchos son los misioneros que antes de partir hacia sus campos de apostolado desean pasar por Roma, ver al Papa y pedir al Padre Común una especial bendición para sus personas y campos de misión. El corazón del Vicario de Cristo se vio conmovido al contemplar a 500 apóstoles de distintas Ordenes y Congregaciones —55 franciscanas— dispuestas a trabajar, secundando aquel mandato de Cristo: «Id y enseñad a todas las gentes».
El domingo 11 de octubre, a las siete y media, dio comienzo la ceremonia. La ingente multitud que llenaba el templo se asoció a aquel acto religioso y en medio de un conmovedor silencio esperaban la llegada del Santo Padre. Comenzó el Vicario de Cristo las preces de la misa; ésta fue dialogada. Los misioneros, junto con el Sumo Pontífice, ofrecieron el sacrificio de Dios.
Después de la misa el Santo Padre bendijo los 500 crucifijos. Larga fue la ceremonia porque el Augusto Pontífice para cada misionero tuvo unas cortas palabras. Entre tanto los fieles entonaron el Credo, Salve Regina, y la Capilla Sixtina apropiados motetes. Acabado que hubo de entregar los crucifijos les dirigió la palabra y les impartió de todo corazón la bendición apostólica.
Recepción en la Curia General Franciscana. — También nuestra Curia tuvo un rasgo de fraternidad para con aquellos 55 Hermanos que partían para Misiones. El lunes 12 de octubre, después de la comida, el Secretario de Misiones Franciscanas convocó a todos estos esforzados hijos de San Francisco que habían recibido el crucifijo de manos del Santo Padre. Hecha una fotografía como recuerdo, el P. Procurador General, en ausencia del P. Ministro General, les dirigió unas breves palabras y enviaron al Sumo Pontífice unas letras de adhesión filial.
Muerto en la cárcel. — A la Secretaría General de Misiones Franciscanas llegó la triste noticia de que el P. Francisco Chang, O. F. M., falleció en la cárcel (Hengyang) de China el 20 de junio de 1959. Fue ordenado sacerdote en 1941, frecuentó 1a Universidad de Pekín durante varios años. Volvió a la misión en 1951 y un año después fue elegido Superior.
Con su muerte aumenta el número de los elegidos de Dios y víctimas por defender su causa.
Nuevo Delegado General. — Por Decreto del P. Ministro General es nombrado Delegado General para nuestras Misiones Franciscanas de Taiwan (Formosa), Hong-Kong, Macao y Singapur el P. Ralfo Reilly, de la Provincia Franciscana del Santísimo Nombre de Jesús de los Estados Federados de América Septentrional.


PP. Andrés Lahera y Juan José Sáez


PP. Fermín Gregori y José Martínez
Nuevos sacerdotes franciscanos. — El día 19 del pasado diciembre, en Teruel, el
Sr. Obispo de aquella diócesis Fr. León Villuendas Polo, O. F. M., ordenó de presbíteros a Fr. Andrés Lahera Remón, Fr. Fermín Gregori Pardo, Fr. Juan José Sáez Peretó y Fr. José Martínez Bonavida, religiosos de nuestra Provincia Seráfica de Valencia.
Los tres primeros celebraron su primera misa solemne el día 27 del pasado diciembre en Zaragoza, Fuente Encarroz y Pego, respectivamente, y el último en Villel el día 1 de los corrientes.
La Acción Antoniana une su felicitación a las innumerables que han recibido estos nuevos ministros del Señor, rogando a Dios les asista en su apostolado.
Los católicos norteamericanos han sabido hacer caridad. — Según informa la Cáritas americana, los católicos norteamericanos han enviado productos por valor de más de 723 millones de dólares a necesitados de otros países, en el curso de los quince años últimos. Sólo en el último año se han enviado a personas necesitadas de 51 países 500 millones de kilos de productos. El valor en dólares ascendía a 107 millones.
Que la Biblia esté en todos los hogares.— Por orden del propio señor Cardenal de Sevilla se ha celebrado en dicha ciudad la semana del Evangelio. Objetivos principales: que los Evangelios sean el libro verdadero de la piedad de los fieles; ningún hogar sin los Santos Evangelios; lograr la asimilación del sentido del espíritu mismo del Evangelio.
Prospera la Iglesia en Formosa. — Pese a la gran influencia protestante, en Formosa ha vencido la Iglesia católica. Es mucho todavía el campo que tiene que conquistar, pero sólo en cinco años ha logrado obtener el primer puesto. El crecimiento anual de los católicos es del 39 por 100, y solo de un 18 el de los protestantes.
El número 1157 de teléfono en Alemania.— Si llama encontrará rápida contestación. Por iniciativa de la Acción Católica, por primera vez en la República Federal, concretamente en Maguncia, existe información religiosa por teléfono. Se obtiene en el número 1157. Proporciona no sólo las horas de misa, sino también las horas y la posibilidad de asistir a sesiones religioso-culturales... o actos culturales relacionados con la religión.
La familia, fundamento de toda virtud. — El día de la Sagrada Familia el Papa habló a miles de romanos congregados en la plaza de San Pedro. Toda familia fundada sobre la laboriosidad, sobre el respeto mutuo, sobre el temor de Dios, es la robustez de las aldeas, de las ciudades y de las naciones. Fundamento y núcleo de toda virtud, manantial de sanas y siempre nuevas energías para el bien de los individuos y de la comunidad civil.
¡Qué noche aquella!
(Conclusión)
El plan estaba trazado: él conocía la casa de don Ramón de Arlés, pues estuvo varias veces haciendo reparaciones en las tuberías. Entraría... y a las buenas o a las malas sacaría unas cuantas pesetas... O volvería a casa con dinero... o no volvería... Y Tomás temblaba, más espantado por su mismo razonamiento que no aterido por el frío...
Daban las doce de aquella Nochebuena. ¡Qué noche aquélla! Volvía a nevar y Tomás recibía sobre su camisa los copos de nieve...
La casa del rico industrial no se hallaba lejos; estaba rodeada por unos jardincillos y cercada por una verja de hierro. Precisamente cuando desembocó en la calle salían los señores seguidos de un grupo de empleados y sirvientes, tal vez para ir a la Misa del Gallo en la Catedral... Tomás había pasado de largo, como si nada le importara todo aquello, pero en realidad no dejó de sentir una honda satisfacción allá dentro: no quedaba probablemente nadie en casa... No podría matar a nadie porque nadie se le opondría...
Todavía dio una vuelta a toda la finca: nada, silencio y oscuridad completa... Saltó junto al garaje, trepó por una corraliza, penetró en el patio interior... Su corazón latía fuertemente... Forzó la juntura de unas cristaleras y penetró en la casa... Realmente parecía que no había nadie. Sus pasos se ahogaban en las alfombras. Con lento andar, acariciando con una mano la navaja, iba atravesando corredores, subiendo y bajando escaleras... El repiqueteo de la nieve sobre las cristaleras, el crujir de una puerta, las horas de un reloj, todo parecía repercutir en su corazón... Y no es que temiera a nadie: se temía a sí mismo...
Después de haber dado varias vueltas y de haberse encontrado repetidas veces en un mismo sitio, al fin pudo reconocer entre la oscuridad el despacho de don Ramón. Palpó la mesa, abrió tres cajones... No había nada. El cuarto estaba cerrado: allí estaría el dinero. Desencajando la chapa de la mesa pudo meter la mano en el cajón... Sí, aquello era dinero... Cogió varios puñados de billetes, se los metió en el bolsillo; volvió a apretar la chapa, y deshaciendo su camino por aquel laberinto de alfombras se halló de nuevo en el patio... Pero ¡cómo pesaba aquel dinero... y hasta casi quemaba!... Bien, con eso tendría para unos cuantos días: aquellas navidades no morirían los suyos... Claro que aquello no le pertenecía... Pues, ¿de quién era? ¿No tenía él derecho a dar de comer a sus hijos?... Sí..., pero sin robarlo... ¿Por qué no pedir al dueño, hombre bueno y caritativo, según decían, lo que él necesitaba?... ¿Quién sabe si?...
Y tal vez se hubiera decidido a devolver su robo si en aquel instante no hubiera oído el chirriar de la verja que se abría y las voces de los criados que regresaban... Entonces ya no pensó más que en escapar sin ser visto. Trepó de nuevo por sobre la tapia, encogido pasó por encima del garaje, se descolgó por la verja y respiró al pisar la acera. Nadie, absolutamente nadie. Era noche cerrada. Había cesado de nevar... ¡Y cómo pesaba aquel dinero!... Una especie de vergüenza íntima hacía a Tomás andar con los ojos bajos, como si en aquella hora pudiera tropezar su mirada con muchas personas que adivinaran su robo...
Ya llegaba a su casa. ¡Qué noche aquélla! Quería descargarse, cuanto antes, de aquel peso, y después correr a comprar algo caliente en la primera tienda abierta que encontrara... Subió su escalerilla... Unos golpetazos muy hondos sonaban en su corazón y parecían repercutir en todo su ser, por los huecos de la escalera y hasta en las caras de ángel de Tomasín y de Luisito... ¡No, él no les diría nada de aquello!...
A medida que subía hacia su buhardilla mientras iba aumentando su emoción, creyó escuchar voces y risas, como si salieran de su casucha. ¿Era delirio? Siguió subiendo... Unos vivos rayos salían por los resquicios de su deshecha puerta... ¿Qué era aquello? Se acercó: su corazón latía, sus sienes recibían como latigazos las avenidas de la sangre... Los billetes de banco quemaban en sus bolsillos... Pero..., ¡risas, luz, calor en su tugurio!... ¿Es que se había vuelto loco?...
Se detuvo a la puerta. Tomasín reía, casi chillaba de contento; su mujer hablaba de cuando en cuando, con voz emocionada y dulce; el pequeñín balbuceaba gozosamente... Pero, además, se oían otras voces desconocidas... ¿Qué era aquello?... Tomás no pudo aguantar: de un trompazo abrió la puerta, y...
Su mísero cuartucho se había convertido en un aposentillo interesante: ardía en el centro una gran luz de petróleo, la cocinilla humeaba despidiendo calor; sobre las planchas varios cazos nuevos de aluminio; su esposa llevaba encima una manta nueva de lana roja; Tomasín, enfundado en un abrigo nuevecito de paño, reía ante las figuritas de barro lindamente pintadas que ponía y quitaba en vez de los recortes de papel que antes tenía... Sobre la mesa, tazas de leche, turrones, pan, huevos... Encima del jergón de Tomasín algunas mantas y bastantes prendas de vestir... Y allí en medio, animándolo todo, disfrutando de aquel cuadro, tan parecido al del Portal..., ¡¡el propio don Ramón de Arlés con su esposa!!...
—¡Oh!
No pudo decir más el pobre hombre... Tomasín corrió a sus brazos con su abrigazo nuevo:
—Papá, papá... Este señor tan bueno, el que me dio el duro. Mira, mira; qué pastores, qué reyes... y qué Virgencita...
Tomás creyó perder el conocimiento. Aquello era demasiado... y él ¡un criminal !... Con los ojos llenos de lágrimas se echó a los pies de los señores... Quiso hablar, mas su voz se anudó a la garganta y no pudo... Don Ramón, emocionado, aunque sin comprenderlo, le hizo levantar, le mandó ponerse un chaleco de lana y una chaqueta de abrigo, y continuó aquella cena de Nochebuena.
¡¡Qué noche aquélla! !... Tomás quiso por dos veces confesar su crimen, pero temió nublar la risa y la inocencia de los suyos... y calló.
Antes de despedirse los señores, prometieron a Tomás un puesto en su casa como ayudante del chófer... Tomasín iría a la escuela... Su médico visitaría a la madre y al pequeñín... Era la Nochebuena: Jesús venía a traer a los pobres la alegría y el amor...
Todos lloraban al despedirse. Los bienhechores habían pasado la mejor Nochebuena desde hacía muchos años. ¡Es tan bello y tan dulce hacer bien!
Los señores bajaban la angosta escalerilla. Todos habían salido a la puerta. Tomasín sostenía, haciendo luz, un bonito mechero de petróleo. Tomás bajó con ellos hasta la calle mientras una lucha entre su nobleza y su vergüenza y temor se reñían en su alma honrada. La nobleza triunfó, como había de triunfar: Tomás se arrojó a los pies de don Ramón exclamando: «¡¡Perdón!!, ¡¡perdón!!...» No comprendía... Tomás, en frases entrecortadas explicó su crimen... Allí estaban los billetes... No faltaba ni uno —total, 660 pesetas—. ¡Era un infame... No merecía!... Ah, pero él juraba que no era un ladrón, ¡no!... No era un malhechor... Mas aquel cuadro de su familia... Y aun hubiera él mismo devuelto su robo...
Don Ramón, mas emocionado cada vez ante aquella confesión y ante el cuadro de aquella familia, le cortó la palabra: nada, aquellas 660 pesetas serían el aguinaldo de Navidad... Por lo demás, Tomás quedaba en adelante al servicio de la casa industrial.
Tomás se levantó... Los señores se iban alejando... Cuando desparecieron por el chaflán, el obrero subió su escalerilla. Los billetes ya no pesaban, su sangre ya no sonaba a latigazos de la conciencia. Entró en su casa: ante el Niño de Belén, su mujer con Luisín en brazos y Tomasito, juntas las manos, rezaban por sus bienhechores... Tomás se arrodilló y, doblada la cabeza, rezó... Los angelotes de barro que rodeaban la cueva con sus grandes instrumentos, parecían que realmente cantaban y tocaban; al menos Tomás oía perfectamente el himno de Navidad:
Gloria a Dios en las alturas,
y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad...
Sí, gloria a Dios que es Padre... Paz a los hombres, que son hermanos... Paz que junta en un abrazo al obrero y al rico; paz que une ante la Cueva del Redentor a todos los hombres de buena voluntad... ¡¡Qué noche aquella!!...
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