Ciencia y Religión
Tal es el título de una revista aparecida recientemente en Rusia para combatir toda idea referente a Dios por medio de la ciencia: o sea, para propagar el ateísmo utilizando la ciencia.
Después de más de cuarenta años de lucha para combatir toda idea religiosa, no han conseguido los comunistas rusos desterrar de sus compatriotas la creencia de Dios. Hace pocos años, en un censo nacional ordenado por el Gobierno, más del 80 por 100 de la población contestó en sentido afirmativo a la pregunta que se le hacía sobre si creía en El. Esto decepcionó tanto a los dirigentes que suprimieron esa indagación en los censos sucesivos.
No obstante esto, como esos gobernantes siguen aferrados a las doctrinas de Carlos Marx, no cejan en su campaña de ateísmo.
De ese judío alemán es la afirmación de que «la religión es el opio del pueblo. La supresión de la religión, bien ilusorio del pueblo, es la reivindicación de su bien real». Hay, pues —según sus discípulos—, que desterrarla de la mente y costumbres del pueblo para que sea feliz. Y lo será cuando el aumento de los bienes de producción y consumo haga que todos los deseos en ese orden estén satisfechos para el hombre. Este puede, en definitiva, crearse un Paraíso en la tierra, pues una vida de ultratumba es ilusoria: como lo es —según ellos— la creencia en la inmortalidad del alma.
Con estas ideas pudo decir en el Parlamento alemán, en 1893, el destacado socialista Bebel: «Para todos los hijos de los hombres hay en este mundo pan en abundancia, y rosas, y mirra, y belleza, y goces, y confites: dejemos el cielo para los ángeles y los gorriones.» Como escribió otras inepcias semejantes. Así, afirmó que en una sociedad socialista, como la instrucción sería la misma para todos, todos podrían desempeñar las mismas funciones indistintamente. Y un mes un obrero sería portero de una fábrica y al mes siguiente ingeniero director. Y pasaría a relevarle en su tarea quien hubiera ejercido este cometido.
Sin duda pensaba en su ingenuidad o ignorancia, que la profesión de ingeniero, basada fundamentalmente en estudios de matemáticas superiores, difíciles y poco gratas para la mayoría de los hombres, es fácil y equiparable a la de un portero que nada tiene que estudiar.
Decía también con optimismo irracional, que cuando el socialismo hubiera triunfado en la sociedad, bastaría el trabajo de todos durante una hora, dedicando el tiempo sobrante a ocupaciones gratas o diversiones. Y el mundo sería el soñado Paraíso. Sin pensar que desde el pecado original en el mundo hay espinas y abrojos. Y el problema del dolor, consecuencia de aquél, no tiene solución, ni menos en sentido materialista, pues siempre existirá. Por mucho que progrese no podrá la humanidad suprimir las enfermedades y la muerte.
El biólogo ruso Metchnikoff, descubridor de la fagocitosis o misión de los glóbulos de la sangre, en su lucha con los microbios de las infecciones, pretendió, movido por su ateísmo, enmendar la plana al Creador. Hizo estudios y experiencias para demostrar que la inmortalidad era posible, y haciéndolos le llegó la muerte sin haberla conseguido. Como no se conseguirá nunca la supresión de las enfermedades. Ni la de los achaques y decadencia física de la vejez, pues todo lo creado es perecedero.
Según las ideas de Marx, el universo es la materia eterna que se desenvuelve: el alma humana no existe ni tampoco Dios, creador, legislador, juez y fin último del hombre. Este, por tanto, no tiene otro fin en su vida que los goces que en ella alcance. Y por su naturaleza, el hombre no aspira a otra cosa. Y si la religión habla de la vida de ultratumba y le ofrece ideales que no son puramente económicos, todo es ilusión para que se consuelen los desheredados de la fortuna: ilusión que conviene mantener a los ricos para que los pobres soporten con resignación su estado.
La Religión, el Derecho, el Arte, etc., son, en opinión del padre del socialismo científico, producto del hecho económico, base también de la historia, que se explica por el materialismo. Con arreglo a estas ideas fue natural la institución de la esclavitud en la antigüedad; después de la invasión de los bárbaros, naturalísimo el sistema feudal; por reacción contra el feudalismo, el régimen corporativo o de gremios y, por último, como consecuencia del empleo de las máquinas y de la libertad económica, el capitalismo, régimen social en que la riqueza está concentrada en pocas manos, y la masa, formada por proletarios, sólo tiene lo indispensable para vivir.
A remediar esto, bien por medio de la conquista legal del Poder público o de la revolución, tienden las diversas organizaciones obreras derivadas de las varias teorías socialistas, que por la expropiación de los capitales implantarán el régimen colectivista, sistema social en el que cada uno será retribuido por el Estado según su capacidad y sus necesidades. Entonces, bien subsista la propiedad privada en la economía de consumo o doméstica, siendo sólo común la economía de producción (socialismo científico); bien sean propios de la comunidad los medios de producción y los bienes de uso y consumo (comunismo total); o bien no exista ni la propiedad, ni el Estado, ni ninguna clase de autoridad, porque la bondad nativa del hombre hace ésta innecesaria (anarquismo), el mundo será un Paraíso: el único posible, ya que los partidarios de estas doctrinas, por ser materialistas creen que todo acaba en la tumba y no hay nada más allá. Así ha podido decir un poeta de esa ideología: «Toma la copa de la vida y entona una canción pagana. Nada temas y llena bien tu estómago; andando el tiempo nos sepultarán en la tierra y allí podrás hacer tranquilamente la digestión.» (Heine. Socialdemokratischer Deklamator).
El concepto materialista de la historia y su interpretación económica no explica todos los hechos históricos, pues aunque el factor económico tenga influencia en algunos, como la Revolución francesa o la rusa, no la tiene en otros como la propagación del cristianismo, la abolición de la esclavitud por la influencia de esa religión y las Cruzadas. Estos son hechos producidos por la fuerza expansiva del ideal cristiano, en que no aparece para nada aquel factor. No sirve, por tanto, para explicar toda la historia.
Chesterton, con humorismo muy inglés, dice sobre esto: «La humanidad se apoya sobre el beber y el comer, como sobre dos piernas; pero querer que hayan sido la causa de todas sus acciones, es empeñarse en sostener que todas las expediciones militares y todas las peregrinaciones religiosas que ha habido desde que el mundo es mundo, no tenían otro objeto que el desarrollo de los músculos de la pantorrilla.
«Hechos de este orden son, sin embargo los que constituyen nuestra historia: cierto es que las vacas y otros rumiantes parecen detenerse enteramente en la satisfacción de intereses puramente económicos y no dejan de pastar más que para ir a pastar a otro sitio; pero séanos permitido afirmar que una Historia general de la especie bovina, en doce volúmenes in folio, sería probablemente insípida. Los carneros tampoco abandonan en la práctica el plan de utilitarismo mis inmediato; por esa razón, sin duda, figuran tan pocos carneros en las filas de los grandes capitanes y de los fundadores de imperios; y las cabras mismas, aunque mejor dotadas bajo el aspecto de la agilidad, no han encontrado aún su Plutarco.
Porque la materia histórica comienza en el punto preciso en que acaban los impulsos de los becerros, de los machos cabríos y de los merinos; sería difícil probar que los cruzados abandonaron sus hogares por espantosos desiertos, por la misma razón que los ganados dejan los desiertos por fértiles pastos; o que los exploradores polares han sido atraídos al Norte por la misma fuerza irresistible que atrae las golondrinas hacia el Mediodía. Pero si borráis las guerras religiosas y los descubrimientos de los aventureros, es decir, las luces y las sombras marcadas por la voluntad del hombre, ¿qué queda de la figura de la historia? Una historia que pretendiera ser puramente económica cesaría por eso mismo de existir.»
Y en otro lugar añade: «Nadie tiene deseo de hacerse matar por los derechos de aduana ni por el dinero, y Nerón habría podido buscar mucho tiempo antes de conseguir reclutar tres docenas de cristianos que consintiesen en dejarse comer por los leones, a razón de dos libras esterlinas de jornal, más el desayuno, por la razón manifiesta de que el martirio no se compra» (The everlasting Man, «El hombre eterno»).
Podemos afirmar, con razón, que el marxismo, aun prescindiendo de sus ideas sobre economía, es erróneo, pues no puede, como pretende, explicar todos los hechos de la historia, ni ofrecer al hombre como meta de sus aspiraciones un bienestar material que a nadie satisface. El hombre más rico del mundo actual, el norteamericano Getty, con sus 10 millones de libras esterlinas de renta (1.680 millones de pesetas) y sus seis matrimonios y divorcios, no es feliz. Y no se ocupa más que de asuntos económicos.
No pueden llenar aquellas doctrinas los anhelos del corazón humano. El hombre no es un simple tubo digestivo, ni un puro animal sin horizontes fuera del utilitarismo material. Siente ideales que no son puramente económicos. Tiene un alma que no es material, pues engendra abnegaciones y sacrificios que vencen a la materia. Los héroes y mártires de la religión y de la patria, que arrostran la muerte y la sufren (a veces entre espantosos tormentos) vencen a aquélla. Y es que, como escribió Pascal: «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña que piensa.»
Y el pensamiento le hace concebir ideales «de Arte, de Ciencia, de Patria, de las virtudes del Evangelio», como dijo Pasteur en su discurso de recepción en la Academia francesa en 27 de abril de 1882. Cosa que no hará nunca ninguna teoría o filosofía de la vida que sea materialista, como lo es el marxismo, aunque quiera ser científico.
Arturo Fosar Bayarri
Cómo encontrar la felicidad
Existe una pregunta cuya respuesta se conoce siempre por anticipado, a pesar de tratarse de algo íntimo en cada persona; ella es: «¿Quieres ser feliz?»... Y todo el mundo contestará en el acto que sí. Esta tendencia natural del hombre hacia la felicidad es la base si no filosófica, al menos psicológica de la religiosidad. Mientras el hombre anhela la felicidad ha de desembocar en una u otra forma de religión.
Quizá esta afirmación parezca una inconsecuencia, pero la razón de la misma es sencilla: el hombre, a través de la vida, tiene la experiencia de que él solo no puede alcanzar toda la felicidad que necesita para la quietud de su alma. Busca entonces asociarse con otros seres humanos en esa empresa fundamental para concluir, al menos por vía experimental, de que esa asociación resulta también insuficiente y en consecuencia trata de ampliarla para llegar, a fuerza de decepciones, a la afirmación de que la humanidad sola es incapaz de darse esa felicidad plena, segura, serena... cuya apetencia no satisfecha lo mantiene inquieto y desasosegado.
Al llegar a este punto caben dos actitudes: la pesimista y la optimista. La pesimista que concluye: «Luego es imposible alcanzar la felicidad», y desemboca en una angustia nihilista, y por otro lado, la actitud optimista, que, fundándose en las ansias de su corazón y en el orden admirable que ve reinar en todas las demás cosas naturales, eleva su mirada hacia algo superior que venga en ayuda de su importancia para obtener la satisfacción de sus anhelos más íntimos, es decir, desemboca en la religión.
Ahora bien; la tendencia natural del hombre, casi podríamos afirmar que de toda la naturaleza, es el optimismo, sobre todo si se trata del problema vida y del problema felicidad. Relativamente son pocos los suicidios, ínfima minoría, en comparación de aquellos que se aferran a la vida con todas sus fuerzas. Vemos a los hombres trabajar y luchar como actitud normal, Estos son signos inequívocos de un estado fundamentalmente optimista.
Esta trayectoria señalada en el campo individual se realiza igualmente en la evolución social. Parece ser que estamos asistiendo a la última etapa de este encadenamiento de decepciones y estamos ya palpando la existencia de esas dos actitudes de absoluto pesimismo y de optimismo que madura en religión. Repasando la evolución de las edades moderna y contemporánea es posible señalar en concreto estos tres estadios: primero fue la confianza en el individuo, representada clásicamente por el liberalismo. Ante el fracaso de éste, se buscó la solución en lo social, cuya exageración es el actual comunismo ateo. Al fracasar éste, estamos ya en presencia del pesimismo nihilista representado por el existencialismo de Sartre y frente a un resurgir y valorar la existencia de un ser trascendente: Dios. La historia de la humanidad confirma, pues, de una manera irrefutable este aserto: «Mientras la humanidad busque la felicidad, el hombre como los pueblos, necesariamente han de desembocar en la religión.»
De lo anteriormente expuesto nace una reflexión: si el hombre ha de conseguir de hecho esa felicidad, no ha de ser con la ayuda de cualquier clase de religión, sino con la de una religión que no sea pura creación humana. La razón es clara: puesto que si el hombre es incapaz, aislada o colectivamente, como se ha expuesto más arriba, de alcanzar por sí solo la felicidad, mal podrá creer o inventar por sí solo algo que sea eficaz, pues nadie puede dar lo que no tiene. La religión, en consecuencia, que ha de ayudar eficazmente al hombre en la satisfacción de su más profundo anhelo natural, ha de tener un elemento, un algo que esté por encima de las fuerzas humanas, que esté por encima de la capacidad del hombre y de la humanidad. Debe aportar un elemento sobrehumano.
Esto es precisamente el cristianismo: la única religión que en tiempos conocidos se presenta no como obra de los hombres, sino como creación directa de Dios. Y esta afirmación basada no en leyendas que se pierden en la imprecisión, sino en hechos concretos capaces de resistir a la más severa crítica de la historia.
Otra consecuencia destacan las afirmaciones anteriores: el porqué, y a un tiempo el error, de la pretensión que ve en Cristo al sociólogo, ciertamente genial más puramente humano, y no al enviado de Dios con ese algo divino que excede las fuerzas naturales. Reducir a Cristo y su doctrina al plano meramente natural, es condenarlos a la misma ineficacia del hombre, asaz probada para obtener su felicidad por sus solas fuerzas.
Por eso, para no defraudar la última tentativa del optimismo de la humanidad en su anhelo de dicha, es preciso aceptar a Cristo y su mensaje como realmente son: la intervención de la Divinidad para ayudar al hombre a ser feliz.
En esto consiste la trascendencia de la Resurrección de Cristo: ser el botón de muestra, el experimento coronado por el éxito pleno de que el hombre, con y por la ayuda de Dios, es capaz de vencer al dolor y a la muerte, principales obstáculos para la felicidad, obstáculos que están fuera del alcance de las solas fuerzas humanas.
Se puede y debe extraer de la Resurrección esta consecuencia rigurosamente lógica: si un hombre ha resucitado —Cristo era hombre y lo que murió y resucitó fue su humanidad—, todo hombre, dados los mismos elementos puede resucitar, es decir, superar al dolor y a la muerte. De ahí que la máxima preocupación del cristiano sea el asemejarse a Cristo, el contar con los mismos elementos para obtener idéntica victoria.
Cristo demostró de hecho con su Resurrección de que el hombre —El era hombre—, unido a Dios —El era Dios— tiene ya señalada la solución del problema de cómo llegar a esa felicidad completa y sosegada, anhelada inevitablemente por todo su ser.
Otro punto de estas reflexiones es la conciencia, no se puede calificar de otra manera, de aquellos hombres que han pretendido o pretenden desalojar a Cristo y a su iglesia del corazón de los hombres. Inconsciencia o satánico orgullo pérfido, porque ninguna persona consciente, que sabe la limitación de las fuerzas y del poder humano, puede pretender cuerdamente ser la solución al problema de la felicidad humana. Por eso fracasan tan ruidosamente como atestigua la Historia a través de los siglos: Nerón, Domiciano, Napoleón, Stalin, Voltaire, Renán, Nieztche, etc. Fracaso ruidoso y ridículo, porque la sola enunciación de tal propósito —vencedor al dolor y a la muerte, tan por encima de las posibilidades humanas— demuestra un enceguecido orgullo anormal y ridículo. Casi todos terminan desesperados. Mal podrían ser los otorgadores de la felicidad para el género humano.
En estos tiempos cruciales en que hay que decidirse por el pesimismo nihilista del existencialismo ateo o por el optimismo de una creencia sobrenatural, y dada la naturaleza del hombre, no es difícil pronosticar un gran retorno hacia Cristo, hacia su doctrina sobrenatural, hacia la Iglesia, custodia de esa doctrina de esperanza. El hombre es naturalmente optimista, porque intuye de que la naturaleza, tan ordenada en todas sus manifestaciones, no puede fracasar precisamente en su obra cumbre: la humanidad. Si ésta fracasara en lo que siente como razón y finalidad de su existencia —ser feliz—, la naturaleza hubiera fracasado en su mejor y más sabio intento; el hombre tiene la innata convicción de que existe un camino que lleva a la felicidad. La humanidad, mal aconsejada, dejó esa senda, difícil en trechos, por otras más fáciles, pero que terminaban en el abismo de la angustia. Ya se está decepcionando y levanta sus ojos en procura del camino que lleva a las cumbres. El hombre, aunque pudiera, no aniquilará jamás a Cristo, porque se está dando cuenta de que eso equivale a suicidarse y, gracias a Dios, aún hay seres normales —la mayoría— en este mundo.
La Resurrección de Cristo es el alba de nuestra felicidad. Gocémonos y alegrémonos.
Ramón W. Villalobos Presbítero
San Miguel de Tucumán, Cuaresma de 1958.
Y para ello nos habremos de situar en su tierra natal: Lisboa. Allá por el año 1195 viene al mundo, en una familia llena de virtudes cristianas, el que andando el tiempo habría de ser faro y guía de la cristiandad. El alma que ya desde su más tierna formación da repetidas pruebas de una lealtad incorruptible hacia la pureza. Para él las tentaciones del mundo, aún en sus formas más simples, son sólo espejismos que no logran cristalizar en su límpida conciencia. Parece como si una especial predestinación situase a este niño a los márgenes de toda corrupción. Porque el pequeño Antonio es dócil y tierno en cualquiera de los aspectos; no siente aguijonear en su carne los mismos naturales y simples deseos de la infancia; siempre cede el puesto en el juego a sus compañeros y le place más arrobar su cándida almita en los sanos ejercicios de contemplación que corretear por los prados haciéndose partícipe de las diversiones infantiles.