En torno a Belén

Palestina está en la confluencia de tres continentes: en ella se dan la mano Europa, Asia y África. Teniendo por un lado el mar Mediterráneo y por otro el gran desierto de Arabia, Palestina viene a ser el gran puente natural que une a Asia con África. Las dos culturas más antiguas, la del Nilo y la del Éufrates, se comunicaban a través de Palestina. Por ella bajaban los carros de Asiría para agredir a Egipto, y por ella subían los Faraones para invadir Asiria. Las lentas caravanas, que en la antigüedad cambiaban los productos entre Oriente y Occidente, pasaban a través de las rutas internacionales que cruzaban Palestina. En la historia de la cultura, Palestina viene a ser el eslabón que une a través de los fenicios las antiguas culturas orientales con nuestra cultura occidental.

Paralela a esta situación topográfica y a su vocación histórica, corre también su vocación religiosa. Cuando Dios quiso dialogar con los hombres lo hizo a través de Palestina e Israel. Sobre todo, cuando se trataba de dar un Mediator a la humanidad, éste nació en Palestina.

Dentro de Palestina, Jesús nació en Judea. Judea viene a ser una meseta rocosa, sembrada de valles y colinas, que se eleva de 700 a 800 m., como término medio, sobre el nivel del mar; algo así como la meseta castellana. Por todas partes hay que subir para llegar hasta el corazón de Judea. La topografía hace de Judea una especie de fortaleza natural: cuando se recorren sus fronteras, sobre todo la oriental, que da vista al profundo valle del Jordán y mar Muerto, uno tiene la impresión de pasear por las almenas de un castillo medieval.

También estas características topográficas se reflejan en la vocación histórica de Judea. La historia de Judea ha sido más bien de sentido vertical, replegada sobre sí misma y fiel a la tradición de sus mayores. Judea ha sido siempre impermeable a las influencias extranjeras y el último baluarte de la resistencia contra los enemigos. Pasada la tormenta, Judea ha sido la primera en poner al servicio de la renovación y restauración nacional todas las reservas de su fecundidad: los grandes reyes, profetas y sabios de Israel han nacido en Judea. Sobre todo, cuando se trataba de regenerar la humanidad, el Germen de regeneración nació en Judea.

Dentro de Judea, Jesús nació en Belén. En medio de la aridez general de la provincia de Judea, Belén constituye una especie de oasis: sus campos de olivos, higueras, almendros y vides logran dominar por algún tiempo el persistente color desértico de la meseta judaica. Según la versión popular de su doble nombre, Belén, casa de pan o de carne, y Efrata, la fértil, la ciudad del Nacimiento se ha caracterizado siempre por su relativa fertilidad. Fértil también en lo espiritual: en Belén floreció el árbol de la Antigua Alianza para producir su fruto mejor: «Brotará una vara del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago».

San Jerónimo introduce a Santa Paula cantando entre lágrimas de alegría a su llegada a Belén: «Salve, Belén, casa de pan, en la que nació el Pan bajado del cielo! Salve, Efrata, región rica y fértil, cuya fertilidad es Dios! (Epist. CVIII).

La ciudad de Belén, asentada sobre dos suaves colinas, cuya altura media sobre el nivel del mar es de 777 metros. Dos hermosos valles la aíslan por el norte y por el sur. La colina occidental es un poco más elevada y en tomo de ella estaba construida la ciudad bíblica. La colina oriental, más baja y amplia que la anterior, se va descolgando hacia los valles mediante suaves pendientes. Paredes de contención forman hermosas terrazas, en las que los hombres de Belén cultivan viñas, almendros, higueras y granados. Pequeñas torres de guardia se alzan acá y allá. El conjunto del paisaje ofrece una impresión grata. De noche, cuando todo calla para dar paso a las canciones de los pastores y a los cencerros de los rebaños, que descansan en las inmediaciones de la ciudad, uno se siente suavemente impulsado hacia la meditación.

P. Antonio G. Lamadrid

Música y recreo.

Noviciado franciscano de Santo Espíritu del Monte

¡La alegría franciscana! ¡Cuántas veces se habla de ella sin saber a punto fijo en qué consiste! Nace, como las cristalinas fuentes de la montaña, de lo más hondo del ser, donde está la raíz de la felicidad, de la conciencia limpia y enamorada de Dios. Cuando ésta roza con los destellos divinos que irradian las criaturas, brota como flores que transforman el propio ser, irisado de los más hermosos matices, de esa alegría sobrehumana.

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La virtud en sus más sublimes heroísmos de la perfecta alegría; el arte en sus más puras vibraciones que hacen vislumbrar anticipos celestiales; la generosidad del sacrificio que hace olvidar la propia existencia; la elevación y transformación completa en las altas cumbres del amor divino.

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He aquí, carísimo lector, una de esas manifestaciones de esta perfecta alegría franciscana. Como la del Seráfico Padre que arrebatado en deliquios de amor al son del arpa que tañía el ángel, le consuela hasta el extremo de parecer arrancarle el alma para transportarla al paraíso, así estos hermanos que aquí contemplas, desbordando la alegría de sus almas al son de sus instrumentos que lanzan a los cuatro vientos los melódicos acordes de sus sentidos himnos. Así se manifiesta la alegría seráfica de los más humildes hijos de Francisco de Asís, después del prosaico trabajo que trae el traginar de cada día.

Los Reyes Magos

¿Qué dice esa estrella hermosa
que del cielo se desliza
y con tierno amor avisa
a la tierra esplendorosa
y envuelta en luz como es ella?

Les dice que surjan reyes
los más lindos y graciosos
y que acudan presurosos
con sus caballos corceles.

Porque ha nacido el Niño-Dios
y en Belén está su trono;
y los Reyes, con sus dones
de oro, de mirra y de incienso,
van de uno al otro en pos
lanzando del clarín sus sones,
y le adoran con gozo inmenso.

Son Gaspar, Melchor y Baltasar
los más nobles de la tierra,
y toda la humanidad se encierra
con ellos por irle a adorar.

Absortos los santos Reyes
y dobladas sus rodillas
escuchan las maravillas
que cantan como doncelles
los ángeles de la gloria.

Gloria a Dios en las alturas,
cantan los ángeles bellos,
y en su voz repiten ellos
paz de Dios a las criaturas.

Enardecidos de amor
contemplan los Reyes al Niño
y con inmenso cariño
rinden sus dones a Dios.

Fr. Manuel Balaguer


Estampas antonianas

VIII. Martillo de los herejes

Todo el compendio de la vida de San Antonio es una constante sucesión de prodigios. Hechos portentos que mueven a los espíritus a seguir los caminos de la fe; obras singulares que a la par que denotan la virtud del santo contribuyen a enaltecer la gloria de Dios.

Contaba así San Antonio treinta y dos años de edad y siete de religioso, cuando tuvo que ir a través de los países que comprendía su Provincia, siempre predicando y llevando el consuelo y la luz en su palabra cálida y persuasiva. Ordinariamente nuestro Santo, cuando llegaba a un pueblo, celebraba desde luego la visita del convento, y arreglados los negocios de la Orden si había alguno urgente, hacía a la par y simultáneamente dos cosas: una, predicaba y confesaba a los de fuera, y otra, explicaba Teología a los frailes. Y cuentan sus biógrafos que estas explicaciones eran como unos cursos abreviados, unas semanas o quincenas teológicas, en las que el Santo tocaba de manera principal los misterios y materias de la fe relacionados con los errores de la herejía allí predominante.

No en vano se le apellidaba «martillo de los herejes», pues nadie como él poseía tantas facultades divinas capaces de hacer frente al pecado e implantar, en cambio, la virtud. La austeridad de San Antonio era proverbial, todo le bastaba, y en su pobreza franciscana daba siempre gracias al cielo por las mercedes que de él recibía. ¡Cuántas veces se le vio realizar grandes caminatas sin que su cuerpo físico denotase el menor cansancio; cruzando caminos, ciudades, pueblos y aldeas, con una ilusión intensa en el corazón y un anhelo de evangelizador cada vez más fuerte. San Antonio convocaba en las plazas y campos a las gentes y allí, bajo el cielo, entre una fronda de árboles o fundiendo su voz entre los mil rumores de la ciudad, predicaba con bríos extraordinarios, poniendo en su oratoria todo el fuego del espíritu enardecido y sirviendo una y otra vez al tema eterno de Dios y el hombre.

Hay un milagro de una gran belleza cuyo asunto ha servido siempre la inspiración de los artistas. Un cuadro plástico, real, intensamente poético y que viene a demostrar cuántas y cuáles eran las dotes del Santo. De tal manera, se dice cómo una mañana se levantó San Antonio lleno de una profunda desolación por la pena que le producía ver a la impiedad ganando el corazón de las muchedumbres, y después de haber celebrado el Santo Sacrificio de la Misa en la iglesia desierta, se dirigió a orillas del mar, junto a la desembocadura de Marechila, y llamó en nombre de Dios a los seres que lo habitaban, diciendo: «¡Peces del río, peces del mar, escuchadme...! ¡A vosotros voy a dirijiros la palabra, ya que estos pérfidos herejes no quieren escucharla...! »

San Antonio predica a los peces

San Antonio predica a los peces

Y aseguran todas las crónicas que nada más pronunciar el Santo dichas palabras, las aguas del mar y del río, antes tranquilas, se conmovieron instantáneamente, y por entre sus azuladas ondas comenzaron a asomarse, en variedad indefinida, multitud de peces, los cuales, colocándose por orden, delante los pequeños y detrás los más grandes, escucharon atónitos, con las cabecillas fuera del agua, la encantadora plática del santo taumaturgo, digna de compararse a la que el patriarca de la Umbría había dirigido en tiempos anteriores a las avecillas del campo, y cual si fueran capaces de comprender su significado meneaban las cabecitas, dando signos de escucharle con admiración y gusto, mientras el Santo seguía diciendo: «¡Oíd, peces, hermanos míos, cuántas razones tenéis de ser agradecidos con Dios! ¡El os dio por morada el noble elemento del agua, donde halláis refugio contra las tormentas y la astucia de los hombres. La hizo clara y diáfana para que en su seno halléis vuestros caminos, y su mano poderosa os da comida en abundancia. Recibisteis de Dios la bendición y mandato de multiplicaros. Durante el diluvio sólo vosotros os salvasteis fuera del Arca. Entre vosotros vivió tres días el profeta Jonás; vosotros disteis al Señor la moneda del censo, y muchas veces servísteis de alimento al Salvador antes y después de su resurrección. Así, pues, oh peces grandes y pequeños que pobláis el mar cuan grande es y cruzáis por sus aguas, ¡alabad al Señor y ensalzadle sobre todas las cosas por toda la eternidad! »

A estas palabras del Santo respondieron los peces agitándose con viveza, abriendo sus bocas y meneando sus colas para dar, en la medida que podían, alabanza a su Creador; y San Antonio, lleno de celo ante este maravilloso espectáculo, exclamó: «¡Bendito sea el eterno Dios, pues los peces en el agua honran a su Señor más que los herejes, y los irracionales son más dóciles que el hombre que ha renegado de su fe!»

Hermosa estampa en donde se recoge la virtud milagrosa del Santo y la reverencia de esos pececillos ante la palabra dulce de Antonio. Maravilla que a nadie debe maravillar, ya que es frecuente en la vida de este ejemplar franciscano hallar hechos y prodigios que vienen a revelar constantemente las gracias de un santo que todo lo pudo con el auxilio de Dios; que sostiene entre sus manos la azucena de la candidez angélica como un símbolo que de manera constante nos brinda la más suprema y santa de las ambiciones: el reinado de Dios.

F. G. S.

Benjamín y la luz

Había llovido toda la tarde y los caminos formaban un barro espeso, rojizo, porque las calzadas romanas aún no habían irrumpido con su andar duro y limpio en esas vías comarcales de las provincias sometidas al Imperio.

Los viajeros —a lomo de sus jumentos, los pobres; en camellos, los otros— llegaban calados, sucios y de muy mal humor. Y a fe que no eran pocos los que, en cosa de tres días, habían ido llegando a la pequeña villa de Belén.

Y es que el tiempo para inscribirse en el censo, según decreto de los Romanos, expiraba antes del sábado del mes lluvioso; cuatro meses habían tenido de plazo, pero es ya sabido que el pueblo siempre espera en estas ocasiones a los dos últimos días.

Era ya casi oscuro y aún llamaron en la deshecha puerta del albergue; por dentro, en la cocina y peristilo del patio resonaban gritos con los más variados acentos: se habían reunido samaritanos, galileos, pereanos, judíos, tiro-fenicios y, por supuesto, muchos de correcta pronunciación jerosolimitana.

Los recién llegados eran gente modesta, casi pobre: una mujer que conducía de la mano a un muchachito de unos doce años, y el marido, hombre del campo; toda su impedimenta iba sobre un jumentillo pardo y sufrido, bien acostumbrado al trabajo y a los ayunos.

El niño andaba torpemente, y aunque llevado por su madre de la mano, tropezó el pobrecillo cuatro veces antes de llegar al pórtico y cobijarse de la llovizna. Cuando la madre y el niño entraron en el área de un fanal aceitoso, los más cercanos se dieron cuenta de que el niño era ciego.

Ya no había habitaciones disponibles —ni aunque las hubiera habrían aceptado una, lo que suponía un gasto mínimo de 3 denarios—. Así que, sacudieron las mantas humedecidas, se acercaron a una fogata que chisporroteaba alegremente y acomodados en tierra, entre un grupo de pescadores y alfareros, se dispusieron a despachar su cena.

La cara del niño de ojos vacíos resplandecía cerca de la lumbre. Acercó sus manos a las llamas y preguntó bajito a su madre:

—Madre, ¿cómo es el fuego, que calienta tanto?

La mujer antes de contestar estrechó al chiquillo, le cogió las manos con cariño y mirando fijamente sus órbitas, vacías, su rostro blanco y rosado, contestó:

—El fuego es como una canción que se eleva hacia las estrellas, como un montón de espigas movidas por el viento.

—¡Qué tristeza, madre, no ver nunca nada! Las espigas bien sé lo que son, porque las he cogido muchas veces al lado de mi padre, pero dicen que parecen de oro... ¿Y cómo será el oro... el de esas puertas del Templo...? Y las estrellas dices que son como un beso en la mejilla de un niño dormido... ¿Dónde está el padre?

—Aquí estoy, hijo —contestó Ismael—. Estaba con unos pescadores, los de Tiberíades, que sacan con sus barcas azules los peces plateados...

—¿Y por qué son azules las barcas?... ¿Y el cielo también es azul, y las aguas también?... ¡Oh, qué bonito, todo azul!... Pero, ¿cómo es el azul?

Era ya completamente oscuro. Seguía lloviznando. Algunos viajeros se habían acurrucado en sus mantas para dormir. Otros seguían una cena animada con más voces que viandas. Llamaron al portalón. El hostelero salió de la cocina malhumorado.

—Madre, ¿yo nuca veré el azul y el color del fuego...? Los niños me dejan solo porque no puedo correr... Y cuando sea hombre... tendré que sentarme en los pórticos del Templo...

—No, hijo mío. Tu padre y yo hemos ofrecido a Jahvé un mes tras otro sacrificio de corderos y tórtolas; todo lo que gana tu padre lo hemos gastado con un griego que dicen curó en Macedonia a varios ciegos y nos enviará una caja de hierbas curativas. No importa que seamos pobres si nuestro Benjamín consigue ver la luz...

—Gracias, madre... ¡Oh sí..., aunque seamos pobres ver la luz...! ¿No dice el Profeta que los que yacían sentados en las sombras vieron una gran luz...? Pero no sé, madre... Me dicen los chicos que es un castigo de Jahvé y que desde mi nacimiento hasta mi muerte jamás veré la luz...

Benjamín bajó su cabecita; las llamas saltaban ante sus ojos inertes.

En la entrada el dueño de la posada gritaba enfurecido a los recién llegados impidiéndoles la entrada. Como siempre en estos altercados, varios curiosos se acercaron al portón para saber qué pasaba. Ismael y un pescador galileo, por nombre Zebedeo, se acercaron también enrollados en sus mantas mojadas.
A la luz desigual y pálida de una linterna que llevaba el ventero, Ismael vio en primer término un hombre joven totalmente mojado y lleno de barro. Detrás, desfigurada por las saetas oblicuas de la llovizna que la luz perfilaba, una mujer, casi una niña, sentada sobre un jumento, completamente arrebujada en su manto hasta el punto de que sólo el rostro, lindísimo, aunque muy pálido, se distinguía en aquel bulto arropado. Unos rizos mojados le caían sobre la albísima frente y daba a sus ojos una impresión de belleza y ternura indecibles.

El posadero no se había fijado en ella discutiendo como estaba, indignado con el hombre:

—Ya le he dicho que largo de aquí. No son horas de llamar, y todo lo tengo lleno; vayan a otra posada.

—Pero hombre, por favor. Ya hemos corrido todo el pueblo; tengo aquí parientes y muchos conocidos; mas no han podido recibirme hoy, quizá mañana nos harán sitio. Sólo es una noche, unas horas para que descanse mi esposa y se caliente junto al fuego.

La joven bajó su cabeza y una sarta de gotas plateadas rodaron por sus trenzas.

Los curiosos que se habían ido amontonando estaban visiblemente en favor de aquel pobre matrimonio, mas el posadero, uno de esos tipos groseros y cerriles, antiguo matarife en los sacrificios del Templo, no quiso ablandarse.

El borriquillo movía las orejas a las voces destempladas de aquel tipo insolente y, dando una cabezada, lo dejó rociado de agua tibia.

Iba a insistir más el viajero, cuando la joven le atajó:

—Déjalo, José, vamos a los establos; qué más da, por unas horas; además, aquí hay tanta gente que de seguro no me dejarían descansar.

La dulzura de aquella voz femenina conmovió aún más a los presentes, pero nadie se atrevió a interceder por ellos, temerosos de que el irritado y soez matarife les expulsara de su sórdido hostal.

—Buenas noches, hermanos —concluyó el hombre—; que Jehová pague a cada uno según sus obras.

Y dio media vuelta, recogió una punta del manto que pendía por la espalda de la joven, y se fueron alejando, bajo una lluvia menuda y helada. Los del kan permanecieron en la puerta callados. Se oía el chapoteo del jumento en los charcos y algún golpe de piedra herida por los cascos del animal.

El ventero, abochornado, tal vez arrepentido, se retiraba con su fanal.

En aquel momento Benjamín dio un grito:

— ¡Ay!

Su padre corrió hacia él. Pero ya la madre, cogiéndole por la cintura y acercándose a su rostro le preguntaba:

—¿Qué es eso, hijo mío?

—Madre, creo que he visto la luz, una luz que se iba, que se iba... sí, sí; era como una canción que viene de lejos y que calienta el alma; iba a cogerla como las espigas, pero no he podido... La veía marcharse por el camino, sin mojarse en los charcos...

Sus padres pensaron que Benjamín deliraba o soñaba medio dormido.

—Anda, hijo, duerme, que estarás muy cansado y mañana hemos de andar bastante.

—Padre, padre, ¿qué pasaba en la puerta? Me parecía como si la luz viniera por allí... cuando hablaba una mujer... ¿no era una mujer, padre?

—Sí, hijo, una mujer con su esposo, que iban como nosotros para inscribirse en el censo.

—¿Dónde están, padre?

—Como no hay sitio, los han despedido.

—¡Ay, los han despedido!... ¡Y se ha escapado la luz...!

El rostro del niño tenía una expresión infinita de pena y desengaño.

La madre arropó a Benjamín, le reclinó en su seno:

—Anda, hijo, duerme y descansa.

Se había ido haciendo silencio en todo el kan. Ahora se oía caer la llovizna sobre los cobertizos del pórtico.

Benjamín parecía descansar tranquilo. Cuando vieron que dormía, la madre tocó a Ismael en el hombro; éste también estaba despierto y se volvió en seguida...

—Ismael, ¿tendrá fiebre nuestro hijo? Mira, no puedo dormir pensando en esas cosas que decía el pobrecillo.

—Yo tampoco puedo pegar el ojo pensando en Benjamín y en ese pobre matrimonio que han despedido... No sé qué siento, como si ellos se hubieran llevado la luz y la vida de nuestro hijo...

—Pero, ¿cómo los dejasteis marchar?... ¡Y la pobre chica...! ¡Es que los hombres sois a veces...!

—El bruto del ventero estaba tan terco que nos hubiera echado a todos si intercedemos por ellos...

—Y ¿dónde habrán ido...?

—Dijeron que a los establos, que hay a la salida...

—Pero, ¡Jahvé sea bendito! ¿Es posible...? ¡Y esa joven en las cuevas húmedas y pestilentes...! ¿Cómo hicisteis eso, Ismael? No, no, vamos a llamarles...

Benjamín movió los labios, musitó dormido algunas frases ininteligibles, sonrieron sus ojazos oscuros y dio un grito alborozado: «La luz, la luz, volverá a pasar... y la veré. Ya viene; señor, ¿quién es...?».

Sus padres temieron que hubiera despertado con su pesadilla; pero el niño siguió dormido con una sonrisa sobre sus labios y sus ojos ávidos de luz. Había parado de llover; el frío arreciaba. Era más de media noche; y una sola estrella en todo el oscuro firmamento se había clavado en la noche helada.

—Mira, Ismael, hay que ir; hay que ir a buscarles... ¿Qué les habrá pasado...?

—Sí, no me es posible descansar. No sé lo que me pasa. Como si esos pobres tuvieran el secreto de nuestro Benjamín. Me voy; les dejaré la manta, los dátiles y queso; ya nos arreglaremos mañana.

—Vete pronto y ven con ellos.

Benjamín volvió a pronunciar claramente: «Vendrá la luz, volverá a pasar...»

Ismael cogió a modo de tea un leño ardiendo de la fogata, desencajó la puerta evitando el ruido y salió.
El kan quedó silencioso. La madre abrazaba a su pequeño dormido, y sus ojos iban de la luz de la hoguera a la luz, lejana, de la estrella. «La luz para su Benjamín.»

Pasaron las horas del amanecer. Cantaron los primeros gallos; y la gente del hostal comenzó a despertarse; los que aún iban lejos aprestaron sus cabalgaduras.

A las voces y ajetreo despierta el niño y mira a su madre en la penumbra del amanecer.

—¿Dónde está el padre?

—Ha ido hace un rato en busca de aquellos pobres de anoche.

—¡Oh!, ¿vendrán?

—Mira, ya llega el padre...

Ismael llegaba visiblemente conmovido y sin aliento. Lo primero que hizo fue abrazar a Benjamín y decir entre sollozos:

—¡Benjamín, sí, verás la luz; aquella luz lejana que ya ha venido al mundo! Venid, os lo contaré todo.
Iban saliendo mulos, asnos y camellos con sus jinetes. Nadie se preocupaba de aquella familia que, sentada otra vez junto a las brasas de la fogata, no parecía presurosa de ponerse en camino.

—No llovía cuando salí. La noche era muy negra, y sólo brillaba una estrella. Andaba a tientas casi, con mi luminaria deslumbrante. Corrí más de media hora dando voces y blandiendo mi luz. Nada, nadie. Oscuridad. Di varios gritos, como hacen los pastores para avisarse por la noche, y no muy lejos me contestó otro grito. Era un gañán que hacía la vigilia sobre varios rebaños, mientras tendidos bajo un cobertizo del corral dormían en sus mantas los otros seis pastores. No habían visto a nadie, pero las cuevas y pesebreras, que ellos aprovechaban los días de aguacero no estaban lejos, y me marcaba un camino invisible en la sombra.

Me volví a la noche, camino de las cuevas, y sí, brillaba en la ladera en frente la luz de una lumbre, humeante de leña mojada.

Y en aquella gruta... la luz, la luz verdadera, inextinguible; no había ninguna fogata; sólo vi entre la hierba y la paja mojada un infantillo lleno de resplandor. Era el hijo de aquella bendita mujer. Ella, arrodillada, acariciando a su recién nacido. Todo era luminoso en aquel antro. Raquel, el Salvador, el Cristo del Señor, la Luz de Israel. Yo no pude hablar, pero los ojillos de aquel infante me dijeron, leyéndome por dentro, que sí, que Benjamín vería la Luz que vino al mundo... No sé cuándo será, pero estoy cierto; Benjamín, hijo, viene la luz a Israel: ¡tus ojos la verán!

Ismael tuvo que detenerse un momento y sollozando de esperanza abrazó a su hijo.

—Cuando yo regresaba, aún oscuro, el gañán con los demás pastores corrían alborozados hacia la gruta. Ni siquiera se detuvieron: sólo me gritaron mientras bajaban: «¡En la cueva, en la cueva, el Salvador nació!» Sus voces se perdieron luminosas en la tenebrez montañesa.

Ismael regresaba seguro de la luz para su hijo.

Acababa de salir el sol: los montes sabían a luminosidad tierna. La familia del cieguecito abandonaba el kan en dirección al Sur, hacia el poblado de Tepoa, término de su viaje.

Benjamín caminaba radiante, seguro, cogido de su madre.

Cuando al coronar el collado un filo del sol se posó en su carita de niño, el pequeño sonreía: aún no veía nada, pero estaba también seguro de la luz: era la gran ilusión de su infancia, de su vida; sólo vivía para encontrar la luz.

Y la luz había dado un chispazo ante sus ojos estáticos. Pero volvería. ¿Cuándo?

La ruta de la luz fue aún larga para Benjamín. Pasaron veintinueve años.

Un día estaba sentado ante el pórtico del Templo; su rostro había cambiado, pero sus ojos, sus cuencas vacías, eran las mismas. El esperaba allí día tras día, no una moneda del César, sino el paso de la luz...

Y la Luz llegó.

Por las pisadas conoció Benjamín que salía del Templo un grupo de israelitas.

Sus ojos estaban vacíos, pero su oído se había hecho finísimo. Y oyó perfectamente una pregunta, hiriente como saeta de metal:

—Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?

Era la burla dolorosa que le habían hecho los chiquillos cuando era niño. Benjamín quiso levantarse, gritar, llamar a aquel hombre...

—Ni éste pecó ni sus padres, sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios.

El ciego volvió a sentir que ardía su sangre, pero esta vez de gratitud hacia aquel noble defensor ignoto. La voz de aquel desconocido le recordaba algo viejo, una de esas impresiones que, aunque sean fugaces como un centelleo, quedan en el alma como impresas a fuego. ¡Qué parecido el timbre a aquella voz de la mujer pobre en el kan de Belén...! Esta coincidencia desencadenó en el alma —como pasa— una historia de recuerdos y esperanzas; aquel presentimiento de una luz intuida en la noche, aquella confianza incólume en su subida dolorosa; la confianza, jamás erosionada, de que brotaría su luz...

Mientras él revolvía aquel mundo tan hondo, los israelitas se habían detenido muy cerca, y su defensor hablaba:

—Es preciso que obre las obras del que me envió, mientras es de día...

Benjamín pensó en su gran día nocturno, sólo alumbrado de esperanza.

—Viene la noche en la que nadie puede trabajar.

La noche... su noche luminosa, ¿cuándo rompería en sol...?

—Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.

Benjamín dio un grito, y un escalofrío nuevo le sacudió la carne: ¡¡Sí, era El, la luz!!

Intentó con furia abrir los ojos. Los dedos de aquel hombre ungían sus pupilas con un limo mojado.
Después, la misma voz sabida:

—Ve, lávate en la piscina de Siloé.

Benjamín no podía hablar... Marchaba vacilante su camino conocido hacia la piscina...

Se lavó...

¡La luz, por fin la luz! Se palpaba las órbitas, movía la cabeza; el cielo, el agua azul; la luz... una canción, sí sí... una canción y mucho más... ¡El color! ¡Oh misterio infinito de colores extraños: el blanco, parecido al tacto de una seda... el verde, como aroma de madreselva... ¡Tocar, tocar los colores con sus manos ciegas!...

La Luz que ilumina a todo hombre había venido para iluminar también a Benjamín...

Fe en el género humano

Lactancio afirmaba, hace catorce siglos, que la creencia en Dios había sido doctrina de todas las escuelas y de todos aquellos que antes de Epicurio fueron considerados como príncipes de la filosofía.
Un hombre, Proudhon, personificación de los errores modernos y de un odio satánico contra Dios, exclamaba:

«¿Crees en Dios? Si crees, eres cristiano, católico; si no, atrévete a decirlo, porque en este caso no declaras tan sólo la guerra a la Iglesia, sino a la fe del género humano. Entre ambas alternativas sólo cabe la ignorancia y la mala fe.»

Proudhon sabía que la humanidad siempre había creído en Dios y que el alma humana, como dice Tertuliano, es naturalmente cristiana.

Plutarco lo afirmó también con estas notables palabras que han tenido tanta resonancia al través de los siglos:

"Hallaréis pueblos sin murallas, sin literatura, sin reyes; pueblos sin casas, sin moneda; que no tengan idea alguna de teatros ni de gimnasios, pero nunca encontraréis pueblos sin Dios, que no tengan que prestar juramentos, que no digan plegarias ni hagan sacrificios; nunca se verá, ¡creo que antes existiría un pueblo sin suelo que sin religión!"

Cicerón y Séneca han usado el mismo lenguaje.

Cicerón concluye diciendo: «En todas las cosas el consentimiento unánime de los pueblos debe ser mirado como la ley misma de la naturaleza.»

Platón dice que abolir la religión es destruir el fundamento de toda verdad humana.

Aristóteles ha dicho que el hombre es un animal religioso.

* * *

Un incrédulo de estos tiempos escribe:

«Buscad un pueblo sin religión; si lo encontráis, estad seguros que él no se diferencia mucho de los brutos.»

Y Rousseau observa «que jamás se fundó Estado alguno sin que la religión le sirviese de fundamento».

Y Voltaire, cuyo testimonio no repudiará el demagogo más descreído, ha escrito: «Allí donde hay una sociedad, la religión es de todo punto necesaria.»

Y San Agustín, haciéndose el intérprete de la fe de todos los siglos cristianos, exclama: «Quien pide prodigios para creer en el Evangelio, es él mismo prodigio de incredulidad, porque rechaza una doctrina a la cual consintió manifiestamente todo el mundo por un irresistible convencimiento.»


La Virgen Carbonerita

(Continuación)

Tomó de la hornacina la medalla de la Virgen y la envolvió en un lienzo blanco, mientras decía:

—Eres, Madre mía, toda bondad y misericordia. Tú nunca olvidas las súplicas de tus hijos. Te ruego, Virgencita mía, que derrames tu gracia sobre esta criaturita enferma y le devuelvas la salud quebrantada.

Besó la medalla por encima del lienzo. Luego se cercioró que todo quedaba en orden y salió fuera de la ermita cerrando de un golpe la puerta. Estaba alegre porque llevaba en sus manos a la Virgen Carbonerita. Dirigió la mirada al cielo y le pareció ver en una de las estrellas el rostro inmaculado de la Virgen que le sonreía con inefable ternura. Su alma se inundó de gozo al ver aquellos ojos serenos y amorosos que le miraban en la oscuridad de la noche.

Sin saber cómo se vio perdido en el bosque; retrocedió algunos pasos y se detuvo para orientarse y huir de aquel lugar, cuando de súbito llegó a sus oídos un ruido extraño, como si alguien se abriera paso arrastrándose entre el ramaje violentamente. Nicolás contuvo el aliento y esperó con los nervios en tensión, mientras apretaba contra su pecho la medalla de la Virgen. Entre las altas copas de los árboles se abrió una brecha dejando entrever algunas estrellas. Esto de momento le tranquilizó. Entonces buscó entre las matas tropezando de pronto con un lobo que olfateaba gruñendo ansioso de devorar su presa. El terror se apoderó de él quedando inmóvil. El animal se lanzó sobre Nicolás derribándole a tierra. El perdió de momento la visión, pero no por eso dejó de apretar contra su pecho la medalla de la Virgen Carbonerita.

El lobo clavó sus colmillos en una pierna de Nicolás, que luchó desesperadamente hasta lograr librarse del animal, y arrojándose sobre la fiera hundió el cuchillo varias veces en el lomo de la fiera, que enfurecida se revolcaba por la tierra. Las sacudidas eran tan fuertes que el suelo temblaba. Cuando vio que la bestia feroz no podía perseguirle emprendió de nuevo el camino del pueblo. Allá abajo le esperaban impacientes. Debía de haber estado de regreso al atardecer y ya era bien entrada la noche y no habían aun llegado.

La gente, sin duda intranquila por la tardanza, no vacilaron en ir en su busca y se apiñaban en grupos armados con escopetas y antorchas cuando de pronto alguien dio la voz de que Nicolás llegaba al pueblo. Rápidamente se vio rodeado de una gran multitud que enloquecida gritaba dando vivas a la Virgen. La gente siguió a Nicolás por las calles del pueblo. Al llegar al templo se abrió la puerta de par en par y las campanas volteaban dando la bienvenida a la Madre de Dios.

El señor cura subió al púlpito y habló emocionado a sus filigreses; sus palabras eran de tal elocuencia y fe mor que hasta el más indiferente sentía su corazón palpitar de emoción. Un murmullo se agitó entre la gente y comenzaron a moverse inquietos. Nicolás ocultaba su rostro entre las manos y a sus pies había un gran charco de sangre.

—Está herido y va a desfallecer—, gritó una voz.

Las personas que estaban más inmediatas a él acudieron rápidas a prestarle auxilio, pero Nicolás ya había caído al suelo desvanecido. El párroco bajó rápido del púlpito y abriéndose paso entre la multitud se acercó para ayudar a levantarlo.

—Es un ligero desvanecimiento —dijo tomándole el pulso—. Salgan todos de la iglesia. La atmósfera está muy enrarecida y tal vez sea la causa de su desmayo.

—Está herido, señor cura—, dijo un joven.

—¡Herido! —exclamó asombrado el párroco—. ¡Pero hombre de Dios!, ¿cómo has callado hasta última hora?

—Confesión, Padre—, suplicó con voz trémula y vacilante.

—¡Dios mío, si está moribundo!—, exclamó el sacerdote sujetándolo por la espalda y ayudándolo a incorporarse para acostarlo en un banco.

Después hizo salir a todos y le escuchó en confesión administrándole los Santos Sacramentos.

—La niña —balbuceó haciendo un gran esfuerzo—. Lleve, Padre, la Virgencita a su casa.

—Sí que la llevaremos —repuso el sacerdote dulcemente—. Pero ahora debes de estar tranquilo. Hemos llamado al médico.

(Continuará)

Olga Bauzá de Lloréns

Noticias

Nuevo consultor franciscano de la Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental

El Romano Pontífice se ha dignado nombrar entre los consultores de la Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental al P. Guido M. Brisebois, O. F. M., de la Provincia Franciscana del Canadá y actual profesor de Derecho canónico en el Pontificio Ateneo Antoniano de Roma.

Franciscanos preparando el Concilio Ecuménico Vaticano II

Entre los miembros de la Pontificia Comisión Central Preparatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II, el Sumo Pontífice se ha dignado nombrar al Cardenal Antonio María Barbieri, O. F. M. Cap., Arzobispo de Montevideo; al P. Agustín Sépinski, Ministro General, O. F. M., y a Fr. Juan Landázuri Richetts, O. F. M., Arzobispo Primado de Lima.

También han sido elegidos por el Santo Padre, entre los miembros y consultores que preparan dicho Concilio, los siguientes Padres de la Familia Seráfica.

1. En la Pontificia Comisión Teológica: Entre los «Miembros»: PP. Carlos Balic y Damián Eyude, O. F. M.; entre los «Consultores»: PP. Lorenzo Di Fonzo, O. F. M. Conv.; Alejandro Kerrigan, Buenaventura Kloppenbur y Hermenegildo Lío, O, F. M., y Domingo Unger, 0. F. M. Cap.

2. En la Pontificia Comisión de Obispos y Régimen Diocesano: Entre los «Consultores»: P. Gomaro Michiels, O. F. M. Cap.

3. En la Pontificia Comisión de Disciplina del Clero y pueblo Cristiano: Entre los «Miembros»: P. Agatángelo de Langasco, O. F. M. Cap.; entre los «Consultores»: RR. PP. Guillermo O'Connell, O. F. M., y Gregorio Montico, O. F. M. Conv.

4. En la Pontificia Comisión de Religiosos: Entre los «Miembros»: Fr. Bartholomaeus Bortignon, O. F. M. Cap., Obispo de Padua; PP. Joaquín Sanchis, O. F. M.; Pedro Tocanel, O. F. M. Conv., y Lázaro dArbonne, O. F. M. Cap.; entre los «Consultores»: Fr. Bernardino Echeverría Ruiz, O. F. M., Obispo de Ambaten; P. Zacarías de San Mauro, O. F. M. Cap., y P. Gerardo Mulcahy, O. F. M.

5. En la Pontificia Comisión de Disciplina de Sacramentos: Entre los «Miembros»: PP. Vitomiro Felicic y Adolfo Ledwolorz, O. F. M.; entre los «Consultores»: PP. Guido Brisebois y Roberto Zavalloni, O. F. M.

6. En la Pontificia Comisión de Estudios y Seminarios: Entre los «Miembros»: P. Hilario de Mediolano, O. F. M. Cap.

7. En la Pontificia Comisión de la Iglesia Oriental: Entre los «Miembros»: P. Marcos Fapundzlc, T. O. R.; entre los «Consultores»: Padre Dunstano Donovan, S. A., y RR. PP. Angélico Lazzeri y Basilio Talatinian, O. F. M.

8. En la Pontificia Comisión de Misiones: Entre los «Miembros»: PP. Alfonso Schnusen-berg, O. F. M.; Pío de Mondreganes y Calixto Lopinot, O. F. M. Cap.; entre los «Consultores»: PP. Hermes Peeters, O. F. M., y Gregorio Eldarov, O. F. M. Cov.

9. En el Pontificio Secretariado para la Unión de los Cristianos: Entre los «Consultores»: Rdo. Padre Eduardo Hanahoc, S. A.
10. En el Pontificio Secretariado de Prensa y Espectáculos: Entre los «Consultores»: PP. Agnelo Andrew y Pedro Franzidio, O. F. M.

382_23 Fr. Diego Cuñat

P. Bernardino Sutil Honrado, ofm.

Profesor del Colegio de San Antonio, de Carcagente, y Director de la Venerable Orden Tercera de Játiva, muy amado de sus discípulos y terciarios, que después de tomar parte activa en la Misión del «Gran Buenos Aires» se ha quedado en la Comisaría que la Provincia Franciscana de Valencia y Aragón tiene en Argentina, para ayudar a sus Hermanos en religión a misionar en aquella República sudamericana.

Fr. Diego Cuñat Cortés

Hermano misionero en la Argentina, que ha ido a reunirse con sus venerados Hermanos en religión Fr. Estanislao Puig Costa y Fr. Feliciano Marqués Civera, todos ellos pertenecientes a la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón.