Las cosas claras

¡¡Gracias, Balduino!!

Ignoro si habré incurrido en un error protocolario. Verdaderamente, el decirle a un rey: «gracias, Balduino», no lo considero demasiado correcto. Mas creo que por espontáneo se me puede perdonar; ha sido una de esas exclamaciones que brotan directamente del corazón sin pasar previamente por la cabeza.

El motivo ya se lo pueden figurar... o no.

Estoy de acuerdo en que el solo hecho de que haya sido una española la elegida para ser reina de un país extranjero es suficiente para provocar este grito jubiloso y otros muchos más. No obstante, quiero ir un poco más lejos. Para mí la noticia adquiere incalculable valor cuando por la prensa y los comentarios callejeros nos fue dado a conocer la personalidad de Fabiola de Mora y Aragón, esta española hasta hace pocos meses ignorada por los propios madrileños.

¡Y caray! ¡Ya era hora de que saltara al primer plano de actualidad una mujer como la hoy esposa del rey de los belgas! Porque a decir verdad estábamos bastante hartos de que gozaran de las mieles de la popularidad mujeres con ribetes de frescura glacial y vampirismo populachero, teniendo en su haber unos cuantos divorcios y escándalos. Resultaba francamente deplorable el que una masa borreguil de jovencitas tuviese como ideal imitar gestos, peinados y ejemplos de estas... lo que sea, sacrificando lo más preciado que puede tener una mujer, cual es su propia personalidad.

Hasta ahora estaba plenamente demostrado que para triunfar en la vida y conseguir la admiración de un sector de la masa, por desgracia bastante numeroso, bastaba que una señora (por decir algo) tuviese una más o menos provocativa anatomía, siendo ingrediente indispensable, ¡claro!, el que le acompañase la poca vergüenza para exhibirla... Esto traía aparejado y como consecuencia una desbordada admiración por la interfecta y pronto nos enterábamos de los flirteos que hacía, de su peso, de sus medidas en todos los sentidos y de su afición por coleccionar joyas, abrigos de pieles y maridos, casi siempre —¡oh casualidad!— multimillonarios.

Mas la elección de un rey ha puesto las cosas en su lugar y ha colocado los verdaderos valores en el sitio que les corresponde. La femineidad, honradez, delicadeza, corazón, simpatía y señorío, gracias a esta decisión, han sido noticia de primera plana en todas las publicaciones del mundo.

La esbelta y gentil figura de esta española ha ocupado las columnas de periódicos y revistas desplazando a otros... (?) personajes, las más de las veces falsos y de escándalo.

Ahora es cuando muchos habrán podido comprobar la diferencia que existe entre los que alcanzan la popularidad por caminos torcidos y la dignidad, modestia, señorial elegancia de esta muchacha representación integral, desde la más pura raíz, de lo que es y debe ser la mujer de nuestra patria.
La decisión de Balduino ha abierto los ojos a numerosos despistadillos.

Gracias a este acontecimiento feliz y espectacular las gentes han podido apreciar, a través de los órganos informativos, las virtudes que adornan a la hoy reina de los belgas. Muchos habrán meditado y reconocido (algunos coincidido) en que estas cualidades son las buscadas por todos los hombres-hombres para llevar a una mujer ante el altar.

Esta boda ha sido el golpe de gracia para las snobs, «elegantes», chics, «modernistas», pik-ups «vambis» y otras clases de... —seamos caritativos— pelagatos.

Nunca más que ahora esta fauna de imitadoras de las exhibicionistas baratas va más abocada a pertenecer, por derecho propio, a la clasificación de «solteronas inconsolables». El hombre-hombre, repito, sabe lo que busca.

Las verdaderas virtudes por una vez han sido públicamente puestas en el pedestal que les corresponde.

Hoy el mundo ha conocido a Fabiola. Ha conocido a una mujer ejemplo de cómo Dios quiere que sean. Ha conocido cómo es y debe ser la verdadera mujer española.

Una «moda», por cierto, muy difícil de imitar...

José Mª Gimeno Tichell

a

Los seminaristas de Pego con los hermanos Ángel Martín, Santiago Miró, rector, Esteban Varo y Gabriel Francés. (curso 60-61)

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Mesa del Altar mayor de la iglesia de nuestro convento de Pego (Alicante). Fue consagrado solemnemente por el D. Rafael Moralejo, Obispo Auxiliar de Valencia el día 8 de enero, Fiesta de la Sagrada Familia, titular de la citada iglesia. Ha sido proyectado por el arquitecto José Pastor Pastor.

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Centro Instructivo Antoniano de Valencia. Un grupo de alumnos con su Director, P. Fernando Ciges y profesores.

Bautismo de Jesús

Dócil a las órdenes divinas, abandonando su retiro en el desierto de Judá, desciende Juan Bautista a lo profundo del valle del Jordán, donde termina la punta septentrional de esta región desolada, y allí, en las orillas del río, ora a la derecha, ora a la izquierda, comenzó su predicación. Vestido como un tiempo Elías, con túnica grosera hecha de pelos de camello, y un ceñidor de cuero a su cintura, este asceta tan austero para sí mismo se mantenía con el sustento que le proporcionaba el desierto: miel silvestre, aromática y amarga, de las abejas que la ponían en los troncos de los árboles y hendiduras de las peñas, y langostas que comen los árabes.

Su predicación estaba en armonía con su vida austera y mortificada: «Haced penitencia porque está cerca el reino de los cielos». El reino de Dios o, como ahora llamamos, el reino de los cielos, era el reino espiritual que el Mesías venía a establecer en la tierra, según predicación de los profetas, a fin de conceder el cielo a todos los que fuesen fieles súbditos y servidores suyos. Dios y su Cristo serán los verdaderos soberanos. La penitencia, es decir, una conversión sincera, y la fe en el Mesías eran los requisitos esenciales que se debían cumplir para ser ciudadano de este reino.

Tales palabras, y en boca del predicador, causaron pronto en todo aquel contorno la más viva emoción, porque comprendieron fácilmente su sentido. Ellas significaban que el advenimiento del Mesías estaba ya inmediato. Pronto se vio Juan rodeado y seguido de multitudes numerosas que querían contemplar de cerca al profeta misterioso y oír con sus propios oídos la gran nueva que proclamaba. Acudieron a él no sólo de las regiones ribereñas del Jordán, sino de toda la Judea, de Jerusalén y aun de distritos lo más apartados. Juan había unido a su predicación un rito simbólico, que representaba la pureza interior, sin la que era imposible participar del reino de Cristo, y consistía en la inmersión en las aguas del Jordán. A este bautismo debió el Precursor su celebrado sobrenombre: Bautista.

Un día vio Juan Bautista aproximarse hacia él un hombre como de treinta años, cuya fisonomía echaba reflejos de una majestad y santidad que vivamente le impresionaron. Era Jesús, que había dejado su retiro de Nazaret y que también vino por las riberas del Jordán para recibir el bautismo del Precursor. A primera vista este paso parecía singularmente extraño. ¿Qué necesidad tenía el Salvador del mundo, que era Dios y como tal la misma pureza y santidad, de ser purificado por las aguas bautismales? Pero es que en su cargo o misión de Redentor había de llevar los pecados de los hombres y expiarlos, y convenía, en el momento en que iba a comenzar su ministerio, tomar las apariencias de pecador y penitente, mientras llegaba el tiempo de ser nuestra víctima en la cruz.

A pesar de los lazos de familia que les unían, Juan no conocía personalmente a Jesús, porque desde sus más tiernos años habían ambos vivido en el más profundo retiro. Pero en hora tan solemne una luz sobrenatural reveló al Precursor que tenía en su presencia al mismo Mesías. Por eso, cuando le ve adelantarse para recibir el bautismo, se resistió a ello como pudo, diciendo: «Yo debo ser bautizado de Ti, y ¿Tú vienes a mí?» A lo cual respondió Jesús: «Déjame hacer ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia».

Juan no protestó más y bautizó al Mesías. Pero como en otras circunstancias humillantes de su vida, Jesús recibió entonces de su eterno Padre un testimonio brillante. Apenas salió de las aguas del río, el cielo pareció abrirse, y vio al Espíritu Santo descender sobre El en forma de paloma, mientras una voz venida del cielo decía: «Este es mi querido Hijo, en quien tengo puesta mi complacencia.» Hubo, pues, entonces como una segunda Epifanía de Jesús y, por decirlo así, su ordenación, su consagración de Mesías Redentor.


Estampas antonianas

XI. La humildad de san Antonio

El mes de junio tiene un acusado sabor antoniano. El nos llega como un anuncio singular a santidad y perfección, una alborada para todos aquellos quienes sentimos muy hondamente arraigado en el corazón la fe y el amor a San Antonio. Lirio de pureza, sostenido y vivificado de continuo por un aliento de divinidad, custodia de los valores morales del espíritu, flor cándida y limpia como una de esas azucenas que los niños sostienen cuando le acompañan en su ya típico cortejo procesional.

Por ello en esta página antoniana, dedicada como todas ellas a cotejar la virtud del ilustre y angélico franciscano, forzoso será de nuevo insistir acerca de algunas de las facetas más interesantes de su fecunda vida. Existencia entregada de lleno a la práctica de la caridad; caridad misional, caridad que llegando a los más altos grados de entrega, llega a convertirlo en un auténtico apóstol del amor. Y todos cuantos prodigios culminan o llegan a coronar tan felizmente su labor apostólica, son frutos indudables de ese absoluto acercamiento hacia todas las criaturas.

Milagros que obró y que aún sigue obrando en favor de quienes invocan su bendito nombre. Sin embargo, San Antonio desea que no sólo nos acerquemos a él cuando algún motivo de tribulación aflige nuestra vida normal, sino en todo momento, como general costumbre, para impetrar de su gracia no ya tan sólo el favor que proporciona bienestar o sosiego, más bien para pedirle santidad, fuerza ante las renuncias y estímulo cristiano para poder sobrellevar las duras pruebas a las que en ocasiones la vida nos somete.

Humilde, humildísimo fue San Antonio de Padua, y bien lo demostró cuando, teniendo abiertas todas las puertas de los honores mundanos por la posición y nobleza de su familia, prefirió la vida retirada y oscura de un convento. Y aún llevó a mayor extremo su humildad al ocultar los dones de sabiduría y elocuencia que el Señor le había otorgado, y así dicen sus biógrafos cómo «solicita emplearse en los menesteres de enfermero y cocinero, haciéndose pasar por hombre vulgar y de cortos alcances, hasta que por ley de santa obediencia dio a conocer en Forli los tesoros de ciencia que encerraba su privilegiado entendimiento».

¿Y qué diremos de su fe y esperanza, virtudes tan ostensiblemente reflejadas en todos los instantes y hechos de su vida? Fuerzas que mantienen su espíritu y le hacen sobrepujar los naturales escollos que sus enemigos alzan frente a él; potencias siempre tensas y que de manera tan fiel vienen a caracterizar la santidad y virtud de este gran santo.

No menos extraordinaria y sublime fue su obediencia. Ansiaba recibir la corona del martirio, pero «así que conoce que no era esa la voluntad del Altísimo por la enfermedad que le acometió en las costas africanas». Su mayor deseo era pasar inadvertido en la Orden Franciscana, ocultando las dotes privilegiadas que poseía. Hechos muy comprensibles, ya que no era el logro de notoriedad mundana lo que tan anheladamente perseguía su corazón, sino la adquisición de sacrificios y méritos capaces de hacerle alcanzar la corona de los bienaventurados.

Poseyó asimismo nuestro humilde franciscano la virtud de la pobreza evangélica, y esa misma virtud le llevó a privarse del bienestar lujoso de su casa y familia, a trocar las galas de la vida alegre y brillante de la sociedad de su tiempo por los aislamientos monásticos; prefiere la soledad del claustro a la luz y bullicio de los ambientes señoriales en que se había desenvuelto de siempre su existencia.

De su laboriosidad dan buen testimonio las obras que escribió entre tantos apostólicos afanes. Como tal, se muestra menos inclinado a las sutilezas de los escolásticos, que se esfuerzan por fundamentar con las luces de la razón las verdades de la fe católica, y sólo se dirigían sus conatos a buscar en las Sagradas Escrituras su espiritual edificación. La fe humilde y el ánimo tolerante entregado a Dios era más precioso a él que toda la sabiduría de las escuelas. Como místico establecía San Antonio los secretos de la unión con Dios. Fusión de las dos inherentes naturalezas del ser con la luz o potencia de donde todo dimana; extrechez de conceptos en tomo a la verdad sublime.

Los sermones forman parte principal de la obra del santo, y existe de él un libro sobre el año eclesiástico, sobre los santos y sobre los Salmos; viniendo a reunirse en la citada producción unos «doscientos setenta sermones o, por mejor decir, bocetos de sermones, que en las ediciones impresas forman un considerable tomo en folio». También escribió una Concordancia Moral de la Biblia, a manera de armonía de las diferentes partes de la Escritura, y, además, Plan para alcanzar la cristiana perfección y su Expositio Mystica, obra en donde se desentrañan en forma de un bien orientado misticismo las partes que constituyen la Biblia.

Las Concordiantae morales Bibliorum son ciertamente las primeras manifestaciones literarias de este género, y la cual se divide en cinco libros, cada uno de los cuales viene a definir los temas capitales que sirven de base a nuestra religión cristiana. Producciones todas ellas ungidas con ese inconfundible estilo que el santo logra imprimir a toda su obra; llamamientos al servicio apostólico; rasgadura de ideas de profunda base y que el autor traduce en temas de fácil comprensión. Y sobre todo, siempre, en todo momento, la verdad, la caridad y el amor presidiendo todas y cada una de sus soberbias producciones.

F. G. S.


El nombre de Jesús

La solemnidad litúrgica del nombre de Jesús que se tiene el 2 de enero es el punto actual del desarrollo de un germen divino que aflora ya en el coloquio del angélico anuncio de María: «Le pondrás el nombre de Jesús» (Lc 1, 31), vuelve a oírse confirmado en el mensaje angélico a San José: «Le llamarás Jesús» (Mt 1, 21), y se abre a la realidad de redención en la circuncisión: «Le fue puesto el nombre de Jesús» (Lc 2, 21).

Ese santísimo nombre no es sólo un sonido articulado emitido por la boca. Es el vocablo, el término lógico que encierra una idea que, a su vez, es la captación y expresión intelectual de algo objetivo excepcional: la persona de Dios hecho hombre en su modalidad de Salvador. Es el nombre sobre todo nombre dado por Dios a su Verbo. Es el signo eficaz de dominio que El encarnado tiene sobre los bienaventurados, sobre los condenados y sobre sus secuaces en la tierra, puesto que si la Iglesia triunfante y purgante hincan su rodilla ante ese nombre, cada uno de nosotros lo lleva impreso desde su nacimiento espiritual, ya que ha sido bautizado «en el nombre de Jesús», variante de la fórmula trinitaria.
También la real y continua presencia de Cristo en la Iglesia se expresa con ese santísimo nombre; de hecho los discípulos se deben de reunir en el nombre de Jesús si quieren que sus plegarias tengan eficacia.

Lo que es la buena nueva

Precisamente por esto, y habida cuenta que la existencia del creyente está sellada con este santísimo nombre, se puede establecer que el Evangelio, «la buena nueva», no es otra cosa que el anuncio del nombre de Jesús: «Mas cuando hubieron creído a Felipe que los evangelizaba acerca del reino de Dios y el nombre de Jesucristo se hacía bautizar». «Hasta el creyente si obtiene la vida eterna es en virtud del nombre de Jesús» (Jn 20, 31).

Por todo esto el in nomine Jesús de San Pablo se nos presenta como la más solemne proclamación de una realidad histórica que resume las profecías y las más santas aspiraciones de los justos de todos los tiempos. Como eso y como la proclamación de la razón categórica y universal del dominio absoluto del Verbo encarnado sobre el cielo, la tierra y los infiernos.

Expresión de la Redención

Se ha escrito que en la mente de San Pablo el nombre tiene un ámbito más vasto o amplio que entre nosotros. Para los semitas indicaría, ante todo, la más profunda realidad del ser, de todo ser: en términos filosóficos, «la substancia constitutiva de un ser». Así se comprende que el santísimo nombre de Jesús comprenda no sólo el Verbo, sino la naturaleza humana asumida por Él y, por lo tanto, que Jesús sea el centro de todo y el más alto poder que existe en el otro mundo y en éste. Que no exista otro nombre superior a Él porque lejos de dar una simple descripción de la persona del Verbo expresa toda la realidad de la economía divina en la obra de la redención, cosa que, por lo demás, ya inició el día mismo que al Hijo de María Santísima se le puso ese nombre. Desde aquel momento la redención humana es una realidad expresable de manera sensible a través del nombre de Jesús, que la está poniendo en práctica.

(Continuará)

Fr. Deodato Carbajo, ofm

La canción de las espigas

Tengo trigos soberanos,
hubo siempre buen tempero,
hubo lluvias abundantes,
va a colmarse mi granero.

Arrancará bien la siembra,
el campo bien abonado,
y con lluvias y con soles
va el candeal mejorado.

Con qué gracia pasa el aire
acariciando las mieses,
va rizando el espigaje...
si no vienen los reveses...

Esas nubes tan siniestras,
nubes cárdenas, sombrías,
que se forman conjuradas
en las altas serranías.

Y ese sol cuando implacable
con su fuego lo dardea
y se afligen las espigas
porque el calor las foguea.

Qué contentas van mis gentes
cuando salen a la arada,
cómo surge poderosa
la canción bien entonada.

Hogaño el amo tendrá
rebosante la panera,
serán grandes las hacinas
y va a estar colmada la era.

Yo te bendigo, Señor
de los soles y los vientos,
de las lluvias bienhechoras
que nos dan estos contentos.

Tú bien sabes que al sembrar
cuando yo derramo el grano
imploro la bendición
de tu poderosa mano.

Tú bien sabes que si el cielo
se nos presenta plomizo,
o surge la nube negra,
la que nos trae el granizo,

o persistente sequía,
aflige nuestros sembrados,
allí nos tienes, Señor,
en tu templo congregados.

Y con suma reverencia
en tu presencia hinojados
te suplicamos, Señor,
que guardes nuestros sembrados.

Nosotros en Ti creemos,
nosotros en Ti esperamos,
y bien lo sabes, Señor,
bien lo sabes que te amamos.

Nosotros sólo admitimos
la tu cruz como bandera,
la que alzaste en el Calvario,
la que es de paz mensajera.

Son lecciones que aprendimos
de niños en el hogar,
lecciones que no se olvidan,
que no se puen olvidar.

Malhaya esa gente infame
que blasfema vuestro nombre,
poner la lengua en el cielo
es de demonio, no es de hombre.

Yo cogeré flor de harina,
la llevaré al señor cura
pa que nos haga esas hostias
de nieve con la blancura.

Cuando te vea, Señor,
en la brillante Custodia
te mandaré el corazón
en mi sincera salmodia.

Vicente Monroy Alaguero, redentorista

La Virgen Madre con su divino Hijo Jesús con los niños

La luz amaneció en la tierra, luz de luz que el cielo envía para dar al mundo entero su luz, su paz y su alegría. Era el Hijo de Dios, divino Verbo que Dios Padre lo da como Hijo a la Virgen María. En Él estaba la Vida, y la vida era la luz de los hombres que amaneció en Belén. Era el Hijo de Dios, divino Niño Hijo de la Virgen María que mostró su gracia y su amor a los niños que se acercan a Él, y Él quiso ser niño entre los niños, como lo muestra en su infancia, así en la cueva como en Nazaret.

Amiguitos de Jesús lo fueron en Belén aquellos pastorcillos que después de la aparición del ángel llegaron a la cueva para ver y adorar al Niño y llevaron sus presentes por manos de los niños, hijos de los pastores, y fueron estos niños Ciríaco, Estéfano y Felipito, que ya de entonces no dejaron de ir todos los días a la cuevecita del Niño por verle y adorarle, pero con el encargo de sus padres de no ir sin llevarle algún regalo, y entonces exclamó Felipito con entusiasmo: «Yo le voy a regalar mi cabrita para que tenga leche con qué desayunarse», y añadió Estéfano: «Y le llevaremos requesón, miel y pan», y no le faltó ningún día al Niño, porque en Belén se amasaba un pan que tenía mucha fama, por lo que de muy antiguo le pusieron ese nombre al pueblo, que quiere decir «Casa de Pan». Hecha ya la visita de los niños con sus regalos, podemos decir que se estableció ya la primera amistad de Jesús con los niños.

Cuando llegaron los niños con sus presentes la Virgen María, Madre del Niño, los miraba con dulce ternura y les puso la mano sobre sus cabecitas con cariño de gratitud, mientras ellos, encantados, besaban los piececitos del Niño recién nacido. Los niños de los pastores permanecieron algunos días en Belén, mientras sus padres volvían al arreglo de sus majadas para ir a las tierras bajas con sus rebaños, y cuando empezó a despuntar la aurora cierto día, con pena tuvieron que alejarse, pero no sin volverle a besar al Niño sus piececitos y con lagrimitas dejarles rendiditos sus corazones. El esplendor de la gloria volvía a marcar la ruta de la Sagrada Familia: la voz del ángel guiaba sus pasos hacia Israel. Nazaret era su nueva morada.

No cabe duda que la estancia de Jesús en Egipto dejaría recuerdos admirables en aquellas moradas, en las que José y la Virgen María habrían hallado buena amistad, y en su íntimo roce se habrían dado a conocer con su atractiva piedad y trato amistoso y agradable, y habiendo entre ellos algunos niños no podía faltar el que el Niño Jesús alternara con ellos, pues ya Jesús en esa edad se mostraría sujeto a sus padres, y creciendo en sabiduría y en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. Lo cual indica que Jesús Niño no era huraño ni triste, sino al contrario, simpático y tratable; era como los otros niños, que iba creciendo y fortaleciéndose y la gracia de Dios estaba en Él.

Así juzgamos que Jesús Niño se conduciría entre los niños egipcios como todos los otros niños buenos y alegres y de su edad, siendo la alegría de sus padres y el encanto de sus allegados, que no habrían visto otro niño tan gracioso.

Eso es el modelo de los otros niños, que deben como Él estar sujetos a sus padres para ser buenos, alegres y obedientes y crecer en gracia de Dios. ¡Qué gracioso debió ser a esa edad el Niño Jesús!

Glorificada así la estancia de la Sagrada Familia en Egipto, no podía ser menos su ostentación y su gloria en la casita de Nazaret La voz del ángel, como hemos dicho, guiaba sus pasos hacia Israel; y su ilusión y deseo era llegar a la casita de Nazaret. Cuando de pronto la Sagrada Familia desapareció de Israel, el viejo Mathusa tuvo siempre el inmediato cuidado de la herencia de Myriam, confiada a él por Joaquín, el padre de la Señora. A su llegada a Nazaret se conmovieron todas las comadres nazarenas, que no podían ocultar ni olvidar la atracción y encanto que les causaba la presencia de Myriam y el amor con que ella cautivaba hasta los niños, y más entonces que todos los niños se llegaron al encuentro del Niño Jesús.

Esto promovió de nuevo ese espectáculo tierno y caritativo que la Virgen María realizaba con los niños al contacto de su divino Niño Jesús. Sabido es que no habría otro niño tan lindo, hermoso y bello como el Niño Jesús. Su Virgen Madre aún haría resaltar más su belleza con la limpieza y aseo de su divino rostro, con el esplendor de sus graciosos vestiditos y el brillo de sus puras y lindas manecitas, y todo El sería el encanto de los ángeles cuando desde el cielo mirarían embelesados la casita de Nazaret. Era Jesús el lirio más gracioso que pudo haber brotado en el más lindo vergel de la tierra, era la gloria de su Madre.

A todo esto daban un triste contraste los niños de Nazaret cuando por ver y estar con Jesús llegaban a la mañana a la casita los más grandecitos, todos ellos y ellas chorreados, despeinados y sucios... y en eso está el espectáculo tierno y caritativo que la Virgen María realizaba con los niños de Nazaret y que tanto enamoraba y atraía a las madonnas de Nazaret. Pues Ella, al verlos tan desmedrados, por evitar ese contraste con la limpieza y gracia de su Jesús, Ella les lavaba la cara y las manos, los peinaba y siempre que venía alguno pobrecito con los vestidos muy rotos les ponía uno nuevo de los que había tejido.

Y no paraba aquí tan gracioso espectáculo; después de ello, rodeada de chiquillos que encantados la miraban y atendían, les hablaba de Dios de un modo tan sencillo que todos la entendían, y para terminar, acompañando Ella con su arpa les hacía cantar salmos que de este modo los niños los aprendían muy pronto. Terminado el canto los chiquillos vuelven a sus casas con sus manecitas ya limpias llenas de granos de trigo tostado, que les agradan mucho

¿Puede darse un cuadro más atractivo, tanto para los niños como para tus madres?

Hermoso ejemplo que deben practicar las madres en provecho, en gracia y en utilidad de sus hijos. Los niños los considera Dios como ángeles de la tierra, y los ángeles de la humanidad deben asemejarse a los ángeles del cielo. Deben ser limpios, bellos y mostrar su limpieza de alma y cuerpo, imitando al Niño Jesús y siguiendo sus madres las enseñanzas, atenciones y limpiezas como las realizaba la Santa Virgen, Madre de Jesús, en su más lindo Niño que puso Dios en la tierra para modelo de ios niños, que deben ser los ángeles de la humanidad. Así considerad, madres, que en vuestra mano está el que vuestros hijos imiten al buen Jesús, y a la limpieza del cuerpo resplandezca la limpieza del alma con la enseñanza y práctica de la doctrina cristiana.

Fr. Manuel Balaguer, ofm


El Cuervo Blanco (2)

Cuento

(Continuación)

—La felicidad —repuso el príncipe— es algo muy bonito. Yo no sé cómo explicártelo, pero es algo tan bonito como esas flores que llevas en la mano.

Isabela le miró fijamente mientras una sonrisa de sorpresa se dibujaba en sus labios.

—¿Entonces la felicidad son las flores?

—La felicidad, Isabela, es todo lo bello, lo hermoso, lo alegre, todo aquello que nos hace reír y cantar. La felicidad es también el amor.

Isabela guardó silencio, no comprendía bien lo que era la felicidad. El príncipe no quiso atormentar más el corazón de la joven con nuevos pensamientos; sin embargo, estaba dispuesto a demostrarle lo que era la felicidad, pero ahora tenía que marcharse y volvería de nuevo a la pradera. Se despidió de Isabela y de un salto montó encima de Potron, lanzándose en veloz carrera. Cuando el joven se alejó Isabela sintió deseos de llorar y lloró amargamente. Durante el camino tuvo que sentarse en una piedra que encontró en el borde del mismo y descansar. La pena le oprimía el pecho y no podía seguir andando. Cuando al anochecer llegó a la choza de su madrina tenía los pies ensangrentados y había perdido las flores.

Desde aquella tarde que conoció al príncipe desapareció la alegría del corazón de Isabela. El bosque y la pradera para ella ya no tenían encanto. Ya no se sentaba en el verde césped a contemplar el azul infinito del cielo ni se entretenía en contar las nubes que como blancas ovejas en oleadas arrastraban el viento. Como una sonámbula andaba por los senderos siempre con el ramo de flores entre sus dedos, huyendo como si alguien la persiguiera, no tenía tranquilidad ni sosiego.

Mientras el príncipe, también anhelante, recorría el bosque y la montaña buscándola. Penetró en las cuevas misteriosas de las brujas, pero en ninguna parte encontró a Isabela. Rendido ya por el cansancio se dejó caer agotado de tanto caminar en un campo sembrado de trébol; allí pasó largo rato pensando en ella. Distraídamente tomó entre sus dedos un manojito del mismo y lo arrancó con fuerza; vio de pronto que una oruga negra corría por su mano, impulsivamente sacudió el brazo cayendo la oruga en tierra, viendo sorprendido cómo de repente aquel bicho negro y repugnante se convertía en un hombre pequeñito vestido de negro y rojo.

—¡Oh!, noble príncipe —dijo el hombrecillo—, te he visto caminar día tras día de un lado a otro por estos parajes; he adivinado tu tristeza y me he compadecido de ti. Buscas incesantemente a Isabela y ella huye de ti. La pobre pastorcita es un alma sensible que hasta ahora ha vivido privada de halagos y caricias, pero se sentía feliz abrazada al dolor, sin darse cuenta de su desamparo y pobreza. Todo antes eran goces para ella y en su rostro jamás se dibujó una sonrisa de tristeza, hasta que llegaste tú y con tu presencia profanaste estos lugares.

Isabela desde entonces se siente poseída de un sentimiento de vergüenza y anda errante por el bosque y la montaña, ocultándose de todos; ahora le da miedo verse tan pobremente vestida y en los días de sol corre a contemplarse en las cristalinas aguas del río y llora amargamente al ver reflejada en la misma su harapienta indumentaria. ¡No comprendes, noble príncipe, que es difícil consolar su corazón! Este está herido por el sufrimiento y no puede aguantar el dolor que le causa. Tiembla de espanto ante su propia miseria.

—Decidme lo que debo de hacer, hombrecillo del bosque, y os obedeceré—, dijo el príncipe acongojado.

—Sé que el rey, vuestro padre, quiere casaros y con este motivo piensa dar una fiesta en palacio y en esta gran fiesta debéis elegir esposa.

—Pero yo amo a Isabela y quiero casarme con ella—, repuso el príncipe.

—Isabela también acudirá a la fiesta —dijo el hombrecillo del bosque— y entre todas será la más hermosa. ¿Ves esta estrella de plata que llevo en la mano? Pues bien, Isabela la tiene que pegar en su frente en el momento de llegar a palacio y quedará convertida, por una maravillosa virtud, en la más linda joven de vuestro reino, cambiando completamente sus pobres vestidos por unos de oro y plata.

—Decidme, pues, ¿en qué lugar podré yo encontrar a Isabela para poderle entregar la estrella?

El hombrecillo del bosque entonces se inclinó y recoge del suelo dos briznas de paja y hace con ellas un látigo, mientras dice al príncipe:

—Toma este látigo; cuando llegues cerca de aquella loma que ves allí lo haces restallar por tres veces; el eco será tan fuerte que hará temblar las montañas y la pastorcita, asustada, saldrá de su escondite. Tú al verla correrás a su encuentro y le entregarás la estrella diciéndole quién eres. Isabela te escuchará asombrada, dudará de tus palabras y del poder de la estrella y querrá probar su virtud, pero se verá defraudada porque ésta no se realizará hasta el momento del baile. Si ella obedece seréis felices, pero si desobedece, no.

Al terminar de decir estas palabras el hombrecillo del bosque se convirtió rápidamente, ante la asombrada mirada del joven príncipe, en una mariposa de mil colores que, juguetona, se escondió entre unos zarzales.

El príncipe obedeció al hombrecillo del bosque y al llegar a la loma que él le indicó hizo restallar con fuerza el látigo y al eco del estallido temblaron las montañas. Los pájaros, asustados, revoloteando desordenadamente, abandonaron las ramas de los árboles; las ovejas corrieron despavoridas por el valle y los zorros y lobos aullaban en la montaña. Isabela, asustada y atemorizada, con los ojos velados por las lágrimas, huía precipitadamente por los senderos sin saber a qué punto fijo se dirigía. El príncipe al verla aparecer corrió tras ella hasta lograr detenerla. Tan fatigado estaba de la carrera que le faltaba la voz para poder hablar.

Isabela al ver al príncipe sintió una alegría inmensa y fascinada por sus palabras olvidó su tristeza. Tomó entre sus manos la estrella y la examinó detenidamente.

—¡Es verdaderamente hermoso convertirse en princesa y lucir vestiduras de oro y plata!—, exclamó apretando en su mano la estrella.

A pesar de la recomendación del príncipe, Isabela deseaba quedarse sola para probar la virtud de la estrella, y apenas desapareció el joven ella, desoyendo los consejos que le dio, pegó la estrella en su frente, y viendo que no se obraba ninguna maravillosa virtud dudó de su magia y poder, desvaneciéndose como un soplo todas sus ilusiones.

(Continuará)

Por OLGA BAUZA DE LLORÉNS