Estampas antonianas
XV. Abogado de cosas perdidas
Una faceta muy interesante, dentro de la devoción a este gran santo, es la que recoge toda la confianza que acerca de su santidad poseen los devotos. Abogado de cosas perdidas, tal vez como consecuencia del grado de virtud de un santo que siempre logró restituir aquello que más necesario o esencial era para el hombre. De manera principal la virtud, tantas veces extraviada en cualquier recodo del camino de la vida. Flor de pureza y de gracia, frecuentemente mancillada por el barro de la materialidad o dejada morir porque nunca fuimos capaces de mitigar su sed con un agua de amor o de sinceridad. Sin embargo, en el aspecto material también los prodigios del santo se manifiestan en favor de los fieles cuando éstos precisan hallar el objeto
o la prenda cuya pérdida puede llenarles de amargura o fatalidad.
Así, recordemos el caso acaecido en la localidad de Alcázar de Sal, Portugal. Vivía allí un caballero muy devoto de San Antonio, que cada año solía celebrar su fiesta con magnífica pompa, especialmente honrándole con buenas obras, haciendo decir en su honor varias misas y dando a los pobres cuantiosas limosnas. A este caballero cierto día, mientras sacaba agua de un pozo que existía en el patio de su casa, al traer hacia sí el cubo con que la sacaba, se le cayó un anillo preciosísimo. Sintió esta pérdida el devoto varón, ya por lo mucho que apreciaba la citada joya, ya porque siendo el pozo muy profundo y el agua mucha casi ninguna esperanza humana le quedaba de recobrar aquella prenda.
Se contentó, pues, con encomendar el negocio a San Antonio, no queriendo hacer ulteriores diligencias por juzgar aquel daño irreparable.
Llegó poco después el día de San Antonio. El caballero se fue a la iglesia, según solía, a cumplir con sus devociones. Mientras oraba a su santo Patrono, he aquí que empieza a gritar su criado:
—Buena nueva, buena nueva. Apareció el anillo de mi señor.
¿Qué había sucedido? Contó cómo estando él sacando agua del pozo se le cayó el cubo de las manos y echando en el pozo, para sacarlo, un garfio de hierro no sólo sacó el cubo, sino también el anillo de su señor, tan metido en el fondo del cubo y con tal arte como si lo hubiese colocado allí alguna mano inteligente.
Y cuentan los biógrafos que la narración del suceso sirvió para que se acrecentara en el corazón de los fieles la confianza y devoción a este bendito santo.
Otro de los acontecimientos portentosos, obrados por la singular intercesión del franciscano, fue aquel que vino a tener lugar en pleno Océano: Caminaba un comerciante en dirección a Setubal, cuando apoyado el pie en el mástil de la nave sacaba del bolsillo una bolsa llena de ducados, precisamente en el instante en que el piloto o patrón del navío dejaba caer, sin advertirlo, la vela del palo mayor del barco, la cual, dando una brusca sacudida sobre la mano del comerciante, le arrancó la bolsa, que fue a parar al agua. Es aquel sitio muy hondo y profundo —continúan diciendo—, por esto aunque se arrojaran los prácticos a recogerla no la pudieron hallar, había desaparecido.
Con todo no perdió el comerciante la esperanza. Llegados a puerto se va derechamente al convento de los franciscanos y ruega a los frailes quieran cantar delante de la imagen de San Antonio el conocido responsorio: «Si buscas milagros mira...» No salieron fallidas las esperanzas del comerciante. Al mismo tiempo que se cantaba unos pescadores que habían echado sus redes en el lugar donde cayó la bolsa de los ducados, vieron con gran asombro cómo entre los hilos de la red aparecía perfectamente sujeto el valioso objeto.
Milagros que demuestran una santidad perfecta. Pruebas constantes de ese amor profundo que de siempre movió los impulsos de San Antonio. Palpable testimonio del favor en todo momento dispuesto en bien de los hombres, de esos mismos a quienes en vida tantas veces señalase los senderos de la perfección cristiana. Por ello no debemos jamás dudar de la gracia especial de un santo que, abrazado a la simbólica azucena de su pureza, es talismán, manantial de fortaleza y privilegio, estrella que prendida en los horizontes de -la divinidad traza las rutas del bien y la virtud.
F. G. S.
Eres sacerdote de Cristo
y a la luz de la historia eres el gran bienhechor de la humanidad.
A mi hermano en sus bodas de plata con el sacerdocio.
«Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre...» «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio...» «Sacerdos alter Christus...»
La salmodia del rey profeta fue repercutiendo de eco en eco en las bóvedas de su palacio y al cabo de veintiún siglos resuenan en las arcadas de las edades y de los tiempos.
Y sosteniendo las columnas de la Iglesia, el sacerdote está inmoble, arrostrando todas las catástrofes ante el torbellino de la historia, sin que la acción de los años ni de los siglos haya logrado corroer su negra sotana, punto de contradicción y línea divisoria de los ideales y línea fronteriza de un inmenso y eterno campo de batalla donde combaten los dos valores o preponderancias únicas del mundo: los con Dios y los sin Dios.
Y el ímpetu del pueblo romano en los primeros albores de un cristianismo naciente y el empuje de tantas y tantas revoluciones y la furia de los perseguidores romanos, no turbaron nunca, y nada turbará «la verdad, que ni tiembla ni se arrodilla».
«De varón es tu estatura ante el cielo y la tierra, de varón es tu oficio y ha de ser tu fortaleza. Porque no eres ya ni un simple hombre ni un espíritu puro, sino que escala eres y arco de alianza entre un Padre que reina en los cielos y una Madre que llora en la tierra.»
Repasemos brevemente las páginas de la historia: falsos ideales, doctrinas utilitaristas, comunismo, socialismo, errores capitales que han sido por largos años los conductores de las naciones y de los pueblos.
Los reinos, las repúblicas y los imperios se han sentido impotentes para combatir estas ideas erróneas; y si los gobernantes y los gobiernos han querido dar un golpe certero y radical, ha sido preciso dejar a cargo del sacerdote la disolución de esas doctrinas y de esos errores.
En plena reunión parlamentaria decía Donoso Cortés, ya en pleno siglo XIX: La solución de los errores consiste en la superioridad jerárquica de la fe sobre la razón; de la gracia sobre el libre albedrío; y para decirlo todo de una vez y en una sola frase: en la superioridad de Dios sobre el sacerdote y del sacerdote sobre el hombre. Porque él enseña muchas cosas que el mundo ignora; y sobre todo porque él enseña; la caridad a los ricos; a los pobres la paciencia; enseña a los pobres a ser resignados, a los ricos a ser misericordiosos.
Y allí donde hay un pobre se levanta la Iglesia, se levanta el sacerdote siempre rico y siempre pobre para compartir la caridad con sus hermanos.
Porque si la Iglesia, como decía Vázquez Mella, es admirable para todos, es principalmente para servir de medianera entre los pobres y los ricos, por participar de la naturaleza de los unos y de los otros.
Hoy día presenciamos un espectáculo nuevo en la historia, nuevo en el mundo. ¿Cuándo ha visto el mundo, sino hoy, que se vaya a la civilización por las armas y a la barbarie por las ideas? Pues esto es lo que está pasando con esta era en que la cultura es el barniz y nada más que el barniz de las falsas civilizaciones.
Y en medio de esta falsedad se levantan eternas y gigantescas las dos figuras que parecen más opuestas y que, sin embargo, son las más semejantes e idénticas: el sacerdote y el soldado; ni el uno ni el otro viven para su familia; para el uno y para el otro, en el sacrificio, en la abnegación, está la gloria. El encargo del soldado es velar por la independencia de la sociedad civil. El encargo del sacerdote es velar por la independencia de la sociedad religiosa. El deber del sacerdote es morir, dar la vida, como buen pastor, por sus ovejas. El deber del soldado, como buen hermano, es dar la vida por sus hermanos, por la patria, en suma. Si consideramos la aspereza de la vida sacerdotal, el sacerdocio os parecerá, y es en efecto, una verdadera milicia. Si consideramos la santidad del ministerio militar, la milicia os parecerá casi un verdadero sacerdocio.
¿Qué sería del mundo, que sería de España si no tuviéramos en ella ni sacerdotes ni soldados? Son los dos únicos sostenedores del bienestar y de la historia; porque todos los pueblos, civilizados o bárbaros, han tenido su dios, han tenido su religión y han tenido sus sacerdotes para mantener a su dios y a su religión. Y así, el colosal imperio egipcio estaba sostenido por los sacerdotes, y la cultura y el arte exuberante y fecunda de Grecia tenía también sacerdotes que ofrecían sacrificios para aplacar a los dioses, como también los tenía el Imperio romano. Y cuando los sacerdotes llegaron al menosprecio, los pueblos y los imperios se derrumbaron estrepitosamente. Y si esto pasa con las religiones y con los sacerdotes falsos, ¿qué no pasará con los creados por Dios que escruta con sus designios el engranaje de la historia?
Encended el reflector de la verdad y encontraréis en el libro de los tiempos la figura de un Leandro, de un Isidro, cuya voz resuena sosteniendo la caída vertiginosa de España en la azarosa Edad Media; la voz de un Juan de Ávila, de un Luis de Granada, un Luis de León, de un Tomás de Aquino, de un Buenaventura, de un San Agustín, de un pobre Cura de Ars, que son los monumentos de nuestra fe católica.
Abrid la lápida lacrada por la fe en cuya tumba yace la doctrina de los concilios y oiréis la voz del sacerdote proscribiendo el error y ensalzando la verdad.
Descorred el celaje de la gloria que nos separa de las Américas españolas y veréis el fruto del germen de los ínclitos misioneros, y la doctrina incubada entre el ardor y la aspereza de las selvas vírgenes.
Mirad y asomaos al balcón de la ciencia y del arte y veréis en el sacerdote al literato y al pintor, al teólogo y al orador, al escultor que cincela el alma y al conservador de las costumbres en el mundo corrompido.
Asomaos finalmente al balcón de las edades y de las razas y en la cúspide de lo sublime y de lo eterno veréis ondear también el crespón negro de una sotana. Esto ha sido hasta aquí y esto será hasta la consumación de los siglos.
«Sacerdos alter Christus»: El sacerdote es otro Cristo.
De la excelencia y dignidad del sacerdocio
Aunque tuvieses la pureza de los ángeles y la santidad de San Juan Bautista, no serías digno de recibir ni manejar este sacramento.
Porque no cabe en merecimiento humano que el hombre consagre y tenga en sus manos el sacramento de Cristo y coma el Pan de los Ángeles.
Grande es este misterio y grande es la dignidad de los sacerdotes, a los cuales es dado lo que no es concedido a los ángeles.
Pues sólo los sacerdotes ordenados en la Iglesia tienen poder de celebrar y consagrar el Cuerpo de Jesucristo.
El sacerdote es ministro de Dios, cuyas palabras usa por su mandamiento y ordenación; mas Dios es allí el principal autor y obrador invisible, a cuya voluntad todo está sujeto y a cuyo mandamiento todo obedece.
Así, pues, debes creer a Dios todopoderoso en este sublime sacramento más que a tus propios sentidos y a las señales visibles.
Y por eso debe el hombre llegar a este misterio con temor y reverencia.
¡Oh, cuán grande y honorífico es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es concedido consagrar al Señor de la majestad con las palabras sagradas, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirle en su propia boca y distribuirle a los demás!
¡Oh, cuán limpias deben estar aquellas manos, cuán pura la boca, cuán santo el cuerpo, cuán inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el Autor de la pureza!
De la boca del sacerdote no debe salir palabra que no sea santa, que no sea honesta y útil, pues tan continuamente recibe el Santísimo Sacramento.
Deben ser simples y castos los ojos acostumbrados a mirar el Cuerpo de Cristo, puras y levantadas al cielo las manos que tocan al Creador del cielo y de la tierra.
A los sacerdotes especialmente se dice en la Ley: «Sed santos, porque yo, vuestro Dios y Señor, soy santo.»
Con la exultación de gozo en estas bodas de plata con el sacramento del Orden Sacerdotal por los efectos interiores que producen las excelsas maravillas que se contienen en los sagrados misterios exclamarás siguiendo las inspiraciones del Kempis:
También tendré los Libros santos para consolación y espeso de la vida, y sobre todo esto, el Cuerpo Santísimo tuyo por singular remedio y refugio.
Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas, sin las cuales no podría soportar esta vida miserable.
Deteniendo en la cárcel de este cuerpo, confieso que me son necesarias dos cosas, que son mantenimiento y luz.
Me diste, pues, como a enfermo tu sagrado Cuerpo para alimento del alma y del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra para que sirviese de luz a mis pasos.
Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien, porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu sacramento, el pan que le da vida.
Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y otro lado en el tesoro de la Santa Iglesia.
Una es la mesa del sagrado altar, donde está el Pan santificado; esto es, el precioso Cuerpo de Cristo.
Otra es la de la Ley divina, que contiene la doctrina sagrada, enseña la verdadera fe y nos conduce con seguridad hasta lo más interior del velo donde está el Santo de los santos.
Gracias te doy, Jesús mío, esplendor de la luz eterna, por la mesa de la santa doctrina que nos diste por tus siervos los profetas, los apóstoles y los otros doctores.
Gracias te doy, Creador y Redentor de los hombres, de que, para manifestar a todo el mundo tu caridad, dispusiste una gran cena, en la cual diste a comer, no el cordero figurativo, sino tu Santísimo Cuerpo y Sangre, alegrando a todos los fieles y embriagándolos con el cáliz saludable en este sagrado banquete, donde están todas las delicias del paraíso y donde los santos ángeles comen con nosotros, aunque gustan una suavidad más feliz.
Y finalmente, con la experiencia que dan los veinticinco años de sacerdocio podrás repetir con unción y amplitud la oración por ti y por tus hermanos que propone el Kempis.
«¡Oh Dios Todopoderoso! Ayúdenos tu gracia a los que hemos recibido el oficio sacerdotal para que podamos servirte digna y devotamente con toda pureza y buena conciencia.
»Y si no podemos proceder con tanta inocencia de vida como debemos, otórganos llorar dignamente los pecados que hemos cometido, y de aquí en adelante servirte con mayor fervor, con espíritu de humildad y con buena constante voluntad.»
Anonadado por cuanto hemos escrito y cuanto hemos leído en ésta y en otras muchas ocasiones al exaltar, líenos de unción y de admiración, por las grandezas que ha obrado el Señor en el orden sacerdotal, hago fervientes votos al Señor para que pueda ofrecerle los Santos Sacrificios y los frutos de tu apostolado hasta celebrar las bodas de oro con el sacerdocio con la esperanza y el deseo de que celebres también las bodas de diamante, para que más y mejores frutos puedas ofrecer al Señor para obtener un día el galardón y el premio a tus merecimientos evangélicos.
Luis Negro Laídez
El sueño de Celina
La iglesia de la Santísima Trinidad está situada en medio de la cuesta de uno de esos contrafuertes apeninos que dividen el valle del Arno del valle del Tíber. Pobre iglesia para gente pobre; blanqueada a la buena de Dios, y que tiene delante, en el sitio del antiguo cementerio, un recinto de postes embreados, llenos de flores desde junio a octubre. La iglesia está sola, completamente sola, con su canónica pintura del Este; pero después de media hora de subida hay una casa de campesinos, grande, negra, comida por los vientos, y llamada por algún poeta hogareño «El cerro amado». Allí se instaló en arriendo, el día de Todos los Santos, una familia venida de aquel valle santo que hay detrás de Berna.
Tenían siete hijos: dos varones, ya mayores, y cinco muchachas. Entre éstas la más pequeña y la más guapa se llamaba Celina, y gustaba a todos, parientes y vecinos, por su carácter festivo y afectuoso, por el esplendor de sus ojos vagamente misteriosos, por sus cabellos de un rubio cerrado, con bellísimos reflejos entre el oro y el bronce, por su carita redonda, fresca y rosada como un fruto que comienza a sentir el calor benéfico del sol, por sus arrebatos de cándida bondad y, sobre todo, por su gracia natural y segura.
Había ya cumplido los nueve años y su madre le prometió llevarla a la misa del gallo.
Aquella noche, en vez de retirarse a dormir, toda la familia se apretó en torno a los tizones humeantes de la chimenea, esperando la hora de marchar a la parroquia. En el piso alto, donde estaban las habitaciones de dormir, tronaba el mugido del viento, y toda la casa temblaba bajo la colérica furia del aire. Celina, generalmente seria y silenciosa, estaba aquella noche encantada de las luces que bailaban sobre los leños encendidos a medias y fantaseaba en torno a las maravillas de aquella misa singular, cantada en medio del corazón de la noche y en la cual, de pronto, según le había dicho su madre, aparecería el Hijo de Dios. Cristo iba a nacer en la tierra dentro de una hora.
* * *
Marcharon apresuradamente hacia la parroquia los diez cristianos —el muchacho que cuidaba el rebaño fue también con ellos— y descendieron entre pedruscos y retamas, a la roja luz de tres linternas y golpeados por los asaltos del viento. Entrar en la iglesia, iluminada y tibia, era como abandonar el infierno para entrar en el paraíso.
Celina se sentó junto a la enorme falda de lana negra de su madre y comenzó a mirar todo con sus ojos de tímida novicia. El altar mayor estaba convertido en una escalinata de luces claras. Sobre el mantel blanco Celina descubrió, con estupor, una cuna de mimbres, oscura, llena de paja, sobre la cual reposaba un niño recién nacido que sonreía y tendía los bracitos a lo alto como si esperara o llamara a una madre invisible. Celina sintió en el corazón cierto desasosiego; ¿habría llegado tarde?, o ¿acaso Jesús había nacido antes de la hora anunciada? Comenzó a mirar al Niño, sorprendida y absorta, como si esperase una respuesta de él.
* * *
Llegó el sacerdote y la misa comenzó. Pero Celina no se daba cuenta de nada. Sin mover los párpados continuaba mirando el cuerpo medio desnudo del Niño. De pronto el sacerdote tomó; entre sus manos la cestita y, volviéndose hacia los fieles, descendió hasta el último escalón del altar. Los hombres empezaron a moverse. Uno a uno besaban al Niño y volvían a sus bancos. Después las mujeres, las viejas con pañuelos negros y las casadas jóvenes con pañuelos amarillos y blancos sobre las cabelleras oscuras. Se iban acercando a la cunita y dejaban su beso silenciosos sobre el fruto del vientre de María. Finalmente se acercaron, confusos y compungidos, todos los niños. Celina, la última, apoyó
su boca sobre la mejilla del Niño y notó que
estaba caliente, y hasta le pareció que la carnes cedía un poco bajo la presión de sus labios.
Sintió un extraño soplo en el corazón. Bien sabía que el Niño era de madera y escayola, que no era de verdad. Sin embargo, había sentido la tibieza de la carne, y al hundir los labios en aquella carita inmóvil los ojos rientes del Niño la habían mirado con unos ojitos de un niño viviente. Turbada y temblorosa volvió a su puesto, se apretó a su madre y rezó muy despacio las oraciones que sabía. Su corazón la punzaba con fuertes latidos. Nunca lo había sentido de esta manera.
El sacerdote, entretanto, había rezado los últimos «oremus» y comenzaba a bajar del altar. Todos iban a salir. El golpe de los zapatos claveteados y el charloteo de la gente de la puerta hizo volver en sí a Celina. La madre le apretó la mano, le hizo hacer el signo de la cruz, se arrodilló junto al agua bendita y todos salieron de la iglesia.
Ya en la cuesta que conducía al cerro amado, la niña, hundida en la capa de pastora en la que le envolvía su madre, pensaba en el milagro ocurrido. Tan sólo ella entre todos había sentido la sensación de calor y de vida. Sus compañeros de camino hablaban de diversas cosas, reían, bromeaban. ¿Si lo hubieran sentido: seguirían tan indiferentes, tan alegres, tan distraídos?
* * *
Cerca ya de la puerta de su casa la madre soltó la mano de Celina. Apagaron las linternas y, con alegre murmullo, el grupo se hundió en el hogar. Pero la niña no entró. Sintió el impulso poderoso de volver a la iglesia, de alejar de su mente la duda. La confusión la ayudó y, procurando que no se sintiera el rumor de sus pasos, recorrió de nuevo, rápidamente, el camino que tan bien conocía, y en pocos minutos se encontró ante la iglesia. La puerta estaba entreabierta. No veía más luz que la lámpara del Santísimo. No había nadie. Celina se acercó despacio, como una ladrona en la oscuridad, al altar, a la cuna. Se detuvo a escuchar un momento. Sólo sintió el martilleo de su corazón. Se armó de valor.
Alargó la mano. De nuevo sintió bajo su tímida y palma la tibieza y la flexibilidad de la carne infantil.
Tuvo miedo y retrocedió prontamente. De una carrera llegó a la puerta. Un soplo helado de viento la obligó a entrar de nuevo. ¡El Niño, el Niño de la Virgen, solo en la noche de invierno, con el frío aterrador que ella acababa de sentir!
* * *
Apartó de sus hombros la capa y con delicadeza maternal la extendió sobre el cuerpo del Niño. Rápidamente huyó trastornada.
No lucía la luna, no había estrellas. En el aturdimiento de aquella divina aventura Celina, abstraída y espantada, no advirtió que había tomado otro camino, el que conducía a lo espeso del monte. En lugar de volverse a la iglesia se perdió en una senda que se hundía en un bosque de castaños. Tropezaba en los pedruscos y en las raíces de los quejigos; húmedas hojas le golpeaban el rostro, espinas de zarzas le desgarraban las manos entumecidas.
Encontró por azar un gran montón de hojarasca. Instintivamente se detuvo y esperó en aquel refugio a que el día naciese.
Se acomodó lo mejor que pudo entre el follaje. El viento silbaba. Celina llamaba a su madre y se encomendaba a la Virgen Santísima. El frío de la noche, el terror y el silencio hacían brotar en sus ojos continuas lágrimas, que el frío viento secaba en la cara. Le parece oír voces que la llaman, pero la niña, helada por la tramontana y por el miedo, no tiene voz para responder con señales de vida.
He aquí que entre su agitación soñolienta la laman y la toman de la mano. Vuelve los ojos.
Va a despuntar el día. En medio de aquella claridad descubre a su lado al Niño, el Niño Jesús con su capa de campesina.
—Has sido buena conmigo. Tengo que recompensarte. Ven, acompáñame; verás el país donde nací.
Celina se levantó, llevada de la mano por el Niño con la seguridad propia de la inocencia.
Y juntos caminaron.
Había desaparecido el bosque tétrico; murió la noche pavorosa. El sol, de pronto, inundó el Oriente con su luz dulce y leve. La sangre de Celina corrió más de prisa por el cuerpo aterido.
La niña no osaba volverse a su compañero. Miraba a su alrededor. No era el país de antes. El camino corría entre una verdadera fronda de rosales y de verdes campos bordeados por franjas paralelas.
Celina se sentía transportada en una nube de luces, fragancias y consuelos.
El Niño no hablaba, pero continuaba llevándola de la mano.
Oían balidos de ovejas, flautas de pastores, mugidos de terneros, cantos agudos de gallos.
* * *
En esto apareció sobre un altozano una maravillosa e inmensa ciudad, cercada por muros casi nuevos; una gran extensión de terrazas blancas inundadas de sol, coronadas de torres esbeltas, y en la cumbre una gigantesca fortaleza blanca y dorada.
Ante aquella visión se detuvo el Niño.
—Volvamos atrás —dijo a Celina—. En aquella ciudad me espera la muerte.
—No, no es posible; Tú eres el Hijo de Dios. Tú eres bueno...
—Sin embargo, seré traicionado y clavado en un madero. Vendrán a prenderme en el corazón de la noche, a la luz de las antorchas...
Celina, en aquel momento, estalló en llanto.
Rostros anhelantes la miraban fijamente. Voces y regaños despertaron en ella el recuerdo de la vida habitual y conocida. Toda su familia estaba allí, con las linternas, alrededor de su cuerpo tembloroso, hundido entre la hojarasca. La madre, la más alterada de todos, se precipitó sobre la hijita yacente, la abrazó como una leona que encuentra a su cría, la escondió bajo el lanoso ropaje de su chal negro y se encaminó corriendo entre las piedras y el lodo del sendero, como arrebatada por una feroz felicidad.
Celina no habló nunca a nadie de lo que había visto y sentido en aquella noche portentosa. Únicamente más tarde, mucho más tarde, pasados veinte años, lo contó todo al hombre que la amaba.
X. Iturgaiti
A triste ovejita
No todo es gozo y placer en la vida, el cielo quiere dárnoslo a conocer frecuentemente con rasgos de su luz divina para despertar en las almas la caridad y el tierno amor para los seres desvalidos que gimen sin abrigo en el mayor abandono sin conocer, las dulzuras del amor que esparció Dios en la tierra, lo que es el sostén de la humanidad.
Esto viene a demostrarlo el triste balido y el gemido frecuente de una pobre ovejita.
Se cuenta que una tierna y candorosa ovejita descarriada desde el mismo momento de nacer, balaba con gemidos temblorosos en la puerta de la iglesia.
Era un niño abandonado por la crueldad inconcebible de unos padres criminables que lo arrojan de su hogar apenas nacido, y queda sin abrigo, sin amparo y sin hogar. ¿Y habrá quien no comprenda, que no se dé cuenta de lo que encierra y significa un hogar? Si hasta los pajaríllos lo tienen, y no deja de ser aún en ellos su lugar sagrado, intangible, inolvidable. ¿Cuánto más para el hombre que es hecho a imagen de Dios?
El hogar es el seno de la felicidad que engendra el amor, o es el abismo de la desgracia, según el regazo en que cae el niño al nacer.
¿Y qué es el niño sin hogar más que una ovejita descarriada que si el buen pastor no la recoge y le da abrigo, ha de caer en las fauces del lobo o ha de perecer en la más triste y dolorosa miseria?
Esta es y ha sido frecuentemente la preocupación, que bien compenetrada está en las almas santas y piadosas que envía Dios ante la desgracia y miseria de tantos niños abandonados, sin cariño, sin amor de una buena madre; que bien patente está cuán dichoso es el hombre sobre el cual la dulce melodía de los tiernos besos de una madre y de un padre piadoso descienden como rocío celestial en el corazón del niño, porque estos besos se filtran por la tierna carne del niño y llegan al corazón y lo reblandecen para toda su vida.
Por lo contrario, si el niño se ve privado de padres o los tiene de corazón perverso, sólo habrá encontrado un nido de espinas o una cueva llena de frialdad, y nunca en su vida podrá echar de sus huesos el frío del abandono y ese frío le acompañará hasta la tumba. Esto habría sido el destino de aquel pobre niño, de aquella ovejita que balaba con tristes gemidos en la puerta de la iglesia abandonado, si el Buen Dios no hubiera esparcido en el mundo la santa e inmensa generación de almas piadosas y caritativas que por hacer el bien en las almas de los seres envueltos en el ciénago de la maldad y en los niños inocentes.
Era la hora de Dios que hizo esparcir en todas partes esa pléyade de santas religiosas que han invadido la tierra con luz del cielo con su destino que es la misión de acoger en sus moradas, santuarios, sanatorios, colegios y demás medios de levantar el espíritu de los niños para que todos ellos reconozcan la gracia de Dios, como luz de su vida, y sigan el camino de su salvación.
Esta es la obra grande de las santas religiosas que esparcidas por todas partes dan la sensación sus variados colores que son el jardín de Dios, ostentando en cada una de sus virtudes las diversas flores que esparció el cielo en la tierra para que muestren al mundo la gloria de Dios. Loado sea Dios que en su infinita misericordia ha querido dar acogida y reposo a los niños inocentes que descarriados en el sendero del mal andaban en el precipicio de su eterna perdición. Las santas almas escogidas por Dios son las que devuelven al camino de la gracia a los niños cuya vida encenagada en el mal los alejaba de Dios. Esta es la obra gloriosa de las religiosas y almas buenas que viven envueltas en esta santa misión. Complacido sobremanera queda Dios acogiendo de nuevo a sus niños. Son los niños el embeleso de Dios, y todo niño al nacer es un ángel que envía Dios a la tierra y los ángeles de la tierra son los que detienen el brazo de Dios con su inocencia.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
Noticias
El homenaje al Papa Juan XXIII en Roma
Su Santidad Juan XXIII, el día 4 del pasado noviembre, presidió, por la mañana, en la Basílica de San Pedro, una solemne misa pontifical, celebrada con motivo de su 80 cumpleaños y del tercer aniversario de su coronación. La misa fue oficiada por el Cardenal Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán, y a ella asistieron más de 35.000 personas, entre las que figuraban cincuenta Cardenales, representantes del Cuerpo diplomático y distinguidas delegaciones de 67 países, entre ella la delegación española, presidida por el Ministro de Asuntos Exteriores señor Castiella. Varios miles de personas aclamaron entusiásticamente al Padre Santo cuando éste hizo su entrada, sentado en su silla gestatoria.
Durante la misa de pontifical, S. S. Juan XXIII anunció en un discurso que publicará una encíclica con motivo del 1.500 aniversario de la muerte del Papa San León el Grande. La multitud que llenaba el templo y se apiñaba frente a la Basílica, volvió a aclamar al Padre Santo cuando éste abandonó la iglesia una vez terminada la ceremonia, que duró cerca de dos horas.
Después de la misa en la Basílica de San Pedro, Su Santidad recibió a las misiones oficiales de 67 países, llegadas a Roma con motivo de su cumpleaños, así como a los miembros de la Comunidad Económica Europea y a los caballeros de Malta, a quienes en un emotivo discurso de gratitud les dijo: «Dais lección de auténtica concordia, ejemplo que podría ser el entendimiento entre las naciones.»
El Jefe del Estado y señora presidieron el acto cumbre del homenaje de España a S. S. Juan XIII
Con asistencia de Sus Excelencias el Jefe del Estado y su esposa, se celebró en la tarde del 4 de noviembre, en Madrid, en el templo de San Francisco el Grande, el solemne acto cumbre del homenaje de España a S. S. Juan XXIII con motivo del octogésimo aniversario de su nacimiento y tercero de pontificado. El vasto templo, engalanado como en las más grandes fiestas, estaba totalmente lleno de público, que abrillantaba la presencia de los Ministros, altas Jerarquías eclesiásticas civiles y militares, Cuerpo diplomático, presidido por el Nuncio de Su Santidad Mons. Antoniutti, la comunidad franciscana, etc
A las siete y media en punto llegó S. E. el Jefe del Estado, acompañado de su esposa y de los Jefes de sus Casas militar y civil. El público, estacionado en la amplia plaza en que está ubicado el templo, hizo objeto al Generalísimo Franco y su esposa de cariñosas manifestaciones de afecto y respeto. Acompañado por el Capitán general Muñoz Grandes el Jefe del Estado pasó revista a un batallón de Infantería del Ministerio del Ejército con bandera y música, que le rendía honores.
En la puerta del templo fue recibido el Caudillo por el Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá doctor Eijo y Garay; Rector del templo P. Legísima, O. F. M., y el Vicepresidente de la Junta de Homenaje al Papa señor Sinués, que entregó a la esposa de Su Excelencia un ramo de flores. Daban guardia los camareros secretos de capa y espada. Bajo palio, Sus Excelencias se dirigieron al presbiterio, en donde en el lado del Evangelio ocuparon sitiales de honor.
Tras cantarse el «Tu es Petrus», su eminencia el Cardenal-Arzobispo de Toledo y Primado de España pronunció una alocución, en la que se refirió a la presencia real de Cristo en la Eucaristía y a su presencia y permanencia a través del Vicario en la Tierra y sucesor de Pedro. Hizo historia del Pontificado y de los Papas en los últimos cien años, examinando especialmente las características singulares de cada uno de los Romanos Pontífices, hasta llegar al actual pontificado de Juan XXIII, el Papa de la mansedumbre, de la bondad, de la paz, de la unidad, el Papa ecuménico del Concilio, voz que clama contra las desidencias. Seguidamente se cantó el «Oremus pro Pontífice», y a continuación el doctor Eijo Garay, revestido de pontifical, ofició un tedeum y dio la bendición pontificia a los fieles. Por último se cantó el «Cristus vincit». Sus Excelencias el Jefe del Estado y su esposa abandonaron el templo con el mismo ceremonial que a la llegada y fueron nuevamente ovacionados con entusiasmo por la multitud.
Ambiente de fiesta en Madrid
Madrid celebró el 80 aniversario del nacimiento del Papa Juan XXIII con el fervor popular de los acontecimientos más entrañables. Muchas calles de la capital aparecieron flanqueadas por mástiles en los que ondeaba la bandera amarilla y blanca del Vaticano y pancartas con la fotografía de Su Santidad, en las que se leía: «Homenaje de España a S. Santidad Juan XXIII». Millares de gallardetes, prendidos en las vías de acceso a San Francisco el Grande, de fachada a fachada, formaban un vistoso dosel. Los edificios oficiales enarbolaban sus banderas; autobuses, trolebuses, tranvías y coches particulares llevaban banderines; los balcones estaban engalanados con colgaduras, y en el exterior de los templos, en los escaparates de los comercios y en otros muchos lugares figuraba la efigie del Sumo Pontífice. En la Cibeles, plaza del Callao y en la Glorieta de Bilbao se instalaron quioscos, en los que señoras y señoritas de Acción Católica distribuían folletos, biografías del Papa, octavillas y hojas relativas al homenaje. También recibían donativos para la ofrenda al Papa.
Cultos a la Inmaculada en San Lorenzo (Padres Franciscanos, Valencia)
La Archicofradía de la Purísima ha celebrado, en honor a su excelsa Patrona María Inmaculada, un solemne novenario con arreglo al programa siguiente: días 30 de noviembre y 1 - 7 de diciembre, por la mañana, a las ocho, misa de Comunión general armonizada; por la tarde, a las siete y media, exposición del Santísimo, Felicitación Sabatina cantada, ejercicio de la novena, sermón, bendición eucarística y gozos a la Inmaculada. El día 3, domingo, en vez de la Sabatina hubo misa armonizada con letrillas.
El día 8, fiesta de la Inmaculada Concepción y último día del novenario, por la mañana, a las ocho y media, misa de Comunión general con plática y letrillas; por la tarde, a las siete y media, misa armonizada con letrillas, exposición del Santísimo,
ejercicio de la novena, bendición eucarística, procesión por dentro de la iglesia durante el canto de los gozos y solemne despedida a la Inmaculada. Los sermones los predicó un franciscano. El día 9, a las ocho y media de la mañana, misa en sufragio de los difuntos de la Archicofradía.
De Jerusalén
Llegó el P. Raimundo Domínguez, de la Seráfica Provincia de Valencia, después de haber trabajado allí, con ejemplar aprovechamiento, la Tesis Doctoral de Sagrada Escritura. Nuestra bienvenida y enhorabuena.
Franciscanos de la Seráfica Provincia de Valencia a Nueva York
Los PP. Carlos Sáez Peretó y Anselmo Martí Moltó, de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, el día 20 del pasado octubre embarcaron en Barcelona rumbo a Nueva York para ampliar allí estudios de Sociología en la Universidad de San Buenaventura. Nos alegramos de que hayan tenido feliz travesía y les deseamos muchos éxitos en sus ministerios y estudios.
Nuevos misioneros franciscanos a la Argentina
El día 14 de noviembre del año en curso embarcaron en el puerto de Barcelona, con rumbo a la Argentina, a bordo del vapor «Cabo San Roque», para integrarse a la Comisaría misional que la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón tiene en aquella República sudamericana, los PP. Francisco Agulló y Pascual Muñoz, ofm, el primero como Rector de nuestro Colegio de Serrano, y el segundo como Coadjutor de la parroquia de San Juan de Cuyo. Deseamos que hayan tenido feliz viaje y que cosechen allí abundantes frutos espirituales.
Cantares
Esta esperanza que llevo
dentro de mi corazón
en mis labios se hace risa
y en mi corazón amor.
En el rosal de mi vida
ilusiones florecieron,
pero sopló el desengaño
y todas se deshicieron.
Como el cristal transparente,
tan bello como una flor
y más fuerte que la muerte
es, madrecita, mi amor.
C. M. P.
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