Los franciscanos en Marruecos

El día 6 de diciembre de 1961 Tánger tributó un caluroso recibimiento al 112 sucesor de San Francisco de Asís P. Fr. Agustín Sépinski.

Al dar esta noticia la prensa diaria subrayó que el hecho «es un testimonio más de la firme estima de que goza la Orden Franciscana en el país».

Esta visita obedeció a una circunstancia doblemente feliz, a saber: la clausura de los solemnes actos conmemorativos del primer centenario de la última restauración de las beneméritas Misiones franciscanas en Marruecos y la inauguración de la Catedral de Tánger, consagrada a la Inmaculada y el Espíritu Santo, magnífica obra arquitectónica que España y sus hijos, con el ejemplar concurso de las Autoridades marroquíes, han hecho posible, cuyas obras han costado 23 millones de pesetas sufragadas por el Gobierno español.

La presencia en Tánger del P. Ministro General constituyó un acontecimiento en el país, ya que es la primera vez que un sucesor del Patriarca y Fundador de la Orden Franciscana visita Marruecos, donde la Iglesia católica le tiene encomendada la Obra Misionera de aquel territorio de 552.550 kilómetros cuadrados, con una población de unos 6 millones de habitantes, en su inmensa mayoría mahometanos.

El apostolado misionero, siete veces secular en Marruecos, es uno de los más preciados timbres de gloria para la Orden Franciscana. El mismo Patriarca San Francisco fue quien envió allí a cinco de sus hijos, que fueron los primeros franciscanos que pisaron tierra marroquí y los santos protomártires de la Orden, martirizados el 16 de enero de 1220 en Marrakex. Sobre su tumba sangrienta brotó muy pronto un lirio inmortal cuyo perfume y nitidez alegra a toda la cristiandad: San Antonio de Padua. La fiesta litúrgica de estos cinco santos protomártires franciscanos se celebra precisamente el 16 del presente mes de enero.

La Santa Sede confió de hecho la Misión marroquí a los franciscanos por la bula del papa Honorio III «Vineae Domini custodes», de 7 de octubre de 1225, y nombró en 1226 a Fr. Agnelo primer Obispo de Marruecos. Sede que fue suprimida en el siglo XVI. El Beato Juan de Prado, primer Ministro Provincial de la Provincia de San Diego en Andalucía, pasó a Marruecos con dos compañeros franciscanos en 1630, quedando desde esta fecha instituida la Prefectura de Marruecos a cargo de los franciscanos españoles, hasta que, por la revolucionaria exclaustración del año 1834, por escasez de religiosos, quedó interrumpida, pues en el año 1850 sólo había en Marruecos tres Casas-Misión y dos misioneros.

Pero el Gobierno español, que tuvo siempre en gran estima a los franciscanos, el 26 de noviembre de 1852 determinó fundar un Colegio de Misioneros franciscanos en Priego para Tierra Santa y Marruecos. Todos los Gobiernos que se han venido sucediendo han prestado todo su apoyo a la Orden Franciscana. La misma Ley de Asociaciones del Gobierno Canalejas exceptuaba de sus rigores a la Orden Franciscana; no quería que muriera, sino que se conservara y viviera: la necesitaba para perpetuar la influencia española en Tierra Santa y en Marruecos.

La Sagrada Congregación de Propaganda Fide restauró en 1859 la Misión de Marruecos elevada a Prefectura Apostólica, constituida en 1908 en Vicariato Apostólico, siendo su primer Vicario Apostólico, con la dignidad episcopal, el franciscano-valenciano P. Francisco María Cervera Tamarit, nacido en Puebla de Vallbona el 13 de marzo de 1858.

Desde el año 1923 Marruecos fue dividido en dos circunscripciones eclesiásticas, que en el año 1955 y 1957 fueron elevadas a Arzobispados inmediatamente sujetos a la Santa Sede, pero encomendados igualmente a la Orden Franciscana: el de Rabat y de Tánger, respectivamente.

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Catedral de Tánger [de Diócesis de Tánger]

Con motivo de la estancia en Tánger del P. Ministro General, escribió cierto periodista: «Los franciscanos en sus siete siglos de presencia en Marruecos han logrado un equilibrio y un tacto verdaderamente exquisito. A través de sus actividades, rezumando ardoroso celo apostólico, su sencillez, su bondad, su modestia y virtudes, la seráfica Orden ha ido recibiendo de los sultanes de Marruecos privilegios y excepcionales prerrogativas, otorgadas generosamente unas veces como premio y otras en agradecimiento al ejemplar espíritu de comprensivo convivir humano con los súbditos musulmanes, la obra hospitalaria o de enseñanza... "Eres mi mejor amigo", dijo públicamente en Fez al P. José María Lerchundi el sultán Mulay Hasan I, abuelo del actual rey. Clara manifestación de afecto hacia el entonces Prefecto Apostólico de Marruecos, franciscano que, por penetrar mejor en el espíritu de este pueblo, estudió con perseverante cariño su idioma y costumbres hasta convertirse en un filólogo de talla mundial, que figuró como intérprete en la legación singular que el emperador de Marruecos envió a Roma en 1888 con motivo de las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII. Desde entonces a nuestros días los acontecimientos políticos que han trastornado el mundo conceden a aquellas sinceras palabras del monarca cherifiano un valor de indudable alcance. La presencia en Tánger del Fr. Agustín Sépinski realza el sentido de esa amistad cheriflano-franciscana.»

Para terminar damos el texto del telegrama de Su Santidad Juan XXIII, firmado por el Cardenal Secretario de Estado A. Cicognani, que recibió el día 8 de diciembre del pasado año el P. Fr. Francisco Aldegunde Dorrego, Arzobispo de Tánger: «Con motivo primer centenario última restauración de las Misiones Franciscanas en Marruecos y dedicación Catedral Tánger, suplicamos del Altísimo gracias para todos, complaciéndose en otorgar a Autoridades y fieles todos paternal bendición apostólica.»

Fr. Camilo Jordá, ofm
Profesor de Misionología

Campanillas de Belén

Campanillas de Belén,
cuyo argentino metal
derrama la paz, el bien
y la gloria del Edén
sobre el llanto terrenal...

En vuestro plácido son
llevad hasta el corazón
de la pobre humanidad
la dicha y felicidad
de la celeste mansión...

Dejad vuestra voz sentir
en esta noche de luz;
que el dulcísimo Jesús
ya nos viene a redimir
abrazadito a la Cruz...

Y sea vuestro clamor
eco de ese gran amor...
Seguid repicando bien,
campanillas del Señor,
campanillas de Belén...

Jesús Galbis

Canción de cuna

Jesús, mi niño, duerme,
duerme, hijo mío;
no estamos en Judea,
que hemos huido.

Jesús, mi niño, duerme,
que los soldados
no han de hacerte, hijo mío,
mal en mis brazos.

Jesús, mi niño, duerme,
que aquí en Egipto
jugarás con las olas
del hondo Nilo.

Jesús, mi niño, duerme,
duerme, hijo mío.
En mis brazos por cuna,
Dios dormidito.

(De Cuentos de Nochebuena,
del P. José L. Mico Buchón, S. J.)

Los Reyes Magos

¿Qué esplendor hay en el cielo
que su luz envuelve al mundo?
Nubes de carmín y de oro
van surgiendo hacia la tierra
y en el espacio y los montes
resuenan cantos de guerra,
pero no; son cantos bellos,
cantos de amor y de gloria.
Gloria a Dios por doquier suena,
gloria a Dios, paz a la tierra,
y se ven ángeles bellos,
y por los campos camellos,
y del cielo en sus estrellas
la más bella y esplendente
desde el cielo se desprende
y con esplendor de gloria
se dirige hacia el Oriente
y montados en caballos
se ven venir Reyes Magos
cuyo estandarte es la estrella
y van siguiendo tras ella,
¿qué buscan y a dónde van?,
van en busca de una cueva.
Absortos y sorprendidos,
ven que se para la estrella
y un rayo de luz potente
baja del cielo a la cueva.
¿ Qué mansión esplendorosa
en aquel monte se muestra?
Aquella luz les atrae
y parando sus caballos
descienden por ver la cueva,
y movidos por su anhelo
ven que aquello era otro cielo.
La cueva llena de luz
y allí está el Rey de los reyes,
envuelto en pobres pañales
y en su cunita de gloria
el Hijo de Dios reposa.
Su Madre la Reina hermosa
con dulce amor lo acaricia,
y José su santo padre,
al darse cuenta que llega
aquella misión tan grave
de grandes Reyes de Oriente,
sale a su paso y atiende
a recibir su llegada
y con ternura y amor
les muestra en su Madre amada
al Niño Dios Redentor.
¡ Qué emoción para los Reyes,
por un instinto de honor
allí doblan sus rodillas
y adoran al Niño Dios.
Ya reconocido el Dios del cielo
y con dulce y tierno amor adorado
se disponen los Reyes Magos
para hacer su entrada en Belén,
y todo Belén conmovido
se aprestan a esperar su noble entrada
caimanes, dromedarios y camellos
y todos los belemitas
esperan a los Reyes del Oriente.
Pasada la primera emoción
piden los Reyes descanso,
y donde está su mansión
preparan allí todo cuanto
prevenido llevan ya
para adorar con sus dones
de oro, mirra e incienso
para volver de nuevo a la cueva
y adorar con más gloria
al Rey de cielos y tierra.
Montados ya sus camellos,
dromedarios y caimanes
salen ya los Reyes Magos
como Reyes de grande honor
subidos en sus caballos,
vestidos con esplendor,
y llevando en sus maletas
los más ricos dones de amor,
vuelven de nuevo a la cueva
para ofrecerle sus dones
al Rey de tierra y del cielo
y del orbe entero, Señor.
También los cielos se mueven
ante este espectáculo bello
y entonan sus cantos gloriosos
que envuelven de amor y armonía
la cueva santa del Niño Dios.
Espectando están los cielos
ante aquella adoración,
viendo que los Reyes Magos
ofrecen sus dones bellos
al Rey de la creación
y de mirra, oro e incienso
ofrecen su adoración.
Los dones que el mundo entero
reconoce de más valía
de toda la creación...
Sonó al punto la armonía
de los ángeles del cielo
con que agradece a los Reyes
la gloria de su oblación
al Niño Rey de los reyes
que desde su santo trono
los bendice, con gratitud y amor.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Enormes minucias

Los niños inocentes

Esta minucia es un artículo grave. Pido disculpa por adelantado si a algunos oídos delicados les suena demasiado claro este lenguaje.

Jesús también a veces habló fuerte: «Duras son estas palabras... ¿quién las puede soportar?», decían sus oyentes. Pero Jesús no las ablandó por más que muchos de los presentes se retiraban «escandalizados».

Jesús no ablandó su lenguaje, no lo endulzó, no retrocedió. Yo tampoco retrocederé. Dejadme, por favor, alguna vez decir las cosas como son.

El siglo del niño

Este famoso siglo XX —que uno no sabe dónde va a acabar—, entre otros títulos con que se le ha condecorado, hace gala de uno muy flamante: «El siglo de la infancia». ¡Qué triste ironía! Ningún siglo mereció como éste ser llamado «El siglo del INFANTICIDIO».

El 20 de noviembre de 1959, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, fue adoptada por el voto unánime de 78 gobiernos, la Declaración de los Derechos del Niño. Está muy bien, con tal que se cumpla. Allí se dice, entre otras cosas, que «el niño tiene derecho, desde su nacimiento, a un nombre y a una nacionalidad; a una alimentación, a una vivienda, a diversiones y a cuidados médicos adecuados...»
Y otros muchos derechos del niño, «desde su nacimiento», se declararon con mucha solemnidad. Ya lo creo. Muchos derechos. Desde su nacimiento.

Pero aunque yo leí toda la Declaración, en ninguna parte de ella encontré escrito que el niño tiene bastante derecho a no ser asesinado por su propia madre, ni por ningún otro, antes de que haya podido ni siquiera ver la luz del sol.

He aquí mis joyas

Unos 150 años antes de la venida de Cristo, había en Roma una mujer llamada Cornelia, dos de cuyos hijos habían de llegar a tener en sus manos los destinos de la República: Tiberio y Cayo Graco. Esta buena señora fue un día a visitar a una linajuda dama, toda pomposa y pompadour, la cual le iba mostrando una a una sus resplandecientes alhajas. A continuación, la solemne y mayestática dama preguntó a Cornelia: «Y usted, señora, ¿qué tiene de rico y precioso en su casa?» Cornelia puso sus manos sobre las cabezas de sus hijos y respondió tranquilamente: «Estas son mis joyas y lo más precioso que poseo.»

En cambio, ahora, a 2.000 años después de la venida de Cristo al mundo, hay mamás pertenecientes a la civilización cristiana y occidental —sobre todo occidental, calcule usted— a quienes los hijos molestan. ¡Hay que matarlos antes de nacer! Un perrito o un gatito son mejores porque no tienen tantas exigencias; hoy día no se puede...

Cuando Julio César cayó mortalmente herido en manos de sus asesinos, se soltó la toga en la que lo habían envuelto, y alcanzó a ver entre ellos, puñal en mano, a Bruto. «¡Tú también, hijo mío!» —dijo—, y murió. «¡Tú también, madre mía, estabas entre mis asesinadores!», dirán los niños muertos antes de nacer, quiero decir, matados: «Yo estaba encerradito y no te había podido ver.»

¡Ay, Herodes, qué bárbaro, matar a los Niños Inocentes! Sí, pero ¿cuántos niños inocentes son matados cada día en nuestras refulgentes ciudades modernas, llenas de cultura? Claro que ahora se hace científicamente y con mucha pulcritud. Nadie se da cuenta. Qué bien.

¿Salvar a la madre?

«Sí, pero era necesario para salvar a la madre...» No, ni aún entonces. No es lícito hacer el mal aunque resulten bienes. Ni por salvar a la madre, ni por salvar a todas las madres del mundo y de todos los mundos juntos se puede matar a un niño. Porque siempre está en pie el mandamiento esculpido en piedra y dictado entre truenos y relámpagos en el Sinaí: ¡No matarás! Además, tan persona humana es el niño antes de nacer, como la madre.

Hubo una madre que, en un difícil alumbramiento, decía: «¡Córteme en pedazos, doctor, pero salve a mi hijo!» El hijo se salvó y tuvo un nombre: San Luis Gonzaga.

Fíjese usted, si la mamá de Beethoven hubiera matado a su hijo antes de nacer. Y lo mismo la mamá de Miguel Ángel, del inventor de la penicilina, de Alejandro Magno, de San Francisco de Asís, y... la mamá de usted, lector, DE USTED.

«Micifuz» es más que un hombre

Es muy elegante pertenecer a la Sociedad Protectora de Animales. ¡Ojalá hubiera una sociedad protectora de los niños que todavía no han nacido, pobrecitos. Ellos sí que necesitan protección, ¡Son tan frágiles! Todavía casi no tienen piel; no tienen huesos, son tiernecitos.¡Cuidado! No importa que el gato o el perro tome un poco de frío; tienen piel lanuda y aguantan bien. A quien hay que cuidar es al niño que todavía no nació...

Han asesinado a sus hijos, pero llevan a pasear con mucho cariño por las calles de nuestras ciudades a un perrito atado con un friolín. Un perrito que a veces es más feo que la peste, y cuando uno lo ve le vienen ganas de que lo agarre un tranvía y lo corte en dos por medio de la panza. Entonces esas mamitas sí que llorarían a lágrima viva. Pero cuando asesinaron a traición a sus propios hijos no lloraron. Y sus hijos valían más que un perro. Sus hijos tenían alma; un alma espiritual e inmortal, un destello de Dios, como dijo Platón. Y escrito está: «No es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos.» (Mt 15, 26.)

¡El corazón de una mujer, de una madre, capaz de un amor incomprensible, desinteresado, enorme, misterioso, heroico, inefable, inagotable; todo ese caudal, ancho como el mar, de ternura maternal, volcado sobre un pobre perrito, que estaría más contento si lo dejaran tranquilo de una vez! ¡Y mientras tanto, en los hospitales, en los asilos de huérfanos, en las escuelas, en las calles, hay millones de niños que tienen hambre, que necesitan el cariño de una mamá! Ellos NO SON PERROS.

Al final, el crujir de dientes

¡Cuántos millones murieron en la guerra! Pobres soldados desconocidos, a quienes sólo acompaña el llanto de sus madres. Pero son muchos más los hijos matados por sus propias madres sin que los lloren y compadezcan. Pero tengan éstas presente que al final será el crujir de dientes; mediten éstas bien lo que dice por Isaías el Señor: «Cuando levantareis las manos hacia Mí, yo apartaré mi vista de vosotros; y cuando más oraciones me hiciereis, tanto menos os escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre.» (Is 1, 15)

Fr. Lawence

Influjos devocionales españoles en la isla de Elba

Espigamos del «Observatore Romano», núm. 30.604, la siguiente curiosidad que no deja de tener interés para los valencianos devotos de su Patrona. Desde 1603 a 1725 es cosa sabida que esta isla estuvo bajo la influencia española, a excepción de Portoferraio, que perteneció al Gran Ducado de Toscana


En 1603 Felipe III hizo construir el fuerte de Portolongone, juntándolo al Estado de los Presidiarios, pero quiso defender también militarmente el principado de Piombino que comprendía Elba.

Los españoles importaron entonces a la isla sus usos y costumbres y también sus apellidos, algunos de los cuales, a la distancia de tres siglos, se conservan, como Pérez, Rodríguez, Ve-lasco, Ponce de León, etc.; erigieron allí iglesias y capillas o ermitas en las que fueran cultivadas algunas de las devociones de la madre patria.

La primera iglesia fue la del fuerte de Longone y la dedicaron al Patrón de España Santiago. Pero el general José Ponce de León, casi contemporáneamente, por su devoción particular, quiso construir, cerca en un pequeño valle cercado de cumbres altas, una iglesita dedicada a Nuestra Señora de Montserrat, dejándole réditos a fin de que fuese atendida por algunos agustinos que dependían del convento de Piombino.

De esta manera la devoción a la Virgen de Montserrat hendió sus raíces entre los elbanos, de tal suerte que la fiesta del 8 de septiembre es una de las más características de toda Elba.

Un siglo después (1727) otro comandante del fuerte, general Diego de Alarcón, quiso edificar sobre la playa Longone otra iglesita dedicada al Corazón de María y encargó su cuidado a uno o dos ermitaños.
Pero los valencianos no quisieron quedar atrás e implantaron en el golfo de Campo, en la otra parte de Elba, la devoción a la Virgen de los Desamparados, Patrona de Valencia, con la advocación de la «Madona dei Abbandonati».

La Virgen de Montserrat también es venerada en otras partes de Italia, pero la de los Desamparados sólo en la isla elbense y en Marcianese, en el lugar llamado I Petresi, en donde todavía tiene una capilla. Mas la rareza del título, la falta de noticias, la incapacidad de sentir el fervor de un oriundo de Valencia y, sobre todo, alguna persona influyente no de Elba, reacia a las tradiciones locales, amenazaron con hacer desaparecer la invocación a la Virgen de los Desamparados y sustituirla por la de María Auxiliadora.

La novedad fue acogida con desconfianza y con incertidumbre, continuando los fieles usando familiarmente el primitivo título de Nuestra Señora dei Abbandonati» o Desamparados. En Marina del Campo el actual párroco, en vez de insistir sobre el nuevo título de María Auxiliadora, quiere restaurar el de Nuestra Señora de los Desamparados, con pleno aplauso y satisfacción de los fieles y con mayor respeto a una devoción ya tenida desde siglos en aquella isla.

Fr. Deodato Carbajo, ofm

La paz de los vivos, herencia de los muertos

Ocho mil tumbas

Cada uno cantaba como podía y alguno, más que cantar —haciendo honor a la verdad—, berreaba. Pero ¡qué bien suenan los aires españoles por tierras y carreteras del extranjero! Este singular «orfeón» lo formábamos un grupo de amigos en viaje turístico por distintos países europeos. También el sol, como queriendo tomar parte en esta juerga hispana, enviaba sus rayos con la misma intensidad que los manda aquí. Todo esto unido al marco verde y pintoresco de la campiña francesa y con unos cuantos días ante nosotros, con países por conocer, hacía que una sensación de felicidad y alegría invadiera a todos los excursionistas. ¡Claro!, que lo principal era que todos teníamos esa edad que los que la han perdido afirman que es maravillosa...

Un frenazo brusco del coche que iba delante y, como consecuencia, también del nuestro, impidió que gritásemos «¡riau, riau»!, después del estribillo que dice: «Las vacas del pueblo ya se han escapan...» El resultado fueron unos cuantos coscorrones al chocar las cabezas de los unos contra los otros, puesto que íbamos a bastante velocidad.

Al poner pie a tierra, lo primero que hicimos fue el pedir explicaciones por tan impulsivo frenazo. Alguien dijo «riau, riau» con voz débil, poniéndose la mano en el incipiente y recién estrenado chichón.

Las carcajadas quedaron cortadas cuando miramos hacia la dirección que señalaba nuestro compañero contestando a nuestra observación. Ante nosotros se extendía un inmenso bosque de cruces, alineadas, formando una tétrica formación militar. El silencio, producido al principio por la curiosidad, se fue tomando en el más profundo respeto a medida que avanzábamos.

Las palabras se negaban a salir temiendo profanar aquella paz del cementerio militar. A derecha e izquierda y siguiendo el ritmo de nuestros pasos, iban avanzando grandes hileras de cruces quedando rodeados pronto por ellas. Parecía como si, en macabro juego, los muertos hubiesen cercado a los vivos. Aquello era impresionante. Un hombre de considerable edad nos explicó que ante nosotros se hallaban enterrados ocho mil alemanes caídos en la segunda guerra mundial. Un profundo pesar nos invadió más todavía cuando leímos algunas de las inscripciones colocadas en las cruces... Veintiséis, veintidós, dieciocho años... Estas edades son las que más se prodigaban. Junto con la fecha, grabado, el nombre de quien allí se encontraba enterrado. En muchas de ellas escrita esta desgarradora palabra: «Desconocido».

Seguimos caminando muy despacio, como si tuviésemos miedo, con veneración y respeto, pues a cada paso dado pisábamos los despojos de un joven de nuestra misma edad, cuya vida fue segada por homicida metralla. El cuadro que ante nosotros se extendía se prestaba a profunda meditación.

Un grupo de muchachos que con azadas y máquinas corta-césped adecentaban el terreno llamó nuestra atención. Nos dirigimos a ellos en francés. La contestación fue en otro idioma. Uno de los allí presentes aclaró que todos los que veíamos trabajando pertenecían a un grupo de voluntarios de distintos países que aprovechaban sus vacaciones ejerciendo esta humanitaria labor; algunos españoles también habían pasado unos días en aquel campamento.

Quizá les resulte paradójico, pero el tiempo —horas— que estuvimos ayudando a estos jóvenes fue lo que dejó más grato recuerdo en nuestras mentes. Esto nos hizo ver con toda claridad que no hay fórmula más eficaz para lograr la paz y la amistad entre los pueblos que el recuerdo de quienes cayeron aniquilados víctimas de la furia y el odio entre los hombres. Fue para nosotros un momento de intensa emoción el observar cómo jóvenes de diversos países cuidaban con solícito cariño tumbas de los que hace casi veinte años fueron sus mortales enemigos.

El lugar entonces de metralla y muerte se convertía por la acción de estos muchachos en lugar de vida, de trabajo, de esfuerzo unido e ilusionado. Todos los que allí nos encontrábamos formábamos un grupo de europeos nuevos forjando lazos indisolubles de amistad, para que jamás se volviese a repetir la reiterada y sangrienta historia de los europeos viejos.

Abandonamos aquel lugar, no sin que antes resbalase una lágrima viril que fue a mezclarse con la tierra que envolvía los cuerpos de los que murieron a los veinticuatro, dieciocho años. Fue como un saludo, un «apretón de manos» a los muertos, saltando la barrera del tiempo y de los años.

Atrás quedaban ocho mil cruces con los brazos abiertos, ocho mil madres que lloraron a sus hijos, miles de novias que jamás volvieron a ver a quienes amaban. Brazos en forma de cruz a la espera de una eternidad, para volver a cerrarse estrechando a sus personas queridas...

Cuando estuvimos nuevamente en camino pudimos apreciar el gran contraste existente entre la juventud de los que yacían bajo tierra y la nuestra. La de ellos, angustia, escalofríos de muerte, sangre, horror y metralla. Nosotros, alegría, viajes, diversiones, paz.

Esta reflexión nos trajo a la memoria a nuestros muertos y comprendimos con mayor claridad que gracias a su heroico sacrificio gozamos de una juventud alegre y feliz. De nuestros labios brotó una oración por los que cayeron inmolados por la barbarie de los sin Dios para conseguir la paz que nosotros disfrutamos.
Tremenda lección para nuestras generaciones, para todos aquellos que no hemos conocido los horrores de la guerra.

Y tremenda también la responsabilidad que por ellos adquirimos, ya que los jóvenes de hoy hemos heredado una patria feliz y tranquila gracias a la sangre de los hombres y jóvenes de ayer.

Su muerte nos dio la vida.

J. Mª Gimeno Tichell


El Cuervo Blanco

Cuento

(Conclusión)

—¿Cómo lo sabéis, señor?—, preguntó sorprendida Isabela.

—En vista de que nadie era capaz de encontrar el brillante envié a llamar a los sabios, supuse que ellos me ayudarían a recuperarlo. Así, pues, es como he sabido —prosiguió diciendo el rey— que el enano Ulico, convertido en oruga, colérico por tu desconfianza en la virtud de su estrella quiso vengarse de ti y escondido tras las hojas de una rosa de las que estaban colocadas en los floreros arrancó el brillante de mi collar, dejándolo prendido en una de las flores, que después fueron arrojadas al sumidero. El enano Ulico conoce tu amor por las flores y pensó que tú encontrarías el brillante allí y lo cogerías. La vieja Serafina al verlo te delataría, acusándote de ladrona y apoderándose de la recompensa. Pero el gigante Calú, conocedor de las intenciones del enano Ulico, tomando la forma de un cuervo blanco se anticipó y rebuscando en el sumidero encontró el brillante, llevándoselo en el pico.

—¿Entonces el gigante Calú es el cuervo blanco, señor?—, preguntó Isabela asombrada.

—Sí —repuso el rey—; un día, cansado de volar, cayó sobre unos espinos hiriéndose mortalmente y tú le salvaste la vida. Ahora los adivinos dicen que está herido, pues el enano Ulico le ha tendido una trampa. Tú, Isabela, eres la única persona que puedes encontrarle, conoces el bosque y tal vez en alguna cueva remota de la montaña se oculte su morada y esté a su vez guardada por lobos.

—¿Y si ha muerto, señor?—, preguntó la joven con los ojos llenos de lágrimas.

—No, Isabela, los adivinos dicen que vive, y tú eres la única persona que le puedes hallar.

La joven no pudo contener un estremecimiento de horror; los lobos y los zorros la devorarían, pero, no obstante, obedecería al rey.

—Buscaré el brillante, señor—, repuso sollozando.

El rey acarició el rostro de la joven con dulzura y le dijo mientras la acompañaba a la puerta:

—Si encuentras el brillante te casarás con mi hijo.

Los grandes y tristes ojos de Isabela se volvieron hacia el rey, sin duda alguna suponía que regresaría feliz de aquella empresa, pero ella con la voz oprimida no pudo responder.

Al llegar a la terraza encontró al joven príncipe; Isabela al verle retrocedió asustada.

—¿Por qué huyes?—, preguntó el príncipe acercándose a ella.

Isabela permaneció un momento silenciosa; se notaba en su mirada una gran preocupación.

—Sé que el rey —dijo el príncipe—, temeroso de una desgracia, te ha ordenado una empresa peligrosa para recuperar el brillante, pero yo te acompañaré y correré la misma suerte que tú, Isabela.

La joven al oír aquellas palabras sonrió de alegría. En aquel momento vieron pasar sobre sus cabezas una sombra blanca que les hizo pestañear; no comprendiendo lo que podía ser, huyeron queriendo esquivar el golpe, pero sorprendidos vieron que era el cuervo blanco que volaba sobre ellos brillando su plumaje al sol.

—¡Es el cuervo blanco!—, exclamó Isabela con el rostro iluminado por el gozo.

El animal abriendo el pico dejó caer un objeto brillante. La joven corrió a recogerlo y extendiendo sus brazos al cielo, mientras abría las manos para tomarlo, gritaba llena de alborozo:

—¡Es el brillante, el brillante del rey! ¡El brillante!

Ambos quedaron grandemente maravillados cuando lo tuvieron en su poder, y alegres y contentos corrieron enlazados de la mano a presencia del rey.

—Majestad, aquí tenéis vuestra preciada joya—, dijo Isabela entregándole el brillante.

El soberano tomó la joya y la examinó detenidamente. Era su brillante, el gran brillante del imperio. Acariciando después tiernamente el rostro de la joven pastorcita dijo fijando amorosamente sus ojos en ella:

—Para mí es un honor tener una hija tan buena, humilde y bondadosa como tú; te hago justicia; como rey y como padre os doy mi bendición.

Olga Bauzá de Lloréns

Noticias

Catedral ofrecida por el gobierno español a la Orden franciscana

El día 8 del pasado diciembre tuvo lugar la ceremonia de dedicación de la Catedral de la Inmaculada Concepción, obra del Gobierno español ofrecida a la Orden Franciscana en Marruecos. Al acto asistieron el Embajador de España en Rabat don Cristóbal del Castillo, representantes de las Autoridades marroquíes y la totalidad del cuerpo consular acreditado en Tánger.

El Arzobispo de Tánger Monseñor Aldegunde, O. F. M., revestido de capa pluvial, con mitra y báculo, bendijo la Catedral en presencia de millares de fíeles; luego pronunció unas palabras en las que dijo, en primer lugar, que la hospitalidad de las Autoridades marroquíes habían hecho posible la construcción de este templo católico y que, como él, se podían levantar otros, ya que eran en honor del Dios único de todos, sin distinción de razas. Agradeció después al Jefe del Estado español General Franco la generosidad demostrada en la edificación de la Catedral, así como a sus representantes, el Ministro señor Castiella, el Embajador en Rabat y el cónsul general en Tánger. A continuación dio lectura al siguiente telegrama de Su Santidad el Papa Juan XXIII, firmado por el Cardenal Cicognani: «Con motivo primer centenario última restauración de las Misiones Franciscanas en Marruecos y dedicación Catedral Tánger, suplicamos del Altísimo gracias para todos, complaciéndose en otorgar a Autoridades y fieles todos paternal bendición apostólica.» Mons. Aldegunde concedió indulgencia plenaria a todos los asistentes al acto.

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La ceremonia terminó con una misa rezada que ofició el Ministro General de la Orden Franciscana Fr. Agustín Sépinski, llegado especialmente de Roma en compañía del P. Joaquín Sanchis, y con un solemne Tedéum. La coral polifónica de Tetuán, dirigida por el P. Soto, interpretó motetes y composiciones religiosas, acompañada por la orquesta del Conservatorio de la misma ciudad.

La Catedral, espléndida muestra de moderna arquitectura religiosa, está bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y del Espíritu Santo, y ha sido regalo del Gobierno español a la misión católica, regentada por la Orden Franciscana.

Doce misioneros franciscanos en la misión de Sabadell (Barcelona)

Del 15 al 26 de noviembre del año 1961 tuvo lugar en Sabadell una fecunda misión. Tomaron parte en ella 80 misioneros de varias Ordenes y Congregaciones religiosas, de los cuales 12 pertenecen a la Orden Franciscana en España, y uno de éstos, el P. Pablo Ares, a la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón. Felicitamos muy cordialmente a estos misioneros por el abundante fruto espiritual que cosecharon en esta misión.

Misión popular franciscana en Benidorm (Alicante)

Los PP. Salvador Perona, Gerardo Boluda, Bernardo Llopis y Antonio Álvarez, de la Seráfica Provincia de Valencia, misionaron en Benidorm, pueblo de la provincia de Alicante, del 28 de noviembre al 8 de diciembre próximos pasados, logrando, con su gran celo y predicación apostólica, avivar el fervor religioso y la llama del amor divino en el corazón de todos sus habitantes. La vistosa cabalgata bíblica de niños el día infantil, día 3 de diciembre; la subida de una cruz de 14 m., erigida en un montículo junto a la Montera; la impresionante y concurrida procesión penitenciaria presidida por el Sr. Gobernador de Alicante y Autoridades locales y la misa de Comunión general a media noche, sólo para hombres, el día 7; la conmovedora ofrenda de flores por las madres, solemne misa y conmovedora despedida de los misioneros por todo el pueblo, entusiasmados, son actos que perdurarán siempre vivos en la memoria y en el corazón de todos los benidormenses. Loado sea Dios por ello y nuestra enhorabuena a tan excelentes misioneros y tan buenos misionados.

Próxima beatificación de un capuchino

La Sagrada Congregación de Ritos, reunida bajo la presidencia de Juan XXIII, ha aprobado los dos milagros que son necesarios para poder proceder a la beatificación del sacerdote capuchino italiano P. Inocencio de Berzio. Todavía no se ha fijado la fecha de la proclamación oficial.

Apertura del IV Centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara

Arenas se ha engalanado como nunca para celebrar la apertura del IV Centenario de la muerte de su Patrono. En la tarde del día 18 de octubre, la imagen yacente de la Enfermería, sobre vistosa carroza y escoltada por un grupo de niñas vestidas de ángeles con los instrumentos de la penitencia, recorrió las principales calles de la ciudad. Presidía la procesión el P. Provincial de los franciscanos de Castilla Fr. José Prieto del Pozo, autoridades locales, comunidad franciscana del santuario y el Seminario Menor de Ávila, que en la plaza entonó un solemne Tedéum. Toda la ciudad emocionada, con cirios encendidos, acompañó a su Santo; todas las velas fueron donadas para hacer un cirio grande, que arderá ante el sepulcro de San Pedro de Alcántara durante el año Centenario. Una nota simpática fueron los numerosos niños que vestidos de franciscanos intervinieron en la procesión.

El día 19, con un tiempo espléndido, tuvo lugar la apertura oficial del Centenario. Después de la misa solemne, en el Campillo del Santuario, con asistencia del Sr. Obispo de Ávila, P. Provincial de los franciscanos, Presidente de la Junta Nacional Ejecutiva pro Centenario don Francisco M. de la Sota, Agregado Cultural de la Embajada de los Estados Unidos del Brasil, Miembros de la Junta Nacional, Autoridades locales, señores Párrocos de la comarca y una multitud incontable de fieles, pronunció el solemne pregón de apertura don Antonio Ortega Lopo, Presidente del Hogar Extremeño en Madrid, el cual fue acogido con grandes aplausos.

También se han celebrado cultos especiales en Madrid, Duque de Sesto, Ávila, Cáceres, El Pedroso y Alcántara. Por su significado hacemos resaltar «los cultos celebrados en la Ciudad Eterna»: en el Convento de PP. Franciscanos españoles de Santi Quaranta de Roma, precedido de un solemne triduo en el que oficiaron los PP. Definidores Generales Franciscanos de España y América latina; el P. Min. General de toda la Orden Franciscana dio apertura al Centenario de San Pedro de Alcántara con una misa solemne el domingo 22. Con este acto el sucesor de San Francisco se adhiere a los de Arenas y Alcántara y honra a uno de sus más esclarecidos hijos.

Cantares

Manzanita silvestre,
fresa del bosque,
es mi hijita María
del Dulce nombre...

Te has creído, y te equivocas,
que tu corazón es grande;
por la manera de obrar
su tamaño es de guisante.

No te desazones tanto,
medita esta gran verdad:
«Que siete palmos de tierra
un día te sobrarán...»

Las uñas largas te dejas
para así mejor robar...
¡Metida entre cuatro tablas
un día te pudrirás...!

C. M. P. (Turquesa)