Los franciscanos en Marruecos
El día 6 de diciembre de 1961 Tánger tributó un caluroso recibimiento al 112 sucesor de San Francisco de Asís P. Fr. Agustín Sépinski.
Al dar esta noticia la prensa diaria subrayó que el hecho «es un testimonio más de la firme estima de que goza la Orden Franciscana en el país».
Esta visita obedeció a una circunstancia doblemente feliz, a saber: la clausura de los solemnes actos conmemorativos del primer centenario de la última restauración de las beneméritas Misiones franciscanas en Marruecos y la inauguración de la Catedral de Tánger, consagrada a la Inmaculada y el Espíritu Santo, magnífica obra arquitectónica que España y sus hijos, con el ejemplar concurso de las Autoridades marroquíes, han hecho posible, cuyas obras han costado 23 millones de pesetas sufragadas por el Gobierno español.
La presencia en Tánger del P. Ministro General constituyó un acontecimiento en el país, ya que es la primera vez que un sucesor del Patriarca y Fundador de la Orden Franciscana visita Marruecos, donde la Iglesia católica le tiene encomendada la Obra Misionera de aquel territorio de 552.550 kilómetros cuadrados, con una población de unos 6 millones de habitantes, en su inmensa mayoría mahometanos.
El apostolado misionero, siete veces secular en Marruecos, es uno de los más preciados timbres de gloria para la Orden Franciscana. El mismo Patriarca San Francisco fue quien envió allí a cinco de sus hijos, que fueron los primeros franciscanos que pisaron tierra marroquí y los santos protomártires de la Orden, martirizados el 16 de enero de 1220 en Marrakex. Sobre su tumba sangrienta brotó muy pronto un lirio inmortal cuyo perfume y nitidez alegra a toda la cristiandad: San Antonio de Padua. La fiesta litúrgica de estos cinco santos protomártires franciscanos se celebra precisamente el 16 del presente mes de enero.
La Santa Sede confió de hecho la Misión marroquí a los franciscanos por la bula del papa Honorio III «Vineae Domini custodes», de 7 de octubre de 1225, y nombró en 1226 a Fr. Agnelo primer Obispo de Marruecos. Sede que fue suprimida en el siglo XVI. El Beato Juan de Prado, primer Ministro Provincial de la Provincia de San Diego en Andalucía, pasó a Marruecos con dos compañeros franciscanos en 1630, quedando desde esta fecha instituida la Prefectura de Marruecos a cargo de los franciscanos españoles, hasta que, por la revolucionaria exclaustración del año 1834, por escasez de religiosos, quedó interrumpida, pues en el año 1850 sólo había en Marruecos tres Casas-Misión y dos misioneros.
Pero el Gobierno español, que tuvo siempre en gran estima a los franciscanos, el 26 de noviembre de 1852 determinó fundar un Colegio de Misioneros franciscanos en Priego para Tierra Santa y Marruecos. Todos los Gobiernos que se han venido sucediendo han prestado todo su apoyo a la Orden Franciscana. La misma Ley de Asociaciones del Gobierno Canalejas exceptuaba de sus rigores a la Orden Franciscana; no quería que muriera, sino que se conservara y viviera: la necesitaba para perpetuar la influencia española en Tierra Santa y en Marruecos.
La Sagrada Congregación de Propaganda Fide restauró en 1859 la Misión de Marruecos elevada a Prefectura Apostólica, constituida en 1908 en Vicariato Apostólico, siendo su primer Vicario Apostólico, con la dignidad episcopal, el franciscano-valenciano P. Francisco María Cervera Tamarit, nacido en Puebla de Vallbona el 13 de marzo de 1858.
Desde el año 1923 Marruecos fue dividido en dos circunscripciones eclesiásticas, que en el año 1955 y 1957 fueron elevadas a Arzobispados inmediatamente sujetos a la Santa Sede, pero encomendados igualmente a la Orden Franciscana: el de Rabat y de Tánger, respectivamente.

Catedral de Tánger [de Diócesis de Tánger]
Con motivo de la estancia en Tánger del P. Ministro General, escribió cierto periodista: «Los franciscanos en sus siete siglos de presencia en Marruecos han logrado un equilibrio y un tacto verdaderamente exquisito. A través de sus actividades, rezumando ardoroso celo apostólico, su sencillez, su bondad, su modestia y virtudes, la seráfica Orden ha ido recibiendo de los sultanes de Marruecos privilegios y excepcionales prerrogativas, otorgadas generosamente unas veces como premio y otras en agradecimiento al ejemplar espíritu de comprensivo convivir humano con los súbditos musulmanes, la obra hospitalaria o de enseñanza... "Eres mi mejor amigo", dijo públicamente en Fez al P. José María Lerchundi el sultán Mulay Hasan I, abuelo del actual rey. Clara manifestación de afecto hacia el entonces Prefecto Apostólico de Marruecos, franciscano que, por penetrar mejor en el espíritu de este pueblo, estudió con perseverante cariño su idioma y costumbres hasta convertirse en un filólogo de talla mundial, que figuró como intérprete en la legación singular que el emperador de Marruecos envió a Roma en 1888 con motivo de las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII. Desde entonces a nuestros días los acontecimientos políticos que han trastornado el mundo conceden a aquellas sinceras palabras del monarca cherifiano un valor de indudable alcance. La presencia en Tánger del Fr. Agustín Sépinski realza el sentido de esa amistad cheriflano-franciscana.»
Para terminar damos el texto del telegrama de Su Santidad Juan XXIII, firmado por el Cardenal Secretario de Estado A. Cicognani, que recibió el día 8 de diciembre del pasado año el P. Fr. Francisco Aldegunde Dorrego, Arzobispo de Tánger: «Con motivo primer centenario última restauración de las Misiones Franciscanas en Marruecos y dedicación Catedral Tánger, suplicamos del Altísimo gracias para todos, complaciéndose en otorgar a Autoridades y fieles todos paternal bendición apostólica.»
Fr. Camilo Jordá, ofm
Profesor de Misionología
Campanillas de BelénCampanillas de Belén, En vuestro plácido son Dejad vuestra voz sentir Y sea vuestro clamor Jesús Galbis |
Canción de cuna Jesús, mi niño, duerme, Jesús, mi niño, duerme, Jesús, mi niño, duerme, Jesús, mi niño, duerme, (De Cuentos de Nochebuena, |
Los Reyes Magos
| ¿Qué esplendor hay en el cielo que su luz envuelve al mundo? Nubes de carmín y de oro van surgiendo hacia la tierra y en el espacio y los montes resuenan cantos de guerra, pero no; son cantos bellos, cantos de amor y de gloria. Gloria a Dios por doquier suena, gloria a Dios, paz a la tierra, y se ven ángeles bellos, y por los campos camellos, y del cielo en sus estrellas la más bella y esplendente desde el cielo se desprende y con esplendor de gloria se dirige hacia el Oriente y montados en caballos se ven venir Reyes Magos cuyo estandarte es la estrella y van siguiendo tras ella, ¿qué buscan y a dónde van?, van en busca de una cueva. Absortos y sorprendidos, ven que se para la estrella y un rayo de luz potente baja del cielo a la cueva. ¿ Qué mansión esplendorosa en aquel monte se muestra? Aquella luz les atrae y parando sus caballos descienden por ver la cueva, y movidos por su anhelo ven que aquello era otro cielo. La cueva llena de luz y allí está el Rey de los reyes, envuelto en pobres pañales y en su cunita de gloria el Hijo de Dios reposa. Su Madre la Reina hermosa con dulce amor lo acaricia, y José su santo padre, al darse cuenta que llega aquella misión tan grave de grandes Reyes de Oriente, sale a su paso y atiende a recibir su llegada y con ternura y amor les muestra en su Madre amada al Niño Dios Redentor. ¡ Qué emoción para los Reyes, por un instinto de honor allí doblan sus rodillas y adoran al Niño Dios. |
Ya reconocido el Dios del cielo y con dulce y tierno amor adorado se disponen los Reyes Magos para hacer su entrada en Belén, y todo Belén conmovido se aprestan a esperar su noble entrada caimanes, dromedarios y camellos y todos los belemitas esperan a los Reyes del Oriente. Pasada la primera emoción piden los Reyes descanso, y donde está su mansión preparan allí todo cuanto prevenido llevan ya para adorar con sus dones de oro, mirra e incienso para volver de nuevo a la cueva y adorar con más gloria al Rey de cielos y tierra. Montados ya sus camellos, dromedarios y caimanes salen ya los Reyes Magos como Reyes de grande honor subidos en sus caballos, vestidos con esplendor, y llevando en sus maletas los más ricos dones de amor, vuelven de nuevo a la cueva para ofrecerle sus dones al Rey de tierra y del cielo y del orbe entero, Señor. También los cielos se mueven ante este espectáculo bello y entonan sus cantos gloriosos que envuelven de amor y armonía la cueva santa del Niño Dios. Espectando están los cielos ante aquella adoración, viendo que los Reyes Magos ofrecen sus dones bellos al Rey de la creación y de mirra, oro e incienso ofrecen su adoración. Los dones que el mundo entero reconoce de más valía de toda la creación... Sonó al punto la armonía de los ángeles del cielo con que agradece a los Reyes la gloria de su oblación al Niño Rey de los reyes que desde su santo trono los bendice, con gratitud y amor. |
Enormes minucias
Los niños inocentes
Esta minucia es un artículo grave. Pido disculpa por adelantado si a algunos oídos delicados les suena demasiado claro este lenguaje.
Jesús también a veces habló fuerte: «Duras son estas palabras... ¿quién las puede soportar?», decían sus oyentes. Pero Jesús no las ablandó por más que muchos de los presentes se retiraban «escandalizados».
Jesús no ablandó su lenguaje, no lo endulzó, no retrocedió. Yo tampoco retrocederé. Dejadme, por favor, alguna vez decir las cosas como son.
El siglo del niño
Este famoso siglo XX —que uno no sabe dónde va a acabar—, entre otros títulos con que se le ha condecorado, hace gala de uno muy flamante: «El siglo de la infancia». ¡Qué triste ironía! Ningún siglo mereció como éste ser llamado «El siglo del INFANTICIDIO».
El 20 de noviembre de 1959, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, fue adoptada por el voto unánime de 78 gobiernos, la Declaración de los Derechos del Niño. Está muy bien, con tal que se cumpla. Allí se dice, entre otras cosas, que «el niño tiene derecho, desde su nacimiento, a un nombre y a una nacionalidad; a una alimentación, a una vivienda, a diversiones y a cuidados médicos adecuados...»
Y otros muchos derechos del niño, «desde su nacimiento», se declararon con mucha solemnidad. Ya lo creo. Muchos derechos. Desde su nacimiento.
Pero aunque yo leí toda la Declaración, en ninguna parte de ella encontré escrito que el niño tiene bastante derecho a no ser asesinado por su propia madre, ni por ningún otro, antes de que haya podido ni siquiera ver la luz del sol.
He aquí mis joyas
Unos 150 años antes de la venida de Cristo, había en Roma una mujer llamada Cornelia, dos de cuyos hijos habían de llegar a tener en sus manos los destinos de la República: Tiberio y Cayo Graco. Esta buena señora fue un día a visitar a una linajuda dama, toda pomposa y pompadour, la cual le iba mostrando una a una sus resplandecientes alhajas. A continuación, la solemne y mayestática dama preguntó a Cornelia: «Y usted, señora, ¿qué tiene de rico y precioso en su casa?» Cornelia puso sus manos sobre las cabezas de sus hijos y respondió tranquilamente: «Estas son mis joyas y lo más precioso que poseo.»
En cambio, ahora, a 2.000 años después de la venida de Cristo al mundo, hay mamás pertenecientes a la civilización cristiana y occidental —sobre todo occidental, calcule usted— a quienes los hijos molestan. ¡Hay que matarlos antes de nacer! Un perrito o un gatito son mejores porque no tienen tantas exigencias; hoy día no se puede...
Cuando Julio César cayó mortalmente herido en manos de sus asesinos, se soltó la toga en la que lo habían envuelto, y alcanzó a ver entre ellos, puñal en mano, a Bruto. «¡Tú también, hijo mío!» —dijo—, y murió. «¡Tú también, madre mía, estabas entre mis asesinadores!», dirán los niños muertos antes de nacer, quiero decir, matados: «Yo estaba encerradito y no te había podido ver.»
¡Ay, Herodes, qué bárbaro, matar a los Niños Inocentes! Sí, pero ¿cuántos niños inocentes son matados cada día en nuestras refulgentes ciudades modernas, llenas de cultura? Claro que ahora se hace científicamente y con mucha pulcritud. Nadie se da cuenta. Qué bien.
¿Salvar a la madre?
«Sí, pero era necesario para salvar a la madre...» No, ni aún entonces. No es lícito hacer el mal aunque resulten bienes. Ni por salvar a la madre, ni por salvar a todas las madres del mundo y de todos los mundos juntos se puede matar a un niño. Porque siempre está en pie el mandamiento esculpido en piedra y dictado entre truenos y relámpagos en el Sinaí: ¡No matarás! Además, tan persona humana es el niño antes de nacer, como la madre.
Hubo una madre que, en un difícil alumbramiento, decía: «¡Córteme en pedazos, doctor, pero salve a mi hijo!» El hijo se salvó y tuvo un nombre: San Luis Gonzaga.
Fíjese usted, si la mamá de Beethoven hubiera matado a su hijo antes de nacer. Y lo mismo la mamá de Miguel Ángel, del inventor de la penicilina, de Alejandro Magno, de San Francisco de Asís, y... la mamá de usted, lector, DE USTED.
«Micifuz» es más que un hombre
Es muy elegante pertenecer a la Sociedad Protectora de Animales. ¡Ojalá hubiera una sociedad protectora de los niños que todavía no han nacido, pobrecitos. Ellos sí que necesitan protección, ¡Son tan frágiles! Todavía casi no tienen piel; no tienen huesos, son tiernecitos.¡Cuidado! No importa que el gato o el perro tome un poco de frío; tienen piel lanuda y aguantan bien. A quien hay que cuidar es al niño que todavía no nació...
Han asesinado a sus hijos, pero llevan a pasear con mucho cariño por las calles de nuestras ciudades a un perrito atado con un friolín. Un perrito que a veces es más feo que la peste, y cuando uno lo ve le vienen ganas de que lo agarre un tranvía y lo corte en dos por medio de la panza. Entonces esas mamitas sí que llorarían a lágrima viva. Pero cuando asesinaron a traición a sus propios hijos no lloraron. Y sus hijos valían más que un perro. Sus hijos tenían alma; un alma espiritual e inmortal, un destello de Dios, como dijo Platón. Y escrito está: «No es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos.» (Mt 15, 26.)
¡El corazón de una mujer, de una madre, capaz de un amor incomprensible, desinteresado, enorme, misterioso, heroico, inefable, inagotable; todo ese caudal, ancho como el mar, de ternura maternal, volcado sobre un pobre perrito, que estaría más contento si lo dejaran tranquilo de una vez! ¡Y mientras tanto, en los hospitales, en los asilos de huérfanos, en las escuelas, en las calles, hay millones de niños que tienen hambre, que necesitan el cariño de una mamá! Ellos NO SON PERROS.
Al final, el crujir de dientes
¡Cuántos millones murieron en la guerra! Pobres soldados desconocidos, a quienes sólo acompaña el llanto de sus madres. Pero son muchos más los hijos matados por sus propias madres sin que los lloren y compadezcan. Pero tengan éstas presente que al final será el crujir de dientes; mediten éstas bien lo que dice por Isaías el Señor: «Cuando levantareis las manos hacia Mí, yo apartaré mi vista de vosotros; y cuando más oraciones me hiciereis, tanto menos os escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre.» (Is 1, 15)
Fr. Lawence
Influjos devocionales españoles en la isla de Elba
Espigamos del «Observatore Romano», núm. 30.604, la siguiente curiosidad que no deja de tener interés para los valencianos devotos de su Patrona. Desde 1603 a 1725 es cosa sabida que esta isla estuvo bajo la influencia española, a excepción de Portoferraio, que perteneció al Gran Ducado de Toscana
En 1603 Felipe III hizo construir el fuerte de Portolongone, juntándolo al Estado de los Presidiarios, pero quiso defender también militarmente el principado de Piombino que comprendía Elba.
Los españoles importaron entonces a la isla sus usos y costumbres y también sus apellidos, algunos de los cuales, a la distancia de tres siglos, se conservan, como Pérez, Rodríguez, Ve-lasco, Ponce de León, etc.; erigieron allí iglesias y capillas o ermitas en las que fueran cultivadas algunas de las devociones de la madre patria.
La primera iglesia fue la del fuerte de Longone y la dedicaron al Patrón de España Santiago. Pero el general José Ponce de León, casi contemporáneamente, por su devoción particular, quiso construir, cerca en un pequeño valle cercado de cumbres altas, una iglesita dedicada a Nuestra Señora de Montserrat, dejándole réditos a fin de que fuese atendida por algunos agustinos que dependían del convento de Piombino.
De esta manera la devoción a la Virgen de Montserrat hendió sus raíces entre los elbanos, de tal suerte que la fiesta del 8 de septiembre es una de las más características de toda Elba.
Un siglo después (1727) otro comandante del fuerte, general Diego de Alarcón, quiso edificar sobre la playa Longone otra iglesita dedicada al Corazón de María y encargó su cuidado a uno o dos ermitaños.
Pero los valencianos no quisieron quedar atrás e implantaron en el golfo de Campo, en la otra parte de Elba, la devoción a la Virgen de los Desamparados, Patrona de Valencia, con la advocación de la «Madona dei Abbandonati».
La Virgen de Montserrat también es venerada en otras partes de Italia, pero la de los Desamparados sólo en la isla elbense y en Marcianese, en el lugar llamado I Petresi, en donde todavía tiene una capilla. Mas la rareza del título, la falta de noticias, la incapacidad de sentir el fervor de un oriundo de Valencia y, sobre todo, alguna persona influyente no de Elba, reacia a las tradiciones locales, amenazaron con hacer desaparecer la invocación a la Virgen de los Desamparados y sustituirla por la de María Auxiliadora.
La novedad fue acogida con desconfianza y con incertidumbre, continuando los fieles usando familiarmente el primitivo título de Nuestra Señora dei Abbandonati» o Desamparados. En Marina del Campo el actual párroco, en vez de insistir sobre el nuevo título de María Auxiliadora, quiere restaurar el de Nuestra Señora de los Desamparados, con pleno aplauso y satisfacción de los fieles y con mayor respeto a una devoción ya tenida desde siglos en aquella isla.
Fr. Deodato Carbajo, ofm
La paz de los vivos, herencia de los muertos
Ocho mil tumbas
Cada uno cantaba como podía y alguno, más que cantar —haciendo honor a la verdad—, berreaba. Pero ¡qué bien suenan los aires españoles por tierras y carreteras del extranjero! Este singular «orfeón» lo formábamos un grupo de amigos en viaje turístico por distintos países europeos. También el sol, como queriendo tomar parte en esta juerga hispana, enviaba sus rayos con la misma intensidad que los manda aquí. Todo esto unido al marco verde y pintoresco de la campiña francesa y con unos cuantos días ante nosotros, con países por conocer, hacía que una sensación de felicidad y alegría invadiera a todos los excursionistas. ¡Claro!, que lo principal era que todos teníamos esa edad que los que la han perdido afirman que es maravillosa...
Un frenazo brusco del coche que iba delante y, como consecuencia, también del nuestro, impidió que gritásemos «¡riau, riau»!, después del estribillo que dice: «Las vacas del pueblo ya se han escapan...» El resultado fueron unos cuantos coscorrones al chocar las cabezas de los unos contra los otros, puesto que íbamos a bastante velocidad.
Al poner pie a tierra, lo primero que hicimos fue el pedir explicaciones por tan impulsivo frenazo. Alguien dijo «riau, riau» con voz débil, poniéndose la mano en el incipiente y recién estrenado chichón.
Las carcajadas quedaron cortadas cuando miramos hacia la dirección que señalaba nuestro compañero contestando a nuestra observación. Ante nosotros se extendía un inmenso bosque de cruces, alineadas, formando una tétrica formación militar. El silencio, producido al principio por la curiosidad, se fue tomando en el más profundo respeto a medida que avanzábamos.
Las palabras se negaban a salir temiendo profanar aquella paz del cementerio militar. A derecha e izquierda y siguiendo el ritmo de nuestros pasos, iban avanzando grandes hileras de cruces quedando rodeados pronto por ellas. Parecía como si, en macabro juego, los muertos hubiesen cercado a los vivos. Aquello era impresionante. Un hombre de considerable edad nos explicó que ante nosotros se hallaban enterrados ocho mil alemanes caídos en la segunda guerra mundial. Un profundo pesar nos invadió más todavía cuando leímos algunas de las inscripciones colocadas en las cruces... Veintiséis, veintidós, dieciocho años... Estas edades son las que más se prodigaban. Junto con la fecha, grabado, el nombre de quien allí se encontraba enterrado. En muchas de ellas escrita esta desgarradora palabra: «Desconocido».
Seguimos caminando muy despacio, como si tuviésemos miedo, con veneración y respeto, pues a cada paso dado pisábamos los despojos de un joven de nuestra misma edad, cuya vida fue segada por homicida metralla. El cuadro que ante nosotros se extendía se prestaba a profunda meditación.
Un grupo de muchachos que con azadas y máquinas corta-césped adecentaban el terreno llamó nuestra atención. Nos dirigimos a ellos en francés. La contestación fue en otro idioma. Uno de los allí presentes aclaró que todos los que veíamos trabajando pertenecían a un grupo de voluntarios de distintos países que aprovechaban sus vacaciones ejerciendo esta humanitaria labor; algunos españoles también habían pasado unos días en aquel campamento.
Quizá les resulte paradójico, pero el tiempo —horas— que estuvimos ayudando a estos jóvenes fue lo que dejó más grato recuerdo en nuestras mentes. Esto nos hizo ver con toda claridad que no hay fórmula más eficaz para lograr la paz y la amistad entre los pueblos que el recuerdo de quienes cayeron aniquilados víctimas de la furia y el odio entre los hombres. Fue para nosotros un momento de intensa emoción el observar cómo jóvenes de diversos países cuidaban con solícito cariño tumbas de los que hace casi veinte años fueron sus mortales enemigos.
El lugar entonces de metralla y muerte se convertía por la acción de estos muchachos en lugar de vida, de trabajo, de esfuerzo unido e ilusionado. Todos los que allí nos encontrábamos formábamos un grupo de europeos nuevos forjando lazos indisolubles de amistad, para que jamás se volviese a repetir la reiterada y sangrienta historia de los europeos viejos.
Abandonamos aquel lugar, no sin que antes resbalase una lágrima viril que fue a mezclarse con la tierra que envolvía los cuerpos de los que murieron a los veinticuatro, dieciocho años. Fue como un saludo, un «apretón de manos» a los muertos, saltando la barrera del tiempo y de los años.
Atrás quedaban ocho mil cruces con los brazos abiertos, ocho mil madres que lloraron a sus hijos, miles de novias que jamás volvieron a ver a quienes amaban. Brazos en forma de cruz a la espera de una eternidad, para volver a cerrarse estrechando a sus personas queridas...
Cuando estuvimos nuevamente en camino pudimos apreciar el gran contraste existente entre la juventud de los que yacían bajo tierra y la nuestra. La de ellos, angustia, escalofríos de muerte, sangre, horror y metralla. Nosotros, alegría, viajes, diversiones, paz.
Esta reflexión nos trajo a la memoria a nuestros muertos y comprendimos con mayor claridad que gracias a su heroico sacrificio gozamos de una juventud alegre y feliz. De nuestros labios brotó una oración por los que cayeron inmolados por la barbarie de los sin Dios para conseguir la paz que nosotros disfrutamos.
Tremenda lección para nuestras generaciones, para todos aquellos que no hemos conocido los horrores de la guerra.
Y tremenda también la responsabilidad que por ellos adquirimos, ya que los jóvenes de hoy hemos heredado una patria feliz y tranquila gracias a la sangre de los hombres y jóvenes de ayer.
Su muerte nos dio la vida.
J. Mª Gimeno Tichell
