Convento de los Padres Franciscanos de Agres

Agres y su santuario, después de haber visto a lo largo de todo el mes de septiembre bellas escenas de devoción mariana, de nuevo han sido testigos y actores a la vez de una verdadera explosión de fervor y amor a la Santísima Virgen. Esta vez con ocasión de renovar la corona de la Señora ofrecida con entusiasmo y cariño por sus hijos de la Colonia Virgen de Agres, de Valencia.

El santuario, las autoridades eclesiásticas y civiles y el pueblo todo pusieron a contribución de la fiesta a la Madre todo cuanto estaba a su alcance.

Junto al santuario y a los pies del lidonero, donde todos los años se conmemora la aparición de la Virgen, se levantó un altar con dosel a la Señora, donde se celebraría la santa misa.

La fecha inolvidable fue el día 13 de octubre. Al romper del día empezaron a llegar peregrinos concentrándose en la plaza de España. Llegaron de los arciprestazgos de Onteniente, Albaida, Alcoy y Cocentaina y numerosos grupos de Bocairente y Bañeres, sin olvidar a Valencia con la colonia veraniega e hijos de Agres residentes en ella.

A las once y media comenzó el desfile hacia el santuario. Al llegar al mismo, mientras los fieles se acomodaban arracimándose en torno al altar, las autoridades y Junta de la Colonia se dirigieron a la iglesia del convento para llevar la imagen procesionalmente al lugar preparado para la ceremonia.

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Se organizó el traslado, formando el cortejo principalmente la Filà dels Pastorets que, como siempre, llevaban la Virgen sobre andas; la comunidad de franciscanos, ahora crecida por representaciones de nuestros conventos de Valencia, Onteniente, Alcoy y Cocentaina, presididos todos por el P. Provincial. Seguía la Junta de la Colonia: la señorita Emilia Torres llevaba sobre bandeja la nueva corona. Las autoridades, con la banda de música de Agres, cerraban el cortejo.

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El P. Pacífico Sendra coronando a la Virgen

El pueblo saludó a la Virgen con vítores y aplausos. Una vez la Señora en su trono, un miembro de la Junta hizo la ofrenda de la corona a la Virgen, la cual fue depositada sobre el altar. Siguió la santa misa, celebrada por el P. Pacífico Sendra, Ministro Provincial. La misa fue cantada por los estudiantes franciscanos de Filosofía de Cocentaina, alternando con los fieles. En la misa se distribuyó la sagrada Eucaristía, en cuyo acto ayudó al celebrante el P. Juan Mª Nadal.

Virgen de Agres

Terminado el Santo Sacrificio se procedió a la bendición de la corona y coronación de la imagen, teniendo este último acto un bello pórtico en la fervorosa plática que el P. Gabriel Francés dirigió a la numerosa congregación de fieles, glosando la significación de aquel acto e indicando que aquel gesto de la Coronación de la Virgen de Agres fuera él primer eslabón de una larga cadena de ofrendas a la Santísima Virgen. La idea fue recibida con entusiasmo y aplausos, de modo que antes de acabar el acto en una colecta pro manto se recogió una considerable cantidad.

El P. Provincial procedió a la bendición de la corona y le ciñó en las sienes de la Virgen. Por último, en apoteósico acompañamiento fue conducida a la iglesia del santuario, donde los cantos, los aplausos, los vítores y las lágrimas formaban un bello conjunto llamado amor a la Madre.

El P. Superior del convento de Agres da las gracias desde estas líneas a todos y a cada uno de los que tomaron parte en esta grandiosa efemérides mariana, pidiendo a la Santísima Virgen bendiga largamente a todos sus devotos.

Fr. Gabriel Francés, ofm

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P. Gabriel Francés dirigió a la numerosa congregación de fieles, glosando la significación de aquel acto.

Florecilla franciscana. En el V centenario de San Diego

Los prodigios de la caridad

Corría el año 1456. El Arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo de Acuña había satisfecho sus anhelos de levantar un convento para los religiosos observantes del S. P. San Francisco. Y aquel día primaveral había sido inaugurado con los doce religiosos que vinieron del convento de la Salceda. Entre ellos entraba en la ciudad de Alcalá un famoso religioso leguito, que a pesar de que sus andariegas sandalias levantaran los polvos de las más recónditas y alejadas tierras, guardaban aún para esta ciudad castellana prodigios y virtudes que sin duda alguna llamarían poderosamente la atención de todos los ciudadanos.

Nacido en tierras sevillanas, a unas doce leguas de la capital andaluza, llevaba en su dejo la sal y la gracia de la tierra de Santa María. Había permanecido en una ermita, haciendo vida de penitente, cerca de veinte años, pero a los cuarenta y tres años abandonó aquel estado eremítico para ingresar en la Orden Franciscana. Fue en el austero convento de Arrizafa (Córdoba) donde tomó el hábito, pero fueron otros los conventos que le albergaron y le encendieron más y más la caridad que ardía en su pecho inflamado. Por los años de 1450 estuvo en Roma coincidiendo su estancia en los días en que ocurrió la canonización de San Bernardino de Sena. Una epidemia que se declaró ante el enorme concurso de gente que acudió con motivo del jubileo del Año Santo le deparó la oportunidad para que el celo de su caridad ardiente le diera ocasiones para ejercer sus servicios admirables y realizara cosas prodigiosas con el poder de su caridad.

Los enfermos del convento de Araceli, Curia General de la Orden y entonces enfermería de los innumerables apestados que allí se hallaban hospitalizados, contemplaron el poder taumatúrgico del santo, que con sus desvelos y sobre todo ungiendo a sus enfermos con el aceite de la lámpara de la Virgen, quedaban completamente curados. Y después fueron las Islas Canarias, que en la de Fuerteventura, en donde estuvo de guardián de los religiosos, fueron testigos de la santidad y de la virtud espectacular del santo lego franciscano que continuamente realizaba estupendos milagros de caridad heroica.

Alcalá de Henares recibía a aquel santo varón aquella mañana primaveral sin saber a ciencia cierta la fama de su extrordinaria virtud. Pero pronto los hechos notables y milagrosos le acreditaron como de un extraordinario y milagroso religioso de encendida caridad.

Era esta virtud de tan penetrante atracción, que desde el primer día de su estancia en Alcalá se dio a manifestar de un modo prodigioso.

Fray Diego ejerce casi desde el primer día el oficio de portero del convento de Santa María de Jesús que fundara el Arzobispo Carrillo, pues aunque casi siempre estuvo encargado de la huerta, a su edad avanzada le convenía desplazarle de aquel cargo tan pesado.

Los pobres de la ciudad hallaron en él un bienhechor y un refugio. Todas las necesidades eran remediadas de una manera prodigiosa, pues sabía ingeniarse recursos y medios para poder hacer frente a todas las necesidades de los pobrecitos.

Fray Diego ha salido del refectorio llevando entre las faldas del hábito algo que denota ser algún robo piadoso para sus innumerables pobres que acuden con frecuencia a la portería. El P. Guardián, que sabe de los resortes de su fecundo ingenio cuando de la caridad se trata, sospecha algo, y aunque no le disgusta que sea tan caritativo, quiere cerciorarse claramente de qué ardides se vale para salir siempre triunfante frente a las necesidades de sus pobres.

Y al verle que se desliza por los corredores con suma prisa y ligereza, camino de la portería, le detiene unos momentos mientras la esquila de la portería baila jubilosamente agitada por manos nerviosas que deben sentirse impacientes ante la espera que les parece de siglos.

—¿Qué lleva ahí?—, le dice el P. Guardián al santo portero que desea cuanto antes llegar al lugar donde repica la campanita.

—Flores—, le contesta con temblorosos labios y entre encendidos colores de rubor que tiñen sus pálidas mejillas.

—Veámoslo, Fr. Diego, pues estamos en crudo invierno y las flores no suelen exponerse tan fácilmente a los rigores de la estación invernal.

Y mientras así hablaba el P. Guardián sus manos impacientes y agitadas se abalanzaron sobre la falda del santo lego, y con enorme sorpresa dijo:

—Rosas son, en verdad, y muy bellas y fragantes. Seguramente las debe haber cortado de algún pensil levantino, pues en estas tierras duras y frías de Castilla no suelen criarse en esta época del año tan bellas y frescas.

El rostro del santo portero se cubrió aún más de carmín y rubor al contemplar el milagro que se realizaba por las palabras que acaba de pronunciar, ya que sabía muy bien que eran mendrugos de pan que tenía reservados, de su pobre y mezquina colación, para que nunca les faltara a sus pobres el remedio en sus apremiantes necesidades.

Fue una enorme y larga cadena de caridades la que fue enhebrando en los nueve años que
estuvo en el convento de Santa María de Jesús de Alcalá. Las rosas de caridad heroica que florecieron constantemente delante de los pobres necesitados, no cesaron nunca de dar perfumes por riguroso que fuera el invierno y escasa la provisión de objetos para repartir entre los pobres. Dios quiso que esa cadena fragante y heroica no se rompiera ni después de muerto. Y según la leyenda que se guarda entre los moradores de Alcalá, varios meses después de enterrado se presentó un pobre pidiendo limosna al portero, creyendo que aún era el santo fray Diego, y entonces se dio el hecho que ha pasado de generación en generación en esta ciudad castellana.

Tocó, como tenía de costumbre, un pobrecito la campana de la portería para que acudiera el portero a atenderle en su necesidad.

Esperó unos minutos rezando, como tenía aprendido del santo portero, hasta que le abrieran la puerta. Y en el momento en que se abrió, después de haber rezado varias oraciones, vio con sorpresa que no era Fr. Diego el que hacía de portero.

—¿Es que ha dejado de ser portero Fr. Diego que no ha abierto la portería o es que se encuentra enfermo?—, dijo el pobrecito.

—¿Desconoces aún la fatal noticia?—, le respondía el portero.

—¿Qué noticia?

—Su muerte.

—¿Es que ha muerto?

—Hace ya más de dos meses.

Aquella noticia inesperada destrozó su corazón apenado de tal modo que cayó casi de bruces, desfallecido y sin sentido. Nunca podía esperar noticia tan fatal. Se repuso cuanto pudo, y continuó su diálogo.

—¿Podría remediar mi necesidad usted ya que Fr. Diego ya no puede?

—Perdone, que tengo enorme prisa. La obediencia me llama a otra cosa.

—Vea si tiene algo por ahí. Tengo suma necesidad.

—Disculpe. En otra ocasión será. La ocupación me impide atenderle.

—Al menos dígame en dónde lo han enterrado para que le visite.

—Venga por aquí—, y le señaló un estrecho corredor que conducía al templo, en donde se hallaba enterrado el santo varón.

—Ahí está.

Y se alejó el Hermano portero. Mientras el pobre, hincándose de rodillas y con los ojos arrasados en lágrimas, le decía:

—Atiéndeme de muerto como lo hacías de vivo. Este portero no puede. Hazlo tú que todavía tendrás poder para ello.

Y con enorme sorpresa vio que se removía la losa funeraria y se descubría un brazo y una mano, que estrechaba una enorme hogaza de pan.

—Toma y da gracias —dijo aquel santo que estaba muerto—, pues desde la región de ultratumba aun puede la caridad remediar.

San Diego, prodigio de caridad en vida, lo fue aún mucho más después de muerto.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

V centenario de la muerte de San Diego de Alcalá

La Seráfica Provincia de Valencia-Aragón inauguró la celebración del V centenario de la muerte de San Diego de Alcalá, Patrono de los Hermanos, en la propia Casa Madre de Santo Espíritu del Monte el día de su festividad, 13 de noviembre.

El Hijo Mayor de la Provincia Fr. León Villuendas, Obispo de Teruel, realzó con su presencia la solemnidad del día: con su característica y cautivadora sencillez franciscana predicó el panegírico del Santo y desde el trono instalado en el lado del Evangelio, en donde le acompañaban el P. José Antonio Arnau, ex Ministro Provincial, y el P. Bernardino Cervera, Guardián del monasterio, presidió la solemne misa que ofició nuestro P. Ministro Provincial Fr. Pacífico Sendra.

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El Sr. Obispo de Teruel rodeado de un grupo de religiosos e invitados al fiesta centenaria de San Diego de Alcalá

Casi todos los Hermanos de la Provincia, con una representación de nuestros Hermanos capuchinos, rodeaban el altar mayor, que lucía sus mejores galas. Los coristas teólogos de Teruel, bajo la experta batuta del P. Buenaventura Oltra, interpretó magistralmente la misa de Goicoechea, deleitando a la selecta y franciscana concurrencia, entre los que recordamos al ilustrísimo señor Vicario general de Teruel D. Tomás Maicas, Sr. cura párroco de Gilet, que actuó de presbítero asistente, y don Jesús de Gregorio, además de nuestros buenos amigos el D. Juan Aleixandre, señor Alcalde de Gilet, D. Vicente García y otros muchos devotos de nuestra Seráfica Orden.

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Fr. León Villuendas, obispo de Teruel con un grupo de religiosos que asistieron a la celebración del centenario de San Diego.

Después de la refección se improvisó una íntima y familiar velada, que entre orfeones y joticas, con la actuación del teologado de Teruel y de los Hermanos postulantes y profesos, con los preludios literarios del P. Maestro de novicios Fr. Simón Sáez, se ofreció a San Diego un emotivo y sentido homenaje que fue coronado con la intervención siempre ocurrente y amena del señor Obispo de Teruel.

Como digno colofón de estos preludios centenarios, al día siguiente, 14 de noviembre, nuestro P. Provincial recibió los votos solemnes de dos Hermanos: Fr. Domingo Gascó Cervera y Fr. Mauricio Muñoz Martín.

La más cumplida enhorabuena al P. Provincial, a los Hermanos y muy particularmente a los neoprofesos, para los que pedimos al glorioso San Diego les infunda su espíritu.

El convento de franciscanos de Benisa
cumple el 350 aniversario de su fundación

Arribo de los capuchinos

Benisa, con su título de villa otorgado por Jaime I el Conquistador, ansiaba tener un convento franciscano. Unos abogaban para que la rama franciscana que viniese a Benisa fuese la de los capuchinos, al igual que otros hacían gestiones quién en pro de los recoletos y quien en pro de los observantes.

Merece recordarse cómo los recoletos habían nacido de los observantes con unas aspiraciones de mayor perfección y de mayor observancia dentro de la misma Orden. También es digno de recuerdo que, aunque observantes y recoletos habían tenido sus fuertes desavenencias, habían llegado a un tratado de concordia que brotó principalmente de un breve del Papa Gregorio XIII, expedido el 10 de septiembre de 1583. Entre las providencias acordadas estaba el que en cada Provincia franciscana hubiese un definidor por la recolección y tres por la observancia. En aquel entonces los conventos de la recolección en la Provincia franciscana de Valencia eran el de Val de Jesús, Santa Catalina de Onda, San Bernardino de Bocairente, San Sebastián de Cocentaina y San Francisco de Alcoy.

1611. Era Señor de Benisa y Teulada el barón de Calpe y de Altea y marqués de Ariza en Aragón don Francisco Palafoix. Este, en vista de la indecisión sobre la rama franciscana que escogerían para Benisa, pidió a los Padres capuchinos, dándoles la posesión de la ermita de Santa Ana. Cualquiera que conozca un tanto Benisa es sabedor de lo apartada que queda dicha ermita, enclavada en una ladera de un barranco. Es cierto que el paraje es hermoso, rico en agua y con una verde y zigzagueante huertecilla, pero sin duda debieron atemorizarse los Padres capuchinos por tal alejamiento de la villa y por aquel silencio del que pensaban que, caso de quebrantarse, sería por alguna incursión morisca. El paraje no sólo no les satisfizo, sino que les desagradó tanto que renunciaron a permanecer allí.

Arribo de los recoletos

Todavía en el año 1611. Benisa no pasaba de doscientos vecinos, como se desprende de la copia de la fundación del convento. Llegó a la villa el P. Francisco Sala, que era Definidor general de la recolección. Que fuera Definidor general se advierte en la misma copia de la fundación. El P. Sala platicó con unos y con otros y por fin se decidió la fundación a su favor. El 13 de noviembre de 1611 llegaron a Benisa, junto con el P. Sala y el P. Pedro Salvador, que venía en calidad de Presidente, los Padres Esteban Mas y Francisco Ortolá, y los Hermanos legos Fr. Jaime Belda, Fr. Juan Payá, Fr. Jaime Ivars, Fr. Bernardino Berlanga y Fr. Juan Jornet. La villa los recibió con vivas muestras de cariño y de entusiasmo. De momento, y hasta que se preparase un lugar fijo para su habitación, todos estos religiosos se hospedaban en casas de seglares. Era de ver cómo todos querían obsequiarles y tenerles en su compañía.

Ya con fecha 11 de noviembre de 1611 el Ministro Provincial P. Luis Pellicer había elegido y nombrado por síndico a Francisco Ivars. Con la misma fecha concedía la licencia y facultad para la fundación don Baltasar de Borja, oficial y Vicario general de esta diócesis.

El terreno para la fundación había sido donado por Andrés Ivars, a quien se conocía vulgarmente por lo Povil. Su situación era junto a los muros de la villa y a unos trescientos codos del camino real de Calpe. Nos consta incluso de quienes eran los campos contiguos.

El documento de fundación nos cita a Jerónimo Mulet, procurador general de don Francisco Palafoix, así como a los que estaban constituidos en autoridad e intervinieron en la fundación. El rector de la parroquia era don Juan Bautista Feliu. Dicho documento lleva la fecha de 11 de diciembre de 1611.
A la ceremonia de toma de posesión del terreno sobre el que se levantaría el convento acudieron todos los presbíteros de la iglesia parroquial y otros religiosos de la Compañía de Jesús, cantándose con extraordinario gozo y alegría el tedeum. En nombre de los franciscanos recibió la posesión Francisco Ivars, síndico apostólico. Para evitar en la posteridad litigios y controversias fue entregada la posesión con algunos capítulos, pactos y condiciones que constan en lengua valenciana en el documento de fundación.

En el hospital

1 de enero de 1612. Con esta fecha se colocó en una capilla del hospital el Santísimo Sacramento, y a partir de aquel momento habitaron allí los religiosos que habían venido para la nueva fundación.

En el documento de cesión de los terrenos, firmado en 11 de diciembre de 1611, ya se hablaba de que la villa, de momento, les había dado para vivienda suya el hospital. Esto hace suponer, apoyados además en alguna expresión del P. Martínez Colomer, que desde que se firmó dicho documento hasta que llegó el 1 de enero de 1612, el pueblo se había dado al arreglo y adecentamiento del hospital.

Nos sorprende que una de las condiciones puestas a los frailes en el documento tantas veces citado fuera que, puesto que el hospital se destinaba a recibir a los pobres y a los viajeros, las autoridades del pueblo, si así lo creyeren oportuno, podrían cambiar a los franciscanos a otro lugar más conveniente o a donde fueren más necesarios.

Es aquí donde el historiador franciscano P. Martínez Colomer, hijo de Benisa, nos relata el por qué del lugar escogido para la fundación así como también la controversia acerca del título de la dedicación. En cambio, la escritura de cesión de terrenos, firmada en diciembre de 1611, ya hablaba de todo esto. Ambas fuentes históricas coinciden en que el convento se construyó donde hoy se encuentra y no en otro lugar más abajo del hospital, tal como se había resuelto.

Sobrevino un hombre digno de crédito, cuyo nombre no nos ha llegado, y manifestó que en aquel lugar «había visto algunos años antes suspenso en el aire un trono de nubes refulgente, y sentada en él una bellísima Señora, a cuyo derredor veía un ciprés, una palma, un cedro y toda aquella variedad de insignias que significan las gracias y dones que derramó el Señor en el alma de María Santísima desde su Concepción inmaculada: que sabían muy bien que aquel bosque había sido siempre, y era también entonces, el asilo de la impureza, donde se abrigaban los Moros en sus correrías, se entregaban a voluptuosos placeres, y armaban lazos a la castidad de las doncellas cristianas; y en suma, que no había crimen que no se fraguase a la sombra de aquellos árboles: a cuya causa, supuesta la aparición de la Reina Santísima, era de parecer que el convento debía erigirse en aquel mismo sitio, para que si hasta entonces había sido teatro de ofensas contra el Señor, fuese en adelante un asilo de piedad donde se le tributasen continuamente cánticos de alabanza». (P. Vicente Martínez Colomer, Historia de la Provincia de Valencia de la Regular Observancia de S. Francisco, tomo I. págs. 353-54.)

Surgió una controversia. ¿Qué titular tendría el nuevo convento? Unos abogaron por San Buenaventura y otros por San Luis Obispo. Conviene recordar que el Padre Provincial se llamaba Luis y que este fue el motivo de que el convento de Chiva, que también se había fundado durante su gobierno, se dedicase a San Luis. También tomó cartas en el asunto el marqués de Ariza, Señor de Benisa, quien argüía que, cuando él dio el permiso para fundar, había puesto la condición de que debía dedicarse a la Asunción de María.

A todo esto Benisa, que todavía no tenía su Purísima Xiqueta, celebraba con todo esplendor, incluso con procesión, la fiesta de la Asunción de María. Y este fue el argumento del P. Pedro Salvador, Presidente de la comunidad, para que se cambiase el título por el de la Inmaculada Concepción, ya que el clero y pueblo de Benisa deseaba asistir tanto a la fiesta de la parroquia como a la del convento, y de celebrarse en un mismo día sería imposible tal asistencia.

15 de julio de 1612. Procesionalmente salió del hospital el clero, la comunidad, el Ayuntamiento, los vecinos de Benisa y muchos más de lugares cercanos. Subieron al altozano dónde debía asentarse el convento. La primera piedra fue puesta por el P. Francisco Sala, definidor; la segunda, por mosén Juan Bautista Feliu, párroco, y la tercera, por los jurados.

Viviendo todavía los frailes en el hospital, el P. General, Fr. Juan del Hierro, después de haber presidido el Capítulo Provincial giró visita por la Provincia. Tal gira la concluía a principios de 1613 y quedaba altamente edificado de la extraordinaria pobreza de los frailes que habitaban en el hospital.

En el convento

23 de septiembre de 1613. Esta era la fecha fiada para la inauguración del convento. Se invitó al P. Provincial, que lo era entonces el P. Miguel Juan de Cabañes, natural de Tarazona. Aceptó la invitación. Acudieron también muchos guardianes de la observancia, la mayoría de los religiosos recoletos de los conventos de la Provincia y un numeroso clero comarcal. Se llevó procesionalmente el Santísimo Sacramento del hospital al convento. A continuación hubo misa solemne. Predicó el P. Ambrosio de Molina, no Antonio de Molina, como consta por equivocación en el necrologio de la Provincia. En su nota necrológica se dice: «Orador sagrado de renombrada elocuencia que predicó el sermón en la inauguración de la iglesia del convento de Benisa (1613).» He aquí otra equivocación de dicho necrologio, puesto que la inauguración de la iglesia del convento se hizo en 1619, y todavía es posterior la fachada de dicha iglesia y su campanario. En una piedra angular de éste, a unos cuatro metros de altura, se lee: «Año 1624».

El P. Manuel Fabregat nos dice en su libro Benisa y su Patrona la Purísima Xiqueta, página 24: «El convento se hizo en casi un año, según el cronista.» Sin duda hace referencia al P. Martínez Colomer, mas en éste sólo se aprecia una expresión muy ambigua. Recuérdese, además, que la primera piedra del convento se colocó el 15 de julio de 1612 y que la inauguración del mismo se hizo el 23 de septiembre de 1613, hace 350 años.

Fr. Agustín Baselga, ofm.

Cuento de Navidad

Fue una helada tarde de invierno. El sol, que durante el día había logrado enviar a la tierra algunos débiles rayos, ya caía tras la montaña.

Las calles del pueblo aquel estaban casi desiertas; sólo en el templo, en la parroquia de aquel lugar, había bullicio y algarabía.

Naturalmente; el último día de las posaditas habían terminado y los niños lo celebraban en el atrio de su iglesia quebrando piñetas, de cuyos senos desgarrados caían los ricos dulces que los niños con avidez se abalanzaban a recoger.

Terminadas las piñetas, aquel grupo de chicuelos se dispersó, juntándose únicamente los vecinos (o de «barrio»), y charlaban y se contaban sus hazañas mientras llegaban a sus casas donde ya su mamá esperaba a su querido hijito para que le dijera lo que el Padre les había dicho sobre el Niño Dios o le contara sus aventuras en las piñetas, para luego pasar al comedor a celebrar, en conjunto toda la familia, la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios con la rica cena y buñuelos que mamá con todo esmero había preparado.

Llegó la noche.

La iglesia ha quedado solitaria; sólo en su atrio se ve un pobre chiquitillo vestido con ropas todas desgarradas, a través de las cuales se deja ver su flacucho cuerpecito. También él había asistido a las piñetas; pero por su debilidad temió ser pisoteado, por lo que no se atrevió a entrar en las bolas y ahora buscaba, entre los restos de las piñetas, algún dulcecillo que por allí hubiere quedado.

Después, no teniendo hogar a qué ir, se retiró a un rincón del atrio para que los muros lo resguardaran un poco del frío, mientras se llegaba la hora de la misa de media noche, pues su madre, antes de morir, mucho le había encarecido que nunca faltase a esa misa del año para que el Niño Dios lo hiciese bueno y semejante a Él.

Y allí en un rinconcito, mientras los demás niños gozaban en sus casas, él, tiritando de frío, recordaba aquellos días felices en que su madre, en los días de Navidad, se sentaba cerca de su lecho y le contaba tantos hermosos pasajes referentes al nacimiento e infancia del Salvador...

Y también ahora se conmemoraba, como en los años anteriores, la misma festividad alegre y divina, sólo que él ahora tenía por lecho la dureza y frialdad de la piedra y por compañera... su propia soledad.

Y así, en esos recuerdos y consideraciones pasó el tiempo y la hora de la misa de media noche llegó.
Javier —que así se llamaba— se levantó de su rincón, y dejando allí su bolsa con sus cuantos pedazos de pan duro, entró en la iglesia cuando el sacerdote llegaba al altar.

Durante la celebración del Santo Sacrificio estuvo muy atento y devoto, lo que es raro entre los niños de su edad; y sólo despegaba la vista del sacerdote para mirar el nacimiento del Niño Dios representado a un lado del altar.

Y allí, en aquella representación del verdadero establo de Belén, en su arrobamiento de amor, Javier, el pobre niño, vio que el Niño Jesús le miraba y sonreía, mientras el coro dulcemente cantaba: Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex María Virgine. Et homo factus est... De ese modo el Señor premiaba su gran fe y amor.

Terminada la misa sale el niño de la iglesia y va a recoger su bolsa para más tarde ir a conseguir el pan de cada día.

Mas al acercarse a su bolsa desconoce su contenido, pues en vez de los duros pedazos de pan que él había dejado, encuentra una grande caja, sujeta y adornada artísticamente con unos listones.

Aquello era, sin duda alguna, un regalo que alguien le había allí dejado; él toma la caja para abrirla, pero al sacarla de la bolsa nota que de uno de los listones pende una tarjetita en que están escritas las siguientes palabras:

«Mi querido amigo Javier: He visto la paciencia con que has soportado tus sufrimientos y he probado tu grande fe y amor hacia Mi, y en premio, hoy que en la tierra se conmemora mi nacimiento, te doy este regalo.

»Tu amiguito que siempre te espera en el Sagrario,

El Niño Jesús.»

En el rostro del niño se dibujó una alegría, y apretando el pequeño bulto contra su pecho y besando aquel brístol, fue con su «Amiguito» al templo a mostrarle su gratitud.

...Y fue así cómo aquel pequeño niño pobre pasó la más feliz Navidad...

Antonio González


Luces en el misterio

(Continuación)

—Para servirle ya me tiene aquí presente. Ni dudar de que le he de ser todo lo fiel que pueda.

—No me refería a eso. Más bien la quisiera por esposa—, le declaró con decisión el hombre.

Etelvina, que así se llamaba el ama, experimentó conmoción general agradable al oírse aquello. Llevaba en la mano derecha una cafetera, pues era el momento de tener que servir el desayuno al Remolino. Con el pulso tembloroso por efecto de aquellas palabras se dispuso a servir. El café con leche caía en el tazón describiendo el chorrito a modo de culebrinas, mientras hablaba al amo a este tenor:

—Yo, a mi edad, sepa, señor Juan, sepa que no estoy para aguantar bromas.

—No lo digo de broma; va de veras.

Dejó el ama la cafetera sobre la mesa, cogió instintivamente una silla y se sentó sin pensar lo que hacía, junto al Remolino y, con las manos juntas sobre la mesa, le miraba fijamente al rostro, a la vez que decía:

—Pues si de veras va, ¿cree usted que después de trasladarme aquí, a esta su casa, puedo negarme a una pretensión que me favorece?

El Remolino trató de asirle las manos y no pudo, porque ella las retiró, como advirtiendo el peligro. Se levantó como un resorte de la silla. Derecha y a distancia conveniente oyó con placer la confirmación por parte de él, con la que quedaba segura de que efectivamente la pedía en matrimonio. Fue esta significativa expresión:

—Mil gracias le doy a usted por su asentimiento y por el reconocimiento del beneficio que quiero hacerle en paga de sus servicios, prendado de sus bondades.

—Pero ¡cuidado con propasarse antes de que se realice nuestro enlace ante el altar, señor Juan!—, dijo Etelvina con cierta energía amenazadora mezclada con un gesto de dudas.

—Usted estará conmigo en el plan actual hasta que se realice nuestro matrimonio—, le respondió el Remolino en tono de seriedad que no infundía duda.

—Pero, señor Juan, tenga juicio para que nadie pueda escandalizarse de nosotros durante nuestras relaciones; que si no seremos objeto de justas murmuraciones y de hablillas ridículas a nuestra edad—, reiteró temerosa el ama.

—De eso, ni preocuparse. El recato que usted exige es de razón, y me hago cargo de todo. De usted querer, nadie se dará cuenta del caso hasta vísperas de la boda, porque, además de las cautelas convenientes, pediremos dispensa total de las amonestaciones.

—¿Le parece bien?

—Bien del todo.

—Pues esté con don Tomás para pedir sus papeles sin que nadie se entere.

—Hoy lo dejaremos estar; pero mañana en casa del cura trataré de hablarle y, con todos los secretos, se hará nuestro expediente sin que nadie se entere.

Conformes se quedaron los dos tan de repente, porque si uno lo deseaba, el otro más. Los dos eran juiciosos y estaban en todo. A ello les obligaba la edad. El Remolino creyó que todo era cosa de coser y cantar; y aquel día por la noche se fue a casa de don Tomás creyendo le daba una sorpresa agradable; pero don Tomás, que era maestro en experiencia, sabiendo que el Remolino esperaba poco a realizar sus decisiones, ya le esperaba de un día para otro desde que supo que la leñadora estaba a su servicio. Así que en cuanto le vio asomar por su despacho le dijo el cura:

—Ya esperaba viniera tan pronto.

—Pero esta vez vengo con la solución muy satisfecho y no a pedir consejo—, dijo el Remolino con aire de orgullo.

—¿Encontró por fin lo que quería?—, le interrogó don Tomás a la vez que con un ademán con la derecha le hacía indicación para sentarse en el sillón que tenía dispuesto junto a la mesa, de frente al suyo, a fin de hacer más cómodas las entrevistas con los visitantes.

—A satisfacción, don Tomás—, respondió el Remolino al mismo tiempo que se dispuso a sentarse obedeciendo al deseo del cura.

Y relató el Remolino por menudo todo el proceso de la elección y las circunstancias de la petición de mano, sin dejarse una, durante el cual se le veía creciendo en entusiasmo. Terminó al fin con esta pregunta:

—¿Qué le parece a don Tomás mi futura mujer?

—Que ha elegido con mucho acierto—, contestó el cura inmediatamente.

—¿De veras que cree que me conviene?

—Me podré equivocar, pero a juzgar por lo que de ella he sabido, esa mujer es excelente y para usted ni que fuera hecha de encargo.

—Entonces, ¿aprueba usted mi matrimonio con ella?

—Por supuesto —respondió don Tomás—. Estoy seguro que no tendré que arrepentirme de bendecir la boda. La creo hasta providencial.

Al oírse esto el Remolino se mordió el labio superior, conteniendo una vehemente corriente interior de alegría y se apoyó con los brazos cruzados a la altura del pecho sobre la mesa escritorio de don Tomás, a quien apremió en seguida la apertura del necesario expedienteo y la petición a la Curia diocesana de la dispensa de las tres amonestaciones. Don Tomás, ante tal decisión, dio muestras también de contento y le dijo:

(Continuara)

Enrique Barrachina Gil, Pbro

Noticias franciscanas

¿Un milagro de Casimiro Barello en Alcoy?

Alcoy (Alicante), ll-X-63 (por José Ases Catalá, corresponsal de la Agencia Cifra). — Una sorprendente curación se ha producido recientemente en esta localidad en la persona del niño de tres años Jaime Ribes Valero.

Este niño venía padeciendo inflamación ganglionar, hasta que el pasado año entró en fase de extrema gravedad. El reconocimiento hecho por varios médicos dio el diagnóstico de meningitis tuberculosa, seguida de convulsiones, rigidez y parálisis. Al quedar inconsciente y con total pérdida de los sentidos, médicos y familiares perdieron la esperanza, recurriendo entonces a la fe que sienten todos los alcoyanos en el peregrino penitente franciscano Casimiro Barello Morello, fallecido en esta localidad en 1884 en olor de santidad y cuya causa de beatificación está en curso. Una reliquia de este italiano siervo de Dios fue colocada bajo la cabeza del pequeño, así como una estampa sobre el pecho. Rápidamente se produjo una positiva reacción en el pequeño que comenzó a moverse, abrió los ojos y poco después podía tomar algún alimento.

El niño ha recuperado el habla, oye, mueve los miembros y se encuentra prácticamente bien. Los médicos, sorprendidos, no han encontrado ya vestigio alguno de la meningitis tuberculosa que padecía. La información testifical del caso, firmada por familiares y doctores, ha sido enviada a Roma para la causa de beatificación del siervo de Dios Casimiro Barello.

Desde Chelva

El 13 de octubre se verificó, con numeroso concurso de terciarios y fieles, la fiesta del Seráfico Padre. Antes de la función vespertina se bendijeron solemnemente los altares de San Antonio y de Santa Isabel-San Luis, recién decorados y que han sido la admiración de todos. Los apadrinaron, respectivamente, las celadoras de las capillitas domiciliarias de San Antonio y las Juntas de Hermanos y Hermanas de la V. O. T.

Nueva fundación misional de la provincia franciscana de Holanda

Podemos comunicar la grata noticia de que nuestros frailes, después de varios siglos, han podido regresar a Suecia.

Después de la petición del Sr. Obispo de Taylor (Estockholm) y de la aprobación de nuestro P. General, el P. Provincial de la Provincia Franciscana Holandesa mandó allí al P. Canuto Hanssen, O. F. M., oriundo de Noruega. Dicho Padre ha establecido su sede en la ciudad de Linkóping, que antes podía llamarse ciudad franciscana, pues la iglesia Catedral, antes de la Reforma Protestante, era iglesia franciscana, construida por los Frailes Menores y administrada por ellos durante varios siglos, hasta que fueron expulsados por los protestantes. Además, algunas calles limítrofes a la Catedral tienen hasta hoy nombres franciscanos, como calle de los Frailes Menores, calle del Convento, etc.

La ciudad de Linkóping tiene unos 70.000 habitantes, de ellos muy pocos son católicos.

El P. Canuto ha podido comprar la antigua casa, que es muy grande. Desde el huerto de esta casa se pueden ver reliquias que aún quedan del antiguo convento.

No consta cuándo fueron a Suecia los primeros frailes, pero se sabe que en 1282 en la región de Dacia habían 57 casas de nuestra Orden. Dios haga que prospere la nueva fundación,