¿Dónde está el sepulcro de la Virgen?

Un primer trabajo arqueológico, siguiendo las indicaciones de la mística alemana, parece dar la razón a Éfeso

Entre Jerusalén y Éfeso, ciudades que se disputan el honor de haber presenciado los últimos años de la vida de la Virgen en la tierra, ¿cuál tiene razón?... Es extraño que poseamos tan pocos datos históricos exactos sobre el fin terrenal de María. Desde que Cristo confió su Madre al discípulo amado, la lógica nos permite suponer que la Virgen acompañaría a Juan en sus diversos desplazamientos. Puesto que la estancia del Apóstol en Éfeso es comúnmente admitida, parece normal que María viviera y expirara en esa ciudad. Sin embargo, tradiciones orales tenaces pretenden que nunca la Virgen salió de Jerusalén. La Iglesia ortodoxa griega, en particular, defiende esta hipótesis.

Asunción de María

Ciertas investigaciones arqueológicas realizadas siguiendo las indicaciones de revelaciones privadas, parecen dar la razón a los de Éfeso Famosas son las visiones de la mística alemana Catalina Emmerich, que describió detalles de la Pasión con los más vivos colores. Estas visiones no han sido admitidas oficialmente por la Iglesia —por razones de prudencia que son de suponer—, pero tienen gran interés. Y basándose en ellas se ha escrito una «Vida de la Virgen», en la que dice:

«A unas tres leguas de Éfeso, a la izquierda de la carretera que viene de Jerusalén, sobre una montaña situada al sur, desde la que se ve, a uno y otro lado, Éfeso y el mar, está la casa de la Virgen. Detrás se elevan grandes rocas. Junto a ella se encontraba una casa palacio, donde vivía un amigo de San Juan.

»La casa se componía de dos habitaciones, anterior y posterior. La de atrás terminaba en semicírculo, y sus ventanas estaban situadas a gran altura. La otra habitación era más oscura que la primera.»

Esta «Vida de la Virgen» cayó hacia 1890 en manos de la Superiora de las Hermanas de San Vicente de Paúl del hospital francés de Esmirna, quien la puso a disposición del capellán J. Jung. Este Padre, deseando desvelar el misterio, organizó una expedición al macizo montañoso. Le animó más el hecho de que los habitantes de una pequeña aldea cercana a esa montaña, que a sí mismos se tienen por auténticos descendientes de la primitiva cristiandad de Éfeso, sostuvieran, contra el parecer del resto de los ortodoxos, que la Virgen murió en Éfeso

El caso es que el P. Jung encontró la casa que la, visionaria alemana cita como de la Virgen, y tal como la cita: junto a unas rocas, en un sitio desde el que se ve Éfeso y el mar, y con dos habitaciones, una más oscura y la otra con altas ventanas y un semicírculo al fondo. También encontró, con gran placer, que los lugareños seguían conservando tradiciones marianas y que celebraban el día 15 de agosto la fiesta llamada de «La dormición de María».

Fr. A. Corredor, ofm.

Proceso de beatificación y declaración de martirio de cuatro religiosos franciscanos


A las doce de la mañana del día 21 de junio de 1966 se celebró en el salón del trono del Palacio Arzobispal el acto de apertura del proceso informativo ordinario de declaración de martirio de los reverendos padres Pascual Fortuño, de Villarreal; padre Plácido García Gilabert, de Benitachell; fray Alfredo Pellicer Muñoz, de Bellreguart, y fray Salvador Mollar Ventura, de Manises, que ofrendaron su vida en testimonio de la fe durante la revolución marxista.

20

Las personalidades que constituyen el Tribunal del proceso, emiten su juramento ante el señor Arzobispo.

El acto fue presidido por el señor arzobispo, doctor don Marcelino Olaechea Loizaga, acompañado del señor obispo de Teruel, padre León Villuendas Polo, y el doctor Peregrín Luis Lloréns Raga, canónigo archivero de la catedral de Segorbe, que representaba al obispo de aquella diócesis.

Con el tribunal, asistieron a la ceremonia el padre Provincial de los Franciscanos P. Pacífico Sendra Oltra; ex Provincial, P. José Antonio Arnau; Definidores Provinciales; una representación de los Padres Capuchinos; superiores de las casas franciscanas de Valencia, Carcagente, Benisa, Onteniente, Santo Espíritu del Monte, Teruel, Segorbe, Cullera, Cocentaina, Pego y ViIlarreal; representaciones de estas localidades y Terceras Ordenes de las mismas; familiares de los mártires, amigos y admiradores de los mismos.

21

Representación de los familiares de los mártires y hermanos de religión admiradores de su heroísmo

Fue iniciado el acto por el canciller secretario, don José Richart. El tribunal quedó constituido del siguiente modo: Juez delegado, don Antonio Puig; jueces adjuntos, don José Santarrufina y don Arturo Almar; promotor de la fe, don Baltasar Argaya; vice-postulador, padre Jesús Sanjuán, O. F. M.; notario, actuario y adjunto, don Adolfo Domínguez y don Alfredo Candel; y cursos, don Luis Giner.

El vicepostulador, padre Jesús Sanjuán, hizo una semblanza de los cuatro mártires —entre los cuarenta franciscanos que dieron su vida por la fe durante la revolución marxista— y dio las gracias al señor arzobispo y a todos los presentes por la apertura del proceso de beatificación. Luego de celebrarse el juramento de los miembros del tribunal ante el señor arzobispo, el padre Villuendas Polo pronunció unas palabras de elogio para el señor arzobispo, que fueron cariñosamente interrumpidas por nuestro querido prelado; el padre Villuendas subrayó la honra de la Orden Franciscana por sus mártires y prometió sus oraciones por el feliz éxito de la causa.

El doctor Olaechea felicitó a la Orden Franciscana por sus nuevas cuatro joyas, destacando que contaba con muchos mártires, sobre todo en las misiones. Felicitó a los familiares y amistades de los mártires, estimulando a todos los presentes a acercarse más a Dios y a ser testigos vivos de Cristo. Se refirió a la ejemplaridad del padre Villuendas y con él impartió la bendición a los reunidos en el salón del trono, que estaba rebosante de público.

22

Dos sobrinos franciscanos de Fr. Alfredo Pellicer, mártir, saludan al señor Arzobispo.

23

El señor Arzobispo abraza cariñosamente al P. Villuendas, hermano en el episcopado.

¿Cómo te llamas?

Roque (16 de agosto). Confesor, muerto en 1327.

Por su robustez al nacer, recibió el nombre de «roca». Hijo del gobernador de Montpellier. A la muerte de sus padres, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco, distribuyendo sus cuantiosos bienes entre los pobres.

Por este tiempo se extiende la peste en Italia. Acude a Roma, prodigando sus desvelos a los enfermos hasta que él mismo es preso de la peste. Vuelve a su ciudad natal, donde no es reconocido. Denunciado como espía, muere en total abandono en la cárcel.

Invocado contra las enfermedades, es muy venerado en el mundo rural.

Elena (18 de agosto). Emperatriz, muerta el año 329.

Nacida en una casa de campo de Nicomedia, de humilde familia, contrajo matrimonio con el general romano Constancio Cloro. Fruto de esa unión fue Constantino, futuro emperador de Roma.

Repudiada por su esposo, aceptó resignada su desgracia. Parece que no se bautizó hasta después de la milagrosa victoria de su hijo, tras la aparición del «lábaro». Hizo un viaje a Tierra Santa, en el que descubrió la Cruz de Jesús y prometió la construcción de grandes basílicas.

Su nombre (de «hellenos») significa «griega».

Luis de Anjou (19 de agosto). Obispo, muerto el año 1297.

De familia real, descendiente de San Luis, rey de Francia.

Sufrió desde niño las consecuencias de las guerras y luchas políticas, estando prisionero siete años del Rey de Aragón. En una grave enfermedad hizo voto de ingresar en la Orden Franciscana. Para cumplirlo renunció a la corona de Napóles.

Recién ordenado sacerdote, fue nombrado obispo de Toulouse. Un año después, tenía veintitrés, falleció lleno de méritos y virtudes.

Luis tiene su origen en una palabra germánica que significa «guerrero», «héroe».

Bernardo (20 de agosto). Abad, muerto el año 1153.

Una de las más grandes figuras de la Edad Media. Ingresó, llevando con él treinta compañeros, en el monasterio de Cister. Abad de Claraval a los 25 años, fue el verdadero fundador de la Orden Cisterciense, que a su muerte había pasado de uno a trescientos cuarenta y tres monasterios.

Su ciencia le hizo acreedor al título de «doctor melifluo», ya que iba acompañada de gran afectividad. Su influencia abarcaba toda Europa y todos los campos: el religioso, el cultural, el político...

Es admirable por su devoción a María. Su nombre, de una palabra teutónica, significa «atrevido como un oso».

Bartolomé (24 de agosto) Apóstol y mártir, siglo I.

Su nombre, derivado del arameo, quiere decir «hijo de Tholmai». También es llamado en los Evangelios, Natanael, «don de Dios».

Jesús le elogió como «un verdadero israelita». Según la tradición, predicó el evangelio en Mesopotamia, Armenia y Persia. Fue mandado desollar vivo, y luego decapitado en Areobanos.

Patrono de los armenios y, por las circunstancias de su martirio, de los carniceros y curtidores

Dominguito del Val (31 de agosto) Mártir, año 1250.

El patrono de los monaguillos nació en Zaragoza, hijo de un notario. Desde muy pequeño sirvió en la catedral como acólito y cantor del coro.

En aquel tiempo quien llevaba a la sinagoga un niño cristiano era librado de penas y tributos. El usurero Mosé Albayucet raptó a Dominguito. Confesor intrépido, a pesar de sus pocos años, de su fe, fue crucificado por los judíos y después mutilado. Un milagro hizo posible recuperar su cuerpo, arrojado al Ebro.

Su nombre es un diminutivo de Domingo (del latín «dominicus dies», «día del Señor»).

Esteban (2 de septiembre). Rey de Hungría, muerto el año 1038.

Bautizado a los diez años de edad, fue quien dio arraigo definitivo al cristianismo en el pueblo magyar. Consiguió de Silvestre II la instauración de la jerarquía. Levantó iglesias y monasterios.

Fue también el forjador del reino húngaro, obteniendo brillantes victorias militares. Los últimos años de su vida fue probado con desgracias familiares y dificultades, que acrisolaron su virtud.

Su nombre (del griego «stephanos») significa «coronado».

Amado (13 de septiembre). Abad, muerto alrededor del año 630.

Nació en Grenoble. Muy niño aún, fue llevado a un monasterio, en el que se ordenó sacerdote y vivió treinta años de vida religiosa. Deseoso de mayor soledad, hizo vida de anacoreta en una montaña. Más tarde fue hecho abad del monasterio de Remiremont. Por su virtud fue realmente amado de Dios y de sus monjes.

Sin intención de herir

Tras los debates conciliares, muchos cristianos se han quedado esperando a ver qué resolución tomaban ante las nuevas orientaciones impuestas desde el alto tribunal conciliar en beneficio de las conciencias; algo así como las huestes políticas que esperan la orden del Jefe, sin las cuales no se mueven a obrar. Pero la conciencia se ha de enfrentar con la vida y sus vicisitudes morales mucho antes de la llegada de dichas jerarcas normas.

Los cristianos poco aficionados a pensar por su cuenta y que les tiene sin cuidado los acuerdos del último Concilio Vaticano, suelen cerrar pronto el diálogo con un «nosotros somos de los antiguos, de los que no mudan nunca». Todo lo demás, para ellos es o «manga ancha» o infiltración comunista. Así, el que intente airear los recovecos tradicionales de la «mala Iglesia» para purificarlos de tanta carroña y abrirse a Dios, a la religión con más sinceridad y coherencia, y libre de paternalismos e hipocresías..., etc., pasará por un peligroso inconformista o reformador a quien hay que poner en cuarentena... ¿Dónde vamos a parar esgrimiendo tan fútiles argumentos...?

Se ha dicho y repetido que cada pueblo suele tener el gobierno que se merece, e igualmente podríamos decir también que a cada alma acuden peculiares sueños, según sea su carácter o idiosincrasia. Como a mí me gusta saber el fin a que tienden las cosas..., el otro día tuve un sueño acerca del amor, en su más honesto sentido, ¿eh? En un pequeño escenario había una pareja de jóvenes que simulaban una especie de «flirt», y yo tenía que decir si aquello era el amor: una sonrisa, un abrazo, unos gestos; yo respondía con negativas: «Eso no era el amor, aquello otro tampoco». «Entonces —exclamaron los circunstantes—, ¿qué es el amor...?».

—Nada más ridículo —respondí— que intentar demostrar la esencia del amor. Como no se puede enseñar a nadar, ni a andar, ni a comer, sino nadando, andando, y comiendo..., tampoco el amor tiene asignatura: se ama, y nada más. Cuando a los «principios» les sobra mucha evidencia..., no se pueden demostrar. Por eso San Agustín, aquel corazón chispeante de puro amor, escapando un poco de las discusiones teológico-morales y resumiendo su catequesis, decía a los fieles: «Amad a Dios y haced lo que queráis». ¡Qué sentencia más ejemplar y honda!...

Cuando este amor cala en el corazón y es verdad, como café café, y no como café-achicoria..., todo marcha bien y a puertas abiertas, y se puede permitir cierta libertad a las criaturas, como esas hijas de familia bien formadas, a quienes sus padres les dan las llaves de casa, sin ulteriores preocupaciones...
Se va haciendo política rastrera de nuestra religiosidad, el más noble de los sentimientos humanos, y sus miras sólo deben ir a Dios y a la Verdad. Cuando los hombres buscan sinceramente la Verdad, y sólo la Verdad... ya no hay rencillas, ni envidias, ni pugnas por ostentar estultas hegemonías, indignas de un cristiano. Tales pequeñeces sólo arraigan y fructifican en almas adheridas al «obscuro», instinto, que impide el raudo vuelo del espíritu a las regiones inmortales del Sumo Bien platónico, desde cuya plataforma nuestras vulgares disputas semejan chismes de mercado...

Aquella madre de los dos discípulos de Jesucristo, que se adelantaba pidiendo para ellos dos puestos en el cielo..., le rearguyó el Divino Maestro, diciéndole «si eran capaces de soportar lo que Él iba a sufrir...?». Así también nosotros —si tan aferrados estamos a lo antiguo— debemos preguntarnos si estamos dispuestos a soportar aquellas antiguas penitencias, tales como el corte de la lengua, por una blasfemia; la decomisión de bienes, por un desliz burlón; o seguir a otro con la soga al cuello hasta la iglesia, por un prejuicio de seudo-herejía...?

Vivimos tiempos de integración y no de separación. El amor auténtico no tiene adjetivo, como el agua potable tampoco lo tiene: son simplemente amor, agua; y, como todos los entes creados por Dios, son buenos. Pero el excesivo entusiasmo de los hombres les llevó a ponerles calificativos, cual modernos detergentes sin pensar que un día causarían fastidio y repulsión entre colegas. Y si no, veamos: ¿en qué situación quedan los simplemente maestros, médicos o periodistas, ante sus respectivos colegas: maestros católicos, médicos católicos y periodistas católicos? ¿No son también católicos aquellos otros?

Como en los números quebrados, hemos de ir simplificando hasta llegar al común denominador, en que los hijos de Dios sean eso sólo: «Hijos de Dios» por el amor. El enjuiciar al prójimo antes de hora —¿y cuándo será hora de enjuiciar?...— es muy peligroso y expuesto a garrafales errores. María de Magdalena, la pública pecadora, no debió de llevar en su bagaje espiritual una lista muy grande de buenas obras hasta su encuentro con Jesucristo; pero... bastaron tres segundos —el tiempo que tardaron sus fervientes lágrimas en bañar los pies del Divino Maestro— para escuchar el más sublime de los consuelos que puede recibir un mortal:

«¡Porque amaste mucho..., se te perdonó todo...!».

¡Misterios inefables de la divina economía!

Rafael Durá Marín

Un sí al amor

«Sí». He aquí una palabra sencilla, pero bella e importante en extremo.

Por un Sí a su Voluntad Divina, hizo Dios el mundo maravilloso en el que vivimos. Mundo visible e invisible, que nuestra pequeña razón nunca acabará de comprender en toda su magnitud y belleza.

Por un Sí de Jesús al Padre se encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen, que tan generosamente supo decir aquel «fiat», el más excelente que pueda pronunciar criatura alguna. Fiat que equivale a Sí; sin reservas, con alegría, con pleno abandono al beneplácito divino. Por ese Sí tan completo tuvo pleno desarrollo el Sí de Jesús, Dios hecho Hombre, que tan colmado de Amor llevó a cabo el Misterio de la Redención para bien de todo el género humano; criaturas todas salidas de las manos de Dios, hechas verdugos perennes de su Amor y Misericordia.

Por un sí de nuestros padres a la voluntad de Dios venimos nosotros al mundo. Y nuestra razón de ser tiene su origen en toda esa sucesión del sí que fácilmente truncamos cuando salimos de ese orden —de servir y amar a Dios—, por el cual hemos sido creados. Y nunca sabremos en su exactitud el trastorno que causamos a la voluntad de Dios y a todo el orden creado, cuando relegamos la voluntad Suprema por la nuestra, mísera y mezquina, que si al fin tiene su desarrollo es porque la Misericordia de Dios, en su plenitud de Amor, llega a tolerarla.

San Francisco y Santa Clara de Asís

San Francisco y Santa Clara de Asís

En todo eso queda bien claro y patente la magnitud y sublimidad de nuestro «sí» a Dios en los momentos en que El nos lo reclame. Somos libres, es verdad; pero cuando se ama —aun en el orden natural, cuanto más en el sobrenatural— se desea ser esclavo de ese amor que llega a llenar nuestro corazón; y aquí es donde redunda nuestra generosidad: en ser flexibles al requerimiento Divino con toda fidelidad.
El llamamiento que Dios hace al alma, el cual adquiere el nombre de vocación, porque viene de la palabra «vocare», «vocar», que es lo mismo que llamar, es una inspiración íntima con la que la llama o atrae hacia El. Se dice vulgarmente que tal o cual tiene vocación, cuando es más correcto, y en realidad así es: que aquel tal o cual siente o sigue la vocación, que es el sentirse llamado a seguir ese llamamiento. Pues ya dice el Señor en el Evangelio que no somos nosotros los que lo habernos elegido, sino El es quien nos llamó.

Muchos creen que ese sígueme de Jesús se tiene que manifestar con toda la claridad con que lo hizo a sus apóstoles en los comienzos de su vida apostólica, y esto es absurdo. Las Ordenes e Institutos religiosos están llenos de esas almas que dijeron «sí» al llamamiento de Dios, sin tener ese la claridad que tuvo aquel que El dirigió a los «doce».

El alma que ama, intuye los deseos del Amado. Sabe captar su profunda mirada aun en medio de una fiesta mundana, como a tantas almas ha sucedido. El, para llamarnos, se sirve de lo más sencillo e insignificante; puede ser: Unos Ejercicios Espirituales, una lectura espiritual, una buena amiga, un desengaño del mundo, pero que no es desengaño, tal como lo conceptúan algunos seres, sino ver las cosas —su caducidad e insatisfacción— con esa viva luz que Dios comunica al alma que para Sí quiere. Claro, que esto no lo comprenden todos. No puede comprenderlo el alma que su aspiración se ve colmada por una criatura, que ésta llena ya por completo su corazón. Puede ser un amor humano, puede ser el apego a una vida fácil, comodona y frívola; su afán de conquistar ciencias; cosas, en fin, que son capaces de satisfacer a un alma pequeña; pero a un alma grande, como la quiere el Señor, eso, aún hace que se sienta más insatisfacción y sólo se ansíe a Quien sacia todo anhelo.

De nuestro santo Padre el Papa Paulo VI, felizmente reinante, son las siguientes palabras, que definen la vocación con el mundo moderno: «En la actualidad, la vocación significa renuncia, impopularidad, sacrificio, preferir la vida interior a la exterior, elección de una perfección austera y constante, frente a una mediocridad cómoda e insignificante; significa capacidad para escuchar las voces implorantes del mundo, las voces de las almas inocentes, de los que sufren, de los que no tienen paz, de cuantos están sin consuelo, sin guía, sin amor, y, al mismo tiempo, significa coraje para apagar las voces seductoras y muelles del placer y del egoísmo; significa comprensión de la dura, pero estupenda, misión de la Iglesia, empeñada hoy más que nunca en enseñar a los hombres su verdadero ser, su auténtica finalidad y su verdadero destino, y a revelar a todos los espíritus fieles las inmensas e inefables riquezas de la caridad de Cristo. Significa, jóvenes, ser jóvenes, tener los ojos limpios y un corazón grande; significa aceptar por programa de vida la imitación de Cristo, de su heroísmo, de su santidad y. en fin, de su misión de bondad y salvación.» Por eso se requiere saber elevar el porqué de nuestra existencia. Mirar lejos, muy lejos, y con mirada limpia de todo egoísmo; sólo así sabrá encontrarse nuestra mirada con la divina y profunda mirada de Jesús.

Dice el Santo Evangelio que cuando aquel joven le preguntó a Jesús qué era lo que tenía que hacer para ser perfecto, el Señor le dijo que cumpliese los Mandamientos; y al asegurarle aquel que los había cumplido ya desde pequeño, Jesús le miró con amor y le dijo: «Ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y luego ven y sígueme.» Que es lo mismo que dice a las almas que quiere: «Despréndete de todo lo que te estorba y sé mía por completo en donde yo te llamo.» El joven del Evangelio no contestó y fue evadiéndose, y la mirada de Jesús se volvió triste y amarga.

Y esto fue entonces y es ahora también. ¡A cuántas almas mira Jesús con amor y al pronunciar su «sequere» (sígueme) se ve que éstas se evaden cobardemente sin reparar el inmenso dolor que causan al amoroso Corazón de Dios. No son pocas las veces que son los mismos padres quienes interceptan !a entrega de sus hijos al Señor cuando Este les llama y cuando aquéllos responden al requerimiento de su amor. Tales padres —sin pretenderlo quizás— hacen manifiesto su egoísmo y no aman verdaderamente a sus hijos, por lo que les desvían de su felicidad; nunca estos hijos que son llamados a cosas más altas y sublimes serán felices fuera de su centro, que es Dios. Téngase en cuenta lo que dice San Pablo: «No son los hijos para los padres, sino los padres para los hijos.»

Y es cierto que la vida es como el agua, corre de arriba a abajo, no al revés. Lástima que sean muchos los padres que no sepan completar su «sí» a la voluntad de Dios, cuando sea, como sea y en donde El quiera. No pierden al hijo; lo ganan doblemente, pues los hijos que están consagrados a Dios aman mucho más a sus padres, les aman más noblemente, sin mezcla de ningún egoísmo. Después de Dios, son ellos quienes ocupan más preferentemente el corazón del hijo.

Santa Clara pide al Papa el privilegio de la pobreza

Santa Clara pide al Papa el privilegio de la pobreza

Para el pleno desarrollo del «Sí» a Dios se requiere agudeza en saber captar a dónde llama el Señor, pues no son todas las almas atraídas a la vida activa, ni tampoco son todas llamadas a la vida contemplativa. Querer empeñarse en situar a unas fuera de lo que les atrae es desviarlas de su centro, y nunca esas almas sabrán gustar la felicidad que trae su estado de consagración, ni su vida fructificará lo que el Señor y las almas esperan de ellas, por haber trastocado el orden. Para esto se requiere que los Directores de almas sean fieles a la gracia de ayudar a esas almas a saber discernir lo que el Señor quiere de ellas y en dónde las quiere.

Hay que esperarlo todo de la gracia de Dios. Ella es la que transforma a muchas almas turbulentas y tempestuosas, haciendo de ellas unas grandes santas en humildad y docilidad. Alguien objetará: ¿Dónde y cómo?

—¿Dónde? En los santos recintos de los monasterios de vida contemplativa. Las contemplativas son esas almas ocultas, ignoradas por la mayoría de los seres del mundo. Ocultas a los ojos y a la comprensión de la mayoría de la humanidad, pero que ya viven aquí en la tierra en un perenne cara a cara con el Señor, por medio de ese precioso don de la «gracia» que nos aumenta la fe.

—Pero, ¿qué es lo que hace una monja de claustro?

—Las monjas de claustro viven en la actualidad y su sentir es la misma mentalidad de la Iglesia. Viven la vida litúrgica del Breviario y Misal, siguiendo el ciclo anual en la misa diaria, en la santa Comunión y en el Oficio Divino —que es la plegaria de la Iglesia; en esto tiene la misma dicha que el sacerdote y que el Papa, ya que reza lo mismo que ellos—. Gana su pan con el fruto de su trabajo, que suelen ser éstos: trabajos manuales a la par que domésticos. Alimenta su espíritu y su mente con selectas lecturas espirituales, Informativas y recreativas. Así como también se nutre en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en la vida de los Santos. Vigoriza su alma con la oración mental. Hace compañía a Jesús en sus gratas visitas al Santísimo Sacramento.

A media noche, cuando todo el mundo descansa o se entrega a sus placeres, olvidándose de que son de Dios y hasta ofendiéndole con sus descalabros, son esas almas ignoradas e incomprendidas las que le alaban y reparan su menospreciado Amor en ese bellísimo rezo de Maitines (parte del Oficio Divino). Un alma de claustro ejercita la caridad con el amor fraterno a sus Hermanas. Y todo esto en una atmósfera de paz y serenidad e inigualable alegría. Decía el santo Profeta David que en las moradas de los justos se oyen voces de regocijo y salud. En los conventos, por lo tanto, es donde reina —mas que en ninguna otra parte— esta santa y sana alegría, con la que se manifiesta la justicia y santidad de sus moradores.

«En ninguna otra parte, decía una persona que pasó unos recreos con unas monjas de clausura, he visto alegrías más puras, frentes más serenas, sonrisas más cordiales y sinceras que entre aquellas austeras religiosas.» En efecto, esto pasa en la intimidad del Claustro; parece que no pasan los años; aquí no se vive arrastrando la vida; los felices moradores de estos santos recintos de paz parecen siempre en plena juventud. El corazón nunca envejece, y el semblante refleja lo que hay en el corazón, que es el espíritu de Dios, el cual es quien alegra esa juventud perpetua.

Estas almas selectas viven lejos de la visión del mundo; pero sus vidas son de inmenso valor sobrenatural y de importancia máxima para ese mundo. Así como el corazón es un órgano oculto en nuestro cuerpo, pero que su misión es imprescindible, por cuanto él nos da la vida a todos los miembros del cuerpo, así son esas almas en el Cuerpo Místico de Cristo; constituyen por sí mismas el Corazón. El Corazón que ama y ejecuta cuanto idea y piensa (que viene a ser lo mismo) la Cabeza, que es Cristo, representada aquí en la tierra por el Papa. Por lo tanto, son los seres que más al unísono laten con el sentir de la Iglesia, y son también las que en su misión oculta, como Corazón de la Iglesia, dan la vida y pujanza a todos los miembros de ese Cuerpo Místico.

Muchas personas modernas claman ante este espectáculo: ¿Por qué esa actividad inútil?

Lo que no se conoce no se puede amar, y es eso lo que a muchos les hace desvirtuar la excelsitud de esa vida. Además, esas víctimas ocultas no llevan una vida inútil, ni pertenecen a una edad de catolicismo inactual... Hoy, más que nunca, se necesitan mujeres como esas. Porque llenando los deberes de oración y penitencia contribuyen al crecimiento de la Iglesia y a la salvación de las almas.

Sor María Teresita del Niño Jesús, o. s. c.