Crónica del convento de San Bernardino de Sena, de Petra

Parte XXIV y última

La ornamentación artística interior de la iglesia conventual no sufrió menoscabo con la exclaustración. No ocurrió la misma suerte con unos damascos de superior calidad, los ornamentos y vasos sagrados y otros objetos de culto.

El 15 de junio de 1837 el presbítero y custos del Convento, reverendo don Miguel Santandréu, se veía obligado a entregar los ricos damascos a la Junta de Enajenación.

En cuanto a los ornamentos sagrados y otros objetos del culto, estuvieron depositados por algún tiempo en la parroquia de Petra, resistiéndose los señores párrocos a entregarlos, pero al fin no se tuvo más remedio que desprenderse de los de color negro y otros ornamentos complementarios, junto con un misal, unos candeleros y una alfombra, ante la insistencia del obispo, quien los puso a disposición del Ayuntamiento de Palma para el uso de la capilla del cementerio de aquella ciudad.

El antiguo órgano que estaba situado en la tribuna que existe sobre el portal, que comunicaba la iglesia con el claustro, también desapareció. El órgano actual, de pequeñas dimensiones, fue construido en 1855 durante la custodia del P. Francisco Darder, religioso franciscano exclaustrado y natural de esta villa. En un principio se colocó sobre la tribuna que hay encima de la puerta lateral del templo, pero al no haber seguridad en la mencionada tribuna, por formarse unas grietas, fue trasladado al coro.

Las campanas del campanario corrieron la misma suerte. Fueron arrancadas sin piedad y las echaron de la torre, haciéndose añicos. Las actuales fueron construidas, una en 1861, a expensas de fray Antonio Salom, exclaustrado hijo de Petra, y la otra, en 1891, por el Custos reverendo don Miguel Rubí.

El templo, después de la exclaustración, ha estado cerrado varias veces por espacios más o menos cortos. Desde que lo abandonaron los frailes, en agosto de 1835, hasta el 23 de mayo de 1843 estuvo cerrado. Fue el período en que más tiempo permaneció clausurado. En esta última fecha el Ayuntamiento, de común acuerdo con el P. Payeras, acordó abrirlo otra vez al culto.

En 1900, por completo descuido del Ayuntamiento, encargado de su conservación, llegó a tal extremo de ruina su techumbre, que tuvo que cerrarse al culto. Hecha la transferencia de derechos al Obispado, y previo un buen remoza-miento, el 17 de febrero de 1901 es abierto al culto con una gran solemnidad religiosa.

Entre 1954 y 1955 nuevamente tiene que cerrarse, para realizar importantes obras de consolidación del edificio. El 11 de abril de 1955, lunes de Pascua de Resurrección, fue abierto al culto la histórica iglesia del antiguo Convento.

Tan pronto como el Convento fue desposeído de sus religiosos, el Obispado se encargó de nombrar a ciertos sacerdotes para que, como Custos, cuidaran de su iglesia. No pudiendo precisar las fechas de todos los Custos, nos limitamos a enunciar los nombres de todos los que hemos encontrado. Mientras permaneció cerrado, después de la exclaustración, estuvieron a su cuidado el reverendo don Pedro Moragues y el reverendo don Miguel Santandréu. Al reanudarse el culto desempeñaron este cargo los siguientes: reverendo padre Francisco Darder y Roselló, franciscano exclaustrado e hijo de Petra; reverendo don Miguel Rubí Almazora, reverendo don Bartolomé Rullán Torres, reverendo don Guillermo Ribot Moragues, reverendo don Bernardo Moragues y reverendo don Gabriel Font Castellá. Siendo éste el último Custos, quien murió el 29 de noviembre de 1947.

A partir del último Custos, los señores párrocos de Petra quedaron encargados de cuidar la iglesia del Convento, viéndose mermado el culto en ella.

Notable labor fue la que realizaron en el convento los Custos durante su regencia. Fueron rehechos los ornamentos, vasos sagrados y demás utensilios para el culto. Así mismo, las campanas y el órgano. Se construyó la actual baranda del coro y la escalera. Y, además, encontramos varias notas en las que se detallan las diferentes restauraciones llevadas a efecto, especialmente en el techo, campanario y embaldosado del piso.

En cuanto al culto divino, no fue menos la labor realizada. Los Custos supieron mantener el fervor religioso y devoción que los petrenses sentían desde los tiempos áureos del Convento. Solemnizaron la celebración de las fiestas que ya se celebraban por los religiosos, llegando algunas de ellas hasta nuestros días, gracias a su celo. Igualmente conservaron el afecto que el pueblo de Petra siempre ha sentido por su querido Convento.

Por fin, el día 26 de agosto de 1969, tras una larga ausencia de ciento treinta y cuatro años, a petición del señor obispo de Mallorca, monseñor Rafael Álvarez Lara, regresaron los religiosos franciscanos O. F. M. al convento de San Bernardino. Tomaban posesión del mismo el P. Salustiano Vicedo Vicedo, como superior, y el P. Pedro Miguel Escriche Perales, como discreto, siendo Provincial el P. Joaquín Sanchis Alventosa. Quedaba así restaurada la comunidad en este Convento de Petra, formando ahora parte de la Provincia Seráfica de Valencia, Aragón y Baleares.

Una nueva época se abría en este momento bajo el cariz juniperiano, actividad predominante a la que se orienta la nueva fundación. Durante el corto período de la restauración de la vida religiosa el Convento ha sentido una gran vitalidad. Ha surgido entre sus viejos muros otra vez la actividad, rejuveneciendo así la historia del pasado.

Fr. Salustiano Vicedo Vicedo, ofm

Ideario franciscano

XXX. Obediencia según la Regla

El concepto de obediencia con espíritu de fe y amor es completado por el Perfectae caritatis con el de obediencia «según la norma de la Regla y las Constituciones» (PC 14).

Es lógico que digamos algo sobre el particular, que excrutemos el pensamiento del Seráfico Fundador en lo tocante a los límites de la obediencia.

Esos límites son fijados en el capítulo 10 de la Regla bulada en los siguientes términos: «Los hermanos que son súbditos, acuérdense que por Dios renunciaron a la propia voluntad. Por lo que firmemente les mando que obedezcan a sus Ministros en todas las cosas que al Señor prometieron guardar y no son contrarias al alma y a nuestra Regla.»

A la primera ojeada se adivina aquí que los límites de la obediencia franciscana son muy vastos: el alma y la Regla. En realidad, por mucho que se quiera desfigurar con glosas artificiosas el término alma como expresión de situaciones personales y de actitudes temperamentales, los dos límites fijados por la Regla se resumen, en último análisis, en uno: la conciencia. El súbdito ha de obedecer mientras el Superior no le mande alguna cosa que vaya contra su conciencia.

El sentir del Santo Patriarca en este campo llega a manifestarse, con términos insospechados, en el aviso tercero, en que coloca sobre cualquier otro bien el vivir en obediencia. He aquí el tenor del mismo:

«Dice el Señor en el Evangelio: Quien no renunciare todas las cosas que posee no puede ser mi discípulo. Y: Quien quisiere salvar su vida, la perderá. El hombre renuncia todas las cosas que posee y pierde su cuerpo y su alma (en el sentido del texto evangélico a que se alude) cuando se entrega y ofrece a sí mismo por obediencia en manos de su Prelado; y es verdadera obediencia cuando todo lo que hace o dice el súbdito, siendo cosa buena, es cuanto comprende él, no es contra la voluntad del superior. Y aunque el súbdito viere cosas mejores y más ventajosas para su alma que las que su prelado le manda, sacrifique al Señor su voluntad, y los encargos que le diere el prelado procure cumplirlos. Pues ésta es obediencia verdadera y caritativa, que agrada a Dios y al prójimo.

»Mas si el prelado manda algo al súbdito que sea contrario a su alma, aunque haya de negarle obediencia, no se aparte por eso de su compañía. Y si por esta causa algunos le persiguieren, ámelos más por Dios. Porque el que antes desea sufrir persecuciones que separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque sacrifica su alma por los hermanos. Hay, en efecto, muchos religiosos que, so pretexto de observar mayor perfección que la que les imponen sus prelados, miran atrás y tornan al vómito de la propia voluntad. Estos son homicidas, y por sus escándalos hacen descarriar muchas almas.»

De hecho —y esto no podía olvidarlo Francisco—, la vida comunitaria o de fraternidad está basada en la obediencia; por lo que el santo la había de considerar como sostén de la obra que el Señor le encomendara, aun a pesar de lo poco que pesaba en su mente la concepción sociológica de dicho consejo evangélico.

En efecto, si bien los tres votos de pobreza, castidad y obediencia son esenciales en toda religión, este último forma como el esqueleto que mantiene erguida la familia religiosa. Los institutos religiosos representan las fuerzas selectas de la milicia cristiana. Y así como un ejército existe en virtud de la disciplina, que posibilita los planes más audaces a los cuadros de mando, del mismo modo las religiones subsisten por la obediencia, que, aunando energías, permite que aquéllas alcancen sus fines propios, por duros y difíciles que sean. Donde el espíritu de obediencia está pujante, el Superior logra lo que quiere con sólo tirar de los resortes que tiene en sus manos; cuando, empero, el espíritu de obediencia se relaja, los resortes dejan de funcionar, y las comunidades religiosas quedan convertidas en ejércitos desmoralizados, inutilizándose su vigor.

Esta doctrina se comprende a la legua, no puede llamarse, ni mucho menos, peculiar de Francisco. Casi cabe afirmar que no refleja siquiera su manera personal de enfocar la obediencia. Ya hicimos alusión a ello. Con todo, el matiz propio y característico del gran carismático entra dentro del modo total de entregarse a obedecer que expresan estas palabras y que exigía de los suyos el santo, a cuya mente no podían esconderse los resultados que una tal entrega comporta en bien de la Iglesia y de la fraternidad.
Las Constituciones Generales contienen la misma doctrina. Dicen así: «Procuren los hermanos en sus actividades secundar con solicitud las decisiones y mandatos de los Superiores y contribuir así a la edificación de la Iglesia y de la Orden.» (CC. GG. OFM , art. 8, 2.)

Así pues, y en conclusión, aunque el franciscanismo, apreciando la calidad de cada individuo, es opuesto de suyo a un excesivo orden, en sentido de coacción o supresión de la personalidad de quien ha sido redimido por Cristo, no puede por menos de ser exigente en la renuncia y sacrificio de la propia voluntad y en la entrega en manos del Superior que demanda el voto de la obediencia, sobre todo considerando que de esa manera los religiosos «se unen más constante y plenamente a la voluntad salvífica de Dios» (PC 14).

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Francisco, hombre en camino

IX. Los honores medievales

Francisco niega a sus frailes cualquier clase de participación en privilegio alguno. Y no es gratuito su aparente rigor. Honores, en la Alta Edad Media, son todo el conjunto de privilegios que enaltecían a una persona con ellos favorecida. Conceder un honor equivalía tanto como a ennoblecer, dar distinción a alguien: reconocerle. (Noble es contracción de noscíbilis.) Tan sencillo proceso convierte así al señor en hombre de honor. Y, claro está, gana más o menos respetabilidad en la medida que sus prerrogativas le encumbran más alto. Identificado, pues, con su propia alcurnia, hasta por nacimiento y heredad, el alma misma del noble se tendrá por superior a la del rústico. Todas las virtudes enaltecedoras son nobiliarias: distinción, galanura, donaire, gallardía, arrogancia, caballerosidad, gentileza, cortesía, alteza.

Ni qué decir tiene que el pobre, en consecuencia, queda excluido en el reparto. Carece de singularidad y ni tiene apenas derecho al buen nombre, porque el buen nombre ya es fama, y la fama singulariza. El pobre, a la sazón, más que nos pese, no es persona de honor. Hasta las novelas sentimentales de la época establecen bien claramente esta distinción.

Francisco, hombre libre y ciudadano, se dejó ganar por aspiraciones de singularidad en una primera etapa de idealizaciones caballerescas. Vuelto a la realidad más digna de su fe, se niega a admitir otra nobleza que no sea la que le confiere el sentirse hijo de Dios, tocado con su sangre redentora y seguidor del Evangelio. En este contexto, la pobreza es la distinción más singular, porque Cristo la reconoció como su mejor escudero.

Cuando un desvalido, un enfermo, un anciano pobre aparecen en las cercanías de su santidad, lo saluda devoto, lo atiende y venera en él la imagen más abierta de la ingerencia noble de Cristo. Si, de otro lado, un señor le invita a la mesa, él le corresponde depositando en ella los mendrugos ennoblecidos por la mendicación o el trabajo humilde. No hay más alteza que la de Dios, no queda otra dama a quien rendirse que la santa pobreza, ni camino más alto hacia la Corte indiscutible que el ejemplar del peregrino carente de todo. La pobreza es séquito en el camino.

Unos y otros extremos aparecen abundantemente probados en las biografías del santo. No es mi designio catalogarlas aquí, porque es menguado mi empeño. Cumple, no obstante, a este objeto, rescatar alguno.

Cuando aún el santo vive en la indiferencia hacia estas felices sutilezas del amor de Dios, tiene ocasiones frecuentes, comerciante al fin, de tratar a gentes de humilde condición. Hombre rico de altas aspiraciones, no puede tributarles mejor trato que el consecuente de su generosidad, a su compasión y a una conversación correcta, a tono con su crianza.

Transcurre el tiempo. Francisco se ha investido con los atributos evangélicos de la necesidad voluntaria. Y de pronto, un día, entre la gente, reconoce en la escuálida figura de un pobre, el rostro aún no olvidado de un antiguo conocido. Francisco corre enaltecido de alegría hacia él. Simplemente es eso, un pobre, pero es que ahora un pobre tiene para él el más subido significado. Los pobres serán ya siempre sus amigos más selectos, signos vivos de la nobleza de Cristo, hecho hombre por amor. ¡Nobleza obliga!

¿Le dio, en prenda de amistad, su manto? Todo pudiera ser. Regalar una y otra vez el manto a quien cree necesitarlo más que él fue una constante debilidad, una maravillosa bienaventuranza, en Francisco. Tanto, que, débil y enfermo, los superiores que tuvo no sabían cómo ingeniárselas para que llevase cubiertos con «paños gruesos» hombros y espalda. Luego, Francisco se las ingeniaba también para dar oportunamente con el desarrapado a quien abrigar con entrañables maneras.

En una ocasión, el guardián que le acompaña, desalentado por la reincidencia en dicho gesto, trata de evitarlo por última vez. Suavemente, el santo le recuerda que no es ése el modo condescendiente que ha venido usando con él otras veces. El pobre espera. Y mientras el guardián, con dificultosa aquiescencia, recoge las manos en las mangas y aparta la mirada a un lado como eludiendo toda participación, Francisco hace entrega del trozo de paño que aún apenas si ha estrenado.

Hay episodios en que la alegría del desvalido, inesperadamente agraciado por el desasimiento del santo, adquiere un lirismo conmovedor, y estos arrebatos de satisfacción compensaban de su rigor a Francisco. Como la turbación de la anciana ciega, rendida de miseria v abandono, en Rietti, en la escalinata del palacio. Francisco, con disimulada bondad, le hace llegar, por intermedio de un amigo, doce panes y un amplio retal de tela con que el señor del lugar pretende que el santo se guarezca del frío, achacoso ya por dolencias estomacales y graves dificultades en la vista.

La anciana, perpleja, no acierta a admitir lo que toca. Si acepta, alguien puede achacar a un robo tan desmedido botín. Se incorpora la pobre mujer con recelo y espera temblorosa a que nadie pueda advertir su huida. Arrebuja entre las enjutas manos la tela; hacina los panes protegiéndolo todo con el cuerpo como mejor puede, y, evitando el encuentro con la gente, corre a tentones por la calle, húmedos de júbilo los ojos, hasta alcanzar su casa. La mirada entristecida de Francisco la sigue desde lejos. Esta es ya la nueva nobleza del corazón que persigue Francisco. La nobleza de su desprendimiento que también con los hacendados supo compartir, haciéndoles cómplices de su propia nobleza.

Antes de ocupar silla gestatoria el que luego remontaría la más alta dignidad eclesiástica, Francisco, de paso por Ostia, le honra con su visita. El Obispo, complacido, le cita para luego a su mesa. Sale a la ciudad el santo; recaba de la generosidad de gentes sencillas unos zoquetes de pan, y cuando, de regreso, al palacio, halla la mesa dispuesta y bien nutrida en ella de distinguidos comensales, no titubea por eso el santo en verter el ennegrecido y áspero pan de centeno de los humildes junto al blanco y bien oliente de trigo con que el Prelado regala a sus invitados. El asombro es total, y con todo, Francisco distribuye devoto sus mendrugos entre los miembros de tan ilustre comensalía.

El Obispo no sabe cómo salvar situación tan comprometida, y mientras (las nerviosas manos al borde de la mesa), trata en vano con la mirada de reconvenir al santo, busca en la propia discreción motivos de serenidad. Hay una general impresión de embarazo que nadie atina a superar.

Mal que bien, aceptan el pan de Francisco. Unos lo comen por compromiso o devoción; otros prefieren ocultarlo; no falta quien lo retiene como reliquia, y todos se cruzan furtivas miradas de muy distinto signo: las hay escarnecidas, las hay benignas, las hay piadosas con atisbos de sollozo. Sólo queda circunspecto Francisco, que come tranquilo de su acostumbrada frugalidad.

Cuando los asistentes al convite abandonan en animado coloquio la mesa, el Prelado, con tiento, aparta un poco a Francisco y le recrimina en voz baja tan descortés actitud.

—Quiero ser transigente contigo, Francisco, y no tener en cuenta el compromiso en que me has puesto; pero si mi casa ha sido siempre tuya y de tus religiosos, ¿cómo tú me correspondes de tan extraña manera?

—Lo siento. No era mi intención —se excusa Francisco— seros ocasión de afrenta. He pretendido sólo compartir con Su Señoría el honor de obsequiar, practicando la nobleza evangélica, al más distinguido Señor, Cristo pobre. «Yo tengo como dignidad real y nobleza insigne el seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros.»

Nada replicó el Obispo. Miró a Francisco como quien contempla una lágrima. Puso las manos, como quien consagra una amargura, en los hombros del santo, y sonrió:

—Muy bien, Francisco. No dejes nunca de ser así, porque sin duda alguna Dios va contigo. ¡Gracias por el honor que me has hecho!

Con los frailes era más incisivo. Con tal de sacudirles la tibieza, no reparaba ni en parecer teatral. Hay un episodio muy explícito que me complazco en traer aquí, aunque con anterioridad ya haya aludido a él.

Un día, advierte en un convento que la mesa está más que suficientemente abastecida. Con la excusa de celebrar la Pascua, los religiosos han adquirido muebles, manteles y vajilla más propios de gente acomodada que de un convento humilde.

Francisco se siente abatido. De nada han servido sus constantes exhortaciones a vivir los inconvenientes de la necesidad que Cristo bendijo. ¿Qué hacer? Corregir no es siempre buen modo de inclinar el ánimo a proceder mejor. Son los propios frailes quienes deben reparar en los desaciertos a que la tibieza induce. Sale a la calle. Y al cabo de un buen rato se presenta ante el convento. Lleva la cabeza cubierta con una capucha raída que ha pedido prestada a un pobre; en la mano, un báculo. Ocultando así su identidad, pide luego limosna a la puerta del convento con modales y fórmulas al uso entre los peregrinos. Consigue por ese modo ser invitado a la mesa, y una vez allí descubre con parsimonia el rostro ante el estupor de todos; pide una escudilla, se aleja de la mesa y ocupa un lugar apartado en el suelo. Los frailes, en tanto, rumian su vergüenza.

Acabada la colación, no elude Francisco la conveniencia de exhortar a sus frailes con transigida tristeza:

—Más que a cualquier otra persona, debe a nosotros movernos el ejemplo de la penuria voluntaria de Cristo. Si me fui de vosotros es porque entendí que una mesa de tal manera provista no correspondía a «pobrecillos que mendigan de puerta en puerta».

La pobreza es toda la historia de Francisco de Asís, «II poverello». En consonancia con el concepto honorable de la pobreza y humildad santificadas por el ejemplo del Hijo de Dios, renunciará para sí y para sus frailes a cualquier otra prerrogativa que no sea vivir en el último lugar de la carestía más acendrada, ocupando para ello el lugar más ínfimo entre sus semejantes: frailes menores llamará a sus religiosos. Denegará, en consecuencia, todo intento de ganarse privilegios, ni aun los sancionados como convenientes por la costumbre eclesiástica: la excepción privilegiada distingue, y la distinción ya es nobleza y principio de señorío. Señor, Señor, sólo lo es Cristo, y Cristo pobre.

Fr. Ángel Martín, ofm