Índice del número 88

Marzo-abril de 1994. Año 73. II Época. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm

El Sínodo africano hace balance

La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000: «Seréis mis testigos» (Hch 1, 8)

La Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos hizo público, el viernes 6 de mayo, su mensaje final. En él, además de dar gracias a Dios y al Santo Padre por ese acontecimiento tan transcendental para la Iglesia que está en África, los obispos expresan sus deseos y preocupaciones tanto en el ámbito eclesial (evangelización, inculturación...) como en la promoción de la justicia y la paz, y en el diálogo con el Islam.

La inculturación, hacer presente el mensaje cristiano según las características de la cultura local, se perfiló como uno de los temas esenciales de discusión en la primera fase del Sínodo para Africa, que se clausurará en el Vaticano el próximo 8 de mayo. Después de las asambleas generales, en las que tomaron la palabra más de doscientos padres sinodales, el Sínodo profundiza ahora, por grupos lingüísticos, los argumentos centrales que serán sintetizados en una relación final.

La inculturación «no tiene nada que ver con la búsqueda de un cristianismo fácil y barato, sino que su fin último es la santidad al modo africano», dijo el cardenal senegalés Hyacinthe Thiandum, en la relación con la que resumió el contenido de las intervenciones individuales.

Sobre otro de los puntos de interés, el diálogo con el Islam, el Sínodo confirma que las relaciones son «generalmente buenas», pero que preocupan algunos signos negativos, como la difusión del fundamentalismo islámico. De ahí que sea necesario redoblar el esfuerzo para dialogar con los musulmanes más moderados. Otro punto crucial es la atención a los temas de matrimonio y familia, que «necesitan una profunda evangelización para superar la dicotomía entre fe y vida».

Por lo que se refiere al apartado sobre justicia y paz, además de denunciar los problemas africanos internos, los obispos «exhortan a las naciones acreedoras a que reduzcan sensiblemente la deuda externa, o la cancelen».

Rechazan también «los planes de control de nacimientos, impulsados por las organizaciones internacionales».

«Cuando tengo necesidad de ayuda y me dicen que el acceso a los fondos internacionales está condicionado a la aceptación de un programa de control de la natalidad, ya no soy un hombre libre», afirmó en una rueda de prensa monseñor Nicodemus Kirima, arzobispo de Nyeri (Kenia), denunciando el chantaje al que se ven sometidos los países subdesarrollados al solicitar financiación internacional. En este sentido, los obispos expresaron su pleno apoyo al Papa en sus críticas al proyecto de documento final de la Conferencia sobre Población y Desarrollo. Monseñor Raphael M. Ndingi, de Kenia, afirmó que ese documento va contra «la libertad de los africanos para decidir autónomamente, como hombres adultos, cuántos hijos quieren tener».

Dos intervenciones en el Sínodo africano

Fr. Herman SchalückFr. Herman Schalück, ofm, Ministro general de los franciscanos

La vida religiosa en África se presenta como signo del radicalismo del Evangelio, como encarnación del amor de Cristo. La vida religiosa no se define nunca como expresión de la acción pastoral o caritativa de la Iglesia. Es, más bien, el signo visible de lo que significa ser Iglesia al servicio del mundo. La vida religiosa en sí misma ha de concebirse fundamentalmente como misión, como manifestación del amor salvífico.

Hay que destacar, de modo especial, el papel de animación y dinamismo que desempeñan las comunidades contemplativas femeninas en África. La contribución que las órdenes y los demás institutos internacionales dan a la evangelización del continente africano consiste en ayudar a que se comprenda y se viva el estilo evangélico, en un mundo caracterizado por nacionalismos y tribalismos, presentes en todos los continentes. Es preciso, igualmente, favorecer la reconciliación de las diversas culturas y etnias, incluso en el seno de la Iglesia, así como la justicia, la paz y la salvaguardia de la creación, como expresión de una espiritualidad encamada en la realidad del continente africano.

Una verdadera inculturación de la vida religiosa en África, vivida sin traumas ni residuos de antiguo clericalismo, será muy valiosa para toda la Iglesia, tanto en África como en el resto del mundo.

P. Peter Hans Kolvenbach, S.J. Prepósito General de los jesuitas

P. Peter H. KovenbachEl padre Peter Hans Kolvenbach, prepósito general de los jesuitas, ha subrayado la vergüenza y el dolor que provoca el número impresionante de refugiados en África: 6 millones, que junto con el de las personas desplazadas en su propio país, cerca de 17'5 millones, o sea, más de la mitad del total mundial de los refugiados, por un continente que sólo representa el 9 por ciento de la población mundial.

El padre Kolvenbach remarcó por otra parte que, según un reciente informe del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes, se deplora la falta de coordinación y de clarificación de las prioridades a nivel de las conferencias episcopales y una falta de colaboración entre las organizaciones de Iglesias de África, a veces también una falta de coraje para denunciar en nombre del Evangelio las situaciones intolerables.

El buitre y la niña

El 14 de marzo yo me sentí mal, comenté con otros una fotografía de prensa, el Premio Pulitzer de este año; la contemplé varias veces, y no salía de mi asombro por esa instintiva reacción comparativa que nos lleva a pensar «ellos así y nosotros... ¡Dios mío!».

Todos los años se concede en la Universidad de Columbia el Premio Pulitzer a la mejor fotografía del año, y este año ha sido galardonado Kenon Cárter por la impresionante fotografía de una niña moribunda en Sudán y un buitre a punto de saltar sobre ella. Si una imagen, se dice, vale más que mil palabras, ésta de verdad lo es. El asombro se nos queda pequeño y el alma, toda el alma, en suspenso.

El buitre y la niña

Kenon Cárter explicó ante la prensa el susto que sufrió al contemplar la escena; casi pedía a Dios que el buitre no volase antes de enfocar el objetivo de su cámara; quería traer al mundo del consumo, del derroche, del despilfarro, del «úsese y tírese», este testimonio de la más absoluta desolación y miseria del más frágil de los seres, el niño. La fotografía es el desasosegante drama que se desarrolla, en un paraje esquilmado, entre una niña y un buitre que espera su momento; la niña se rinde de hambre y sus escasas carnes van a ser pasto de las aves.

¿Habrá conseguido Kenon Cárter con esta imagen aflictiva lo que pretendía: sensibilizar, golpear la conciencia del mundo, la mía y la tuya? ¿Qué valen los discursos de los políticos contrastados con la hambruna que hunde la inocente vida apenas iniciada de una niña en tierra estéril ante la mirada avizora de un ave carroñera? «Ya en el mundo hay menos lágrimas que razonamientos; menos sentimientos de solidaridad que ambición», se lo dijo un poeta negro a Cristo en las plantaciones de Alabama, «Nos librarás del infierno. Yo te ayudaré y predicaré contigo.»

Es el llanto por una niña que ya no tiene llanto. Es la turbación total para un mundo escéptico y distraído, Dios quiera que no desalmado. Mi niña, ¡ojalá tu seas nuestro renacer!

Fr. Fermín Mieza, ofm Cap

El centenario clariano interpela a las clarisas

I. El paso del espíritu de Clara por los conventos

Esta reflexión mía, dirigida a las hijas de santa Clara, me ha sido sugerida por el entrañable hermano y amigo José-Gabriel Francés, vocero de los valores franciscanos. El mismo me ha adelantado, como toque de atención, la Admonición sexta de san Francisco: «... Los santos hicieron las obras y nosotros, refiriéndolas y predicándolas, queremos recibir, sólo por esto, gloria y honor.»

San Francisco es inexorable en su pedagogía evangélica del desapropio radical. Una de las peores apropiaciones es la de convertir en motivo de pavoneo los ejemplos de aquellos hermanos y hermanas que se santificaron siguiendo al Cristo pobre y humilde.

Me llena de gozo el sucederse de los homenajes públicos que la «plantita» de san Francisco está recibiendo con ocasión del Centenario: mensajes del Romano Pontífice, del episcopado, de los ministros generales franciscanos; congresos, publicaciones, vídeos, películas... Y sigo también con satisfacción las sorprendentes iniciativas de las hijas de santa Clara para conocer y hacer conocer a su Madre y Maestra. Tengo a la vista el último número del boletín informativo Hermana Clara, donde aparece un elenco con toda la profusión de material que están lanzando al público tantos monasterios de España. Es el índice, no sólo del entusiasmo con que se está celebrando el acontecimiento, sino también del nivel cultural y artístico de las comunidades.

San Francisco y Santa Clara

Éxtasis de Francisco y Clara durante una frugal comida por el Hno Alfredo Colás. Convento de Santo Espíritu del Monte.

Alabándote siempre

Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre (Sal 83)

Todo ello es muy positivo. Clara de Asís está siendo noticia en todo el mundo, y se lo merece. Es justo también que su exaltación redunde en «gloria y honor» de sus hijas, que ellas aprovechen las celebraciones para decir al mundo: ¡Estamos aquí!

Un doble peligro entraña ésta como toda otra conmemoración festiva. Primero, el peligro de que todo quede ahí, en un mayor conocimiento de la realidad histórica de Clara, de su personalidad evangélica, de la actualidad de su mensaje, pero quedando sin respuesta de lo que la gente desearía descubrir, o sea, la misma Clara viva y actual, irradiando santidad y alta sabiduría desde el misterio del encerramiento claustral: Clara, encamada en cada una de las que se glorían de llamarse «clarisas»; de forma que hoy se pudiera repetir lo que leemos en la bula de canonización: «Clara moraba oculta, pero su vida era notoria; Clara vivía en el silencio, pero su fama era un clamor; se recataba en su retiro, pero era bien conocida en las ciudades.»

El espíritu de la venerada Madre está pasando, sin duda, por cada una de las 880 comunidades de clarisas esparcidas por el mundo. ¿En qué grado están percibiendo ellas los efectos de esa presencia? Hasta me parece estar escuchando de labios de la Santa las palabras dirigidas por Francisco, antes de morir, a los hermanos, palabras que los ministros generales nos recordaron con ocasión del centenario del nacimiento del Seráfico Padre (2 Cel 214): Yo he cumplido mi cometido; Cristo os enseñe lo que os toca cumplir a vosotras.

Ciertamente no es fácil dar una respuesta a la pregunta que brota espontánea: ¿Cómo se comportaría, qué haría hoy santa Clara? Yo creo que hoy se conduciría lo mismo que se condujo hace ocho siglos: como una convertida, o sea, como una mujer que deja que Dios «ilumine su corazón» y se le meta de lleno en su vida; una mujer liberada para el amor total; una mujer del Evangelio, vivido con radicalidad, a todo riesgo. Con este programa Clara triunfaría en nuestro tiempo como triunfó en el suyo.

Así concibo yo el paso del espíritu de Clara por los conventos de su Orden: como un riego de purificación y de renovación, provocando un nuevo anhelo de retiro fecundo en medio de un mundo enfermo de superficialidad y de afán insaciable de bienestar y de goce. Me imagino, además, a la santa Madre mirando con benevolencia compasiva cómo sus hijas se pierden en la maraña de tantas aspiraciones de vuelto corto, cuando Dios las ha llamado a respirar el aura de las divinas alturas. Clara tuvo el sentido del «único necesario», y supo relativizar todo lo que para la gente tiene valor esencial. En nuestra sociedad de consumo lo accidental adquiere tantas veces categoría de valor absoluto, aun para las personas consagradas, y también en los ambientes claustrales, con la consiguiente pérdida de la libertad de espíritu; con frecuencia originando fracturas en la armonía fraterna.

Si santa Clara volviera, liberaría a sus hijas de tantos convencionalismos, afanes, excusas, mecanismos de defensa montados por la comodidad... Y volvería a trazar, en líneas elementales, «la vía de la santa sencillez, humildad y pobreza» (Testamento). Desde esa óptica evangélica, les mostraría luego el arte de discernir los verdaderos tesoros de su vocación contemplativa, deslindando sabiamente lo permanente de lo pasajero.

El segundo peligro consiste en ceder a la tentación de instrumentalizar utilitariamente el Centenario haciendo de él un reclamo vocacional. Pero dejemos esta importante reflexión para el siguiente número de la revista.

Lázaro lriarte, OFM Cap
Historiador y profesor emérito de espiritualidad franciscana

De la evangelización franciscana

1. La nueva situación del Occidente cristiano

El papa Juan Pablo II está insistiendo a los cristianos de Europa que debemos evangelizar de una forma nueva, es decir, distinta a la que, en tiempos anteriores, la Iglesia ha llevado a cabo tanto en los países llamados tradicionalmente de misión, como en nuestros propios pueblos cristianos. En éstos, en efecto, se impartían los sacramentos como medida de experiencia y crecimiento en el ámbito de la fe, pacíficamente poseída y transmitida de generación en generación. A África y Asia, por el contrario, enviábamos a nuestros misioneros para evangelizar a unas gentes, que todavía no habían oído hablar de Jesucristo.

En la actualidad ha cambiado esta situación. Europa se ha descristianizado por una historia que viene desde la Ilustración hasta la Posmodernidad actual, y que, en el fondo, proviene de una opción teológica medieval en la que se excluyó la libertad y experiencia creyente pensada y vivida en la Escuela Franciscana. Sin embargo, en los países de tradición no cristiana, Jesucristo es conocido y vivido en Iglesias jóvenes y pujantes. Ellas nos invitan a que no vayamos más a evangelizarlas, sino que las ayudemos en su formación y medios a fin de que sean los protagonistas y auténticos responsables del mantenimiento y crecimiento en su fe. Y en nuestra vieja y cristiana Europa el Papa nos indica la obligación de retomar el discurso humano y creyente desde nuevas perspectivas, pues la cuestión aquí no es la de evangelizar a «paganos», sino a gentes que fueron cristianas y han perdido la conciencia y la responsabilidad de su fe en Cristo. No es, por tanto, de convertir a paganos, sino a cristianos que fueron y que en la actualidad están llenos de prejuicios sobre la Iglesia y la fe que transmite. Esto es lo que el Papa llama nueva evangelización para Europa.

Misión de Santa Elena (Ucayali, Perú)

2. La Orden Franciscana y la Nueva Evangelización

Pues bien, la Orden Franciscana, muy experimentada tanto en la evangelización entre paganos, como en la propia Europa, ha tomado muy en serio este reto social y eclesial. En el primer caso tenemos el Proyecto África, donde Franciscanos de todo el mundo, viviendo en fraternidad, y no aisladamente, dan testimonio y sirven de apoyo a las nuevas Iglesias. En el segundo, siguiendo al detalle a san Francisco, autor de un discurso cristiano nuevo en una Europa cambiante (ver el precioso artículo de J.

Hernández Valenzuela sobre el modo de evangelizar de Nuestro Padre escrito en Carthaginensia del año 1992, páginas 839-55), la Orden ha señalado la prioridad de esta nueva evangelización en sus Constituciones (Capítulo IV, artículos 83 al 125) y en los Consejos Plena-rios de Bahía y Bangladore y en los últimos Capítulos Generales de Asís y San Diego. Mirando a san Francisco, se ha vuelto la Orden Franciscana con delicadeza y respeto al mundo actual para ofrecer la experiencia personal y fraterna del amor de Dios en Cristo en forma fundamentalmente de testimonio. Es decir, transmitir al mundo una esperanza basada en un Dios que nos quiere vivos y libres, y no muertos o egoístas y esclavos. Y esto, repetimos, mostrado por nuestras vidas enraizadas en un Dios amoroso y misericordioso, cuyos ojos se fijan en aquellos que la maldad humana los tiene postrados.

Misión de Tierra Blanca (Ucayali, Perú)

3. Testimonios

Para los Franciscanos, pues, como dice nuestro padre provincial, J. F. Cuenca, cuando tratamos de la evangelización comenzamos a hablar de nosotros mismos y no de lo que debemos hacer. Y ese «nosotros mismos» significa la coherencia de vida creyente y fraterna de san Francisco siguiendo «sin glosa» a Jesucristo, especificadas en actitudes personales madurasen humanidad y fe. Por eso vale tanto la acción de nuestro director de Iglesia Hoy como la del que es párroco o cocinero, investigador y escritor o repartidor del almanaque y revista, enseñante de colegios y universidades o sacristán, el que predica la Palabra o está ordenando libros o sumando endebles cuentas, formando a futuros franciscanos y sirviendo a nuestras religiosas y seglares franciscanos o encarando la pobreza e injusticia social con ayunos por el 0'7 % o con decisión y servicio fraterno.

En este último caso es cuando se expresa públicamente la sensibilidad evangelizadora de la Orden experimentada personal y fraternalmente. Y traemos el ejemplo de un querido franciscano y mejor amigo, salido en la prensa de Orihuela, para mostrar dos cosas: Que los Franciscanos evangelizamos porque amamos, y este amor lo expresamos con naturalidad, es decir, sin protagonismos fatuos, ya que el servir desde la pobreza y el silencio es la moneda corriente de los seguidores del Poverello.

«Eran la once y media de la mañana de ayer, cuando un equipo de voluntarios de la Cruz Roja oriolana, acompañados por un padre franciscano, subieron por la Calle del Castillo hasta la chabola ubicada en la falda de la sierra, donde hace cerca de dos años vivían en la más absoluta indigencia los hermanos Juan José y Virgen Navarro Cortés, de 59 14

y 50 años respectivamente. El padre franciscano, que ejerce de Vicario en la Parroquia de Santiago, escaló la pendiente de la sierra hasta la chabola, llamó a la puerta y allí apareció Virgen. La hermana del enfermo se emocionó al ver a los voluntarios de la Cruz Roja. "Juan, te van a llevar para curarte", dijo a su hermano. El franciscano entró en la chabola hasta el camastro donde se encontraba Juan. Empezó a vestirlo y pudo observarse en sus piernas evidentes muestras del estado famélico y antihigiénico en que se encuentra, fruto de la podredumbre del lugar y las condiciones de vida y alimentación infrahumanas que ha venido soportando los últimos años. El recinto presentaba un aspecto que nada tiene que envidiar a las chabolas de cualquier país tercermundista. Los vecinos de las casas situadas a una veintena de metros por debajo de la chabola comentaban que no había derecho a que "personas vivan como animales"» (La Verdad, 27/01/1994, 8). El beso al leproso de san Francisco se prolonga hasta hoy con estos testimonios. Gracias, Juan.

Fr. Francisco Martínez Fresneda, ofm
Director del Instituto Teológico Franciscano de Murcia