Índice del número 89

Jul - dic de 1994. Año 73. II Época. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm

La vocación a la vida consagrada

El Sínodo de los Obispos promueve una mayor participación de las religiosas en la toma de decisiones

El Sínodo de los Obispos sobre «La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo» concluyó con la presentación al Papa de cincuenta y cinco proposiciones, que no se han dado a conocer, y con la publicación del «mensaje final», un texto que sintetiza en la práctica los temas abordados durante las cuatro semanas que han durado los trabajos de la Asamblea.

El documento final hace propia la petición de que las religiosas tengan mayor responsabilidad en la vida de la Iglesia. Las mujeres consagradas, afirma el texto, «deben participar más en las situaciones que lo requieran, en las consultas y en la elaboración de decisiones en la Iglesia. Su participación activa en el Sínodo ha enriquecido considerablemente la reflexión sobre la vida consagrada y su colaboración en la misión de la Iglesia».

Sobre este tema, el cardenal Eduardo Martínez Somalo, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, dijo en una rueda de prensa que la «frontera» está en aquellas tareas que requieran intrínsecamente el sacramento del orden sacerdotal.

La madre Lilia Capretti, presidenta de la Unión de Superioras Generales Italianas, dijo que en algunos países, como Italia, existen desde hace años estructuras para facilitar esa participación de las religiosas en la elaboración de las decisiones. Se trata ahora de promoverlas en otros países. «Lo que siempre pedimos es que no se nos soliciten trabajos que caen fuera de nuestro carisma.»

Por lo que se refiere al nombramiento de religiosas para cargos en organismos eclesiásticos, como las curias diocesanas o romana, la madre Capretti manifestó que «no suelen ser puestos muy ambicionados», pues las religiosas prefieren otras tareas.

El criterio, en este como en otros campos, comentó el arzobispo filipino Orlando Quevedo, es elegir a las personas capaces y competentes, evitando planteamientos que responden más a esquemas de «lucha de poder» que de servicio evangélico.

Lo permanente y lo transitorio

Aunque el tema de la mujer consagrada atrajo más la atención de la opinión pública, los padres sinodales escriben en su mensaje que una de las dificultades que han examinado es «la necesaria integración de las comunidades y personas de vida consagrada dentro de las Iglesias particulares».

El mensaje afirma que la renovación de los institutos religiosos debe hacerse «a la luz del carisma propio» de cada uno y de modo que no sea «una fuerte tensión entre la jerarquía y las personas consagradas». A este respecto, el mensaje sostiene que los consagrados han de manifestar su amor a la Iglesia en la «estrecha unidad» con el Papa y con los obispos que presiden las Iglesias particulares.

En el Sínodo se distinguió también entre la vida consagrada, en cuanto tal, que «es permanente, no puede faltar nunca en la Iglesia», y las formas que asume a lo largo de los siglos, que «pueden ser transitorias, sin garantía de perennidad». El mensaje no alude a los institutos en vías de extinción ni a la recomendación de que se fundan con otros.

El documento final insiste en la necesidad de que los religiosos y demás personas consagradas tengan una profunda unión con Dios. «No os dejéis absorber por el trabajo —afirma el texto—, no olvidéis que la acción humana debe tener sus fuentes en la plegaria y en la íntima unión con el Señor.» Ese testimonio «es el primero y más importante apostolado».

Para los padres sinodales, la presencia de hombres y mujeres consagrados a Dios, por medio de votos u otros vínculos sagrados, presenta ante los demás hombres «el testimonio de los valores evangélicos desconocidos o rechazados por el mundo». Esa consagración, añade, «es el mejor camino de inculturación del Evangelio».

Los participantes en el Sínodo renovaron una opción preferencial por los pobres, que no se limita a «la denuncia de las carencias y de las injusticias», sino que lleva a anunciar «las inagotables riquezas de Cristo». Monseñor Javier Lozano Barragán, obispo de Zacatecas (México), explicó que «es un servicio a los más necesitados, los cuales puede que no sean estrictamente pobres desde el punto de vista económico, sobre todo en países más desarrollados».

El mensaje final no menciona en ningún momento el hábito religioso, cuyo uso fue alabado durante el Sínodo como algo más que una simple seña de identidad. Algunos de estos aspectos, de carácter más práctico, se recogen en las proposiciones presentadas al Papa.—

Diego Contreras.

Especial ardor en la nueva evangelización

En los umbrales del año 2000 la Iglesia entera está convocada a una nueva evangelización. Las mujeres y los hombres de nuestro tiempo, especialmente las generaciones jóvenes, tienen necesidad de conocer la buena noticia de la salvación, que es Jesucristo.

Los obispos y los participantes en el Sínodo hemos visto con claridad que la vida consagrada tiene una singular aptitud para ocupar un lugar muy importante en esta tarea providencial y tan actual de la nueva evangelización.

El interés en el diálogo ecuménico y también en el interreligioso es uno de los deseos fervientes del Sínodo, dirigido a los consagrados en sus diferentes países.

Con vuestra forma de vivir expresáis la cercanía y la bondad de Dios, la verdad de la esperanza en la vida eterna, la fuerza y la eficacia del amor que Dios pone en vuestros corazones para vencer el poder del mal y el dolor que aflige a tantos hermanos nuestros.

Sin vuestra vida de contemplativos, sin vuestra pobreza y virginidad, sin el testimonio de vuestra obediencia alegre y liberadora, sin el resplandor de vuestro amor desinteresado y eficaz a los más necesitados, la Iglesia perdería gran parte de su poder evangelizador, de su capacidad para mostrar los bienes de la salvación y ayudar a los hombres a acoger en su corazón al Dios de esta gran esperanza.

Intervenciones en el Sínodo

P. Hermann SchalückP. Hermann Schalück

Ministro general de la orden franciscana de Hermanos Menores

Quiero hablar de la vocación y el lugar de los hermanos legos en los institutos clericales. En la vida religiosa masculina el 34 % de los miembros son legos. Pero su situación es diversa.

Una parte pertenece a los institutos estrictamente laicales. Pero la mayoría son parte de los institutos que el derecho canónico llama clericales. Entre estos últimos se distinguen dos categorías: aquellos en los que el presbiterio es parte esencial del carisma del instituto; y aquellos que están abiertos indistintamente a clérigos y legos.

Así, por citar sólo el caso de la orden de Hermanos Menores —aunque hay muchos otros en la misma situación—, en su Regla, aprobada por los Papas al principio del siglo XIII, Francisco de Asís pone en un nivel de igualdad a «los frailes predicadores, oradores, trabajadores, tanto clérigos como laicos».

A todos, indistintamente, se les puede confiar el servicio de autoridad (I Reg. 17, 4-5; 2 Reg. 7, 2).

Ahora bien, el derecho canónico actual (c. 588) sólo reconoce dos categorías de institutos masculinos: clericales y laicales. Los hermanos legos que pertenecen a los institutos clericales no tienen, en lo que se refiere a la vida religiosa, los mismos derechos que los clérigos.

Para hacer justicia a los institutos que, por razón de su carisma y sus orígenes, no son clericales, el Intrumentum laboris propone una tercera categoría, los institutos mixtos, donde los clérigos y los legos, de acuerdo a su legislación propia, tendrían los mismos derechos y las mismas responsabilidades en cuanto a su vida religiosa.

En nombre de mi Orden y de otros institutos que se reconocen en ese grupo, pido al Sínodo sea reconocida jurídicamente la existencia de institutos mixtos y que también los legos que forman parte de éstos puedan participar plenamente en la vida de su instituto y también en su gobierno.

Sor Chiara C. Stoppa

Abadesa de las clarisas del monasterio «Mater Ecclesiae» en el Vaticano

La vida consagrada enteramente contemplativa (Perfectae caritatis, 7) es distinta de la venerada institución de la vida monástica (ib., 9). Esta vida, que sigue difundiéndose también en las Iglesias jóvenes, se caracteriza por una entrega total a Dios: Solamente nos ocupamos de Dios. De ahí brota una misteriosa fecundidad apostólica.

En los contemplativos, toda la Iglesia se reúne en el santuario del Corazón de Cristo para acoger el amor, la manifestación del Padre y para responder con la acción de gracias y con el fíat. Los monasterios de vida enteramente contemplativa son también una respuesta al primero y más grande mandamiento del amor a Dios: son un testimonio del primado de Dios. La fuerza de testimonio de un monasterio depende de la radicalidad, de la intensidad, de la claridad con que vive sólo de Dios.

La Iglesia del tercer milenio no puede prescindir de este corazón siempre abierto a la comunicación con Dios. Un obispo que promueve sus monasterios con la enseñanza, con la ayuda de sacerdotes idóneos y con la pastoral vocacional, está vivificando el centro fecundo de su diócesis.

La erección de un monasterio de vida totalmente contemplativa en el Vaticano manifiesta la estima de la Iglesia por esta forma de vida.

«Necesitamos hombres y mujeres que nos enseñen cómo se ama a Dios»

Monseñor Carlos Amigo, a su regreso de Roma y abarrotada la Catedral de Sevilla de fieles, sobre todo de religiosos y religiosas, definió a éstos como «una carta que Dios nos ha escrito y que tenemos que leer con los signos, con el testimonio de vuestras palabras. Sois una carta que Dios ha escrito a nuestra Iglesia. No con pluma y tinta, sino con el amor de Jesucristo. Y eso es lo que tiene que resplandecer. Muchos son los dones y regalos que Dios os ha hecho, pero son para el bien de la Iglesia».

Más adelante, el Arzobispo de Sevilla señaló que la diferencia que existe entre las personas de vida consagrada y un «simple bautizado, no estriba en que unos sean más importantes que los otros, sino en el compromiso de seguir a Cristo. A cada uno nos llama de una forma. Vosotros habéis sido llamados para seguir a Jesucristo de cerca en el camino de la pobreza, la castidad y la obediencia. Los tres son signos pascuales, una señal para que se manifieste la gloria del Padre en su Resurrección. Es por eso que nosotros necesitamos hombres y mujeres que nos enseñen cómo se ama a Dios».

Monseñor Carlos Amigo tuvo un recuerdo para las dos religiosas asesinadas recientemente en Argelia: «Yo las conocía mucho. ¡Qué envidia, Señor, el poder dar la vida por Ti! Y es que aquel que busca a Jesucristo tiene que estar dispuesto a morir por Él.»

Monseñor Amigo, a su regreso de Roma

Tertio millennio adveniente

Carta apostólica del Sumo Pontífice Juan Pablo II al episcopado, al clero y a los fieles como preparación del Jubileo del año 2000

El Papa ha publicado una carta apostólica «Tertio millenio adveniente» (al aproximarse el tercer milenio), en la que expone el programa de actos para preparar el año 2000 y las actitudes con que se debe celebrar.

«La Puerta Santa del Jubileo del Dos Mil deberá ser simbólicamente más grande que las precedentes, porque la humanidad, alcanzando esta meta, dejará a sus espaldas no sólo un siglo, sino un milenio. Es bueno que la Iglesia dé este paso con la clara conciencia de lo que ha vivido en el curso de los últimos diez siglos. No puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy.»

El mayor pecado de este segundo milenio, prosigue el Papa, es la ruptura de la unidad del cristianismo. «Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de comprensión han de citarse aquellas que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo.»

En este fin de milenio, la Iglesia debe implorar la gracia de la unidad de los cristianos: «es éste un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo», afirma Juan Pablo II.

El examen debe versar también sobre la violencia que, en siglos pasados, se empleó para defender la fe. «Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada —especialmente en algunos siglos— con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad.» Los juicios históricos hay que hacerlos teniendo en cuenta el ambiente de la época, dice el Papa, «bajo cuyo influjo muchos pudieron creer que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones, o al menos su marginación». Pero esto «no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor

La Iglesia católica convocará un gran congreso al que estarán invitadas todas las Iglesias, en un esfuerzo colosal por llegar al tercer milenio en condiciones de acelerar la unidad de todos los cristianos crucificado testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre».

Juan Pablo II pasa después a considerar que, como han pedido numerosos cardenales y obispos, es necesario sobre todo un examen de conciencia sobre la Iglesia de hoy. «A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que tienen también en relación a los males de nuestro tiempo.»

Entre estos males, el Papa señala la indiferencia religiosa, la pérdida del sentido de la trascendencia, los errores éticos y teológicos, la desobediencia al magisterio, la violación de los derechos humanos. «Se impone además a los hijos de la Iglesia una verificación: ¿en qué medida están también ellos afectados por la atmósfera de secularismo y relativismo ético? ¿Y qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos frente a la desbordante irreligiosidad por no haber manifestado el genuino rostro de Dios?»

La última parte del examen de conciencia debe estar dedicada a la recepción del Concilio, dice el Papa.

Claves

La mujer, educadora para la paz

Tema para la Jornada Mundial de la Paz

La mujer, educadora para la paz es el tema que el Santo Padre ha elegido para la próxima Jornada Mundial de la Paz. Con dicho tema quiere, ante todo, poner de relieve el papel indispensable que las mujeres desempeñan en favor de la paz, ya sea mediante la educación continua de la juventud, ya mediante su oposición a las numerosas situaciones de violencia. Con él, el Sumo Pontífice desea también dirigir un llamamiento apremiante para que las mujeres sean, cada vez más, artífices incansables de paz en sus familias y en los diferentes ámbitos de la sociedad.

En este último tramo del siglo XX, nuestra sociedad está marcada dramáticamente por la violencia: guerras fratricidas, conflictos permanentes y crímenes abominables desfiguran al hombre, hieren su dignidad y atentan contra su vida. La mujer es, a menudo, la primera víctima de esas violencias, convirtiéndose muchas veces en un instrumento en manos de quienes siembran división y odio.

Por sus cualidades específicas, su sensibilidad para con los más débiles, su sentido del amor y de la entrega, la mujer es la educadora natural para la paz, pero debe llegar a ser efectivamente su promotora principal en la familia, en el mundo del trabajo y en todas sus relaciones interpersonales, para que todos y cada uno de los seres humanos sean reconocidos y amados, y puedan desarrollarse protegidos contra cualquier forma de discriminación.

Durante el próximo año se realizarán numerosas iniciativas internacionales, conferencias y celebraciones. Algunas estarán dedicadas específicamente a la mujer, como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre La mujer y su acción en favor de la legalidad, del desarrollo y de la paz, que tendrá lugar en Pekín del 4 al 15 de septiembre de 1995.

En esta perspectiva, el tema elegido por el Papa es una apremiante invitación a las mujeres, para que profundicen su vocación de educadoras para la paz. Al mismo tiempo, este tema quiere alentar a las comunidades cristianas y a todas las personas de buena voluntad a comprometerse cada vez más en el camino de la paz. Sigue siendo siempre viva la esperanza de que la paz, don de Dios, es posible. Esta esperanza impulsará a nuestros contemporáneos a realizar gestos concretos de paz y a implorar al Señor, para que los hombres y las mujeres de todos los continentes se dejen iluminar por el Espíritu Santo, que es Espíritu de paz interior y de reconciliación fraterna.

La dignidad de la mujer

Qué profunda y hermosa y cuánta luz proyecta sobre la humanidad la Carta Apostólica de S.S. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, que brindó al finalizar este Año Mariano a la mujer.

Cuando la leemos con detenimiento se ve, hasta qué punto se le puede considerar como la Carta Magna de la mujer para la Iglesia de estos tiempos de tanta transcendencia.

Sus nueve capítulos están llenos de afecto y agradecimiento a la mujer.

Remonta sus orígenes hasta el Génesis. Habla de Eva y de María. Habla de ésta como Madre de Dios... Y ya en el capítulo de Jesucristo brota la figura de la mujer dignificada de sus vejaciones en el paganismo.

El Salvador, que viene a redimir a las almas, no limita diferencias entre el hombre y la mujer. Van surgiendo éstas en sus parábolas: «El dragma perdido», «La levadura», «Las vírgenes prudentes». Vemos resucitar a la hija de Jairo, compadecerse de la viuda de Naín, curar a la suegra de Pedro, a la hija de la Cananea, a la mujer que padecía flujo de sangre. Van surgiendo las mujeres que le acompañan en sus viajes apostólicos: Susana, Juana, María.

Brota con su cántaro la gentil Samaritana, la pecadora de Magdala, la mujer adúltera... y luego en su camino hacia el Gólgota la intrépida Verónica. Vemos llorar aquel grupo de mujeres de Jerusalén. Al pie de la Cruz sólo vemos fuera de sus verdugos un hombre, Juan, y tres mujeres. ¿Dónde estaban los que le acompañaron en sus predicaciones? Las mujeres fueron también las primeras en llegar a su sepulcro..., y el Divino Maestro las premia haciéndolas pioneras de su Resurrección.

En el Cristianismo, las mujeres han seguido siendo pilares sencillos y ocultos de la Iglesia. Basta hojear los Hechos de los Apóstoles, o contemplar hoy en día nuestros templos: más mujeres que hombres. Éstos nos ceden siempre la vanguardia de nuestros fervores.

Mas sigamos un poco más esta Carta Apostólica de nuestro amado Pontífice que, después de abrir ante nuestros ojos este gran abanico de méritos femeninos, en otros capítulos habla de su virginidad, de su maternidad, de la Iglesia como Esposa de Cristo... No voy a transcribirla toda, tiene demasiado contenido para resumirla en un simple artículo y demasiado fondo para poder sumergirme en él... Sólo os recomiendo que la leáis.

Un hermoso preámbulo. Ahora bajémonos un poco a la realidad de la vida actual y dialoguemos sencillamente sobre nosotros.

Los hombres han hablado mucho de la mujer, bueno y malo, serio y humorista. Los detractores olvidan tal vez que su madre fue una mujer y, si son cristianos, que si hubo una Eva, hubo también una María en Nazaret. Y que si hubo en la historia Mesalinas y Cleopatras, también han existido Teresas de Jesús y Catalinas de Sena. Que aunque ahora haya alguna que sirva de heroína de escándalo a las «revistas del corazón», hay otras buenas y dignas que permanecen en el anonimato de sus hogares o de sus empleos sin que nadie se dé cuenta de ello, porque con razón decía un dramaturgo: «La mujer honrada, como los pueblos felices, carecen de historia.»

Tiene además la mujer algo que la eleva, una ternura congénita, pues como dice el poeta es madre si es esposa, si es madre o si es hermana... Ya que toda mujer porque Dios lo ha querido «dentro del corazón lleva un hijo dormido». Y se ha dicho también que detrás de un santo o un gran hombre, se atisba la figura, borrosa, algunas veces, de una mujer más grande todavía. De esto nos podía hablar muy bien un san Agustín, un san Fernando, un san Luis de Francia y el mismo san Francisco de Asís.

Claro, que en esto como en todo hay bochornosas excepciones; pero es que, como leí yo en una ocasión, que «no existía la maternidad si al nacer el hijo no nacía con él la madre».

Hombre, mujer, reyes de la Creación. ¿Iguales? No, diferentes.

Admiro la fuerza, el vigor del hombre, su inteligencia empírica y razonadora pero sin cambiarla por la sensibilidad, la ternura, el corazón y la inteligencia intuitiva de la mujer.

Por eso, los hombres sin Dios tratan de atacar este pilar débil, pero fuerte en su ternura. Y la atacan con el espejuelo de falsas concesiones, brindándole cargos que son cargas. Atacando el tesoro de su dignidad con libertades que son libertinajes. Desflorando su virginidad, hunde el reino de su hogar y la realeza de su maternidad tan llena de privilegios. Sí, sí, la mujer por su talento puede ocupar puestos de relieve en empresas públicas y privadas, toda la clase de cargos económicos e intelectuales, pero sin dejar de ser Mujer, así, con mayúscula, si lleva a ellos su feminidad digna y su corazón. Siendo así, creo que sí podríamos cantar a pleno pulmón aquella jotica de «Gigantes y Cabezudos»:

Si las mujeres mandasen
en vez de mandar los hombres
serían balsas de aceite
los pueblos y las naciones.

Pero, ¿es así? Pena me da confesarlo, en casi todos los casos, no. Y tendremos que dar la razón a Shakespeare que decía: «La mujer es un manjar digno de dioses... cuando no lo guisa el diablo.» Tal vez también porque la corrupción de lo bueno es siempre lo peor.

Sí, muchos logros, muchas libertades ha conseguido la mujer en los tiempos modernos, pero si son a cambio de perder su dignidad y los valores morales que el Señor puso en su alma... porque una mujer lo iba a llevar en su seno, seguirá siendo un juguete de placer en manos del hombre como en los tiempos paganos y conseguirá que si la primera mujer nos brindó el primer cataclismo del mundo, otras Evas elaboren el cataclismo final... Pero yo tengo la gran esperanza de que servirán de contrapeso esas innumerables mujeres que tienen puesto el corazón y los ojos en María de Nazaret.

Pilar Aznar Palá

Sin tiempo

Me hinqué a rezar; pero no por mucho tiempo; tenía muchas cosas que hacer. Esto no es para mí; no puedo perder el tiempo. Me tengo que apurar, pues muchas cosas hay que terminar... Y, mientras decía una oración apurada, salí corriendo. Mi deber cristiano estaba hecho, mi alma podía estar tranquila, pues el domingo había ido a misa ya.

Durante el día no tuve tiempo de decir una palabra de alegría, no tuve tiempo de hablar de Cristo a mi amigo, pues temía que se riera de mí.

Demasiadas cosas que hacer. Esa era mi exclamación constante: no tengo tiempo... No tengo tiempo.

No tengo tiempo para formarme, no tengo tiempo para darme a los demás, y sin darme tiempo se me acabó el tiempo.

Y me llegó el tiempo de morir...

Y cuando ante el Señor me presenté. El estaba de pie y en su mano tenía un libro, el Libro de la Vida...

Me miró con tristeza y me dijo: «No puedo encontrar tu nombre.» Alguna vez lo iba anotar, pero nunca tuve tiempo.

San Antonio de Padua

VIII Centenario de San Antonio de Padua • 1195-1995

San Antonio, ayer, hoy y mañana

La Iglesia actual disfruta de un Papa siempre a punto para estar allí donde urge estar, sean cuales fueren las críticas, mohines y desafíos. Su sensibilidad percibe pronto dónde y cuándo debe poner sus cuidados y atenciones. Las motivaciones varían, y por eso las hay acuciantes, convenientes o simplemente oportunas. Valdría la pena un repaso pormenorizado de unas y otras, para ejemplarizar lo mejor los resortes de su actividad apostólica, pero a nosotros nos trae aquí el deseo de destacar la puntualidad con que ha hecho correr su voz para honrar oportunamente, en su centenario, al primer director espiritual de la cultura teológica, que tuvo, ya en sus inicios, la Familia franciscana: san Antonio.

A cualquiera se le puede antojar que cada tiempo tuvo sus hombres, y que a nuestra época de poco le sirven quienes desconocieron los signos del nuestro, por más que nuestro siglo no deja de ser un escalón en la pendiente de la Historia, sin otra firmeza que su apoyatura en los precedentes: quitad arbotantes, retirad rodrigones, y al punto, un temblor en la clave amenazará la presunta estabilidad del arco nunca unánime de la Historia.

Pues bien, en la hornacina particular y en la universal de la Iglesia, san Antonio preside todavía, con su santidad, con su asistencia intercesora y la ejemplaridad de aquella sabiduría de que le surtía el amor y el estudio de la Palabra, la mirada expectante de cuantos necesitamos beber de Dios en sus manos.

Su Santidad exhorta, por eso, «a todos los miembros de la gran Familia Franciscana a esforzarse por difundir un conocimiento adecuado del santo taumaturgo». «Quiera Dios —clama— que entre los frailes de las órdenes franciscanas revivan sentimientos de auténtico fervor en el anuncio de la verdadera fe, junto con el cuidado atento y diligente de la predicación, el conocimiento y la estima de la palabra de Dios y la dedicación incesante y esmerada a la nueva evangelización, ya en los umbrales del tercer milenio cristiano.»

El fervoroso pregón de Juan Pablo II bien puede cifrarse en esto último: una universal invitación a prepararse a abrir el incógnito y dudoso portón del nuevo milenio, cuyos bordes pisamos ya, bajo el signo portador de un santo hispano que, como san Antonio, «enseñó de modo eminente a hacer de Cristo y del Evangelio un punto de referencia constante en su vida diaria (...), para un anuncio coherente y atractivo del mensaje de la salvación».

En alabanza de Cristo. Amén.

Fr. Ángel Martín, ofm

Oración a san Antonio de Padua

Oh Dios, Padre bueno y lleno de misericordia, que escogiste a san Antonio de Padua como Testigo del Evangelio y mensajero de paz en medio de tu pueblo, escucha la plegaria que te dirigimos confiando en su intercesión.

Santifica nuestra familia, ayúdala a crecer en la fe; conserva en ella la paz, la unidad y el amor. Bendice a nuestros hijos; protege a nuestros jóvenes. Concede tu ayuda a quienes padecen enfermedad o dolor, o se encuentran en soledad.

Sé nuestro amparo en el trabajo de cada día y danos tu amor. Amén.