a

Mis guerras. Perusa

Siempre he sido hombre de paz. Mi pueblo dependía del emperador. Nos rebelamos y deshicimos piedra a piedra la fortaleza que hay en lo alto del pueblo. Con las piedras construimos el "comune", el palacio del nuevo gobierno de la ciudad del que tomarían parte todos los ciudadanos. Se había terminado la nobleza. Los nobles de Asís huyeron a Perusa.

Me coloqué entre los caballeros [yo era "caballero": era capaz de tener mi propia cabalgadura y mis armas propias de soldado a caballo, y podía contratar un escudero].

Me apunté a la guerra que los de Asís tenían con los de Perusa. En la batalla de "Collestrada" caí prisionero y me pasé un año en la cárcel de Perusa.

En un calabozo comprendí lo que es la soledad no buscada, la enemistad y la envidia. Mi carácter alegre y abierto sirvió para romper barreras entre caballeros y nobles que estábamos en la misma prisión.

Terminado el año de cárcel volvía a Asís enfermo física y moralmente. Estuve encerrado en casa por largo tiempo, hasta reponerme casi del todo. Hasta mis padres creían que estaba un poco loco y que no volvería a ser nunca más el muchacho alegre de antes.

Mis guerras. Espoleto

Pero la guerra era la única forma de conseguir un título de nobleza y convertirme en alguien de la clase alta. Por mucho dinero que tuviera mi padre siempre sería un "menor", un perteneciente a la clase baja. Por eso comencé mi segunda guerra.

Quise hacer realidad, de nuevo, el sueño de grandeza: llegar a ser "caballero". Se me presentó una ocasión de oro. Salía una expedición de Asís presidida por el conde Gentile, que debía unirse en la Pulla con Gualterio de Brienne, que dirigía el ejército del Papa. Esperaba consagrarme "caballero" en el mismo campo de batalla. Un buen caballo bien equipado y hechos todos los preparativos, me sumé a la comitiva del conde Gentile, que se dirigía a Espoleto.

Al llegar a esta ciudad, tuvimos noticias de la muerte de Gualterio. Debido a este contratiempo, que me truncaba las aspiraciones del joven que llevaba dentro, junto con la fiebre que de nuevo me acosaba, tuve que guardar reposo. Fue tiempo de reflexión, de sueños que parecían querer dar razón a mis deseos, aunque al mismo tiempo me inquietaban, me interrogaban.

Sucedió lo siguiente: uno de esos días de mucha fiebre, revuelta la mente por los anhelos de grandeza y los obstáculos que encontraba, me detuve en sueños en un palacio grande y lujoso, con grandes salas y pasillos, y entre estas suntuosas paredes vi abundantes armas, selladas con la cruz, y una bellísima esposa. Esto me sucedió varias veces.

En cierta ocasión me llamaron por mi nombre y yo dije que quería ir a la Pulla a combatir, y me preguntaron:

"¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor?"
"El Señor", respondí yo.
Y la voz: "¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar de al Señor?"

Y en aquel momento quedé desconcertado, como Samuel, y dije:

"¿Qué quieres que haga, Señor?"
Y él me respondió: "Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente".

Yo no sé si entonces entendí algo o nada. Lo cierto es que, enfermo, volví a casa. Había sido el punto de mira de todos los ojos de Asís en mi marcha, pero lo era también a mi regreso, y a la admiración de entonces se unió el cuchicheo de todos por mi poco valor, por mi flojera, por mi poca valía...

En casa pasé mucho tiempo sin comprender el sueño y con calentura, desencajado, enfermo...

Mis amigos notaba que no les hacía caso, que estaba como ausente. Me preguntaban qué me pasaba y les dije que estaba enamorado y que me iba a casar con una dama muy importante.

Andaba muy serio y pensativo y mi enfrentamiento con mi padre era cada vez más duro, hasta el punto que me encerró en una habitación de casa convertida en celda de prisión. Mi madre también sufría mucho.

Cuando estaba encarcelado mi padre tuvo que irse a uno de sus viajes de negocios y mi madre me abrió las puertas de la prisión familiar.

El Señor me llevó entre los leprosos

Me fui en peregrinación a Roma, a visitar la tumba de los Apóstoles. Allí me puse a pedir limosna mezclado entre los mendigos a la puerta de una iglesia. Le pedía a un mendigo que me cambiara sus vestidos.

El mendigo no se hizo de rogar. La gente no comprendía mi gesto. Yo estaba contento porque había encontrado la Dama que iba buscando, con la que me quería desposar. Era la Dama Pobreza, a la que ya no abandoné nunca.

Me volví a Asís. Vagaba con mi caballo por caminos solitarios de los alrededores de Asís pensando en el rumbo que iba a dar a mi vida. Un día encontré a un leproso en mi camino. Di media vuelta y me marché a todo galope.

Pero al rato reaccioné y me volví al lugar donde había huido del leproso. Le pedí perdón. Le di dinero. Y me atreví a besar su cara desfigurada.

Seguí acudiendo al lugar donde estaban los leprosos, les lavaba, les llevaba comida. Aquello me marcó. Al final de mi vida, cuando quise escribir unas palabras para mis hermanos, como una especie de testamento recordaba perfectamente el momento de mi encuentro con los leprosos.


De mi testamento

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos.Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo.