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Apunte 2. La familia franciscana

Índice

Texto tomado de las Fuentes

¿Por qué todo el mundo andaba en pos de Francisco?

Fray Maseo, uno de los primeros compañeros de San Francisco, no lograba entender el motivo que llevaba a tantas personas a andar en pos de Francisco. Quienes querían compartir su estilo de vida provenían de todas las clases sociales: jóvenes y viejos, mujeres y hombres, cultos e ignorantes, nobles y gente sencilla del pueblo, casados y solteros. Fray Maseo se preguntaba qué podría ser lo que atraía de esa manera a tanta gente.

Francisco escasamente sabía leer y escribir y poco más; prácticamente era un hombre sin mucha cultura. Su familia no poseía ni un apellido ilustre, ni ningún título de nobleza del que pudiera enorgullecerse. Francisco era simplemente el hijo de un comerciante.

No era tampoco un hombre apuesto, sus orejas eran abanicadas, era de baja estatura, delgado, bien pudiera decirse que era un hombre feo. Por consiguiente ni su formación, ni su origen, ni su presencia física, podían explicar la razón del atractivo que ejercía sobre tantas personas.

"¿Qué es, entonces, lo que hace que todo el mundo ande detrás de ti?" preguntaba perplejo Fray Maseo. Al oírlo hablar así, San Francisco, lleno de alegría, respondía: " Puesto que nada de eso tiene mayor importancia, no puede ser sino el mismo Dios quien atrae de esa manera. El es quien hace que toda esa gente quiera seguir mi modo de vivir" (cf. Florecillas 10).

A. Introducción

Una vocación compartida

Su aceptación y adhesión a la Religión de la Encarnación --introducida en el mundo por Jesús de Nazareth-- constituía el vínculo común que unía la vocación de Francisco y Clara. Sin embargo, no fueron ellos las únicas personas que se sintieron animadas por esta convicción, ya que "el Señor les dio" multitud de hermanos y hermanas (cf. Test. 4). Todavía en nuestra época un gran número de personas, grupos, comunidades y Ordenes se sienten en estrecha relación con Francisco y Clara y siguen su inspiración. Para todos ellos conserva todo su valor aquello que Clara escribía a sus hermanas:

"Entre los múltiples beneficios que hemos recibido y que a diario seguimos recibiendo de la generosidad del Padre de toda misericordia, y que debemos de continuo agradecer a El, el Señor de la Gloria, el mayor es el don de nuestra vocación. Y precisamente porque se trata de un don tan perfecto y tan sublime, debemos sentirnos más obligadas a consagrarnos por entero a esta vocación. Por eso, el Apóstol dice: ‘¡Reconoce tu vocación!’. El Hijo de Dios se ha hecho para nosotros el Camino. Y fue justamente este el Camino que nuestro Padre San Francisco, su auténtico ‘enamorado’ y seguidor, nos enseñó con su palabra y con su ejemplo" (Test. Clara 1-2).

Sin embargo, no basta hablar de la vocación que tenemos en común; tenemos también que dar un testimonio común al mundo. Hoy en día, esto se ha vuelto más necesario que nunca. Hasta ahora es muy poco lo que hemos hecho por promover nuestra vocación franciscana. Como tampoco nos hemos empeñado en presentarnos como una familia unida.

B. Sumario

Una familia en conjunto

No debería sorprendernos esta afirmación si tenemos en cuenta que la sociedad en la que Francisco creció y vivió no mostraba particular interés por todo lo que se refería a Jesucristo y su Evangelio. Entre quienes se sentían inconformes o a disgusto con esta situación, eran muchos los que buscaban alternativas en diversos movimientos, por ejemplo, en los movimientos en pro de la mujer, de la pobreza voluntaria, de la penitencia (= albigenses), etc.

El propio Francisco había comenzado por buscar una forma de vida alternativa, aunque tampoco abrigó la intención de fundar una Orden religiosa. No obstante, "después, el Señor le dio hermanos" (Test. 14) = la Primera Orden, seguidos luego por las hermanas = Segunda Orden. Además de estos dos grupos, fueron llegando personas laicas que se convirtieron al ponerse en contacto con Francisco y que conformaron el grupo de los penitentes = Tercera Orden.

Francisco pensaba en estas tres comunidades en términos que correspondían a la vida familiar común en su época: él las veía como una familia. Nunca se dio a sí mismo el nombre de "padre" (= paterfamilia), prefiriendo en su lugar considerarse "una madre que ha engendrado numerosos hijos (los Hermanos Menores) para el Rey (= Cristo)" (2C 16-17; cf. Carta a Fray León 2). Desde luego, debemos aplicar estas mismas palabras a la Segunda y Tercera Orden.

Fue naciendo de allí la necesidad de que todos cuantos se sentían en relación con Francisco, se unieran con el propósito de conformar una única familia, para poder dar testimonio de su vocación común en forma más eficaz y convincente.

C. Desarrollo

1. Francisco y Clara como punto de partida
1.1. Movimiento de los Penitentes y movimiento de las mujeres
1.2. La propuesta alternativa de San Francisco
1.3. Sus consecuencias (efectos)
1.4. Clara de Asís
2. Las tres Ordenes
2.1. La Tercera Orden Franciscana
2.2. La Primera Orden: La Orden de los Hermanos Menores (OFM)
2.3. La Segunda Orden: Las Hermanas Clarisas (OSC)
2.4. La Familia Franciscana

Arbol Genealógico de la familia franciscana

MOVIMIENTO DE LOS PENITENTES  FRANCISCO DE ASÍS (1182 - 1226)
MOVIMIENTO MASCULINO
1210
Fraternidad de los Hermanos Menores
+ 1223
Orden de los Hermanos Menores: OFM
1517
OFM  Observantes
OFM Conv=Conventuales
1525-1528
OFMCap Capuchinos

PRIMERA ORDEN

Tres Ordenes masculinas autónomas:
OFM - OFMConv - OFMCap

1209
"Los penitentes de Asís"

Greccio: Hermanos y Hermanas de la Penitencia (Ley. Per. 74) 1221
Orden de la Penitencia 1289: Tercera Orden (Secular)
1323: Tercera Orden Regular

TERCERA ORDEN

Secular: Hombres y mujeres en la sociedad civil
Regular: Mujeres y hombres que profesan votos: congregaciones, institutos

MOVIMIENTO FEMENINO

Clara de Asís (1194-1253)

1212 Comunidad de las Hermanas Menores
1218-1220 Orden de las Damas Pobres de San Damián
1253 Regla de Santa Clara
1263 Orden de Santa Clara

Damianitas Urbanitas
1410: Coletinas

 

SEGUNDA ORDEN

Estricta clausura, monasterios autónomos, organización en federaciones, subordinadas a Obediencias

C. DESARROLLO

1. Francisco y Clara como punto de partida

Hoy por hoy tenemos una conciencia más definida de que la familia franciscana fue iniciada conjuntamente por Francisco y Clara. Sin embargo, incurriríamos en un craso error si pensáramos que ambos constituyeron un principio en el sentido absoluto de la palabra, dado que a su vez, uno y otra se hallaban insertos dentro de una historia que era anterior a ellos.

1.1. El Movimiento de los Penitentes y el Movimiento de las Mujeres

Al referirse a su nuevo estilo de vida, Francisco emplea el término "penitencia", y por ello, el primer nombre que tuvo su fraternidad fue el de "Penitentes de Asís". En la misma forma, Clara, independientemente de Francisco, se tenía por una penitente. En este contexto, es importante recordar que la palabra "penitencia" (poenitentia en latín) designaba un concepto sumamente importante en aquella época. Equivalía al propósito de llevar "una vida conforme al Evangelio"; dicho de otra forma, la penitencia significaba una entrega total a Dios y a Jesucristo.

¿Cual pudo ser la razón para que entonces se recurriera precisamente a un concepto como el de "penitencia", que hoy se nos antoja tan negativo?

El hombre de la Edad Media tenía una comprensión de la vocación religiosa que difiere sustancialmente de la nuestra. Con frecuencia, se aislaba de la convivencia ordinaria de la gente y de la sociedad - solo o con algunos compañeros - para procurar vivir con Dios en una relación particular. Se veía a sí mismo como alguien que debía llorar continuamente por sus propios pecados y por los pecados del mundo. A través de una vida de oración, de recogimiento y de renuncia, buscaba su propia salvación, así como la salvación de los demás. El concepto "penitencia" constituía una característica fundamental de esa conciencia fervorosa a lo largo de los siglos XII y XIII, llegando incluso a designar un estilo de vida que, poco a poco correspondería a una estructura jurídica, claramente definida.

Desde los comienzos del Cristianismo, tanto el pecado como su absolución, no se consideraban asuntos que se referían únicamente a la persona como individuo. La opinión pública no podía pasar indiferente y ajena al pecado y a su reparación. Por ello, la Iglesia  estableció un estado especial de penitencia para quienes habían cometido delitos graves, tales como el asesinato, el adulterio, la blasfemia, e incluso aquellos pecados que parecían completamente incompatibles con una vida de unión con Dios.

Tales personas, en consecuencia, tenían que hacer penitencia pública, renunciando - entre otras cosas, a la convivencia conyugal -, distribuyendo su dinero a los pobres, fundando iglesias y conventos, rezando determinadas oraciones, ayunando en ciertas épocas, etc.

El pecado, la absolución del pecado y la imposición de la penitencia constituían, en efecto, eventos que se producían públicamente en la Iglesia. No obstante, con el correr del tiempo, poco a poco, esta forma de pensar, de juzgar y de proceder se fue olvidando, hasta verse relegada y sustituida por la confesión auricular. Sin embargo, dicho desplazamiento no se produjo sin resistencia de la Iglesia oficial. Muchos hombres y mujeres decidieron entonces abrazar el estado de penitentes. Por sí mismos y en sustitución de los demás, se mostraban dispuestos a asumir las consecuencias que anteriormente eran propias de la penitencia pública.

En un libro que se refiere a esta cuestión, se hace la siguiente observación: "Quien no sepa recitar de memoria los salmos, quien no se sienta capaz de permanecer en vela durante una vigilia nocturna, quien no es capaz de ponerse de rodillas o de quedarse de pie con los brazos en cruz, o postrado en el suelo, podrá escoger otra persona que asuma en su lugar la respectiva penitencia, pues está escrito: 'Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas' (Gál 6,2) "

La práctica de la penitencia supuso la imposición de determinadas prescripciones, tales como la prohibición de ejercer profesiones que parecieran incompatibles con el Evangelio, por ejemplo, el oficio de comerciante o de soldado, para citar únicamente dos casos. Estaba prescrito el ayunar los lunes, miércoles y viernes; era obligatorio observar el gran ayuno durante el tiempo de Cuaresma, dar limosna, disciplinarse con instrumentos de penitencia (flagelación, cilicios, hacer peregrinaciones, retirarse a una ermita, etc.).

También en la vida de Francisco y Clara encontramos prácticas y ejercicios de esta índole. En el año de 1221, en una especie de Regla, que fue antiguamente atribuida a Francisco, pero que en realidad no es de su autoría, aparecían prescripciones parecidas. Nos referimos al así llamado "Memorial". Posiblemente fue el cardenal Hugolino quien preparó este documento, buscando con ello imponer sus ideas a los Hermanos Menores, lo mismo que a las Hermanas de San Damián.

En su "Carta a los fieles", dirigida a los penitentes que buscaban su orientación y consejo, Francisco alude indirectamente a dicho "Memorial", proponiendo, sin embargo, su propia opinión acerca de la vida evangélica, con lo que conseguía proyectar su influencia personal sobre sus seguidores. De este movimiento de penitencia, orientado y animado por Francisco, fue de donde posteriormente surgió la Tercera Orden Franciscana, en un principio en forma espontánea, y finalmente, de manera oficial en el año de 1289, con la aprobación del Papa Nicolás IV.

A principios del siglo XIII, por tanto ya antes de Francisco y Clara, existía un gran entusiasmo por las Ordenes de Penitentes. Lo que refiere Tomás de Celano con respecto a Clara, puede también traducir algo de este dinamismo religioso: "Muchas personas que ya estaban ligadas por el vínculo del matrimonio, se comprometieron de común acuerdo, a observar la abstinencia conyugal, mediante el ingreso de los hombres en una Orden y de las mujeres en un monasterio. La madre animaba a su hija y la hija estimulaba a su madre a seguir a Cristo; las hermanas alentaban a sus hermanas y las tías hacían lo propio con sus sobrinas" (Vida de Santa Clara 10).

En realidad, la cita anterior pone de manifiesto otro hecho: el movimiento de los penitentes ejercía igualmente una considerable influencia en la vida de las mujeres. En toda la Italia central, como también en Renania (piénsese por ejemplo en la Beguinas), fueron surgiendo espontáneamente movimientos de mujeres. Se trataba particularmente de personas pertenecientes a familias adineradas o nobles que se retiraban de la sociedad - ya como anacoretas o ingresando a un monasterio - para llevar una vida exclusivamente consagrada a Dios. Tan sólo en nuestra época hemos llegado a comprender la enorme importancia que alcanzaron dichos movimientos. Lo anterior nos permite comprender en qué forma las motivaciones ascéticas (= renuncia y mortificación) fueron también características de las tres Ordenes Franciscanas, a pesar de que no constituían su elemento central, como ha sido demostrado en la Primer apunte. La mayor importancia la retuvo siempre el principio positivo: el testimonio ofrecido a un Dios que se encarnó para hacer más humanos a los hombres.

 1.2. La alternativa propuesta por San Francisco

Aparte del movimiento de los penitentes, se presentaba otro factor en la situación de la sociedad de Asís, que a la postre fue determinante para la forma de vida elegida y adoptada por Francisco y Clara.

"Como me encontrase envuelto en el pecado" (Test 1)

En su testamento, Francisco divide su vida en dos momentos o fases, nítidamente separadas una de otra, o sea: la vida "en pecado"  y su vida "de penitente". Dicha división nos proporciona alguna claridad, no sólo en relación con la biografía de Francisco, sino también respecto a diversas formas de vida yuxtapuestas, a saber, la sociedad burguesa y la Orden Franciscana. Lo que separa  una forma de vida de la otra es el "abandono del mundo"  como Francisco solía llamarla. El entendió su nuevo régimen de vida como una alternativa y una ruptura con el régimen de vida que había vivido anteriormente en la ciudad de Asís.

Para poder comprender la fascinación que Francisco fue capaz de suscitar en tantas personas, es indispensable señalar los rasgos característicos de lo que tal vida "en pecado" significaba. Al leer las biografías escritas sobre la persona de Francisco, uno se siente tentado a identificar en dicho estado "en pecado" varios pecados concretos y diferentes. No obstante, lo que se pretende expresar en esa forma es una condición general, un modo de estar sometido a condiciones sociales que ignoran por completo a Dios, a Jesucristo y su Evangelio. A pesar de que en la ciudad de Asís había muchas iglesias y sacerdotes, y de que frecuentemente se celebraban oficios litúrgicos, la gente se mostraba interesada y embebida en sus asuntos inmediatos, sin conceder mayor importancia a otras realidades.

El mundo del que Francisco participaba antes de retirarse de él, revestía determinadas características:

Como ocurre hoy en muchas partes del mundo, el desarrollo urbano provocaba el éxodo de la población rural hacia las ciudades. Eran muchas las razones que provocaban el que tal cosa ocurriera: inventos técnicos, propios de la época, lo mismo que el florecimiento del comercio contribuían al creciente prestigio de las ciudades, lo que se constituyó asimismo en factor determinante de la prosperidad que alcanzaron muchos miembros de la burguesía. Conviene, con todo, advertir que tan sólo una porción relativamente pequeña de la población general tenía acceso a dicha posibilidad.

La mayor parte de la población vivía al margen, percibiendo únicamente un mínimo indispensable para poder subsistir. Una inmensa muchedumbre padecía los rigores de la miseria y vivía en condición de penuria. Pero el más inhumano era el destino de los leprosos, forzados a vivir fuera de las ciudades. Su expulsión se realizaba incluso con la solemnidad de un oficio litúrgico.

El desarrollo de las ciudades provocaba un viraje de la sociedad: la vida social no estaba ya fundada en la posesión de la tierra, sino en la función que se desempeñaba dentro de la ciudad; no tenía ya su fundamento en los nobles (que en Asís se llamaban "mayores"), sino en el pueblo (conocidos en Asís como los "menores"). Ya no conservaba su valor la autoridad otorgada "por la gracia de Dios", como un derecho vitalicio heredado de los antepasados, sino la autoridad concedida "por la gracia del pueblo" por medio de las elecciones que se organizaban periódicamente. Ya no conservaba su valor el sistema feudal, basado en el latifundio y ratificado por la fidelidad que los vasallos prometían a sus señores, sino que lo que ahora valía era la decisión de los burgueses.

Esta transición y este cambio de la base social supuso un proceso largo y doloroso. En concreto, en Asís, él significaba: revolución, guerra civil y cautiverio.

En 1203 fue firmada en Asís una "Carta de Paz" entre la nobleza y la población, la que devolvía a los nobles su autoridad, desde luego, de alguna manera mitigada. Inmediatamente después (1203-1204) vivió Francisco los acontecimientos que decidirían su vida, a saber: su enfermedad, su encuentro con el leproso, el acontecimiento de San Damián y el rompimiento con su padre.

En la segunda "Carta de Paz" de 1210, el peso político se inclinó del lado del pueblo. Casi por el mismo tiempo, Francisco, acompañado de once compañeros, presentó al Papa su propia "Carta de Paz" que contenía la forma de vida que él y sus hermanos voluntariamente habían elegido (1Rg 2,5.7).

Misericordia

Francisco vincula su conversión a una experiencia muy concreta y única: Ve reflejada la miseria de su época en la cara destrozada de un leproso.  Reconoce que de alguna manera Asís es una "cultura de la inclemencia" y que el sistema social en el que creció no se basa en el Evangelio. También que el mundo en que él se crió no se rige por la hermandad sino por el dinero y el "estatus", por el poder y la dominación de los ricos sobre los pobres. De esa manera Francisco se distancia del mundo (ver Test 1-5) y comienza con su "cultura de la misericordia".

Descubre al "Crucificado" y ve en él el ejército de los leprosos. Descubre el evangelio de los pobres y se mezcla con la gran masa de los mendigos y jornaleros, personas que van en busca de trabajo día tras día. Francisco descubre una Iglesia fraternal y trata de vivirla en comunidad con los pobres y leprosos. Su ejemplo fue seguido en las 3 órdenes fundadas por él mismo.

 1.3. Las consecuencias

Al principio Francisco se encontró solo, despreciado, perseguido por su padre, declarado loco. Mas, a poco comenzaron a llegar hermanos y hermanas; y en 10 o 15 años, el número de aquellos que se dejaron seducir por la alternativa franciscana creció desmesuradamente. Dos textos ilustran claramente el ascendiente que Francisco ejercía sobre los demás:

"Corrían a él hombres y mujeres; los clérigos y los religiosos acudían presurosos para ver y oír al santo de Dios, que a todos parecía hombre del otro mundo...Mucha gente del pueblo, nobles y plebeyos, clérigos y legos, tocados de divina inspiración, se llegaron a San Francisco, deseosos de militar siempre bajo su dirección y magisterio. Cual río caudaloso de gracia celestial, empapaba el santo de Dios a todos ellos con el agua de sus carismas y adornaba con flores de virtudes el jardín de sus corazones. ¡Magnífico operario aquel! Con sólo que se proclame su forma de vida, su regla y doctrina, contribuye a que la Iglesia de Cristo se renueve en los fieles de uno y otro sexo y triunfe la triple milicia de los que se han de salvar. A todos daba una norma de vida y señalaba con acierto el camino de salvación según el estado de cada uno" (1C 36-37).

Pero más importante todavía que este texto escrito en 1228 por el franciscano Tomás de Celano, resulta la narración de otro testigo ocular, Jacobo de Vitry. Y nos parece tanto más valioso por tratarse de un personaje ajeno al movimiento franciscano, que escribe en el año de 1216:

"He visto a un gran número de hombres y mujeres que renunciaban a todos sus bienes y abandonaban el mundo por amor de Cristo: los "Hermanos menores" y las "Hermanas menores", como se les llama. Tanto el Señor Papa como los cardenales sienten hacia ellos un gran aprecio. No les interesan para nada los valores y los bienes temporales. Alimentan, con todo, una única pasión a la que consagran sus esfuerzos: arrancar de las vanidades del mundo las almas que están en peligro para atraerlas a sus filas. Y por la gracia divina han tenido ya grandes éxitos y han realizado numerosas conquistas; quienes los escuchaban, decían a sus amigos: 'Vengan, para que lo vean con sus propios ojos'. De esta manera, un auditorio llama e invita a otro. Esos hermanos viven de acuerdo con la forma de vida de la Iglesia primitiva, de la que se escribió: 'la multitud de los fieles tenían un sólo corazón y una sola alma' (Hech 4,32).

Durante el día entran en las ciudades y aldeas, dedicados a la vida activa del apostolado; por la noche, vuelven a sus eremitorios o se retiran a la soledad de la vida contemplativa. Las mujeres conviven en algunos hospicios no lejos de las ciudades; no reciben ni aceptan donaciones, sino que viven del trabajo de sus manos. Pero se afligen y se sienten muy molestos con la veneración que tanto clérigos como laicos les tributan, por parecerles desmedida.

Una vez al año, los hombres de esta Orden se encuentran y reúnen en un lugar previamente convenido para alegrarse en el Señor y comer juntos, lo que les resulta altamente provechoso a todos. Valiéndose de la ayuda de consejeros rectos y virtuosos, redactan, promulgan y presentan para su aprobación al Señor Papa santas instituciones; y luego, se separan de nuevo por un año y se expanden por toda Lombardía, Toscana, Apulia y Sicilia" (Jacobo de Vitry, carta de 1216).

1.4. Clara de Asís

Clara de Asís es la co-fundadora que participó casi desde el principio de esta nueva visión espiritual. Paul Sabatier, el gran investigador de la historia franciscana, nos habla de ella:

 "La figura de Clara no constituye tan sólo una reproducción de Francisco, el fundador de la Orden...Ella aparece como una de las mujeres más nobles descritas por los historiadores. Se tiene la impresión de que, por humildad, ella se ocultaba y procuraba desaparecer entre bastidores. Sin embargo, tampoco sus contemporáneos supieron apreciarla en su justo valor, acaso por un desmedido recelo, o hasta obedeciendo a motivaciones surgidas de la rivalidad entre las diversas fundaciones franciscanas. Quitada esta reserva, Clara tendría que ser tenida como una de las mujeres más sublimes de toda la historia"

Es preciso poner de manifiesto que Clara llevaba ya una intensa vida espiritual antes de encontrar a Francisco por primera vez. Independientemente de él, había elegido ya un estilo de vida radical en la condición de los penitentes. Al oír Francisco hablar de Clara, se puso en contacto con ella y le habló del "buen Jesús". Fue entonces cuando Clara decidió acompañarlo y se incorporó definitivamente al movimiento franciscano en 1212. En un sueño, sintió la presencia de Francisco como la de una madre "que la amamantaba". Esta afirmación aparece en el testimonio presentado por uno de los testigos en su proceso de canonización.

Mientras que Francisco pertenecía a "los menores", como miembro que era de la rica corporación de los comerciantes del pueblo de Asís, Clara era miembro de una familia de "mayores", es decir, pertenecía a la aristocracia. Queda la impresión de que entre las mujeres de la casa de esta noble familia se hubiera dado una conspiración, pues cuando Clara se fue a vivir a San Damián, también Inés y Beatriz, sus hermanas de sangre, y su madre Ortulana, lo mismo que su parienta Pacífica de Guelfuccio, se unieron a ella en el mismo convento.

Francisco escribió entonces una forma de vida para las "Hermanas Menores", como se les llamó el principio por analogía con el nombre original de la Primera Orden; posteriormente, sin embargo, recibieron el nombre de "Damas Pobres de San Damián". Clara insertó en su Regla el texto escrito por San Francisco:

"Al advertir el bienaventurado Padre que, de alguna manera, abrigábamos un gran temor por la pobreza, el trabajo, el sufrimiento, la humillación y el desprecio del mundo, pero que realmente queríamos aceptar todas estas cosas como si fuesen grandes placeres, él mismo, movido por su amor, escribió para nosotras una forma de vida en estos términos: 'Desde el momento en que, por inspiración divina, os habéis convirtido en hijas y servidoras del altísimo y sumo rey, el Padre del cielo, y os desposasteis con el Espíritu Santo, escogiendo una vida conforme a la perfección del santo Evangelio, yo quiero - y lo prometo en mi propio nombre y en el de mis hermanos - alimentar siempre, para el bien de todas vosotras, el mismo diligente cuidado y solicitud que tengo por ellos'. Y él cumplió con toda fidelidad esta promesa durante todo el tiempo de su vida y quiso que también sus hermanos la cumplieran" (Regla de Santa Clara VI, 2-4).

La forma de vida escogida por Clara era hasta entonces completamente desconocida en la Iglesia. A lo largo de varias décadas Clara se vió precisada a luchar por su derecho de vivir esta forma de vida franciscana, muy particularmente en lo referente a su exigencia central: la pobreza absoluta. Y es que resulta necesario tener presente que no era entonces costumbre ni estaba previsto en el Derecho Canónico que una comunidad de mujeres pudiera recibir la aprobación eclesiástica sin poseer bienes y sin   poder   por   tanto   asegurar los presupuestos materiales necesarios  para  su  subsistencia.

Ella personalmente escribió una Regla, convirtiéndose así, en la primera y hasta nuestros días, única mujer en la historia en escribir una Regla monástica. Sin embargo, para lograr la aprobación    papal   de  su  regla, debió esperar casi hasta el final de su vida.

Las tres Órdenes

Conviene poner de presente una vez más que el movimiento de Francisco y Clara aparecía inicialmente inserto en un movimiento más amplio, a saber, el movimiento de los penitentes; mas, las personalidades de ambos eran tan vigorosas que, a poco ya se distinguían del movimiento en general, marchando por caminos propios. La atracción que ambos ejercían hizo posible la aparición de las tres Ordenes que, ya en la obra de Tomás de Celano se presentan como una unidad histórica. Se trata, por consiguiente, de una comunidad de personas, procedentes de diversos estratos y núcleos sociales, que - unidas - deseaban participar en la alternativa propuesta por Francisco y en la que habían creído encontrar su propia identidad, el sentido de sus vidas y su propia realización.

"Fueron muchos los que quisieron abandonar los cuidados del mundo para llegar al conocimiento de sí mismos en la vida y en la escuela de santidad del santo padre Francisco, marchando hacia el amor de Dios y su culto" (1C 37).

Enseguida, vamos a procurar señalar los rasgos característicos de las tres Ordenes.

 2.1. La Tercera Orden franciscana

Si consideramos el Movimiento de los Penitentes como punto de partida de Francisco y Clara, podremos llegar en línea recta hasta la "Orden Franciscana de la Penitencia", como se llamó inicialmente la Tercera Orden. Sin que puedan considerarse estrictamente como derivaciones, las otras dos Ordenes sí son, por lo menos, condensaciones de la "Orden de la Penitencia".

Desde muy temprano, la fascinación que la persona de Francisco provocaba, acarreó múltiples consecuencias para la misma Orden de Penitencia. Probablemente fue Greccio el lugar de nacimiento de la Tercera Orden de San Francisco. Sería éste un detalle irrelevante si no tuviéramos bien presente que fue allí donde se celebró por primera vez la fiesta del Pesebre, la revelación de la Religión de la Encarnación.

En cierta ocasión, Francisco declaraba: "Entre las grandes ciudades, no fueron muchas las que se convirtieron a penitencia como Greccio, que no es más que una pequeña ciudad-castillo". Y el relato prosigue: "Pues en muchas ocasiones, cuando los hermanos cantaban las alabanzas a Dios, tal como solían hacerlo en muchos lugares, entonces el pueblo de la ciudad, grandes y chicos, salían de sus casas y se reunían en el camino fuera del pueblo y respondían en alta voz a los hermanos: ¡Sea alabado el nombre del Señor, nuestro Dios!. Incluso los niños pequeños que escasamente sabían hablar, alababan a Dios como podían, cada vez que encontraban a los hermanos"  (Colección de Perusa, 74).

Se aludía aquí, desde luego a la Tercera Orden, convertidos que volvían a practicar su fe y a contar con Dios en la cotidianidad de sus vidas. Al reconocer a Dios, daban testimonio de que El era el Señor de sus vidas, adorándolo y rindiéndole honor "en sus casas". Esta era la expresión comúnmente usada para referirse a la forma original de esta Orden. En otras palabras, se trataba de personas que procuraban vivir su fe en sus familias, en sus profesiones y en medio de sus quehaceres dentro de la sociedad.

Francisco dio una especie de Regla a este grupo de seguidores, conocida como la "Carta a los Fieles". La historia de esta carta resulta interesante, por el hecho de que existen dos versiones. La primera redacción, en el fondo, no es más que de una exhortación a la penitencia (4Ct-a). La segunda redacción (4Ct-b) aparece enriquecida con la recomendación de actitudes fundamentales de la vida espiritual y con orientaciones concretas.

Las dos cartas poseen la riqueza --tanto en el sentido teológico como espiritual-- de una impresionante introducción (piénsese en el prólogo del Evangelio de San Juan). En lel primer apunte destacábamos ya la importancia capital de esta significativa pieza para la recta comprensión e interpretación de la vocación franciscana.

Ya hemos aludido al "Memorial", o estatuto no escrito por Francisco, pero que estaba destinado a regular los aspectos organizativos y jurídicos de la vida franciscana. Dicho estatuto poseía y sigue poseyendo gran importancia, por cuanto contiene --como afirmación centra-- la obligación de rehusarse a la prestación del servicio militar. En este punto se pone de manifiesto la fuerza subversiva de la Orden Tercera que se mantiene viva hasta nuestros días.

Con base en estos estatutos, los penitentes podían reunirse en fraternidades. No cabe duda alguna de que en sus comienzos tales fraternidades fueron lideradas por laicos. Su acompañamiento espiritual, es decir, el cuidado de las almas, fue tarea asumida por  Dominicos, Franciscanos o miembros de otras Ordenes religiosas. En esto se pone de manifiesto una reglamentación que se sigue presentando continuamente, y que continuará siendo normativa durante toda la historia de la Tercera Orden, llegándose incluso a formas que la "desnaturalizaban": la Iglesia clerical creía que debía someter todo a su control y poner todo bajo su dependencia, dado que las formas autónomas de las asociaciones laicales le inspiraban poca confianza.

En 1289, el "Memorial" fue sustituído por la Regla del Papa Nicolás IV, quien puso todo el Movimiento de los Penitentes bajo la jurisdicción de la Orden franciscana. Se reforzaron entonces las relaciones jurídicas y espirituales con la Primera Orden. Tan sólo a partir de esta fecha puede hablarse oficialmente de una Tercera Orden en el sentido riguroso de la palabra. Vale la pena, además, poner de presente que otros grupos que hasta entonces habían obedecido al "Memorial" --no estando orientados por Francisco-- terminaron por afiliarse a otras Ordenes, fundando así sus propias "Ordenes Terceras", como por ejemplo, la "Orden Tercera de Santo Domingo".

Históricamente la Tercera Orden desarrolló muy diversas expresiones y formas. Entre ellas, es posible distinguir las siguientes "formas de vida":

La forma de vida primitiva (original): "los convertidos en su propia casa":

La personalidad más conocida, que podemos mencionar en este contexto, es la amiga de San Francisco: "Fray" Jacoba Frangipani de Sietesolios. Muchas veces, encontrándose Francisco en Roma, solía residir en casa de esta mujer. Y cuando se hallaba ya en su lecho de muerte ella acudió presurosa a visitarlo y tuvo el privilegio de ser enterrada cerca de su sepulcro (cf. 3C 37-39).

Otra persona que pertenece indudablemente a este grupo es el bienaventurado Luchesio de Poggibonsi (+1260). Junto con su esposa Bonadona, se dedicó solícita y cariñosamente al servicio de los pobres.

Las dos formas actuales de la Tercera Orden Franciscana son las siguientes:

La Tercera Orden Regular (TOR/OSF)

Pertenecen a esta Orden, 22 congregaciones masculinas y 382 congregaciones femeninas, como también algunos institutos que poseen la misma Regla en común. Esta Regla fue aprobada por el Papa Juan Pablo II el día 8 de diciembre de 1982. Tanto por el tenor de su texto, como por su espíritu, esta Regla parece mucho más franciscana que cualquiera otra de las que la han precedido.

La Tercera Orden Seglar (OFS)

En sus comienzos, esta "Orden de Penitentes" gozaba de una gran importancia dentro de la sociedad civil; pero en el curso de los tiempos acabó por no ser más que una fraternidad piadosa. En cierta época, el siglo XIX, el Papa León XIII abrigaba muchas expectativas respecto de la Tercera Orden Secular, a la que dio con este propósito una nueva Regla. De acuerdo con la opinión normativa de León XIII, esta Orden de San Francisco debería reflejar, no sólo la esencia espiritual de la Iglesia y de la vida pública, sino que debería constituirse también en el portador y genuino instrumento del mensaje socio-ético de la Iglesia para, de esta manera, combatir y derrotar las ideas del Marxismo.

La nueva Regla, aprobada el 24 de Junio de 1978 por el Papa Paulo VI está toda ella penetrada e imbuida de un auténtico espíritu franciscano.

Nos parece oportuno citar una voz representativa de las fraternidades OFS de Norteamérica:

"La nueva Regla paulina de 1978 convoca a la Tercera Orden Secular en forma inequívoca a hacer parte de la "vanguardia evangelizadora" (Bahía 1983,17) junto con las otras ramas de la familia franciscana. Además de los numerosos aspectos de la misión que ella comparte con los franciscanos y franciscanas de las distintas Ordenes, es decir, la exigencia de anunciar el Reino de Dios por medio del testimonio personal y comunitario, la Tercera Orden Secular tiene todavía --junto con los demás movimientos laicales-- una misión que cumplir, a saber: 'la renovación de la Orden secular en el mundo' (Decreto sobre el Apostolado de los Laicos).

Este empeño en su renovación constituye 'el fermento' que pone el corazón y el espíritu de Cristo en la cotidianidad de los hombres y mujeres que viven en el mundo. Al concentrarse en sectores de actividades apostólicas, se empeñan en imprimirles una impronta franciscana. Entre estos apostolados específicos es necesario mencionar: el sagrado estado de la familia, el trabajo como un don recibido, capaz de dar todo su valor al crecimiento y mejoramiento de la humanidad, el compromiso en la vanguardia por medio de 'iniciativas audaces en pro de la justicia, la Paz y la conservación de la Naturaleza', en suma, el conjunto de toda la creación animada o inanimada, para protegerla y conservarla".

2.2. La Primera Orden: La Orden de los Hermanos Menores (OFM)

En sus comienzos, "los penitentes de Asís" como se llamaban a sí mismos los primeros hermanos, fueron predicadores itinerantes. En el año de 1209/1210 presentaron en Roma un documento en el que habían transcrito varias palabras de la Biblia, escogidas por ellos mismos como norma de su forma de vida. En dicho documento se incluían asimismo algunas pocas prescripciones destinadas a regular la vida común, circunstancia que los identificaba y distinguía del "movimiento de penitentes" en general. Iniciaron así una historia propia como fraternidad franciscana. Esta primera forma de vida, aprobada oralmente por el Papa, se fue actualizando año tras año. En 1221, la conocida con el nombre de "Regla no bulada" (1 Rg) parecía tan voluminosa, que se hizo necesario preparar una nueva redacción. Esta nueva versión fue aprobada por una bula papal en el año de 1223 (es la conocida como  "Regla bulada", que se identifica con la sigla 2 Rg), y que se mantiene vigente hasta nuestros días. Es importante, con todo, afirmar que la fraternidad primitiva se convirtió en la Orden de los Hermanos Menores en el año de 1223 (cf. Mt 18, 1-4).

Conviene, no obstante, observar que la persona de Francisco sigue siendo la fuerza modélica (la "forma de los menores") a pesar y más allá de la Regla. Francisco es el "hermano por antonomasia" que encarna el ideal común (cf. Jordán de Giano 17).

En nuestra época, la fraternidad OFM vive una fuerte tensión entre dos interpretaciones de sus ideales fundamentales: por una parte, los hermanos procuran vivir un estilo de vida elemental y precario, realizando trabajos asalariados pesados, recurriendo a la mendicación cuando lo vieren necesario y dedicándose a la predicación; y, por otra parte, llevan una vida de oración/contemplación y cultivan la convivencia con la gente de fuera por medio de una relación fraterna, que en algunos momentos adquiere tonos maternales. La referida tensión --que en Francisco mantuvo siempre su unidad-- ha conducido en el decurso de la historia a numerosos movimientos de reforma que todavía en nuestra época siguen dándose. Se trata fundamentalmente de dos orientaciones diferentes, pero interrelacionadas:

Consagración a Dios por medio de la oración y la contemplación

De esta actitud forman parte la pobreza radical, el absoluto  despojo de toda y cualquier posesión. Se procura vivir en las mismas condiciones sociales vividas y sufridas por todos los seres humanos abrumados por el peso de la pobreza. Entonces, la pobreza voluntaria se torna modelo de solidaridad.

Donación a los hombres y al mundo en solidaridad concreta

Estrechamente vinculada a esta segunda actitud aparece la proximidad y cercanía a todas las personas, sin asomo de discriminación por ningún concepto, la vida en las ciudades, el servicio pastoral, la asistencia social, etc., en cuyo caso se permite el empleo y la propiedad de los recursos materiales indispensables para la práctica y el ejercicio de las actividades apostólicas.

La historia de la Orden de los Hermanos Menores bien pudiera caracterizarse mediante la representación de un ininterrumpido movimiento pendular, acentuando ahora un polo, ahora el polo opuesto. Las nuevas propuestas de reforma se han presentado en la historia bajo diversos títulos: Espirituales, Bernardinos, Descalzos, Alcantarinos, Recoletos y muchísimos más. De esta historia, llena de tensiones, brotaron las tres ramas de la Primera Orden que existen hasta nuestros días.

Ocurrió que en el año de 1517, el Papa León X quiso establecer unas condiciones definidas en la Orden; y dado que por entonces sólo existía una única expresión de la misma, que tenía a su cabeza un único Ministro General, determinó dividirla en dos Ordenes independientes, las que poco después fueron seguidas por una tercera. Sin embargo, el Papa estaba en un error: el movimiento pendular se activó nuevamente, haciendo que surgieran todavía otras agrupaciones. El Papa León XIII volvió a agruparlos en una única entidad.

Actualmente, encontramos tres Ordenes masculinas, independientes y autónomas que --unánimemente-- reconocen a Francisco como su fundador y obedecen a su Regla de 1223.

OFM= Orden de los Hermanos Menores

Entre las tres Ordenes, es la que cuenta con mayor número de miembros. Por lo general es llamada por el pueblo sencillamente "Orden Franciscana" o Franciscanos "marrones" (por el color del hábito), como también Observantes, Bernardinos, e incluso otros nombres. En 1517 se produjo la separación de la Orden de los Conventuales. La organización posterior de la OFM fue de nuevo introducida por el Papa León XIII (es conocida como Unión Leonina).

OFM Conv = Orden de los Hermanos Menores Conventuales

Por razón del número de sus miembros, ésta es la menor de las tres Ordenes. Es igualmente conocida bajo otros nombres, como: Minoritas, Franciscanos pardos (también por el color de su hábito), etc. Hoy en día esta presente en los 5 continentes.

OFM Cap= Orden de los Hermanos Menores Capuchinos

Entre los años 1521 y 1528, surgió en un proceso muy doloroso y lamentable, la comunidad de los Capuchinos, originalmente concebida como una comunidad puramente contemplativa. Su nombre proviene de una capucha larga y puntuda, usada por sus miembros. Nuevas iniciativas, escisiones y disidencias que se siguen presentando en las tres Ordenes constituyen la prueba de que el movimiento pendular continúa de manera ininterrumpida hasta nuestros días.

Nos queda por manifestar que esta historia de reformas ha tenido inevitables consecuencias tanto para las comunidades femeninas como para la Tercera Orden. La agregación a uno u otro de estos movimientos fue llamada "obediencia". Sin embargo, la Orden Tercera en los últimos años se ha venido distanciando de la "obediencia" a una determinada Orden, buscando su autonomía e independencia, lo cual no compromete ni afecta, con todo, su unión y su asistencia espiritual.

2.3. La Segunda Orden = Las Clarisas  (OSC)

En el año de 1263, el Papa Urbano IV decidió que las "Damas Pobres de San Damián", es decir, todas las Hermanas que de manera más o menos explícita - estaban vinculadas a Clara, deberían llamarse "Clarisas".

Francisco había dejado a Clara una Regla, cuando ella determinó seguir sus pasos. En ese momento, no era factible que Clara adoptara un estilo de vida semejante al de Francisco. Era por completo impensable, por ejemplo que Clara pudiera vivir una vida de predicadora itinerante. Sin embargo, Clara atribuía a la cuestión de la pobreza singular importancia.

En este Clara obtuvo en 1216 el así llamado "privilegio de la pobreza", que ella misma hizo ratificar por los Papas posteriores. La vida de las Clarisas guardaba una gran semejanza con el régimen de vida que se llevaba en los eremitorios. (cf. Regla Erem). El énfasis se ponía inequívocamente en la consagración a Dios, por medio de la oración, el culto y la contemplación.

Pero el Cardenal Hugolino consideraba que el fundamento jurídico y espiritual de esta comunidad de mujeres de San Damián era absolutamente insuficiente. Además tuvo conocimiento de que en muchas ciudades italianas surgían comunidades parecidas. Decidió, en consecuencia, fundar la "Orden de las Damas Pobres de San Damián", reuniendo bajo este título también otras comunidades femeninas que habían brotado espontáneamente, sin referencia explícita a Francisco y Clara. El Papa afincó la Orden sobre un fundamento monástico de estilo benedictino y redactó para la misma una nueva Regla (1218-1220). El núcleo central de esta Regla lo constituye la clausura absoluta, ya que más de la mitad de dicha Regla se ocupa de la cuestión de la clausura, determinada hasta los detalles mas insignificantes.

Es digno de admiración y sorprendente el hecho de que Clara --a pesar de una Regla tan poco franciscana-- hubiera logrado llevar una vida mística de gran profundidad. Queda sí, la impresión de que ella obedeció y se ciñó a tal Regla, que le había sido impuesta, de manera puramente "formal". Por otra parte, en 1234 Clara se puso en contacto con Santa Inés de Praga, que entonces se hallaba comprometida en el empeño de lograr un fundamento franciscano para la Segunda Orden. El Papa Gregorio IX, el antiguo Cardenal Hugolino, no quiso atender su petición, pues decía que la Regla de las Hermanas, escrita por San Francisco, no era más que "un alimento para niños de pecho" completamente insuficiente para mujeres adultas.

Tan sólo su sucesor, el Papa Inocencio IV cedió un poco, al redactar una nueva Regla para Clara. Con todo, también este pontífice incurrió en el mismo error, pues al pretender imponer a los conventos la obligación de aceptar dotes y propiedades, no hizo otra cosa que suscitar una decidida resistencia por parte de Clara, quien comenzó entonces a escribir su propia Regla, procurando asimilarla a la Regla de los Hermanos Menores de 1223, con lo cual se reforzaba la unidad espiritual entre la Primera y la Segunda Orden. La Regla conservaba, no obstante, la forma de vida contemplativa, siguiendo en parte --a este respecto-- las ordenaciones de la Regla de Hugolino, adaptándolas al espíritu franciscano que en esta materia se muestra más libre.

En los capítulos centrales de su Regla, Clara describe su propia experiencia espiritual, la que la condujo a aliarse con Francisco en un espíritu de fraternidad y pobreza absoluta. Esta circunstancia constituía algo completamente desusado, fuera de lo común. Se ha podido incluso comprobar que Clara planteó, incluso con más fuerza que el propio Francisco --que ha sido tenido siempre como "el hermano por antonomasia"-- el carácter democrático de la convivencia conventual.

Poco antes de su muerte, la Regla recibió la aprobación de la Iglesia; esto no obstante, fueron pocos los monasterios a los que se autorizó el acogerse a dicha Regla. Fue el Papa Urbano IV quien decidió que todos los miembros de la Orden de las "Damas Pobres de San Damián" emplearan --indistintamente-- el nombre de "Clarisas", dado que en el momento de la muerte de Clara había ya aproximadamente 150 comunidades que se declaraba seguidoras de la Santa. Por su parte, el mismo Papa Urbano se puso en la tarea de escribir una nueva Regla para las Clarisas. Esta Regla urbaniana desconoce por completo la espiritualidad de Clara. Muy tardíamente llegó la hora exacta para que la Regla de Clara tuviera cabal aplicación; hoy en día la mayor parte de los monasterios siguen su Regla.

 2.4. La Familia Franciscana

En síntesis, bien se puede decir que hay una gran variedad de comunidades que hacen referencia a Francisco y Clara. Ya hemos dicho antes que, de acuerdo con las fuentes, Francisco y Clara entendieron las tres Ordenes como una sola y única familia, que se despliega en múltiples expresiones.

En la "Forma de vida para las Hermanas de Clara" escrita por Francisco, él mismo promete que tanto a título personal como hablando en nombre de sus hermanos, habrían de tener siempre a las hermanas como su propio cuerpo y su propia sangre: "Es mi deseo - cosa que prometo por mí mismo y en nombre de mis hermanos - alimentar siempre, para el bien de vosotras, el mismo diligente cuidado y solicitud que tengo por ellos" (2RC1).

En su última bendición, Clara se refirió no solamente a sus hermanas, sino también a los hermanos.

Cuando el Papa pretendió separar a Clara y sus hermanas de la comunión con los hermanos, Clara replicó con una huelga de hambre (cf. Vida de Clara 37). Ella insistió apasionadamente hasta el momento de su muerte en su decidida voluntad de compartir el carisma franciscano. Tanto sus cartas, como su Regla y su Testamento están impregnados de esta pasión por la unidad entre la Primera y la Segunda Orden.

En cuanto se refiere a la Orden Tercera, Francisco manifestó su deseo de visitar personalmente todas sus fraternidades. Y cuando ya se sintió sin fuerzas para hacerlo, echó mano del recurso de las cartas (4Ct-a, 4Ct-b).

Hoy en diversas agrupaciones dentro de la familia franciscana, va creciendo el sentimiento de la común pertenencia a un mismo carisma. Los franciscanos han comenzado a sentirse efectivamente como una misma y única familia, en la que ninguna rama puede prescindir de las demás. Esta nueva conciencia ha ido encontrando ya distintas formas de expresión (cf. 3er apunte), hasta el punto de que se ha podido llegar a enérgicas declaraciones en las nuevas Constituciones que han sido recientemente elaboradas por las diferentes Ordenes.