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Convento de Nuestra Señora de Jesús, de Zaragoza

El convento de Nuestra Señora de Jesús quedaba “situado a la margen izquierda del río Ebro”, casi a la altura del Puente de Tablas en el Arrabal zaragozano (Cf. María del Carmen Sobrón, Impacto de la desarmotización de Mendizábal en el Paisaje urbano de  Zaragoza, Zaragoza, 2004, p. 272)

El cronista franciscano fray Félix Vallés dice de este venerable convento fue erigido, según convienen cuantos se han ocupado de la historia seráfica de la Provincia de Aragón, en 1447, y cita el quinto tomo de los Anales de Wadingo, folio 532, destacando igualmente a aquellos otros cronistas como el Mantuano, fray Diego Murillo y Blasco de Lanuza, canónigo que fue de la Basílica del Pilar, que hacen memoria de eminentes ministros provinciales sepultados en el cementerio conventual, como fray Juan Zamora, fray Tomás Martínez y el mismo Diego Murillo, además de otros no menos dignos de ser recordados que tienen allí su enterramiento: Domingo Sánchez, ex Definidor provincial, Juan de la Iglesia, Lector jubilado y maestro de novicios; Francisco Ezquer, sacerdote; Juan Gomezán, Juan Ruina, Bartolomé González de Argumanes, Juan Alcocio, Antonio Gimeno, Bartolomé Mateo, Domingo Cerdán, Francisco Lázaro, Martín Biarege, Nicolás de Ramos, Pedro de Almolda y Pedro Benedito, todos ellos pertenecientes al número de los llamados conversos.

Añade que “Habitan allí, sirviendo día y noche de muy notable, santa y singular manera, 65 ermanos franciscanos”. Y que el convento gozaba de un Aula Teológica y casa de noviciado para iniciados en la forma de vida franciscana (Nova et vetera, ms escrito en marzo de 1723, p. 5).

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Situación del convento

En la obra Barrio de Jesús, de la Asociación de vecinos, Zaragoza, 2.008, p.19 y ss., se dice que su fundador fue Juan Roldán, que lo situó en una heredad de Pedro Ferríz y María de Añón, donde el convento ocupaba una superficie de 2.840 metros cuadrados y la huerta 1.967. El censo de Zaragoza de 1723 atribuía al convento una comunidad de 66 religiosos. Añade que, durante el primer asedio a Zaragoza, el convento fue un bastión que se unió a la resistencia contra el francés, asegurando el acceso de suministros a la ciudad.

El convento se encontraba en la encrucijada de las calles Camino de Valamaña y la del Camino del Vado. Fray Diego Murillo dice que era zona grata a los ojos poblada de villas de retiro de ciudadanos más o menos pudientes (Fundación milagrosa de la capilla angélica del Pilar, Barcelona, 1616, cap. XXXVI, p. 303 y ss.). Y en la obra anónima Libro verde de Aragón, se dice del Arrabal que era “el barrio agrícola por excelencia” (Fernando Solano y José Antonio Armillas, Historia de Zaragoza, 1978. P. 72).

Testimonio de fray Diego Murillo

a) El convento

Con anterioridad a la reseña de fray Félix Vallés, fray Diego Murillo, (o.c. c. XXXVI, p. 303), ya había escrito que el convento de Nuestra Señora de Jesús, del que fue ilustre morador, es “el más principal y como cabeza de toda esta Provincia” no tanto por su antigüedad, cuanto por ser observantes desde su fundación. “Su fundación fe en el año 1447", durante el papado de Nicolao V y el episcopado de D. Dalmau de Mur, reinando de D. Alonso V, con objeto de disponer en Zaragoza de un convento observante, ya que a la sazón el Real Convento lo era de religiosos claustrales.

En su origen, el convento era de muy reducidas dimensiones, por lo que se fe renovando y poniendo al día, hasta resultar un “casa ni tan grande que desafíe el espíritu, ni tan pequeña que le estreche y angoste”(o.c., p.304). Las vistas del mismo río, de la ciudad y de los Pirineos “que en todo tiempo están coronados de nieve”.hacen del convento un lugar privilegiado.

El cenobio tiene tres dormitorios “uno sobre otro, harto capaces y una alegrísima y hermosísima enfermería”. El claustro no es grande, pero sí devoto y en él hay una sala capitular, sobre la que queda una librería de notable dimensión, obra todo de D. Francés de Ariño, que en dicha sala preparó su enterramiento (o.c., p.305).

b) La iglesia

Pero sobrepuja a todos los bienhechores la abnegada dedicación de D. Francisco de Heredia, camarero que fue de la Seo zaragozana, de introducir mejoras en ña iglesia dotándola de una capilla, en que invierte más de dos mil ducados, donde figuran vistosas imágenes exentas, de gran precio. Tras de la capilla edifica un tras sagrario coronado por un cimborio ornamentado con cuadros cuyo precio se elevó a doscientos ducados. Desde el cimborio al piso, la pared mostraba todo un conjunto de pinturas, sobre un zócalo de azulejos de Toledo, en tanto que el piso quedaba enlosado con piedra negra, enriquecida con incrustaciones de alabastro (o.c., p.305). En el sagrario, tratado con igual suntuosidad, hizo colocar una custodia defina orfebrería, y un nicho “de piedras negras bruñidas” con incrustaciones de alabastro, donde se muestra la figura de D. Francisco, arrodillado y las manos juntas, en actitud de adorar al Santísimo Sacramento, ya que allí había dispuesto su enterramiento. (o.c., p.305).

No satisfecho con toda esta obra, todavía hizo en la librería mayor del convento un aposento donde colocar su librería en cuantiosos estantes para dar cabida a “más de dos mil cuerpos de libros” y un conjunto de cuadros de buen ver, con un coste de más de cuatro mil ducados. Añádase a todo esto, la sacristía, la torre y “un cuarto contiguo a la iglesia para recogerse”. Para solemnizar el culto, aportó “un terno debrocado de tres altos riquísimo con un grande paño de los mismo; ricas tapicerías, y un claviórgano de suavísimas voces, que costó mil ducados (o.c., p. 305).

Igualmente, ha sido destacado bienhechor de este convento, la casa de los Moncayos, a quien se debe una capilla, a la derecha del altar mayor, con altar perpetuamente privilegiado. Aunque por encima de todo, merece especial consideración la hacendosa entrega de una mujer, Dª. Violante de Nueros, madre de dos de nuestros religiosos, que no ha cesado de elaborar con sus manos ricos ornamenos y otras hechuras propias del culto, que enriquecen sacristía e iglesia, como colgaduras, albas, un ornamento de tela de plata con su frontal de altar, púlpito y una capa de excelente acabado (o.c., p. 306).

c) Encomiable labor del convento

Destaca fray Diego Murillo la labor desarrollada por el convento como seminario de    frailes preclaros y santos varones, como fray Alcoz, hermano lego de origen vasco, portero a quien admiraban propios y extraños, que nunca tuvo otra “celda donde acogerse ni cama donde dormir”, que la iglesia y coro.

No menos ejemplar fue fray Bartolmé González de Argumanes, igualmente de origen vasco, cuyos arrebatos le impedían servir puntualmente el condumio de los frailes, de modo que hubo que dispensarle de los oficios domésticos y encomendarle, a su tiempo, la limosna del pan y del aceite(o,c., p. 308).

Su santidad difundió su nombre entre personas de la más alta alcurnia que se enmendaban a su oraciones, incluido el propio rey Felipe II y el conde de Belchite. Cita también a personajes “de mucho gobierno”, tales como ministros  provinciales y comisarios de gran talento “y mucha religión”. Como fray Belengur de Bardají, elegido obispo de Huesca, a instancias de Felipe III, después de ejercer largos años como lector de teología en el Real Convento, que rigió como ministro provincial al igual que este otro de Nuestra Señora de Jesús. A él se debe la renovación del convento de San Francisco oscense. Siendo guardián e San Francisco de Tarazona, mejoró notablemente la librería de aquel convento, enriqueciéndola “con mucho y buenos libros”.

Capítulos provinciales

Junto con el de San Francisco, de la misma ciudad, el convento de Nuestra Señora de Jesús, es uno de los lugares donde, a lo largo de los años, se reunían los ministros de Aragón y delegados conventuales para la celebración de capítulos provinciales, a fin de mantener el ideal evangélico de Francisco en los conventos, a cuyo fin, se renovaban los cargos de la Provincia con el nombramiento de nuevos superiores, a quienes incumbía preservar de la molicie y la relajación la vida conventual y urgir a la observancia regular a todos los religiosos, al tiempo que se buscaban soluciones pertinentes a las cuestiones planteadas por los religiosos y el mismo estado de la Provincia.

Así es cómo, el día 22 se abril de 1522, en capítulo provincial convocado en este convento, el ministro general fray Juan de Quiñones, nombra custodio de Aragón a fray Juan Íñigo.

Nuevamente, en el año 1545, se celebra capítulo provincial en este convento y se nombra ministro provincial a fray Juan de Pla, quien, al no poder ir al Capítulo General, envía como sustituto a su discreto fray Jaime Artés.

Precisamente, fray Jaime Artés sale elegido ministro provincial en el año 1548, en el Capítulo que ese año vuelve a celebrarse en este mismo convento zaragozano.

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"Plano del exconvento de Jesús de Zaragoza situado en el arrabal de esta ciudad".
Archivo General Militar de Segovia [A.G.M.S.], Sección 3.ª, División 3.ª, legajo 789,

La observancia        

El año 1567, celebran capítulo provincial los religiosos observantes en este convento zaragozano y de él salen electos fray Francisco de Torres, como ministro provincial, y custodio fray Pedro Izurzu. La Orden conventual había sido abolida ese mismo año y los conventos conventuales pasan a serlo de los religiosos de la observancia, no siempre con avenidos modos. Y es así como, ante la enconada oposición, la superior presencia e influjo de los frailes claustrales, convienen los observantes en recurrir al Arzobispo, al Virrey - Conde de Sástago-, D. Artal de Alagón, y a los notables más autorizados de la ciudad, para recabar su apoyo y patrocinio en su intento por conseguir el Real Convento. Fue una apelación decisiva, porque las autoridades, en conformidad con el real decreto de Felipe II, no tardaron en entregarles las llaves de la iglesia, sacristía y portería de regio convento de San Francisco.

En poco tiempo, seis conventos más fueron evacuados para su entrega a la Orden observante, no sin alguna resistencia en algún caso, como ocurre con el convento de Sariñena, donde la gente opuso cerrada resistencia a la marcha de los religiosos conventuales.

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Imagen del convento de Jesús en torno
al año 1908. Colección José Luis Cintora.

El día 27 de septiembre del año 1777, se celebraría una vez más Capítulo Provincial en este convento, fecha en que ejercía como guardián de la casa el R.P. fray José Fussan, Lector de Teología (Antonio Hebrera, o.c.).
            En 1703, según escribe el susodicho fray Juan Pérez López, se veneraba, en el convento de Nuestra Señora de Jesús, en Zaragoza, la memoria de los santos varones fray Domingo Sánchez, definidor de “espíritu suave”, hombre de acendrada vida contemplativa; fray Domingo Cerdán, ya antes cocinero durante 22 años en San Francisco de Zaragoza, de quien se dice que fue sorprendido repetidamente en levitación; fray Jerónimo Calvo, limosnero, amante del Niño Jesús, que vive y muere en Belén; fray Jorge, cocinero muy servicial, extremadamente atento a las necesidades de los demás religiosos, tanto que intuitivamente adivinaba desde su acendrada servicialidad, las necesidades de los frailes, antes de que se le fueran expuestas. Fray Pedro Manero, que fue ministro provincial y general después, dejaría escrito un Memorial Histórico de Aragón, donde resume la vida de fray Martín Viarge, religiosos lego de este convento, que muere en olor de santidad. “Fue religioso pobre, celoso y observante de la profesión de su estado”, dedicado, durante treinta años a cuidar a los enfermos. Era tal su recogido porte que “tubo su virtud grande opinión en toda la ciudad”. Enfermo él también, a la par que otro religioso laico como él, rivalizaban en cuál de los dos llegaría antes al gozo de divina misericordia. Sis restos descansaban en este convento (AIA, Memorial Histórico, Juan Meseguer, 127, 1872, p 413-14).

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El convento de Jesús en 1668 según Pier Maria Baldi.

Religiosos eximos

Entre los religiosos más ilustres que habitaron este convento, figura el ya nombrado fray Diego Murillo, destacado escritor místico e historiador, algunos de cuyos libros se imprimieron repetidamente en sucesivas ediciones. Consta también que en el año 1509, el P. Juan Sánchez Ezpeleta, morador de este convento, publica en Zaragoza un compendio de obras musicales que titula Opus armonicum Passionis Christi.

En este convento, según refiere fray Juan Pérez López (Vida del venerable fray Pedro Selleras, Zaragoza, p.17), ingresa como novicio el día 10 de mayo de 1575, con 19 años, e inicia sus estudios, el venerable fray Pedo Selleras, que profesaría a continuación en Santa Catalina, Cariñena.

Descansan allí también los restos de fray Pedro Benedit, que ingresa en el convento impresionado por la muerte por alma blanca de su hermano, dedicado desde entonces al cuidado de los enfermos y a la mendicación. Con raptos y éxtasis bendecía Dios su depurada vida de oración y su abnegación en el servicio a los demás. Muere entre la admiración de todos en agosto de 1639. (AIA. o.c., pp.412-413).

Fray Juan Pérez López fue procurador general de la Orden en 1693, y es a él a quien incumbe redactar el cuestionario para interrogar a los testigos sobre la antigüedad del culto rendido a nuestros mártires, aplazado sine díe un proceso anterior de 1625-27 sobre la santidad y milagros, para lo que lo dispone en 38 cuestiones, que darán lugar a dos Relaciones A y B.

La invasión francesa

“Durante los Sitios de 1808 y 1809, el caserío del Arrabal apenas ocupaba el espacio hoy limitado por las calles Sixto Celorrio, Valle de Zuriza y Matilde Sangüesa, con el añadido extramuros del convento de Jesús. Sin embargo, su importancia fue tal que la ciudad sólo pudo resistir dos días una vez hubo caído este arrabal, cortando toda posibilidad de llegada de refuerzos y permitiendo el bombardeo del corazón de la defensa: el Pilar.

En el Primer Sitio, los franceses no llegaron a cercar completamente la ciudad, pues no contaban con suficientes fuerzas para ocupar la margen izquierda del Ebro. Por ello se limitaron a mantener algunas fuerzas de Caballería y realizar pequeños ataques con escasas fuerzas. Eso hizo que los zaragozanos tuvieran la posibilidad de entrar y salir de la ciudad, y recibir suministros y refuerzos, a través del Puente de Piedra, lo que impidió la caída de la capital. Episodio muy famoso fue el protagonizado por el teniente Luciano Tornos, quien frenó en el Puente la desbandada del 4 de agosto apuntando con un cañón de San Lázaro a la multitud que huía del asalto francés. 

Cuando los franceses volvieron en diciembre, ya era conscientes de la importancia del arrabal para la defensa. Por ello la división Gazan comenzó el Segundo Sitio con un furioso ataque por el camino de Villanueva (calle Sobrarbe), el día 21, que estuvo a punto de alcanzar el éxito. La rápida reacción dirigida personalmente por Palafox obligó a los atacantes a retirarse hacia Juslibol, dejando más de setecientas bajas, entre muertos y heridos. Durante los dos meses siguientes, el cerco se iría estrechando progresivamente, impidiendo todo contacto de los defensores con el exterior, hasta que se produjo el definitivo asalto, el 18 de febrero de 1809. El avance provino de la carretera de Barcelona, en la que había caído días antes el convento de Jesús.”

Necrologio

            Del cabreo (ver nota) manuscrito Disposiciones, con que se daba cuenta a capítulos y congregaciones del estado de realizaciones en el Colegio de San Diego, cuentas y relación anual de los difuntos de toda la Provincia por los que se habían dedicado los correspondientes sufragios, entresacamos los que corresponden a moradores de este convento, y que son:

La invasión francesa

Pilar Lop Ortín, (Artigrama, núm. 25, 20, 10, p.m) comentando los datos que ofrece fray Diego Murillo que hemos relatados, recuerda que, “durante los Sitios, los conventos serán duramente castigados por defensores e invasores para consolidar sus posiciones. El arrabal de Altabás y los edificios religiosos allí construidos —Altabás, Jesús y San Lázaro— constituirían el frente defensivo de la ciudad en la orilla norte del Ebro. Eran un punto estratégico para conseguir el control de la ciudad puesto que desde ellos se podían defender o a conquistar los puentes de acceso a la ciudad. En el caso del convento de Jesús, los principales daños se produjeron durante el segundo Sitio, momento en que las tropas francesas comenzaron el ataque final del Arrabal, siendo este edificio uno de sus principales objetivos. El día 8 de febrero de 1809 las tropas de asalto conseguían acceder al interior del edificio, encontrando sus estancias convertidas en improvisados hospitales y ocupadas por enfermos y muertos, lo que no evitó que los soldados franceses destrozasen cuanto quedaba buscando objetos de valor que expoliar.6 Finalmente, el día 21 de febrero, la ciudad capitulaba”

Los dos sitios

La importancia del convento en ambos sitios era decisiva, de modo que invaido el arrabal, cortados los suministros, y al alcance de los bombardeos, la ciudad apenas si consigue defenderse dos días más.

Durante el primer sitio, fatos de tropas suficientes, los invasores apenas si consiguen cercar la ciudad, limitándose a intentar algún que otro ataque, posibilitando el suministro de la ciudad en un segundo intento, reforzadas sus tropas estuvieron a punto de consegui su propósito. La oportuna contraofensiva de Palafox obliga a los franceses a replegarse sufriendo cuantiosas bajas, lo que no impide que el cerco se vaya haciendo paulatinamente más angosto, hasta el asalto definitivo el 18 de febrero de 1809, nin antes ser arrasado el convento de Jesús, corado así la comunicación con la margen derecha del río y obligando a Zaragoza a la capitulación Cfr. Wikipedia).

Finalizada la guerra y los años de gobierno francés, la comunidad, que se había visto obligada a abandonar su casa, regresó a ella y reconstruyó lo necesario para continuar desarrollando su vida religiosa”.

“Sabemos que en 1817, los religiosos repararon la parte indispensable del edificio y la iglesia. En 1820 la comunidad estaba formada por 13 miembros entre frailes, legos, donados y novicios. Cuando parecía que se había iniciado un proceso de recuperación, la aplicación de diversas medidas desamortizadoras supuso el cierre del convento, la expulsión de la comunidad y la incautación del inmueble. Al igual que sucedió en 1808, luego de rechazar sucesivas embestidas del ejército francés, durante el segundo asedio, el convento fue arrasado, perdiendo “su rica biblioteca”. Un reducido grupo de religiosos se rehacen viviendo en un pequeño oratorio, hasta la desamortización, en que todos ellos son expulsados, en 1836 (Barrio de Jesús, Asociación de vecinos. o.c., p. 19)

La desamortización

Con la desamortización de Mendizábal de 1835, despojada la Iglesia de sus posesiones, se obliga inicuamente al inmediato desalojo de los conventos a todos los religiosos, que abatidos ven pignorados por el estado todos los bienes conventuales, incluidos imágenes, cuadros, archivo y biblioteca; y convertidos así los conventos en objeto de venta al mejor postor. El de Jesús cierra sus puertas en 1836 y pasa insensiblemente desee entonces de unas manos a otras hasta su derribo definitivo y conversión en deprimente solar.

El convento de Nuestra Señora de Jesús se arrienda, en 1838, para destinarlo a posada pública, y cuarenta años después, se vende en pública subasta, dividido en cuatro porciones que comprenden: la iglesia hasta el crucero; convento, aljibes y cementerio; la huerta adjunta al convento; crucero de la iglesia con una parte del cementerio, que en total sumaban 4. 807 metros cuadrados, que en venta produjeron 312.120 reales de vellón. En 1853, funcionaba todavía en estancias del convento una fábrica de cintas.

Otras propiedades del convento, asimismo desamortizadas, comprendían otro huerto de menos extensión; uno más cerrado, en que quedaba enclavada una casa; un tercero al que pertenecía la enfermería; y uno tapiado, que disponía de un pozo para contener hielo y corral (Mari Carmen Sobrón, o.c. p.272 y ss.).

Es incalculable la pérdida de patrimonio nacional desaparecido para siempre, por la ligereza de tan extremas medidas como las que asolaron uno tras otro los antiguos conventos., sin otro fin que el de sanear la hacienda pública, objetivo que muy mediocremente  se llegó a cumplir.

Todo lo que cabe añadir es que el barrio que ocupó el amplio entorno conventual del arrabal, mantiene todavía como un borroso recuerdo franciscano el nombre de barrio de Jesús.

Libros de la biblioteca de Nuestra Señora de Jesús.

En los momentos aciagos de la desamortización, hubo religiosos que se apresuraron a poner a buen recaudo los libros que entendieron más importantes de la biblioteca conventual. Es lo que ocurre con un número notable que constituyen hoy buena parte del rico patrimonio bibliográfico de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Alfindén (Cfr. El legado franciscano de la puebla de Alfinden, Google).

El Todo hace pensar que fray José natural de Alfinden, dio en salvar dichos libros llevándoselos a la parroquia de su propio pueblo, donde se conservan. 

Entre dichos libros destaca el siguiente conjunto de libros de coro:

- Antifonario, de entre los ss. XVII – XVIII.
- Antifonario, de las mismas fechas
- Libro compuesto de la segunda parte del Salterio y el Himnario de fiestas, de 1573.
- Antifonario, 1666, manuscrito en latín.
- Libro compuesto de Misal, desde Adviento a Pentecostés, y antífonas del Oficio Divino, manuscrito en latín, 1819.
- Libro compuesto de Misal, desde Pentecostés, y antífonas del Oficio Divino, manuscrito en latín,1819.
- Libro compuesto de introitos, graduales y salmos, manuscrito en latín, 1819.

Fray José Heredia

Ignoramos todo lo que pueda referirse a fray José Herrera, salvo que era   morador del convento de nuestra Señora de Jesús, en Zaragoza, que probablemente era hijo de la Puebla de Alfindén o tenía allí familia, y que justamente en este pueblo fija su residencia, desde los días aciagos de la exclaustración, donde ejerce en la administración de los sacramentos en conformidad con su condición sacerdotal. Hay que concederle un cierto grado de resolución, si bien él tuvo fácil salvar los libros que traslada a la iglesia de la Asunción de Alfinden, dada la escasa distancia existente entre el Arrabal de Zaragoza, donde estaba situado el convento, y la población de la Puebla, unos 14 kilómetros. El caso es que, temeroso de que los libros de la valiosa biblioteca del convento de Nuestra Señora de Jesús correrían serio el peligro de desaparecer, no duda en llevar a cabo su intento de poner a buen recaudo un buen número de ellos, entre los que figuran los anteriormente reseñados.

Los autores del estudio que resumimos aquí anotan que fray Antonio figura como exclaustrado en la documentación de 1836, relativa al Convento de Jesús en el Plano de Zaragoza de 1808, y aluden a que”Tras fijar su domicilio definitivo en La Puebla, las labores de D. José Herrera en la iglesia se diversificaron, recibiendo con el paso del tiempo mayores responsabilidades”. A través de la abundante documentación conservada en el archivo parroquial de esta localidad zaragozana, es posible advertir su participación en muchos de los actos sacramentales celebrados en la Iglesia de la Asunción. Los cargos que ocupó dentro de dicha parroquia variaron dependiendo de la situación del párroco titular. En el informe de 1854 sobre el estado de esta parroquia se indicaba que en ese año residían en el pueblo el cura párroco, D. Lucas Ladaga, D. Antonio Gómez, que pertenecía a la orden de los Carmelitas Descalzos y D. José Herrera, que en este momento contaba con cuarenta y cinco años. Ambos sacerdotes exclaustrados.

Ángel Martín, ofm.