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El convento franciscano de San Francisco,
de Molina de Aragón

La Serranía

El año 1269, con motivo de celebrarse en Narbona Capítulo General, durante el mandato de san Buenaventura, las Provincias franciscanas existentes en españolas se dividen en custodias. Es así como la Provincia de Aragón, a fin de facilitar su gobierno, la componen las siete siguientes: Barcelona, Lérida, Zaragoza, Mallorca, Valencia, Navarra y la Serranía.

En Aragón quedaban los conventos de Zaragoza, Tarazona, Teruel, Daroca y Jaca. Teruel queda al frente de los conventos de la Serranía, que la constituían los conventos de Calatayud, Daroca, Molina de Aragón y Teruel. Hay quien pone en duda la fecha de su  fundación (AIA, Pío Sagüés, Fray Pedro Altarrabia y Jaime II de Aragón, 108, 1967, en nota a la p.452).

El cronista fray José Antonio Hebrera, en su denso Aparato Histórico introductorio de su Crónica, dice así: Atuvo la Reina María un hermano llamado Don Fernando, que llevó el Señorío de Molina, que tenía el Infante su Padre [D. Enrique]. Casó Fernando Con Mafalda Manrique, y fue su hija serenísima Doña Blanca muy devota de Nuestro Padre San Francisco, como toda su Casa. Estando enferma, y en el último, peligro, se encomendó muy de veras a su Seráfico Patrono, y repentina y milagrosamente se halló libre del riesgo y de la enfermedad. Agradecida a tanto beneficio, fundo el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Molina de Aragón, que muchos años fue de nuestra Provincia, y uno de los que tenái la custodia de Teruelo, o Serranía, y agora es de la Santa Provincia de Cartagena. Jacen  en la iglesia de este convento en sepulcros magníficos, las Serenissimas Blanca y Mafalda, Madre e Hija, fundadoras y bienhechoras cordialíssimas (Crónica de la Provicnia Franciscana de Aragón, Segunda Parte, p. XX  r).

Advirtamos que fray Antonio, por alguna razón que se nos escapa, llama de Nuestra Señora de los Ángeles, al Convento de San Francisco. Tal vez quepa buscar la explicación en que Molina de Aragón, y por lo tanta la demarcación franciscana del Convento, fue señorío perteneciente, de manera alternativa, al reino aragonés, unas veces, y otras al de Castilla, de modo que el convento no siempre quedaba enclavado en la Provincia franciscana de Aragón.

Parece ser que, según hace observar el cronista valenciano fray Vicente Martínez Colomer, no quedaba suficientemente definida la demarcación provincial entre Valencia y la Serranía, incurriendo los religiosos en incómodas atribuciones en la demanda de limosna, por lo que los religiosos valencianos reclaman que se ataje este extremo en el Capítulo General celebrado en Barcelona el día 6 de junio de 1357, a cuyo fin se prolonga la Custodia de la Serranía “por parte de Morella, hasta la guardianía de este convento exclusive; por parte de Murviedro hasta el lugar de Torrestorres también exclusive, y del mismo modo por la parte del Convento de Valencia hasta Liria”. Y aún se alega un rasgo regional, al establecer esos límites, en la frontera del valenciano y el castellano (Historia de la Provincia Franciscana de Valencia, Madrid, 1982, t. I, pp.52-53).

El año 1269, con motivo de celebrarse en Narbona Capítulo General, durante el mandato de san Buenaventura, las Provincias franciscanas existentes en españolas se dividen en custodias. Es así como la Provincia de Aragón se divide en siete, a fin de facilitar su gobierno: Barcelona, Lérida, Zaragoza, Mallorca, Valencia, Navarra y la Serranía. En Aragón, quedaban los conventos de Zaragoza, Tarazona, Teruel, Daroca y Jaca, más los de la Serranía.

Desde la nueva demarcación que sale del dicho capítulo general de Narbona, Teruel queda al frente de los conventos de la Serranía, configuración territorial fundada a petición de los franciscanos de Valencia, de modo que, como norma práctica se estipula que quedaban fuera de la suya los conventos donde no se hablaba valenciano, y la constituían los conventos de Calatayud, Daroca, Molina de Aragón y Teruel.

En el Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina, compuesto por el licenciado Francisco Núñez, Vicario que fue de Molina y su Arciprestazgo y Rector de Santa María, traducido luego nuevamente por fray Laurencio de Figueroa y Córdoba, Obispo de Sigüenza, en 1732, hay un capítulo, el XXII, dedicado al Monasterio de San Francisco, “desde su fundamento hasta ahora”.

De él entresacamos las noticias más destacadas que hacen referencia a dicho convento, como las de su fundación, por gracia de la infanta Dª. Blanca, Señora de Molina, quien decide dotar a la población de “una Escuela y Seminario de Religión y una fuente perenne y manantial de varones justos y santos”, y dado que por aquel entonces los hijos de San Francisco volvían al primitivo fervor que originó la Orden de los Hermanos Menores, inclina sus preferencias hacia ellos, para que se establezcan en un convento que reúna las prendas que  acreditaban al de Los Ángeles, en Asís.

Es pertinente recordar aquí que el primitivo fervor a que alude el documento, hace referencia a la Observancia de la Orden franciscana. La observancia es una reforma interior que lleva a cabo y a la que se somete  Orden de Frailes Menores, para recuperar la forma de vida originaria que había dejada establecidas san Francisco. La vida regular de los observantes se inicia en Aragón entre los siglos XIV y XV, con la bula de Clemente VII de 1390, quien autoriza la fundación de los eremitorios de Manzanera (Teruel), y Chelva (Valencia), a los que se suman más adelante el de Santo Espíritu del Monte, cerca de Sagunto (Valencia) en 1403, y el de Segorbe, en 1413, autorizado por Benedicto XIII y patrocinado por el por el obispo local franciscano fray Juan de Tauste.

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En su testamento, la infanta destinaría aún a la Iglesia de San Francisco, fundada per ella, lo necesario para que se alzase una capilla en honor de Santa Catalina, además de “500 maravedíes para un cáliz, ornamentos, frontal y sábanas,A y que lo adornen muy bien”, junto con 300 maravedíes para misas cantadas para el Monasterio de Santa María la Vieja..

La infanta Dª. Banca era hija de D. Fernando y mujer del infante D. Alfonso, hijo a su vez del rey D. Alfonso el Santo y de su mujer Dª. Mafalda Manrique, sobrina del dicho rey D. Fernando.

Por más que se ha hecho constar que el convento se erige con bula del papa León X, año 1320, “sin duda se erró en el nombre del pontífice por León X. Fue más de 200 después, año 1512". La razón estriba en que en el año 1320 ya había muerto la infanta, de lo que se infiere que se trata del papa Gregorio X, de modo que es en el año 1264 cuando comienza a edificarse el convento franciscano. El corrector del original del documento, D. Laurencio, rectifica igualmente la cifra de los 40 pasos que se dice distaba de las casas de la villa, cuando eran en realidad más de 80.

El convento llegó a ser uno de los más importantes de toda la provincia, por su enclave en un lugar sano y deleitoso, profusamente arbolado de álamos y otros tipos de arboledas, además de la huerta que surte a los religiosos de toda suerte de frutas y hortalizas.

La iglesia, amplia y muy bien adornada, dispone varias capillas muy dignas, como la de los Ayllanes, la de los Malos, debajo del coro, y la del Caballero Viejo, a las que aventajaba la que con amplia mano mandó edificar a sus expensas D. Juan Gómez el Mayor. En el  coro figura un órgano que, por esas fechas de 1700, empieza a desafinar.

En la capilla mayor, se enterró a la infanta Dª Blanca, fundadora del convento, junto con su hija Dª. Mafalda, cuyos restos habían quedado depositados hasta entonces en el altar de san Andrés, para cuya ejecución el rey Sancho el Bravo en persona viene a Molina, y ordena labrar un suntuoso mausoleo de muy digna factura que se coloca en mitad de la capilla, donde aparecen representadas la infanta y su hija, vestidas al gusto de la época, de modo que “hasta en los pies tenía sus chapines puntiagudos bien diferentes de los que ahora se llevan” y “de esta manera duró hasta 1584", fecha en que el guardián del convento, fray Juan García, entendiendo que no era ese el sitio adecuado, para liberar más espacio a la nave de la iglesia, ordena colocarlo en un nicho abierto en la pared del lado del evangelio e igualmente descolocó el retablo.

Otras particularidades propias de este convento son su claridad y buen abrigo, la buena disposición del claustro, la vistosidad del refectorio y una bodega muy adecuada. El capítulo es muy recogido, en la capilla de San Antonio, lugar de enterramiento de los religiosos, cuyo altar es privilegiado según bula del papa Gregorio XIII. Asimismo, es de destacar la sacristía, bien dispuesta y dotada de valiosos ornamentos y cálices y vasos de nobles metales que dan esplendor al culto, si bien la casa no goza ya de los emolumentos  que en favor de los “frailes claustrales” dejó establecidos la infanta fundadora, “sobre la renta que pagaban los judíos”(cuatro mil mrs), además de donativos y herencias que dejaron para el servicio de Dios caballeros y devotos, de modo que tanto el guardián como los religiosos, de espaldas a la forma de vida que les correspondía observar, vivían al modo de nobles caballeros. Se entiende que las autoridades locales desaprobasen aquel dejamiento de la estrechez regular, que dura hasta 1526.

En dicha fecha, el Papa, con el respaldo de las leyes de Castilla, manda que los frailes conventuales o claustrales dejen el hábito o se incorporen a la estrechez de vida de los frailes menores de la Observancia, a lo que se opuso con tesón el último guardián de los claustrales, fray Gonzalo de Tarancón, por más que al entender que su resistencia resultaba inútil, esconde cálices, cruces y vasos de excepcional valor y todavía se lleva consigo todo cuanto puede.

Para reforzar hecho tan decisivo, alega el autor del documento que voy siguiendo en mi exposición, que él mismo conoció una provisión del emperador D. Carlos, dada el año 1525, ordenando al Corregidor y demás Justicias que se esfuercen en favorecer la sustitución de los religiosos conventuales por de la Observancia, para restablecer la estrechez regular instituida por san Francisco, obligando a fray Gonzalo que restituyese al Justicia las joyas que había sustraído. Esta provisión se lleva a cabo en 1526.

Recuperadas las joyas, se destinan nuevamente al culto, mientras de los haberes y  heredades se hace entrega al Cabildo de Molina para sufragar misas y aniversarios, ya que los religiosos se mantienen mediante el recurso de la limosna.

Insatisfechos los clérigos del Cabildo de la inesperada herencia, entienden que les corresponde asimismo la transferencia del mismo convento franciscano, en atención a que la infanta Dª. Blanca lo había fundado con destino a los religiosos conventuales y no a los observantes, y establecen con ellos diferencias de criterio que obliga a la intervención  de los jueces, que “por el bien de la paz”, imponen silencio a las partes en litigio.

El mismo emperador Carlos V toma cartas en el asunto enviando un Juez Pesquisidor que arbitrase en tan enconado conflicto oyendo a unos y otros, el año 1528. Una de las provisiones dadas a este fin es que de restituyan al convento cuanto faltaba aún de cuanto se apropió el guardián fray Gonzalo, sin necesidad de que afecte al mobiliario y menaje.

La pobreza en que viven desde entonces los religiosos, mendigando de puerta en puerta, no obsta a recibir ayuda de sus devotos y percibir estipendios por la celebración de la misa. Desde muy antiguo, los religiosos perciben diez ducados por su sermones de una semana en cuaresma, y hay dada sentencia de que los prediquen, no en su convento, sino en la villa. La devoción creciente por san Francisco fue facilitando la costumbre de enterrarse con el hábito franciscano, la de llamarles a que participaran en los entierros de gente piadosa e incluso de gente principal afecta al convento, lo que comporta intereses y remuneraciones que explican que, de 40 frailes que habitaban el convento, se haya pasado a 50, “y algunas veces más”, todo lo cual redunda en bien “de esta república de Molina”, toda vez que equivale a “tener más interesas para con Dios”, de modo que por encima de la estima que entraña la valía del número de religiosos, está la calidad de los mismos, por la ejemplaridad de sus vidas.

El historiador atestigua que ha conocido a muchos de ellos, tanto guardianes como predicadores, como el que en esas fecha de 1530 rige la casa, el padre guardián y predicador fray Hipólito Martínez, que fue profesor de teología en el convento de Cuenca y en otros lugares de su Orden.

Entre los religiosos que destacaron por su virtud y santidad, figura fray Juan de Torrubia, según consta en el libro De origine et progressu religionis. Le acreditó su devoción a las ánimas del Purgatorio. Y se le atribuyen milagros que el cronista no relata por no haber podido certificar. Fray Juan perteneció a la orden de los conventuales, y el año 1526 aceptó ser reducido a la observancia. Muere en el convento de Molina con fama de santidad.

Otro religioso que alcanza altos vuelos de santidad, natural de Molina y tal vez hijo de los príncipes de la localidad es fray Esteban Bernal, hermano de Bartolomé Bernal. Siendo morador en Roma, donde alcanzó un destacado lugar en el servicio del Papa Julio III que le había nombrado su Penitenciario, dio claras muestras de elevada santidad, si bien se acredita como tal santo en los últimos momentos de su vida, que es cuando obra numerosos milagros, ya en tiempos del papa Sixto V, hasta el punto de que al abrir en cierta ocasión su sepultura, se comprobó que el cuerpo permanecía incorrupto y el hábito se mostraba como nuevo y de inmediato se difundió por toda la iglesia una sutil fragancia que supusieron todos “ser cosa del cielo”. Sabedor el pontífice de la vida de tan santo varón, se comprometió a canonizarle, y lo hubiera llevado a cabo de no haberlo impedido su propia muerte.

Hubo igualmente otro santo religioso, llamado fray Miguel, natural de Fondepalo, de cuya escrupulosidad de vida oyó hablar el cronista a su guardián fray Miguel de Illescas recordando no haber advertido que cometiera nunca ni el más insignificante pecado venial. Su sencillez fue tal, que dedicó toda su actividad a los más humildes menesteres del servicio de la casa, como fregar los suelos y atender a la cocina, cuyo oficio le impelió a realizar algún que otro hecho maravilloso. Su aspecto recogido y sencillo movía a compunción a quienes le trataban. Trasladado a Murcia, no tardó en morir, dejando viva memoria de su santidad.

Otro religioso notable fue fray Francisco de Concha, por ser natural de ese mismo pueblo, tan dado a extremadas penitencias que contrajo larga enfermedad, cuyos achaques fueron ocasión de sobrellevar la estrechez de su penosa vida con recogida aceptación. El cronista recuerda que, a su muerte, la gente, en vez de rogar a Dios por su alma, en la capilla de San Antonio, le pedían mercedes; tal era el buen juicio que se habían formado de él. Tubo un hermano, religioso donado, que rivalizó con él en santidad.

Caso muy curioso es el de fray Pedro de Torremocha, natural de ese pueblo, que accedió al sacerdocio cumplido ya los cien años, de modo que murió no mucho después, un miércoles de ceniza, dicha ya la misa, en que al sentirse indispuesto, echó ceniza en la cama y llamó a los religiosos para que le cantasen el Credo, como era costumbre de acompañar a los hermanos cuando entraban en trance de muerte, y recibidos los santos óleos, murió plácidamente en las manos acogedoras del Padre.

Fray Pedro de Checa había sido párroco de dicho pueblo, donde al contrariar a otro sobre el lance del juego “el más rico del pueblo”, recibió un cachete a cuenta, disparate que le determinó a dejar las cosas del mundo y vestir el hábito de san Francisco.

Era el primero en acudir al cora y el último en abandonarlo; nunca accedió a dormir en la cama; y sus penitencias eran tales, que le guardián le obligaba a moderar tanta aspereza.

Hubo un ermitaño, Juan Carrasco, a quien por su santa vida, los religiosos decidieron enterrarlo como a u religioso más, en su capilla particular.

El archivo concluye con una serie de privilegios con que príncipes y prelados honraron a este Convento de San Francisco, de Molina de Aragón.

            Fray Ángel M. ofm.
            Teruel, 19 de mayo, de 2010