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Convento de Santa Catalina, de Cariñena

El convento franciscano de Cariñena es uno de los más singulares de los que formaban la Provincia de Aragón. Quedaba a las afueras de la población, “a menos distancia que una legua de esta famosa villa”, en un altozano donde originariamente se alzaba la ermita de Santa Catalina que daría nombre al convento.

Su fundación

El cronista aragonés fray Félix Vallés, en su obra manuscrita Nova et vetera, 1722, pp.14 y 15, nº18, sobre el origen de este convento, citando a varios cronistas de nota, en su viene a decir que:

            Sobre el origen del convento recoleto de Santa Catalina, virgen y mártir, de la villa de Cariñena, perteneciente a la Diócesis de Zaragoza, difieren varios cronistas en qué año fue erigido, y entre ellos, el que más desatina es Blasco de Lanuza, en el tomo I, de su Historia Eclesiástica, libro 5, cap. 36, folio 552, donde asegura que el convento se erigió en el año 1225. Wadingo, sin embargo, y Haroldo, siguiendo al analista irlandés, en el tomo IV, que igualmente en el año 1425, n. 5, folio 1207.

Elena Jarque (Tierra de conventos, Cariñena, 2010, p.31) alega otras citas referidas a fray Antonio Hebrea, 1703 y Julio Bernal, 1880, que estiman el año 1444 como fecha fundacional.

Wadingo añade que “El papa concedió a la Provincia de Aragón cuatro conventos de la Regular Observancia: Segorbe, Santa María de los Ángeles, Santo Espíritu, en el yermo, San Francisco, en Chelva y el de Romario, comúnmente llamado Manzanera, conventos que se unen en una misma custodia, bajo la advocación de La Virgen de la Vega. A esta custodia inicial se agrega asimismo muy pronto el de Santa Catalina, de Cariñena. Es improbable la atribución de la fundación a san Bernardino de Sena, por más que ésa era la tradición heredada por los religiosos del cenobio franciscano.  Wadingo y Haroldo lo impugnan, ya que el día 29 de mayo del año 1444, muere en Italia san Bernardino de Sena.... De todo lo cual se infiere que esta erección no tiene lugar en el año 1425, ni en 1441, que dice Hebrera ( tabla 5 de su Crónica, libro IV, col. nº. 13). La propuesta más acertada sería la de que el convento se funda en el año 1424 (Haroldo , tomo I, n. 5, col. 1207).

Elena Jarque ( o. c, p. 32) trae a colación una cita de Moliner Espada, quien, al describir el convento, indica que en la portería una inscripción latina decía que “Esta es la casa del Señor edificada, que fundó el bienaventurado padre Bernardino en el año del plausible y glorioso nacimiento de Cristo Nuestro Señor de 1444". En 1444 muere en Italia san Bernardino.

Al grupo de conventos citados, se unieron, el año siguiente, los conventos de Tarazona, Sagunto, Cariñena y Alumna [Almunia ], que juntos con los primeros dispuso el papa que se atuvieran al decreto del Concilio de Constanza, un decreto emitido en favor de los observantes franceses, al que debían ajustar su forma de vida.

La observancia

Muy pronto, concretamente en el año 1425, junto con los conventos de San Francisco, de Tarazona, San Cristóbal, de Alpartir y San Francisco, de Murviedro, el convento de Santa Catalina se separa de los Claustrales o Conventuales y se integra en el núcleo de la Custodia de la Observancia, que toma el nombre de Nuestra Señora de la Vega.

Es voz tradicional que, en los fervorosos tiempos en que empezaba a extenderse por tierras aragonesas la vuelta de los franciscanos a la observancia de los orígenes, el santo predicador san Bernardino de Siena, de paso por Aragón en su visita a Santiago de Compostela, predica en el convento de San Luis de Daroca y en la ermita de Santa Catalina de Cariñena, donde fundaría el primitivo convento de ese nombre, una de cuyas habitaciones, “la celdita de san Bernardino”, mantuvo largo tiempo la memoria de su breve permanencia en dicho cenobio. Sería entonces el año de 1425 la fecha de su fundación, por más que hay historiadores que la retranquean a 1427.

En 1517, Aragón tenía cuatro custodias. Fray Jaime de Alcalá fue el primer Ministro Provincial de la Observancia, para lo que dejó de ser Vicario, que lo había sido hasta entonces de la custodia precedente. La custodia de Aragón cuenta ya entonces 12 conventos, entre los que contaba el de Santa Catalina de Cariñena.

El convento de Cariñena es también uno de los que se integran al proyecto de  renovación observante de la vida conventual que rige la Recolección, promovida por fray Antonio Cálcena, en 1524, sujeta la comunidad desde entonces al rigor de las Constituciones recoletas de Valladolid.

En el año 1722, el número de religiosos que componían la comunidad ascendía a  28, según lo consigna fray Félix Vallés ( o. c.). Ellena Jarque (o.c., p. 82) señala que el número de religiosos, en el siglo XVII, llegaba a “una treintena de religiosos”, a los que habría que añadir cuatro cinco que atendían el hospicio.

Religiosos ilustres

A tan digno origen no le han faltado personajes ilustres que han honrado con su presencia el ámbito recogido del pequeño cenobio. En Cariñena nace precisamente fray Pedro Manero, que realiza su formación religiosa en el convento franciscano y que alcanzaría el alto honor de presidir la Orden como Ministro General, para recalar luego en Tarazona, como obispo de la Santa Iglesia.

“Hablando de este convento el ilustrísimo Gonzaga, el propio analista, el Padre Haroldo, y Barezzio, con el Padre Arturo en las notas a nuestro Martirologio, dicen que floreció maravillosamente en varones ilustres en santidad, siendo un seminario venerable de las más heroicas virtudes, pero que entre tantos religiosos ejemplares como tuvo, sobresalió el venerable padre fray Diego, llamado por antonomasia el Descalzo.

El Martirologio resume muy brevemente su trayectoria espiritual diciendo de él: Apud Carinienan, in Hispaniae tarraconensis oppido, B. Didaci, Discalceati, confessoris, quie humilitate, charitate, atque patientia pollens, signis etiam post mortem corruscavit.

Hubo efectivamente en el Convento de Nuestra Señora de Monlora una reliquia de tan insigne varón, que llaman allí de fray Diego, a cuya mediación se le atribuía “innumerables milagros”.

El santo religioso vive en Cariñena por los años de 1470, “no mucho después de la fundación del convento de Santa Catalina”, hasta el punto de llamársele fray Diego de Cariñena, bien que no consta que fuera natural de dicha localidad, donde al final de sus días entrega su alma a Dios.

En los conventos de Cariñena y Monlora, alejado igualmente de la población, transcurre toda su vida, dado a la oración y a la predicación de preferente manera. Precisamente en actitud orante, mientras meditaba en la Pasión de Cristo, figuraba pintado en el Convento de San Francisco de Zaragoza, “frente a la capilla de santa Ana, hacia la sacristía, con una inscripción debajo del retrato que cuenta el suceso [un éxtasis] y dice cómo fue un predicador muy fervoroso”. (Vide Hebrera, Crónica, p. 532).

Uno de sus guardianes que más y mejor prestigió el cargo con la ejemplaridad de sus virtudes fue el venerable fray Pedro Selleras, tan fervoroso de la cruz, que su consideración le producía profundos arrobos, de que fueron testigos los mismos coristas que se formaban en la comunidad (Cfr. Fray Juan Pérez López, Vida del venerable fray Pedro Selleras, Zaragoza, 1703, p. 56).

En este convento, añade fray Félix, o.c, descansan, además de los restos venerables de fray Diego el Descalzo o de Cuna o del Sepulcro, llamado de Cariñena, fray Francisco Gil de Sofía, y fray Jerónimo Capsir, predicadores.  

Elena Jarque amplía este listado con nombres como el de fray Pedro José de Parras, natural de Pancruido (Teruel), que profesa en Cariñena, donde seguramente curso filosofía y teología, que ha dejado un Diario y derrotero de sus viajes. Destinado a las misiones de Argentina, Paraguay y Uruguay, Regresa a España para asistir a un capítulo de la orden, en Valencia, y mora en Madrid, en Borja y en San Francisco, en Zaragoza, donde ejerce como guardián, antes de regresar a América. Forma parte de la expedición de 1776 que organiza el virrey de la Plata don Pedro de Ceballos, contra los portugueses, establecidos en Brasil, y ocupa seguidamente el cargo de rector y cancelario en la Universidad de Córdoba, en Tucumán. En 1783 aparece en Madrid la edición de su obra Gobierno de los regulares de la América, ajustada religiosamente a la voluntad del rey. Muere en torno al año 1787. (O. c, p. 58). Fray Martín Cascaro, de Alquézar, ejemplo señero de estrechez y ferviente predicador, que muere en San Cristóbal de Alpartir. Su amor a los pobres le indujo a repartir entre ellos  2.000 ducados. Había ejercido como guardián de Santa Catalina, Nuestra Señora de Jesús, en Zaragoza, y ministro provincial de Aragón, por lo que sus restos descansaban en el Real Convento. La comunidad de Santa Catalina guardaba igualmente memoria de otro religioso benemérito, fray Antonio Pahones (o.c, p. 59).

La provincia de Aragón

Cuando el año 1559, las custodias quedan abolidas al ganar la calificación de Provincias independientes, entre la de Aragón cuenta el convento de Santa Catalina, lugar elegido en alguna ocasión por los superiores de la Orden para la celebración de sucesivos capítulos provinciales de los que surgieron varones eminentes, como los ministros provinciales fray Cristóbal Palomo, fray Isidoro Gómez y fray Joaquín Bonet. El primero, fray Cristóbal Moreno, lector jubilado, secretario general de la Orden, custodio, padre o visitador de la provincia franciscanas de Burgos, obtiene el nombramiento de ministro provincial de Aragón el día 11 de septiembre de 1768.

Pondría su alma en las manos de Dios, en el Real Convento de Zaragoza, entre el día 13 de febrero de 1779 y el 30 de septiembre de 1780.

A fray Isidoro Gómez, lector jubilado, se le elige el día 39 de septiembre de 1780, y pone su alma a los pies de Dios, también en el Real Convento, un día entre 1782 y 1783.

Fray Joaquín Bonet había sido lector de teología, predicador apostólico, ex comisario general de Tierra Santa por Roma, definidor, padre de visita de la provincia Castilla y de Burgos. Había sido elegido provincial en este convento de Cariñena, el día 17 de septiembre de 1768, y concluida su laboriosa tarea ministerial, Dios lo llama hacia sí, en el Real Convento, entre los años 1782 y 1783, según consta en el cabreo0 de las disposiciones para capítulo del Colegio San Diego (ms., Archivo Provincial de los Franciscanos de Valencia). 

Los religiosos

La estrechez es la tónica general que da tono a la vida en religión, desde las mismas celdas dotadas con lo escuetamente necesario, una cama de tablas, jergón, sábanas, mantas y ropa de vestir y mudar; una mesa con la correspondiente silla y algún libro. No existían aún los breviarios personales, sino que en el coro se disponía de un facistol donde colocar los grandes libros de coro escritos a mano, de letras de gran tamaño, que permitiera la lectura a distancia.

Se dedicaban al estudio y la predicación, de modo que era raro el religiosos que no hubiera aprobado el consiguiente examen que le habilitara para ejercer tal ministerio. Los desplazamientos se realizaban a pie, como establece la Regla de san Francisco y solían recogerse en las casas de las llamadas Hermanas de cartilla, pertenecientes a la Tercera Orden Seglar.

La economía se reforzaba con la confección de hábitos con que solían enterrarse los terciarios franciscanos (Elena Jarque, o. c, p. 93), a cambio de cuyo servicio se recibían limosnas, que al igual de cualquier otro ingreso, como estaba establecido en toda la orden, administraba un síndico seglar de probada ejecutoria.

Como dato exclusivo, el convento disponía de una nevera excavada en la roca, donde se recogía la nieve en invierno para el uso dosificado durante el resto del año (Elena Jarque, o.c, p. 81).

Según fray Félix Vallés y Assensio, el número de religiosos en 1723 era de 28  religiosos (Nova el vetera, ms. 1723, p.15, ).

La iglesia

La especial consideración que se tiene de la iglesia conventual, centro que anima y da sentido a la vida retirada del religioso, se advierte en la inversión que de hace en su dotación y mejoras. En 1695, por ejemplo (Elena Jarque, o.c, p. 88), se adquieren cuadros y marcos en que figura María Magdalena, san Antonio de Padua, y asimismo “joyeles de plata, objetos litúrgicos, tejidos de lujo y otros ornamentos destinados a honrar a a Santa Catalina, entre otras advocaciones”. Para el claustro adjunto, se adquiere en la misma fecha un retablo valorado en 60 libras y dos sueldos. Por 60 libras se obtiene una lámpara de plata en 1701 (Ibidem). El coro, donde los religiosos se recogían para el rezo del oficio divino y la meditación, fue objeto de piadosa ornamentación, encomendando a un artista pintar la bóveda y dos lunetos donde figuraban, entre otras imágenes, la de san Miguel Arcángel y la del patriarca san José, en tanto que se dotó a la iglesia de tres confesionarios de madera de pino que costaron 4 libras y 8 sueldos (O.c. p. 172).

A su vez, la sacristía disponía para el culto de ocho relicarios y dos estuches con reliquias, uno de ellos confeccionado con piedras semi preciosas de origen chino, cuatro cálices de plata sobredorada, dos recipientes de cristal con pie de bronce sobredora y un ostensorio menor, un incensario de plata, con naveta y cucharilla igualmente de plata, una reliquia de san Diego guarnecida en plata, vinajeras y portapaz, “todo de plata, ébano y bronce” (O.c. p. 74). En 1682 consta que tres mujeres, por espacio de 15 días, habían “aliñado toda la ropa blanca de la sacristía”, proporcionándoles los religiosos el condumio de esos días (O.c. p. 173). 

La biblioteca

La atención a las bibliotecas es función a que todos los conventos conceden especial dedicación. Y entre sus libros, la predicación es el quehacer que ocupa preferentemente la vida de los religiosos, menester para el que había que aprobar un examen previo. Es explicable que la mayoría de los libros escritos y publicados por franciscanos versen sobre dicha materia, como muestra minuciosamente el cronista fray Féliz Vallés en su obra manuscrita Nova et vetera, 1723, Zaragoza. Asimismo, una buena proprción de sus volúmenes trataban temas cíclicos del año litúrgico, para subvenir a tan notable cometido.

La biblioteca del convento de Santa Catalina, en Cariñena, no desdice de tales intentos. Encarna Jarque (Tierra de conventos, Santa Catalina y San Cristóbal de Cariñena, -Siglos XVI - XIX, Cariñena, 2010) abunda en datos muy sustanciosos sobre la riqueza que atesoraba dicho espacio en la estructura conventual del convento de Santa Catalia, siguiendo dos ejemplares de Disposiciones bianuales, que cada convento presentaba a capítulo y congregaciones intermedias de los siglos XVII y XVIII, presididas por un visitador extraordinario los capítulos y por el ministro provincial las congregaciones.

Sabemos así que las inquietudes intelectuales de los religiosos eran universales, de modo que las materias que abarca la biblioteca conjuga obras teológicas y profanas. La adquisición de obras fue un quehacer constante, tanto a cargo del convento como de donaciones espontáneas de personas devotas de San Francisco. Encarna Jarque enumera un listado de obras adquiridas, todas de corte religioso,  el año 1677 (o.c. p. 85), por un montante de 24 libras y 14 sueldos. Entre los donativos, figuran los siete tomos de los Annales del Reyno de Aragón. de Zurita, que entrega a la comunidad fray Pedro Buenaventura Galindo, en 1791, y en 1681, un devoto hace donación de un acerbo de libros entre los que figuran obras de Gracián y de Quevedo.

El año 1671 la cifra de libros que llenan los anaqueles de la biblioteca ascienden a 1.870, que ocupaba además ocho habitaciones más, al rebasar la capacidad de dichas  estancias dedicadas a contenerlos, no hubo otra opción ampliar la biblioteca, con un costo de 87 libras, 13 sueldos y 5 dineros (o.c., p. 78).

Entre otras obras de muy variados temas, vale la pena destacar las dedicadas a la música, Los Estatutos de la Orden, un Chronicón de la Orden y un conjunto numeroso de las de Erasmo de Rotterdam, lo que revela las inquietudes culturales y puesta al día del pensamiento franciscano del momento. Disponían de obras relativas a la nobleza, literatura clásica, economía, filología latina y griega, como Reglas de entender la escritura. Sus inquietudes didácticas obedecían a sus quehaceres docentes, tanto de la población, para cuyos estudiantes regentaban un centro de las asignaturas englobadas en la entonces llamada Gramática, como de los propios estudiantes de teología o coristas. Entre las preferencias de escritores clásicos, el buen gusto supo seleccionar obras como las de san Juan de la Cruz y fray Luis de León. Entre los escritures clásicos latinos figuraban Cicerón, Virgilio, Plutarco, Strabón, etc.

La desamortización, tan poco dada al aprecio de nuestro patrimonio cultural, dio al traste con el copioso y rico contenido de aquel tesoro, originando que las obras se dispersaran entre curiosos hasta su desaparición. Recuérdese cómo la nutrida biblioteca de Nuestra Señora, de Zaragoza, se salvó en parte por los libros más notables que en buena hora se llevó consigo fray Juan Herrera.

El estudio de Gramática

Desde el siglo IV, con Boecio, la gramática es forma integrante del trivium medieval,  a la que van agregadas la lógica y la retórica, convertidas en disciplinas capitales de la formación del hombre estudioso. La Gramática viene a ser la fase primaria de los estudios básicos en los siglos clásicos. En Cariñena hay constancia de un centro donde los franciscanos impartían estudios que costeaba el municipio y los mismos estudiantes. El municipio destinaba 45 libras anuales al religioso encargado de este cometido docente.

El hospicio franciscano de Santa Catalina, en Cariñena

Encarna Jarque Martínez (o.c., pp. 172 y 173), recoge de varias Disposiciones del convento, datos que completan lo que al respecto, muy someramente, nos dice el cronista provincial fray Féliz Vallés, en 1723, ya citado.

Las Disposiciones eran anotaciones que se presentaban al capítulo y congregaciones intermedias celebradas de dos en dos años, donde se dan cuenta de la efemérides principales, cuentas de la comunidad, entradas y salidas de mercancías, con listas de religiosos y los de difuntos muertos habidos en entre esos dos acontecimientos, en toda la Provincia, por quienes se habían celebrado los sufragios pertinentes. En las Disposiciones del Colegios de San Diego, en Zaragoza, figuran además de los nombres del guardián, vicario y profesores, los de los estudiantes o coristas, unos doce de media, y dos o tres hermanos laicos.

El hospicio u hospital quedaba situado en el casco de Cariñena. Contaba con huerta que contribuía a paliar los gastos de alimentación, una noria para el riego consiguiente que usaba de pozales sujetos al mecanismo para la extracción del agua, lo que requería accidentalmente de arreglos y sustitución de unos pozales por otros, y una balsa. El convento disponía asimismo de mulos necesarios para mover la noria. Otros gastos que requería la alimentación de los enfermos corrían a cuenta de los religiosos, que contaban a este fin con la generosidad de la gente. El grupo de trabajo que coordina Encarna Jarque consigna, entre otros donativos, uno tan propio como una jeringuilla, junto a otro de cuatro sábanas de cáñamo y cuatro mantas blancas (o.c., p. 166). El hospicio, dentro de su quehacer bienhechor de la gente necesitada, además de la atención a los enfermos, acogía a gente desamparada necesitada de techo y alimentación. Constan los gastos de confección de sábanas y colchones, cuya lana aportaban los religiosos, a cuyo fin, hacían acopio en notable cantidad.

El número de religiosos que atendían el hospital ascendía a cuatro, aunque algunas vez llegaron a ser siete, de los que uno al menos debería de ser sacerdote.  Anotemos que en él concluyen sus días los religiosos fray Andrés Guzmán, predicador, entre los años 1773 y 1774, Manuel Gascón, predicador y residente en el hospicio, entre 1792 y 1794 y el hermano donado José Rebollo, entre 1785 y 1785, como consta en el necrologio de las Disposiciones de San Diego, Zaragoza.

 Hay un documento donde el Ayuntamiento de Cariñena, el año 1624, accede a que los franciscanos procedan a edificar dicho hospital con fecha de 1624.(AIA Ana Sanz de Bremons, o. c, p. 429).    

San Francisco de AsísGuerra de la Independencia

Con la invasión francesa, en 1808, destruido el edificio, cierra sus vencidas puertas el convento para siempre. Asignado al convento, perduró un hospicio, fundado el año 1631, atendido por cinco religiosos, que incluso destruido el convento por la invasión francesa, reanuda su labor benefactora hasta desparecer con la infeliz desamortización.

Ana Sanz de Bremond da cuenta de un testamento en que Juan Francisco Martínez, mercader de Zaragoza, dispone el año 1629, la fundación de “un colegio de Frailes Franciscanos en los términos de la villa”(AIA, Ana Sanz de Bremond, Documentos Franciscanos de los Conventos de la Corona de Aragón, 249 (2001), p. 429). Y otra escritura posterior conservada igualmente en el Archivo Histórico Nacional, con fecha de 1743, corrobora que, efectivamente, en el convento existía un Colegio de San Buenaventura, para cuyo mantenimiento unos devotos del lugar imponen un censo de pensión anual (AIA, Ana Sanz de Bremond, o. c,  p. 431).

El cronista franciscano Fray Félix Valles ha dejado constancia de que el convento disponía además de un hospicio para la atención de enfermos en la localidad, probablemente terciarios franciscanos, donde permanecen algunos de los religiosos, destruido el convento por la invasión francesa de forma tal que no vuelve ya a rehabilitarse, y es interesante a este respecto la existencia de un documento donde el Ayuntamiento de Cariñena, el año 1624, accede a que los franciscanos procedan a edificar dicho hospital con fecha de 1624.(AIA Ana Sanz de Bremons, o. c, p. 429).

Es sintomático que el Libro de recibo libre del convento, que se cerraba anualmente en el mes de julio, concluya sus cuentas el 22 de agosto de 1835, fecha en que la desamortización cierra a los religiosos sus conventos, y con ello, la atención a sus colegios y hospicios.

Necrologio

En el Cabreo de disposiciones para dar cuenta, un año en capítulo y el siguiente en congregación, del Colegio de San Diego, o. c., entre los difuntos de la provincia franciscana de Aragón, figuran los siguientes cuyo óbito ocurre en este convento de Cariñena:

 

Fray Ángel Martín, ofm.