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Colegio de Misioneros de San Roque,
de la villa de Calamocha

Introducción a modo de reseña

Fray Félix Vallés, cronista de la provincia franciscana de Aragón, reseña lo que cree suficiente destacar del antiguo convento, el año 1723, en una crónica ms. de la que hay copia en el archivo de la provincia franciscana de Valencia. Dice fray Félix que “El Colegio de Misioneros de la Villa de Calamocha, en la Diócesis de Zaragoza, fue erigido como tal el año 1690, por un decreto de su Santidad el papa Inocencio XI, como consta por la vida del R. P. fray Ignacio García, en el folio 106, bien que ya existía como convento de vida regular de la Observancia, como consta en un manuscrito original, tomo 2, en documentos del Archivo Seráfico de la Crónica de Zaragoza, folio 109 [obra desaparecida en la desamortización].

Allí descansan los restos venerables del R. P. fray Ignacio García, fundador. Y habitan el Colegio 37 seráficos religiosos apostólicos, sujetos en todo y de modo inmediatos a los Superiores Mayores. Hay allí establecida un Aula de Teología y casa de noviciado”. (Nova et vetera, nº 30, p. 19).

La ermita

Hubo una antigua ermita que por sus escasas condiciones ordena derribar el Concejo, el año 1645, y sobre el solar resultante se erige otra de tipo barroco, al gusto del momento, de más entidad, de “cantería y mampostería con planta de cruz latina”. Dispone de una nave en dos tramos cubierta “por bóveda de cañón con lunetos, y de un falso crucero”. El ábside es de tipo poligonal, con “vanos cerrados” y una serie de capillas laterales, que permitían celebrar misa a varios presbíteros un mismo tempo. La nave queda cubierta por una cúpula que se edifica en 1655, “ siguiendo planos de Melchor de Luzón”, natural de Calamocha. (Gobierno de Aragón, SIPCA, Ermita de San Roque).

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Ermita de San Roque. Vista al este. Espadaña

Arruinado el convento por la dejadez de sus propietarios, desde la desamortización, la ermita de san Roque, que dio nombre al convento, es lo único que, actualmente adecentada por la autoridad civil, sirve de sagrado testimonio del antiguo convento apostólico.

En el necrologio con que completamos este artículo, figura el nombre de un organista, fray Miguel Picapiedra, lo cual indica que la ermita poseía un órgano, pieza que no faltaba en convento alguno, para realzar la solemnidad del canto litúrgico.

Fundación del convento

Emilio Benedicto Gimenos supone que la fecha de fundación del convento ocurriría entre los siglos XVI y XVII, con fechas constatables en 1622 y 1645, fecha en que el concejo ordena derribar la antigua ermita para levantar otra nueva más apta, con coro y capillas laterales . El coste de las obras, con mejoras en el convento, en las que en que trabajan los albañiles locales Antonio de Alfaro y Juan Colás, tuvieron un coste de 1.900 sueldos jaqueses (Documentos sobre el convento y la ermita de san Roque de Calamocha, Xiloca, Noviembre 1996, p.16).  En 1647, el albañil de Daroca, contratado por el concejo, construye “la concha de la capilla mayor, el presbiterio, la mesa del altar y las vidrieras, por un coste de 1.500 sueldos jaqueses. De nuevo es el concejo quien queda con Antonio Combás en 1.880 sueldos, el año 1655, para la construcción de la cúpula central, según planos de Melchor de Luzón, natural del villa. Al tiempo, “se procede a modificar la portería del convento y se amplían el claustro y las celdas. El día 5 de mayo de 1647, se inaugura el nuevo templo, lo que no impide que entre el concejo y la comunidad se den algunas diferencias sobre competencias (o. c.,  p. 17).

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Ermita de San Roque. Vista al frente

El colegio apostólico de misioneros

Hay que atribuir a la fundación del colegio la fecha puntada por fray Félix Vallés en su crónica ya citada. Emilio Benedicto alega que fue en las misiones americanas de Mechoacán donde a fray Antonio Linaz le asalta la idea de fundar un colegio de misioneros, empresa que propone y consigue que le apruebe el papa Inocencio XI. La Provincia franciscana de Aragón estudia la propuesta y facilita que sea llevada a cabo en Calamocha. Fundado el colegio, el venerable fray Ignacio García es elegido como primer guardián, de quien el memorable escritos que fue fray Antonio Albiol nos ha dejado su biografía o. c., p. 18).

En sus orígenes, según escribe fray Domingo Parrondo, la forma de vida de los religiosos estaba sujeta a un régimen muy severo, que con el tiempo irá suavizándose un tanto, como anticipar el rezo de maitines de media noche a las siete y media del día anterior. Aún así, a las cinco y media de la mañana comenzaban los rezos que ocupaban hasta las once, hora del yantar. Las tardes admitían media hora de paseo, estudio de posibles sermones, y determinados rezos, hasta la ocho de la tarde, hora de la cena, concluida la cual, los religiosos se recluían en sus celdas. Solían salir de paseo una vez a la semana como  razonable expansión que atenuase el rígido retiro conventual (Cfr. Fray Domingo Parrondo, Historia de los colegios seminarios de la observancia, Madrid, 1818, p- 159, citado por Emilio Benedicto).

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Ermita de San Roque. Vista al este

Para su manutención, vendían hábitos de sayal con que se solía amortajar a los difuntos, mortajas, y obtenían el estipendio establecido de misas y gratificaciones por sus sermones, además de algunas participaciones en donaciones testamentarias (Parrondo, o.c..p.159). Existió casi nuestros días, la costumbre de recorrer los pueblos solicitando limosnas, que consistían las más de las veces en género, como aceite, verdura, huevos, grano.

No obstante la vida austera del cenobio, la sencillez franciscana en un mundo rural era el mejor atractivo vocacional del Colegio, como hace ver Ofelia Rey Castelao (Frailes y campesinado, Universidad de Santiago). La cultura y vida evangélica de los religiosos les daba tal predicamento, que solía la gente acudir a ellos para la solución de pleitos y rencillas (Emilio Benedicto, o.c., p. 19).

La invasión francesa fue nefasta para la vida de los frailes, que son desalojados de sus conventos con la consiguiente interrupción de su labor y dedicaciones. En ocasiones, como en La Almunia y aquí mismo, convertidos los conventos en valladares fueron demolidos por la artillería y el fuego enemigo, si bien el de Calamocha fue reconstruido con posteridad con la ayuda de los fieles. La desamortización liberal, ajena a librerías, archivos y obras de arte, cierra sin contemplaciones las puertas del cenobio para siempre, que abandonado a su albur, con el tiempo acabará en ruinas.

Fray Ignacio García

Bien sabían el ministro provincial, fray Juan Pérez López, y sus definidores en manos de quién ponían la empresa de fundar un seminario apostólico de misiones en Aragón. Con anterioridad había enseñado teología y artes en los centros de otros conventos como el de Teruel, Calatayud, Daroca, de modo que llega al de San Roque de Calamocha como religioso, además de ejemplar, experimentado y ducho en la formación evangélica del alumnado. No solían ser muchos los estudiantes seleccionados para seguir los correspondientes estudios. Doce eran los que seleccionó en el estudiantado de Teruel. Fray Antonio Arbiol, de cuya biografía del santo varón nos surtimos de todos estos datos, ante el extremo rigor observado en el Colegio y comunidad, nos hace saber el número notable de estudiantes y religiosos que afluían y cesaban en su intento, a poco de experimentar tanta austeridad. Con todo, fray Félix Vallés, ya citado, dice que la comunidad la componían 37 religiosos.

Ni qué decir tiene que ni el convento ni la iglesia reunían cualidades para la función que había de realizarse en ellos. Fray Ignacio, al hacerse cargo como guardián de seminario, advierte de qué cosas estaba falto, según disponían las Constituciones Apostólicas, y procede de inmediato a poner remedio, mediante el recurso de la limosna, empezando por añadir en el entresuelo, ya culminado el verano, seis celdas más para uso de los novicios y una más capaz para el maestro de novicios.

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Ermita de San Roque. Vista al frente. Parte alta.

A los tres años le sucede fray Jerónimo Terracina, quien adecenta el claustro inferior donde queda el hospicio para seglares y aumentó el número de obras de la biblioteca del convento. Nombrado de nuevo guardián fray Ignacio, prosigue el plan de adecuación del convento a los nuevos usos dotando el coro de una modesta sillería más capaz, un atril central para el rezo de las horas, pinturas que ambienten la piedad del conjunto, y ampliación del huerto, base de la economía del convento. A los tres años, se elige guardián otra vez fray Jerónimo Terracina, que acomete la obra de dotar al centro de una enfermería, un hospicio de uso interior y da en representar, pintadas, las estaciones del vía crucis, en el claustro superior, para su seguimiento los viernes.  A él a hay atribuir a edificación de una galería que sirva de expansión a los estudiantes evitando de hacerlo fuera del cenobio. A fray Jerónimo sucede fray José Pastor. Este guardián concluye las obras de la enfermería, dotándolas con veinte celdas, además de introducir mejoras en la sacristía, la librería y completar con una campan de mayor tamaño que la existente la espadaña de la ermita. Al lector jubilado fray Francisco Soria, que luego llegaría a ostentar la dignidad de ministro provincial de Aragón, elevado al cargo de guardián, pone rejas en las ventanas inferiores del edificio tanto en el hospicio como en la sacristía, que les den seguridad. Completa esta sucesión santos varones fray Juan Bonel, quien renueva los ornamentos de la sacristía, enriquece la librería y hace una custodia para la exposición del Santísimo Sacramento. Para dar cabida a los libros que s van adquiriendo, hubo que ampliar la sala (Fray Antonio Arbiol, Epítome de la virtuosa vida de fray Ignacio García, Zaragoza, 1720).

Necrologio

Del obituario de un cabreo ms. procedente del Colegio de San Diego, de Zaragoza, donde, de dos en dos años, se presentaba a capítulo o congregación un listado de los religiosos fallecidos en la Provincia, entresacamos los que en este convento de San Roque entregaron su vida a Dios, desde 1766 a 1800:
fray Feliciano Tormos, predicador apostólico perteneciente al grupo venerable de los que habían llevado el hábito 60 años, fallecido entre los años 1766 y 1768.

Religiosos que no figuran en el necrologio anterior, cuyos nombres aparecen entresaco de los documentos que aporta Emilio Benedicto en la documentación que acompaña a su ensayo, son:

Fray Juan Jasso, guardián que amplía el claustro del convento y reforma la capilla mayor de la ermita, en 1645; también a él le corresponde inaugurar el nuevo convento resultante, en1647. Dando fe ante notario, en 1650, inauguran la capilla de Gaspar Vicente Iñigo, fray Valeriano Catalán, guardián a la sazón, con fray Pedro cabeza, predicador mayor, fray Antonio Hernando, presidente de terceros, fray Domingo Íñigo, vicario, fray José Muro, fray Domingo Lacambra y fray Juan Villanueva, sacerdotes, fray Buenaventura López y fray Cosme Royo, coristas, fray Diego Benedicto, lego.

El día 4 de julio de 1659, en la sala capitular, para abrir al culto la capilla de San Martín, correspondiente a la que ya existía en la antigua ermita, hacen fe ante notario el guardián, fray Francisco García, fray Miguel Monforte, vicario, fray Pedro Moya, predicador y presidente de terceros, fray Juan Calvo, fray Jerónimo de Alba, predicadores, fray Blas Aznar, fray Pedro Serra y fray Domingo Manero, hermanos legos. En ese mismo año, el susodicho guardián firma la cesión de la capilla a la cofradía de ese mismo nombre.

De la biografía que escribe fray Antonio Arbiol sobre el fundador del seminario de misiones, etresacas los nmbres de los siguientes religiosos:

Otros religiosos que nombra fray Antonio Arbiol en la obra citada de la vida del venerable fray Ignacio García, todos ellos anteriores a los del obituario anterior son:

El obispo de Pamplona, Don Juan Camargo les encarga una organizar una misión en su diócesis, trasladándose con él desde San Roque, de Calamocha (cap. XVI).

Consignemos que a fray Antonio Arbiol, ex provincial y escritor prolífico, alguna de cuyas obras, como Los desengaños místicos, obtuvieron numerosas ediciones ya en vida del autor y encomios de escritores como Juan Valera y Antonio Azorín, debemos gran parte de los datos que poseemos sobre la ermita y colegio se de misiones de Calamocha.

La guerra de la independencia y la exclaustración dieron fin a la encomiable labor de aquellos santos religiosos y desaparición de la vida conventual en San Roque. Con la Guerra de la Independencia, expulsados por el invasor, regresan a sus conventos hacia 1814, fecha en que se celebra un capítulo en el Convento de Alpartir, para ordenar de nuevo la observancia, pero no hay constancia escrita de nuevos obituarios, excepto el que se improvisa allí mismo  para esa efemérides.

Tratamientos y quehaceres

En la Orden franciscana no existía jerarquía propiamente dicha; todos eran frailes, pero sí una organización tendente a mantener la disciplina evangélica, para lo que los ministros con cargo velaban por la observancia, según los dictados razonables de la obediencia. Los cargos llevaban tratamiento distintivo, de modo que al guardián se le trataba como R. P., reverendo padre; al ministro provincial de M. R. P., muy reverendo padre, y el ministro general, de Rmo. P., reverendísimo padre.

Los religiosos, en general, eran tratados como fray, hermano, los donados o aspirantes a hermano lego tenían el tratamiento de hermano, a los estudiantes profesos se les reconocía como coristas, por corresponderles a ellos la atención de los cantos corales, cambio de libros de coro y la sacristía, según tiempos litúrgicos y horas canónicas; los profesores eran lectores de alguna disciplina, título equivalente al actual licenciado; los predicadores sufrían un examen que no todos eran capaces de salvar, lo que explica que la mayoría a los religiosos tuvieran esa dedicación, de modo que dedicaban tiempo sobrado a la preparación de sus sermones.

No es difícil comprobar que los escritores de la Provincia lo fueran sobre todo de sermones. Había predicadores conventuales y generales; estos últimos, como los apostólicos, podían predicar en un ámbito más extenso que el restringido a la guardianía. Los hermanos legos se ocupaban de las labores domésticas: la cocina, la limosna, la huerta, la elaboración del pan, jabón, vino, etc.