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Hospicios aragoneses

Sobre los hospicios, falto de datos fehacientes, Jill R. Webster conjetura que los franciscanos, "durante la primera mitad el siglo XIV, nos hacen pensar que esparcidos por el territorio del reino de Aragón, y probablemente en los alrededores de los centros principales, existían pequeños conventos u hospicios cuya función era la de atender a las necesidades espirituales de núcleos urbanos que no tenían suficientes habitantes para apoyar un convento de mayores dimensiones, lo que es más, creemos que los frailes en esos núcleos normalmente no sólo dependían de la casa principal más próxima sino desempeñaban una función especial, como por ejemplo la predicación a los judíos o a los moros" (Jill R. Webster, Contribución de los registros del patrimonio real a la historia de los frailes menores durante la primera mitad del siglo XIV, 209-212, 1993, p. 529).

San Francisco de AsísIgnoramos si durante el siglo XIV los religiosos atendían hospicios en Aragón, fechas luctuosas en las que los conventos quedan a veces vacíos por causa de la peste.

Consta la existencia de dos hospicios franciscanos de Aragón fundados en fechas muy posteriores, que cumplen con la función benefactora de atender enfermos durante los siglos dorados, y sucede que alguno, como el de Cariñena, destruido el Convento de Santa Catalina durante la invasión francesa, mantuvo su actividad en funciones cuyos beneficiarios no podían ser judíos ni moros, expulsados a finales del siglo XV.

Los hospicios de que nos habla fray Feliz Vallés, en su Crónica Nova et Vetera, quedaban situados en Zuera, para la atención de religiosos enfermos, y en Cariñena, para terciarios, como ya hemos dejado dicho en otro lugar. El número de religiosos asignados a la labor de asistencia en las correspondientes poblaciones, era más bien exiguo. En 1723, el hospicio de Cariñena tenía cinco religiosos. En ninguna de dichas poblaciones existían conventos a los que esos hospicios estuvieran anejos. Es posible que le de Zuera, dependiese de Zaragoza (Felix Vallés, o. c, c. III, nº. 32-33, p. 19).

Los hospicios no formaban parte de los conventos, sino que dependían de ellos, como ocurre en Cariñena, que desaparecido el convento en las afueras de la población, permanece el hospicio en la misma.

Además de los hospicios, algunos convento disponían de hospital interno para la atención de religiosos enfermos, ocupando uno de los claustros, como consta en Tarazona, donde el obispo de Guadalajara, Méjico, fray Manuel Mimbela, corre con los gastos que implicó su habilitación. Concretamente, por por los años de 1722, "El obispo fray Manuel Mimbela, religiosos perteneciente a esta Provincia de Aragón y actualmente obispo de Guadalajara, en Nueva España desde hace tres años, ordenó que se construyera en este convento un claustro destinado al esmerado cuidado de los religiosos enfermos, para lo que envió la suma de mil escudos de oro" (Félix Vallés, Nova et vetera, n. 11, pp. 9-10).