Perlas del cielo

Los hijos del cielo

Estaba solo; completamente solo el anciano Guillóm, y se moría, sin duda alguna. Tendido en un pobre camastro se sentía morir. Se alzaba su pecho al respirar y se¡hundía con estrepitoso resuello; su rostro cadavérico y macilento sentía llamaradas de fiebre que le volvían cárdeno y amoratado, y por momentos se cortaba su respiración y el pobre viejo se ahogaba, tal era su persuasión. Y con ojos vidriosos recorría su mirada por la estancia, presa su alma de una suprema ansiedad. Quería un sacerdote católico para confesarse y recibir los últimos Sacramentos; pero nadie, nadie, había en aquella lúgubre estancia que
pudiera socorrerle, y el anciano volvía sus ojos al cielo y musitaban sus labios una plegaría, y con gestos dificultosos parecía llamar a alguien que no veía y que parecía estar oculto en lo más recóndito del cielo.

Vivía completamente solo. Alguna vecina, de vez en cuando, se acercaba a su lecho para suministrarle algún poco de alimento y le dejaba sin atender a su demanda de buscarle un sacerdote. Había muerto su mujer muchos años ha, y después de ella sus dos únicos, hijos, de ocho y de siete años, y en ellos pensaba en aquellas horas de angustia, a ellos tal vez se dirigía cuando miraba al cielo para que escuchara el estertor de su agonía.

En otra casa no muy distante, otro hombre venerable vivía también solo, pero ejerciendo un alto ministerio: era un sacerdote, el cura' de San Bonifacio, de Washington, en cuya ciudad se desarrolló el hecho, y se llamaba Jacob Walter.

Había terminado el buen cura sus asuntos del día, y sentado junto a una mesa que pudiéramos llamar mesa revuelta, con aquel amasijo de libros, papeles, periódicos y otros menajes y bagatelas, a la luz de una lámpara, acababa de rezar sus Completas, y restregando sus manos con aquélla satisfacción que da el cumplimiento del deber, metiendo sus lentes en el estuche volvía a repetir, con la seguridad del justo, aquellas palabras: Nunc dimitís servum tuum in pace, que el buen cura traducía o evocaba con esta intención: Ahora, Señor, dejadme dormir en paz. Y a dormirse fue sin más remilgos, siendo acogido felizmente por Morfeo para transportarle en ensueños paradisíacos a otras regiones ignotas y fantásticas.

En ellas se hallaba sumido plácidamente, cuando un estridente, sonido vino a turbar su apacible quietud volviéndole a la triste realidad. Pero él diría que había sonado la campanilla de la puerta, e incorporado sobre el lecho esperaba ansioso volverla a oír por s¡alguien necesitaba los servicios1 de su ministerio. Y la campanilla volvió a sonar, obligando al cura a echarse a tierra y calzarse sus chinelas, y abrigándose un poco corrió hacia la puerta. Abrió, y dos niños como dos ángeles esperaban en ella. Sorprendido quedó el buen Jacobo a su vista, pues más parecidos y más bellos no recordaba haberlos visto en todo aquel barrio; hubiera dicho que eran gemelos, aunque el uno era mayorcito que el otro, y los dos frisarían entre los siete y ocho años.

—¿Qué queréis? les dijo el cura.

Y el mayor le dijo:—Señor, en tal calle de esta ciudad, en tal casa y número tantos, hay un pobre viejo que se está muriendo y desea un sacerdote católico para confesarse.

—Al momento, —les dijo el sacerdote—; dejad que me vista y estoy a vuestras órdenes.

Se volvió a entrar, y con toda celeridad se vistió, y tomando su gabán salió de nuevo a la puerta, pero ya los niños habían desaparecido. Cosa de niños, pensó el cura, mas como la calle le era muy conocida fuese solo a buscar la casa según el número que le habían indicado. Llegó, y con extrañeza suya la vio abierta de par en par. Subió hasta el tercer piso sin encontrar alma viviente, pero allí y cuyas puertas estaban también abiertas, le pareció escuchar unos débiles gemidos de alguna persona doliente. Se detuvo un poco, mas no viendo a nadie se atrevió a entrar por s¡era allí donde le llamaban.

Efectivamente, Sobre un pobre camastro yacía un anciano que a duras penas podía respirar. Al apercibirse el enfermo de la presencia de aquel hombre sé incorporó como pudo, diciendo con débil voz:

—Por favor, señor mío, buscadme un sacerdote católico, que quiero confesarme para morir.

El párroco se dio a conocer, y con inmensa alegría del viejo, comenzó la confesión. Terminada felizmente, y ya sosegado el buen anciano, el cura le preguntó por aquellos dos hermosos niños que había enviado a llamarle. El enfermo, estupefacto, le dijo que él no había enviado a ningún niño, podía asegurarle que en toda la casa no había muchacho alguno, n¡lo había habido desde que sus dos ángeles, Guillermín y Renés, habían muerto, el uno de ocho años y el otro de siete, dejándole completamente solo en el mundo. Pero al insistir el sacerdote que dos niños de esa edad, muy hermosos y parecidos, acababan de llamarle y que y no los había vuelto a ver, conmovido el enfermo y alzando sus ojos al cielo se decía para sí, sin que dejara de oírlo el sacerdote:

—¿Serían ellos? ¡Yo los llamaba con tanta insistencia!

A lo que contestó, convencido y resuelto, el buen párroco: —Sí, ellos eran, no lo dudes, Guillóm. Dios ha escuchado tus ruegos, y a mí, más que niños, me habían parecido dos ángeles.

Así había ocurrido en verdad. Al verse Guillóm completamente abandonado sintió ansias de subir al cielo para unirse con los suyos; para eso deseaba confesarse antes de morir, y en la imposibilidad de encontrar un sacerdote, rezaba y pedía a sus hijos vinieran a socorrerle. Sus hijos, que vieron las angustias de su padre, se postraron ante el trono de Dios para implorar misericordia, y Dios, complacido, les envió a la tierra para que avisaran al sacerdote.

Recibidos, pues, los últimos Sacramentos, el anciano Guillóm murió plácidamente en el Señor y se fue a vivir, lleno de gloria, con sus hijos del cielo.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Obra nueva

Temes práctics pera l'ensenyança de la Llengua Valenciana, girats a l' estil de Martorell,
por el P. Luis Fullana Mira, O. F. M.-Obra de gran interés para los amantes de nuestra lengua regional.

Un tomo de 193 págs., que contiene 50 lecciones. Precio: 3 pesetas.
De venta: P. Gabriel Aguiló, convento de PP. Franciscanos, San Lorenzo, 2, Valencia, y en las principales librerías.

Libros recibidos

Las Maravillas de Piedra, por Carlos Sarthou Carreres. Valencia. Tipografía del Carmen. 1926.

Nuestro buen amigo señor Sarthou Carreres lo mismo empuña la estilográfica para emborronar cuartillas de clásico sabor cervantino, que enfoca el objetivo para revelar fotografías artísticas; igual hace provechosa labor de crítica histórica examinando ruinas y archivos, que se extasía contemplando las maravillas que la próvida mano del Creador ha derramado por doquier. sacando de la cosa más insignificante a los ojos de un profano, sublimes consideraciones que revelan su alma soñadora, su espíritu observador, su temperamento artista.

Unos días pasados en el poético Monasterio de Piedra han dado ocasión al señor Sarthou Carreres para ofrecer al público, en lindo folleto, sus impresiones personales, no precisamente sobre la historia de dicho monumental edificio, sino sobre los caprichos del agua del río Piedra, a su paso por las cercanías del Monasterio en forma de cataratas, cascadas, chorros, lagos y remansos. La elocuencia del paisaje la describe en diez comentarios salidos de su pluma brillante; la elocuencia del agua la ofrece en treinta y cuatro estupendas fotografías sacadas del objetivo de la máquina del mismo autor.

El folleto, impreso con refinado gusto, tiene 71 páginas en 4°.

Enhorabuena, maestro. Sus libros son bellos y buenos.

San Francisco de Asís. Ilustraciones de José Benlliure y comentarios del P. Antonio Torró, franciscano. Valencia. Administración de la Tercera Orden. Calle de San Lorenzo, 2.-1926.

Los Padres Franciscanos de Valencia, sabedores que el genial pintor señor Benlliure venía trabajando calladamente hacía ya dos años en una galería de cuadros que abarcaba toda la vida de su santo Padre Fundador, deseaban admirar la obra del ilustre artista, y una buena mañana del año 1924 se personaron varios Religiosos en el estudio que en la calle de las Blanquerías tiene el señor Benlliure, siendo amablemente recibidos por el famoso pintor y su distinguida familia. Corrientes de simpatía brotaron de aquella visita, que se convirtieron luego en lazos de hondo cariño al expansionarse los ánimos en momentos de íntima convivencia y brotar, al calor de la conversación, la idea de que no debiera quedar oculta la labor franciscana del maestro, sino que aprovechando la oportunidad que se acercaba del VII Centenario de la muerte de San Francisco, darla a conocer de modo, forma y manera que la admiraran no sólo los espíritus selectos en una exposición de pinturas, sino reproduciéndola por medio de las artes gráficas, a fin de que la obra pictórica que honra por igual al Llagado Serafín, a Valencia y al señor Benlliure fuese admirada por todo el mundo.

Pero ¿quién hace el milagro? El milagro se entiende de acometer una empresa de esa índole en Valencia, sin ambiente para ello y arriesgando el capital necesario. ¿Los Padres Franciscanos? N¡pensarlo. Afortunadamente, a las órdenes de estos Religiosos, se halla una organización modelo en su clase, disciplinada y con arrestos para toda obra grande: la Venerable Orden Tercera. Al frente de ella se hallan hoy hombres de iniciativas, de arraigo, de positivo valer, de posición social, como: el Padre Estanislao Barber, Visitador de la Hermandad, don José Píscopo, don Galo Recuero, don Francisco Martínez Morales, don Alfonso Rubio y otros, que, desde el primer momento, acogieron con cariño la idea y la trabajaron con alteza de miras, sin reparar en la magnitud de la obra, n¡en los gastos que ocasionaría, n¡en el fracaso del negocio editorial, sólo atentos a la gloria que con ello recibirían San Francisco, Valencia y la Venerable Orden Tercera por ellos representada.

El primer acuerdo fue que la obra había de ser exclusivamente valenciana. Al Padre Antonio Torró se le encomendaron los comentarios de los cuadros; a don Estanislao Vilaseca, los fotograbados; a don Tomás Pervisa, la parte tipográfica; a don Luis Navarro, la encuadernación; al Padre Juan Bautista Gomis, la corrección de pruebas; quedando don José Benlliure de director artístico. El acierto que tuvo la Junta de la Venerable Orden Tercera al encomendar a tan valiosos elementos la confección de la obra está de manifiesto.

Después de medio año de incesantes trabajos, en Octubre pasado, salió a luz el volumen que ha servido para dar un mentís a los que propalaban que en Valencia no había medios para empresas de esa categoría. La obra n¡en su estupenda presentación, n¡en la limpieza de tipos, n¡en la belleza de fotos, n¡en la esmerada encuadernación, n¡en la claridad de las tricromías, n¡en su pasmosa baratura, n¡en sus cervantinos comentarios, tiene nada que envidiar a las similares que se han publicado en el extranjero con motivo del Año Centenario Franciscano; antes bien, ésta las sobrepuja a todas.

Y desde el Sumo Pontífice, siguiendo los Reyes de España e Italia, hasta el artista de gusto más refinado, están de acuerdo en afirmar que esta obra es el monumento más grande que se ha levantado a San Francisco en su VII Centenario.—F. Lloréns.

Leyenda árabe de las ruinas de Cafarnaúm

L os beduinos de Tel-el-Hun, la tribu nómada que vive bajo tiendas en las inmediaciones de Cafarnaúm, conservan una tradición o leyenda sobre la gran ciudad romano-judía, la más principal del Lago de los días de Jesús.

Las imponentes ruinas de la sinagoga, y las inmediatas de la antigua urbe, debían llamar tan poderosamente la atención de aquellas sencillas gentes y herir su ardiente fantasía oriental, que no es extraño hayan sido sus escombros ocasión para que surgiera, flotando sobre el ambiente evangélico de aquellos parajes, esta leyenda.

Nos cuentan ellos que Nebi-Isa, llamando a Jesús con su mismo nombre, amaba a aquella ciudad con un amor mayor al que el hombre profesa a sí mismo y sólo comparable al de una madre. Él la había edificado y elegido por su propia ciudad; pero los moradores eran judíos (1) y, a pesar de haber curado todas sus enfermedades, y haber obrado su poder muchos portentos en beneficio de ellos, una vez, cuando volvía de noche, cansado de caminar durante el día, hambriento, cubierto de polvo y derramando sangre sus pies, tocó sus puertas y el custodio de la noche no le quiso abrir.

Nebi-Isa se sentó sobre una peña al borde del lago, y las aguas se subieron y acariciaron sus pies, lastimados y sangrientos, lamiendo sus llagas. Isa en vano esperó que el vigía nocturno abriera sus puertas, tocó, y repetidas veces volvió a tocar, y el eco de su mano sobre la puerta repercutía en los flancos de las montañas como en el recinto silencioso de la desdeñosa ciudad.

Levantó su voz, voz de tórtola a la que han robado sus polluelos, gimió como ciervo herido... y su eco vino a extinguirse en las bocas de los que le respondieron de dentro con una carcajada. Entonces, ¡Honor a Allah!... Omnipotente! Justo!... El Profeta gritó, como sonido de trompetas que llaman al combate, levantó su mano, extendió su brazo y, dejándolo caer, asoló la ciudad y, abriéndose las entrañas de la tierra, salió un fuego que devoró a sus moradores. Desde entonces, dicen los beduinos señalando el informe montón de ruinas, que todo está por tierra.

Esas ruinas cubren la ingratitud de un pueblo hacia su Señor, son malditas, y bajo de ellas únicamente se esconden las serpientes y escorpiones, animales astutos, inmundos y enemigos del hombre, que muerden y matan.

Ruinas de Cafarnaum

Ante aquellas ruinas, una tarde, mientras el lago tranquilo, sin rizos siquiera, se preparaba a dormir y jugueteaba a colores con los últimos rayos del sol, un hermano lego franciscano, descubierto, como s¡se encontrara ante un cadáver, expuesto al borde de una fosa, reflexionaba; a su mente acudía la idea de que, aquel pueblo, fue la víctima inconsciente de un crimen social, de la ingratitud de sus moradores...

Pocos días después, aquel hermano moría allí mismo, víctima de la picadura de una víbora, que anidaba en los huecos de aquellos escombros. ¡Todavía Cafarnaúm hace víctimas sagradas e inocentes!...

Fr. Juan Alventosa, ofm

(1) Nótese que para los árabes los judíos son de una raza degenerada y perversa.

Cursillo sobre la Moda

Lección sexta. El lujo y la Moda

¿No se opone más que a la modestia la Moda moderna?—Se opone también a la caridad y a la pureza, porque fomenta el lujo.

¿Qué relación hay entre la Moda y la caridad?.— Relación muy íntima. La moda actual es lujosa y el lujo es caro, ocasiona gastos superfinos, ya por la calidad de las telas, ya por la cantidad de los vestidos, ya por el derroche de joyas y adornos, todos ellos de subido valor, ya por la prodigalidad de las exhibiciones en público, ya porque las mujeres de todos los órdenes sociales se extralimitan del rango, posición y estado de cada una. Ahora bien: esos gastos superfluos son bienes defraudados a los pobres y desheredados de la fortuna, que se han de vestir y han de comer de su trabajo, s¡lo pueden hacer, y de lo que sobra a los que poseen. El descontento y malestar de los de abajo es causado por el despilfarro de los de arriba, que sólo en un baile de sociedad, una soirée, una boda, un trousseaux, etcétera, derrochan más que gastos origina el sostenimiento mensual de un hospital,' un hospicio, una beneficencia, etc., a los cuales establecimientos de caridad en poco o nada contribuye la moda con su dinero. Por esto la moda quebranta la virtud de la caridad.

¿Pero no dijiste que era económica la Moda moderna; y en efecto, no vemos que hoy las mujeres se visten con cuatro telas?.— Efectivamente, hoy una señora, una señorita y una niña llevan menos ropa que nunca, mas no se puede afirmar que se vistan con poco dinero, pues además de que en cada temporada la moda exige cambios radicales en la forma, confección y adorno de los trajes, exigiendo esto gastos superfluos en el cosido y tiempo que se pierde en ello, las telas no son baratas. Todo el dinero que se gasta en ello es una superfluidad que perjudica a la necesidad de tantos pobres que se ven, especialmente en las capitales, mal comidos y peor vestidos.

¿Luego estará prohibido el lujo?.— El lujo, como los adornos, no está prohibido. La Moral exige que la mujer vista con arreglo a su clase y posición social, pero siempre con moderación, honestidad y conveniencia a su estado.

¿Por qué es contraria la Moda a la pureza?.— Porque es un gran incentivo al vicio contrario. San Clemente Alejandrino dice: «El adorno de los vestidos provoca o a ambición o a prostitución.» En efecto, es imposible contemplar hoy el modo cómo se presentan las mujeres en público y no verse asaltado uno de pensamientos lujuriosos, como igualmente ellas mismas pierden el concepto de la honestidad.
¿Mas esto será la Moda indecorosa de hoy?—Lo moda de hoy incita y provoca a prostitución, y por lo mismo es diametralmente opuesta a la pureza. La moda que no se amolda a la modestia es contraria a la virtud angélica.

¿Luego estará prohibida toda Moda?.— Repito lo dicho acerca del lujo. No, señor, porque San Pablo dice que «las mujeres se adornen con gusto, con recato y con sobriedad». Los encantos naturales de la mujer se realzan con sencilla y honesta elegancia, pero pierden su valor cuando el traje pone al descubierto los incentivos de la concupiscencia.

¿Y s¡no hay modelos de vestidos según la modestia cristiana?.— S¡los hay y en abundancia. Desde muy antiguo que funcionan sociedades de señoras católicas que se dedican a la confección de modelos según el buen gusto y elegancia, destacándose en ella esta noble virtud. Y estas sociedades llamadas «Ligas de la Modestia Cristiana», han tomado algún incremento desde que el Sumo Pontífice y los Prelados han hablado amargamente de los estragos de la moda; pero desgraciadamente la mayoría de señoras y señoritas, aún las educadas en colegios religiosos y que acostumbran a frecuentar los Sacramentos, rehúsan entrar en esas Ligas y se dejan dominar por esa tirana que tantos estragos causa en la honestidad de las costumbres y que llamamos Moda.

Fr. Carlos García Badía, ofm

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