Vida del Beato Francisco Pinazo

Capítulo I. El Seglar

La antigua y noble villa de Alpuente, situada en el partido judicial de Chelva, de la provincia de Valencia, y perteneciente en lo eclesiástico a la diócesis de Segorbe, está integrada por 18 aldeas que contienen entre todas 3.200 habitantes. Una de esas aldeas, distante tres kilómetros de la villa, llamada El Chopo, compuesta de solo 17 vecinos y diseminado su pobre caserío en tres agrupaciones colocadas sobre una pendiente rocosa que domina hermoso y extenso valle, fue la cuna en donde nació, el 24 de Agosto del año 1802, un niño al que se le puso por nombre Bartolomé.

En el archivo parroquial de la villa, en el libro octavo de bautismos, al folio 31, aparece registrada la siguiente partida:

«En veinte y quatro de Agosto de mil ochocientos y dos. Yo el infrafirmado D. Francisco Polo, Racionero de esta iglesia parroquial de Alpuente, bauticé según Rito de N. S. M. Iglesia a Bartolomé Pinazo, hijo de Vicente y Esperanza Peñalver, cónyuges. Nieto de Josef Pinazo y Vicenta Pinazo, y de Josef Peñalver y Blasa Amblar, todos cónyuges y naturales de esta parroquia. Fueron padrinos Francisco Martínez Colegial y María Antonia Serrano, a los que advertí el parentesco contraído y demás obligaciones. Nació el mismo día entre las siete y ocho de la mañana.— El R. Polo

Tuvo, además, este matrimonio otro hijo llamado José.

La infancia del niño Bartolomé se pasa asistiendo a la escuela municipal de la villa y entregado a los trabajos domésticos propios de su edad. Apenas sabe deletrear y mal escribir, cuando sus padres, pobres labradores, agobiados por el trabajo y la necesidad, le retiran de la enseñanza para dedicarle al oficio de pastor. ¡Parece que la divina Providencia le iba separando del mundo y sus peligros, para aproximar cada día más a Ella aquella alma cándida y sencilla, que había de recluirse voluntariamente en el claustro!

La educación religiosa que recibió de sus padres, por una parte, y la inclinación natural de Bartolomé, por otra, a las cosas de Dios, fueron causa de que en la soledad y aislamiento que proporcionan las montañas se entregase de lleno a la contemplación de la naturaleza, viendo en todas sus manifestaciones la mano del Todopoderoso, recogiendo ópimos frutos que iban perfeccionando su alma en el amor de Dios.

Un accidente desgraciado, ocurrido en 1814, hizo que el niño Bartolomé abandonase el pastoreo y el retiro que tantos consuelos llevaba a su espíritu. La época calamitosa que entonces atravesaba nuestra patria obligó a su padre a vender el ganado y marchar, con otros alpontinos, a la siega en el pueblo de Bujaraloz (provincia de Zaragoza). Allí sorprendió la muerte a Vicente Pinazo, dejando a su esposa e hijos en el mayor desamparo; y privados de aquel cariño que tanto apreciaban y tan necesario ¡es era en aquellas circunstancias, determinaron trasladar su residencia a la aldea llamada Campo de Abajo, del mismo término municipal de Alpuente.

A los dos años de viudez casó Esperanza Peñalver en segundas nupcias con Domingo Cebellán, hombre laborioso y temeroso de Dios, naciendo de este matrimonio cuatro hijos. El nuevo estado en nada alteró la paz de aquel hogar y Bartolomé intimó mucho con su padre por afinidad y le ayudaba en las faenas del campo.

Ocho años permaneció en esta situación, cuando un hecho verdaderamente humano, pero providencial, le colocó en circunstancias de abandonar el mundo.

Vista general de Alpuente

Vista general de la villa de Alpuente.

Bartolomé pidió relaciones amorosas a una paisana suya llamada Blasa Cebellán, hermosa doncella por la que sentía especial cariño y con la que pensaba contraer matrimonio; pero ella, después de algún tiempo de relaciones, rehusó el amor de Bartolomé por el de otro joven más acomodado en bienes de fortuna. Esta contrariedad causó tanta amargura en su corazón, que, desengañado del mundo, sólo pensó en vivir ya para Dios. ¡Por qué caminos tan desconocidos a nuestra inteligencia conduce el Señor las almas a la perfección!

Capítulo II. El religioso

Pasada la tormenta y despejado el horizonte que había empañado el tranquilo vivir de Bartolomé, éste hizo firme propósito de abandonar el mundo para ingresar en el convento de Padres Franciscanos de Chelva.

Los ecos de la fama del austero y célebre en toda España convento-retiro de Chelva, fundado en 1373, cuyos fervorosos moradores recorrían evangelizando todo el Obispado de Segorbe, llegaron a las humildes aldeas de Alpuente, donde vivía nuestro héroe dedicado a las rudas faenas del campo, y ya desengañado del mundo, y después de madura reflexión, manifestó a sus padres la resolución que había tomado de consagrarse a Dios en el claustro, resolución de la que no pudieron disuadirle n¡las exhortaciones de aquéllos n¡las de sus hermanos y amigos, marchando, por lo tanto, a Chelva e ingresando como donado o pretendiente en el año 1825 en aquel delicioso retiro conventual, que teniendo por toldo el azul purísimo del cielo y por escabel la verde esmeralda del valle, había sido elegido por los hijos del Seráfico Francisco de Asís tan pronto se establecieron en nuestra patria, como sitio el más adecuado para intimar con Dios.

Santificaron este convento con sus virtudes el Beato Juan Lorenzo de Cetina, que sufrió martirio en Granada el 19 de mayo del año 1397; el Beato Nicolás Factor, nombrado superior de esta casa el año 1558; el Padre José Melchor, muerto en opinión de santidad en 1855, y otros eminentes siervos de Dios.

De cómo se portó siempre en el claustro el humilde Bartolomé es Fuerza oír al Beato Pedro Nolasco Soler, de Lorca (Murcia), compañero del mismo hasta en el martirio, el cua! decía de aquél que «era la misma obediencia y que su alma era tan sencilla y dotada de tanta ternura, que más bien parecía un niño que un hombre».

Desde el año 1825 al 1830 permaneció de morador en el convento de Chelva, llamándosele «Hermano Bartolomé»; con este nombre firma recibos, escribe su testamento espiritual, renueva las promesas del bautismo y redacta otros documentos de carácter piadoso, que aún se conservan. El oficio que tenía en la comunidad y el que le habían designado los superiores era el de limosnero.

A principios de 1831 ingresó en la Orden Franciscana en clase de Lego, tomando el hábito en el real convento de nuestro Padre San Francisco de Valencia, cambiando en dicho acto el nombre de Bartolomé por el de Francisco, por la devoción que desde su infancia había profesado a su Seráfico Padre y Fundador.

A las órdenes del P. Francisco Oltra, Maestro de novicios, pasó el año de su noviciado, ejercitándose en las virtudes del estado religioso en general y en las de la humilde clase que había abrazado en particular, siendo por su puntualidad en la asistencia a los actos de comunidad, por su obediencia, pobreza, pureza de costumbres, amor a la oración, al trabajo y a la mortificación, no sólo el ejemplo de los muchos novicios que en aquella sazón tenía nuestra Provincia Regular, sino la admiración de todos los religiosos, aún los más ancianos, que veían en Fr. Pinazo el modelo perfecto de cuanto debe ser un hijo del Serafín de Asís. Terminado laudablemente el año del noviciado emitió los tres votos religiosos de pobreza, obediencia y castidad, en manos del P. Pascual Flores, Guardián en aquel entonces del grande convento de San Francisco de Valencia.

Capítulo III- El sacristán

Apenas Fray Francisco Pinazo pronunció sus votos en Febrero del año 1832, fue enviado por el P. Fray Miguel Milla, Ministro Provincial, al monasterio dé Santa Clara, de Gandía, en obediencia extendida para que se ejercitase en el cargo de sacristán de la iglesia de las religiosas.

Como antes de la exclaustración, las monjas pertenecientes a la Segunda Orden Franciscana vivían sujetas a la obediencia de los superiores de la Primera, éstos venían obligados a proporcionarles en todos los monasterios: confesor, socio del mismo, sacristán y procurador, viviendo estos religiosos, formando comunidad, al servicio y utilidad de las monjas. La pequeña comunidad que encontró Fray Pinazo a su llegada a Gandía estaba formada por los siguientes religiosos: Padre Ignacio Crespo, predicador general y ex definidor, confesor; Padre José Torregrosa, socio, y Hermano Juan Mora, procurador. El primero fue sustituido el año 1833 por el Padre Pascual Flores, que tomó posesión del cargo de confesor ordinario de las monjas.

La infausta exclaustración del año 1835 sorprendió a nuestro Fray Francisco Pinazo en la ciudad de los Borjas, y no queriendo separarse de las religiosas, n¡abandonar el retiro que le proporcionaba el amparo de! monasterio, n¡dejar un cargo tan en armonía con su temperamento, determinó continuar de sacristán de la misma iglesia, s¡bien despojado del hábito franciscano que había vestido.

Como antes de la exclaustración, Fray Pinazo cumplía los deberes de su cargo con la atención y solicitud que el mismo requería, con la limpieza y aseo que conviene a la casa de Dios y son habituales en las comunidades religiosas, siguiendo al pie de la letra cuanto ordenaban la liturgia eclesiástica, las Constituciones y el Ritual de la Orden y las santas costumbres que desde inmemorial observaban las monjas.

Era tan escrupuloso en el cumplimiento de los deberes de su cargo de sacristán, que para no incurrir en falta u omisión alguna, llevaba anotadas en un cuaderno todas las funciones que se verificaban durante el año en dicha iglesia conventual, el rito que las acompañaba en su celebración y la mayor o menor solemnidad exterior con que se hacían, sin perdonar detalle por insignificante que fuese. Este curioso cuaderno aún se conserva su original.

Igualmente y vistiendo traje seglar se dedicó al oficio de limosnero, recorriendo los pueblos de la huerta de Gandía para proporcionar sustento a las pobres religiosas, cultivándoles además esmeradamente el huerto de la clausura.

Los ratos que le dejaban libre estas ocupaciones los dedicaba a escribir conceptos piadosos y a componer versos que encierran en su fondo sanos consejos morales. Para que se aprecie el grado de ilustración de este buen hermano lego, vamos a dar muestra de algunos pareados, escogidos al azar, de los ciento que hizo y obran en nuestro poder. Aunque sencillos en el lenguaje y sin métrica, constituyen verdaderas máximas morales dignas de atención:

16.—Quien tiene viva, esperanza, todo lo que espera alcanza.

35.— Para quien ama y espera, la cruz pesada es ligera.

Aclaración. Este número inserta unas páginas numeradas como 19 al 25, para desprenderlas y formar un librillo con las historia del Bto Francisco Pinazo. No prosigue esta publicación en los restantes números del año 1927.