Índice del número 81

Marzo de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Comentarios de vulgarización jurídica

A vosotras, benévolas y piadosas señoras que esta benévola y piadosa revista leéis, a vosotras y a nadie más dirijo las presentes mal pergeñadas líneas, tratando en ellas de poneros de manifiesto, lo más claramente que factible me sea, las aspiraciones que con ansias de reivindicación una representación de vuestro, sexo ha formulado.

Se ha afirmado de la mujer que es un ser de cabellos largos e ideas cortas, y nosotros no tendríamos empacho alguno en asegurar que esos dos calificativos deben hoy conmutarse, porque ¡menuda enjundia intelectiva —respecto a las ideas, desde luego— representan las peticiones que en estas charlas nos disponemos a comentar...!

Muy pocos días hace, leyendo un importante rotativo de la no menos importante ciudad condal, tropezó nuestra vista con la noticia de que el Club de Señoras «Liceum» —que dicho sea de paso, no llegamos a enterarnos s¡radica en Madrid o en la misma Barcelona— había formulado al presidente de la Comisión de Códigos (respetable organismo consultivo dependiente del Ministerio de Gracia y Justicia), las peticiones siguientes:

1ª.- Que la patria potestad se ejerza en común por el hombre y la mujer durante el matrimonio, y la viuda que contraiga segundas nupcias conserve la patria potestad sobre sus hijos del primero o anteriores matrimonios, ya que el Código civil vigente le reconoce esta facultad cuando el marido difunto lo ha dispuesto así en el testamento.

2ª.- Reconocimiento sin limitaciones de la facultad de la mujer soltera o casada para ser testigo en los testamentos, formar parte del consejo de familia, ser tutor, protutor, curador, albacea, etc.

3ª.- Administración y gobierno en común de los bienes gananciales, con prohibición de ambos cónyuges de hipotecar o enajenar bienes inmuebles y valores industriales y públicos sin el consentimiento del otro.

4ª.- Que el sistema aceptado en las capitulaciones matrimoniales pueda ser cambiado por otros que estimen los cónyuges más en armonía con las condiciones y circunstancias de la vida matrimonial, siempre que lo soliciten ambos cónyuges, sin que este cambio pueda tener efecto retroactivo.

5ª.- Que los motivos de desheredar sean idénticos para el hombre y la mujer.

6ª.- Reconocimiento de la mujer casada a disponer libremente del producto de su trabajo, salvo la obligación que tiene de contribuir a las cargas de familia, derecho ya reconocido en el Código de Comercio.

7ª.- Supresión del artículo 57 del Código civil, sustituyéndolo por este otro: "El marido y la mujer se deben protección y consideraciones mutuas".

8ª.- Que la mujer casada conserve su nacionalidad.

9ª.- Supresión del número 3 del artículo 603 del Código penal y substitución del número 2 del mismo artículo por este otro: «Los maridos que maltraten a su mujer y las mujeres que maltraten a su marido, aún cuando no les causaren lesiones de las comprendidas en el párrafo anterior.»

1ª.- Supresión del artículo 438 del Código penal.

11ª.- Investigación de la paternidad.

En cuanto a la primera de las peticiones, recordemos previamente el concepto de patria potestad. El catedrático español señor de De Diego así la define: «El deber y derecho que a los padres corresponde de proveer a la asistencia y protección de la persona y bienes de los hijos en la medida reclamada por las necesidades de éstos.»

En el derecho romano, la «patria potestas» era una autoridad absorbente, despótica y exclusiva del padre.

En la Edad Media se advierten ya indicios de un sistema que se ha denominado «patria potestad conjunta y solidaria del padre y de la madre». Esto, (que es el desiderátum expresado en el primer extremo de dicha primera petición) duró poco a causa del fenómeno jurídico que se produjo al renacer el derecho romano.

Modernamente ha reaparecido el sistema medioeval, pero bifurcándose en dos distintas directrices:

El Código español concede la patria potestad al padre y, en su defecto, (muerte, incapacidad, ausencia, interdicción civil), a la madre. El alemán confiere a la madre al lado del padre el derecho y el deber de cuidar de la persona del hijo, pero se reserva al padre el de representarlo y el derecho de que prevalezca su opinión en caso de disentimiento entre ambos progenitores. La ley» alemana nos parece mucho más equitativa que la nuestra.

En España, cuando enviuda la mujer, a ella pasa la patria potestad de que disponía el marido, pero con la condición de que la mujer se mantenga viuda, a no ser que el marido haya previsto en testamento las posibles segundas nupcias de su mujer y dispusiere en aquél que en tal caso continuara la misma con la patria potestad. La autoridad de la mujer es, según expresión de don Ángel Osorio Gallardo, quien emplea para el caso determinada frase militar, «una autoridad de imaginaria». Las señoras del Club «Liceum», piden que la viuda, aún sin el requisito testamentario anterior, conserve en todo caso la patria potestad sobre sus hijos de anterior matrimonio. En Aragón rige desde fines del año 1825 un Decreto del que se desprende que la madre viuda que pasa a segundas nupcias conserva la autoridad sobre sus hijos, por lo que no es aplicable el Código español a la tierra aragonesa.

Refiriéndonos a la segunda petición del club, por la que solicita amplia facultad para ser la mujer testigo en los testamentos, hemos de adherirnos sin reservas a la petición y exteriorizar nuestra protesta por la falta de lógica y de galantería en que nuestro Código incurre. De lógica, ya que admite el testimonio de la mujer para los actos «inter vivos», y en cambio lo niega en los «mortis causa»; de galantería, al colocar, como incapaces para testificar, a las mujeres, al lado de los ciegos, sordos, menores, falsarios...
Y no mentemos al inmortal—¡perdón, señoras, pero así nos enseñaron a llamarle y le llamamos siempre los que bogamos en el proceloso mar del Derecho!—Código de las Partidas, del Rey Don Alfonso X el Sabio, pues este cuerpo jurídico os situaba como incapaces para testificar en testamentos, en compañía de los infamadores, ladrones, homicidas, herejes, moros, judíos y apóstatas...

Os prometemos continuar, s¡Dios es servido, estos breves y humildes, aunque sabrosos e imparciales comentarios sobre las peticiones del Club de Señoras «Liceum».

Joaquín María Aracil Barra.

Soneto

¿A dónde me llevaste lira mía?
¿a dónde, confiado, me trajiste?
la grata luz de m¡camino fuiste,
tú la hermana de dulce compañía.

Aún añoro en mis ansias de armonía
el eco de tus cuerdas lento y triste;
¡eco de juventud que te perdiste!
¡néctar del ideal que gusté un día!

Lira amada, m¡pobre compañera,
como un llanto de notas infantiles
un día se hundió al fin tu cabalgata;

y en la tarde en que oscilan mis abriles
aún flota el ritmo azul de la quimera
al ritornello fiel de tu sonata.

José Corts.
Ex colegial de Onteniente.

A san José

Cuando en tus brazos miro al tierno Infante,
de Dios al Hijo que gobierna el mundo,
m¡espíritu se abisma en el profundo
misterio que, ante mí, surge al instante.

S¡guardián te contemplo, vigilante
de la Reina del cielo, en quien yo fundo
m¡esperanza y m¡bien, yo me confundo
y en t¡veo un poder firme, constante.

Por eso ¡oh José! a tus pies me humillo;
ya que eres de Jesús el más honrado,
tu eficaz protección imploro;

anhelo tener un corazón puro, sencillo,
para que, libre del mortal pecado,
pueda verte glorioso ahí en el cielo.

Gaspar Mira.

A los hijos de San Francisco

Con motivo del Centenario franciscano

Del Serafín sois hijos y herederos,
que reflejáis sus célicas acciones,
mostrando a los cristianos corazones
de paz y amor dulcísimos senderos.

Cual vuestro Padre sois los pregoneros
del Rey de todas las generaciones:
vuestros claustros en todas las regiones
de ciencia y de virtud, son semilleros.

De la Iglesia de Dios sois paladines,
del pueblo fiel apoyo fuerte y guía,
de los siglos pasados gloria y luz...

y brilláis como humanos serafines,
como legión de amantes de María,
como legión de atletas de la cruz.

Jesús Galbis.

Aún es tiempo

¡Oh potencias rebeldes! ¿Por qué unidas
no os dirigís a Dios que es dulce dueño?
¿Por qué no despertáis del triste sueño
en que hace tanto tiempo estáis sumidas?

¿Por qué, de ese marasmo, decididas
no ponéis en salir tenaz empeño?
¿Por qué buscáis la paz en el beleño
que adormece, agravando las heridas?

¡Oh, débil voluntad! Tú, la encargada
de dirigir el alma a su destino,
¿qué dirás cuando seas preguntada

por Aquél que la vida a darte vino?
Ve hacia Dios, y en Él puesta la mirada
desprecia las espinas del camino.

Pepita Hernández Alfonso.

Convento de Ocopa

Convento de Ocopa (Perú), residencia del Vicario Apostólico de Ucayali

Cultura religiosa

Sobre san Francisco

¿Recordáis aquel joven alegre, expansivo, liado flor de los jóvenes de Asís, y alma de todas sus fiestas?
Pues miradle retraído, cabizbajo, meditabundo, al final de una de esas alegres fiestas que él mismo había organizado. ¿Qué le pasa?; ¿qué le ocurre?

Escuchad cómo narran este episodio de la vida de nuestro Santo sus primeros biógrafos.

«Celebraron cierto día un solemne festín los colegas de Francisco, siendo éste el organizador y jefe de la fiesta. El alegre joven tomó por su cuenta los gastos de la misma, y mandó preparar una espléndida comida. Terminado el convite, salieron todos de casa y recorrieron las calles de la ciudad. Francisco, como jefe de la fiesta, llevaba en la mano un bastón e iba detrás de todos. Cuando he ahí que de repente tuvo que detener el paso, porque no podía andar n¡aún pronunciar una palabra. Volvieron los demás jóvenes los ojos hacia atrás, y al ver a Francisco tan apartado de ellos, se le acercaron apresuradamente, y vieron con asombro que se hallaba trocado en otro hombre, por lo que le preguntaron para distraerle:

—¿En qué piensas? ¿Por qué no vienes con nosotros? ¿Has resuelto, acaso, tomar esposa?

A lo que respondió Francisco, como fuera de sí:

—Tenéis razón: he pensado tomar una esposa tan noble, tan rica y tan bella, que no habréis visto jamás otra semejante.

Lo cual, oyendo sus compañeros, se lo tomaron a mofa, pero en realidad aquellas palabras se las inspiraba el Señor, y la esposa tan noble, rica y bella era la santa Religión.»

La gracia divina acababa de transformar completamente el corazón de Francisco; mas no creáis que tal mudanza era tan repentina como parecía. Dios le había ido preparando poco a poco, como suele hacer de ordinario, antes de convertirle en fiel instrumento de sus divinos designios.

Algunos días antes de este suceso, Francisco se había sentido animado de ardor bélico, y ansiaba vivamente tomar parte, como soldado, en la expedición que uno de los señores principales de Asís preparaba hacia Apulia.

En estas circunstancias tuvo Francisco un sueño que venía a confirmarle en la resolución que acababa de tomar. Estando dormido, se le imaginó ver un magnífico palacio repleto de armas y trofeos marcados con el signo de la cruz, y que estaban suspendidos de los muros. Una mujer de singular hermosura, ataviada con traje nupcial, aparecía sentada en una de las habitaciones del palacio, ricamente amueblado.

Francisco, como deslumbrado por tantas maravillas, se pregunta a sí mismo, para quién podrán ser aquel palacio, aquellas armas y aquella dama tan hermosa. Y una voz misteriosa le responde: «Para t¡y para tus caballeros.»

Despierta del sueño, y sugestionado por aquella visión, se despide de sus padres y amigos, y se encamina hacía la Apulia, montado en brioso caballo.

Mas en llegando a Espoleto, dicen sus biógrafos, empezó a reflexionar; decayó su entusiasmo sin saber por qué, y tuvo que guardar cama, víctima de una fiebre que le abrasaba. De nuevo oye una voz que le pregunta: «Francisco, ¿adonde vas?» «A la Apulia, responde.» «Y, ¿quién podrá mejor ayudarte, el señor o el siervo?» «El señor, contesta el enfermo.» «Entonces, ¿por qué dejas al señor y sigues al siervo?»
Y al momento, dándose cuenta Francisco de quién era Aquel que así le hablaba, exclama todo tembloroso: «Señor, ¿qué queréis que haga?» «Marcha, concluye la voz; vuelve a Asís, y allí sabrás lo que has de hacer.»

Ahí tenéis la conversión maravillosa de nuestro Santo joven.

Pocos días después de esta visión, celebró Francisco con sus amigos el solemne festín que antes os he referido, y que fue el último adiós que daba al mundo y sus vanidades.

Desde entonces, aquel joven tan alegre, jovial y amigo de fiestas, no buscaba sino la soledad de los campos y montes de Asís para consagrarse a la oración y poder conocer mejor la voluntad divina.
No todos, mis queridos antonianos, sois llamados como Francisco al estado religioso; pero todos, sin duda alguna, sois llamados al cumplimiento de los divinos preceptos para alcanzar la vida eterna. La dificultad está en conocer claramente qué estado debéis abrazar para conseguir este fin. No pocos se condenan por no haber abrazado el estado a que Dios les llamaba. Aquel joven del Evangelio que no tuvo valor para poner en práctica el consejo que le había dado el Divino Maestro, creen algunos Santos Padres que no consiguió la salvación eterna.

Y el que no abraza el estado a que Dios le llama, no solamente no será feliz en la otra vida, sino que tampoco lo es en la presente. Anda siempre como fuera de su centro, de allá para acá, como juguete de las pasiones desordenadas, sin hallar satisfacción en ninguna de las criaturas, n¡aún en las diversiones y pasatiempos mundanos.

Muchos de vosotros os halláis, tal vez, en días de tomar estado, y os halláis perplejos, sin saber a punto fijo qué camino seguir.

S¡queréis acertar, pues, y no equivocaros en asunto de tanta transcendencia, imitad a Francisco, acudid a la oración, consultad con persona experimentada que os pueda aconsejar, y repetid aquella frase que han pronunciado todos los verdaderos siervos de Dios que han querido salvarse: Señor,¿qué queréis que haga?

Fr. Juan Bta. Botet, ofm

¿El Amor no es amado?

De generación en generación, informadas de los caracteres de veracidad exigidos por la crítica moderna, han llegado hasta nosotros para gloria de nuestro seráfico Padre San Francisco de Asís, no pocas tradiciones orales y escritas de exquisito sabor místico, muchas de las cuales datan del siglo XIII y han sido traducidas a cas¡todos los idiomas cultos.

En virtud de esas leyendas edificantes, recogidas y conservadas en diversas obras que las gentes devoran con verdadera fruición, podemos reconstruir sin grandes esfuerzos mentales la historia de la vida y costumbres del más celebrado apóstol que vio la Italia de la edad media, y la de los afortunados discípulos que primeramente le siguieron.

Sabemos de este santo Patriarca que, especialmente hacia los últimos años de su gloriosa vida sobre la tierra, de tanto sentir en su bendita alma y de llorar sin consuelo humano la pasión y muerte de Cristo nuestro adorable Redentor, derramaba copiosas lágrimas que surcaban sus mejillas, agotaban el natural humor de sus ojos y le dejaban poco menos que ciego.

El Amor no es amadoAnhelaba este augusto solitario de la Alvernia que todas las demás criaturas del globo quedasen de una vez para siempre asociadas a sus penas y quebrantos. Por esto a todas convidaba, las compelía y estimulaba para que reparasen en lo posible las innumerables ofensas que de los hombres malvados recibe el Señor.

Aspiraba a que las criaturas fieles, unas veces por separado y otras mancomunadas todas ellas entre sí, con inundaciones de nuevo y crecido amor de caridad cuya fuente está en Dios, destruyeran y ahogaran por completo los malos efectos del desamor de los hombres ingratos de todos los tiempos y lugares, de modo y manera que nada perdiera el Señor por tal causa n¡fuese otra vez advertida sobre la tierra una irregularidad de tanto calibre.

Quería san Francisco, arrebatado del celo que le consumía y abrasaba las entrañas, que los ángeles y los hombres con todos los demás seres de la creación universa, cantaran al Señor un cantar nuevo, dulce y armónico, y que con sus animados conceptos neutralizaran y aniquilaran en lo sucesivo ese aglomerado de estridencias humanas que tanto ofenden los oídos de los buenos, de los espíritus angélicos y del mismo Dios.

Se esforzaba cuanto le era dable por exterminar a los pecadores del orbe entero, no por vía de destrucción y aniquilamiento, sino mediante su conversión a Dios y su incorporación inmediata con Jesucristo, que es la cabeza de todos los elegidos y quien da el ser y la vida a todos y a cada uno de sus miembros.

De aquí su celo de apóstol y su conato por acaudillar gente y más gente que le ayudara en tan grandiosa empresa, el fundar una tras otra las tres seráficas Ordenes religiosas al mismo intento de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, y el enviar desde un principio misioneros santos a las cuatro partes del mundo con encargo de continuar en todo él la obra de su divino Maestro.

Durante sus éxtasis penosos, en las amenas soledades de la Alvernia, se le oía exclamar: «Llorad, collados; gemid, montes; partios, rocas; valles, suspirad. También tú, pueblo privilegiado, Sión dichosa, Jerusalén santa, rasga tus vestiduras, da lugar en tu corazón a la pena y a las lágrimas amargas, vístete de riguroso luto, cubre tu cabeza con polvo y ceniza, ven hasta mí con saco y cilicio; ayuna, sacrifícate y llora sin consuelo porque el Amor no es amado. No es amado Jesús nuestro Salvador con haber sido crucificado y muerto por todos y cada uno de nosotros. No es amado el Hijo del Altísimo que es fuente y origen primordial de todo nuestro bien».

De análoga manera se lamentaba en sus frecuentes excursiones apostólicas por los pueblos, por las aldeas, por las grandes y pequeñas ciudades y villorrios insignificantes que visitaba predicando penitencia a las gentes de aquella época que tenían en completo olvido los supremos intereses del alma, cual lo atestigua la historia de su siglo.

«¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!» Así se lo decía el humilde Francisco, arrasados sus ojos en lágrimas y lacerado su corazón a vista de las infidelidades y pecados de tales hombres, a los buenos religiosos que le acompañaban, a los seglares devotos y Sacerdotes que le visitaban, a las gentes que topaba por los caminos, al sol y demás astros que brillaban en el firmamento, a las nubes que cruzaban el espacio, a la brisa ligera que apenas mecía los abetos y al furioso huracán que tronchaba los robles, a los rayos y a los truenos que sembraban el espanto en toda la comarca, a la menuda lluvia que fertilizaba los campos y a los fuertes aguaceros de las tormentas y deshechas tempestades, porque en estos fenómenos de la naturaleza creada, veía el poder, la sabiduría y el amor del mismo Dios.

«¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!» Así se lo repetía muy a menudo nuestro seráfico Padre a la mansa oveja que tan al vivo le representaba a Cristo desollado y muerto en el Calvario, al humilde corderillo que pacía y retozaba en la pradera por ser imagen del divino Cordero que adoramos en la Hostia consagrada,, a las bestias fieras que se amansaban y caían a sus pies y pactaban con él que no harían más daño a nadie, a las aves del cielo que venían a él a bandadas para festejarle y recibir sus órdenes, a los ríos de caudalosas aguas y a las fuentes de murmullo suave que transformaban las campiñas en huertos frondosos, como se lo refería a los otros seres de la naturaleza a quienes daba el nombre de hermanos y de quienes recibía noticias claras del Amor de los amores, por quien su alma tanto suspiraba.

Entonces la naturaleza toda, más tierna y sencilla que el corazón de los mortales, lloraba a su manera, suspiraba y gemía con el extático Francisco porque no era amado en la tierra el Amor que bajó del cielo y se hizo hombre como nosotros para que los hombres nos hiciéramos dioses en él y tuviéramos por su gracia vida plena y perfecta.

Se enternecían? ablandaban los montes y los collados que tenía a la vista, al resonar en ellos las melancólicas quejas de su alma profundamente enamorada de su Dios, cada vez que les enderezaba las encendidas saetas que arrojaba su transido corazón y siempre que el santo del Amor, con exclamaciones de amor, adoraba en las criaturas al Amor que fue su creador.

Con esto se animaban los ecos del contorno y repetían a su vez ¡as sentidas endechas con que el Santo Patriarca exteriorizaba la intensidad de su dolor, de su pena y de su angustia, como s¡se dolieran con él de que no fuese amado, servido y reverenciado el Amor de los amores, después de haberse encarnado y sido crucificado para nuestra salvación eterna, cuya obra redentora merece bendiciones y alabanzas sin fin.

En señal, pues, de que todos ellos acompañaban entonces en sus mortales deliquios, penas amargas y doloroso llanto al augusto morador de los desiertos, al celebrado artista, al poeta trovador, al juglar de Dios, al cantor y profundo admirador de todo lo bello, grande y perfecto, al glorioso Santo de la Umbría, el Cristo de la Edad Media, el Pregonero del gran Rey, el apóstol de la Italia y el restaurador de las cristianas costumbres, tanto en la Europa civilizada como en los países bárbaros, reproducían siempre al vivo sus sentidas endechas, sus clamores angustiosos y sus gritos de dolor penoso, hasta repetir no pocas veces con el mismo seráfico Padre: «¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!»

Fr. Francisco Lliteras, ofm