Cultura religiosa

Tránsito de san Francisco

Vamos a dar ya las últimas pinceladas de la sublime imagen del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís.
Le hemos contemplado, en estas breves páginas, en los rasgos más característicos de su santa vida. Vamos a admirarle ahora, para completar el cuadro, en los últimos momentos de su existencia, en su glorioso tránsito a los cielos.

Trasladémonos en espíritu al pobrecillo convento de la Porciúncula en Asís, donde el Santo quiso entregar su espíritu al Señor. En los últimos días de su vida, dice San Buenaventura, no cesaba San Francisco de cantar el Cántico de las criaturas que había compuesto. Pidió perdón a su cuerpo por haberlo tratado con tanto rigor; dictó su Testamento admirable; hizo la señal de la cruz sobre un pan, lo partió y distribuyó a sus hijos que rodeaban su lecho.

Como la hora de su tránsito se aproximaba, quiso desnudarse el hábito y yacer en el suelo, sobre una capa de ceniza; se tapó con la mano izquierda la llaga del costado, y dijo a los frailes: Yo hice lo que me tocaba: Cristo os enseñe lo que os toca a vosotros. Lloraban sus hijos viéndole en estado tan lamentable: y uno de ellos se llegó al moribundo, le presentó una túnica con la cuerda, y le dijo: «Te presto estas cosas como a un mendigo, y te mando las recibas por santa obediencia.» Francisco las tomó alegremente, conservándose fiel hasta la muerte a la dama de sus pensamientos, la santa Pobreza.

Entonó luego la última estrofa de su Cántico al Sol, y dio la bienvenida a la muerte que sentía acercarse, diciendo: Bien vengas, hermana Muerte. Rogó que le trajesen el Evangelio y le leyesen la Pasión de Cristo, según San Juan. Cantó con voz clara y vigorosa el Salmo Voce mea, y al terminar el último verso, entregó plácidamente su espíritu al Señor.

Las avecillas, a las que el Santo había llamado siempre hermanas, a pesar de ser al anochecer, acudieron a millares, alborozadas, revoloteando alrededor de la celda mortuoria, y con los trinos más sentidos de sus gargantas celebraron el tránsito a la gloria de su amigo Francisco.

Tránsito de San Francisco

Y por el firmamento, donde ya se iba alzando el lucero vespertino, se vio cruzar otra estrella refulgente que se perdía en el espacio. La leyenda de la Edad Media nos dice que el cuerpo de San Francisco quedó sepultado en lugar oculto y secreto, de pie, sin apoyarse en parte alguna, los ojos, abiertos y claros, alzados al cielo, las heridas de sus llagas manando sangre, los brazos extendidos en actitud de oración perpetua por los pecados de los hombres, y para aplacar la cólera divina. Esto dice la leyenda; y aún cuando la crítica histórica lo desmiente, lo cierto es que San Francisco no ha muerto. San Francisco continúa viviendo en el corazón humano y en millares de instituciones de vida próspera y exuberante, cumpliéndose a la letra aquella frase gráfica del epitafio del Santo, compuesto por el gran Pontífice Gregorio IX, grabado en una lápida de mármol:

Ante obitum mortus;
Post obitum vivus.

Mientras vivió estuvo muerto;
Después de muerto está vivo.

El mismo Sumo Pontífice, gran amigo del Santo, compuso unos himnos litúrgicos, que todavía cantamos hoy en el oficio divino:

«Del cielo descendió una raza, y obrando nuevos prodigios, descubre a los ciegos el sol, y abre rutas en el desecado mar.»

«Francisco y sus Apóstoles ascienden, como Cristo, a la montaña de la nueva luz, con los dones de la Pobreza.»

«¡Oh Francisco, padre nuestro!, visita la casa, la puerta y la tumba, arranca del sueño de muerte a la raza infeliz de Eva.»

«Francisco, pobre y humilde, entra en el cielo cargado de riquezas, y es festejado con cánticos celestiales.»

He aquí un verso que es una pincelada magistral en este retrato del Santo; este inspirado verso ilumina todo el cuadro con luz celestial, y éste es el punto de vista desde el cual debemos contemplarle, porque en él está resumida y compendiada toda la vida de Francisco.

La pobreza suma y la humildad profunda del Seráfico Patriarca, son trocadas en el cielo por riquezas inagotables y glorias inmarcesibles.

He aquí, mis queridos antonianos, el retrato vivo del Serafín de Asís, que vive con vida inmortal en el cielo y en la tierra. Si vosotros amáis la verdadera gloria, la gloria que eleva y que exalta; si deseáis ser verdaderamente ricos, con riquezas que nunca menguan, sino que van siempre en aumento, imitad a Francisco en su humildad, imitadle en la pobreza de espíritu y desprendimiento de las criaturas. No permitáis que se enseñoreen de vuestros corazones los bienes de la tierra; dominadlos vosotros, y ponedlos debajo de vuestros pies, a fin de que os sirvan de escabel para subir a la gloria.

Fr. Juan B. Botet, ofm

La Cruz de Jesús y San Francisco de Asís

La divisa, el estandarte, la insignia del cristianismo es la Santa Cruz, porque en ella nos redimió nuestro divino Salvador. Por esto decía el Apóstol, mihi absit gloriari, que él no quería gloriarse más que en la Cruz de nuestro Señor, y que él predicaba a Jesucristo, pero a Cristo crucificado, porque la pasión de Jesús en la Cruz era su teología, su oratoria, su mística, su derecho canónico y civil, sus matemáticas y su librería toda. San Francisco de Asís recomendó a sus hijos el siguiente saludo: «Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos aquí y en todas las iglesias que hay en el mundo porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.» Sus discípulos aprendieron tan bien esta lección, que aun la repiten al pie de la letra; y San Buenaventura mostró a Santo Tomás a Cristo Crucificado como libro principal y predilecto de su biblioteca.

Sólo estos breves pensamientos bastaban para demostrar el amor grande de San Francisco y de sus hijos a la Santa Cruz. Podíamos aún decir aquí las analogías que entre Jesús y el Serafín llagado de Asís trae el libro de Conformitatibus del P. Bartolomé de Pisa, que después fueron ampliadas hasta el número de cuatro mil por el Fr. Pedro de Alva y Astorga; pero queremos restringir el argumento a algunos hechos concretos y auténticos de las relaciones de San Francisco con la santísima Cruz.

El seráfico Doctor San Buenaventura, uno de los biógrafos más clásicos del Crucificado de Alverna, nos dice que, siendo aún San Francisco seglar, se encontró en el camino con un noble caballero mal vestido y reducido a miseria, y movido el Santo a compasión y piedad, se despojó de sus ricos vestidos, y los dio por caridad al caballero indigente. Aquella misma noche se le apareció Jesús Crucificado, por cuyo amor había entregado sus vestidos al caballero; y le mostró un gran palacio, todo él lleno de armas y escudos marcados con la señal de la Cruz, y se los prometió en recompensa del acto de caridad que había practicado para él y para todos los que siguiesen en sus filas bajo el estandarte de la Santa Cruz. De modo que le manifestó el Señor que la bandera de la milicia franciscana había de ser la Cruz de
Cristo Redentor.

Y algo más tarde, cuando ya Francisco se entregó por completo a Dios, hallándose en soledad en ferviente oración, se le apareció Jesús tal como estuvo en la Cruz del Calvario, y de tal manera se le grabó en su mente y en su corazón la imagen de Jesús Crucificado, que no cesaba de llorar y nunca se le borró de su alma. En otra ocasión hallándose en la ermita de San Damián en oración abrazado a los pies del Crucifijo y con los ojos fijos en él, oye estas palabras de boca de Jesús: «Ve, Francisco, y repara y sostiene mi casa, la Iglesia, que se arruina.» Y Tomás Celano, el primer biógrafo del Santo, en el primer capítulo, párrafo sexto, de su segunda vida, dice, respecto de esta revelación y locución: «De tal manera quedó grabada en su alma la compasión del Crucificado, que muy piadosamente puede creerse que las sagradas llagas de la Pasión quedaron muy profundamente impresas en su espíritu.» El P. Alva por esto llama al Serafín de Asís naturae prodigium, gratiae portentum.

De tal manera estaba el Santo Patriarca de la Umbría unido a la Cruz, que cuando su avaro padre le despojó de sus vestidos ante el Obispo de Asís, se vistió de un pobre Saco o hábito ceñido o sujetado con una cuerda, que por limosna le habían dado, lo adoptó a su cuerpo en forma de Cruz y con un pedazo de cal hizo sobre el pobre vestido la señal de nuestra redención, y anduvo con el sello de la Cruz predicando con su ejemplo a Cristo Crucificado. Un sacerdote de Asís miraba al Santo con cierto desdén y reojo, pero tuvo una visión de que la ciudad iba a ser amenazada por un dragón descomunal, y en esto vio que de la boca de Francisco salía una Cruz tan refulgente que ahuyentó aquella horrenda bestia. Desde entonces este sacerdote veneraba con gran reverencia al Pobrecillo de Asís.

Otro dato más de su amor a la Cruz manifestó el llagado Santo en Rivotorto; pues no teniendo aquellos primeros franciscanos tan pobres, ni breviarios para rezar el oficio divino, colocaban en la mitad de aquel tugurio una Cruz para así meditar sobre la Pasión de Jesús, y ella les servía de breviario, de lectura y de todo para unirse con Dios. Y continuando la misma materia, un día que estaba San Francisco en el convento de las Clarisas de San Severino, anunciando la palabra divina, vio Fr. Pacífico, el laureado rey de los versos, que le atravesaban dos espadas en forma de Cruz: la una abarcaba por las extremidades de las manos todo el mundo, y la otra llegaba por la frente al cielo, para dar a entender que la Cruz imperaría en el cielo y en la tierra. El propio Fr. Pacífico vio en otra ocasión en la frente de San Francisco una Cruz hermosísima; y nuestro San Antonio de Padua estaba predicando en el capitulo de Arlés sobre las palabras Jesus Nazarenus, Rex Judeorum, y Fr. Montaldo vio al Serafín llagado de Asís en el aire en forma de Cruz y bendiciendo a todos.

San Francisco se aparece mientras San Antonio predica

Mientras San Antonio predicaba en el Capítulo de Arlés, san Francisco se aparece

Siempre que oraba se le veía con los brazos abiertos en forma de Cruz, y cuando andaba se le veía con los brazos cruzados en el pecho. De aquí ese gran amor a la Cruz, a la Pasión de Jesús, al Calvario en San Pedro Regalado, en San Pedro de Alcántara y en todos sus legítimos hijos, llegando San Leonardo de Puerto Mauricio a ser un gran apóstol del Vía Crucis. He aquí nuestro ejemplo. Sigamos por sus huellas.
Podíamos aún hablar de la aparición de Jesús Crucificado en forma de un Serafín con seis alas en el monte Alverna, donde se abraza, se derrite y se consume en el amor divino, hasta transformarse en otro Cristo Crucificado, viviendo más de dos años chorreando sangre por sus cinco llagas, que le obligaban a exclamar: «¡Amor! ¡amor! ¿por qué así me has herido? ¡Amor! ¡amor! ¿por qué me has quitado la vida? ¡Amor! ¡amor! la muerte te pido. ¡Amor! ¡amor! llévame a tu mansión.» Ya no vivía, después de las cinco llagas, en este mundo el Serafín Francisco de Asís. Estaba tan unido con la Cruz, con Jesús, que Cristo vivía en él. Pero de las grandes maravillas de la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo hablaremos otro día.

Fr. Andrés de Ocerín-Jáuregui.

Excursión a Porta-Coeli

Muchas y bellas excursiones son las que se pueden hacer por la región valenciana, siendo una de las más interesantes la visita al pintoresco Porta-Coeli, distante de Valencia 30 kilómetros por buena carretera, pasando por Burjasot y Bétera.

El tren cruza nuestra siempre floreciente huerta incomparable pródiga, llena de luz y color, por entre la que se destaca más de un pueblecillo de blancas casitas, típicas barracas y alquerías. Hasta que se llega al límite del viaje en ferrocarril, Bétera, pintoresco pueblo situado en una colina a 18 kilómetros 5 de la capital.

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En la estación espera el auto que hace el servicio de viajeros entre este pueblo y Porta-Coeli, a cuya ex cartuja llega el turista después de cruzar 4 kilómetros de terreno cultivado y otros 4 de frondosa pinada.
Antes de llegar a la cartuja se atraviesa 4 un esbelto puente de sillería del siglo XVII, que tiende su único arco entre la cruz de la carretera y la plaza de entrada al monasterio.

Porta-coeli. Se halla este monasterio en la sierra de Náquera, sobre una pequeña colina circundado por altos montes de rodeno; a 342 metros sobre el nivel del mar.

3La cartuja. En el siglo XIII, los cartujos de la Scala Dei, fundaron la hijuela en Porta-Coeli. Erigieron una pequeña ermita de apuntados arcos dedicada al culto de San Juan. En el siglo XIV, construyeron el templo gótico (que hoy existe), que merece ser visitado por el turista, junto con la iglesia.

La iglesia. Consta de una sola nave de 24 metros de longitud por 8 de altura. Sólo existe un altar, estilo corintio, construido con hermosos jaspes, alabastros y mármoles, los unos traídos de de Náquera, Torrente, Cullera. Granada, Aspe y Génova; en la capilla principal del altar se venera la imagen de la Virgen de esta cartuja, obra del escultor Vergara (a la que actualmente se le da culto en la catedral de
Valencia).

El coro está dividido en dos secciones para las distintas categorías de religiosos.

El templo cuenta con innumerables rosetones, triángulos y pequeños detalles; en los muros y bóvedas, grandes cuadros alusivos a la Santísima Virgen.

Sobre la sillería del coro cinco cuadros alegóricos a la vida de San Juan Bautista; las paredes y techos del templo están embellecidas por hermosos dorados y pinturas de célebres pintores; el piso es de mármol blanco atravesado por estrellas de jaspe.

La puerta del templo es de estilo clásico; a ambos lados, y sobre dos columnas, se alzan las estatuas de San Bruno, fundador de la Orden, y San Juan, su patrón, y en la parte superior la de la Virgen. El campanario es de pequeñas dimensiones.

La fachada del templo recae al jardín del Hotel que aquí existe, confortable y esmeradamente servido para atender cuantas necesidades y comodidades desee el visitante.

2Sus alrededores. Una vez en Porta-Coeli pueden hacerse infinidad de excursiones, cruzando montículos poblados de extensas pinadas abundantes en plantas aromáticas, romero, espliego, verbena, tomillo, etc.

En estas excursiones pueden visitarse el Paseo de la Hoya, entrando por el acueducto de altos arcos, continuando por el paseo de Carbajosa, sobre media hora de espesa pinada.

Otra excursión de media hora es visitar la Pobleta, finca agrícola, rodeada de magníficos jardines, obra del siglo XIV, que se encuentra a dos kilómetros de la Cartuja. Hoy es de propiedad particular, por lo cual, para visitarla, habrá que pedirse permiso especial a sus dueños.

La fuente del Margen, sitio hermoso y pintoresco, en el fondo de un barranco, poblado de pinos, lugar agradable para celebrar comidas y almuerzos.

Otras excursiones pueden hacerse, entre ellas, a la Balsa del Pí, al monte llamado de los Cactues, al Barranco Rubio, con su magnífica cueva, al Mirador del Margen, desde cuya altura se domina la fuente de este nombre, los valles que le rodean y el llano de Torrente, Liria y Villar del Arzobispo; más adelante del Mirador del Margen, se encuentra la Font de la Rata, el collado de la Morería, la fuente del Berro; todas estas excursiones dejan recuerdos inolvidables al viajero sirviendo para recrear el espíritu y fortalecerle el cuerpo.

Para terminar diremos que Porta-coeli, el bello rincón legendario que tantas bellezas atesora, no debe permanecer ignorado por todo aquel que sea amante de la Naturaleza.

Divulgación teológica

Mutuo amor entre Dios y el alma

Ego dilecto meo et dilectus meus mihi.

Introducción. La voluntad como facultad del alma

El hombre es un ser compuesto de alma y cuerpo. Por el cuerpo no se distingue de los demás animales, sino es por su mayor perfección en su organización anatómica y fisiológica; y por el alma el hombre es elevado a la categoría de los espíritus y es constituido en rey y señor de la tierra, dominando a todos los animales, tanto a los que se mueven sobre la tierra como a los que vuelan por el aire y viven entre las aguas, sirviéndose de todos ellos para mantener su preciosa existencia y alcanzar su mayor perfección posible.

Dos son particularmente las notas que comunican al hombre su realeza: la voluntad y el entendimiento. Haciendo caso omiso del entendimiento, que en el presente estudio no nos interesa, nos ocuparemos tan sólo de la voluntad.

El alma humana es volitiva, no hay ninguna duda en admitir esta verdad; y no sólo es volitiva, sino que la voluntad es la nota que más perfección y excelencia comunica a la naturaleza humana, ya que por la voluntad el hombre se une y estrecha con los demás hombres viniendo a formar parte de la sociedad humana que le confiere un sinnúmero de privilegios y de gracias que tienden a la mayor y más perfecta evolución y desarrollo de sus facultades tanto espirituales como físicas o sensibles, y aún llega hasta unirle con el mismo Dios, formando con Él una estrechísima unión.

El amor, efecto de la voluntad; su naturaleza

Mas si la voluntad entre el número de las facultades del alma es la más perfecta y excelente, no es menos excelente su acto propio entre los actos de las restantes facultades de que está adornada el alma humana.

El amor, no es más que la actuación de la voluntad, con cuyo acto el hombre parece como que envía efluvios de su propia substancia hacia al objeto que ama, y por su parte, el objeto amado parece que trasmita algo de su ser hacia el amante, algo que tiene para el que le ama el concepto de bien y como tal lo estima y aprecia. No hay, pues, amor sin pluralidad o dualidad por lo menos, ya que el acto de amor implica un sujeto que ama y un objeto que es amado. La dualidad es esencia del amor; donde ésta no exista no existe propiamente el acto de amor.

Además, el amor es libre. ¿Qué entendemos por éstos términos? Por ellos significamos que esencia del amor es la libertad. Quien ama puede dejar de seguir amando. Quien se deja arrastrar por un ser, a quien estima por bien, y como a tal deposita todos los afectos de su corazón y todos los cuidados de su alma, puede separar sus afectos y cuidados del objeto a quien antes amaba con tanto amor y afán.

Mas esta cualidad del amor, nace de la imperfección actual de nuestra caída naturaleza; si conociéramos el bien en sí, tal cual es, no seríamos libres en amar o dejar de amar el bien, sino que lo amaríamos necesariamente. El bien tiene la propiedad de atraer a las almas irresistiblemente cuando es perfectamente conocido en lo que es y en lo que el ser bueno obra, es decir, en su esencia y en sus operaciones tanto internas como externas.

Y esa necesidad de amar el bien al ser perfectamente conocido, nace de la inclinación innata en el hombre de procurar para sí y sus semejantes todo el bien posible; de aquí se desprende que al contemplar y conocer la fuente y origen de bondad y perfección que le resulta, sin ningún temor de que esa fuente de bien se convierta en fuente y origen de males, ya que conoce el bien en sí, en su naturaleza toda; al conocer, repito, la bondad y perfección que recibe su alma al ponerse en contacto por medio del amor con el bien, no puede menos de amarlo, no puede menos de dejarse llevar vencido por el fuego interno del amor que irresistiblemente le constriñe y fuerza a depositar todos sus afectos y cariños en el ser amado.

Así se explica la necesidad que sienten las almas santas de amar a Dios; así se explica cómo durante su vida entera permanecen enteramente unidos por medio de la gracia en el Ser supremo, y no piensan ni aman cosa alguna fuera de Dios, ya que el amor que profesan a las criaturas lo tienen ordenado por el amor divino y en tanto las aman en cuanto participan de la bondad infinita y en cuanto reflejan en su ser las perfecciones y bondades de Dios.

Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm