Cultura religiosa

Sobre la fe

Figuraos que en alguna de vuestras reuniones o conversaciones con vuestros amigos tropezáis con uno de esos jóvenes incrédulos que tanto abundan hoy por desgracia, o que por lo menos hacen alarde de no creer, como también es muy frecuente en nuestros días. Y de buenas a primeras, apenas cruzáis con él unas palabras, os dice rotundamente: Yo nada creo, niego el orden sobrenatural, no creo sino lo que veo y comprendo, pues lo contrario es rebajarse mucho el hombre y abdicar de la razón que nos distingue de los brutos animales».

¿Qué replicaríais a quien así os hablase? ¿Cómo refutaríais tantos errores contenidos en tan pocas palabras?

Lo primero que deberíais hacer es preguntar a ese joven si sabe lo que es fe, lo que es creer, qué es orden sobrenatural, y qué es razón. Y yo os aseguro que no sabría qué responder a estas preguntas, y añadiría a los anteriores otros muchos disparates, porque nada hay que tanto desconcierte a nuestros adversarios como obligarles a definir las palabras e ideas de que hablan, especialmente en materia de religión.

Y ya que él no sabría qué responderos, u os daría definiciones absurdas, disparatadas o incompletas, deberíais vosotros dárselas claras y concretas de estas mismas ideas y palabras. Y en primer lugar deberíais empezar por explicarle lo que es la fe en el orden natural, la fe humana, para que comprendiera mejor después lo que es la fe en el orden sobrenatural.

¿Y qué es la fe en general? La fe en general, como la definen nuestros autores, es un principio de conocimiento que se funda, no en la evidencia de las cosas y verdades que se han de admitir, sino en la veracidad y afirmación de un testigo que conoce y sabe tales cosas y verdades, las manifiesta y da testimonio de ellas.

Y en este sentido la fe es necesaria e indispensable para vivir en sociedad, para aprender cualquier cosa y adquirir toda clase de conocimientos. Porque desde que e! hombre tiene uso de razón, o desde que se da cuenta de que vive en este mundo, necesita hacer un acto de fe para saber y conocer quién es son sus padres y las personas que le rodean, pues no lo podría saber con certeza, si ellas no se lo afirmasen, no se lo dijesen o certificasen de alguna manera, más o menos clara, más o menos terminante. De modo que sin hacer actos de fe humana no podríamos saber quienes son nuestros padres, abuelos y antepasados, quienes nuestros hermanos y parientes, nuestras casas y bienes, ni las casas y bienes de nuestros vecinos y compatriotas, pues todo esto lo sabemos porque nos lo dicen, nos lo aseguran, nos lo certifican o lo hacen constar en documentos privados o públicos.

Y en todos los demás actos de la vida humana es necesario e indispensable hacer constantemente actos de fe, porque ningún hombre nace enseñado, todos necesitamos aprender, y para aprender cualquier cosa, aún lo más elemental y rudimentario, es preciso comenzar por creer a quien enseña. Y así vemos que para aprender cualquier arte u oficio es necesario dar crédito a las enseñanzas y lecciones del maestro.

Si de las artes y oficios pasamos a las ciencias, aún las más exactas, físicas y naturales, es necesario admitir ciertos principios y verdades fundamentales que propone el profesor o el catedrático, verdades y principios que hay que aceptar, aún cuando muchas veces no se comprendan ni se vea claramente la razón inmediata, so pena de no poder dar un paso en el estudio y progreso de dichas ciencias.

Vosotros, jóvenes estudiantes, artistas o artesanos, y todos los que tenéis algún oficio o empleo, o ejercéis alguna profesión, sabéis muy bien que todo esto es muy cierto, y por propia experiencia estáis de ello todos muy convencidos.

Y esto mismo lo verán todo más claro en la ciencia de la Historia, tan importante, tan necesaria para los demás estudios, en la Historia, que es la maestra de la vida, como la llamó Cicerón. Para aprender la primera lección de Historia es necesario, es imprescindible tener fe humana, es necesario dar crédito a los hechos que nos refieren y narran los libros de Historia, científicamente escritos y depurados.

Si suprimimos en la Historia la fe humana, tendríamos que suprimir en las librerías y bibliotecas millares de obras, millares de volúmenes, los más consultados y leídos con tanto gozo y deleite de nuestro espíritu.-
Sin los libros de Historia nada sabríamos de los hechos antiguos de la humanidad, de su vida, progresos y adelantos, y hubiera sido casi imposible el progreso y adelanto de la humanidad, porque el fin de la Historia es poner ante nuestros ojos los progresos del hombre en la antigüedad, para que le sirvan de lección y guía en lo venidero.

¿Y qué diremos de la Geografía? ¿Qué sabríamos de esta ciencia, sin la fe humana, sin dar crédito a lo que nos dicen los viajeros, los exploradores y descubridores de otros países, de su clima, suelo y producciones, y de la vida, usos y costumbres de sus moradores? Sin la Historia y la Geografía, no podríamos conocer otros hechos que los presenciados por nosotros, ni otros países que la población en que vivimos y los muy limitados que pudiéramos recorrer durante toda nuestra vida.

Ya veis, pues, cuán necesaria e imprescindible es la fe humana en todos los órdenes de la vida, en el estudio de las ciencias, artes y oficios, y para adquirir cualquier otro conocimiento.

Y basta por hoy, mis queridos antonianos, pues va alargándose demasiado esta lección preliminar, y ya continuaremos otro día nuestras conferencias familiares sobre asuntos tan importantes.

Fr. Juan B. Botet, ofm

A María Inmaculada

El monumento sabatino

La declaración u dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción de María Santísima, objeto constante de los ardientes deseos de los católicos por espacio de tantos siglos, inflamó sus corazones con los sentimientos más vivos de gozo y entusiasmo religioso y aumentó extraordinariamente su tierna devoción a este admirable misterio. En todas partes se celebró con las más solemnes demostraciones tan Fausto acontecimiento, y por doquiera resonaron los más afectuosos parabienes a la excelsa Virgen por la gloriosa declaración dogmática con que el Vicario de Jesucristo, el inmortal Pío IX, había confirmado la verdad de la admirable y singular prerrogativa de su preservación de la culpa original. Pero un acontecimiento tan glorioso debía perpetuarse y quedar grabado en la memoria de los pueblos; se erigieron estatuas, aparecieron suntuosos monumentos; pero no, el corazón humano, voluble y tornadizo, necesitaba de otra clase dé monumento que Fuese más asequible, que pudiera incrustrarse, por decirlo así, en lo más íntimo de su corazón y de su alma, que fuera como una voz melodiosa que sonara eternamente en los oídos de la Inmaculada y excelsa Madre.

Conocedor el inmortal Pontífice de estas exigencias, y preocupado por la idea de este monumento espiritual, que consideraba como complemento de la definición del dogma que por tanto tiempo había hecho suspirar a la humanidad creyente, aparece ante sus ojos—quien en estos momentos pudiéramos llamar embajador de la Inmaculada—, don Juan García y Navarro, hijo de la villa de Biar, sacerdote humilde y lleno del celo de la gloria de Dios y deseoso de publicar las glorias de la Virgen Madre, enamorado de Ella en el misterio' de su Inmaculada Concepción, que había seguido desde los albores de su vida apostólica la corriente concepcionista, luego de pasar grandes penalidades y vencer no pequeños obstáculos, tuvo la dicha de postrarse ante la augusta persona del inmortal Pío IX y abrir ante sus ojos aquel mensaje, más del cielo que de la tierra, aquel escrito que bajo el influjo de su amor a la Virgen sin mancha había preparado como monumento inmortal, para contribuir —como él dice— a la memoria y exaltación del religioso acontecimiento, el más glorioso del pontificado de nuestro santísimo Padre Pío IX.

Fue recibido con paternal y solícito cariño por el Padre común de los fieles, quien al ver transcrito en aquel mensaje su pensamiento, el monumento espiritual tan suspirado, bendijo una y mil veces a la Virgen siempre Inmaculada que en aquel humilde servidor suyo había depositado su gracia para que a través de las generaciones fuera glorificada por mediación de tan humilde obra.

Sí, estas son siempre las trazas de Dios.

Los deseos de don Juan García se habían logrado. Pío IX tomaba como cosa suya el asunto y en breve vemos aparecer públicamente la nueva devoción a María Inmaculada, colmada de nuevas gracias y privilegios con el título de Felicitación Sabatina.

A nadie que conozca y practique esta devoción se le pueden ocultar las dulzuras que en sí encierra; pudiéramos decir que es como panal de miel que va destilando poco a poco, y entre las alabanzas y acciones de gracias a la augusta Trinidad da a conocer todas y cada una de las prerrogativas que elevan a la Virgen Santísima y la hacen siempre Inmaculada.

Devoción es esta que al decir de su fundador había de vigorizar más y más nuestros entendimientos, inflamar nuestros corazones hasta arrancarlos de nosotros mismos y depositarlos en las manos de María. Mucho, es verdad, se propagó en sus principios esta devoción y todavía perdura su práctica en muchos pueblos; pero no cabe la menor duda que aquel fervor y entusiasmo de sus principios va desapareciendo dada la frialdad e indiferentismo religioso que reina en los tiempos presentes; pero la excelsa Madre, que vela incesantemente por el bien de sus hijos, parece llamar una vez más a las puertas del corazón cristiano, y en el reciente acontecimiento que no muy lejos de nosotros se ha realizado, el traslado de los restos venerandos del fundador de la Sabatina, de la Cartuja de Vall-Bonait (Francia), donde se encontraban expuestos a una profanación, a su pueblo y villa de Biar, con regocijo y entusiasmó indescriptibles, no cabe la menor duda que la Virgen Inmaculada quiere que renazca y prospere una vez más su devoción, por medio de la Felicitación Sabatina.

¡Oh excelsa y singular Virgen! ¡Oh purísima María! Al recordar en este mes fecha tan memorable para la Iglesia y el orbe católico y para Ti, por la cual fue circundada tu frente con la corona que hace que todas las generaciones te aclamen Inmaculada, dirigid una mirada al que se llamaba el menor de vuestros servidores; haz que si así conviene para gloria de vuestro Hijo y esplendor de la Iglesia, brille la aureola de los bienaventurados sobre la frente de D. Juan García.

Fr. Luis Mª Torres, ofm

Perlas del cielo

Vuelve a nosotros esos tus ojos

Es tan dulce y grato para las almas recitar las alabanzas y bendiciones de la Santísima Virgen, que al rezarlas con verdadera devoción parece que el corazón se expansiona, el alma se tranquiliza; nos parece paladear dulzura de miel sabrosa, y no nos cansamos de repetir aquellas palabras que más afectan a nuestro corazón, cual si viéramos que al repetirlas la Virgen se complace y se alegra y nos paga con alguna de sus caricias. Por eso no nos extrañó ver en cierta ocasión a los pies del altar de Nuestra Señora de Guadalupe, rezando y repitiendo la Salve con extremada ternura, a un loco que hacía prodigios de santo, o más bien, a un santo que era tenido por loco: era San Juan de Dios.

María. Kiko ArgüelloLa iglesia estaba completamente solitaria, y entre la penumbra de sus arcadas y pilares se vio adelantar a un hombre hacia el altar de Nuestra Señora, y arrodillado en sus gradas comenzó a rezar la Salve. Cuando se terminaba la volvía a rezar con más devoción, y cuando llegaba a aquellas dulces palabras: vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, las repetía cada vez muchas veces con inefable ternura y amor. Una de tantas quedó ahí el devoto, sin saber ya pasar de esas palabras; y repetía sin cesar, lleno de fervor y de ternura: vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Quedó el Santo como arrobado y en éxtasis repitiendo estas palabras, hasta que un extraño ruido le hizo volver en sí. La cortina que cubría la imagen sagrada se corrió toda de repente, dejando descubierta a la Santísima Virgen, que mirando con especial ternura al Santo Juan de Dios, le daba muestras de su agrado y del gozo con que recibía su salutación.

Se quedó silencioso el Santo, sorbiendo con amor la ternura de aquella inefable mirada. El ruido que hizo la cortina al correrse llamó la atención a uno de los sacristanes que estaba cerca, el cual viendo a Juan arrodillado y la cortina corrida, juzgó si sería un ladrón que hubiese venido a robar las ropas de la santa imagen, y con esta preocupación comenzó a colmarle de injurias, y le dio un puntapié para echarlo de la iglesia; pero quedó el sacristán repentinamente yerto, cayendo medio muerto en tierra. Entonces Juan se compadeció de él y le exhortó a que se encomendara a la Virgen, y como pidiera que le rezara una Salve, la rezó también el Santo, y al llegar a las palabras que tantas veces había repetido, volvió a decir con mayor fervor: vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y la Virgen volvió a mirar con inefable ternura a su enamorado devoto, y miró también al sacristán, que quedó completamente sano.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Divulgación teológica (continuación)

Mutuo amor entre Dios y el alma

Objetos del amor de Dios. Dos son los objetos en que actúa Dios el acto de su amor: su esencia infinita y las criaturas.

Dios se ama primeramente a Sí mismo, a su naturaleza divina; y la ama con toda la amplitud e intensidad de que es capaz su voluntad, es decir, se ama con amor infinito y eterno. Toda la vida divina, toda la operación de Dios está compendiada y resumida en el amor que profesa a Sí mismo, en la predilección y afecto que siente hacia su esencia divina, asiento y origen de toda bondad. En el acto con que Dios se ama, incluyese el conocimiento que Dios tiene de Sí mismo, pues, discurriendo según el humano modo de ser las cosas, ninguno ama un objeto sin anteriormente conocerlo de alguna manera.

Por eso el amor sintetiza toda la operación divina. Dios, al contemplarse a Sí mismo, y reconocerse como Bondad suma, cifra y compendio de todo bien, de toda verdad, de toda belleza y como fuente y manantial perenne que prodiga a torrentes por doquier las doctrinas que llenan de luz nuestra inteligencia, las sublimes bellezas que cautivan nuestra alma, despertando en su interior dulce concierto de gratas emociones, y los bienes sin número que ennoblecen y elevan a nuestra humana inteligencia, es forzado a amarse infinitamente, se ve precisado y constreñido a dejarse vencer por el poderío de ese cúmulo divino de bienes, de verdades y de bellezas que residen en su naturaleza divina, amándose sin término y sin medida. Tal es la ocupación en que se emplea Dios eternamente.

Y ese amor y conocimiento, aunque infinitos, nunca quedan saciados y satisfechos, sino que siempre están en acto amando y conociendo el piélago infinito de las gracias e ideas divinas, en donde tienen existencia todas las bondades y perfecciones que se encuentran esparcidas pródigamente por la naturaleza, si bien destituidas de toda imperfección y defecto y llenas de bondad y perfección infinitas. Mas con la insaciabilidad descrita, no queremos decir que el acto del amor divino en Dios necesite del tiempo para alcanzar su objeto propio, sino que en Dios todo es acto puro, no hay potencialidad alguna, todo es movimiento perfecto y nada inercia, todo es vida espiritual y nada fría muerte. Dios, contemplando y amando el tesoro infinito de sus perfecciones y virtudes, pasa su eternidad toda infinitamente feliz y dichoso de cumplir oficio tan excelente y grato a la naturaleza divina.

Mas hemos dicho que Dios tiene, además, otro objeto en que depositar sus amores y prodigar graciosamente sus más excelentes perfecciones; ese objeto lo forman las criaturas, obra de sus omnipotentes manos y particularmente la criatura divina.

En efecto, Dios se ama infinitamente, como hemos dicho, y la razón de su amor nace de que amando su naturaleza divina, ama la Bondad suma, pues Dios en tanto ama a un ser en cuanto es bueno. Pero Dios no ama tan sólo el Bien infinito, sino todo lo que es bueno, ya su bondad se encuentre en la esencia divina, ya fuera de ella, amando a los seres proporcionalmente a la bondad que encierran. Las criaturas participan, aunque con limitación, del Bien eterno, de la Bondad suma; y esa bondad participada que poseen es' la que las vuelve gratas y amables a los ojos de Dios. Dios, pues, ama a las criaturas todas y particularmente al hombre, que es el ser que más perfecciones atesora entre los seres de este mundo, porque reproducen, si bien limitada y parcialmente, la naturaleza divina, sus perfecciones y bondades; y Dios amándose a Sí mismo, ama también a las fieles reproducciones y retratos de su Esencia divina.

Además, Dios ama al hombre con amor infinito. Los actos de un ser están en relación con la potencia de donde tienen origen. Si la potencia es infinita, lo son también los actos de ella emanados. La naturaleza divina es infinita y, por consiguiente, los actos que de ella proceden son infinitos. Dios ama al hombre, como hemos visto anteriormente, luego le ama infinitamente, y con un amor eterno, ya que en Dios no hay sucesión de momentos, sino uno sólo que dura y persiste eternamente.

(Continuará)

Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm

En torno al lago de Tiberíades

La Decápoli

San Marcos refiere que Jesús, «saliendo de los confines de Tiro, fue por Sidón al lago de la Galilea por en medio de la Decápoli» (Mc 7,31). Antes de llegar al lago, probablemente, no muy lejos tampoco, «le traen un sordomudo, y le ruegan que ponga sobre él la mano» (Mc 7,32). Su aparición por aquellos contornos fue pronto conocida, y uno de aquellos días, Jesús, «subiendo al monte, se sentó allí. Se acercaron muchas muchas gentes, trayendo consigo cojos, mancos, ciegos, sordomudos y otros muchos, y los pusieron a sus pies, y los sanó, tanto, que se admiraron las gentes al ver a los mudos, que hablaban; a los mancos, sanos, a los cojos, que andaban, y a los ciegos, que veían; y alabaron al Dios de Israel» (Mt 15, 29-31)

El Señor les mandaba callar, y sobre todo cuando curó al sordomudo «les encargó que a nadie lo dijeran, pero cuanto más lo encargó tanto más ellos lo publicaron; y en gran manera se admiraban las gentes, y decían: «¡Todo lo hizo bien! ¡Hasta a los sordos hizo oír, y a los mudos, hablar!» (Mc 7, 35-37)

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En el mapa podemos distinguer el Mar de Galilea y un poco del mar Muerto para ver la situación de la Decápolis

Tres días que el pueblo seguía incansable al Maestro, así que dijo a sus discípulos: «Me da compasión de la gente, porque ya tres días están conmigo y no tienen qué comer; y despedirlos ayunos no quiero, no sea que desfallezcan en el camino» (Mt 15, 32). Entonces tuvo lugar la segunda multiplicación de los panes y peces, cuando con siete panes y unos cuantos pececilllos se saciaron cuatro mil hombres,
sin contar las mujeres ni los niños.

Es la primera vez que Jesús recorre la Decápoli, y en sus cercanías al lago obra dos estupendos milagros. Ocupémonos de esta región y de sus referidos hechos.

La Decápoli, como su misma etimología griega nos lo indica, debió ser una confederación de diez ciudades importantes, o diez pequeñas regiones. Los Evangelios, cuando la nombran, nos la suponen conocida, de aquí que no nos proporcionen ningún dato preciso y concreto.

Dos fuentes de historia profana, contemporánea casi a los hechos, prestan un poco de luz, la suficiente para orientarnos. (Plinio, L. V. c. XVIII, y Josefo Flavio, Vita, 71-73.)

Plinio, dice: «La región de la Decápoli es así llamada por su número de ciudades; diversamente se las nombra; pero los más están concordes con enumerar entre ellas a Damasco..., Filadelfia, Rafana, Scythoplis..., Gadara..., Hippos, Dion, Pella..., Galasa (léase Gerasa) y Canatha». Josefo Flavio excluye entre otras a Damasco. San Mateo (4, 25), cuando nos cuenta las primeras andanzas apostólicas de Jesús, en que todas las gentes se dieron cuenta de su poder taumatúrgico, y su fama corrió por doquiera, dice: «Y le seguía una muchedumbre numerosa, tanto de la Galilea como de la Decápoli, de Jerusalén, de la Judea y de la otra parte del Jordán». De la Decápoli debió ser el endemoniado de Gerasa, cuando una vez libertado del demonio Jesús le dijo que anunciara a los suyos las misericordias del Señor. Y se fue y comenzó a predicar en la Decápoli cuanto Jesús le había hecho, y se admiraban todos. (Mc 5,20).

Parece que no fueron unas mismas las ciudades confederadas (Vide Padre Didón: «Jesucristo», cap. X; Knaben-bauer, in Mar. IV, 25), y que durante algún tiempo fueron más de diez. Ptolomeo, por ejemplo (V, 15-22 23), enumerándolas, las nombra todas las que Plinio señala, menos Rafana, y sin embargo, añade otras nueve más, en la parte Norte de la Transjordania, muy cercanas a Damasco. En la edición de Muller-Fishert (París, Fimin-Diaot, 1883-1901), en el texto indicado de Ptolomeo se lee en griego: Koilis Sirias Kai Decapoleos polis éde, mientras que en la edición de Nobbe falta el Kai, y así el texto griego cambia en mucho su significación.

Segun Eusebio, a las ciudades de la Decápoli nombradas por Plinio se habían de añadir Abila, a doce millas de Gada, hacia el Oriente, y Kamata, aunque ésta y la allí señalada por Canatha debe ser la misma; quizá la Kerak actual, o Kana-wat, en la altiplanicie del Tauran. Schurer, que en su libro Geschichte des jud. Volkes, etc., (edición 3ª, II, páginas 116 y siguientes), hace un estudio detallado y acertado, aproximadamente, de esta confederación helenística, en la cual la mayoría de sus habitantes eran extranjeros o helenizantes y muy pocos los judíos, concreta los límites de la Decápoli y los coloca casi en absoluto en la Transjordania, a excepción de Scithopolis, la actual Beisan, al Sur del lago, entre la Galilea inferior y la Samaría, en los limites de los dos países.

El origen de esta confederación parece ser romano. Conquistadas primero estas ciudades por Alejandro Janeo, fueron luego libertadas por Pompeyo, que les concedió una relativa libertad y las adhirió a la provincia de la Siria. Se regían con leyes particulares, de privilegio y excepción, mediante la paga de un tributo. A pesar de tener un carácter eminentemente étnico y paganizado, pues la población absorbente era siro-griega, los judíos podían vivir en ellas, gozando los mismos privilegios espirituales que los que moraban en tierras de Israel o de Judá. El que la habita, decían los doctores, posee a Dios; el que fuere enterrado en ella, será absuelto de sus pecados: es como si reposase bajo el altar. («Sabyl. Chetub, gols. 110 y 111»)

Por consiguiente, de lo expuesto, Jesús, al alejarse de Tiro y Sidón y volver al lago de Tiberíades por la Decápoli, lo más natural es que se dirigiera hacia el Este, franqueara el Leontés, descendiera luego en dirección del valle del Jordán, pasara el río, quizá por el puente de los hijos de Jacob, y siguiera por la orilla oriental del lago, por Gadara e Hippos, el territorio de Scithopoli, o por lo menos hasta la parte meridional del lago, en cuyas inmediaciones creemos tuvieron lugar los únicos hechos milagrosos, que nos cuenta el Evangelio, obrados por Jesús en la Decápoli: la curación del sordomudo y la segunda multiplicación de los panes. No la primera, que ya localizamos cerca de la Betsaida Galilea, en Ain-Tabiga, al lado occidental del lago.

Ignoramos los días que Jesús se detuviera en la Decápoli, es cierto que no estuvo más que de paso; no sabemos tampoco si entró en algunas de sus ciudades; quizá no lo hiciera, por su misma condición de ciudades paganizantes, siro-griegas, como no nos consta tampoco entrara en otras de en torno al lago, de más fácil acceso y más frecuente paso, por esa misma razón étnica, como lo fueron Betsaida-Julias y Tiberíades. De su vida en la Decápoli lo ignoramos todo, menos los dos indicados hechos, de los cuales nos vamos a ocupar, y la admiración que causaban sus portentos a aquellas gentes.

Fr. Juan Alventosa García, ofm