Ecos de las misiones
Dejad que los niños se acerquen a mí
Lo mismo que en otro tiempo, allá en las llanuras de Judea, el llamamiento del Maestro sigue resonando en nuestros días: «Dejad que los niños se acerquen a mí».
Jesús tiene sed de las almas de los pequeños, de esas almas inocentes que todavía reflejan sin mancha el rostro del Padre Celestial.
¿Sabéis vosotros acaso, que el pasado año las Franciscanas Misioneras de María, verdaderas heroínas del amor, como templadas que están en los corazones que más amaron, en el de Jesús, el de María y el de Francisco, verdaderos ángeles de paz y solícitas Madres de las misiones franciscanas, sabéis, repito, que han abierto el cielo a 25.874 angelitos?
¿Sabéis que, gracias a sus cuidados, 15,894 niños han sido recogidos en las 37 casas-cuna, 16 obras de la «Gota de Leche», 38 asilos y 68 orfelinatos con que cuentan en nuestras misiones?.. Y sin embargo ¿qué es esta cifra comparada con esa otra abrumadora de millares de niños moribundos, de pequeños infieles que quedan para salvar?... ¡Cómo se oprime el corazón del Misionero y de la Hermana Misionera cuando muchas veces, por falta de recursos de lugar no puede recoger allá lejos, en las calles de las ciudades chinas, o sobre las abrasadoras riberas del Congo, en los montes de la India o en el lejano Perú, por todas partes de donde los llevan su ardor y su celo, a esos pobrecitos seres que mueren de hambre abandonados por sus madres paganas, o bien, aquellos que una civilización primitiva deja expuestos a todos los peligros de una vida libre y sin trabajo!...
Escuchad la voz del Maestro; se hace apremiante, íntima; su voz se dirige a vosotros, como en otros tiempos a los Apóstoles y como a sus Misioneros de hoy: «Dejad, que los niños se acerquen a mí». ¿Queréis con nosotros, conducir muchos a sus pies?.. ¿Queréis dar esta alegría al Corazón de Jesús, y, salvando las almas de los niños, contribuir a la conversión de los pueblos paganos, ya que ganar la infancia, es asegurarse el mejor medio de penetrar en el seno de la familia, y conquistarla de este modo toda entera para Jesucristo?...
Si así es ¿porqué no nos ayudas?.. ¡El tiempo apremia!.. Nuestros pequeñuelos tienden hacia vosotros sus brazos suplicantes!.. Y ¿no les socorrerás?.. Ayudadnos con vuestras oraciones. Ayudadnos con los dones de vuestra caridad bienhechora. Dios os lo pagará. Los Ángeles de la Guarda de estos pequeños «que continuamente ven la faz del Padre celestial, se harán los protectores de vuestras familias, de vuestros hogares, derramando sobre ellos las flores celestiales de la paz y la alegría».
Lector, has oído la voz de un misionero franciscano que te pide ayuda. La Iglesia, en esta cuaresma, deja sentir de un modo especial la voz de Jesús Redentor que pide almas. Tus sacrificios unidos a los de la víctima divina pueden dárselas. ¿Qué haces pues?.. ¿Por qué no te privas de muchos gustos inútiles, y no das ese consuelo a Jesús que, como en el Calvario, te dice: Tengo sed, tengo sed?
Cultura religiosa
Motivos de credibilidad
Habréis oído hablar muchas veces, sin duda alguna, de los motivos de credibilidad de nuestra Santa Religión: y es necesario que sepáis claramente lo que estos son, porque su conocimiento nos lleva a la fe, y nos da a conocer ciertamente la existencia de la Revelación divina.
Si Dios ha revelado algunas verdades al hombre, es necesario que este tenga medios para conocer que realmente Dios le ha hablado: y estos medios son los motivos de credibilidad.
Se llaman por tanto motivos de credibilidad las razones que nos demuestran la existencia de la Revelación divina en general, y de algunas verdades en particular, contenidas en las Sagradas Escrituras y en la tradición.
Los más importantes de estos motivos son los milagros y las profecías, que son las pruebas irrefragables con que Dios demuestra su voluntad y confirma su palabra: son como el sello inconfundible que Dios pone en sus obras, para que todos los reconozcan como a tales.
Son también motivos de credibilidad los caracteres que acompañan a la Religión cristiana, para demostrar, de una manera cierta y segura, que solamente ella es la Religión verdadera, depositaría e intérprete de las verdades reveladas por Dios.
Por todo esto, los motivos de credibilidad deben ser ciertos y moralmente infalibles, para que excluyan toda duda y todo temor de ser engañados en materia de fe
De aquí se deduce la obligación, a veces grave, de estudiar bien y conocer claramente los motivos de credibilidad, a fin de permanecer siempre firmes en la fe, rechazar las tentaciones y ataques contra esta virtud sobrenatural, fundamento y raíz de todas las demás, y poder instruir a las personas que lo necesiten, en materias tan importantes.
Y para vosotros esta obligación de conocer claramente los motivos de credibilidad, es más estricta, porque es vuestra edad la más peligrosa de la vida, y os halláis rodeados de innumerables enemigos, interiores y exteriores, que intentan robaros el don precioso de la fe
Conociendo bien estos motivos, resolveréis todas las dudas que se os presenten contra nuestra Religión, desvaneceréis las nubes densas, que en torno al foco esplendoroso de la fe, levantan las pasiones; y veréis con claridad las poderosas razones que nos convencen de que el acto de fe en Dios es un acto racional, inteligente, propio de hombres: así como veréis también, que los que no creen las verdades se degradan a sí mismos, abdican de la razón, y se rebajan hasta el nivel de los brutos animales.
Ya veis cuán importante y necesario es conocer los motivos de credibilidad de nuestra Religión.
Página mariana
Conocimiento de María
Después del conocimiento de Dios, nada es más noble y más digno de un cristiano, y nada más útil para la salvación que el conocer a María y sus misterios. La verdad de esta sentencia que nos han dejado escrita Doctores de la Iglesia tan autorizados como Santo Tomás y Suárez, se funda en la gran parte que ha tenido la Santísima Virgen en la Encarnación del Verbo y en toda la obra de la Redención.
Es cierto que el medio para llegar a la vida eterna es conocer a Dios sólo y a Jesucristo su Hijo, como el mismo divino Salvador nos dice en San Juan: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti sólo Dios verdadero, y a Jesucristo que tú enviaste a este mundo. Pero no es menos evidente que el conocimiento de María Santísima nos puede llevar con más seguridad y poderosa eficacia al conocimiento de Jesucristo y de éste al de Dios, para que infaliblemente obtengamos nuestra eterna salvación. Nadie, diremos nosotros con un piadoso autor, conocerla lo bastante la economía de los divinos misterios, sobre todo el de la Encarnación y Redención, sino conoce a María y los privilegios que recibió del cielo al ser elegida Madre de Dios.
La Santísima Virgen, como Madre de Dios y Corredentora de los hombres, es también cooprincipio y Madre de la divina gracia, y por lo mismo el conocimiento y amor de Ella es necesario para la vida cristiana. Así nos lo enseña la experiencia misma, pues si bien nos fijamos no encontraremos ningún verdadero discípulo de Jesús que no lo haya sido también de María. Ya en tiempo de los Apóstoles y primeros discípulos del Salvador, no obstante la presencia de Jesús, la bondad de su corazón y el poder de su doctrina y ejemplos que les atraía y cautivaba, respetaban y veneraban y amaban a María, y a Ella acudían confiadamente cuando querían alcanzar alguna gracia de su divino Maestro.
Después de subirse Jesús a los cielos, María era la maestra, la consejera, el guía y sostén de la vida cristiana en la naciente Iglesia, y al calor de la Madre de Dios se criaban hijos fieles según el espíritu del Señor. Esto fue siempre la Santísima Virgen para los amadores de la virtud y seguidores de Cristo.
Es más, la fidelidad en servir a Cristo, dice un autor, los sacrificios para honrarle, la intensidad del amor para imitarle y seguirle, la participación de su espíritu, la elevación de alma y la delicadeza por corresponderle ha estado siempre en proporción directa con el conocimiento y amor que se ha tenido de María. Luego bien podemos decir que el conocimiento y amor de la Madre de Dios nos es de alguna manera necesario para la salvación.
De lo que venimos diciendo se desprende que María es nuestra mediadora delante de Jesús y el divino modelo en que nos debemos "mirar para formarnos según el espíritu de Jesucristo, y ambos extremos debemos conocer y apreciar para la práctica.
Fr. Buenaventura Botella, ofm
(Continuará)
Virtudes selectas
La generosidad
Consuela y alienta no poco encontrar, mezcladas y confundidas con las gentes de mezquino y egoísta corazón descritas en nuestro postrer artículo, a personas de inapreciable temple espera todo lo bueno que se les ofrece, a condición de que encaje con los usos y costumbres de cristianos chapados a la antigua.
Tanto clarean ya los ejemplares de estos nuevos Macabeos, que ha y quien recela para pronto la extinción de su raza. Por su carácter altruista cristiano en ellos tan arraigados, y por la generosidad sin límites que desarrollan en todos los eventos de la presenté vida, se atraen las voluntades de los elementos más sanos de la actual sociedad. Consagrados los veréis siempre a la glorificación de Dios y al servicio de los hombres que les recuerdan a Dios. De conformidad con el papel social, político o religioso que les toca desempeñar en medio del mundo, en el hogar doméstico o en la soledad de los claustros, se levantan sobre sí mismos, sin pedir a nadie la recompensa de sus dispendiosas fatigas y grandes sudores, esparcen la simiente del bien y el suave aroma de la virtud en torno suyo, y a distancias inconmensurables.
Aman, sirven y glorifican a Dios a quien no ven, en cada uno dé sus prójimos a quienes ven, con quienes conversan y cuyas necesidades palpan. He aquí su ideal más noble y levantado: hacerse todo para todos. Un día se aprendieron la lección evangélica en que dice su divina Majestad que recibe como hecho a Sí lo que hace por los pequeñitos que creen en él, y ya no fue menester más. Ahora sacrifican de continuo sus intereses propios y posponen a gusto sus utilidades temporales al ejercicio de las obras de misericordia para con sus hermanos en Cristo. Basta que en una u otra forma se lo demande el Señor o que las leyes del decoro de su condición y estado se lo dieran a entender.
Pero que no lo olviden esas personas piadosas que aspiran a la perfección cristiana y que anhelan escalar pronto las cumbres de la santidad. Una de las disposiciones más necesarias y urgentes para su rápido progreso en la carrera de las virtudes, es el hábito de esta generosidad para con Dios y para con los prójimos que lo representan y son sus acreedores. Han de esforzarse, pues, para adquirirlo, y esto antes hoy que mañana. Mas después no crean haberlo alcanzado hasta sentirse influenciados por él a cada instante del día y de la noche, de suerte que ya le den a Dios todo lo que les pida, ora sea para Sí y para su gloria, ora para la salvación y santificación de nuestras propias almas, ora para la utilidad temporal o eterna de nuestros hermanos que viven de una misma fe, recibieron un mismo bautismo y participan de unos mismos sacramentos.
Les advertimos, además, que en ninguno de los casos de esta índole ha de haber mezcla de interés propio que les domine o induzca a la obra que le ofrendan entonces a nuestro Rey y Señor, o con la cual deseen complacerle y agradarle, porque aquello ya no sería generosidad ni otra cosa parecida. Y hemos dicho que les domine o que les induzca porque ¡claro está! que puede seguirles de lejos o de cerca el interés humano, y aún acompañarles en sus acciones virtuosas más perfectas, con tal de que Dios tenga en ellas el primer lugar y que sus derechos no sean soldados de segunda fila.
El amor propio oscurece tanto la razón de los egoístas y de los mezquinos, que les trastorna la cabeza y los pervierte más de lo regular. Por esto no le dan a Dios nada de valor sin haberlo pensado antes tres veces y haberse convencido de que se lo deben en sentido riguroso. Retrasan así mismo cuanto pueden efectuar sus pagos y extinguir sus deudas respecto de Dios y de los hombres que ejercitan sus derechos. Nunca les parece llegada la hora de abrir su mano para pagar ni para soltar las prendas reclamadas por-sus legítimos propietarios. De otra manera muy diversa se conducen estas gentes cuando son ellos los acreedores y se trata de comprar nuevas pensiones.
Las personas generosas no se hacen nunca de rogar ni esperan a que se les pida dos veces un favor. Lo deban o no de justicia dan siempre de su peculio lo que los demás necesitan.
Divulgación científica
El calor y la lluvia
Es bastante frecuente, durante un día fuerte de Invierno, Otoño o Primavera, oír decir: este tiempo no puede durar, hace el sol demasiado fuerte y traerá cambio próximo. Si no es que escuchamos el sonsonete de los doctos calendarios: ya lo decía ayer, aquel sol era de lluvia; esto, naturalmente, lo dicen cuando les conviene. Y me han venido a la memoria estos dichos, precisamente porque durante este mes de Febrero se han repetido con bastante frecuencia, y a pesar de ello, el tiempo firme y sereno.
Veamos pues si el dato casero, de un sol espléndido y relativamente ardoroso es presagio seguro, o al menos probable de cambio para lluvias aquí en Levante. En determinadas ocasiones es indicio de un próximo empeoramiento del tiempo, en otras nada impide que el buen temple reinante se prolongue. Veamos los datos que han de acompañar al calor solar para pronosticar en uno u otro sentido. Para ello precisa conocer las situaciones atmosféricas típicas en nuestra Región que en otros artículos di a conocer, y de las cuales corre una edición hecha por la Federación Agraria de Levante en forma de cuadro en varios mapas y es sumamente práctica.
Explicaré por medio de un caso concreto la situación en que un día fuerte amenaza lluvias o mal tiempo. Amanece despejado, si bien por la mañana reforman algunas nubes, pero que no impiden luzca el sol a todos llegando a medio día a señalar el termómetro 28° a la sombra que es mucho en el 5 de Febrero. Hasta entonces el viento está encalmado, pero comienza a avivarse de Levante y a encapotarse el cielo para darnos una lluvia abundante durante la misma noche con 48 milímetros. Obsérvense las siguientes de tal cambio después de un día de sol abrasador. La mañana fue fresca pues bajó el termómetro a 1º C sobre cero, pero sobre todo, lo interesante es que el barómetro bajaba rápidamente; doce milím. en 20 horas; esto fue el 1922. Cuando se dan pues estas condiciones de barómetro inferior a 65 mil., o que baja de prisa, la temperatura es relativamente baja y el aire flojo, puede ser verdadero el dicho de que el sol fuerte trae lluvia.
Por el contrario, y es lo que está sucediendo en este mes, aunque el sol caiga aplomado como saetas de fuego sobre la tierra, mientras el barómetro esté sobre los 70 mil. en alza o firme, por lo regular, el tiempo está afianzado, y el cambio, si lo hay, hacia el mal tiempo será lento. Siendo de notar que si al bajar el barómetro, las noches son cada vez más tibias, el cambio próximo será de vientos terrales. Para clasificar un día de frío, templado o caluroso, con miras a la predicción del tiempo, hay que fijarse en la temperatura durante la madrugada. Ordinariamente las noches tibias de Invierno se deben a los ponientes más o menos fuertes, mientras las frías, a vientos del Norte o a calma anticiclónica después de viento del cuarto o primer cuadrante. Que en un día de Poniente abrase el sol, nada es de extrañar, pero que después de una noche fría, salga un día caluroso, es cosa de tenerse en cuenta juntamente con la marcha del barómetro. Son los cambios más bruscos que suelen presentarse y en ellos la forma, la dirección y el horizonte por donde salen los cirros es de sumo interés.
Fr. Eusebio Arbona, ofm
Onteniente, 20 feb 1928
En torno al lago de Tiberíades
La segunda multiplicación de los panes
Esta segunda multiplicación, cuya noticia solamente nos conservan los evangelios de San Mateo y de San Marcos, está narrada con idéntica forma, y concurren en ella casi las mismas circunstancias que en la primera. Ambas narraciones las fundiremos en el siguiente relato.
«Por aquellos días otra vez, habiendo una gran muchedumbre, y no teniendo qué comer, llama a sus discípulos y les dice: Me da compasión esa gente, porque ya tres días están conmigo, y no tienen qué comer; y despedirlos ayunos no quiero, no sea que desfallezcan en el camino, y algunos han venido de lejos. Le respondieron sus discípulos:—¿De dónde podrá nadie hartarlos de pan aquí en el desierto? Les preguntó: —¿Cuántos panes tenéis? Le dijeron: —Siete y algunos panecillos. Avisa entonces a las gentes para que se sienten en el suelo, y, tomando los siete panes, dio gracias, los partió, y fue dándoselos a los discípulos para que los repartieran. Comieron todos y se hartaron, y del sobrante de los trozos se recogieron siete espuertas llenas. Los que comieron eran cuatro mil hombre y además las mujeres y los niños». (Mt 15, 32-38; Mc 8, 1-9).

Mosaico de Tabgha que recuerda la multiplicación de los panes y los peces
Por eso mismo, por ser tan idénticas las circunstancias de ambas multiplicaciones de panes, la crítica racionalista ha querido poner en duda esta segunda. No hay razón para ello. Aunque en substancia los dos hechos evangélicos sean iguales, difieren, sin embargo, en todas sus particularidades: el lugar, las circunstancias anteriores y siguientes al hecho, el número de convidados, de panes, de cestas. Pretender que la tradición se haya más o menos oscurecido y que luego los evangelistas, de propósito, hayan deliberado para conciliar la diversidad de pormenores, duplicando el fenómeno, es un expediente sin valor. Además, las palabras del Señor no dejan duda alguna.
Después de la multiplicación Jesús con sus discípulos llegó a Dalmanuha o Magadan. Le salieron los fariseos y le pidieron un signo del cielo; no quiso darles otro que el de Jonás, o sea, el de su resurrección. Luego, de viaje, recordando en la barca a los fariseos, decía: ¡Mirad! ¡guardaos de la levadura de los fariseos y de la de Herodes! Como no tenían pan, creyeron que el Maestro lo decía por eso —¿Porqué estáis pensando que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿No recordáis cuando partí los cinco panes para los cinco mil, cuantos canastos llenos de trozos alzasteis? Le dicen: — Doce. Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas alzasteis? Dicen: —Siete. Les dice:— ¿Aún no entendéis? (Mt 8, 15-21; Mc 16, 1-12) nos lo refiere de igual forma.
Las palabras del Maestro no dejan lugar a duda. Son diferentes las dos multiplicaciones de panes. Sería inadmisible lo que la misma crítica racionalista quiere, y gratuitamente supone, que San Mateo y San Marcos hayan puesto estas palabras en boca de Jesús, para justificar sus narraciones. (Didón, Jesucristo, t. 2).
¡Tanta malicia no es de suponer en unos sencillos pescadores de Galilea! Lo que parece más natural es que cada uno mire las cosas a través del prisma de sus prejuicios.
En la primera multiplicación los cestos con que se recogió el sobrante son llamados Kófinos, de donde vienen nuestros cuévanos; aquí son llamados spúrielas, de cuyo homófono latino sporta procede el castellano espuerta. Serían unos y otras para recoger los peces de la red, y eran estas mucho mayores que aquellos. (García Hugues, «Santos Evangelios», Marcos, VIII, nota). Dado el tamaño ordinario de los Kófinos y de las spúridas, se puede afirmar con seguridad que la cantidad sobrante en la segunda multiplicación fue mayor que en la primera.
Si Papini hubiera sabido o tenido en consideración esta circunstancia no hubiera, quizás, parangonado ambas multiplicaciones, pues no estamos conformes en que: «con menos pan se calma el hambre de más gente y sobra más».
Fr. Juan Alventosa García, ofm
Amenidades
Los llamados de Dios (2)
Lo intempestivo de la hora de la llegada del tren a R... impidió a Pedro ver a su hermano aquella misma noche habiendo de aplazar la visita al convento, para la mañana del siguiente día. Le recibió cortés el portero, que enterado de sus pretensiones, le manifestó que en efecto, hacía varios días se había presentado un pretendiente de aquellas señas; pero que era costumbre que los tales no recibiesen visitas de seglares a no ser de familia muy allegada.
—Es que yo soy hermano de Salvador, objetó Pedro.
—Eso es otra cosa: en ese caso, tenga la bondad de aguardar en el recibidor, mientras paso recado.
Y condujo a Pedro a un tan pobre y modesto, como limpio y ordenado recibidor, donde lo primero que hirió su vista, fue la siguiente quintilla:
La ciencia bien ordenada
Es que el hombre en gracia acabe;
Porque al fin de la jornada
Aquel que se salva, sabe,
Y el que no, no sabe nada.
Meditando se hallaba Pedro la verdad en verso, que acabara de leer, quizá pensando que, aunque buen cristiano, muchas veces en los vaivenes de la vida, en todo pensara, menos en lo que su hermano llamaba, con razón, única cosa importante y necesaria, cuando se presentó un religioso de madura edad y venerable aspecto; el Padre Francisco, Maestro de novicios, y como tal, experimentado en todo cuanto se relacionase con el corazón humano, por cuya razón le habían confiado los Superiores con frecuencia, tan espinoso como delicado cargo.
De un golpe de vista, comprendió el buen Padre la situación de ánimo del que tenía en su presencia, y de las intenciones que pudiera llevar al convento. No era la primera vez que se veía en casos parecidos. Le habló, pues, con la mayor claridad y franqueza. El convento, no es cárcel ni cuartel, donde se retienen los hombres contra su voluntad. Salvador había venido libre y espontáneamente: los Superiores, creyendo verdadera su vocación, le habían abierto las puertas, que desde luego, no le cerrarían, si alguna vez el joven manifestara deseos de marcharse.
—Pero añadió; ya me guardaré yo muy bien de aconsejarle la salida. La vocación parece sincera, y líbreme Dios de gravar mi conciencia, lanzando en medio de los peligros del mundo, lo que Él escogió para sí. No quiero ser causa, más o menos directa, de la desgracia y perdición de nadie.
—Pero, Padre, se atrevió a objetar Pedro, ¿tan malos cristianos cree somos en mi casa, que entre nosotros corra peligro de pervertirse y corromperse mi hermano?
—Hijo, yo no dudo un momento de la honradez y religiosidad de su familia. Pero es expuesto el no corresponder a una gracia de Dios tan señalada, como es la vocación religiosa. La experiencia me dice, que muchos que han despreciado su vocación, cuando menos, han sido unos desventurados toda su vida; y no creo usted pretenda labrar la desgracia de su hermano. En fin; voy a llamarle; pero conste que, así como no le detendré si se empeña en marcharse; no dejaré de abrirle los brazos en caso contrario; y que le protegeré de todas suertes contra quien intente turbar su paz.
Ángel de Rueda Carvajal
(Continuará).
Adoración Nocturna de Valencia
Inauguración de un nuevo turno de la Adoración Nocturna, con el nombre de San Antonio de Padua.-De verdadero acontecimiento, desde todos los puntos de vista, podemos calificar la vigilia celebrada en la noche del 31 de enero por una pléyade escogida de enamorados de la Sagrada Eucaristía y entusiastas del gran santo del pan de los pobres, el Taumaturgo Antonio de Padua pertenecientes a la Pía Unión y Juventud Antonianas, establecidas en la iglesia de San Lorenzo de los Padres Franciscanos, de esta ciudad.
Era deseo ferviente del consejo directivo, y muy especialmente de sus presidente y secretario, don Santiago García y Bertrán de Lis y don Antonio Gadea que ni una sola noche del mes quedase Cristo Rey Sacramentado sin su correspondiente guardia nocturna, y con la fundación de este nuevo turno han visto colmado con creces aquel deseo; y decidimos con creces, porque, dejando aparte otro orden de consideraciones, es verdaderamente consolador el hecho de que la casi totalidad de los nuevos caballeros adoradores son jóvenes, y todos ellos antonianos, constituyendo un plantel hermoso y ejemplar en el jardín eucarístico, que es gala de esta ciudad que no cede a nadie en amor el Augusto Sacramento del Altar.
La vigilia inaugural se celebró en la Real Capilla de Nuestra Señora de la Seo (Milagro), para la cual dio toda clase de facilidades el activo y celoso Capellán Mayor don Juan Belda.
El altar mayor del templo ofrecía soberbio golpe de vista por la brillantísima iluminación que lucía y el artístico adorno de flor, así como las barandillas del presbítero que ostentaba, destacándose entre tanta belleza, la Sagrada Eucaristía, que cual sol refulgente irradiaba sus divinos fulgores sobre los corazones de sus adoradores.
Comenzó la solemne vigilia con la exposición de S. D. M., y acto seguido se cantó el Te Deum, oficiando en estos actos el reverendo Padre Fernando Fabregat, Definidor Provincial de la Orden Franciscana y benemérito director de las entidades Antonianas establecidas en la iglesia de San Lorenzo; recitó las oraciones llamadas de la noche el entusiasta Capellán del turno de San Vicente Ferrer, doctor don Antonio Barberá, catedrático del Seminario; después se cantó solemnemente el trisagio, y al terminar, un motete.
Seguidamente, el Capellán del nuevo turno, reverendo Padre Antonio Ribera, Vicario del convento de Santo Espíritu del Monte, que pronunció plática, en la que, tras felicitarse por la creación de un turno bajo la protección del glorioso San Antonio de Padua, quien ya de niño era un enamorado de la Sagrada Eucaristía, excitó a todos a la perseverancia en la obra de amor, reparación y desagravio al Señor Sacramentado encomendada a la Adoración Nocturna, tan encomiada por los Soberanos Pontífices León XIII y Pío X, de feliz memoria.
En la magna solemnidad actuó nutrida capilla de música bajo la dirección del notable maestro don Vicente Estellés, y en la que figuraban, entre otros, los excelentes cantantes don Francisco Alba, don Enrique Domínguez y don Sebastián Montón, siendo pulsado el magnífico órgano don Juan Belda.
A la hora competente celebró el Santo Sacrificio el Padre Antonio Ribera.
A esta solemne inauguración del turno de San Antonio de Padua, quisieron asociarse varios adoradores del turno de San José.
Perlas del cielo
La ermita del cautivo
Blanca como un cisne que tranquilo reposa junto a un lago para enjugar su plumaje a los rapos del sol; así reposaba silenciosa la ermita de la «Huida a Egipto» a la orilla del mar, en un repliegue que hace el camino de Borona cuando viene a desembocar en la playa. En un montículo que a cierta distancia se levanta rodeado de fresnos y nogales, se destaca la aldea a través de los claros de la arboleda, mostrando erguida su torre de dos campanas, que lanza sus perfiles al espacio como complacida de trasmitir al cielo las plegarias que los fieles depositan en la iglesia. El mar forma allí una ensenada siempre tranquila, que da abrigo a las barcazas, veleros y a los botes y lanchas de los pescadores; y sirve a veces también de refugio a algún bergantín, o a alguna goleta, cuando en alta mar les sorprende la amenaza de alguna deshecha tormenta: el promontorio de Tosque y la borra del collado la resguardan por completo de todo viento.
Allí frente, pues, como he dicho, se destaca la blanca ermita de San José, representando en su retablo uno de los descansos de la Sagrada Familia, después de haber evadido el peligroso encuentro de los herodianos, que a lo lejos se ven allí representados, como siguiendo dirección opuesta al camino de los santos viajeros. La erección de esa ermita recuerda uno de tantos favores que la protección de San José suele dispensar a sus devotos.
Amanecía con esa claridad y limpieza que suele seguir a los días de tormenta; los rayos purpúreos de la aurora vertían sus tintes de fuego sobre las copas de los árboles y sobre las techumbres de los edificios, y reverberaban en la cúpula bruñida del campanario con mil variados matices que daban a la luz los ladrillos barnizados de colores. Las barcas seguían amarradas en la playa; los pescadores, recelosos por la agitada marea del día anterior, no salieron aquella noche a pescar, y andaban rezagados por la molicie, poco frecuente en ellos, de una noche de buen dormir. Sólo un bagel, amainadas sus velas, se balanceaba sañoliento a la boca de la ensenada y al abrigo del promontorio, y un bote se veía también atracado a tierra y custodiado por un remero.
Alegre como un jilguero y canturreando una barcarola popular, bajaba por el camino de Borona Chaquino el monaguillo de la aldea, que al vislumbrar en las olas aquel extraño bagel, corrió a la playa para curiosear la procedencia y condiciones de aquella embarcación. Iba a llegar a la playa, cuando se detuvo pensativo al verla desierta, y preocupado ante el extraño personaje del bote: Es un turco, se dijo, y pensó volverse a la aldea; mas ya no pudo. De un espeso matorral que crecía allí en el recodo del camino surgió como una fiera un morazo gigantón de barba negra y enmarañada, que se arrojó sobre Chaquino; y tomándolo por la cintura con su nervudo brazo, le tapó con la otra mano la boca, y echó a correr hacia el bote. Ya lo había dejado allí preso y amarrado y volvía a buscar su escondrijo para cazar otros incautos, cuando las dos campanas de la torre comenzaron a tocar a rebato, y volviendo sobre sus pasos el moro empujó el bote y se metió en él, hundiendo las aguas como una flecha, para llegar al barco corsario. Que no era otra cosa aquel bagel, sino una embarcación de piratas, que caía de sorpresa sobre las costas para apresar esclavos y llevarlos al mercado de Túnez.
Los marineros que ya iban descendiendo hacia la playa se dieron cuenta del barco y de la captura del niño; y mientras fueron unos a dar el toque de rebato, comenzaron a correr otros hacia la playa para salvarle, pero en vano; al llegar al agua ya la chalupa abordaba al bagel; y alzando las amarras, izaban ya sus velas los piratas para lanzarse en alta mar. El monaguillo fue arrojado a la bodega, donde yacían aherrojados otros esclavos cristianos; y bien pronto, con próspero viento, entraba airosa la embarcación corsaria en el puerto de Túnez.
Al-Zarach, el capitán de los piratas, se prendó de Chaquino y lo reservó para sí; y en vez de exponerlo a la venta en el mercado de esclavos, lo envió a una hermosa finca, que en un oasis del desierto tenía para su regalo. Allí tenía el moro su harén, y Chaquino fue destinado para esclavo de su familia. Un pequeño tugurio fue su morada, y en los ratos de quietud se encomendaba a Dios, horrorizado de las inmoralidades de aquella gente soez, y le ofrecía sus tormentos y su amargura para alcanzar la gracia del rescate. Sobre todo por la noche antes de acostarse, sacaba de su seno una medalla de San José, que llevaba colgada al cuello, y le rezaba con fervor por sus padres y por su libertad; y luego se dormía con la plena confianza de que San José le salvaría.
Un deseo vivísimo sentía el monaguillo al ver aquellos rapazuelos, hijos del capitán de piratas, su amo. Quisiera enseñarles la doctrina que él aprendió en su parroquia y que fueran bautizados para el cielo; pero cómo lo había de hacer él sin apenas entender su lengua y siendo para ellos un vil esclavo? Mas el cielo le reservaba una satisfacción y complacencia dulcísima. Fatala, una de las mujeres de Al-Zarach, tenía un niño de brazos, delgaducho, raquítico, herido por la fiebre; y fastidiada de aguantarle, una mañana después de una noche de insomnios y aturdida por los lloriqueos del niño, lo toma en sus brazos, y corriendo hacia un grupo lejano de palmeras, por donde corría un riachuelo, lo dejó abandonado y moribundo para que fuera comido por las fieras.
Al verla Chaquino volverse sin el chiquillo, receló lo que habría ocurrido, y cediendo a una noble inspiración, dio un rodeo por otro camino y llegó a las palmeras en busca del niño. Su ardiente anhelo era encontrarle en vida; y con placer lo encontró acurrucado en tierra, y que todavía respiraba. Con ligereza y con inmensa ternura lo tomó en sus brazos; y llegándose al riachuelo, cogió el agua con el hueco de su mano, y al derramarla sobre la cabeza del pequeñín, pronunció las sacrosantas palabras del bautismo: José, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El angelito abrió sus ojos, cual si se viera inundado de celestial rocío; miró con dulzura al monaguillo que lo estrechaba contra su pecho y le besaba con amor en aquella frente santificada por el bautismo; y poco después, dando un suave quejido, volvió a mirar a Cha-quino, y desflorando en su boquita una dulce sonrisa voló al cielo. Era un ángel que Chaquino enviaba a la gloria, y conmovido lloró, pero eran lágrimas de alegría y de placer. Cavó una pequeña fosa junto al tronco de las palmeras y enterró el cuerpecito del angelito José. Colocó sobre la tumba del ángel una cruz de palo, y de rodillas oró largo rato pidiendo al angelito José que a cambio de la gloria que él le acababa de dar con el bautismo, le alcanzara del cielo la libertad para volver a su aldea y consolar y ver a sus padres.
A esas horas ante el bey de Túnez y acompañado por su sacerdote católico, se postraba un europeo con ricos presentes, que ofrecía a aquel gobernador. La gracia se otorgó al momento. El bey extendió gustoso el firman para que el niño fuese devuelto a su padre sin rescate, y el padre de Chaquino, que no era otro el europeo, acompañado del sacerdote y de una guardia del gobernador llegaron al oasis, pues ya de antemano habían averiguado su paradero, y se llevaron al niño sin resistencia alguna, conforme al decreto del bey.
El padre de Chaquino, aterrado ante la desgracia de la esclavitud de su hijo, acudió a San José, a quien veneraba como protector de su casa y familia; y prometió, si lograba rescatar al niño, construirle una ermita en el mismo sitio donde fue robado su hijo, recordando las angustias de su huida a Egipto. Vueltos a la aldea con el regocijo que se puede suponer, se construyó la ermita en aquel lugar; y vino a ser el amparo de todos aquellos pescadores y aldeanos que acudían a San José para librarse de las sorpresas y asaltos de los piratas.
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