Cultura religiosa
Fe instruida y estudiosa
Continuando nuestras charlas familiares sobre cultura religiosa, os decía en m¡anterior, que la fe de todo buen cristiano ha de ser ilustrada, es decir, que el acto de fe ha de ser consciente y racional, y además que todos debemos conocer, según nuestros alcances, las verdades fundamentales de nuestra Religión, los artículos de la fe, todo aquello que la Iglesia nos manda saber, para conseguir nuestro último fin y salvarnos.
Mas, vosotros, los que formáis esta gran Asociación Antoniana, no debéis contentaros con la ciencia y conocimiento ordinarios de las verdades de nuestra fe, que se exigen a todos los cristianos. Vosotros debéis tener una instrucción religiosa más sólida, más extensa, más perfecta, más completa. porque vosotros, para cumplir los fines especiales de vuestra Asociación debéis convertiros en verdaderos apóstoles dentro de la sociedad y círculo en que vivís. Y para esto, debéis poseer una instrucción religiosa más perfecta y amplia que los demás cristianos.
Claro está que no a todos los Antonianos se os exige un mismo grado de cultura religiosa, porque no todos os halláis en las mismas circunstancias; sino que a cada uno se le exige según sus conocimientos, su carrera, edad, posición, carácter y relaciones sociales que mantiene.
Pero sí os digo que a todos se os exige, como base de esa instrucción religiosa que conozcáis y sepáis bien el Catecismo de la Doctrina Cristiana.
Tal vez diga alguno que es este un consejo inútil e innecesario; pero no lo es, porque ha y muchos que creen saber bien el Catecismo, y de seguro que no sabrían contestar a muchas de sus preguntas; y, no lo dudéis, sin saber bien el Catecismo, no es posible alcanzar ningún grado de la cultura Religiosa de que venimos hablando. Y aún después de aprendido bien el catecismo, no debéis contentaros con saber responder a todas sus preguntas: sino que es necesario penetrarlas, comprenderlas, explicarlas, y saber dar razón de cada una de ellas, según la capacidad y alcances de cada uno.
Y no os parezca que esto es poco, porque es mucho y con esa ciencia del Catecismo, razonada y comprensiva, ya podríais cumplir la misión de Apóstoles entre vuestros compañeros y entre las personas con quienes vivís.
Luego de sabido bien el Catecismo de vuestra escuela o de vuestra parroquia, es conveniente que leáis y conozcáis alguno de los Catecismos explicados y más extensos, como los hay en nuestra rica literatura catequística, y en ellos veréis resueltas muchas dudas que tal vez asalten vuestra inteligencia, refutadas muchas de las objeciones que hacen los incrédulos, y confirmadas las verdades de nuestra fe con los ejemplos de los Santos y personas eminentes en virtud, con episodios de la Historia Eclesiástica, y también con anécdotas de personajes célebres y de la historia profana. S¡queréis ampliar además vuestra instrucción y cultura religiosas, podéis leer algunas de las Revistas Catequísticas que hoy se publican, alguna de las obras apologéticas de nuestra Religión, que tanto abundan, y también alguna de las Revistas Católicas, contemporáneas, en las que hallaréis un arsenal rico de doctrina sana y varia, y un sinnúmero de razonamientos y explicaciones fáciles y propias del asunto.
Y por último, s¡queréis saber explicar y comunicar a los demás, todos estos conocimientos de cultura religiosa, es necesario que primero los meditéis y asimiléis vosotros, los revistáis de vuestro lenguaje y estilo peculiares, y tratéis de esclarecerlos con símiles y comparaciones adecuados a las inteligencias de aquellos a quienes los explicáis: porque sin este trabajo y estudio personal e íntimo, tal vez sean estériles e infructuosos nuestros esfuerzos en comunicar a los demás la ciencia religiosa que habéis adquirido.
Página mariana
¡Predestinada!
(Conclusión)
El sagrado texto no puede ser más explícito en este punto, poniendo en labios de la bendita Virgen palabras que son como rayos de luz que nos permiten ver con claridad meridiana la predestinación eterna de María para Madre de Dios. «El Señor me poseyó desde el principio de sus caminos antes de haber hecho cosa alguna». O también: «Yo salí de los labios del Altísimo la primogénita antes que cualquier otra criatura». Como s¡dijera; antes que cualquiera otra criatura, yo he sido concebida y predestinada en la mente de Dios. Y para mostrar con más claridad aún que es María la que habla en estos términos de su predestinación antes de todas las cosas el sagrado texto añade después: «Entonces el Creador del universo me habló y me dijo: Aquel que me ha creado reposó en m¡tabernáculo.
Sí, en el tabernáculo de María es en donde Aquel que la ha creado, el Verbo de Dios por quien todo ha sido hecho, se ha dignado habitar desde que le habló por medio del Arcángel Gabriel, diciendo: He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo ¿Y no nos enseña la fe que en el seno de la augusta Virgen tomó carne el Hijo de Dios y descansó allí durante nueve meses? Luego con mucha razón dice la casta Doncella de Nazaret: Aquel que me poseyó desde el principio de sus caminos antes de haber hecho cosa alguna, y me ha criado, reposó en m¡tabernáculo, confesándose Ella misma predestinada desde toda la eternidad para ser madre de su Creador.
Los Padres de la Iglesia, fieles intérpretes de la sagrada Escritura, tuvieron siempre por cierta la predestinación de María, y proclaman con afectos de amor y devoción para gloria de la Señora. «Antes de que Jesucristo naciera de Ella, dice San Agustín, ya la había conocido y predestinado para ser su Madre» «Como quiera que el decreto de predestinación nació del amor como de su primera raíz, añade el Damasceno, Dios, Señor soberano de todas las cosas, que desde antes sabía que eras digna de su amor, te ha amado; y porque te ha amado, te ha predestinado». Oh María, exclama San Bernardino de Sena, tu has sido predestinada en el pensamiento divino antes de toda criatura, para dar la vida a Dios mismo, que quería revestirse de nuestra humanidad».
Es por consiguiente una verdad que María fue predestinada para Madre de Dios antes de que el mundo existiese, pues así nos lo enseña la fe, lo enseñan los santos Padres y la misma razón nos manifiesta su conveniencia por la honra que ella le reportaba al Verbo encarnado. ¡Ah! s¡queréis, pues, saber el origen de la Madre de Dios no lo busquéis en las genealogías de los hombres n¡en la sucesión de los tiempos, sino remontaos a los siglos eternos y allí la veréis formando las complacencias de las tres divinas personas! ¿Cómo no amar a tan privilegiada criatura?
La mediación universal de la Santísima Virgen
(SEGUN LA ESCUELA FRANCISCANA)
(Conclusión)
Posición escotista respecto a la predestinación de Jesucristo y de su Santísima Madre.
El insigne maestro de la escuela franciscana Juan D. Escoto distingue en la operación divina, no obstante ser ésta un acto único, simplicísimo y eterno, como lo es Dios, dos momentos naturae, como él dice, en relación a los dos términos de la misma operación, uno ad intra en las divinas procesiones y el otro ad extra en la obra de la creación.
En este segundo momento de la divina operación, el primer ser que la divina voluntad predestina a la gloria por la gracia es la naturaleza que hipostáticamente se ha de unir al Verbo.
Después, según el grado de aproximación al Verbo Encarnado, al cual presenta como fin de la creación, son decretadas las demás criaturas. (Ox. III. d. 19, n, 6). Según este orden, la Sma. Virgen aparece comprendida en el mismo decreto de Cristo, porque asociada íntimamente al orden hipostático en razón de la divina maternidad, forma parte integral de la Encarnación, la cual es el término íntegro del divino decreto.
Prenotado ésto, Escoto propone esta afirmación: «Puede decirse que en toda la operación divina jamás existió obra alguna meramente gratuita, fuera de la Encarnación del Hijo de Dios» (Ox. IV, d. 2, q. I, n. II). Según este principio la única obra meramente gratuita en la creación es la Encarnación del Verbo. Esto anda muy conforme con la predestinación de Jesucristo ante toda criatura, lo cual supone la ausencia de todo sujeto capaz de merecer antes que Jesucristo.
Ahora bien: como después de previsto Jesucristo en los decretos divinos, todas las otras criaturas fueron decretadas, tanto a la creación como a la gloria, en previsión de los méritos de Jesucristo como mediador, de aquí que todas las otras gracias caigan esencialmente bajo el dominio de Cristo; de donde se sigue que la gracia de los ángeles, la de Adán inocente, lo mismo que todas las otras concedidas después de la caída de Adán, se deriven de Dios por medio de Jesús.
Siendo por otra parte, según hemos apuntado arriba, la mediación de Cristo la norma que nos da a conocer la amplitud de la mediación de la Sma. Virgen, se sigue en lógica consecuencia que la gracia esencial de los ángeles y de Adán inocente les haya sido otorgada en vista de la Mediación Universal de la Santísima Virgen. Esta consecuencia aplicada a la Sma. Virgen, s¡bien se encuentra virtualmente en las premisas puestas por Escoto, no ha sido expresamente propuesta por el mismo.
El primero que construye la teología mariológica en toda su amplitud sobre la doctrina escotista es S. Bernadino de Sena, ilustre representante del pensamiento de Escoto en el siglo XV. Respecto a la cuestión en que venimos ocupándonos, S. Bernardino expresa la influencia de la Sma. Virgen en la gracia y gloria de los ángeles, en el comentario al «Magníficat». Dice así: «Se puede afirmar que la Bienaventurada Virgen, ilustrada por la altísima luz de la contemplación, vio que por sus méritos, en cuanto esencialmente subordinados a los de su Hijo, contribuyó en gran manera a la gratificación y glorificación de los ángeles, ya que por la fe y mérito en el Dios conciliador de los hombres y ángeles que había de nacer de la Sma. Virgen, vieron los ángeles que les venía de Dios la gratificación y la glorificación». (De glorioso númine Mariae, l. c).
Puestos estos principios nos es lícito proponer la tesis según nuestra escuela, la cual consta de dos partes:
1ª. Todas las gracias derivadas de la bondad divina (incluidas la de los ángeles y Adán inocente) han sido merecidas por Jesucristo y su Sma. Madre en cuanto subordinada a la obra santificadora y redentora de su Hijo. (Causa meritoria de la gracia).
2ª. Todas las gracias que han sido aplicadas y se aplicarán en el curso de los siglos a los seres capaces de ellas, son dispensadas por Jesucristo y su Madre Santísima como grupo único mediador. (Causa de distribución de la gracia).
Recuerdos que no se olvidan
Divagaciones
(Conclusión)
H e llegado al patio de los cipreses, frente a la fachada del convento; penetro en la portería y con m¡mano temblorosa empuñé la cuerda de la campana. Al sonar aquel metal... fue como un latigazo en el fondo de m¡corazón. Mil recuerdos infantiles acudieron a m¡imaginación. Yo me decía; ¡Diez años ha que marché de este Colegio! ¡Oh Santo Colegio, qué alegres pasé los cuatro años que viví bajo tus alas! ¡Qué vida de colegial; ¡Qué vida tan celestial!...
Envuelto y abstraído en estas consideraciones.... me excité algún tanto, cuando un santo religioso me abría la puerta.

Convento de Benisa
Le saludé cortésmente, y penetré en el claustro del convento. Momentos después me recibía el P. Rector del Colegio y demás Profesores que en m¡infancia me habían enseñado las ciencias. Visité el Colegio, y cuando v¡a aquellos angelitos de los colegiales... en mis interiores, recordaba m¡infancia, ¡Lo mismo sería yo... un niño... pequeñito... «me decía yo».
Visité las aulas, el salón de estudios, el oratorio, el dormitorio etc... y mis recuerdos se multiplicaban y exclamaba: ¡Oh Colegio de Benisa que enseñas no solamente la ciencia de los hombres, sino más bien la verdadera la ciencia de Dios! ¡Oh Colegio de m¡infancia, yo te adoro y te recuerdo...!
Mis lágrimas eran siempre en los ojos... no podía negar que eran recuerdos de m¡infancia.
Dos noches dormí, en aquel Convento. Cuando daban las diez de la noche, un silencio sepulcral, reinaba en aquellos recintos, y yo sigilosamente murmuraba: ¡Cuán grande es la diferencia de este Convento, a las aulas de m¡Cuartel en África! En m¡Cuartel gritos, alarmas, griteríos, desolación, miedo, peligro; aquí oración, silencio, devoción y recogimiento. ¡Oh! siervos del Señor, orad vosotros que con el silencio y la oración percibís la voz del Amado, la voz de Dios.
Llegó la hora de m¡partida... y con m¡corazón destrozado, daba el «adiós», a aquel Colegio de Benisa, a aquellos PP. Profesores de m¡infancia.
Partí velozmente... y aquellos recuerdos que no se olvidan, recuerdos que m¡vida no olvidará...., cuando mis pasos me hacían distar de aquella Celestial Jerusalén, se multiplicaron en mí, y aunque es humilde m¡persona, mis sentimientos hicieron votos al Cielo, de gratitud y cariño, por el honor y prosperidad de los Hijos del Serafín Llagado.
Horas después... con un vehículo me alejaba del nido de m¡infancia; y su estela la v¡confundirse en el confín, entre sombras de nubes y espacio.
Regresé a m¡casa paterna y no dejé de memorar en el camino, aquellos recuerdos de m¡infancia, recuerdos que no se olvidan.
Elíseo A. Vidal
Sargento de Infantería
Amenidades
Por sierras de Albarracín
Invitado a predicar en las fiestas de Guadalaviar, en cuyo término nace el río que recibe, ya el nombre del pueblo que le ve nacer, ya el de Río Blanco, ya el de Turia, quisiera comunicar a los lectores de La Acción Antoniana las impresiones de viaje recogidas en unas alturas, que sólo en pleno verano pueden visitarse, s¡no se tiene escrúpulo de cabalgar por vericuetos sobradamente cómodos para liebres y perdices.
Se halla Guadalaviar, como su compinche Griegos, recostado en la falda de la Muela de San Juan, entoldada de pinos albar, y ambos pueblos, enlazados por una vistosa dehesa, magnífico paseo de verano, vienen a formar triángulo con Villar del Cobo que es su progenitor y bajo cuya tutela estuvieron hasta 1692. Son a manera de tres supervivientes de una expedición alpinista que no aciertan a separarse y que aguardan ansiosos que una nueva arteria, siquiera no sea más que un camino vecinal ya prometido y trazado, vaya a comunicarles nuevo calor de vida a cambio de la frescura que su perfumado ambiente y sus deliciosas aguas ofrecen gratuitamente y por doquiera al más humilde turista.

He recorrido los tres pueblos y creo haber probado todas las fuentes que hallé al paso. ¡Qué riqueza para un aguador que pudiera ofrecer naturalmente agua tan fresca y tan potable a la sombra del Miguelete!
¡Y qué clima tan ideal para verano! Cuando, no ya en Valencia, donde les tocaría lo suyo, sino en el propio Teruel murmuraban las gentes del calor reinante en la última decena de julio, en Guadalaviar podíamos tolerar tres mantas en la cama y comer en la cocina cerca de la
lumbre. No quiere decir esto que necesitáramos el fuego n¡tan abundante cubierta para dormir, sino que inconscientemente nos aveníamos con tal estado de cosas sin que se nos ocurriera protestar.
Aquello parecía una situación paradisíaca en que n¡el relente nos aconsejaba abreviar el paso, prolongado a veces hasta las diez de la noche, ni, llegados a casa, sentíamos ansia de salir a la calle para respirar con holgura. ¡Y qué ambiente tan saludable allí donde los pulmones se oxigenan con el efluvio de los pinos que pueblan a millones los Montes Universales y las cuencas del Guadalaviar, del Tajo, del Júcar y del Cabriel! ¡Y qué excursiones tan variadas y pintorescas podrían realizarse cómodamente por aquellas sierras s¡las carreteras de Teruel fuesen a enlazar con las de sus provincias vecinas Cuenca y Guadalajara! La que realicé el día 30 a la vega del Tajo me resultó muy grata a pesar de no ofrecer las comodidades que se podrán tener el día en que los modernos vehículos pisen aquellas tierras, de suyo fecundas y cariñosas que sólo piden el beso generador del sol de primavera para mostrar hasta donde podría llegar su generosidad.
Puesta a m¡disposición una pacífica mula del teniente-alcalde don Celestino Sánchez y acompañado por el mismo, salimos de madrugada en dirección a las fuentes que originan el Tajo.
Como se alarga en demasía el presente artículo, lo continuaremos en el próximo número a fin de que los lectores de esta nuestra revista no se cansen leyendo esta crónica.
PAJ.
(Continuará)
Virtudes selectas
Celo maternal
Hábiles y delicadas artistas por eficaz y noble instinto de la naturaleza, de sus propios y tiernos hijos hacen estas buenas y cariñosas madres ciudadanos excelentes, atletas aguerridos, esforzados campeones, entusiastas defensores, servidores fieles, constantes mantenedores y propagadores incansables de los más prodigiosos, bellos y atrayentes ideales humanos. Pero obran todavía mucho mejor, con más vivo y doblado entusiasmo, con una abnegación más completa y absoluta, cuando ese instinto natural está en ellas profusamente iluminado por los nítidos resplandores de la santa fe católica, a la vez que poderosamente influenciado por la gracia del divino Consolador de nuestras almas, s¡efectivamente las rige y gobierna de modo y sin resistencia ninguna.
Estas discretas y benditas mujeres, dentro del taller de su dulce hogar doméstico, moldean entonces por sí mismas, en los hijos de sus entrañas, a grandes siervos de Dios, a lumbreras de perfección muy encumbrada en todos los estados de la presente vida, a mártires gloriosos que a semejanza de nuestro Señor Jesucristo saben perdonar y amar a sus verdugos, a héroes y gigantes de evangélica santidad práctica que son el asombro del mundo, y a otros nuevos artistas que copian y reproducen en sus personas las sólidas y fragantes virtudes de que nuestro augusto y adorable Maestro nos dio divinas lecciones desde la cátedra santa de su cruz.
Conciben ellas en su viva y ardiente imaginación femenil, tal vez mucho antes de que puedan darle forma plástica en ninguno de esos hijos que van procreando para Dios y para la sociedad de su época, los hermosos ideales de perfección mora!, científica, religiosa y social-crístiana que después tienen siempre a la vista para que les sirva de modelo en la paciente obra de la formación y educación de toda su prole.
El principal empeño de estas benditas mujeres consiste, una vez que ya son madres y que tienen donde ejercer el celo que las devora, en hacer y procurar por todos los medios posibles que sus hijos salgan copias muy exactas del original creado en su fantasía de mujer y de madre, la más rica y pródiga en este género de producciones. Las pocas veces que esto consiguen, su gozo no les cabe en el pecho y naturalmente se desborda. Sale fuera de su cauce y se derrama en torno suyo como río impetuoso que no puede contener el caudal n¡la corriente de sus aguas. Salta a veces de improviso y rompe las vallas con que se trata de contenerlo, porque el amor que lo empuja y precipita es más fuerte que la muerte.
¿Qué más pueden querer para sí estas felices madres y para aquellos seres privilegiados que son la vida de su vida y la prolongación natural de su noble y apasionado corazón? ¿A qué otra cosa les cabe anhelar en este mundo s¡el placer que entonces sienten es el gozo y la satisfacción cumplida de las madres sólidamente cristianas? ¿No ven ya realizado en la persona de sus queridos hijos el supremo ideal de la fraternidad que a todas ellas cubre de gloria? Nada tiene, pues de particular que las continuadas inundaciones de su amor se traduzcan en ese vivo y grandioso entusiasmo que tanto abrillantan sus funciones maternales, y que a todas las coloca en una categoría de excepcional importancia.
Con esto y con todo, nunca creen esas madres tan celosas del bien de sus hijos, haber terminado su noble misión en torno de ellos, siquiera a título de haberlos engendrado. Pues aun suponiendo a verlos exaltados, felices y dichosos sobre la tierra, honrados, queridos y envidiados de todos los demás mortales, todavía se figuran ser necesarias, imprescindibles, de urgencia indubitada para ellos y para la custodia de los tesoros de que a su sombra ya disfrutan. De aquí que desean vivir más, mucho más, en el mísero destierro de este mundo. Su anhelo más vehemente es el de continuar viviendo entre los hombres con todos sus arrestos e influencias de celosas madres para velar cerca de sus hijos, orar por ellos a Dios y a la Virgen, y ver de conservarlos hasta el fin de sus días en la plena posesión de todo el bien que les han procurado con sus desvelos, privaciones y sacrificios, que no tienen número, peso n¡medida.
—