Cultura religiosa. A la juventud antoniana
Errores modernos
Mis queridos Antonianos: Al exponeros, en nuestras, conferencias: familiares, las verdades fundamentales de nuestra Santa Religión, pensé muchas veces hablaros también de los errores principales que a dichas verdades se oponen: porque no cabe duda que contraponiendo a la verdad el error, queda aquélla más clara, pura y limpia, como también éste más concreto y definido.
Muchas veces ocurre que ciertos aspectos y matices de una verdad no se ven del todo claros y precisos, sino cuando se contraponen a ellos los errores que de la misma verdad se originan.
Y la razón casi siempre porque los errores obscurecen la inteligencia y seducen el corazón, es porque el error conserva siempre algún destello de la verdad, o suele ser parte de una verdad, o es una verdad a medias; y mirando sólo este destello o esta parte de la verdad, nos encanta, fascina y engaña, como ocurre con el espejismo, y con otros tantos fenómenos de la Naturaleza.
Por eso hay que considerar siempre primero la verdad en todos sus aspectos y relaciones; y luego mirar también el error, o sea las falsas y torcidas interpretaciones que de la verdad se hacen; y así es como se ven más claros y luminosos los puntos obscuros que en la misma verdad a veces aparecen.
Esto es lo que vamos a hacer ahora en esta y sucesivas conferencias o lecciones breves y sencillas, parando la atención en algunos de los errores modernos religiosos, que a tantas inteligencias engañan, y a tantos jóvenes especialmente arrastran al abismo de la incredulidad y de la corrupción de costumbres.
Y entre todos los errores modernos: contra nuestra Santa Religión, el más pernicioso y funesto, y el que más víctimas ha ocasionado, es el Modernismo, que es un conjunto de muchos y grandes errores, pues como ya dijo el Sumo Pontífice Pío X al condenarlo, «es el Modernismo un conjunto de todas las herejías, que por muchos caminos conduce al ateísmo ya la negación de toda religión.»
Los dos documentos inmortales en que dicho Soberano Pontífice condena los errores del Modernismo, o sea, la Encíclica Pascendi y él Decreto Lamentabili son una relación ordenada, lógica y exacta de los principales errores modernistas, condenándolos todos, con sus principios, métodos y aplicaciones.
En estos áureos documentos se resumen y condenan los principales errores concernientes a los pretendidos derechos de la crítica moderna contra el Magisterio de la Iglesia, los que se oponen a la Revelación divina y a la naturaleza de los dogmas, a los Misterios de la Encarnación y de la Redención, a los Santos Sacramentos, y a la institución y doctrina de la Iglesia.
Bien se ve por la sola enunciación de estos errores y de las verdades a que se oponen, que los mencionados documentos pontificios contienen un programa completo de conocimientos eclesiásticos en los actuales tiempos, en que tanto cunde la ignorancia religiosa, por lo mismo cuán útil y aún necesario es desarrollar y conocer este programa, para que, como verdaderos católicos, examinemos y veamos si acaso nos hallamos contaminados con alguno de tales errores, y nos unamos cada vez más estrechamente con el Espíritu y Magisterio de la Iglesia Católica, nuestra madre.
Y expuesto pa el asunto de nuestras charlas instructivas, me despido de vosotros hasta el próximo número, deseándoos muy de corazón un feliz y próspero año nuevo, con abundantes gracias y bendiciones celestiales.
Vuestro afmo. amigo
Perlas del cielo
La Madreperla del amor divino
Era una noche primavera, clara, brillante y esplendorosa, como esas noches de luna llena en que la tierra se siente hechizada por la luz que se cierne del cielo, y reina la quietud misteriosa de los encantos, y todo dormita al ritmo de suavísimos rumores, y todo lo embriagan los saturados aromas que elaboran en los vergeles los tiernos suspiros que lanzan las hadas junto a las flores. Era noche de ensueños paradisíacos, saturados de felicidad, y ni aún los rumores del valle, ni los ecos de las selvas se atrevían a agitarse para no turbar la quietud de aquella noche.
La luna, subyugada por los encantos misteriosos que veía brillar en la llanura de Esdrelón, se detenía en las cimas de los montes; y al contemplar por vez última aquel valle, antes de declinar y ocultarse en la opuesta vertiente del Hermón, le parecía un grandioso canastillo de flores entre colinas cubiertas de carrascos, de mirtos, de viñedos y de frondosos olivos; pero inundado de otra luz, que no era precisamente la suya, sino otra más brillante que veía irradiar de un humilde caserón de la pequeña ciudad de Nazaret.
La noche era de emociones intensas e inefables, y no dormían los hombres, sino que todos soñaban ensueños de felicidad; y es que el autor de la vida, el Redentor de los hombres, niñito ignorado aún, y oculto en la casita de Nazaret, aquella noche no dormía; y desde su humilde cuna comenzó a irradiar efluvios de gracia por el mundo, mientras él meditaba e iba forjando en su mente divina las grandiosas maravillas que había de realizar su amor. Como un aluvión de su caridad infinita ocurrió a su mente el recuerdo del mayor prodigio de sus maravillas, el Sacramento del Amor, la Sagrada Eucaristía; y sin más detenerse, quiso aquella misma noche recorrer la tierra y esparcir por los pueblos la semilla, o mejor dicho, el fermento de aquel divino pan que había de trocar las almas en las preciosas perlas con las que más tarde había de adornar el cielo. Y saltó de su cuna, y acechó sigiloso por los resquicios del cuarto de su madre; y viéndola dormida y reposada en los ensueños de su amor, llamó, y al momento aparecieron los cuatro ángeles, ministros de sus maravillas, Uriel, luz de Dios, Jendiel alabanza de Dios, Baraquiel bendición de Dios y Seatiel, oración de Dios. Preparad, les dice, mi trineo, y revestidlo de luz, de oraciones y alabanzas y de mi bendición copiosa, que quiero recorrer el mundo.
En un santiamén presentaron los ángeles un cochecito de oro purísimo, sin ruedas, y sobre sus varales con finísimos muelles, descansaba la cuna, adornada con las pajas de Belén, que caían como madejas de luz de mil variados matices. Al extremo delantero del mástil del trineo se alzaba una crucecita de piedras preciosas, y de ella partían tres ramales de finísimo lino, que sujetaban tres palomas blancas y puras más que la nieve, que con el empuje de su vuelo habían de tirar del cochecito de Jesús.
Todo estaba prevenido; los ángeles provistos de instrumentos músicos; comenzaron a preludiar una marcha sublime, inefable, nunca oída en el mundo; era la marcha de Dios. Jesús salió de su aposento con un cáliz en las manos, tan resplandeciente y glorioso, que los ángeles al verlo, sorprendidos y anonadados cayeron de rodillas en señal de adoración: era el Cáliz de la Eucaristía. Jesús montó en su trineo; llevando en su diestra el cáliz del amor, tomó en la otra mano las riendas de las blanquísimas palomas; y repuestos los ángeles de su pasmo, comenzaron de nuevo la marcha de Dios.
Alzaron su vuelo las lindas palomas, y al remontarse por los aires el trineo de Jesús, la luz de la Eucaristía invadió toda la tierra. Al paso triunfal de la Maravilla del Amor por los pueblos, el mansísimo Jesús hacía desprender del santo Cáliz, en cada uno de ellos, el fermento del pan divino; los ángeles lo recogían en tina concha de oro y lo ocultaban a la vista de los profanos; mientras tanto Uriel prendía el fuego del amor de Dios en los corazones de los hombres; Jendiel movía sus almas a prorrumpir en divinas alabanzas; Sentiel los enardecía en los transportes de la oración y Baraquiel repartía profusamente las bendiciones divinas. Con una velocidad divina, de la que los hombres no podemos formarnos idea, recorrió el trineo de Dios todas las regiones del mundo en aquella noche de suavísimos ensueños; y en todos los pueblos dejó depositado el fermento del pan divino, que quedó como aljófar de la gracia encerrado en aquella concha del amor.
Al brillar la nueva aurora, Jesús ya había vuelto a su casita de Nazaret; y al levantarse su Madre divina lo vio arrobado en oración e innundado de luz y de resplandores más radiantes que los otros días. Comprendió la madre que aquella noche había sido copiosa en bendiciones para el mundo; y a la hora de comer solicitó del Niño que les diera a conocer qué nueva maravilla de su gracia había derramado aquella noche en la tierra. Jesús explicó a su Madre y al Santo José el misterio de la Eucaristía, que había forjado su amor aquella noche para salud de los hombres. Aquella concha de oro fino era el santo Tabernáculo; el aljófar de la gracia, que allí quedaba encerrado, era el alimento de las almas, que al recibir mas tarde el reguero de su sangre redentora, se transformaría el aljófar en perlas, que serán las almas santas, perlas divinas que, al ser recogidas por su amor, serían llevadas al cielo para dar brillo a las mansiones de la eternidad.
Pasaron los días y Jesús iba creciendo en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres; mientras tanto los ángeles custodiaban con solicitud y celo la concha divina que el amor de Jesús había depositado en cada pueblo; y la llama de su caridad divina iba avivando aquel fermento de la gracia que había de dar el Pan de la Eucaristía. Jesús predicó su doctrina santa por el mundo, les anunció a los hombres el convite sagrado de su cuerpo y sangre, y los hombres no lo comprendieron, ¡Era tan sublime y desusado!
Llegó el momento de su Pasión, mas no quiso morir sin dar a los hombres la mayor maravilla de su amor, que era el Sacramento de los altares. Cuando su sangre santísima se derramó en la Cruz, los ángeles llenaron un cáliz de ese líquido divino, y volvieron a recorrer el mundo en busca de las conchas del amor de Cristo. En cada una de esas conchas derramaban una gota de la sangre del Redentor y las conchas se llenaban de perlas que los ángeles cogían para engarzarlas en el cielo. Se levantaron los templos a medida que se propagaba la fe y en cada uno de los templos aquellas conchas misteriosas que Jesús depositaba en la tierra se transformaron en el santo Tabernáculo.
Cuando los ángeles quieren recoger perlas para adornar el cielo y aumentar los brillos de la gloria de Jesús, vienen a la tierra, recorren los Tabernáculos de la Eucaristía y siempre encuentran nuevas perlas para transportarlas a la gloria. Es porque el santo Tabernáculo es como la madreperla, y la concha que cría y que forma las perlas de! cielo.
En torno al lago de Tiberíades
Aguas dulces
Las aguas del lago de Tiberíades son dulces, tan dulces que, en ayunas, un vaso de ellas causa una sensación extrañamente rara al paladar. Fahzugruber, en su libro Nach Jerusalem ed. 2 II 186 s. s,, pretende de que en el lago de Genezaret lo mismo que en el del Ghor, o Mar Muerto, el suelo profundo posee yacimientos bituminosos, de un betún meloso y dulce, que, en las extrañas revueltas
del Mar de la Muerte, suele aparecer en grande cantidad sobre la superficie de las aguas, cuando éstas alguna vez hierven y se revuelven como el liquido de un perol al fuego. Más, pues, que aguas sin sabor saben a dulces en verdadero sentido.
Quizás a estas emanaciones internas del suelo profundo se deba la sensación de mayor o menor densidad que las aguas, sobre todo hacia el centro, y por la mañana, no bien amanecido el día, dan, con frecuencia; a semejanza con las del Mar Muerto, causan en la mano una sensación pastosa, de manifiesta densidad. Desde luego que siempre es incomparablemente menor que las del citado mar, que por sus muchas sales, pozos de betún y otras materias disueltas en el agua y de las cuales es rica aquella ribera y sus prolongaciones, son tan densas y pastosas que no es fácil hundirse por completo el cuerpo humano en ellas, como lo experimentaron algunos estudiosos, compañeros míos, que en la difícil ciencia del nadar estaban a la altura del plomo; es decir, seguros de tocar con los pies el suelo por profundo que lo hallaran.
Merced, pues, a estas bituminosas materias son las aguas del Genezaret un tanto más densas que las de otros lagos y de un dulce sabor para algunos paladares, menos sensibles, como el mío, casi imperceptible.
Otras aguas saladas y amargas penetran en el lago; en tiempos antiguos en mayor cantidad que actualmente, por haberse cegado el manantial o el cauce que las conducía al mar de Jesús. De las siete fuentes de estas aguas hoy apenas como manan cuatro de ellas. Estas aguas son las de Ain el-Tabhiga, hacia el norte del lago, entre Betsaida al norte y Mágdala al sur, y en las cercanías del lugar de la primera Multiplicación de los panes y peces y no lejos del monte de las Bienaventuranzas. Estas aguas también, sobre todo, en días de agitación y tempestad suelen convertir en ligeramente saladas las dulces del lago en una larga extensión.
No obstante, el Mar de Jesús es dulce, sus aguas potables y de ellas beben los pescadores lo mismo en la orilla que en medio del lago.
No son estas solamente las materias que el lago recibe, disuelve y asimila. Media hora larga, al sur de la ciudad de Tiberíades, se encuentran las famosas termas de Herodes, el-Hammam, levantadas por este magnífico rey sobre unos manantiales de aguas sulfurosas y ferruginosas, que brotan a temperaturas altísimas. Unas bañeras de mármol y otras piscinas donde se revuelcan enfermos de mil dolencias y tullidos, todavía, en su mayor parte, son restos de las magnificencias de aquel Herodes, amigo de mujeres, que hizo víctima a Juan Bautista del odio de una de ellas y del desenfrenado libertinaje de otra.
Las aguas sulfurosas en gran cantidad se mezclan con las del lago y su sabor salado y fuerte lo toman las aguas dulces en una extensión de dos kilómetros; y en días de corriente impetuosa que origina el Jordán, a su paso por el lago, este sabor notadamente salado y desagradable lo conservan las aguas aún en su salida del lago, ya casi al sur, en las cercanías de Semah.
Los indígenas las acostumbran a beber sobre todo en noches de verano en que, como observaba Josefo Flavio, (Bell. Jud. III. 10.) son excepcionalmente frescas, quizás, tal vez, por los diarios vientos fríos y brisas agradables que bajan de los montes, encanaladas por los desfiladeros, y que se vierten sobre el mar, que logran a veces alborotar. Fenómeno tanto más raro cuanta la profundidad del lago es mayor y en la tersura de sus aguas el sol clava a saetazos sus rayos contumaces
De sus aguas dulces beben los peregrinos unos sorbos, cuando en barca pescadora se dirigen a Cafarnaúm. Es ritual... Descansando sobre un lado de la barca, las manos y el brazo se hunde en el mar... con aquella agua bendita se persignan y santiguan todos... el cóncavo de la mano pequeñita y blanca que huele a rosa, a violeta... como el del hombre que apesta fuertemente a tabaco aprisionan unos instantes un sorbo de agua santa, la beben con devoción, con alegría de espíritu, y la encuentran siempre dulce, muy dulce... otros tal vez la hallen un tantito salada... La pobre niña que esto me aseguraba, en cierta ocasión, no se daba cuentan que en sus ojos, al mirarme, todavía brillaban al sol devotas lágrimas... sobre el hoyito de su mano pequeñita y blanca se habían reunido las aguas dulces de Jesús y las amargas de sus ojos.
Fr. Juan Alventosa, ofm
Divulgación científica
Lo que tanto deseamos
Son las seis de la tarde, mejor diría, de una noche oscura y tanto que, para ir a la garita o abrigo meteorológico, me guío por la débil luz que desde Santa Ana arroja su faro. En el corto espacio que dura la medición de temperatura, humedad, viento, y lluvia me quedo aterido por el frío Provenzal que lanza, como heladas saetas, gruesas gotas sobre mi rostro. Con todo, es la hora del vendaval de Provenza, tomar por tercera vez los datos y hay que desafiar el temporal. El termómetro señala 7 grados y el barómetro sigue su rápido ascenso iniciado esta mañana; a las 8 era la presión de 764 mm. y a esta hora 769; pero habiéndose propagado la subida desde el NW, es probable que todavía lluevan unas 12 horas más, aunque se aleje hacia el Este el mínimo que en la tarde y noche del 20 se formó entre Baleares y Argelia; puesto que, mientras persistan altas presiones al N del Mediterráneo occidental, soplarán vientos de mar, si bien perdiendo intensidad.
El temporalejo del 8 y 9 se inició» de manera semejante al que hoy fenece; después del régimen de Nortes fríos, al tiempo que las bajas se retiran hacia Oriente, queda sobre las costas levantinas y Marroquíes un área de presiones uniformes. Un anticiclón avanza sobre el Cantábrico el día 7, mientras el barómetro desciende por el S. de la península; el día 8 se detiene ya sobré la entrada del mar Ibérico un mínimo que produce lluvias en dicho día y en el siguiente,en todo nuestro litoral. Mas las altas presiones se detienen frente a las costas cantábricas francesas para dejar que la baja barométrica se propague rápidamente hacia el NE de España y, con estos, no toman fuerza los levantes en nuestro litoral, ni es duradera la acción de tal depresión, pues el día 10 estaba ya al Este de las Baleares. La lluvia recogida en los citados días fue en esta Estación de 17 mm; 44 en Antella; 28 en Cheste; 114 en Oliva; 45, Rugat (Albaida); 29, Burriana; 34, Valencia. Hacia el interior fue escasa la precipitación, en cambio, abundante hacia la vertiente oriental de los montes de Gandía, Pego, Murla (si los datos no fallan); y algo menos en las primeras estribaciones de las líneas de montañas.
La acción de este temporal habrá sido más intensa, aunque el mínimo sea de poca intensidad (760 mm), porque la reacción barométrica se ha propagado con decisión desde el Cantábrico y a la vez desde Alemania con vientos fuertes del NE, empujando el pequeño ciclón hacia el E por las costas africanas y manteniéndose firme el tendido isobárico de Este a Oeste.
La máxima cantidad de lluvia la darán los pluviómetros instalados al Norte de los crestas divisorias de las Provincias de Valencia y Alicante. Aquí llevo medidos, hasta la hora presente, 50 mm. En los altos ha sido nieve,como lo atestiguan los que han cruzado la Carrasqueta, en que a las 8 h, había más de 10 cm. de nieve.
Hasta la fecha, suma la lluvia caída durante este año 338 mm. Como le preceden dos años de menos de 470 mil. y además, no se ha registrado ningún temporal que llegase a los 200 mil., las fuentes han menguado mucho; y si no tenemos un mes de más de 150 mm, Dios sabe lo que será de nuestras fuentes y huertos. Pero conociendo el Señor lo que nos conviene, pidamos resignada mente el agua en abundancia, pues el dejará caer misericordioso si no en forma de lluvia material, pero sí de rocío celeste, que es su inestimable caridad la cual sirve para saciar todas las ansias del corazón.
Onteniente - 22 - XII 1928
Navidad
La fiesta en el folklore valenciano
Acaso sea la fiesta del nacimiento del Niño Jesús la que más motivos haya dado en el transcurso de los tiempos a la fantasía popular para celebrarla en múltiples y variadas formas. Hace algún tiempo recogí de labios de algunos ancianos del Asilo de San Joaquín y Santa Ana de la villa de Benisa dos breves romances y tres estrofas alusivas a estas fiestas.
El primer romancito lo suelen cantar todavía los niños de la sobredicha villa con cierto tonillo monótono cuando se acercan y mientras trascurren las alegres fiestas de Navidad. Dice así:
La nit de maitines
la la nit de Nadal,
passava un chiquet
per baix del portal.
Sa maré li día:
«¿Fill meu vols mamar?»
«No, senyora mare,
que tinc que cantar
una cançoneta
de molta primor,
que'ls angels li canten
al nostre Senyor,
per baix la cortina
de San Salvador».
El sentido del precedente romance, desde el punto de vista histórico, no aparece muy claro, y podría dar lugar al planteamiento de una apreciación hipotética, a cuya exposición renunciamos en gracia de brevedad.
En la misma villa de Benisa corre todavía y está vivo por tradición oral otro curioso romance, cuyos primeros versos indican, a las claras, su origen benisense, pues dice:
Anant a Belém,
passant per Teulada,
encontré dos chiques
boniques de cara,
l'una María
l'atra santa Ana.
Santa Ana m'ha dít
que vaiga a sa casa,
que te un Jesuset
tancat dins la caixa.
La caixeta es d'ór fi,
i el panyet es de plata
tot lo que hi ha dins
Hostia consagrada,
per al pecador
que la te guanyada.
Lo que decíamos del origen benisense del romance que acabamos de insertar, se refiere sólo a los primeros versos de índole topográfica, pues sabido es
que el resto del romance, desde el verso
que dice: Santa Ana ha dit, hasta el
final, es conocido en otros pueblos del
reino de Valencia. Baste aducir el testimonio de José Bodría, quien en su curioso
libro titulado Festes de carrer, Valencia,
1906, en la página 72, divulga una versión valenciana de este romance con variantes bastante notables con relación al
de Benisa.
Pasando ya a los populares versos referentes al niño Jesús, merece lugar de preferencia la delicada cuanto sencilla saeta que dice:
Jesús hermós
de pit amorós,
les vostres ungletes
m'arrapen el cor
i em fan festetes.
Y no le va en zaga otro cantar no exento de poesía y de extremada sencillez. Helo aquí:
Este Jesuset de pérles
estava en lo pesebret,
en la careta rogeta
i en los ullets alegrets.
Casos hay en que el dulce afecto que
inspira el nacimiento del divino Niño, se
entremezcla con el dolor punzante que
brota del sentimiento de la pasión del
Redentor del mundo, y de esta clase es el
cantar siguiente:
¡Bón Jesús! Quan vos naixquereu
portaveu corona d 'ór,
i ara la porteu d'espines
que me trespassen el cor.
Todavía podríamos continuar recordando romances y cantares concernientes a la fiesta de Navidad espigados acá y
allá en el dilatado cuanto fecundo campo
valenciano, pero basten los precedentes
como muestra de la riqueza que encierra
la tradición netamente valenciana del
saber popular.
Andreu
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